Aquí vamos a seguir mientras sea necesario: ciudadanos dejan sus vidas para ser rescatistas

Los mexicanos han salido a las calles como voluntarios para apoyar a los más afectados por el sismo. Están a cargo de albergues o de labores de rescate.

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Voluntarios se encargan no solo de remover escombros, también atienden albergues. Animal Político

Daniel Cenobio Sánchez no pudo volver a su casa después del terremoto del 19 de septiembre y ante la tragedia, no dudó en ofrecerse como voluntario e invertir su fuerza para ayudar a quien lo necesitara. Con el mismo objetivo, Francisco Landin viajaba desde Guanajuato a la Ciudad de México.

En Tlalpan, Daniel Isaac Hernández Fabián organizó a un grupo de médicos porque estaba seguro que algo podían aportar, al igual que Francisco Gutiérrez cuando decidió organizar a los estudiantes de toda una escuela porque por su mente sólo había un pensamiento: ayudar.

Desde la calle cargando escombros, hasta los albergues para recibir a quienes perdieron su hogar o necesitaban alguna ayuda a consecuencia del terremoto de hace dos días, sobran voluntarios que sin pertenecer a corporación o dependencia alguna han trabajado durante horas o más de un día para ofrecer toda la ayuda posible a vecinos o personas que no conocen.

Cenobio Sánchez apenas pasa los 20 años. A las 14:00 horas del 19 de septiembre se dio cuenta que volver a su casa sería complicado, el servicio de transporte del metro estaba cerrado, inoperante. En su trabajo, ubicado en una pequeña empresa de lonas por la estación Chabacano, habían decidido “bajar las cortinas”.

“No podía irme a mi casa y mi jefe me dijo que si quería ir a ver dónde podíamos ayudar. Así que armamos una camioneta con otros compañeros y nos fuimos”.

Estuvo en la calle de Medellín, en la escuela Enrique Rébsamen y a las cuatro de la mañana del día 20, llegó al multifamiliar Tlalpan, frente a Ciudad Jardín, para sumarse a las labores de rescate. En cada lugar cargo herramientas, fragmentos de edificios, llevó y repartió guantes de carnaza, botellas de agua, medicamentos, hizo lo que fuera necesario.

A las 11:00 horas se tomó un breve descanso, se alejó unos 100 metros de lo que alguna vez fue el edificio 1C del Multifamiliar Tlalpan, un conjunto de 10 estructuras con unos 50 departamentos cada una.

“Sólo unos minutos, luego vuelvo…”, dice Cenobio mientras pone atención al movimiento de las labores de rescate. Sabe que no está fácil y que no todo es alegría, sabe de los niños fallecidos en la escuela Enrique Rébsamen, los dos muertos ahí en Tlalpan, pero sigue esforzándose, porque también ahí mismo donde ahora está, ya rescataron a dos personas con vida.

Rescatistas y voluntarios

Francisco Landin es consultor privado en Protección Civil, Técnico en atención médica prehospitalaria y Técnico en gestión de riesgos. Luego de ver las noticias poco después de las 13:30 horas, en su casa en Guanajuato, le llamó a su jefe y le dijo que no volvería al trabajo. Preguntó por compañía entre amigos y compañeros y viajó a la Ciudad de México.

Llegó cerca de las 19:00 horas a la zona de Tlalpan y ahí comenzó a trabajar: en una hora ya estaba coordinando voluntarios, personal médico, elementos de bombero y a quien quisiera ayudar.

“Un médico militar me asignó hacer eso, y también a coordinar el traslado de las personas a los albergues que se abrieron cerca de la zona, uno en una iglesia cercana y otro en una escuela”, recuerda.

También se toma un descanso luego de más de 12 horas sin parar. Sabe que es difícil que puedan rescatar a todas las personas que ahí se calculaban, entre 25 y 30 atrapadas en los escombros del edificio 1C, pero no desiste. Está esperando un relevo para poder descansar más, o regresar pronto a seguir coordinando la ayuda.

Daniel Isaac Hernández Fabián es médico general graduado en la Universidad Nacional Autónoma de México, lleva un paquete de pilas en las manos y da indicaciones a un voluntario para ir a dejar una bolsa de medicamentos en el área de acopio de la escuela primaria Fray Eusebio Aquino, a unas calles del edificio derruido en el Multifamiliar Tlalpan.

Tiene apenas 27 años y está a cargo del albergue. Da indicaciones a personas que incluso le doblan la edad. Dispone qué hacer con los vecinos que llegaron como “refugiados” y piensa como entretener a los pocos niños que están en el lugar.

Está al mando de uno de los más de 50 albergues que se han instalado en la Ciudad de México. Más allá de los dispuestos por el gobierno de la ciudad y los mandos delegacionales, la lista de áreas, escuelas, e incluso viviendas particulares que se han anunciado o dispuesto en comunicados oficial o vía redes sociales es incontable.

En la primaria su trabajo es estar a cargo de unas 60 personas, del total de 89 que han ayudado a atender desde la tarde después del terremoto, la mayoría condóminos de la zona afectada.

Primero estuvieron en la iglesia de San José, en esa misma área, pero notaron que había fracturas en las paredes del templo y además un inspector de Protección Civil de la ciudad les notificó que había una fuga de gas.

Luego de medir los riesgos, la gente fue llevada a la escuela primaria donde llegó con un grupo de casi 20 médicos que sintieron que la labor ahí “era como poca cosa. Se fueron, pero yo me quedé a cargo de todo”.

Ahí coordina a un grupo de unas 10 mujeres que discuten y se ríen mientras apilan paquetes de papel de baño, cajas de tortas y pan, botellas de agua, colchas y víveres que permitirán atender a quienes estarán ahí por tiempo indefinido.

Los albergues han sido un punto estratégico para la atención de quienes perdieron definitiva o temporalmente sus viviendas. Incluso, en algunos casos han resultado casi “sobrados”.

Así lo considera Francisco Rodríguez, quien es el Coordinador de la Pastoral del Instituto Teresiano, ubicado en la avenida Miguel Ángel de Quevedo, a unas calles de División del Norte.

La decisión primera fue adecuar las instalaciones de la escuela como albergue después que se declarara la suspensión de clases para prevenir cualquier otro incidente derivado del terremoto. Después decidieron, basándose en la red conformada por estudiantes y maestros del instituto, convertirlo también en un centro de acopio.

Finalmente terminó más como un centro de acopio en el que la tarde del día 20 más de 500 personas entre padres de familia, alumnos y maestros bajaban y subían todo tipo de formas de ayuda en especie. “Si no las necesitamos aquí, vamos a ver dónde llevarlas”, señala en entrevista.

Se interrumpe casi cada minuto para dar indicaciones y en forma paralela apurar un sándwich y un plátano.

“Soy el coordinador de la Pastoral de la escuela, por eso decidí involucrar a todos los alumnos que forman parte y a quien quisiera ayudar. Adaptamos la escuela, limpiamos baños, trajimos colchonetas, no ha llegado casi gente”, agrega.

Me parece, explica, que ya estamos rebasados de manos y espacios para ayudar, que tenemos que buscar con mejor organización a dónde enviar los apoyos, todo lo que se va juntando en muchos lados donde no se requiere más, en lugar de otras partes donde es imprescindible.

Para la noche, la escuela era ya un centro de acopio desde donde se enviaron medicamentos a otro centro de acopio en el colegio Ashmont School, a una calle de la escuela Enrique Rébsamen, o con un par de camiones que llevó voluntarios y ayuda en especie hacia Jojutla, Puebla.

“Aquí vamos a seguir mientras sea necesario, juntando cosas y llevándolas donde se requiera. Creo que aquí en México ya estamos rebasados, que debemos buscar también cómo están en Puebla, en Morelos… enviar lo que se pueda para allá. Que nos traigan lo que quieran, aquí están llegando autos y camiones, particulares y de alquiler, de gente que quiere ayudar. Nada más hay que organizarnos”, asegura.

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