Revocan permiso para soya genéticamente modificada
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Cuartoscuro

Revocan permiso para soya genéticamente modificada

México importa el 90 % de su consumo de soya, el cual es transgénico según reconoció SAGARPA.
Cuartoscuro
Por Redacción Animal Político
24 de noviembre, 2017
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El Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (SENASICA) revocó a la empresa trasnacional Monsanto el permiso para vender y distribuir soya genéticamente modificada en siete estados del país, por no garantizar las medidas necesarias para que esta planta no se cultivara fuera de los polígonos autorizados.

Esta revocación afecta a cerca de 6 mil productores que llevan más de dos décadas dedicándose a la siembra de soya genéticamente modificada (OGM), de acuerdo con estimaciones de la empresa. El director jurídico de Monsanto para Latinoamérica Norte, Rodrigo Ojeda, cuestionó que SENASICA haya tomado la decisión cuando aún no han concluido las consultas a las comunidades indígenas en la Península de Yucatán, como ordenó la Suprema Corte tras suspender el permiso que ahora se revoca.

SENASICA, adscrito a la SAGARPA, argumentó que la revocación se dio “por no cumplir con los controles de bioseguridad y fallas en el manejo de prevención de riesgos al ambiente de organismos genéticamente modificados”. La autoridad detectó soya transgénica perteneciente a Monsanto fuera de los polígonos autorizados para su siembra, lo que provocó “daños graves o irreversibles al medio ambiente”, según dijo la institución.

En 2012 se había autorizado a la empresa a operar en Tamaulipas, San Luis Potosí, Veracruz, Chiapas, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, pero distintas organizaciones ambientalistas, colectivos indígenas y otros grupos activistas alertaron sobre la presencia de la soya transgénica fuera de los polígonos autorizados para su cultivo. Entre ellos Ma OGM y el Colectivo Apícola de Los Chenes, quienes indicaron a la Agencia Proceso (APRO) que la revocación “es un reconocimiento oficial del peligro que significa liberar cualquier OGM al ambiente”.

El oficio de revocación no es nuevo. En ese sentido, la autoridad y la empresa han estado en un constante estire y afloja desde 2015, incluyendo una suspensión definitiva dada en junio de 2016 debido a una sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). Aunque se autorizó de nueva cuenta el trabajo de la empresa, se le prohibió trabajar en 15 municipios de dos estados en tanto no concluyeran las consultas a las comunidades indígenas.

Organizaciones no gubernamentales, asociaciones civiles y activistas señalaron que la presencia de Monsanto, sus semillas de soya transgénicas y sus herbicidas (con el componente glifosato), son un problema grave para la biodiversidad natural de los estados en los que está presente la trasnacional. También consideraron que el cultivo genéticamente modificado y el herbicida afectan negativamente a la producción de miel en las entidades donde se produce. “La grave falta de bioseguridad puede traer consecuencias desastrosas e irreversibles para el medioambiente y la población en general”, dijo Naayeli Ramírez a agencias, quien es la abogada del Colectivo de Comunidades de los Chenes, en el estado de Campeche.

La revocación afectará a 6 mil productores que llevan hasta dos décadas sembrando esta soya genéticamente modificada, luego que su introducción en México se aprobara en 1998, de acuerdo con estimaciones de la empresa. Estos campesinos perderán por segunda vez su temporada de siembra y también resultarán afectadas alrededor de 50 mil familias de comunidades distribuidas en los estados que dan al Golfo de México, desde el norte y hasta la península de Yucatán, que trabajan en los distintos procesos del campo, no sólo en la siembra y la cosecha.

La soya es una oleaginosa con un alto contenido proteico y valor nutricional como alimento en sus distintas variantes (pasta, aceite, bebida, entre otros), cuyo cultivo ha crecido en México un 290 % en los últimos seis años. México es el principal consumidor de soya de América Latina, con más de tres millones de toneladas anuales. A pesar de ello, la demanda no cubre la oferta y el 90 % de lo que se consume se importa, de acuerdo con datos de la SAGARPA. Este maíz que México importa de Estados Unidos es transgénico, como reconoció la misma secretaría en 2013.

Hace apenas cuatro años su entonces titular, Enrique Martínez y Martínez, afirmaba que se tenía que producir para no importar, y que esa producción local le aseguraría a México autonomía agrícola y garantizaría una derrama económica importante. Hoy, según datos recientes, el valor de la soya en la península de Yucatán alcanza los 600 millones de pesos. La derrama económica calculada es de más de 1,500 millones de pesos. En contraste, la importación de soya implicó el año pasado un gasto de más de 29,700 millones de pesos.

¿Cómo se llegó hasta aquí?

En noviembre de 2015, la SCJN determinó que las autoridades, al otorgar el permiso a Monsanto, no hicieron consultas en las comunidades indígenas donde se realizaría la siembra y lo suspendió hasta que estas se realizaran.

Para abril de 2016, la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados (CIBIOGEM) se ha encargado de llevar las consultas entre las comunidades y la empresa (que aún se celebran).

En junio de ese mismo año, un día antes de la fecha para arrancar la siembra, las autoridades agropecuarias avisaron a Monsanto que el permiso de comercialización de su soya quedaba suspendido en todo el país.

Unos días después, la SCJN aclaró que sólo aplicaba la prohibición en algunos municipios.

Un mes más tarde, en julio, SENASICA dejó sin efectos la notificación que había enviado a la empresa y marcó los municipios en los que la suspensión seguiría siendo válida; se señaló específicamente los sitios en los que están las comunidades indígenas que se quejaron.

En abril de este año, la SENASICA emitió una nueva determinación liberando al ambiente la soya genéticamente modificada con excepción específica de las comunidades a las que pertenecen las “personas físicas quejosas”.

En agosto, la Universidad Autónoma de Campeche confirmó la presencia de glifosato en mantos freáticos y orina de habitantes de un municipio de Campeche, Holpechén.

El 15 de septiembre de este año, SENASICA resolvió revocar el permiso para liberar la soya genéticamente modificada de Monsanto, aunque las consultas a las comunidades indígenas no han concluido.

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Por qué la glucosa juega un papel clave en la obesidad (y la diabetes)

Los procesos químicos que tienen lugar en el cuerpo cuando consumimos azúcar nos dan una pista sobre cómo evitar dos de las enfermedades más extendidas del mundo: obesidad y diabetes.
24 de junio, 2020
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Los azúcares refinados aumentan los niveles de glucosa en nuestro torrente sanguíneo.

Getty
Los azúcares refinados aumentan los niveles de glucosa en nuestro torrente sanguíneo.

Cuando comemos un pedazo de pan o un simple caramelo y vemos qué ocurre en nuestra sangre resulta que, a los pocos minutos, nuestros niveles de glucosa (comúnmente denominada “azúcar”) han subido.

¿Qué es lo que ha ocurrido mientras?

Acompañemos a la comida en su recorrido para averiguarlo.

A los pocos minutos de tragarnos ese pedazo de pan, éste llega ya digerido (por el estómago) al intestino delgado.

Las células intestinales absorben los nutrientes que contenía, entre los que se encuentra la glucosa.

Y dado que estas células están en contacto directo con el sistema circulatorio, inmediatamente se vierten a la sangre y se dirigen al hígado.

Como consecuencia la concentración sanguínea de glucosa (glucemia) se dispara.

Lo que viene a continuación es fácil de deducir.

En ayunas, el nivel normal de azúcar en sangre es de 70 a 110 miligramos por decilitros (mg/dl). Después de las comidas, estos valores suben.

Getty
En ayunas, el nivel normal de azúcar en sangre es de 70 a 110 miligramos por decilitros (mg/dl). Después de las comidas, estos valores suben.

La sangre transporta la glucosa hacia los órganos que la necesitan como “combustible”.

De este modo, pueden obtener la energía necesaria (ATP) para llevar a cabo todas sus funciones.

El problema surge cuando un exceso o un déficit de glucosa en el organismo conduce al desarrollo de patologías.

De ahí la importancia de mantener su equilibrio.

Es el ying y el yang de la glucosa.

El hígado y el páncreas controlan el suministro

Las células requieren un suministro permanente de glucosa para realizar sus funciones vitales.

Sin embargo, su aporte es discontinuo, limitado a las comidas.

¿Cómo resolverlo para garantizar que las células reciben constantemente azúcar sin comer a todas horas?

El cerebro y otros órganos del cuerpo necesitan energía para funcionar correctamente.

Getty
El cerebro y otros órganos del cuerpo necesitan energía para funcionar correctamente.

Existen detectores celulares en distintos órganos (hígado, páncreas e hipotálamo, entre otros) que vigilan la disponibilidad de glucosa.

El papel del hígado

Cuando es alta (por ejemplo, inmediatamente después de comer), el hígado puede almacenar parte en forma de glucógeno para después, esto es, para cuando la glucosa escasee.

Como ocurre durante el ayuno entre comidas o mientras dormimos.

Entonces lo degrada y vuelve a obtener glucosa, que es liberada a la sangre para ser utilizada por otros órganos.

No acaba ahí su misión.

El hígado también convierte el exceso de azúcares en triglicéridos (grasa) y promueve su almacenaje en el tejido adiposo como reserva energética.

En momentos de ayuno prolongado, estos triglicéridos son hidrolizados y convertidos en ácidos grasos, que viajan donde se les necesita a través de la sangre para ser oxidados o degradados por las mitocondrias de las células y así producir energía.

Páncreas

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La insulina es la hormona que produce el páncreas y que permite a nuestro cuerpo absorber la glucosa.

El pancreas, clave del proceso

Por su parte, el páncreas juega un papel importantísimo en el equilibrio de los niveles de glucosa.

Se ocupa de detectar el exceso o déficit de glucosa, y responde en consecuencia fabricando y secretando hormonas que intentan restaurar el equilibrio.

La más conocida es la insulina, que se libera a la sangre cuando sube la glucemia y manda una orden contundente a las células: “captad glucosa sanguínea, que hay demasiada, y gastadla o almacenadla”.

Como consecuencia, el azúcar en sangre disminuye.

Hambre, saciedad y obesidad

Entretanto, en el cerebro, el hipotálamo permanece ojo avizor a los niveles de glucosa.

Este área del cerebro tiene asignada la importante misión de regular la ingesta controlando las sensaciones de hambre y saciedad.

Después de comer, su mensaje es: “hay mucha glucosa, así que necesitamos parar de comer; voy a activar la señal de saciedad”.

Obesidad

Getty Images
Uno de cada cuatro hombres en Argentina, Uruguay, Chile o México es obeso.

A la vista de todo lo que hemos expuesto, es fácil deducir lo que ocurre si ingerimos más comida (nutrientes) de la que “quemamos” (gasto energético).

El equilibrio se descompensa, retiramos hasta donde podemos la glucosa sobrante de la circulación y fabricamos grasa.

La consecuencia inmediata es que desarrollamos sobrepeso.

Y, si la situación se mantiene, obesidad.

En ocasiones, el equilibro se puede descompensar porque alguno de los pasos que hemos explicado está alterado.

Por otro lado, si los niveles de glucosa en sangre se mantienen altos incluso en periodos de ayuno (hiperglucemia), hablaremos de la existencia de diabetes.

Dos elementos clave

Existen dos puntos clave a nivel molecular para controlar el desarrollo de obesidad o de diabetes.

Patatas fritas

Getty Images
La incorporación de comida procesada ha contribuido al aumento de la obesidad.

De un lado los sensores, esto es, dispositivos moleculares que se encuentran en las células que detectan los niveles de glucosa o el estado energético de la célula (niveles de ATP), respectivamente.

Ejemplos de éstos son las proteínas glucoquinasa (GCK), el transportador de glucosa 2 (GLUT2), la quinasa activada por AMP (AMPK), la quinasa con dominios PAS (PASK) o la diana de rapamicina en células de mamífero (mTOR).

De otro lado, debe generarse una correcta respuesta a la insulina, es decir, que las células sean capaces de identificar y responder a esta hormona adecuadamente.

De que respondamos adecuadamente a la insulina se encargan una serie de receptores de la membrana de las células, así como un conjunto de proteínas intracelulares (IR, IRS, PI3K, AKT, etc).

Si el mecanismo falla en algún punto, las células no responden a la insulina, y el azúcar sanguíneo sobrante no se elimina.

Es lo que se conoce como resistencia a la insulina.

La consecuencia es que la glucosa en sangre permanece alta y se desarrolla diabetes (diabetes tipo 2).

Obesidad

Getty Images
La obesidad está catalogada como una enfermedad.

Diabetes tipo 2, compañera de la vejez

A lo largo de los años, las células envejecen, los mecanismos moleculares de respuesta a la insulina se deterioran y van perdiendo su funcionalidad, por lo que es frecuente desarrollar resistencia a la insulina y diabetes tipo 2.

Por eso es una enfermedad habitual de la tercera edad.

Incluso se puede adelantar en personas obesas.

En estos casos, lo que sucede es que el tejido adiposo, obligado a almacenar un exceso de grasa por encima de su capacidad, está hipertrofiado y alterado.

Como consecuencia, la respuesta a la insulina se ve mermada.

1 de cada 4

Para colmo, los tejidos son menos eficientes captando y gastando glucosa, lo que conduce a un aumento del azúcar en sangre (hiperglucemia) y, en consecuencia, diabetes tipo 2.

No es baladí, sobre todo si tenemos en cuenta que una de cada cuatro personas mayores padece diabetes tipo 2.

Es más, según la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología el 40% de personas mayores de 65 años padecen diabetes (2,12 millones).

Esto supone un problema de salud grave dadas las numerosas complicaciones asociadas a esta enfermedad: problemas cardiovasculares, retinopatía diabética, nefropatías, neuropatía diabética, etc.

Niños comiendo hamburguesas

Getty Images
El bajo precio de la comida poco saludable está vinculado a un mayor riesgo de obesidad en la población de bajos recursos.

Investigación para el futuro

Por ejemplo, cada año aparecen alrededor de 386,000 nuevos casos de diabetes en la población adulta española.

De ahí la importancia de llevar a cabo estudios encaminados tanto a conocer sus mecanismos moleculares como a diseñar fármacos dirigidos a controlar los sensores de glucosa y nutrientes.

A eso precisamente lleva años dedicándose nuestro grupo de investigación, en la Universidad Complutense.

Concretamente estudiamos sensores y nutrientes a nivel del hipotálamo, el hígado y el tejido adiposo que ayuden a atajar una enfermedad responsable de una gran mortalidad y morbilidad en el mundo.

En los tiempos actuales, se ha añadido una nueva enfermedad infecciosa que, cuando afecta a enfermos de diabetes, produce un incremento en su severidad y mortalidad.

Nos referimos, claro está, a la covid-19.

La investigación de la interrelación entre ambas enfermedades se hace necesaria y urgente.

*María del Carmen Sanz Miguel, Ana Pérez García, Elvira Álvarez García y Verónica Hurtado Carneiro forman parte de un equipo de investigación de la Universidad Complutense de Madrid.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y está reproducido bajo la licencia Creative Commons.

Haz clic aquí para leer la nota original.


https://www.youtube.com/watch?v=8urGTdEioOQ

https://www.youtube.com/watch?v=JwghZEmvmb8

https://www.youtube.com/watch?v=qd1YehNpbV4

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