Mujeres sembrando la vida, la cooperativa de Chiapas que empodera a nuevas generaciones
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Cooperativa Mujeres Sembrando la Vida

Mujeres sembrando la vida, la cooperativa de Chiapas que empodera a nuevas generaciones

Las mujeres se constituyeron legalmente como cooperativa y realizar proyectos para ayudar a su comunidad, además de solventar sus necesidades económicas.
Cooperativa Mujeres Sembrando la Vida
12 de marzo, 2018
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Las mujeres de Zinacantán, Chiapas, recibieron apoyos gubernamentales para proyectos productivos que les ayudaron económicamente en 2001, pero después de unos años, descubrieron que “estar organizadas” era mucho más importante que cualquier ayuda del gobierno. Por eso constituyeron la cooperativa “Mujeres sembrando la vida” en la que incluso funciona un fondo de salud y educación para las 250 integrantes.

Xunka Hernández, de 36 años, es traductora de tzotzil al español y desde 2003 se ha convertido en una activista dentro de su comunidad que lo mismo convence a más mujeres de involucrarse en la organización, que lucha contra los prejuicios en una comunidad donde el promedio de escolaridad es de 3 años y medio y 95% de la población vive en pobreza.

“Cuando empezamos la cooperativa, la gente veía mal que las mujeres salieran, participara, que no estuvieran en sus casas”, comenta Xunka, quien ha decidido no casarse ni tener hijos hasta el momento, una opción que rompe con el patrón previsto para las mujeres de su comunidad.

Ella ha estado dedicada a la organización a la que vio nacer y está viendo evolucionar. De hecho, la organización comenzó con la madre de Xunka, Magadalena Hernández, quien en 1999 quedó viuda y con cuatro hijas qué mantener. Entre las opciones que buscó para sobrevivir fue el apoyo de una organización civil llamada Foro para el Desarrollo Sustentable que apoyaba a la comunidad para la siembra de hortalizas.

mujeres

Xunka Hernández, de 36 años, es traductora de tzotzil al español y activista.

Sin embargo, aunque ella también asistía a las reuniones, los hombres de su comunidad decidían repartirle menos apoyo, sólo por el hecho de ser mujer, lo cual le parecía injusto. Por eso decidió que ya no tendría intermediarios sino que ella misma buscaría los apoyos.

En 2001, Foro para el Desarrollo Sustentable lanzó un proyecto llamado Ahorro y crédito que consistía en otorgar préstamos para miembros de la comunidad y  Magdalena convocó a más mujeres y logró sumar a 72 que consiguieron el crédito para siembra de hortalizas y confección de artesanías. Consiguieron pagarlo y obtener ganancias de su propio trabajo. Esa fue la primera vez en que las mujeres de Zinacantán se organizaron.

Apenas tres años después, el grupo consiguió sumar a 250 mujeres, quienes consiguieron un apoyo gubernamental de la Secretaría de Medio Ambiente que incluía construcción de fogones ahorradores de leña, proyecto de reforestación, construcción de letrinas ecológicas y siembra de hortalizas.

Esta fue la experiencia que les confirmó “la importancia de estar organizadas”, dice Xunka, por eso decidieron constituirse legalmente como cooperativa y decidieron llamarse Mujeres sembrando la vida porque justamente eso hacían, “estábamos buscando nuestra vida, trabajando juntas”, agrega.

Fondo de salud y educación

En 2013 llegó una nueva oportunidad para la cooperativa, la organización Impacto, dedicada a vincular a artesanas con pequeños empresarios y diseñadores, se acercó con las mujeres de Zinacantán para que comercializaran sus artesanías con base en el comercio ético, es decir, venderlo a un precio justo.

“Impacto nos ayudó con asesorías de cómo mejorar el trabajo de artesanía, sacar los precios, cómo empacarlos, venderlos, manejar los clientes, hacer publicidad”, cuenta Xunka. Y lo han hecho tan bien que venden sus prendas en tiendas de Puebla, Ciudad de México, San Luis Potosí y Morelos. Incluso, consiguieron un cliente en Estados Unidos que les envía prendas en las cuáles ellas realizan los bordados.

Con Impacto, aprendieron a determinar el costo de cada prenda. “Contamos el tiempo de elaboración, el costo de la materia prima, tenemos un ahorro para la salud y educación. El precio de un producto incluye eso, gastos de transporte y apoyo a las representantes de la cooperativa. Todo eso lo ponemos en un cuadro de Excel y así sacamos el precio”, explica Xonka.

Por eso es que, por ejemplo, un huipil lo venden en 850 pesos de mayoreo y 1200 pesos en menudeo. Esto contrasta significativamente con los precios de otras mujeres artesanas de la comunidad, que venden un huipil en 450 pesos.

Las integrantes de Mujeres sembrando la vida deciden todo en asamblea. Por eso es que la mayoría consideró que también era necesario tener un fondo de salud para aquellas que enferman y no pueden solventar los gastos para una atención médica de calidad.

Acordaron ir alimentando el fondo con el 2% de cada prenda que se vende. “En la asamblea decidieron que no era fondo perdido porque no todas trabajan igual sino que ese dinero serviría para hacer préstamos de mil y hasta 5 mil pesos para las socias que lo necesitaran y después de aliviarse empiezan a pagar el préstamo sin intereses”, explica Xunka.

También descubrieron que necesitaban un apoyo extra a la educación básica para sus hijos y crearon la escuelita “Corazón de niño”, que atiende entre 15 o 20 niños de jueves a sábado. Los maestros son jóvenes becarios  de la comunidad que reciben 600 pesos mensuales y que ayudan a los pequeños con sus tareas porque en ocasiones, los padres no saben leer ni escribir o sólo hablan tzotzil. Esto era un problema para las familias porque “los niños traían tarea pero los papás no los podían ayudar y por eso se atrasaban”.

Después de estos años de trabajo, las mujeres de Zinacantán aprendieron a organizarse y decidir por ellas mismas. Ahora se sienten satisfechas de solventar sus necesidades económicas y además, haberse ganado el respeto de su comunidad.

 

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Clare Freer

Parosmia: desde que tuve COVID-19, la comida me da ganas de vomitar

Muchas personas descubren que las cosas no huelen bien después de padecer COVID y que la mayoría de los alimentos huelen y saben repugnantes.
Clare Freer
26 de febrero, 2021
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Muchas personas con COVID-19 pierden temporalmente el sentido del olfato.

A medida que se recuperan, este por lo general regresa, pero algunos descubren que las cosas huelen diferente y algunas que deberían oler bien, como la comida, el jabón y sus seres queridos, huelen repulsivamente.

El número de personas con esta afección, conocida como parosmia, aumenta constantemente, pero los científicos no están seguros de por qué ocurre o cómo curarla.

Short presentational grey line

BBC

Clare Freer termina llorando cada vez que intenta cocinar para su familia.

“Me mareo con los olores. Un olor podrido invade la casa en cuanto se enciende el horno y es insoportable”, describe.

La mujer de 47 años de Sutton Coldfield, Reino Unido, ha estado padeciendo parosmia durante siete meses y dice que muchos olores cotidianos le resultan repugnantes.

Las cebollas, el café, la carne, las frutas, el alcohol, la pasta de dientes, los productos de limpieza y los perfumes le dan ganas de vomitar.

El agua del grifo tiene el mismo efecto (aunque no el agua filtrada), lo que dificulta el lavado.

“Ya ni siquiera puedo besar a mi pareja”, dice.

Clare contrajo COVID-19 en marzo del año pasado y, como muchas personas, perdió el olfato como resultado.

El sentido regresó brevemente en mayo, pero en junio Clare empezó a rechazar sus comidas para llevar favoritas porque tenían un aroma rancio y cada vez que algo entraba en el horno había un olor abrumador a productos químicos o algo quemado.

Desde el verano lleva una dieta de pan y queso porque es todo lo que puede tolerar.

“No tengo energía y me duele todo”, cuenta. También la ha afectado emocionalmente. Dice que llora la mayoría de los días.

“Aunque la anosmia no fue agradable, pude seguir con mi vida normal y seguir comiendo y bebiendo”, dice Clare. “Viviría con eso para siempre, si eso significara deshacerme de la parosmia”.

Clare disfruta de un día de mimos con su hija mayor: el perfume ahora huele repugnante para ella.

Clare Freer
En esta foto se la puede ver a Clare Freer disfrutando de un día de mimos con su hija mayor. Ahora el perfume de sus seres queridos huele repugnante para ella.

El médico de cabecera de Clare dijo que nunca antes se había encontrado con un caso así.

Asustada y desconcertada, buscó respuestas en Internet y encontró un grupo de Facebook con 6.000 miembros creado por la organización benéfica de pérdida de olores AbScent.

Casi todos habían comenzado con anosmia derivada de la COVID-19 y terminaron con parosmia.

“Los descripciones comunes de los diferentes olores de parosmia incluyen: muerte, descomposición, carne podrida, heces“, dice la fundadora de AbScent, Chrissi Kelly, quien creó el grupo de Facebook en junio después de lo que describe como un “maremoto” de casos de parosmia por COVID-19 .

La gente usó frases como “aguas residuales con sabor a fruta”, “basura empapada y caliente” y “perro mojado rancio”.

A menudo, luchan por describir el olor porque no se parece a nada que hayan encontrado antes y eligen palabras que transmiten su disgusto.

Alrededor del 65% de las personas con COVID pierden el sentido del olfato y el gusto y se estima que alrededor del 10% de ellos desarrollan una “disfunción olfativa cualitativa”, es decir, parosmia u otra afección, fantosmia, cuando huele algo que no se encuentra en el lugar.

Si esto es correcto, 6.5 millones de personas de los 100 millones que han tenido COVID-19 en todo el mundo pueden estar experimentando parosmia prolongada por COVID.

Short presentational grey line

BBC

La doctora Jane Parker, científica especialista en sabor de la Universidad de Reading, Reino Unido, estaba estudiando la parosmia antes de la pandemia, cuando era una condición aún más rara.

Una teoría sobre el origen de los olores horribles que experimentan las personas que viven con parosmia es que solo perciben algunos de los compuestos volátiles que contiene una sustancia y que huelen peor de forma aislada. Incluso podría aumentar su intensidad.

Por ejemplo, el café contiene compuestos de azufre que huelen bien en combinación con todas las demás moléculas que le dan al café su aroma agradable, pero no cuando se huele solo.

Consultando con varias personas del grupo de Facebook AbScent parosmia, Parker y su equipo han descubierto que la carne, las cebollas, el ajo y el chocolate provocan habitualmente una mala reacción, junto con el café, las verduras, la fruta, el agua del grifo y el vino.

Jarra de café.

Getty Images
Para la mayoría de las personas que padecen de parosmia, el café sabe muy mal.

Muchas otras cosas huelen mal para algunos de los voluntarios y nada huele bien para todos ellos “excepto quizás almendras y cerezas”.

Ellos, y otros con parosmia, describen repetidamente algunos malos olores, incluido uno que es químico y ahumado, uno que es dulce y enfermizo, y otro descrito como “vómito”.

La investigación de Parker también ha encontrado que los malos olores pueden permanecer con los parósmicos, como se les llama, durante un tiempo inusualmente largo.

Para la mayoría de las personas, el olor a café permanecerá en sus fosas nasales durante unos segundos. Para los parósmicos, podría quedarse durante horas, incluso días.


Consejos para afrontar la parosmia

  • Consume alimentos a temperatura ambiente o fríos
  • Evita los alimentos fritos, carnes asadas, cebollas, ajo, huevos, café y chocolate, que son algunos de los peores alimentos para los parósmicos.
  • Prueba alimentos suaves como arroz, fideos, pan sin tostar, verduras al vapor y yogur natural.
  • Si no puedes tolerar la comida, considera batidos de proteínas sin sabor

Fuente: AbScent


Barry Smith, líder británico del Consorcio Global para la Investigación Quimiosensorial, dice que otro descubrimiento sorprendente: “lo bueno es malo y lo malo es bueno”.

“Para algunas personas, los olores de los pañales y del baño se han vuelto tolerables, e incluso agradables”, describe.

“Es como si los desechos humanos ahora huelen a comida y la comida ahora huele a desechos humanos”.

Baño.

Getty Images
“Para algunas personas, los olores de los pañales y del baño se han vuelto tolerables, e incluso agradables”.

Entonces, ¿qué causa la parosmia?

La hipótesis predominante es que resulta del daño a las fibras nerviosas que transportan señales desde los receptores en la nariz hasta las terminales (glomérulos) del bulbo olfatorio en el cerebro.

Cuando estos vuelven a crecer, ya sea que el daño haya sido causado por un accidente automovilístico o por una infección viral o bacteriana, se cree que las fibras pueden volver a adherirse a la terminal incorrecta, dice Parker.

“¡Están en la sala de reuniones equivocada! Esto se conoce como cableado cruzado y significa que el cerebro no reconoce el olor y quizás está programado para pensar en él como un peligro”, detalla.

La teoría es que, en la mayoría de los casos, el cerebro, con el tiempo, corregirá el problema, pero Parker se muestra reacio a decir cuánto tiempo llevará.

“Debido a que muy pocas personas tenían parosmia antes de la COVID-19, no se estudió mucho y la mayoría de la gente no sabía qué era, por lo que no tenemos datos históricos. Y tampoco tenemos datos para COVID-19 porque eso podría llevar años”, asegura.

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BBC

Aparte de esperar a que el cerebro se adapte, no hay cura, aunque AbScent cree que el “entrenamiento del olfato” puede ayudar.

Consiste en oler regularmente una selección de aceites esenciales uno sobre otro, pensando en la planta de la que se obtuvieron.

Clare Freer ha estado haciendo esto y dice que el limón, el eucalipto y el clavo de olor han comenzado a oler levemente como deberían, pero que no registra nada en el caso de la rosa.

Algunos parósmicos han adaptado su dieta para hacer más llevadero vivir con la enfermedad.

Dos hermanas, Kirstie, de 20 años, y Laura, de 18, de Keighley, Reino Unido, están haciendo lo mismo, aunque tomó un tiempo descubrir cómo llevarlo a cabo y al mismo tiempo vivir en armonía con sus padres.

Una vez, las hermanas tuvieron que correr por la casa y abrir las ventanas, cuando sus padres llegaron con pescado y papas fritas, “porque el olor es horrible”, describe Laura.

Sus padres, en cambio, se han cansado de las especias picantes con las que cocinan las hermanas, para enmascarar los sabores desagradables y darles lo que para ellas es un toque de sabor.

Kirstie (derecha) y Laura en el cumpleaños número 18 de la última que no pudo comer su pastel.

BBC
Kirstie (derecha) y Laura en el cumpleaños número 18 de la última que no pudo comer su pastel.

“Algunas personas nos dicen que simplemente debemos alimentarnos y comer de todos modos. Lo intentamos, pero es muy difícil comer alimentos que saben podridos“, dice Kirstie.

“Y luego, durante los próximos tres días, tendré que vivir con ese olor que se filtra en mi sudor. Es uno de los olores más angustiantes y me siento sucia constantemente”, detalla.

Ahora se han dado cuenta de que los alimentos de origen vegetal saben mejor y disfrutan de platos como la boloñesa de lentejas y el risotto de calabaza.

“La carne es un alimento que ahora evitamos. Encontrar buenas recetas que nos gusten ha hecho que sea mucho más fácil de afrontar”, afirma Kirstie.

“Hemos tenido que adaptarnos y cambiar nuestra forma de pensar porque sabemos que podríamos estar viviendo con esto durante años y años”, se resigna.

La pérdida del olfato a menudo afecta la salud mental

Jane Parker señala que la pérdida del olfato ocupa un lugar muy bajo en la lista de prioridades para quienes enfrentan la pandemia, pero ella y Barry Smith dicen que a menudo afecta la salud mental y la calidad de vida.

“Es sólo cuando pierdes el sentido del olfato que te das cuenta de cuánto fue parte de la esencia de tu experiencia”, explica Smith.

La conexión humana, el placer y los recuerdos están ligados al olfato, señala.

“Te dicen que se sienten aislados de su propio entorno, ajenos. Ya no encuentran ningún placer en comer y pierden esa cercanía tranquilizadora de poder oler a las personas que aman”, describe.

Mientras que Clare Freer extraña los días en que le gustaba el olor de su esposo cuando salía de la ducha, Justin Hyde, de 41 años, de Cheltenham, en el suroeste de Reino Unido, nunca ha olido el aroma de su hija nacida en marzo de 2020.

Justin no asistió al festival de carreras de caballo de su ciudad en el mismo mes, pero conoce a personas que sí lo hicieron, y no mucho después contrajo el virus, perdiendo el sentido del gusto y el olfato.

Justin Hyde

Justin Hyde
Justin Hyde ya no disfruta de una visita a una cervecería al aire libre porque no puede tolerar el sabor de la cerveza.

Tuvo una recuperación de los sentidos en julio, pero luego el café comenzó a oler extraño, y rápidamente las cosas empeoraron.

“Casi todos los olores se volvieron extraños”, puntualiza. “Los huevos me repelen físicamente y no puedo disfrutar de la cerveza o el vino, ya que tienen un sabor que simplemente llamo COVID”.

Al igual que Kirstie y Laura, él descubrió que algunos platos sin carne son comestibles, incluido el curry de verduras, pero no habrá más visitas a las cervecerías mientras dure su parosmia y ni desayunos con alimentos fritos.

“Todos esos placeres que damos por sentado han desaparecido desde que tuve COVID. Siento que estoy roto y ya no soy yo“.


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