Gendarmería ineficaz e incompleta: solo tiene el 10% de elementos prometidos por Peña
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Gendarmería ineficaz e incompleta: solo tiene el 10% de elementos prometidos por Peña

Presidencia reconoce que les faltó dinero para que la gendarmería creciera como se había proyectado pero dice que ha sido "efectiva". La Auditoría, en cambio, dice que sus operativos son deficientes.
Foto: Cuartoscuro
Por Arturo Angel
17 de noviembre, 2017
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La Gendarmería Nacional, que el presidente Enrique Peña Nieto prometió en su época de candidato como una nueva policía con 40 mil elementos que mejoraría las condiciones de seguridad en el país, enfrenta hoy una realidad distinta: su tamaño es apenas de un 10 % de lo prometido, no es fuerza nueva sino un apéndice de una corporación que ya existía, y peor aún: desde su puesta en marcha los homicidios han subido en el país casi 47 %.

Datos oficiales dados a conocer esta semana por la Presidencia de la República arrojan que el tamaño de la Gendarmería actualmente es de cuatro mil 973 elementos, y no hay planes, ni recursos, para su expansión. ¿El motivo? Un recorte de más de 200 mil millones de pesos al gasto público según lo dicho por el propio presidente.

“Hemos creado una Gendarmería que dadas las restricciones presupuestales que tuvimos que enfrentar para ser responsables en el manejo de las finanzas públicas (…) no pudimos acrecentar como era la proyección inicial el tamaño de la Gendarmería, pero la Gendarmería ha funcionado”, dijo el presidente en la clausura del Foro Nacional Sumemos Causas, el pasado 13 de noviembre.

La proyección inicial a la que se refiere el presidente la hizo por primera vez en junio de 2012, cuando aún era candidato, durante un encuentro con empresarios en Durango. Ahí afirmó que la Gendarmería tendría alrededor de 40 mil efectivos con una disciplina y preparación de perfil militar.

“Bien podríamos aprovechar la fuerza que hoy la Armada y el Ejército destinan a cubrir tareas de seguridad, que es del orden de 40 mil elementos, para ser parte de lo que yo he denominado una Gendarmería Nacional”, dijo Peña, quien repitió esta proyección en varias ocasiones.

Anque Peña llegó a la Presidencia en 2012, la Gendarmería se puso en marcha hasta agosto de 2014 y lo hizo lejos de los planes originales: se desechó la idea de que fuera una nueva corporación y en cambio se optó por crearla como una nueva división (la séptima) dentro de la Policía Federal. Su estado de fuerza “inicial” fue de 4 mil 500 mil elementos, casi diez veces menos de lo proyectado.

El cambio de planes obedeció a que no hubo disponibilidad de recursos materiales y humanos suficientes. Más de 140 mil personas participaron como aspirantes peor la mayoría no superó los controles de confianza. La desesperación por poder lanzar dicha fuerza llegó al punto en que se intentó que policías federales de otras divisiones hicieran su cambio forzoso a la Gendarmería, como revelaron en su momento varios de esos elementos a Animal Político.

Al momento del lanzamiento de la Gendarmería el entonces comisionado Nacional de Seguridad, Manuel Mondragón y Kalb, aseguró que a más tardar en un año dicha división tendría por lo menos diez mil elementos.

Hoy son menos de cinco mil efectivos.

¿Ha funcionado? Los datos dicen que no

Pese a que la División de Gendarmería es apenas una fracción de lo que se había prometido, el gobierno Federal defiende su “efectividad”.

En los datos dados a conocer el pasado 13 de noviembre, Presidencia señala que desde su creación, la Gendarmería ha realizado a nivel nacional un total de 425 mil 945 acciones táctico – operativas en “casi todas las entidades del país”.

Junto con la cifra de operativos la presidencia también presumió que, de acuerdo con datos del INEGI a septiembre de 2017, el 72.5 % de la población califica el desempeño de la División de Gendarmería como “muy o algo efectivo”. En comparación las policías municipales tienen un porcentaje de aprobación en ese rubro de apenas el 40.3 %.

Lo que no dicen los datos del gobierno federal es cómo la Gendarmería ha impactado en la seguridad del país o en la reducción de la violencia.

Si se revisan las cifras de homicidio doloso, la existencia de la Gendarmería no ha generado ningún efecto positivo. De hecho la violencia se ha incrementado notablemente.

Los datos oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública arrojan que los homicidios dolosos entre 2015 y 2017 – ya con la gendarmería en pleno funcionamiento – se han incrementado en un 47.2 %. Pasaron de 12 mil 568 casos registrados entre enero y septiembre de 2015, a 18 mil 505 homicidios en el mismo periodo de 2017.

La Auditoría Superior de la Federación (ASF) presentó por su parte, en febrero pasado, los resultados de una revisión practicada a la División de Gendarmería cuyo balance fue negativo: concluyó que se trata de una fuerza cuya efectividad para disminuir los delitos en el país ha sido nula y con operativos que además son deficientes.

Los auditores destacaron, entre otras cosas, que no existen análisis criminológicos o variables objetivas que sustenten la utilidad de la intervención de la Gendarmería a los puntos donde ha sido enviada, respecto a otros de alta incidencia donde no se le ha desplazado. En esa misma línea, aunque se han fijado indicadores y metas, no hay información seria que sustente su cumplimiento.

Lo que la Auditoría también ratificó es que la selección de los aspirantes a la Gendarmería no ha sido adecuada y en parte de ello se explica su raquítico estado de fuerza actual. La cifra es contundente: el 80 % de los candidatos elegidos reprueba los filtros de control de confianza.

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¿Qué son las células T y de qué forma aportan inmunidad oculta contra la COVID-19?

Un enigmático tipo de glóbulos blancos está adquiriendo cada vez más importante en la lucha contra la covid-19. ¿Podrían estas células ser la clave para evitar la propagación de la infección?
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27 de julio, 2020
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Aunque investigaciones recientes sugieren que los anticuerpos contra la covid-19 pueden perderse en solo tres meses, han surgido nuevas esperanzas en el horizonte con las enigmáticas células T.

Los indicios se habían estado acumulando desde algún hace tiempo.

Primero, los científicos descubrieron pacientes que se habían recuperado de la infección de covid-19, pero misteriosamente no tenían anticuerpos contra la enfermedad.

Después surgió el hallazgo de que muchos de los que sí habían desarrollado anticuerpos parecían perderlos solo pocos meses después.

En resumen, aunque los anticuerpos han mostrado ser invaluables para rastrear la propagación de la pandemia, quizás no tienen el rol esencial en la inmunidad como se había pensado.

Si vamos a adquirir una protección a largo plazo, parece cada vez más probable que esta tendrá que surgir de otra parte.

Pero aunque el mundo ha estado preocupado con los anticuerpos, los investigadores han comenzado a darse cuenta de que quizás hay otra forma de inmunidad, una que, en algunos casos, ha estado latente y sin ser detectada en el organismo durante años.

Un enigmático tipo de glóbulos blancos está adquiriendo importancia.

Y aunque previamente estos no han tenido un lugar prominente en la conciencia pública, podrían ser cruciales en nuestra lucha contra la covid-19.

Este podría ser un gran momento para las células T.

Células T

Reuters
El propósito principal de las células T es identificar y matar patógenos invasores o células infectadas.

Qué son las células T

Las células T son una especie de células inmunes, cuyo principal propósito es identificar y matar a patógenos invasores o células infectadas.

Lo hacen utilizando proteínas en su superficie, que a su vez pueden adherirse a proteínas en la superficie de estos impostores.

Cada célula T es altamente específica. Hay billones de variaciones posibles de estas proteínas de superficie, y cada una puede reconocer un objetivo diferente.

Debido a que las células T pueden mantenerse en la sangre durante años después de una infección, también contribuyen a la “memoria de largo plazo” del sistema inmune y le permiten organizar una respuesta más rápida y más efectiva cuando este queda expuesto a un viejo enemigo.

Varios estudios han mostrado que la gente contagiada con COVID-19 tiende a tener células T que pueden atacar el virus, sin importar si la persona ha experimentado síntomas.

Hasta aquí, todo es normal. Pero los científicos recientemente también descubrieron que algunas personas pueden resultar negativas de anticuerpos contra la COVID-19 y positivas de células T capaces de identificar el virus.

Esto ha llevado a sospechas de que ciertos niveles de inmunidad contra la enfermedad podrían ser dos veces más comunes de lo que previamente se pensó.

Lo más extraño de todo es que, cuando los investigadores analizaron muestras de sangre tomadas años antes de que comenzara la pandemia, encontraron células T específicamente diseñadas para detectar proteínas en la superficie de COVID-19.

Esto sugiere que algunas personas ya tenían un grado de resistencia preexistente contra el virus antes de que infectara a un humano.

Y parece ser sorprendentemente frecuente: 40-60% de los individuos no expuestos tenían estas células.

Parece cada vez más que las células T podrían ser una fuente secreta de inmunidad para la COVID-19.

laboratorio

Getty Images
Descifrar la importancia de las células T no es solo una cuestión de curiosidad académica.

El papel central de las células T también podría ayudar a explicar algunas de las peculiaridades que hasta ahora no se han podido comprender, desde el drástico aumento del riesgo del virus que las personas enfrentan a medida que envejecen, hasta el misterioso descubrimiento de que puede destruir el bazo.

Descifrar la importancia de las células T no es solo una cuestión de curiosidad académica.

Si los científicos saben qué aspectos del sistema inmune son los más importantes, pueden dirigir sus esfuerzos a hacer que las vacunas y los tratamientos funcionen.

¿Cómo se desarrolla la inmunidad?

La mayoría de la gente probablemente no ha pensado en las células T, o linfocitos T como también se les conoce, pero para saber lo cruciales que son para la inmunidad, podemos observar las etapas finales del sida.

Las fiebres persistentes, las llagas, la fatiga, la pérdida de peso, los raros cánceres, los microbios usualmente inocuos, como el hongo Candida albicans -que a menudo se encuentra en la piel- que comienza a invadir el cuerpo.

Durante un período de meses o años, el VIH lleva a cabo una especie de genocidio de células T, en el cual las caza, las invade, y sistemáticamente las hace suicidarse.

“Aniquila una enorme porción de ellas”, dice Adrian Hayday, profesor de inmunología del King’s College de Londres y líder de grupo en el Instituto Francis Crick.

“Y eso realmente pone de manifiesto lo increíblemente importantes que son estas células y el hecho de que los anticuerpos solos no van a ayudarte”.

Durante una respuesta inmune normal a, por ejemplo, un virus de influenza, la primera línea de defensa es el sistema inmune innato, que involucra los glóbulos blancos y las señales químicas que lanzan las alarmas.

Esto inicia la producción de anticuerpos, la cual se lleva a cabo unas semanas después.

“Y de forma paralela con eso, unos cuatro o cinco días después de la infección, comienzas a ver que las células T se activan, y hay indicios de que estas específicamente están reconociendo a las células infectadas con el virus”, dice Hayday.

Estas desafortunadas células posteriormente son eliminadas rápida y brutalmente -ya sea directamente por las propias células T o por otras partes del sistema inmune que estas reclutan para hacer este desagradable trabajo- antes de que el virus tenga la oportunidad de convertirlas en fábricas para producir más copias de sí mismo.

Las buenas y las malas noticias

Pero ¿qué sabemos sobre las células T y la COVID-19?

“Al observar a los pacientes con COVID-19 -pero, me hace feliz poder decir que también al observar a individuos que fueron infectados pero no necesitaron hospitalización-, queda absolutamente claro que hay respuestas de las células T”, dice Hayday.

“Y casi ciertamente esto es muy buena noticia para quienes están interesados en vacunas, porque claramente somos capaces de producir anticuerpos y producir células T que pueden ver el virus. Todo esto es bueno”.

Diana y paciente VIH positivo

PA Media
El sida es una enfermedd principalmente de las células T.

De hecho, una vacuna -la desarrollada por la Universidad de Oxford- ya ha estado demostrando que puede generar la producción de estas células, además de anticuerpos.

Todavía es prematuro saber cuán protectora será esta respuesta, pero un miembro del grupo de investigación le dijo a la BBC que el resultado era “extremadamente promisorio”.

Sin embargo, hay un problema.

En muchos pacientes que son hospitalizados con COVID-19 más grave, la respuesta de las células T no ha resultado como se esperaba.

“Un gran número de células T resultan afectadas”, dice Hayday.

“Y lo que les ocurre es un poco como cuando la celebración de una boda sale mal. O sea, se lleva a cabo una cantidad enorme de actividad y proliferación, pero las células comienzan a desaparecer de la sangre”.

Una teoría es que estas células T son desviadas a donde son más necesitadas, como los pulmones. Pero el equipo de Hayday sospecha que lo que ocurre es que muchas de ellas comienzan a morir.

“Las autopsias de pacientes con COVID-19 están comenzando a revelar lo que se llama necrosis, que es una especie de descomposición”, explica.

Esto es particularmente evidente en las áreas del bazo y los ganglios linfáticos donde normalmente viven las células T.

Lo desconcertante es que la necrosis del bazo es una marca de enfermedad de las células T, en donde las propias células inmunes son atacadas.

“Si miras las autopsias de los pacientes con sida, verás el mismo problema”, explica Hayday.

“Pero el VIH es un virus que infecta directamente las células T, toca a la puerta y entra”.

Por otro lado, actualmente no hay evidencia de que el virus de COVID-19 sea capaz de hacer eso.

“Potencialmente hay muchas explicaciones para esto, pero hasta donde yo sé, nadie tiene una”, dice el investigador.

“No tenemos idea de que está ocurriendo. Hay evidencia de que las células T pueden protegerte, probablemente por muchos años. Pero cuando la gente se enferma, parecen quedarse sin apoyo en los intentos de las células de establecer un mecanismo protector de defensa”.

La disminución en el nivel de células T podría también ser la causa de por qué los ancianos resultan mucho más gravemente afectados por COVID-19.

Hayday menciona un experimento llevado a cabo en 2011 que involucró exponer a ratones a una versión del virus que causa el SARS.

laboratorio

Reuters
Aunque los anicuerpos son importantes podrían no ser suficientes para evitar la propagación de COVID-19.

Investigaciones previas habían mostrado que el virus -que también es un coronavirus y es pariente cercano del COVID-19- provocó la producción de células T, que fueron las responsables de acabar con la infección.

El estudio de seguimiento produjo resultados similares, pero el cambio fue que esta vez se le permitió a los ratones envejecer.

A medida que envejecían las respuestas de sus células T se hicieron significativamente más débiles.

Sin embargo, en el mismo experimento, los científicos también expusieron a los ratones a un virus de influenza.

Y a diferencia de los que estaban infectados con covid-19, estos ratones lograron mantener sus células T, las cuales actuaron contra la influenza hasta sus años de vejez.

“Es una observación interesante, en el sentido de que podría explicar por qué los individuos mayores son más susceptibles a COVID-19″, indica Hayday.

“Cuando llegas a los 30 años, se comienza a encoger tu timo (una glándula localizada detrás del esternón y entre los pulmones, que juega un papel importante en el desarrollo de las célula inmunes) y tu producción diaria de células T disminuye masivamente”.

¿Qué significa esto para la inmunidad a largo plazo?

“Con el virus original de SARS (que emergió en 2002), se estudió a los pacientes y se encontró definitivamente de células T durante varios años después de que esos individuos resultaron infectados”, indica Hayday.

“Esto es consistente con la idea de que esos individuos tenían células T protectoras mucho tiempo después de que se habían recuperado”.

El hecho de que el coronavirus pueda conducir a células T duraderas es lo que recientemente ha inspirado a científicos a analizar viejas muestras de sangre tomadas de personas entre 2015 y 2018, para ver si estas contenían células T que puedan reconocer el COVID-19.

Como la respuesta fue afirmativa, esto llevó a sugerencias de que sus sistemas inmunes aprendieron a reconocerlas después de enfrentarse en el pasado a virus del resfriado con proteínas de superficie similares.

Inyección

Getty Images
La forma como se diseñan las vacunas por lo general depende del tipo de respuesta inmune que los científicos esperan provocar.

Esto plantea la tentadora posibilidad de que la razón por la que algunas personas experimentan infecciones más severas es porque no tienen estas reservas de células T que son capaces de reconocer al virus.

“Creo que es justo decir que esto todavía se está debatiendo”, afirma Hayday.

Desafortunadamente, nadie ha podido verificar si la gente produce células T contra cualquiera de los coronavirus que provocan el resfriado común.

“Obtener fondos para estudiar esto requiere un esfuerzo enorme”, asegura el investigador.

Los estudios sobre el resfriado común pasaron de moda en los 1980, después de que este campo se estancó y los científicos comenzaron a cambiarse a otros proyectos, como el estudio del VIH.

Desde entonces ha sido difícil lograr un progreso, porque la enfermedad puede ser causada por cualquiera de los cientos de variedades virales, y muchas de éstas tienen la capacidad de evolucionar rápidamente.

¿Llevará esto a una vacuna?

Si las viejas exposiciones a los virus del resfriado realmente están conduciendo a casos más leves de COVID-19, esto podría ser una buena señal para el desarrollo de una vacuna ya que es prueba de que las células T que sobreviven ofrecen protección significativa, incluso años después de que se formaron.

Pero incluso si esto no ocurre, la participación de las células T podría seguir siendo beneficiosa, y entre más entendamos lo que está ocurriendo, mejor.

Hayday explica que la forma como se diseñan las vacunas por lo general depende del tipo de respuesta inmune que los científicos esperan provocar.

Algunas pueden provocar la producción de anticuerpos, que son proteínas que circulan libremente y que pueden adherirse a los patógenos invasores, ya sea neutralizándolos o marcándolos para que otra parte del sistema inmune se haga cargo de ellos.

Otras tienen el objetivo de involucrar a las células T, o quizás provocar una respuesta de otras partes del sistema inmune.

“Realmente hay un espectro enorme de diseños de vacunas”, explica Hayday.

El investigador está particularmente alentado por el hecho de que el virus evidentemente es altamente visible para el sistema inmune, incluso en aquellas personas severamente afectadas.

“De manera que si podemos evitar lo que este les está haciendo a las células T de los pacientes con quienes hemos estado teniendo el privilegio de trabajar, entonces habremos avanzado mucho en el control de la enfermedad”, expresa el investigador.

Todo parece indicar que en el futuro escucharemos mucho más sobre las células T.

Esta nota fue publicada originalmente en BBC Future. Haz clic aquí para leer la versión original (en inglés).

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BBC

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https://www.youtube.com/watch?v=zdkwo02LwCs

https://www.youtube.com/watch?v=FkdL3esx7t0&t=14s

https://www.youtube.com/watch?v=Fq8jbuaUW0M

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