¿Quieres tu licencia? Ya no bastará con pagar, CDMX prevé iniciar en julio los exámenes de manejo
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¿Quieres tu licencia? Ya no bastará con pagar, CDMX prevé iniciar en julio los exámenes de manejo

Para obtener la licencia en CDMX será necesario superar dos pruebas, una de pericia ante una escuela certificada, y otra de conocimientos ante la Semovi.
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Por Arturo Angel
9 de febrero, 2018
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El gobierno de la Ciudad de México prevé que el próximo mes de julio inicie la aplicación de exámenes de conducir obligatorios, para todos los capitalinos que deseen obtener por primera vez su licencia de manejo.

Se tratara de dos pruebas, una de pericia y otra de conocimientos, que se presentarán tanto en escuelas certificadas así como en línea, ante la Secretaría de Movilidad (Semovi).

En entrevista con Animal Político, la subsecretaria de Planeación de la Secretaria de Movilidad, Laura Ballesteros Mancilla, reiteró que en las próximas semanas se estará publicando ya el reglamento para la obtención de las licencias, junto con los lineamientos para la certificación de las escuelas que darán los cursos de capacitación.

Actualmente, para obtener una licencia de conducir en la Ciudad de México basta con pagar 796 pesos, y ni siquiera es necesario probar que se tiene las mínimas nociones de manejo.

Así lo demostró el pasado 25 de enero Ruth Prez, una activista a favor del uso de la bicicleta, y quien difundió en redes sociales cómo consiguió que el gobierno capitalino le diera una licencia de manejo sin mayores obstáculos.

“Soy Ruth. Tengo 40 años. A pesar de no saber conducir el Gobierno de la Ciudad de México me entregó hoy mi primera licencia de manejo. Sin exámen teórico ni práctico. Con un simple trámite administrativo de 15 minutos. Suena increíble, pero es legal”, escribió la activista en un tuit publicado junto con una fotografía de ella y la licencia.

“Ruth tiene razón en todo lo que dijo y en los argumentos que dio. Nosotros también lo hemos comentado desde hace tres años. Las cosas como son: hoy la gente compra las licencias de conducir en la ciudad. Y esto es resultado de que en administraciones pasadas se eliminaron los exámenes para obtenerlas. Por eso nos encontramos en este punto”, dijo Ballesteros.

La funcionaria capitalina, que ha sido una de las impulsoras del Programa de Seguridad Vial de la capital, coincidió en que darle una licencia de conducir a una persona cuya pericia no ha sido corroborada es entregarle en las manos un “arma letal”, que corre a más de 50 kilómetros por hora, y que en cualquier momento puede cobrarle la vida a alguna persona.

Habrá pruebas pese a retrasos

La obligación de presentar una prueba de manejo para obtener una licencia de conducir se estableció en la Ley de Movilidad de la Ciudad de México aprobada en 2014. En dicha ley se estipuló que los lineamientos para este procedimiento se detallarían en el reglamento de la ley.

Pero el pasado 4 de diciembre Animal Político publicó que el gobierno había dado marcha atrás a esta medida. El reglamento de la Ley de Movilidad se publicó sin que se hiciera algún señalamiento sobre la existencia de exámenes (obligatorios o no) para obtener licencias de manejo.

En respuesta, la Secretaría de Movilidad anunció que el tema de los exámenes para obtener la licencia no quedaba cancelado, y que por el contrario se preparaba un nuevo reglamento específico para este tema, que se revelaría antes de que concluyera el año. Pero eso no ha sucedido pese a que ya estamos en febrero de 2018

En este contexto Ballesteros sostuvo que el reglamento para las licencias no se ha dado a conocer aún porque la Consejería Jurídica pretende hacerle algunas adecuaciones finales.

“Nos retrasamos un poco por el tema de los lineamientos y algunas otras situaciones pero en la siguientes semanas ya se estará publicando esta parte normativa”, dijo la funcionaria.

El plan para la aplicación de los exámenes de conducir, de acuerdo con lo dicho por Ballesteros, está compuesto de tres fases que se concretarán en no más de un semestre. La primera es justamente el diseño del reglamento y sus lineamientos, que quedará superada en cuanto se publique la norma en la Gaceta Oficial.

La segunda fase es el proceso de certificación de las escuelas de conducir, que estará a cargo de la Federación Internacional del Automóvil (FIA).

“Hoy tenemos 33 escuelas de manejo registradas ante la Semovi. Ellas son las que podrán participar para obtener su certificación que será un proceso de dos a tres meses y entonces ya certificadas son las únicas que podrán dar los cursos de capacitación a los aspirantes a obtener una licencia” explicó la subsecretaria.

Y la tercera fase será la puesta en marcha de todo el proceso de capacitación y evaluación de los aspirantes.

¿Cómo funcionará esto? Lo que Animal Político puede adelantar es que cada persona que aspire a tener una licencia de manejo recibirá un número de folio con el cual deberá acreditar al menos dos pruebas.

La primera prueba será de pericia y la misma se practicará en la escuela de manejo certificada donde haya cursado su capacitación. La segunda prueba será de conocimientos de las normas de tránsito y  esta prueba será en línea ante la Secretaría de Movilidad.

Superadas ambas pruebas el aspirante podrá continuar con el proceso de trámite para obtener su licencia de conducir.

Cabe señalar que este procedimiento solo aplicará para las personas que busquen obtener por primera vez su licencia de manejo y no será retroactivo para quienes ya cuenten con ella.

¿Política de movilidad en riesgo?

En los últimos años la Ciudad de México ha puesto en marcha un nuevo paradigma de movilidad que prioriza la movilidad no motorizada, encima de la sí motorizada. Además se ha impulsado una política de seguridad vial denominada “Visión Cero”, que busca reducir al mínimo las muertes por hechos de tránsito (accidentes).

Para materializar este esquema se han creado instrumentos como la Ley de Movilidad, el Programa Integral de Movilidad, el Programa Integral de Seguridad Vial, y además se han implementado programas y políticas públicas como el de los radares de velocidad y las fotomultas, con lo que se busca desalentar situaciones que propicien accidentes.

Sin embargo, estados de la zona centro del país han dado marcha atrás a algunos de estos esquemas (como el de fotomultas), que la capital mantiene. Además algunos candidatos a ser jefes de gobierno de la Ciudad de México han advertido que revisarán la continuidad o no de varias de estas políticas, en caso de obtener la victoria.

Al respecto Ballesteros dijo que el Programa de Seguridad Vial termina su aplicación inicial hasta el 2021, y que sería irresponsable darle marcha atrás a un proceso en desarrollo y que beneficia a la ciudad.

“Esta ciudad requiere de continuidad y no de palomazos electorales en remas tan delicados como este. La ciudad tiene hoy prácticas en temas de movilidad y seguridad vial alineadas con los mejores estándares internacionales en esas materias y el reto no es dar marcha atrás a todo ello sino al contrario, que se haga mejor”, dijo.

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#YoSoyAnimal

Wilson: la rara enfermedad que convirtió mi cerebro de 30 años en uno de 70

La periodista Carolina Roatta cuenta su historia con la rara enfermedad de Wilson. Se trata de "una rareza genética" que impide al cuerpo procesar o digerir el cobre.
6 de abril, 2022
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El paso del tiempo suele ser evidente en nuestro cuerpo cuando aparecen arrugas y canas, también cuando los músculos se desmarcan y los dientes se oscurecen.

Lo que le pasa a nuestro cerebro, en cambio, suele notarse menos.

Pero, ¿Qué pasaría, si ocurre lo contrario?

La periodista Carolina Roatta se enfrenta a una enfermedad rara que afectó su cerebro al punto de envejecerla el doble, aún cuando su cuerpo es joven.

BBC Mundo cuenta su historia:


Cuando cumplí 32 años me sentía la reina del mundo.

Era noviembre de 2012. Había terminado mi tesis de maestría y estaba de regreso a la soltería. Dictaba clases en una universidad y acababa de conseguir el trabajo de mis sueños como periodista.

El día que fui a firmar el contrato laboral, llegué tan segura de mí misma que logré controlar el temblor que tenía en mis manos desde hacía un tiempo.

Esa firma fue lo último que pude escribir.

El diagnóstico de Wilson

Empecé a temblar cada vez más fuerte. Primero mis manos y brazos se batían como alas de mariposa, luego les siguieron mi cabeza y mis piernas.

Opté por modificar mi rutina. Dejé de usar blusas de abotonar y zapatos de amarrar, me hice amiga de los pitillos y hasta llegué a contratar a un asistente para que escribiera por mí.

En algún punto también empecé un diario en audio para registrar todo lo que me pasaba.

Resistí como pude, pero al cabo de seis meses la situación se hizo insostenible.

Pasé por varias citas médicas que duraban 15 minutos. Es lo normal. En el sistema de salud colombiano, hay que pasar por un médico general para que éste ordene exámenes o remita al paciente a consulta con algún especialista.

En medio de eso me vio un neurólogo primerizo que me diagnosticó erróneamente con temblor esencial y me mandó unos medicamentos para esa condición. Esa medicina me relajaba, pero no me quitaba el temblor.

Irónicamente, después de haber consultado médicos, psicólogos, neurólogos, fue una médica bioenergética la que pensó en ordenarme un examen que mostrara imágenes de mi cerebro.

Mi papá y mi mamá me acompañaron al examen de resonancia electromagnética. Al otro día, mientras esperábamos los resultados, el técnico llamó preguntando si en mi trabajo manipulaba químicos. Las imágenes mostraban que mi cerebro estaba intoxicado.

El resto de mi familia prendió las alarmas. Me ayudaron a conseguir una consulta privada con un neurólogo reconocido. No fue barato, pero por primera vez sentí que alguien entendía lo que pasaba.

La cita duró tres horas, el doctor me hizo todo tipo de pruebas: debía tocarme la punta de la nariz con el dedo índice, dibujar un espiral, hacer marionetas con las manos, sostenerme en un solo pie. En todas me rajé y terminé sudando como si hubiese corrido una maratón.

Fue como haber perdido el examen de admisión al kínder, pero con un diagnóstico como premio de consolación.

Gracias a la cita y otros exámenes especializados, el neurólogo confirmó que tengo la enfermedad de Wilson. Es una rareza genética que lleva el nombre del neurólogo que la investigó, Samuel Alexander Kinnear Wilson, e impide que mi cuerpo pueda procesar o digerir el cobre.

¿Cobre? ¿el mismo metal naranja que hay en los cables?

Sí, el mismo.

Resulta que el cobre es un elemento que nos ayuda a tener nervios y huesos sanos, también contribuye con el colágeno y la melanina en la piel. El cuerpo humano no lo produce, pero lo adquiere por medio de un montón de alimentos.

Lentejas, almendras, chocolate, aguacate, langosta.. La lista sigue.

El cuerpo descompone esos alimentos, el hígado procesa el cobre que le sirve y elimina el que no necesita, usualmente por la orina.

El problema es que quienes sufrimos de Wilson, en vez de procesar y digerir el cobre, lo acumulamos hasta que el cuerpo no resiste más y colapsa. Lo usual es que el hígado sea el más afectado, después el cerebro, los ojos y los riñones.

Pero mi caso es aún más raro. A pesar de llevar 32 años acumulando cobre, mi hígado estaba sano. Mi cerebro, en cambio, envejeció el doble. El neurólogo dijo que parecía el de una persona de 70 años.

También tenía un aro de cobre alrededor de las pupilas de mis ojos, otro signo típico de la enfermedad.


Sobre la enfermedad de Wilson*:

  • La mayoría de las personas son diagnosticadas entre los 5 y los 35 años, pero también puede afectar a personas más jóvenes y mayores.
  • La enfermedad está presente al nacer, pero los signos y síntomas no aparecen hasta que el cobre se acumula en el cerebro, el hígado u otro órgano.
  • Los signos y síntomas varían según las partes del cuerpo afectadas por la enfermedad. Pueden incluir: Fatiga, falta de apetito o dolor abdominal – Una coloración amarillenta de la piel y el blanco de los ojos (ictericia) -Decoloración de los ojos de color marrón dorado (anillos de Kayser-Fleischer) – Acumulación de líquido en las piernas o el abdomen – Problemas con el habla, la deglución o la coordinación física – Movimientos incontrolados o rigidez muscular.
  • Para padecer la enfermedad se debe heredar una copia del gen defectuoso de cada progenitor. Si se recibe un solo gen anormal no se padece la enfermedad, aunque la persona se considerará portadora y es posible que sus hijos hereden el gen.
Un ojo con un aro de cobre alrededor

CRMR Wilson Paris
El aro de cobre en los ojos es uno de los síntomas de Wilson

Enferma de por vida

Ahora debía someterme a una desintoxicación. El tratamiento consiste en tomar durante toda la vida un medicamento quelante que literalmente “pela” el cobre que se acumula en los órganos para después eliminarlo a través de la sangre y la orina.

El médico me explicó que pasaría un tiempo antes de mejorarme, sin precisar si serían meses o años. Me recomendó no mirar Internet para no asustarme y precisó que de pronto los síntomas se agravarían durante el inicio del tratamiento.

Llegué a creer que iba a ser breve y que en poco tiempo retomaría mis actividades. La realidad es que en mi cotidianidad parecía una especie de “bebé grande”.

Pasé de ser una mujer super autónoma a depender de otros en cada aspecto de mi vida. Lo entendí poco después del diagnóstico, cuando mi mamá tuvo que ayudarme a lavar los dientes porque yo ya no podía. Recuerdo perfecto que mis ojos se llenaron de lágrimas cuando abrí mi boca y ella cuidadosamente comenzó a limpiar con el cepillo.

Lloraba porque sentía que ya no tenía dignidad. No podía ser una adulta, un individuo, una persona. Así me sentía cada vez que requería de su ayuda: me limpiaba cuando orinaba, me bañaba, me ayudaba a cambiarme la toalla higiénica cuando tenía la regla, me vestía.

Después de casi un año había llegado al límite de incapacidades médicas permitidas. No mostraba mejoría. El siguiente paso era que me dieran una pensión por invalidez. Al principio me sonaba hasta atractivo: tener 32 años, un salario de por vida, y poder dedicarle tiempo a mis hobbies.

Pero el espejismo tenía otra cara: ser así de joven y sentirme inútil, descartada para el mundo laboral, relegada y sentenciada a ganar un salario mínimo en Colombia, que para ese entonces era como 150 dólares americanos. Una cifra que, igual, me condenaba a depender de otros.

Carolina Roatta

Carolina Roatta
Carolina Roatta

El privilegio

Estaba lejos de imaginarme que Roatta, mi apellido, me salvaría. Mi familia paterna es francesa y gracias a esa herencia, yo recibí la doble nacionalidad, pude estudiar en un colegio bilingüe y hablo el idioma.

Por eso Francia empezó a sonar como una opción cuando entendimos que en Colombia no podía hacer nada más que esperar y depender sin mucha esperanza.

Una de mis hermanas ya vivía allá, se puso a investigar y encontró un centro de referencia en la enfermedad de Wilson que está ubicado en París.

Mis padres, mi hermana menor y yo decidimos emigrar para juntarnos con ella. Fue una decisión difícil, pero necesaria.

En el CRMR Wilson hay un equipo de especialistas que nos dio todas las respuestas. Como Wilson es una enfermedad genética, lograron diagnosticar a mis dos hermanas antes de que los síntomas aparecieran.

Las tres tenemos citas de seguimiento, con exámenes incluidos, cada seis meses. También tenemos acceso privilegiado a medicamentos y yo recibo una ayuda económica para compensar mi situación de discapacidad.

Desde que llegamos, a finales de 2014, estoy intentando crearme una nueva vida. Ha habido avances. Ahora tiemblo mucho menos, el aro de mis ojos desapareció y volví a ser totalmente autónoma.

Han sido ocho años en proceso de aceptación de mi diferencia: enferma, rara, mitad colombiana, desempleada y ahora con 40 años. Nada fácil. Intenté varios proyectos laborales pero no progresaron. Intenté varios proyectos amorosos y de vida en pareja pero tampoco funcionaron.

Hoy sigo en modo construcción. Estoy haciendo una nueva Maestría (mi revancha porque en Colombia nunca pude sustentar la tesis y nunca me dieron el diploma), tengo un nuevo amor, cambié el proyecto de tener hijos por el de tener gatos y me mudé a una ciudad cerca al mar, luego de aceptar que París es muy dura para vivir cuando eres vulnerable.

Pero claro, el desenlace de mi historia también es una rareza. Que yo tenga diagnóstico, tratamiento y acompañamiento, está lejos de ser la norma para quienes se encuentran en los países de América Latina.

En Colombia tuve suerte: La enfermedad de Wilson aparece en la lista de enfermedades raras del Ministerio de Protección Social, gracias a los esfuerzos de la Federación Colombiana de Enfermedades Raras (Fecoer), y por fortuna para el bolsillo de los pacientes, uno de los medicamentos está cubierto por el sistema de salud público.

El problema, en ese caso, es que las personas sean diagnosticadas a tiempo, por eso obtener estadísticas sobre el número de casos es difícil, aunque desde 2020 ha habido progresos gracias a un equipo de la Universidad de Antioquia.

Si yo no hubiera tenido cómo consultar a un especialista que conocía la enfermedad, es muy probable que ya hubiera muerto y mi familia aún estuviera buscando respuestas.

He sido consiente de mi privilegio y tengo mi lado activista, por eso desde que llegué a Francia me vinculé como voluntaria con la asociación de pacientes de Wilson y ahora soy la Presidenta.

Carolina Roatta con su bicicleta

Carolina Roatta
Carolina hoy vive en Francia, en donde recibe tratamiento completo

Esta red de apoyo es lo que me ha mantenido en pie. En ella he podido seguir compartiendo lo que sé hacer: comunicar, crear lazos, ayudar, empoderar a los pacientes y a sus familiares.

También milito para que en otras partes del mundo, incluida Latinoamérica, un diagnóstico rápido, el acceso al tratamiento y un seguimiento de calidad, sea posible.

Durante un tiempo gestioné un grupo en Facebook para conectar con pacientes hispanoparlantes.

Hubo mucha interacción, incluso me contactaron varias personas a mi cuenta personal, una de Cuba, una asociación de Costa Rica, otra paciente de Chile, una de Argentina, dos de Colombia. Todas con historias durísimas de falta de acceso a los medicamentos y larga espera para el trasplante de hígado, la solución extrema en los peores casos de Wilson.

Tres de esos pacientes murieron mientras estábamos en contacto.

La experiencia que más me marcó fue una mujer de Perú. Su esposo tenía la enfermedad y falleció a comienzos de la pandemia.

Durante varios meses no tuvieron acceso al medicamento y murió mientras esperaban un trasplante. La acompañé vía messenger durante tres días mientras su esposo agonizaba, con la tristeza de saber que los finales felices de pacientes con Wilson son más raros que la misma enfermedad.


* Fuente: Mayo Clinic

Si tienes dudas sobre esta enfermedad, necesitas orientación, o si eres un profesional de salud interesado en crear una red de apoyo en América Latina, puedes escribir a:[email protected]


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https://www.youtube.com/watch?v=YVLbq0MczGc

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