Korfbal: el curioso deporte realmente mixto donde los hombres no pueden tocar a las mujeres
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Korfbal: el curioso deporte realmente mixto donde los hombres no pueden tocar a las mujeres

La actividad deportiva, inventada en Holanda hace más de 100 años, es un ejemplo de cómo los hombres y las mujeres pueden competir en el mismo equipo y bajo la mismas condiciones.
BBC Mundo
Por BBC Mundo
30 de octubre, 2017
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Es un día normal en el colegio: un grupo de niños vestidos de rojo, verde y amarillo juegan con una pelota en la mitad del patio de un colegio.

Pero hay algo que hace diferente a la escena: el deporte que están disputando en este lugar, el Instituto Geremario Dantas de Río de Janeiro, es uno donde los equipos están conformados por chicas y chicos.

Se llama korfbal, una invención holandesa de principios del siglo XX al que se describe como el único deporte de balón verdaderamente mixto.

Las reglas del juego establecen que los niños deben jugar juntos.

“Realmente me gusta porque pueden jugar tanto las niñas como los niños”, le cuenta Giovanni, uno de los alumnos de la escuela, a la BBC.

“Es un deporte que les permite a todos participar, sin importar si son un chicos o chicas, o si tienen habilidades o no. Todos somos diferentes y somos buenos en diferentes cosas, pero en este deporte todos podemos jugar juntos”.

TiempoDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEl juego trata de encestar el balón el mayor número de veces durante el juego.

Pero ¿cómo se volvió tan popular este deporte? ¿Y por qué ha sido considerado uno de los mejores ejemplos para luchar contra la desigualdad entre hombres y mujeres en el ámbito deportivo?

“En un mundo donde la inequidad de género es un tema importante de debate, el korfbal actúa como mediador porque es un deporte —y tal vez el único— mixto”, le dice a la BBC el capitán de la selección inglesa de korfbal, Ben King.

Holanda es el rey

Su origen es casi tan viejo como el basquetbol o el voleibol: nació en Holanda en 1903, de la mano de Nico Broekhuysen, un profesor de educación física que quiso crear un juego donde hombres y mujeres pudieran jugar en las mismas condiciones.

Las reglas del juego son básicas: dos equipos de ocho integrantes (la mitad hombres y la otra mitad, mujeres) tienen la misión de embocar un balón por una especie de anillo o cesta (korf significa cesta en holandés), que está ubicada a unos tres metros de altura.

korfbalDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEl korfbal fue inventado en Holanda hace más de 100 años.

Sin embargo, los hombres marcan a los hombres y las mujeres a las mujeres en dos zonas: ataque y defensa. Las canchas son muy similares a las del basquetbol.

“Es un deporte con mucha dinámica: en cualquier momento te va a tocar defender o atacar. Cada dos goles hay que cambiar de posición en la cancha”, explicó King.

La estrategia se basa en el pase del balón, debido a que no se puede avanzar con la pelota, ni tampoco driblar o regatear. Y gana quien logre pasar más veces el balón a través de la cesta en los cuatro cuartos de 15 minutos que dura el encuentro.

Actualmente el korfbal se juega en al menos 68 países alrededor del mundo y estos buscan cada cuatro añosuno de los 16 cupos para participar en el Mundial de la disciplina. Históricamente el país dominante ha sido Holanda: ha ganado los 9 torneos orbitales que se han disputado.

Lucha contra el sexismo

Ante la preocupante desigualdad salarial de varias disciplinas deportivas y el hecho de que en muchas de ellas las atletas femeninas no tienen la representación adecuada, no son pocos los que se preguntan si la respuesta es el korfbal.

“Este deporte realmente rompe con el estereotipo de que los hombres y las mujeres no pueden jugar juntos. Y que las mujeres son el sexo débil“, le dice Sheila Duarte, profesora de Instituto Geremario Dantas, a la BBC.

“Muestra que las mujeres pueden jugar deportes duros también”, explica.

El equipo holandés de korfbal.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionHolanda ha sido el rey absoluto en este deporte.

Pero mientras las reglas del korfbal lo hacen perfecto para integrar a chicos y chicas, en términos de popularidad en los colegios —sin contar en términos de espectadores— y en comparación con el fútbol, el tenis y el basquetbol todavía sigue siendo una práctica minoritaria.

Estos son deportes que atraen a multitudes, enormes audiencias y mucho dinero.

Y en eso existe una debilidad, especialmente en países fuera de Holanda: hay pocas opciones de convertir la pasión por el korfbal en una profesión, incluso para los más talentosos.

Aunque no faltan los que mantienen la esperanza ante las opciones que tiene este deporte para cerrar la brecha entre hombres y mujeres en el deporte.

Uno de ellos es Juan, de 12 años.

“Amo jugar korfbal porque es un juego con mucha dinámica en el que puedes jugar con las mujeres”, dice el estudiante, poniendo de relieve una de las principales virtudes que muchos le adjudican a este juego “igualitario” que busca convertirse en masivo.

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Cuartoscuro

Tras el contagio, la culpa: la otra secuela que deja la COVID en los mexicanos

Además de los contagios y las pérdidas, el dolor y la culpa se han convertido en algunas de las secuelas más comunes entre los mexicanos.
Cuartoscuro
Por AFP
15 de febrero, 2021
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¿Cómo se infectó? ¿Por imprudencia? ¿Hicimos lo correcto? Entre las secuelas de la COVID-19, una menos visible mortifica a enfermos y familiares: la culpa, que se ha hecho más patente en México con el repunte dramático de las muertes.

El país está pagando una cuenta letal alimentada, entre otras causas, por una docena de celebraciones de fin y comienzo de año.

Enero fue el mes más mortífero en casi un año de pandemia, con 32 mil 729 fallecidos. Las autoridades aseguran que el 60% de los contagios ocurrieron en reuniones caseras.

México, de 126 millones de habitantes, acumula casi 174 mil decesos, una espiral que sigue creciendo en febrero con cerca de 15 mil víctimas.

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Aunque dolorida por la muerte de su hermana, una maestra jubilada intenta que la familia olvide los resentimientos.  

Creen que fue contagiada por una persona que se arriesgó a ir a una fiesta de Año Nuevo mientras esperaba los resultados de una prueba. 

“Eran pocos, pero una (de las invitadas) era caso sospechoso, se hizo la prueba y esperaba los resultados para enero. Pero por no quedarse sola, no dijo nada. Contagió a todos”, relató la mujer a la AFP bajo anonimato.

“Yo le digo a mi sobrina (adolescente) que olvide rencores, que nada le devolverá a su madre, que mire hacia adelante“, añade.

Caso Manzanero 

En su consulta, Francesca Caregnato, psicoterapeuta y tanatóloga, ha encontrado que la culpa a veces se convierte en una agobiante carga.

Con el contagio o la muerte se abre un abanico de cuestionamientos, reproches y búsqueda de responsables. ¿Quién trajo el virus? ¿Era necesario que saliera? 

“Cuando hay una pérdida es complicado para la familia no señalar o señalarse. Es una culpa muy pesada, pero señalar no ayuda en el proceso de duelo”, asegura.

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El pasado 28 de diciembre, el afamado bolerista mexicano Armando Manzanero murió tras contagiarse en su fiesta de cumpleaños. Su edad, 86 años, y la diabetes agravaron la enfermedad.

“Veo la foto con 30 personas, sin cubrebocas y digo: ¡’Qué cosa tan irresponsable’! (…) A todos ahí les dio COVID”, contó Juan Pablo Manzanero, hijo del artista, al diario Reforma.

Caregnato sugiere no perder la perspectiva en casos donde el virus solo es un “detonante” de muertes por avanzada edad o males crónicos. 

El desahogo 

El remordimiento también acosa fuera del ámbito familiar.

“Me voy muy triste porque siento que tuve la culpa”, dice la nota que dejó en la madrugada una empleada doméstica, tras enterarse que los cinco miembros de la familia para la que trabajaba se habían contagiado.

Ella se había infectado tras visitar en Año Nuevo a su padre, enfermo por el virus.

“Sé que no fue intencional, que a veces no sabes ni cómo te contagias, pero sí, me dio coraje, esto del COVID lo hablé mucho con ella”, dice Penélope Gutiérrez, abogada de 36 años para la que trabajaba esa empleada doméstica. 

“Le pagaba extra para que no usara transporte público, le dije que si ella o alguien de su familia se sentían mal, no viniera, que le seguía pagando”, recuerda Gutiérrez, quien pasó una semana hospitalizada con su mamá.

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Otra familia, que perdió al abuelo y a una mujer, y en la que resultaron contagiadas cinco personas más, aún se pregunta si fue correcto llevarla a ella a un hospital público, desbordado de pacientes.

El anciano falleció un día después de presentar síntomas. “No sufrió”, dice un hijo. 

Pero la mujer pasó un mes intubada hasta que el corazón no resistió. “Se agravó por una infección intrahospitalaria. Mi hermano (viudo) se pregunta: ‘¿Y si hubiera ido con su doctor de siempre?'”, añade. 

Hablar de la pérdida ayuda a sanar la culpa, bien con personas cercanas o en una terapia, explica Caregnato. 

“Es un desahogo, permite conectar con las emociones y las acciones que se han tomado. Y en terapia, a través de las preguntas que hago, la idea es que el otro pueda encontrar respuestas”, señala.

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