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Cuartoscuro

¿Tus alimentos tienen transgénicos? En México ninguna ley obliga a que las empresas te lo digan

En 61 países se informa a consumidores de la presencia de maíz transgénico en alimentos, en México ninguna ley obliga a especificarlo en las etiquetas, lo cual según expertos, viola el derecho a la información.
Cuartoscuro
Por Rosi Amerena, Juan Mayorga y Rodrigo Pérez Ortega
28 de octubre, 2017
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El 82% de los productos de maíz disponibles en supermercados del país contienen organismos genéticamente modificados (OGMs), según un estudio de la UNAM y la UAM, pero los consumidores no lo saben, pues las etiquetas no lo dicen.

Ninguna ley obliga a las empresas productoras de alimentos a informar a los consumidores si sus productos contienen transgénicos.

Una propuesta de ley para informar sobre estos contenidos en las etiquetas de productos comerciales se encuentra congelada en el Congreso, prolongando el vacío legal que permite que los mexicanos coman transgénicos sin saberlo.

El 9 de febrero de 2016 fue presentada en la Cámara de Diputados la iniciativa de Ley para el Etiquetado de Alimentos de la Categoría Orgánicos y Transgénicos, pero ha sido ignorada hasta la fecha por los grupos del PRI, PVEM y Nueva Alianza, dijo en entrevista uno de los promotores de la iniciativa, el diputado por Movimiento Ciudadano, Víctor Manuel Sánchez Orozco.

“Creemos que detrás de este congelamiento están las grandes trasnacionales como Monsanto, pero los mexicanos tienen el derecho, según los estándares internacionales, de saber si están consumiendo productos transgénicos”, aseguró Sánchez Orozco.

La iniciativa de ley de etiquetado, presentada por Rosa Alba Ramírez Nachis y María Victoria Mercado Sánchez, además de Sánchez Orozco, plantea la obligatoriedad de etiquetar “todos aquellos productos transgénicos o alimentos derivados de éstos”, con información “oportuna, completa, clara y veraz”. En su justificación, la iniciativa establece  que “nadie garantiza que el consumo de transgénicos sea seguro en el mediano y largo plazo para la salud de los consumidores” y que “los mexicanos no tienen por qué consumir a ciegas transgénicos riesgosos que son rechazados como alimento en la Unión Europea y China”.

“Estaremos insistiendo para que esta iniciativa se descongele. En México terminamos de adoptar medidas cuando ya es demasiado tarde, cuando ya hay consecuencias en el medio ambiente y en la salud”, añadió Sánchez Orozco.

Animal Político buscó la postura del coordinador de diputados del PRI, César Camacho Quiroz, pero al momento no ha recibido respuesta.

Los señalamientos del diputado Sánchez Orozco y de la iniciativa de ley que impulsa coinciden con los de la doctora Elena Álvarez-Buylla, investigadora del Centro de Ciencias de la Complejidad de la UNAM y directora del Laboratorio de Genética Molecular del Instituto de Ecología de la misma universidad, donde se realizó el estudio que halló transgénicos en el 82% de 367 productos de maíz analizados.

“Un puñado de corporaciones deciden lo que comemos”, indicó en entrevista Álvarez-Buylla, quien además de ser coautora del estudio Presencia generalizada de transgenes y glifosato en alimentos derivados de maíz en México, ha acompañado a organizaciones sociales demandando al gobierno mexicano mayores restricciones a los transgénicos. “La población aludida por estos resultados es toda la sociedad mexicana, y es momento de generar conciencia de hasta qué punto hemos perdido la soberanía alimentaria”, añadió la doctora en genética molecular.

El estudio, realizado entre 2013 y 2015 y publicado en septiembre pasado en la revista académica Agroecology and Sustainable Food Systems, se basó en una muestra de productos de maíz representativos de la zona metropolitana de la capital mexicana, incluyendo harinas para tortillas, tortillas, tostadas, cereales y botanas, productos que pueden ser adquiridos tanto en grandes supermercados como en tortillerías de barrio y con productores artesanales. Entre las conclusiones del estudio, se destaca que 90.4% de las tortillas que comemos en México, contienen maíz transgénico.

Etiquetado, en el vacío legal

La principal regulación sobre la información en productos con contenido transgénico se encuentra en la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados, que establece en su artículo 101 que los productos que contengan OGMs deben garantizar una “referencia explícita” a estos contenidos, que provea información “veraz, objetiva, clara, entendible y útil para el consumidor”. Sin embargo, la ley acota esta obligación sólo a “aquellos casos en que estas características sean significativamente diferentes respecto de los productos convencionales”, algo difícil de precisar entre la gran diversidad de productos procesados de maíz que existen en el mercado.

“La ley solo exige a las empresas que señalen si existen OGMs cuando haya cambios significativos, basándose en un peligroso principio denominado de ‘equivalencia sustancial’. Esa noción es muy vaga, abre un margen amplio de discrecionalidad a las empresas y no ayuda a que se cumpla un examen riguroso, un etiquetado preciso ni un seguimiento post-comercialización de los OGMs”, explicó en entrevista Rodrigo Gutiérrez Rivas, especialista y académico del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, sobre el vacío legal existente en el etiquetado de los productos con OMGs.

Emmanuel González Ortega, otro de los coautores del estudio que halló transgénicos en el 90% de las tortillas, también acusó la vaguedad del principio de equivalencia sustancial. “Otro resultado de nuestra investigación es exponer este concepto mañoso”, opina el doctor en biotecnología.

El vacío legal en el etiquetado de productos transgénicos tiene sus raíces en 2005, cuando se aprobó la Ley de Bioseguridad en medio de intensas presiones de organizaciones sociales que denunciaban preferencia en esta regulación para las grandes empresas agrotecnológicas. Con este análisis coincidió el diputado Sánchez Orozco: “La Ley de Bioseguridad, que se conoce como la Ley Monsanto, quedó planteada de manera muy ambigua y abrió la puerta para que se sigan produciendo y consumiendo productos transgénicos”, aseguró.

“El marco legal vigente se encarga de dar seguridad al modelo agroindustrial. Para información de los consumidores por supuesto que no hay nada, porque fue una batalla que ganó la industria cuando se aprobó la Ley de Bioseguridad”, añadió por separado Xavier Martínez, director técnico operativo del Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA), quien ha defendido en diversos foros y publicaciones la dimensión biocultural del maíz como elemento de identidad y alimento base de los mexicanos.

¿Hay o no razón para etiquetar?

Para la doctora Sol Ortíz García, secretaria ejecutiva de la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados (Cibiogem), el hallazgo de transgénicos en el 82% de los alimentos de maíz y el 90% de las tortillas no es ninguna sorpresa.

“No nos extraña, porque desde 1996 México importa maíz de Estados Unidos y alrededor del 90% del maíz que exporta EU es transgénico”, explicó Ortíz García en entrevista. “No nos sorprende, pero tampoco nos preocupa que los transgénicos estén presentes en distintos productos derivados del maíz”, añadió.

Según Ortiz, “no hay una razón para etiquetar” los productos con transgénicos porque la ley no lo requiere, ya que han pasado las pruebas de inocuidad y equivalencia realizadas por la Comisión Federal para la Comisión contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS).

Elena Álvarez-Buylla, coautora del estudio que detectó transgénicos en los productos de maíz, señaló que COFEPRIS no realiza pruebas propias, sino que utiliza las evaluaciones realizadas en Estados Unidos para validar la inocuidad de los transgénicos. Emmanuel González Ortega aseguró que las nuevas investigaciones sobre la “presencia extendida” de transgénicos deberían obligar a las autoridades a revisar sus protocolos y subsanar los vacíos existentes en vigilancia.

“Las instituciones mexicanas sistemáticamente han ignorado sus atribuciones en cuanto a la vigilancia en la inocuidad de los granos que se importan”, dijo González Ortega. “COFEPRIS no ha hecho el trabajo de prevención del riesgo que potencialmente tendrían los OGM. Por el contrario, promueve los OGMs sin siquiera plantear dudas razonables sobre su inocuidad. El principio precautorio ha brillado por su ausencia”, añadió.

COFEPRIS fue buscada para obtener una postura sobre este tema, pero al momento no ha habido respuesta.

61 países sí, México no

En el mundo, 61 países han adoptado leyes y normas para que los productores de alimentos implementen un mecanismo de trabajo aprobado por el Codex Alimentarius de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), e informen en las etiquetas de sus productos la posible presencia de sustancias transgénicas.

En Estados Unidos, por ejemplo, se intentó aprobar en 2015 una iniciativa que dejaba el etiquetado de OGMs como algo voluntario.

Sin embargo, tras debates y protestas de organizaciones sociales contra agencias del gobierno federal (particularmente a la Food and Drug Aministration) y sectores del Congreso, el expresidente Barack Obama firmó en julio de 2016 la Ley Nacional de Revelación de Alimentos con Bioingeniería, con lo que hacía obligatoria la transparentación del contenido transgénico.

La ley mandata a los estados a ajustar su marco legal e instruye a las agencias federales a dar reglamentación específica para que revelen sus contenidos en un plazo de entre uno y tres años.

Mientras que en Estados Unidos se define la manera de advertir a la población –se han contemplado leyendas similares a las de los cigarrillos, códigos de barras para leer con dispositivos móviles o imágenes–; en Brasil, la ley obliga a los productos con contenido genéticamente modificado a agregar en la envoltura un triángulo amarillo con una “T” en su interior.

Sin embargo en México, hay alimentos que contienen este tipo de sustancias y no se informa de ello ante la falta de una “ley clara” que los obligue.

Por qué es importante saber si hay transgénicos en los alimentos

Contrario a lo que sucede con la producción de maíz transgénico, suspendido temporalmente en México ante la posibilidad de que contamine 64 especies de maíces nativos del país, el consumo de productos transgénicos sí está permitido en el país a escala comercial.

La Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS), dependiente de la Secretaría de Salud, ha autorizado para consumo al menos 55 tipos de maíz genéticamente modificado, considerándolos inofensivos. La mayoría de estos maíces contienen un gen que libera un insecticida, volviéndolos resistentes a las plagas, también contienen otro gen que les da resistencia, entre otros, a un herbicida llamado glifosato.

Se trata de productos que, de acuerdo con la mayor parte de la evidencia científica disponible, no tienen ningún efecto negativo en la salud humana, y son avalados por la  Organización Mundial de la Salud (OMS).

Sin embargo, las personas deben saber que los alimentos que consumen los tienen.

La Alianza por la Salud Alimentaria, una congregación de grupos civiles que sigue y critica las políticas de salud pública, ha demandado que se obligue a las empresas a informar en las etiquetas de sus productos la posible presencia de transgénicos.

“Es un derecho de los ciudadanos el acceso a la información y este derecho está violado por el gobierno mexicano que ha permitido que los transgénicos entren en nuestros alimentos sin ninguna información al consumidor”, aseguró a inicios de este año Alejandro Calvillo, director de la organización El Poder del Consumidor.

Según el especialista en derecho ambiental, Carlos del Razo, el hallazgo de transgénicos en alimentos de alta comercialización vuelve urgente la regulación de etiquetas que cumplan con el objetivo de informar a los consumidores, “tal vez a través de una Norma Oficial Mexicana”.

“Son dos temas. El primero es que se informe mejor en las etiquetas qué estamos consumiendo. Y el segundo es obligar a las empresas a financiar campañas de concientización sobre los transgénicos”, indicó del Razo.

El investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, Rodrigo Gutiérrez Rivas, destacó que el etiquetado debe sortear el riesgo de convertirse en un nicho restringido para las compañías que puedan pagarlo.

“Esto generaría un mercado de lujo donde solo los más ricos accederían a productos no transgénicos, mientras lo que debe de ocurrir es justamente lo contrario… Nada más faltaría que un campesino que tiene un producto criollo tenga que pagar una certificación para poder demostrar que sus tortillas no tienen transgénicos”, dijo el investigador.

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La historia de amor y activismo de la primera pareja gay legalmente reconocida del mundo

Hace 30 años, Dinamarca se convirtió en el primer país del mundo en reconocer la unión civil entre personas del mismo sexo. Unos meses después, la ley entró en vigor con la unión de Axel y Eigil Axgil, que hicieron historia en el movimiento LGBT.
9 de junio, 2019
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Axel y Eigil Axgil

LGBT Danmark
Los daneses Axel y Eigil Axgil fueron la primera pareja homosexual en casarse en 1989.

El 7 de junio de 1989 se publicó un documento histórico en Dinamarca.

La firma de la reina Margarita II selló una ley pionera aprobada por los parlamentarios daneses: el país europeo pasaba a ser el primero del mundo en reconocer oficialmente la unión civil entre parejas del mismo sexo.

“Dos personas del mismo sexo pueden registrar su unión estable”, garantiza el primer artículo de la ley.

Pese a haber sido aprobada por los parlamentarios y rubricada por la reina, la ley no entraría en vigor hasta algunos meses después, el 1 de octubre de 1989, el tiempo necesario para que los órganos públicos adaptaran sus procedimientos internos.

La primera pareja que usó por primera vez ese derecho ya convivía desde hacía cuatro décadas y era bastante conocida entre la comunidad LGBT: los activistas Axel Lundahl-Madsen (1915-2011) y Eigil Eskildsen (1922-1995) que, como prueba de amor habían adoptado el apellido Axgil (inventado a partir de la unión de sus nombres).

Tom Ahlberg, el alcalde de Copenhague, inició el evento con un pronunciamiento que reconocía la importancia de la fecha. Después, ofició la ceremonia.

Fue él quien preguntó a Axel Axgil si aceptaba a Eigil Axgil como compañero, y viceversa. Y escuchó dos veces un “sí”.

Hasta el final de ese año, 270 hombres gays y 70 mujeres lesbianas registraron sus uniones civiles en Dinamarca.

“No habíamos ni siquiera imaginado que llegaríamos tan lejos”, dijeron ellos, después de la ceremonia.

“Mantengan las mentes abiertas. Vengan y continúen luchando. Es la única manera de cambiar las cosas. Si las personas salen del armario, este tipo de legalización va a ocurrir en todas partes”.

Como afirma el artículo dedicado a ellos en la Enciclopedia Británica, el honor de ser los primeros en “casarse” se justificaba: “Sus esfuerzos sociales y políticos finalmente valieron la pena cuando, en 1989, Dinamarca se convirtió en el primer país en legalizar las uniones civiles entre personas del mismo sexo. Axel y Eigil intercambiaron votos en el ayuntamiento de Copenhague”.

Según la cronología de la organización LGBT Danmark, la legalización de la unión civil homosexual fue resultado de “décadas de militancia” y sirvió para “inspirar y motivar la adopción” de leyes similares en otros países.

“La ley de la unión estable (para personas del mismo sexo, promulgada en 1989) era prácticamente idéntica a la ya existente ley danesa para matrimonios civiles, con la excepción de algunos derechos familiares relacionados con adopciones y nacionalidad. Las excepciones se fueron eliminando en los años siguientes”, contextualiza la organización.

Activismo pionero

Inspirado por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por las Naciones Unidas en diciembre de 1948, Axel se comprometió a crear una organización de defensa y reivindicación de los derechos para gays, lesbianas y bisexuales.

Nació entonces Kredsen af 1948 (“Círculo de 1948”).

Al año siguiente, el grupo fue rebautizado como Forbundet af 1948 (“Asociación de 1948”, o simplemente F-48). En 1951 ya congregaba a 1.339 miembros en Dinamarca, Noruega y Suecia.

“Con el final de la Segunda Guerra Mundial, el foco se puso en los valores y derechos democráticos”, contextualiza LGBT Danmark, el nombre actual de la organización, desde 1985.

“Los homosexuales empezaron organizarse. Al contrario de otros grupos que fueron perseguidos durante la guerra, los homosexuales no fueron incluidos en la Declaración de los Derechos Humanos de 1948“.

Axel conoció a Eigil en un encuentro del grupo activista en 1949. Y ya nunca más se separarían.

Juntos crearon un diario con contenido destinado a la comunidad gay, el Vennen (“Amigo”, en español).

También crearon una agencia de modelos y una empresa de fotografía, ambas especializadas en temática gay.

Fueron detenidos en 1955 por la publicación de fotos de hombres desnudos. Según declararon autoridades danesas en la época, el material, “aunque no obsceno, podría ser considerado especulación comercial con intenciones sensuales”.

La pareja Axgil rehizo su vida gestionando una pequeña posada en el norte de Dinamarca, preocupada especialmente en atender con respeto y dignidad al público LGBT. Nunca dejaron el activismo.

No fue por casualidad que en la celebración de su unión, el 1 de octubre de 1989, estuvieran acompañados por una multitud de activistas y simpatizantes que se aglomeró alrededor del ayuntamiento de Copenhague.

Eigil murió en septiembre de 1995, con 73 años. Axel siguió siendo una voz influyente entre los activistas LGBT hasta su muerte, en octubre de 2011, a los 96 años. En 2013, fue aclamado póstumamente por la organización Equality Forum como uno de los 31 íconos mundiales LGBT.

“Podríamos decir que estaban muy adelantados a su tiempo”, dice el sociólogo Barry Adam, autor del libro The Rise of a Gay and Lesbian Movement y profesor de la Universidad de Windsor, Canadá.

En su libro, Adam cita la oficialización de la unión de los Axgil como un punto fundamental para la consolidación de los derechos de los homosexuales en el mundo.

Dos mujeres en un sofá.

Getty
Dinamarca fue el primer país en reconocer la unión civil homosexual.

Recuerda que ellos “celebraron con una gran fiesta por las calles de Copenhague”, y que el acto en sí fue emblemático dado que la población LGBT, en mayor o menor medida alrededor del mundo, vivía bajo persecución y tenía que esconder su estatus real.

La ley

William Eskridge, profesor de derecho en la Universidad de Yale, cuenta cómo fue la aprobación de la ley danesa en el libro Gay Marriage: for Better Or for Worse?: What We’ve Learned from the Evidence.

En él relata que hubo un largo debate sin precedentes en el Parlamento, con una intensa participación de sectores de la sociedad, sobre todo religiosos “cristianos fundamentalistas”, tanto sacerdotes como líderes laicos.

“Una petición firmada por 122 padres daneses instaba a los parlamentarios a archivar la ley. ‘El Estado no puede hacer leyes contra el mandado de Dios’, decía el texto. Los religiosos temían que la ley “privilegiase anormalidades”, relata el jurista.

Pareja de hombres.

Getty Images
La iniciativa danesa incentivó a otros países a reconocer la unión civil homosexual y la adopción por parte de parejas entre personas del mismo sexo.

Incluso entre los políticos hubo discusiones similares. Cuando el proyecto fue puesto a discusión, un parlamentario, en tono rudo, argumentó que la ley era “una catástrofe”, y que colocaría a Dinamarca “contra todo el resto del mundo”.

“Pocas veces hubo en el Parlamento danés un debate tan fundamental como ese, en el cual los miembros discutieron y no estuvieron de acuerdo muchas veces, sobre el papel de la religión a la hora de legislar”, puntualiza Eskridge.

Los que defendían la ley, por otro lado, argumentaban que había llegado “el día en que una forma de discriminación contra gays y lesbianas fuera eliminado de los libros de derecho”.

El día 23 de mayo de 1989, la ley fue votada. Cuando apareció el marcador, se hizo una fiesta entre el público que acompañaba la votación: 71 votos a favor, 47 en contra, 5 abstenciones.

“Axel y Eigil Axgil, los padres del movimiento gay danés moderno, sonreían triunfantes”, narra Eskridge.

Pareja de mujeres paseando a un perro.

Getty Images
Hasta finales de 1989, año en que Dinamarca reconoció la unión entre personas del mismo sexo, 270 homosexuales hombres y 70 mujeres registraron sus uniones civiles en el país.

El británico Richard Coles, periodista, músico y sacerdote de la Iglesia anglicana, afirma que suele pensar en la pareja Axgil cuando celebra matrimonios.

“Fue Dinamarca el que abrió el camino, con sus uniones estables civiles”, como se llamaban los de matrimonios gays.

El primer matrimonio en oficializar la unión fue Axel y Eigil Axgil, compañeros y activistas que habían participado en la campaña para cambiar la ley”, escribe Coles, en su libro Bringing in the Sheaves: Wheat and Chaff from My Years as a Priest.

“Esas uniones fueron contraídas solo en ceremonias civiles, pero la Iglesia en Dinamarca permitió que su clero realizase bendiciones de parejas del mismo sexo, bajo el argumento de que son personas, no instituciones, las que son bendecidas”, dice el sacerdote.

Manos.

Getty Images
En 2010, el Parlamento danés permitió que parejas del mismo sexo pudieran adoptar.

“En 2010, el Parlamento danés permitió que parejas del mismo sexo pudieran adoptar. Y, en 2012, las uniones civiles fueron sustituidas por matrimonios entre personas del mismo sexo. Esos casamientos pueden ser realizados en iglesias, pero el clero no está obligado a oficiarlos se no quieren”, prosigue el sacerdote.

“Eigil Axbil murió en 1995 a los 73 años. Axel Axgil murió en 2011 a los 96. Muchas veces pienso en ellos cuando estoy oficiando un casamiento de parejas que encajan en los criterios que exige la Iglesia, pero en cuyo futuro ni siquiera el jugador más imprudente apostaría”.


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