Las rejas no te limitan para ser mejor persona: Oralia descubrió el arte en prisión
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Cuartoscuro Archivo

Las rejas no te limitan para ser mejor persona: Oralia descubrió el arte en prisión

Al estar encarcelada en Santa Martha Acatitla, Oralia conoció gente solidaria y descubrió su sensibilidad artística; ahora hace cuadros de collage y concursa con ellos. 
Cuartoscuro Archivo
Por Nayeli Roldán
27 de noviembre, 2017
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Oralia tiene el cabello largo y negro. Camina con dificultad por el dolor en los riñones. Cree que el padecimiento es culpa de la medicación constante durante los seis años que estuvo recluida en el penal de Santa Martha Acatitla.

“Las paredes eran muy frías y me enfermaba a cada rato de gripa”, dice.

Lleva 11 meses en libertad y ha sido como volver a nacer. Apenas se está adaptando a la nueva realidad: sus hijos le enseñan a usar Whatsapp y le ayudaron a crear su cuenta de Facebook.

“No sabía que existía un Instagram, las redes, ni nada de eso, aunque ni me gusta”, confiesa.

También encontró las calles del Estado de México distintas a como las recordaba.

Cuando volvió a escuchar a un perro ladrar o el tráfico de los autos fue redescubrir el mundo, pero estar con sus hijos fue recuperar la vida. La última vez que los vio tenían 9 y 6 años y reencontrarlos “fue el duelo más difícil que crucé”.

Es difícil retomar al mundo en el punto en el que lo dejó suspendido cuando fue recluida, pero lo peor es enfrentarse a la sociedad, “el monstruo más grande”.

Tener antecedentes penales “nos marca definitivamente, es un estigma” y la gente se los recuerda a cada paso.

Aunque intentó buscar empleo en un Centro de Desarrollo Infantil, el requisito de la carta de no antecedentes penales fue el mayor obstáculo.

“Si ya pagamos una condena y quedamos a mano con la justicia, merecemos la oportunidad de volver a empezar”, dice.

Pese a lo que vio en reclusión, también conoció a gente solidaria y descubrió cosas de ella misma que no sabía que tenía, como la sensibilidad artística. Ahora hace cuadros de collage y concursa con ellos.

“La cárcel no es tan mala, ni las paredes ni las rejas nos limitan a ser mejores” dice, convencida de que ella es una muestra de esas palabras.

Ella, dice, ya pagó su error. En diciembre de 2011 vivía en un terreno de su padre y comenzaba a construir su casa. Ahí, su hermano almacenó mercancía robada de las tiendas Martí y una llamada anónima alertó a la policía. Ese día, el joven se había ido minutos antes, los únicos que estaban ahí eran Oralia y su pareja, y ambos fueron detenidos.

Fueron acusados del delito de encubrimiento por aceptación y “aunque no participé (en el robo), era probable responsable por estar en el terreno”, que además estaba intestado y no había dueño legal. Ingresó al Centro Femenil de Readaptación Social Santa Martha Acatitla y meses después recibió una sentencia de 5 años.

Aunque apeló, el juez confirmó la pena que en total sumó “seis años de vida, seis navidades”, dice. El nuevo sistema de justicia penal contempla medidas cautelares en delitos como este para evitar la prisión, pero Oralia fue juzgada con el anterior sistema, ese que abarrotó las cárceles con responsables de delitos menores.

Ella y su pareja fueron los únicos detenidos y sentenciados por encubrimiento, y nadie fue castigado por el robo.

El arte como fuga

El semblante de Oralia es tranquilo. Recibe a los reporteros con una sonrisa y acepta relatar su historia frente a una cámara. En hora y media cuenta una mínima parte de lo que vio y vivió en los 2 mil 190 días en prisión y aún así, es impactante.

En el penal había dos maneras de vivir: integrarse en las actividades que ofrecían y mantenerse ocupada, o meterse en problemas. Ella optó por lo primero. A los cuatro meses de ingreso, descubrió su verdadera vocación en el taller de collage. Nunca antes le había interesado el arte, pero plasmar sus pensamientos en cuadros fue la manera de fugarse del encierro.

El maestro, que alentaba a las alumnas a “usar la imaginación” reconoció el talento de Oralia desde el primer cuadro que logró con un estilo surrealista y gore. Con recortes de revistas hacía metáforas de lo que vivía, por eso cada cuadro tiene nombres como “la fuga”, “censurado” o “saqueo”.

En el primer festival de artes visuales en el que compitió con internas de otros penales, obtuvo el primer lugar. “Tus cuadros son inquietantes”, le decía el maestro; “qué cosas traes en la cabeza”, le decía su madre cada vez que le entregaba una nueva creación.

Aunque debía cumplir la jornada de otras actividades escolares, culturales y deportivos desde las 7 de la mañana, en los tiempos libres recortaba, imaginaba y construía un mundo en esos cuadros.

Al explicar sus creaciones, Oralia revela más de lo que vivió en la cárcel que en la propia charla. “Censurado”, cuyo elemento principal son ojos de diferentes tamaños en distintas posiciones, está inspirado en las reclusas adictas a la cocaína, el crack y la piedra que siempre tienen las pupilas dilatadas.

“Cuando miramos con dos ojos, dos millones de ojos nos observan y este cuadro tiene que ver con la conmiseración, el perdón”, explica. En “rarezas” hay sangre, como la que vio en una riña entre dos de sus compañeras, porque la violencia es una constante.

“Yonqui” también habla de la drogadicción, pero en la composición del cuadro resalta un feto. Oralia relata que a lado de su dormitorio había un área de consumo de drogas y en una ocasión encontraron un feto que nunca se supo de quién fue.

“Fue a raíz de la adicción esa pérdida. La droga está constante, la adicción es real y las pérdidas también, eso fue lo que me inspiró”.

El primero que hizo es especial, fue la primera vez que plasmó algo significativo para ella. Lo llamó “destellos del Punk” porque la música siempre ha sido su pasión. “Es algo de mi esencia”.

Incluso, después de seis meses de buena conducta y participación en diferentes talleres y labores dentro del penal obtuvo “el beneficio” de tener un electrónico.

“Podía escoger entre una tele o un MP3 y escogí el reproductor”.

La más reciente obra fue el cartel para la invitar a la exhibición de documentales sobre las personas que obtuvieron la libertad después de purgar una pena en prisión, organizado por el Instituto de Reinserción Social de la Ciudad de México.

La intención es mostrar que, como ella, hay cientos que buscan y logran recuperar su vida en libertad.

La vida en reclusión

Oralia no lo mencionó, pero en el penal de Santa Martha, las internas son humilladas, discriminadas y amenazadas, según documentó un informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos publicado en 2015.

Ese penal concentra 15 de 26 tipos de irregularidades analizadas, como autogobierno, prostitución, área de castigo y deficiencias en la alimentación.

A esto se suma que, a diferencia de los hombres en reclusión, las mujeres son abandonadas por sus familias. Sus esposos, padres o hermanos no abarrotan los días de visita ni reciben comida o dinero cada ocho días como sí ocurre en los penales varoniles. A Oralia la visitaba su madre, pero muchas de sus compañeras estaban completamente solas.

“La mujer es más olvidada, más estigmatizada. Tal vez es por la cultura del machismo, de cómo una mujer va a cometer un error, un delito, por eso hay abandono y poca visita”, dice.

Al año siguiente en reclusión, el marido de Oralia la demandó para reclamar pensión alimenticia y la patria potestad de sus dos hijos. No podía creer que su marido lereclamara una pensión que, en su situación, ascendía a 80 o 90 pesos que en la calle era nada, pero en reclusión significaba una fortuna.

“Eso fue lo que me hizo echarle más ganas”, dice. Por eso se acercó a las abogadas que imparten la licenciatura en Derecho dentro del penal y ella misma sustentó su respuesta a la demanda. Fue por eso que comenzó a estudiar la carrera. Aunque no la acabó, sabe bien los términos legales, el proceso que enfrentó y hasta conoce el nuevo sistema de justicia penal.

En prisión, Oralia también aprendió que la libertad se lleva dentro de sí. Aunque estaba en un penal, el arte y la lectura le hicieron los días menos eternos. Las revistas Algarabía que había en la biblioteca se volvieron su objeto predilecto, tanto que comenzó una colección que ahora suma decenas.

También colecciona revistas La mosca, que dejó de editarse en 2008, pero que ha conseguido en tianguis y con revendedores, incluso las ediciones especiales. Las muestra con orgullo porque no ha sido fácil conseguirlas y las portadas con The Cure, Queen o Pixies bien vale la pena presumir su tesoro.

Oralia explica que conoció internas que habían cometido crímenes que, fuera de ese lugar, provocarían rechazo inmediato, pero ahí se convivía con la mayor normalidad.

Nadie rechazaba a la mujer que destazó a su esposo, ni a la que acuchilló a su bebé. “Adentro se ve como normal” porque la única posibilidad de aguantar los días de encierro es compartiendo la habitación, la comida y la desesperación sin juzgarse, dice Oralia.

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'El núcleo del demonio': cómo era la tercera bomba atómica que EU alistaba para lanzar sobre Japón

Si Little Boy y Fat Man no lograban la rendición de Japón, EU ya tenía prácticamente listo a Rufus, un núcleo de plutonio que nunca explotó, pero sí causó muertes.
6 de agosto, 2021
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El 6 y 9 de agosto de 1945 Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima y Nagasaki las dos únicas bombas nucleares que se hayan utilizado en una guerra.

Juntas fueron los ataques más letales que jamás hayan ocurrido, en los que se estima que murieron alrededor de 200.000 personas.

Desde la perspectiva de EE.UU., tenían el objetivo de presionar la rendición de Japón y poner fin a la Segunda Guerra Mundial.

Y en caso de que no fueran suficientes, Washington tenía prácticamente lista una tercera bomba atómica.

Su apodo era Rufus, y consistía en un núcleo de plutonio, similar al que se utilizó en la bomba Fat Man, que detonó sobre Nagasaki.

Rufus nunca llegó a convertirse en una bomba funcional, pero sí causó dos accidentes letales, por lo que quedó grabado en la historia como “el núcleo del demonio”.

Hiroshima

Getty
La bomba Little Boy causó devastación en Hiroshima.

“Era esencialmente igual al núcleo de Fat Man”, le dice a BBC Mundo Alex Wellerstein, historiador especialista en armas nucleares y autor del blog Nuclear Secrecy.

Eso quiere decir que podría haberse convertido en una bomba con capacidad de generar una explosión de unos 20 kilotones, como ocurrió en Nagasaki.

Según comunicaciones oficiales de EE.UU. citadas en un artículo de Wellerstein, una bomba fabricada a partir de Rufus tendría que haber estado lista para ser lanzada a partir del 17 o 18 de agosto de 1945.

En los primeros días de agosto de 1945, no estaba claro si dos bombas atómicas bastarían para doblegar a Japón, explica Wellerstein.

Solo después de su rendición el 15 de agosto “quedó claro que dos bombas habían sido ‘suficientes’, sino demasiado“, dice el experto.

Así que finalmente no fue necesario utilizar a Rufus.

“¿Qué ocurrió entre el 15 y el 21 de agosto? No lo sé”, escribe Wellerstein, pero lo que sí está documentado es que a partir del 21 de agosto, los investigadores del Laboratorio Los Álamos en Nuevo México, donde se diseñaron las bombas atómicas, comenzaron a utilizar este núcleo de plutonio para experimentos extremadamente peligrosos.

víctima de radiación.

Getty
Los efectos de la radiación pueden resultar letales para los humanos.

Cosquillas a un dragón

En 1945, los únicos núcleos de plutonio que se habían fabricado eran Rufus, Fat Man y el que se colocó en la bomba Gadget, que se utilizó en la prueba Trinity, el primer ensayo de una explosión nuclear que realizó EE.UU.

En Los Álamos, los investigadores querían averiguar cuál era el límite en que el plutonio se volvía supercrítico, es decir, querían saber cuál era el punto en que una reacción en cadena del plutonio desataría una explosión de radiación mortal.

Los Álamos

Getty
Los experimentos con Rufus se realizaron en el Laboratorio Los Álamos.

La idea era encontrar maneras más eficaces de lograr que un núcleo llegara al estado supercrítico y optimizar la carga de la bomba.

Manipular un núcleo de plutonio es una maniobra extremadamente delicada. Por eso los investigadores se referían a esos ejercicios como “hacerle cosquillas a la cola de un dragón”.

“Sabían que si tenían la desgracia de despertar a la bestia furiosa, terminarían quemados”, escribió el periodista Peter Dockrill en un artículo del portal Science Alert.

Según explica Wellerstein, quienes participaban en estos experimentos eran conscientes del riesgo, pero lo hacían porque era una forma de obtener datos valiosos.

Instantes letales

La primera víctima de Rufus fue el físico estadounidense Harry Daghlian, que para entonces tenía 24 años.

Fat Boy

Getty
Rufus serviría para usarse en una bomba de implosión como Fat Man.

Daghlian había trabajado en el Proyecto Manhattan, con el que EE.UU. fabricó sus primeras bombas nucleares.

El 21 de agosto de 1945 Daghlian se dio a la tarea de construir una pila de bloques de carburo de tungsteno alrededor de Rufus.

Su idea era ver si lograba crear un “reflector de neutrones” en los que rebotaran los neutrones lanzados por el núcleo y de esa manera llevarlo de manera más eficiente al punto crítico.

Era de noche y Daghlian estaba trabajando solo, violando los protocolos de seguridad, según lo documenta el portal Atomic Heritage Foundation.

El joven científico ya había apilado varios bloques, pero cuando estaba terminando de colocar el último, su dispositivo de monitoreo le indicó que si lo hacía, el núcleo podría volverse supercrítico.

Era como jugarse la vida en un jenga extremo.

Maniobró para retirar el bloque, pero infortunadamente lo dejó caer sobre el núcleo, que entró en estado supercrítico y generó una ráfaga de neutrones.

Núcleo de plutonio

Los Álamos National Laboratory
Esta es una reproducción del experimento en el que Daghlian apilaba bloques alrededor del núcleo de plutonio.

Además, su reacción fue desbaratar la torre de bloques, así que quedó expuesto a una dosis adicional de radiación gamma.

Esos instantes resultaron letales.

Durante 25 días Daghlian soportó la dolorosa intoxicación radioactiva hasta que finalmente murió en el hospital. Se calcula que recibió una dosis de 510 rem de radiación iónica.

El rem es la unidad de medida de la radiación absorbida por una persona. En promedio, 500 rem resultan mortales para un humano.

“Eso es todo”

Tan solo nueve meses después el dragón volvió a atacar.

El 21 de mayo de 1946 el físico estadounidense Louis Stolin estaba practicando un experimento que había hecho varias veces.

Los Álamos

Los Álamos National Laboratory
Esta es una reproducción de la sala en la que Stolin realizaba su experimento.

Para entonces, Stolin era el mayor experto del mundo en el manejo de cantidades peligrosas de plutonio, según indica Wellerstein.

Junto a un grupo de colegas, estaba mostrando cómo llevar un núcleo de plutonio -Rufus en este caso- al punto supercrítico.

El ejercicio consistía en unir dos mitades de una esfera de berilio, formando un domo en el que los neutrones rebotaran hacia el núcleo.

La clave para no causar un desastre era evitar que las dos medias esferas cubrieran totalmente el núcleo.

Para ello, Stolin utilizaba como separador un destornillador que servía de válvula de escape para los neutrones. De esa manera podía registrar cómo aumentaba la fisión, sin que la reacción en cadena llegara al punto crítico.

Los Álamos

Los Álamos National Laboratory
En medio del domo de berilio estaba el “núcleo del demonio”.

Todo iba bien, pero ocurrió lo único que no debía ocurrir.

A Stolin se le resbaló el destornillador y el domo se cerró por completo.

Fue solo un instante, pero bastó para que el núcleo llegara al punto crítico y liberara una corriente de neutrones que produjeron un intenso brillo azul.

“El flash azul fue claramente visible en toda la sala, a pesar de que estaba bien iluminada”, escribió en un reporte Raemer Schreiber, uno de los físicos que estaba viendo el experimento.

“El flash no duró más de unas décimas de segundo”.

Los Álamos

Los Álamos National Laboratory
Esta es una recreación del experimento en el que Stolin usaba un destornillador para impedir que el núcleo quedara totalmente cubierto.

Stolin reaccionó rápido y destapó el domo, pero ya era tarde: había recibido una dosis letal de radiación.

Nueve meses antes, él mismo había acompañado a su colega Daghlian durante sus últimos días de vida, y tenía claro que un destino similar le esperaba.

“Bueno, eso es todo”, fueron las primeras palabras que dijo, en todo resignado, después de que se le resbalara el destornillador, según lo recuerda Schreiber en su reporte, citado por Dockrill en Science Alert.

Las estimaciones indican que Stolin recibió en su cuerpo 2.100 rem de neutrones, rayos gamma y rayos x.

Su agonía duró nueve días.

En ese periodo sufrió náuseas, dolor abdominal, pérdida de peso y “confusión mental”, según lo describe Wellerstein en un reportaje de la revista The New Yorker.

Finalmente murió a los 35 años en el mismo cuarto del hospital en el que había muerto su colega Daghlian.

Irónicamente, apunta Wellerstein, Stolin estaba haciendo el procedimiento para que sus colegas aprendieran la técnica en caso de que él no estuviera presente.

bomba nuclear

Los Álamos National Laboratory
Las bombas nucleares son las armas más destructivas y mortales que se hayan creado.

El fin de la maldición

Los accidentes de Daghlian y Stolin sirvieron para que se fortalecieran las medidas de seguridad en los procedimientos con material radioactivo.

A partir de entonces, este tipo de ejercicios comenzaron a maniobrarse de manera remota, a una distancia de unos 200 metros entre el personal y el material radioactivo.

“Sus muertes ayudaron a incitar una nueva era de medidas de salud y seguridad”, dice el portal de Atomic Heritage Foundation.

Según los archivos de Los Álamos, el “núcleo del demonio” fue derretido en el verano de 1946 y se utilizó para fabricar una nueva arma.

“En realidad el núcleo del demonio no era demoníaco“, dice Dockrill.

“Si hay una presencia maligna aquí, no es el núcleo, sino el hecho de que los humanos se apresuraron a fabricar estas terribles armas”, sentencia el periodista.


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