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Proyecto Impacto Consultores, AC

Arte tzotzil de exportación: comercio ético impulsa a artesanas indígenas en Chiapas

Una iniciativa destaca las habilidades de las artesanas chiapanecas e inserta su trabajo en un cadena comercial justa, sin perder sus tradiciones.
Proyecto Impacto Consultores, AC
Por Nayeli Roldán
28 de enero, 2018
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Rosa Gómez Ruiz tiene 25 años, es delgada y carga a su bebé de un año de edad en un rebozo amarrado a la espalda; sus hijos mayores, de cuatro y dos años, estarán con la abuela por unas horas. Porta un suéter negro que desentona con los bordados morados y azules de la vestimenta tradicional de la comunidad —este le sirve para aguantar los 6 grados de temperatura que alcanzan las mañanas de enero en Aldama, un municipio en Los Altos de Chiapas—. Aunque dice estar acostumbrada al frío extremo o al sol recalcitrante, su piel guarda estragos del clima que la hacen ver mayor a su edad.

En el municipio de Aldama hay 5,072 habitantes y 97.3 por ciento de ellos están en situación de pobreza, es decir, 4,899 personas ni siquiera tienen lo indispensable para vivir, como alimentación o vivienda con drenaje y luz eléctrica. Si alguien enferma, solo puede ir a una de las dos unidades médicas disponibles; pero si el padecimiento es más grave, deben trasladarse hasta Tuxtla Gutiérrez, la capital del estado, a más de dos horas de distancia.

Rosa es uno de los 2,100 adultos que solo estudió la primaria y no pudo avanzar a la secundaria para completar la educación básica. Aun así, tuvo más suerte que el 28 por ciento de la población del lugar, unos 689 habitantes, que no saben leer ni escribir. Ella es de las pocas que sabe español y lo habla bien, aunque con menos fluidez que el tzotzil, su lengua materna.

Con otra decena de mujeres, Rosa acudió a una reunión con una diseñadora de modas y una pequeña empresaria de San Cristóbal de las Casas que vende ropa para niños con bordados tradicionales en la zona turística. Desde hace cinco años, las mujeres tzotziles hacen artesanías que se comercializan en otras regiones del país a través de un modelo de trabajo llamado “comercio ético”.

Se trata de un esfuerzo impulsado por Proyecto Impacto Consultores, AC, una organización que funciona como puente entre las artesanas y los interesados en comprar y vender los productos artesanales, con la condición de respetar los conocimientos de las mujeres e involucrarlas en el proceso de diseño de cada pieza y de pagar su trabajo por hora.

Así, por ejemplo, mientras las artesanas vendían un cojín de 50 centímetros con brocados hechos en telar de cintura por 150 pesos en la zona turística de San Cristóbal de las Casas, ahora lo cotizan en 600 pesos. Es un modelo laboral que, refieren, valora y respeta su trabajo.

Bordado con sello propio

Rosa aprendió a tejer desde los siete años, cuando su madre le hizo un telar de cintura a su tamaño. En su comunidad el conocimiento del tejido se pasa de generación en generación entre las mujeres: primero, porque cada una confecciona la ropa que usa y, segundo, porque el tipo de brocado y los materiales utilizados en sus prendas sirve para distinguir a una comunidad de otra.

El brocado en Aldama es de formas geométricas diminutas que forman animales o paisajes en faldas color azul marino de lana y huipiles y blusas negras o rojas. A diferencia del bordado, donde se forman los diseños sobre una prenda terminada, en el telar de cintura se crean las formas durante el tejido. Los hilos se acomodan de forma vertical y en ellos se entrelazan otros más para formar mariposas, ranas o flores.

Si bien el estilo de bordado es característico de las comunidades, cada mujer imprime su propio sello en las prendas que comercializa. Por eso es que cada pieza es una creación distinta a los diseños tradicionales que utilizan a diario las mujeres de la comunidad.

La organización Impacto se propuso crear un modelo laboral en el que se preserve el conocimiento ancestral en las comunidades y donde, al mismo tiempo, las mujeres aprovechen sus habilidades para obtener ingresos y su trabajo sea valorado en la cadena comercial. Así se constituyó en 2013 con un objetivo principal: combatir la brecha de la desigualdad en regiones de Chiapas, estado donde ocho de cada 10 personas viven en pobreza.

El proyecto se aboca a crear una plataforma en la que existe un intercambio de conocimientos, estrategias y vinculación entre las comunidades y el sector comercial para crear una cadena de valor. La organización imparte talleres en tres aspectos: técnico-productiva, con capacitaciones en color y tendencias, desarrollo de producto o diseño participativo; capacitación para el desarrollo humano con cursos de empoderamiento, liderazgo o equidad de género y capacitación de negocios, con talleres sobre comercialización o cadena de valor.

Adriana Aguerrebere, directora de Impacto, explica que la apuesta es por el “desarrollo y empoderamiento de mujeres”. Esta estrategia busca “ayudar a las mujeres a generar otras capacidades y herramientas para crear estos sistemas de emprendimiento social sanos así como generar una cadena de valor”.

En el sector comercial, Impacto busca dar herramientas para que las artesanas reconozcan el valor de su trabajo y tomen decisiones de mercado que las beneficien. “Ellas tienen un patrimonio, tienen un conocimiento profundo sobre el telar de cintura o pedal, y nosotras nada más les damos estas herramientas para explotar este conocimiento y crear un producto que puede ser mucho más vendible desde un punto de vista más occidental”.

Al tiempo de que las artesanas preservan el patrimonio, aprenden otras herramientas de producción e innovación de producto y logran el acercamiento a vínculos comerciales que sean directos en su mayoría con el “consumidor ético”, es decir, aquel que valora el trabajo de las artesanas, reconoce la riqueza histórica de cada brocado y está dispuesto a pagar por ello.

Para determinar el precio de los productos, Impacto “contextualiza el mercado local regional”, tomando en cuenta los salarios para otros oficios y con el ingreso familiar; además, se toma como base el salario mínimo. “Sabemos perfectamente que eso no alcanza ni para la canasta básica, pero (el pago) no puede estar por debajo de eso”. Por ello el pago determinado por hora es de 15 pesos mínimo, dice Aguerrebere.

Sin embargo, la organización vincula a las artesanas con diseñadores y pequeños empresarios que comercializan los productos y, dependiendo del mercado al que van dirigidas y las exigencias en el terminado de los productos, el pago puede ascender hasta 35 pesos por hora, sobre todo con marcas internacionales.

La directora de Impacto explica que ellos validan que las artesanas reciban un pago mínimo por hora, Y justo por su trabajo.

En Aldama formaron un grupo de una docena de mujeres que trabaja con Impacto. Ellas han hecho productos para la marca Carmen Rion, con sede en la colonia Condesa, en la Ciudad de México. La diseñadora elige el tipo de bordado y solicita el tipo de productos: ropa, manteles o cojines. Cada artesana tiene su propio estilo y si alguno de sus diseños es elegido obtiene el pago, porque cada una trabaja a su tiempo y, según determinó la asamblea, lo justo es que quien trabaje más, gane más, afirma Micaela Ruiz.

A veces las diseñadoras proveen los hilos y las mujeres solo tejen. Así, por ejemplo, una artesana tarda 15 horas en hacer una blusa talla 1 para niña en telar de cintura y le pagan 250 pesos. En San Cristóbal de las Casas los turistas regatean tanto que el mismo producto lo vendían en 80 pesos.

Además de acordar el precio por el tiempo laboral, Impacto creó una metodología para unir a las artesanas con las diseñadoras y complementar ambos conocimientos. Las artesanas que deciden participar en alguno de los pedidos primero dibujan algo que les gusta, sin importar que no sean los brocados tradicionales. Hacen animales o paisajes, combinación de colores, figuras geométricas.

Con ellas, las diseñadoras eligen aquellas que funcionen para alguna colección, como el caso de la marca Andrea Velazco para hacer un número de piezas específicas que se venden en alguna tienda. Ana Pérez, de la comunidad de San Juan Cancuc, por ejemplo, dibujó un conejo y su diseño quedó plasmado en un huipil color salmón por el que ganó 700 pesos y la prenda se comercializa en 3,000 pesos, aproximadamente.

El esposo de Ana trabaja en el campo y por cada cosecha de café gana 10,000 pesos, pero es todo su ingreso en 365 días; es decir, unos 27 pesos al día, porque el maíz y frijol que cosechan es solo para autoconsumo. Lo que ella gana alcanza para comprar leche o carne, que no forma parte de su dieta diaria.

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Los diseños que hacen las artesanas se comercializan en una tienda de Guadalajara y en la Ciudad de México especializadas en diseño mexicano y las artesanas ganan 18 pesos por hora. “El corazón de la colección es su inspiración. Su mundo, en medio de la naturaleza, está trasladado en las prendas y eso solo ellas lo pueden hacer”; después cada prenda se adecua a diseños más occidentales como chalecos o blusas, dice la diseñadora Andrea Velazco.

Roxana Cuello creó la marca Lek-Lek especializada en ropa para bebés y niños con la idea de hacerse de un negocio familiar y fomentar el trabajo de las artesanas. Desde 2014 abrió una tienda en San Cristóbal de las Casas y las prendas son diseños de artesanas de Aguacatenango, San Juan Chamula, Amatenango, Aldama y San Juan Cancuc.

En estos cuatro años, dice Roxana, el negocio ha crecido y beneficiado a todos. “La clave del éxito es hacer una buena conexión para las mujeres artesanas y tomarlas en cuenta en todo el tema de diseño, que se sientan parte del equipo”.

Plagios y protección

La forma de trabajo de Impacto es una buena práctica que intenta, sobre todo, respetar y empoderar a las mujeres artesanas. Sin embargo, existen ejemplos de abuso y plagios de los diseños de las comunidades. Impacto ha detectado al menos nueve casos de plagio de brocados tradicionales por marcas reconocidas como Isabel Marant con las blusas de Santa María Tlahuitoltepec, Oaxaca y Pahuatlán, Puebla. Rapsodia con el diseño de las blusas de San Antonino Castillo Velasco, en Oaxaca, y Madewell copió el huipil de San Andrés Larráinzar, Chiapas.

La marca Pineda Covalín plagió los tenangos de Doria, Hidalgo, igual que Mara Hoffman y Mango. La firma Zara también usó los bordados de Aguacatenango, Chiapas, e Intropia copió los diseños de San Juan Bautista Tlacoatzintepec, Oaxaca.

Sin embargo, en México no existe ningún instrumento jurídico que pudiera defender a las comunidades indígenas por el plagio de los brocados y bordados tradicionales porque ninguno de ellos está registrado bajo el derecho de autor. Es decir, no pueden demandar la propiedad porque en la ley no es de nadie.

Esto abre un debate que contrapone ambos mundos porque mientras uno protege al individuo, en los pueblos originarios la convivencia busca el bien comunitario, advierte la profesora de Oakland University Technology, de Nueva Zelanda, Diana Albarrán González.

“Hay un encuentro de mundos en donde las ideologías de Occidente, la propiedad, la creación pertenece a una sola persona, pero los pueblos originarios de todo el mundo hablan de colectividad (por lo tanto), no pueden registrar algo que no les pertenece como persona sino como comunidad”, explica la especialista que realiza un doctorado sobre la descolonización del diseño con artesanos indígenas en México para el consumo ético.

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No existe ningún instrumento en el mundo que proteja a los pueblos indígenas de estas prácticas “depredadoras”, pero en Guatemala, por ejemplo, el Movimiento Nacional de Tejedoras Mayas propuso un proyecto de ley que busca reconocer “la propiedad intelectual colectiva” de los pueblos indígenas, en un intento por protegerse de otro despojo, como consideran a los plagios de sus diseños; pero hasta el momento no se ha concretado. En Colombia funciona “la denominación de origen”, igual que en México con el tequila, por ejemplo, pero no se ha avanzado en los textiles.

“Jurídicamente es poco probable en protección al derecho patrimonial”, asegura el especialista en derecho del Tecnológico de Monterrey, Carlos Blanco, porque no podría determinarse quién es el primer autor de una obra como los textiles tradicionales. “Para determinar la titularidad del derecho de autor habría que ver el origen. Una opción podría ser propiedad colectiva, pero al no encontrar el origen, ahí es donde se rompe el derecho y (complica) a quién le damos la titularidad del derecho”, dice Blanco.

Sin embargo, existe una posibilidad de defensa a través de tratados internacionales del patrimonio cultural, que apela al derecho moral de los autores. Es decir, si una marca utiliza algún diseño tradicional la marca no tendría que pagarle, pero sí hacer un reconocimiento público sobre la comunidad de origen.

El debate también pasa por una discusión ideológica porque la propiedad intelectual podría considerarse como otra forma de “colonizar”, explica la experta Albarrán González. Por eso “lo que quiere hacer Guatemala empieza a explorar una vía para protegerse de externos que depredan”, porque no es lo mismo que entre comunidades se “copien” a que una transnacional produzca en masa.

La protección, además, no solo se trata de instrumentos jurídicos, sino también de defensa social. Los casos de plagio ocurridos el año pasado, por ejemplo, se visibilizaron en redes sociales y eso también es una manera de “educar al consumidor” porque si se denuncia que alguna marca internacional vende productos plagiados, los consumidores tienen la opción de elegir comprar o no.

Educar al consumidor es acercarlo a estos significados, el valor de los brocados tradicionales, a saber cuántas horas cuesta hacer una prenda y así “visibilizar a los artesanos y que sus procesos para que valoren”, dice Diana Albarrán.

Las paisanas

En San Juan Cancuc se vive en “alta marginalidad”, según las mediciones de pobreza. En 2015 ocupó el lugar 116 de 118 municipios en la escala estatal de rezago social porque la mitad de las viviendas tienen piso de tierra y pocas tienen drenaje o poseen refrigerador.

Aquí está la cooperativa X-Chilul Pak, el grupo de trabajo Las Paisanas, que se autollaman así porque las 16 mujeres que participan son de la misma comunidad. Ellas comenzaron a recibir capacitaciones desde 2016 y consiguieron un pequeño financiamiento a través de un programa de proyectos sustentables.

En asamblea decidieron abrir una tienda donde se ofertan los productos de todas. El espacio está construido con madera y muestra en maniquíes las blusas o vestidos con el tipo de brocado de la comunidad, pero más ceñidas o con colores distintos a los rosas tradicionales.

Con la organización Huellas que trascienden consiguen crédito de hilos, no en efectivo, pero les es muy útil y con la venta de las prendas “vamos ahorrando para comprar material y así vamos cada año haciendo más piezas para la tienda”, explica Juana Hernández, líder de la organización.

“Tenemos que checar cuál color se vende más o qué brocado”, así, cada artesana va adecuando sus diseños a las demandas del mercado. Cada una también gana de acuerdo con lo que trabaja y vende en la tienda o en los pedidos con los diseñadores y tiendas.

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'La selfie que reveló que fui robada cuando era una bebé'

A los 17 años, Miché Solomon descubrió que tenía dos madres: una real, una falsa. Todo empezó con el robo de un bebé en un hospital de Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Esta es su historia.
30 de octubre, 2019
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En abril de 1997, una mujer vestida con un uniforme de enfermera salió de un hospital de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, llevándose a una bebé de tres días de nacida de la sala de maternidad mientras la madre de la niña dormía. Fue solo por azar que, 17 años más tarde, la bebé robada descubrió su verdadera identidad.

Era el primer día de clases en la Escuela Secundaria Zwaanswyk y el comienzo del último año de Miché Solomon.

Ese día de enero en 2015, un grupo de estudiantes exaltadas rodearon a la joven de 17 años para decirle que había una nueva alumna, Cassidy Nurse, que era tres años menor que ella pero que era casi idéntica a Miché.

Al principio, Miché no pensó mucho en ello. Pero cuando las dos se encontraron después en el corredor, Miché dice que sintió una conexión instantánea que no pudo explicar.

“Era como si la conociera”, dice. “Daba miedo. No podía entender por qué me sentía así”.

A pesar de la diferencia de edad, Miché y Cassidy comenzaron a pasar mucho tiempo juntas.

“Yo decía, ‘¡hola, hermana pequeña!’, ella decía, ‘¡hola hermana grande!’. A veces íbamos al baño juntas y le decía, ‘déjame cepillarte el cabello, deja que te ponga brillo labial'”.

Miché Solomon

Mpho Lakaje
Miché Solomon en la actualidad.

Cuando alguien preguntaba si ambas eran hermanas ellas bromeaban: “No sabemos, quizás en otra vida”.

Entonces un día las dos se tomaron un selfie juntas y la mostraron a sus amigos. Alguien le preguntó a Miché si estaba segura de que no era adoptada. “¡No, estás loco!”, respondía.

Cuando mostraron el selfie a la madre de Miché, Lavona, ella también comentó lo idénticas que eran las jóvenes.

Michael, el padre de Miché, dijo que conocía a la nueva amiga de su hija: el padre de Cassidy tenía una tienda de dispositivos eléctricos donde él a veces compraba.

Pero los padres de Cassidy, Celeste y Morne Nurse, le dijeron a su hija que le preguntara a Miché si ella había nacido el 30 de abril de 1997.

“Yo respondí, ‘¿por qué?, ¿me estás espiando en Facebook?”, dice Miché.

Cassidy le aseguró que no la estaba espiando, que sólo quería saber cuándo había nacido. Así que Miché contestó que sí, que había nacido el 30 de abril de 1997.

Semanas después, inesperadamente llamaron a Miché a la oficina del director, donde dos trabajadores sociales estaban esperando.

Le contaron a Miché una historia sobre una bebé de tres días de nacida llamada Zephany Nurse, quien había sido secuestrada del hospital Groote Schuur hacía 17 años y nunca había sido encontrada.

Miché escuchó la historia sin saber por qué se la estaban contando. Entonces los trabajadores sociales le explicaron que había evidencia que sugería que Miché podría ser la niña que habían secuestrado hacía tantos años.

Lavona Solomon con Miché

BBC
Lavona Solomon fotografiada en su casa con la recién nacida Miché.

Miché les explicó que ella no había nacido en el hospital Groote Schuur, que había nacido en el Hospital Retreat a unos 20 minutos de distancia. Eso era que lo decía su certificado de nacimiento, les dijo.

Pero los trabajadores sociales contestaron que no había registro de que ella hubiera nacido allí.

Pensando que tenía que ser un terrible error, Miché acordó someterse a una prueba de ADN.

“Creía tanto en la madre que me crió, creía que ella nunca me hubiera mentido, especialmente sobre quién soy y de dónde vengo”, cuenta Miché. “Así que pensaba que la prueba de ADN iba a ser negativa”.

Pero las cosas no salieron como ella esperaba. Los resultados mostraron indiscutiblemente que Miché Solomon y Zephany Nurse, eran la misma persona.

“Me senté conmocionada”, dice. “Mi vida estaba fuera de control”.

Su vida cambió de inmediato

La historia de la bebé robada, ahora una joven, que había sido encontrada por casualidad casi dos décadas después, acaparó titulares en Sudáfrica y alrededor del mundo, y la vida de Miché cambió de inmediato.

Se le dijo que no podría regresar a su casa. Faltaban tres meses para que cumpliera 18 años y se le permitiera tomar sus propias decisiones. Por ahora tenía que quedarse en un refugio.

Entonces Miché recibió más noticias devastadoras. Lavona Solomon, la mujer que la había criado y que creía era su madre, había sido arrestada.

“Eso me destrozó”, recuerda. “La necesitaba. Necesitaba preguntarle por qué, ¿qué estaba pasando?. Me abrumaba saber que yo le pertenecía a alguien más”.

Miché con Michael

BBC
Miché, de ocho meses, con Michael.

Miché estaba presente cuando el esposo de Lavona, Michael, el hombre que Miché consideraba su papá, fue interrogado por la policía.

“Pude ver el estrés en su cara, pude ver sus ojos rojos y realmente me asusté”, cuenta Miché.

La policía quería saber si él había sido parte del plan de secuestro.

“Mi padre era suave y gentil”, dice Miché. “Es mi roca, mi héroe, mi papi, es el hombre. Y allí estaba este otro hombre haciéndolo ver como un niño pequeño, mientras decía: ‘no, no hice eso. Miché es mi hija, ¿cómo puede no ser mi hija? Yo no fui parte de eso'”.

La policía nunca encontró evidencia de que Michael Solomon supiera que Miché había sido tomada de sus padres biológicos sin permiso y fue liberado.

Michael dice que Lavona había estado embarazada. Se cree que escondió un aborto y después fingió el resto del embarazo, antes de robarse a Zephany Nurse, llevarla a su casa y pretender que había dado a luz a la bebé.

Y así, Lavona estaba en custodia, esperando un juicio acusada de secuestro y declarar de forma fraudulenta que era madre de una niña.

Celeste y Cassidy

Huisgenoot/Noncedo Mathibela
Celeste Nurse (izq) y su segunda hija, Cassidy.

Aunque Celeste y Morne Nurse tuvieron otros tres hijos, nunca dejaron de buscar a su primogénita, Zephany, y celebraban su cumpleaños cada año, incluso después de que se divorciaron.

Mientras tanto, su hija robada crecía muy cerca de ellos. La casa de los Solomon está a solo 5 km de la de los Nurse. Cuando era pequeña Miché solía correr en los campos frente a la casa de los Nurse, mientras Michael jugaba fútbol allí.

“No sentía nada”

Ahora, después de los extraordinarios eventos, las oraciones de la familia Nurse finalmente eran respondidas. Miché se reunió con sus padres biológicos en la estación de policía.

“Me abrazaron y comencé a llorar”, cuenta. Pero no se sentía cómoda. Algo no estaba bien.

“Sentía como si tuviera que hacer eso por pena a esta gente que había sufrido tanto”, dice. “Es triste pero, sabes, no sentía nada, no sentía como si los hubiera extrañado”.

Miché estaba muy confundida. Un par de padres estaba dichoso y desesperado por recuperar el tiempo perdido, pero eran extraños para ella. El otro par, los que ella amaba, estaban devastados, y uno de ellos estaba tras las rejas.

Lavona Solomon arrives at the Cape Town High Court on February 29, 2016

Getty Images
Lavona Solomon (con la cara cubierta) al llegar al Tribunal Superior de Ciudad del Cabo durante su juicio.

El juicio de Lavona Solomon en el tribunal superior en Ciudad del Cabo comenzó en agosto de 2015. Tanto Miché como sus padres biológicos estaban allí para escuchar el testimonio de Lavona.

Durante todo el juicio, Lavona negó haber hecho algo incorrecto. Le contó a la corte sobre sus numerosos intentos para quedar embarazada, sus varios abortos y su desesperación por adoptar a un niño.

Lavona entonces dijo que una mujer llamada Silvia que le había estado dando un tratamiento de fertilidad, le había ofrecido un bebé. Silvia le dijo a Lavona que el bebé era de una joven que no quería mantenerlo y deseaba que el bebé fuera adoptado.

Pero no había evidencia de que Silvia existiera.

Además, casi dos décadas después del incidente, un testigo que recordaba haber visto a la mujer vestida de enfermera que se había llevado a Zephany mientras Celeste dormía, señaló a Lavona en una rueda de identificación. El juez concluyó que la evidencia en su contra era abrumadora.

Morne deja la corte

Getty Images
Morne Nurse, el padre biológico de Zephany, presenció el veredicto de culpabilidad en un tribunal.

En 2016, Lavona Solomon fue sentenciada a 10 años en prisión por secuestro, fraude y violación del Acta Infantil. El juez la criticó por no mostrar remordimiento durante el juicio.

“Sentí que me estaba muriendo”, Miche cuenta. “Pensaba, ‘¿cómo voy a superarlo? ¿cómo voy a soportar la vida sin la madre que tuve cada día en mi vida?'”.

Perdón

Más tarde ese año, Miché visitó a Lavona en prisión y pudo hablar con ella por primera vez desde que los trabajadores sociales llegaron a su escuela.

“La primera visita fue detrás de una ventana, no tuvimos contacto”, cuenta. “Y vi a mi madre con la ropa que las prisioneras usan y me rompió el corazón. Lloré y lloré”.

Miché realmente quería saber la verdad, descubrir qué había pasado el día en que Lavona se la había llevado del hospital.

Miché fotografiada con Michael

BBC
Miché decidió vivir con Michael, afirmando que era donde sentía en “su hogar”.

“Le dije ‘saber que no era de tu sangre, que yo realmente le pertenecía a alguien más y que les robaste posibilidades y cambiaste todo mi destino, me duele. ¿Cómo se supone que debo creer en tu palabra cuando me mentiste, diciéndome que yo era tu hija? Rompiste mi confianza. Vas a tener que decirme la verdad si quieres tener una relación conmigo'”.

“Y ella dijo: ‘un día te lo diré’. Ella todavía dice que no lo hizo, pero creo que sí”.

Sin embargo, Miché dice que no guarda rencor: “Perdonar trae tanto alivio a tu corazón”, afirma Miché. “La vida debe continuar. Ella sabe que la perdono y que todavía la amo”.

Han pasado más de cuatro años desde que Miché descubrió la verdad sobre su identidad. Cuando cumplió 18 años a fines de abril de 2015, consideró mudarse con uno de sus padres biológicos, pero decidió no hacerlo.

“Estaban divorciados, esa unidad familiar se encontraba en mal estado”, dice Miché. “Así que tomé la decisión obvia y la decisión más estable: volver a vivir con Michael, ese era mi espacio seguro, ese era mi hogar”.

Miché ha luchado por formar una relación con su familia biológica y dice que a veces incluso sintió que los odiaba por llevarse a su “madre”.

Michael con la hija de Miché camino a visitar a Lavona en prisión

BBC
Michael con la hija de Miché. Ambos han visitado a Lavona en prisión.

Todavía visita a Lavona en la prisión de Worcester, a unos 120 km de donde vive, pero es un viaje largo, especialmente ahora que tiene dos hijos.

Lavona Solomon será liberada en seis años y Miché dice que a menudo desea que el tiempo “vaya de prisa”. Todavía vive en la casa de la familia y espera que regrese su madre.

Miché Solomon sorprendentemente ha elegido mantener el nombre con el que fue criada en lugar del nombre con el que nació.

A pesar de la catástrofe psicológica de descubrir que la mujer que la crió en realidad la había robado, de alguna manera ha hecho las paces con sus dos identidades.

“Creo que odié a Zephany al principio”, dice Miché.

“Ella vino con tanta fuerza, una invitación tan poco pedida, tanto sufrimiento y mucho dolor… Pero Zephany es la verdad y Miché, la chica de 17 años que yo solía ser, era una mentira. Así que me las arreglé para equilibrar ambos nombres. Puedes llamarme Zephany o Miché, está bien“.

La historia de Miché se cuenta en el libro Zephany: Two mothers. One daughter de Joanne Jowell


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