Las ocho omisiones de las autoridades de la CDMX y el Edomex en la desaparición de Marco
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Cuartoscuro

Las ocho omisiones de las autoridades de la CDMX y el Edomex en la desaparición de Marco

Las autoridades de ambas entidades violaron protocolos de búsqueda que entorpecieron la localización del menor y violaron sus derechos humanos.
Cuartoscuro
Por Nayeli Roldán
30 de enero, 2018
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Durante los cinco días en que Marco Antonio Sánchez Flores, de 17 años, estuvo desaparecido, funcionarios públicos de la Ciudad de México y el Estado de México incurrieron en “omisiones graves” que entorpecieron la inmediata localización del joven y que deben ser considerados para la investigación para deslindar responsabilidades, sostiene el equipo legal que asiste el caso.

Además, la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF), Nashielli Ramírez, aseguró que no se aplicaron los protocolos en la búsqueda del joven estudiante de preparatoria, según lo ha documentado el organismo que inició el acompañamiento a la familia horas después de la desaparición.

El caso de Marco Antonio pasó por instituciones de la Ciudad de México y del Estado de México a partir de una detención por parte de policías capitalinos y de la cuál aún hay vacíos en el relato ofrecido por el procurador capitalino, Edmundo Garrido.

Aún no hay certeza sobre lo que le ocurrió al joven durante 120 horas. No se ha explicado cómo es que Marco, visiblemente aturdido fue localizado a 40 kilómetros del lugar donde fue visto por última vez; tampoco las razones del notable cambio físico del joven que aún permanece en un estado de confusión, ni los cambios de ropa en cada punto.

La defensa insiste que aún con la localización del joven, la Procuraduría capitalina debe continuar las investigaciones. “La exigencia de la familia en este momento es por justicia y que se siga investigando”, afirma Simón Hernández, abogado del Instituto de Justicia Procesal Penal (IJPP).

El Instituto trabaja en coordinación con la Oficina de Defensoría de los Derechos de la Infancia (ODI) y la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) para exigir a la autoridad una debida diligencia en la investigación y, asistir a la familia en caso de decidir emprender acciones legales.

Simón Hernández explicó a Animal Político las omisiones e irregularidades en el caso. Estas son los ocho momentos detectados hasta el momento:

1.-Según la versión del amigo de Marco, testigo de lo ocurrido, dos elementos policíacos en motocicleta acusaron al joven de haber robado un celular cuando ambos se tomaban una fotografía frente a grafiti en la calle. Inmediatamente, dos policías en una patrulla se unieron en el acoso y Marco, asustado corrió hacia la estación del Metrobús El Rosario, que se encontraba a unos metros y donde finalmente fue amagado.

Sin embargo, para la defensa, esta es la primera irregularidad: se trata de una detención arbitraria, “sin causa legal”. Es decir, no había motivo para la aprehensión y aún así lo amagaron y, según el relato del amigo, los policías también lo golpearon en la cabeza con el casco y lo patearon al tenerlo en el suelo, lo cual significaría un uso excesivo de la fuerza por parte de los elementos policíacos de la Ciudad de México.

2.-Después de la aprehensión, los policías lo suben a la patrulla, pero no lo llevan al ministerio público, como lo establecen los protocolos de actuación policial. Es justo ese momento en el que “se pierde su paradero” y, por tanto, incluso, la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) abrió una queja por “desaparición forzada”. La pena por este delito, según el Código Penal local es de 15 a 40 años de prisión.

3.-Pese a que el amigo de Marco, tomó una fotografía en la que se ve a los policías amagando al joven y a que fue el último momento en el que se le vio, la agencia 40 del Ministerio Público se negó a dar información sobre el paradero del joven tras la detención. Incluso, aunque la madre de Marco, Edith Flores quiso interponer una denuncia por la desaparición, el MP se lo negó.

Esto, dice Simón Hernández, es otra irregularidad, toda vez que al existir el elemento de la detención por parte de policías, es decir, la presunción de desaparición forzada, el MP estaba obligado a abrir la denuncia sin necesidad de agotar ningún plazo, según lo establecen las sentencias emitidas por organismos internacionales. “Esta obstaculización de acceso a la justicia es violatorio de las personas desparecidas y familias porque en casos de desaparición las primeras horas son cruciales”, dice.

4.-Hasta que Edith Flores acudió a la Comisión de derechos humanos local para pedir asistencia pudo interponer la denuncia, pero aún con una carpeta de investigación abierta, la autoridad no activó protocolos de búsqueda para la debida diligencia. Incluso, la alerta Amber que funciona para la pronta localización de menores de edad fue activada hasta el viernes 26 de enero, tres días después de su desaparición.

5.-Según informó la Fiscalía Anti Secuestro capitalina a la familia, el joven fue aprendido por policías en el Estado de México en un puente porque supuestamente intentaba suicidarse el sábado 27 de enero; por ello fue puesto a disposición de un juez cívico de Tlalnepantla, según se observa en las cámaras de seguridad, pero al no encontrar elementos para la presunción de un delito lo dejó en libertad 10 minutos después, a las 23:45 horas, y nuevamente desapareció.

Aquí ocurre lo mismo que en la primera detención. La última vez que se ve a Marco es con funcionarios públicos, por lo tanto podría considerarse también desaparición forzada, asegura Simón Hernández.

6.-Otra “grave omisión” de los funcionarios mexiquenses es que ni siquiera registraron la aprehensión del joven en sus archivos porque supuestamente el joven no quiso decir su nombre y tampoco atendieron la alerta que ya había para la localización de Marco. El juez calificador también ignoró el visible estado de confusión y a las lesiones físicas que presentaba y lo liberó sin proporcionarle asistencia médica o jurídica. Tampoco aplicaron el protocolo de tratamiento para un menor de edad que consiste en buscar a sus padres.

7.- Este domingo 28 de enero, el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, negó que el caso Marco se tratara de una desaparición forzada, insistió en que sólo se trataba de un extravío. Sin embargo, sólo la Procuraduría puede determinar, con los debidos elementos de prueba, si se trata de uno u otro supuesto. La declaración de Mancera, dice Simón Hernández, puede afectar la “imparcialidad” de la Procuraduría durante la investigación.

8.-Minutos antes de que los padres de Marco se encontraran con él en el Centro de Justicia de Tlalnepantla este domingo 28 de enero, se difundió una fotografía del joven en dichas instalaciones que comenzaron a circular en medios de comunicación. Esto significa una acción violatoria de los derechos de los niños sobre el resguardo de su identidad y en estos casos, “las autoridades ministeriales son encargadas que no se filtren”, dice el abogado Hernández. Sin embargo, en ese momento, el joven sólo tenía contacto con personal policiaco autorizado, su defensa y personal de la CNDH.

“Sano se lo llevaron, sano lo queremos”

Este lunes por la noche, Marco Antonio Sánchez, el padre del joven desaparecido, encabezó la marcha de los estudiantes de la preparatoria 8 de la UNAM, donde su hijo estudia. Exigieron justicia tras la desaparición durante cinco días del joven de 17 años.

Ahí, el padre informó que Marco aún se encuentra hospitalizado. “Mi hijo viene muy dañado. Sano se lo llevaron, sano lo queremos”, arengó en el antimonumento de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos en 2014 en Paseo de la Reforma.

Marco fue ingresado al hospital en la madrugada de este lunes 29 de enero luego de ser revisado por un médico legista de Tlalnepantla. Hasta el momento aún no se determina con exactitud las afectaciones que sufrió el joven tras la detención policiaca.

Aunque está estable, aún se encuentra confundido. “Está dañado, está mal. Se tuvo que sedar para que le hicieran el encefalograma”, aseguró su padre Marco Antonio Sánchez. Al concluir los exámenes médicos se podría determinar cuándo estaría en posibilidad de declarar lo que le ocurrió, informó su defensa.

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Wilson: la rara enfermedad que convirtió mi cerebro de 30 años en uno de 70

La periodista Carolina Roatta cuenta su historia con la rara enfermedad de Wilson. Se trata de "una rareza genética" que impide al cuerpo procesar o digerir el cobre.
6 de abril, 2022
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El paso del tiempo suele ser evidente en nuestro cuerpo cuando aparecen arrugas y canas, también cuando los músculos se desmarcan y los dientes se oscurecen.

Lo que le pasa a nuestro cerebro, en cambio, suele notarse menos.

Pero, ¿Qué pasaría, si ocurre lo contrario?

La periodista Carolina Roatta se enfrenta a una enfermedad rara que afectó su cerebro al punto de envejecerla el doble, aún cuando su cuerpo es joven.

BBC Mundo cuenta su historia:


Cuando cumplí 32 años me sentía la reina del mundo.

Era noviembre de 2012. Había terminado mi tesis de maestría y estaba de regreso a la soltería. Dictaba clases en una universidad y acababa de conseguir el trabajo de mis sueños como periodista.

El día que fui a firmar el contrato laboral, llegué tan segura de mí misma que logré controlar el temblor que tenía en mis manos desde hacía un tiempo.

Esa firma fue lo último que pude escribir.

El diagnóstico de Wilson

Empecé a temblar cada vez más fuerte. Primero mis manos y brazos se batían como alas de mariposa, luego les siguieron mi cabeza y mis piernas.

Opté por modificar mi rutina. Dejé de usar blusas de abotonar y zapatos de amarrar, me hice amiga de los pitillos y hasta llegué a contratar a un asistente para que escribiera por mí.

En algún punto también empecé un diario en audio para registrar todo lo que me pasaba.

Resistí como pude, pero al cabo de seis meses la situación se hizo insostenible.

Pasé por varias citas médicas que duraban 15 minutos. Es lo normal. En el sistema de salud colombiano, hay que pasar por un médico general para que éste ordene exámenes o remita al paciente a consulta con algún especialista.

En medio de eso me vio un neurólogo primerizo que me diagnosticó erróneamente con temblor esencial y me mandó unos medicamentos para esa condición. Esa medicina me relajaba, pero no me quitaba el temblor.

Irónicamente, después de haber consultado médicos, psicólogos, neurólogos, fue una médica bioenergética la que pensó en ordenarme un examen que mostrara imágenes de mi cerebro.

Mi papá y mi mamá me acompañaron al examen de resonancia electromagnética. Al otro día, mientras esperábamos los resultados, el técnico llamó preguntando si en mi trabajo manipulaba químicos. Las imágenes mostraban que mi cerebro estaba intoxicado.

El resto de mi familia prendió las alarmas. Me ayudaron a conseguir una consulta privada con un neurólogo reconocido. No fue barato, pero por primera vez sentí que alguien entendía lo que pasaba.

La cita duró tres horas, el doctor me hizo todo tipo de pruebas: debía tocarme la punta de la nariz con el dedo índice, dibujar un espiral, hacer marionetas con las manos, sostenerme en un solo pie. En todas me rajé y terminé sudando como si hubiese corrido una maratón.

Fue como haber perdido el examen de admisión al kínder, pero con un diagnóstico como premio de consolación.

Gracias a la cita y otros exámenes especializados, el neurólogo confirmó que tengo la enfermedad de Wilson. Es una rareza genética que lleva el nombre del neurólogo que la investigó, Samuel Alexander Kinnear Wilson, e impide que mi cuerpo pueda procesar o digerir el cobre.

¿Cobre? ¿el mismo metal naranja que hay en los cables?

Sí, el mismo.

Resulta que el cobre es un elemento que nos ayuda a tener nervios y huesos sanos, también contribuye con el colágeno y la melanina en la piel. El cuerpo humano no lo produce, pero lo adquiere por medio de un montón de alimentos.

Lentejas, almendras, chocolate, aguacate, langosta.. La lista sigue.

El cuerpo descompone esos alimentos, el hígado procesa el cobre que le sirve y elimina el que no necesita, usualmente por la orina.

El problema es que quienes sufrimos de Wilson, en vez de procesar y digerir el cobre, lo acumulamos hasta que el cuerpo no resiste más y colapsa. Lo usual es que el hígado sea el más afectado, después el cerebro, los ojos y los riñones.

Pero mi caso es aún más raro. A pesar de llevar 32 años acumulando cobre, mi hígado estaba sano. Mi cerebro, en cambio, envejeció el doble. El neurólogo dijo que parecía el de una persona de 70 años.

También tenía un aro de cobre alrededor de las pupilas de mis ojos, otro signo típico de la enfermedad.


Sobre la enfermedad de Wilson*:

  • La mayoría de las personas son diagnosticadas entre los 5 y los 35 años, pero también puede afectar a personas más jóvenes y mayores.
  • La enfermedad está presente al nacer, pero los signos y síntomas no aparecen hasta que el cobre se acumula en el cerebro, el hígado u otro órgano.
  • Los signos y síntomas varían según las partes del cuerpo afectadas por la enfermedad. Pueden incluir: Fatiga, falta de apetito o dolor abdominal – Una coloración amarillenta de la piel y el blanco de los ojos (ictericia) -Decoloración de los ojos de color marrón dorado (anillos de Kayser-Fleischer) – Acumulación de líquido en las piernas o el abdomen – Problemas con el habla, la deglución o la coordinación física – Movimientos incontrolados o rigidez muscular.
  • Para padecer la enfermedad se debe heredar una copia del gen defectuoso de cada progenitor. Si se recibe un solo gen anormal no se padece la enfermedad, aunque la persona se considerará portadora y es posible que sus hijos hereden el gen.
Un ojo con un aro de cobre alrededor

CRMR Wilson Paris
El aro de cobre en los ojos es uno de los síntomas de Wilson

Enferma de por vida

Ahora debía someterme a una desintoxicación. El tratamiento consiste en tomar durante toda la vida un medicamento quelante que literalmente “pela” el cobre que se acumula en los órganos para después eliminarlo a través de la sangre y la orina.

El médico me explicó que pasaría un tiempo antes de mejorarme, sin precisar si serían meses o años. Me recomendó no mirar Internet para no asustarme y precisó que de pronto los síntomas se agravarían durante el inicio del tratamiento.

Llegué a creer que iba a ser breve y que en poco tiempo retomaría mis actividades. La realidad es que en mi cotidianidad parecía una especie de “bebé grande”.

Pasé de ser una mujer super autónoma a depender de otros en cada aspecto de mi vida. Lo entendí poco después del diagnóstico, cuando mi mamá tuvo que ayudarme a lavar los dientes porque yo ya no podía. Recuerdo perfecto que mis ojos se llenaron de lágrimas cuando abrí mi boca y ella cuidadosamente comenzó a limpiar con el cepillo.

Lloraba porque sentía que ya no tenía dignidad. No podía ser una adulta, un individuo, una persona. Así me sentía cada vez que requería de su ayuda: me limpiaba cuando orinaba, me bañaba, me ayudaba a cambiarme la toalla higiénica cuando tenía la regla, me vestía.

Después de casi un año había llegado al límite de incapacidades médicas permitidas. No mostraba mejoría. El siguiente paso era que me dieran una pensión por invalidez. Al principio me sonaba hasta atractivo: tener 32 años, un salario de por vida, y poder dedicarle tiempo a mis hobbies.

Pero el espejismo tenía otra cara: ser así de joven y sentirme inútil, descartada para el mundo laboral, relegada y sentenciada a ganar un salario mínimo en Colombia, que para ese entonces era como 150 dólares americanos. Una cifra que, igual, me condenaba a depender de otros.

Carolina Roatta

Carolina Roatta
Carolina Roatta

El privilegio

Estaba lejos de imaginarme que Roatta, mi apellido, me salvaría. Mi familia paterna es francesa y gracias a esa herencia, yo recibí la doble nacionalidad, pude estudiar en un colegio bilingüe y hablo el idioma.

Por eso Francia empezó a sonar como una opción cuando entendimos que en Colombia no podía hacer nada más que esperar y depender sin mucha esperanza.

Una de mis hermanas ya vivía allá, se puso a investigar y encontró un centro de referencia en la enfermedad de Wilson que está ubicado en París.

Mis padres, mi hermana menor y yo decidimos emigrar para juntarnos con ella. Fue una decisión difícil, pero necesaria.

En el CRMR Wilson hay un equipo de especialistas que nos dio todas las respuestas. Como Wilson es una enfermedad genética, lograron diagnosticar a mis dos hermanas antes de que los síntomas aparecieran.

Las tres tenemos citas de seguimiento, con exámenes incluidos, cada seis meses. También tenemos acceso privilegiado a medicamentos y yo recibo una ayuda económica para compensar mi situación de discapacidad.

Desde que llegamos, a finales de 2014, estoy intentando crearme una nueva vida. Ha habido avances. Ahora tiemblo mucho menos, el aro de mis ojos desapareció y volví a ser totalmente autónoma.

Han sido ocho años en proceso de aceptación de mi diferencia: enferma, rara, mitad colombiana, desempleada y ahora con 40 años. Nada fácil. Intenté varios proyectos laborales pero no progresaron. Intenté varios proyectos amorosos y de vida en pareja pero tampoco funcionaron.

Hoy sigo en modo construcción. Estoy haciendo una nueva Maestría (mi revancha porque en Colombia nunca pude sustentar la tesis y nunca me dieron el diploma), tengo un nuevo amor, cambié el proyecto de tener hijos por el de tener gatos y me mudé a una ciudad cerca al mar, luego de aceptar que París es muy dura para vivir cuando eres vulnerable.

Pero claro, el desenlace de mi historia también es una rareza. Que yo tenga diagnóstico, tratamiento y acompañamiento, está lejos de ser la norma para quienes se encuentran en los países de América Latina.

En Colombia tuve suerte: La enfermedad de Wilson aparece en la lista de enfermedades raras del Ministerio de Protección Social, gracias a los esfuerzos de la Federación Colombiana de Enfermedades Raras (Fecoer), y por fortuna para el bolsillo de los pacientes, uno de los medicamentos está cubierto por el sistema de salud público.

El problema, en ese caso, es que las personas sean diagnosticadas a tiempo, por eso obtener estadísticas sobre el número de casos es difícil, aunque desde 2020 ha habido progresos gracias a un equipo de la Universidad de Antioquia.

Si yo no hubiera tenido cómo consultar a un especialista que conocía la enfermedad, es muy probable que ya hubiera muerto y mi familia aún estuviera buscando respuestas.

He sido consiente de mi privilegio y tengo mi lado activista, por eso desde que llegué a Francia me vinculé como voluntaria con la asociación de pacientes de Wilson y ahora soy la Presidenta.

Carolina Roatta con su bicicleta

Carolina Roatta
Carolina hoy vive en Francia, en donde recibe tratamiento completo

Esta red de apoyo es lo que me ha mantenido en pie. En ella he podido seguir compartiendo lo que sé hacer: comunicar, crear lazos, ayudar, empoderar a los pacientes y a sus familiares.

También milito para que en otras partes del mundo, incluida Latinoamérica, un diagnóstico rápido, el acceso al tratamiento y un seguimiento de calidad, sea posible.

Durante un tiempo gestioné un grupo en Facebook para conectar con pacientes hispanoparlantes.

Hubo mucha interacción, incluso me contactaron varias personas a mi cuenta personal, una de Cuba, una asociación de Costa Rica, otra paciente de Chile, una de Argentina, dos de Colombia. Todas con historias durísimas de falta de acceso a los medicamentos y larga espera para el trasplante de hígado, la solución extrema en los peores casos de Wilson.

Tres de esos pacientes murieron mientras estábamos en contacto.

La experiencia que más me marcó fue una mujer de Perú. Su esposo tenía la enfermedad y falleció a comienzos de la pandemia.

Durante varios meses no tuvieron acceso al medicamento y murió mientras esperaban un trasplante. La acompañé vía messenger durante tres días mientras su esposo agonizaba, con la tristeza de saber que los finales felices de pacientes con Wilson son más raros que la misma enfermedad.


* Fuente: Mayo Clinic

Si tienes dudas sobre esta enfermedad, necesitas orientación, o si eres un profesional de salud interesado en crear una red de apoyo en América Latina, puedes escribir a:[email protected]


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https://www.youtube.com/watch?v=YVLbq0MczGc

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