Quién es Lana Lokteff, la abeja reina de la supremacía blanca en EU
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BBC Mundo

Quién es Lana Lokteff, la abeja reina de la supremacía blanca en EU

Lokteff es miembro de la Alt-right, el movimiento que se opone a la inmigración y el multiculturalismo, que apoya la supremacía blanca en EU.
BBC Mundo
Por BBC Mundo
13 de noviembre, 2017
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Cuando los supremacistas se reúnen en protestas o marchas, todos se ven sorprendentemente similares: suelen ser hombres jóvenes, agresivos y, por supuesto, blancos.

Rara vez se ve a mujeres en las congregaciones de grupos como el Ku Klux Klan, los neonazis o la llamada Alt-right (derecha alternativa). Pero es un hecho que cada vez hay más en estas organizaciones.

Y tal como asegura una de ellas, “fueron las mujeres de la extrema derecha las que eligieron a Donald Trump”.

Ella es Lana Lokteff, la llamada “abeja reina” de las mujeres de extrema derecha en Estados Unidos, la mujer más prominente del movimiento en ese país.

Y es una de las pocas mujeres en ese país que muestran sin reservas su apoyo a las ideologías supremacistas. “No tengo miedo de hablar, ni tengo miedo de usar mi verdadero nombre y por lo tanto mucha gente se está fijando en mí, le dice Lokteff a BBC Mundo.

Lokteff es miembro de la Alt-right, el movimiento que se opone a la inmigración y el multiculturalismo, que apoya la supremacía blanca y que cobró visibilidad al apoyar la campaña de Donald Trump a la presidencia.

Donald TrumpGETTY IMAGES
Los miembros del “alt-right” apoyan muchas propuestas que los simpatizantes de Donald Trump aplauden, como la restricción a los musulmanes o la expulsión de inmigrantes.

“Somos el equivalente en Estados Unidos de los nacionalistas europeos, estamos tratando de recuperar nuestra identidad y nuestras raíces europeas”, expresa.

Queremos tener países blancos para gente blanca, en los que nosotros los blancos seamos la mayoría”.

“Apoyamos los valores tradicionales y estamos en contra de la globalización, en contra de las fronteras abiertas y de los valores liberales”, agrega.

Sus críticos aseguran que es un movimiento racista y misógino.

Polémica e inusual

Lokteff, de piel blanca, cabello rubio y ojos azules, es el prototipo del ideal que promueve.

Lana Lokteff
Lokteff presenta un programa de radio en Red Ice, el conglomerado de comunicaciones que dirige su esposo. Foto cortesía Lana Lokteff.

Para propagar sus ideas nacionalistas presenta un programa de radio en una de las estaciones de Red Ice, un conglomerado de medios de comunicación que dirige su esposo, el sueco Henrik Palmgren.

Ciertamente Lokteff es una figura inusual: las mujeres de los movimientos nacionalistas en Estados Unidos tienden a pasar desapercibidas o son totalmente desestimadas y sus discursos ocurren principalmente en las redes sociales y de forma anónima.

“Ya sabes lo que pasa… si dices abiertamente que eres nacionalista y defiendes los valores de tu identidad automáticamente te llaman nazi, racista, del KKK, y muchas mujeres no pueden manejar estas críticas”, le dice Lokteff a BBC Mundo.

“Muchas mujeres sólo quieren tener una vida plácida y no quieren sentirse excluidas por sus puntos de vista. Yo no soy así”.

ProtestaREUTERS
A menudo se asocia a los grupos supremacistas blancos con hombres jóvenes y agresivos.

Lokteff afirma que cada vez más mujeres apoyan sus ideas, pero no son visibles porque “operan tras bambalinas”.

No se involucran en política, no resisten las presiones, no quieren que las llamen racistas”.

“Pero están allí, son las esposas, madres, hermanas y están apoyando al movimiento. Muchas de ellas escuchan mis programas y lo sé porque recibo muchos mensajes de muchas mujeres nacionalistas en este país”.

“No olvidemos que Trump ganó la presidencia gracias al voto de las mujeres blancas nacionalistas”.

Esta “pasividad”, dice Lokteff “se debe a que la política siempre ha sido el dominio de los hombres”.

SpencerGETTY IMAGES
Richard Spencer, uno de los líderes del alt right indicó que no debe permitirse a las mujeres involucrarse en puestos del gobierno porque “su sed de venganza no tiene límites”.

Pero hay otro problema. Igual que muchos otros movimientos de extrema derecha en Estados Unidos, el Alt right está arraigado tanto en las ideas de la superioridad blanca como de la superioridad masculina.

Y las mujeres, tanto las de raza blanca que simpatizan con la ideología como las mujeres en general, suelen ser blanco de ataques misóginos y son consideradas seres inferiores y “una amenaza al poder de los hombres”.

Richard Spencer, el supremacista que dice haber inventado el término Alt-right y quien es uno de los principales promotores del movimiento, escribió en Twitter en 2008 que “no debe permitirse a las mujeres participar en asuntos de política exterior” porque “su ansia de venganza no tiene límites”.

Y Andrew Anglin, fundador del sitio web supremacista Daily Stormer, declaró en una ocasión que los úteros de las mujeres blancas “nos pertenecen a los hombres de la sociedad”.

Contra el feminismo

En un reportaje sobre las mujeres de extrema derecha en la revista Harper’s, Seyward Darby, afirma que “Lokteff es una guerrera apasionada por el Alt-right, lo más cercano que tiene el movimiento a una abeja reina”.

Protesta
Los grupos de extrema derecha suelen ser condenados por racistas y misóginos.

Según Darby, muchas mujeres se han unido al movimiento porque están en contra del feminismo.

“Sienten que la agenda progresista del feminismo no cumple sus propósitos“, afirma Darby. “Y en algunos casos sienten que (el feminismo) está activamente ignorándolas porque lo que ellas desean son las cosas más tradicionales: el hogar, la familia, etc.”.

La misma Lokteff asegura que “las mujeres modernas son muy infelices debido al feminismo y a la igualdad que han alcanzado en ciertos aspectos con los hombres”.

“Lo que ha ocurrido es que con el llamado feminismo y la llamada liberación lo que se ha logrado es que las mujeres tengan que trabajar y perseguir carreras”, afirma.

“Y llegan a los 40 años y se dan cuenta de ‘¡qué horror! no tengo una familia, no tengo hijos, no tengo un hombre y me siento muy muy sola'”.

“Lo oigo todo el tiempo de mujeres que me escriben y me dicen que se arrepienten de no haber tenido hijos y de haberse dejado llevar por la idea de que no necesitaban a un hombre y de que querían competir con los hombres en la fuerza laboral”.

Red Ice
Lokteff asegura que el mensaje de los valores tradicionales está atrayendo a muchas mujeres al movimiento nacionalista blanco. Foto Red Ice.

“Esto no ha hecho felices a las mujeres. Porque no priorizaron sus objetivos, porque se olvidaron de la prioridad, que es tener una familia “.

“El feminismo ha considerado esta idea como si fuera diabólica y miran a las madres y amas de casa con desprecio“.

“Tres deseos”

La capacidad de elección para las mujeres, cree Lokteff, no es importante. Lo principal, según su ideología, “debe ser el futuro de la sociedad blanca”.

“Y además agrega las mujeres realmente solo queremos tres cosas: ser bellas, atraer a un hombre exitoso que nos proteja y tener una familia”.

¿Qué mujer no quiere eso? Esa es la verdad… aunque muchas mujeres lo nieguen, todas queremos ser bellas y que te proteja tu hombre”.

Estos son los valores que, según Lokteff, están atrayendo a muchas mujeres al movimiento nacionalista blanco.

Y ella, con su programa de radio y sus conferencias está propagando el mensaje “con mucho éxito” entre las mujeres blancas estadounidenses, dice.

“Las mujeres atraemos a otras mujeres y yo estoy atrayendo a muchas seguidoras”, le dice a BBC Mundo.

Por lo difuso del movimiento, es difícil saber cuántos miembros tiene el Alt-right y cuántos de ellos son mujeres.

Pero tal como señalan los expertos, es un hecho que la supremacía blanca en Estados Unidos está en aumento y las mujeres están jugando un papel clave en la organización.

Porque como afirma la periodista Sayward Darby, “son ellas las encargadas de perpetrar la raza blanca, nutrir a la familia e inculcar en esas familias sus creencias en favor de los blancos”.

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Mayela Sánchez

Agroecología en Jalisco: proteger la tierra y apoyar el trabajo de mujeres rurales

El Mercadito Alternativo Solidario Flor de Luna es un proyecto que busca que la producción a pequeña escala sea una vía para que las mujeres recuperen espacios en la agricultura, mientras protegen la tierra y fortalecen a la comunidad local. 
Mayela Sánchez
Por Mayela Sánchez 
7 de marzo, 2022
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Cuando Yáskara Ethel Silva era niña, la Huerta de Trejo no era más que el sitio a donde su madre la mandaba a comprar las verduras del día. Imposible que entonces imaginara que se casaría con uno de los herederos de ese huerto y que compartiría el trabajo de cultivar esa tierra. Mucho menos, que convertiría esa labor en una forma de resistencia.

La Huerta de Trejo se encuentra en el corazón de Ciudad Guzmán, el más importante centro urbano del sur de Jalisco y cabecera del municipio de Zapotlán el Grande. Yáskara dice que alguna vez la huerta fue un gran centro de abasto de vegetales, pero la producción y el consumo de productos locales se fue abandonando con la llegada de la agroindustria en la región en la década de 1980. 

Desde entonces se privilegia la producción agroindustrial: el cultivo a gran escala de alimentos de alto valor agregado, con un uso intensivo de la tierra y de las fuentes de agua, y el uso de productos químicos para mejorar las cosechas y evitar las plagas. Por el sur de Jalisco se han expandido así los cultivos de aguacate, agave, frambuesa y zarzamora, por ejemplo, hasta abarcar la tercera parte de la superficie agrícola en esa región, de acuerdo con datos de 2020 del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera. 

Solo en el municipio donde vive Yáskara, la mitad de las tierras ha sido acaparada por un único cultivo: el aguacate. Pero ella y su esposo Rogelio han aprendido cómo trabajar la tierra para impulsar la producción a pequeña escala. Cuando la huerta dejó de ser negocio, primero cultivaron hortalizas, frutas y plantas medicinales solo para su consumo. Pero ante la expansión de los monocultivos, decidieron comercializar una parte para recuperar y promover una producción sustentable de alimentos.

No solo se trata de evitar productos químicos —como fertilizantes o insecticidas— en sus cultivos o de rotarlos para mantener sano el suelo. Además, venden sus productos pensando en que la comercialización es una oportunidad de dar a conocer y promover la agricultura sustentable, y no únicamente para tener un ingreso.  

“Porque no nomás es sembrar en la tierra, sino hay que sembrar en las personas. Y yo digo, el que permanezca la huerta, el que siga produciendo es como el decir ‘sigues viva, estás caminando y tienes permanencia’”, considera Yáskara.

Ella y su esposo no resisten solos. Otras productoras y productores en Jalisco han empezado a ver en las prácticas ecológicas una manera de hacerle frente a un modelo agrícola que explota los recursos y daña al medio ambiente, pero que también ha privilegiado un reparto desigual de la tierra y ha dejado a las mujeres fuera de la actividad productiva. 

En esta forma de producción sustentable, las mujeres juegan un papel clave, pues al igual que la agroecología, ponen al centro la preservación de la vida.

Monocultivo

Aspectos de invernaderos en el sur de Jalisco para monocultivos de aguacates y ‘berries’. FOTO: Mayela Sánchez

La devastación del “gigante agroalimentario”

Jalisco es llamado “el gigante agroalimentario” de México por la preponderancia de sus cultivos en la producción agropecuaria nacional, que están por encima de otros estados con vocación agrícola, como Veracruz, Oaxaca y Sinaloa, y por ser la entidad que más aporta al PIB del sector primario en todo el país.

Pero también es uno de los estados donde más ha penetrado la agroindustria, de acuerdo con Alejandro Macías, profesor investigador del Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara, quien trabaja temas de agricultura con un enfoque social y económico. 

Aunque la agroindustria está presente en casi todo el estado, Macías dice que donde más ha crecido es en el sur, una región que se extiende desde el suroeste del Lago de Chapala hasta el volcán de Colima.

En Atoyac, uno de los 27 municipios que forman el sur jalisciense, Araceli Paniagua Barajas ha visto cómo la producción a gran escala de aguacates, frutos rojos —genéricamente llamados berries— y, últimamente, maguey ha trastocado el paisaje por la deforestación para convertir zonas boscosas en tierras de cultivo.

Como apicultora, esta situación le afecta directamente, ya que la pérdida de vegetación ha reducido las opciones para que las abejas coman y polinicen. Además, las fumigaciones de cultivos con agroquímicos han causado la muerte de más de una tercera parte de las 400 colmenas que tenía.

A pesar de las pérdidas, Araceli y su esposo se mantienen firmes en continuar trabajando con las abejas y en conseguir zonas libres de agroquímicos donde puedan polinizar. Para ellos, producir miel orgánica no es solo una fuente de ingresos, sino la forma en la que defienden la preservación de un medio ambiente sano. Como para Yáskara y Rogelio con el trabajo en la huerta. 

“Más que nada, piensas o tienes la conciencia de decir ‘tenemos que luchar, tenemos que defender este trabajo, a nuestras colmenas, que nuestras generaciones conozcan todavía algo de esto’”, dice Araceli.

Proteger la tierra, tejer redes

Con el avance de la agroindustria, también comenzaron a surgir varias iniciativas de agricultura ecológica: pensar en diversificar cultivos —no tener el mismo todo el tiempo, para dejar que el suelo se recupere y no se degrade—, evitar el uso de agroquímicos y semillas procesadas, emplear fertilizantes naturales y semillas nativas, y garantizar, primero, el autoconsumo y los ciclos naturales del medio ambiente. 

“Es decir, que toma en cuenta aspectos de la ecología donde se instala (…) lo que hemos visto es que en el sur de Jalisco la necesidad de cambio hacia una agricultura sustentable nace a partir de un proceso de degradación ambiental”, dice Norma Helen Juárez, profesora investigadora en el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara y quien desde 2008 estudia la agroecología en Jalisco.

No existen datos precisos sobre cuántos productores agroecológicos hay en el estado, pero al menos para 2016 había unos mil 200 que desarrollaban una agricultura ecológica, según documentó Juárez. De ellos, pudo registrar que 191 estaban en la zona sur.

Al margen de las cifras, un caso paradigmático del impulso de prácticas sustentables en la agricultura del estado es el de El Limón, que en 2021 fue declarado por sus autoridades locales como municipio agroecológico, a fin de fomentar prácticas agropecuarias que preserven la diversidad biológica y cuiden los recursos naturales de la comunidad. El Limón se ubica en la región conocida como Sierra de Amula, al sureste de Jalisco, una región también impactada por cultivos agroindustriales.

Pero también están las tiendas y los mercados locales que fungen como redes para conectar a productores, organizaciones civiles y consumidores. 

Yáskara y Araceli, por ejemplo, son parte de una red de productoras agroecológicas cuyo punto de confluencia es el Mercadito Alternativo Solidario Flor de Luna, ubicado en Guadalajara.

El mercadito abrió en 2015 para dotar a mujeres productoras de un espacio para comercializar sus productos, explica Carmen García, una de sus fundadoras y coordinadora de la Escuela para Defensoras Benita Galeana, una organización de formación de defensoras de derechos humanos y ambientales.

El trabajo itinerante de la escuela para la formación de líderes comunitarias había llevado a sus integrantes a relacionarse con productoras en distintos municipios de Jalisco, con las que trabajaron en proyectos productivos basados en la agroecología.

Actualmente, el mercadito distribuye hortalizas, miel, huevo, salsas, mermeladas y plantas medicinales, entre otros productos, todos elaborados de manera sustentable por unas 20 productoras de Jalisco y algunas de otros estados del país. Aunque también ha incluido a productores, son los menos, pues el mercadito “es un espacio que se ha hecho para las mujeres organizadas”, dice García.

El trabajo de la escuela y del mercadito con mujeres productoras se distingue de otros proyectos agroecológicos en que tiene una perspectiva feminista, consideran sus integrantes. Esto les ha permitido comprender que las mujeres se relacionan de una forma distinta que los hombres con la tierra por el rol de cuidados que se les ha asignado socialmente.

Mercadito

Aspectos del Mercadito Alternativo Feminista Flor de Luna, ubicado en Guadalajara, Jalisco. FOTO: Mayela Sánchez

Tal relación propicia que las productoras agrícolas estén enfocadas en la preservación y protección de la tierra, los cultivos y la comunidad, en lugar de buscar el lucro y la explotación de los recursos. 

“Es una agricultura que sostiene la vida”, dice García. Y que, por tanto, empata con los principios de la agroecología y choca con todo lo que implica la agroindustria.

A partir de esta reflexión es que García habla de feminizar la agricultura, no como una participación exclusiva de las mujeres, sino como una apropiación de todas las personas de esa relación de cuidados con la naturaleza.

“Hablar de una feminización es hablar de que todos nos volvamos cuidadores y cuidadoras. Feminización de la vida, feminización de la agricultura, de la tierra”, dice.

Agroecología, una oportunidad de producción para las mujeres

En Jalisco, las mujeres son propietarias de apenas 30% de los núcleos agrarios, según el Registro Agrario Nacional. La relación que socialmente suele hacerse entre las actividades agrícolas y el trabajo masculino ha perpetuado esta desigualdad en la propiedad de la tierra, considera Carmen García. 

Sin embargo, la agroecología propicia la producción a pequeña escala, como en huertos o cultivos de traspatio, que suelen ser los espacios donde producen las mujeres rurales.

El huerto de Santa Elena, en Ciudad Guzmán, es ejemplo de cómo las mujeres han sabido aprovechar una pequeña extensión de tierra para gestionar un proyecto productivo y de vida. Se trata de un espacio de no más de 30 metros cuadrados, que alberga unas 200 plantas, entre hortalizas y plantas medicinales, explica María Anguiano, una de las tres mujeres que lo sostienen.

El huerto fue una idea fomentada y apoyada por las integrantes de la Escuela para Defensoras. Además de María y otras dos mujeres, también participan en los trabajos del huerto dos hombres, quienes suelen realizar las tareas más pesadas, como la elaboración de la composta que usan para abonar las plantas. En el huerto no usan ninguna clase de productos químicos.

Anguiano dice que algunas plantas medicinales, como el gordolobo o la valeriana, antes eran fáciles de encontrar al lado de los caminos, pero la expansión de los invernaderos donde se cultivan aguacates o berries ha ido acabando con ellas.

Plantarlas en el huerto es una manera de preservarlas. La otra es enseñando a más mujeres a cultivarlas y a producir con ellas remedios medicinales.

Ejemplo que arrastra

Yáskara tiene claro que comercializar el excedente de la producción de su huerta no va a terminar con la agroindustria. Sin embargo, cree que la suma de esfuerzos a pequeña escala como el suyo sí tiene impacto y es una amenaza a los productores agroindustriales.

“Somos un granito de arena pero les da miedo que esos granitos se vayan juntando”, dice.

No se trata de una pelea de David contra Goliat. Como señala la investigadora Juárez, la función de las iniciativas agroecológicas que han surgido en Jalisco es ser incubadoras de procesos de formación y de cambios futuros.

En el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara, el también investigador Macías trabaja en un proyecto piloto para instalar parcelas agroecológicas y desarrollar acciones complementarias (como parcelas de traspatio o en escuelas) en tres estados, entre ellos Jalisco. Su opinión sobre el alcance de las iniciativas de agroecología a pequeña escala es similar a la de Juárez.

“Realmente nosotros sabemos que este tipo de iniciativas en entornos altamente industrializados como en el sur de Jalisco pues son iniciativas de largo plazo e iniciativas de mucha resistencia y de mucho estar picando piedra para lograr resultados”, dice.

En el mercadito hacen su parte para sensibilizar a quienes compran sobre el valor de los alimentos sanos y crear una relación entre ellos y las productoras, así como también una red de consumidores, dice Karenina Casarín, del área de comunicación de la Escuela para Defensoras.

Las mujeres vinculadas con el mercadito también están convencidas del valor de sus proyectos productivos y de que, aunque pequeños, pueden ser referente para otras mujeres. 

Por ejemplo, en Tapalpa —otro municipio del sur jalisciense afectado por la agroindustria—, Gabriela Guerrero mantiene un huerto agroecológico y dice que ha propiciado que otras mujeres de la comunidad estén haciendo sus propios huertos.

“El ejemplo arrastra”, dice Mercedes Justo, originaria de Tapalpa y quien planea tener su propio proyecto de farmacia viviente de plantas medicinales. Más mujeres trabajando por proteger la tierra y a sus comunidades. 

“Ya los que vienen atrás ya darán pasos más gigantes, porque también, al igual que nosotros, estarán despertando su conciencia. Y viendo los resultados tiene que haber un cambio”.

Mercedes Justo

Retrato de Mercedes Justo en el municipio de Tapalpa, Jalisco. FOTO: Mayela Sánchez

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