La increíble historia del argentino que le robó la Copa del Mundo a Brasil
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La increíble historia del argentino que le robó la Copa del Mundo a Brasil

El 3 de diciembre de 1983, un grupo de ladrones sacó de su cofre en Brasil el trofeo Jules Rimet, y se esfumó para siempre.
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Por BBC Mundo
11 de junio, 2018
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Poco antes del Mundial de Inglaterra en 1966, el trofeo Jules Rimet -con el que se había galardonado a todos los campeones desde 1930- desapareció de una bóveda de un banco de Londres donde estaba resguardado.

El escándalo fue mayúsculo. Scotland Yard desplegó un operativo sin precedentes para encontrar el trofeo de 1.8 kilogramos de oro, antes de que los ladrones tuvieran oportunidad de convertirlo en lingotes para ser vendidos.

Uno de los mayores ataques contra las autoridades inglesas en ese entonces por permitirse el descuido que derivó en el robo provino de la entonces Confederación Brasileña de Deportes, CDB.

“Eso en Brasil nunca hubiera ocurrido. Incluso los ladrones en Brasil consideran la Copa sagrada y robársela hubiera sido un sacrilegio”, dijo Abrain Tebel, un directivo de de la CDB.

Legalizacion

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Brasil se quedó con el trofeo para siempre después de ganarlo en 1970 por tercera vez.

Al poco tiempo la copa fue recuperada por un perro, Pickles, que se convirtió en héroe nacional.

Y como lo había ordenado el expresidente de la FIFA, Jules Rimet, cuando Brasil ganó su tercer Mundial en México 70, el trofeo le fue entregado al país de forma definitiva.

Pero entonces ocurrió la profanación: el 3 de diciembre de 1983, cuando una cuadrilla de ladrones brasileños, que no dio mucha importancia a “lo sagrado” del trofeo, lo sacó de su cofre blindado en la sede de la Confederación en Río de Janeiro.

Y de ese modo se esfumó en el aire para siempre.

Pero más allá del robo, más allá de la vergüenza de perder un tesoro nacional como era el trofeo Jules Rimet, lo que más produjo agobio fue el rumor que comenzó a surgir pocos días después del asalto.

Aunque el trofeo lo habían extraídos ladrones brasileños, quien había fundido la Copa y convertido en lingotes de oro para hacerla desaparecer para siempre había sido un argentino.

Su nombre, Juan Hernández.

Murillo Miguel

Murillo Bernardes Miguel tiene 84 y trabaja como asesor legal en el sector de Angra dos Reis, cerca de Río de Janeiro.

Y recuerda, casi 35 años después, cuando en la mañana del 20 de diciembre de 1983 lo llamaron para que se hiciera cargo de un caso que sus superiores consideraban delicado.

“Me dijeron el lugar: la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol, que está ubicada en Río de Janeiro”, le dijo Murillo Miguel a BBC Mundo.

Río

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El robo ocurrió en la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol en Río de Janeiro.

Cuando llegó a la sede de la CBF e ingresó a una de las oficinas principales, se dio cuenta del tamaño de su misión: se habían robado el trofeo Jules Rimet.

A Brasil le habían robado la Copa del Mundo.

“Los funcionarios de la CBF habían hecho una vitrina con un vidrio blindado para proteger el trofeo, pero la parte posterior de esa vitrina, hecha de madera, la habían pegado con cinta contra la pared”, explicó Murillo.

Para los ladrones fue un trabajo sencillo. De acuerdo a la descripción hecha por los vigilantes a la policía, dos hombres ingresaron armados, redujeron al personal de seguridad y con una palanca de hierro forzaron la caja de madera y sustrajeron la Copa.

Según Murillo, al principio no había muchas pistas, hasta que apareció un experto ladrón de cajas fuertes que era conocido en Río como Antonio Setta.

“Él habló con la policía. Aclaró en primer lugar que no había tenido alguna participación en el robo y dio una explicación que parecía razonable y que después se la confirmó a la prensa: el mismo día que Brasil ganó por tercera vez el Mundial, en 1970, triunfo que le otorgó el derecho de quedarse con el trofeo, su hermano había muerto de un infarto”, explicó.

Y por ese motivo, según Murillo Miguel, entregó un detalle que reveló una pista inesperada porque tenía “una conexión sentimental” con el trofeo.

London

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El torfeo Jules Rimet había sido robado previamente en 1966, pocos meses antes del Mundial de Inglaterra.

“Nos dijo que a él lo había contactado un tal Antonio Pereira Alves para hacer ese trabajo”.

A partir de ahí fue cuestión de días para dar con los primeros sospechosos. Entre ellos, Juan Hernández, el joyero argentino que vivía en Río de Janeiro y era conocido por su taller de fundición de oro.

El argentino

De acuerdo al registro de los medios brasileños de la época, como O Globo, Hernández era un reconocido joyero que había llegado proveniente del interior de la Argentina en la década del 70.

Las autoridades, presionadas por la indignación popular que había causado la pérdida del preciado trofeo, comenzaron a interrogar a supuestos involucrados y a los pocos días se presentaron las primeras capturas.

Los reportes de la época en diarios locales, como Estadao de Sao Paulo, la policía señaló a José Luiz Vieira, alias “Bigote”, y a Francisco Rocha, alias “Barba”, como los dos hombres que habían entrado a la CBF y se habían llevado el trofeo.

Ellos delataron a Hernández.

FIFA

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El trofeo Jules Rimet fue reemplazado por el trofeo FIFA en 1974.

“En ese momento, Hernández era el vendedor de oro robado más importante de la ciudad. Fuimos entonces y lo capturamos”, reveló Murillo Miguel.

“Lo interrogué por varias horas. Se notaba que era alguien muy astuto, muy hábil para este tipo de procedimientos: fingía que no sabía nada”, recordó el investigador.

Pero entonces las autoridades se jugaron el último recurso: el orgullo patrio.

“Una sonrisa”

Después de varias horas de interrogatorio y al ver que Hernández no confesaba, Murillo Miguel se acercó y le hizo un comentario desde lo más profundo de su corazón herido de hincha:

“Le dije que para los brasileños era una bofetada que un argentino haya convertido la Copa en lingotes de oro”, señaló.

Entonces vi que en su rostro se dibujaba una sonrisa. Ese momento fue la prueba de que lo había hecho“, explicó.

Aunque Hernández fue condenado y sentenciado a prisión en febrero de 1984 por la desaparición del trofeo, siempre negó su relación con el robo.

Y años después surgieron detalles que ponen en duda la veracidad de las acusaciones de las autoridades brasileñas sobre el exjoyero.

Pelé

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Tras la desaparición, la Confederación Brasileña de Fútbol mandó a hacer una réplica que tuvo un costo cercano a los US$300 mil.

Una de esas versiones es que el tiempo que transcurrió entre que se conoció el robo de la copa y el momento en que fue capturado Hernández, fue muy poco para poder fundir un trofeo de 1.8 kilogramos y convertirlo en lingotes.

De hecho, el periodista británico Simon Kuper, que hizo una extensa investigación sobre el trofeo Jules Rimet, fue más allá.

“Es imposible que ese trofeo se haya convertido en lingotes de oro porque sencillamente no era de oro puro, sino de una aleación con otros metales”, escribió Kuper en el diario británico Financial Times.

De Hernández se supo poco más: cuando cumplió su condena viajó a Francia, donde según el diario La Nación de Argentina, terminó de nuevo en la cárcel por un delito relacionado con las drogas.

Pero al preguntarle a Murillo qué opina de que la copa sobrevivió la II Guerra Mundial dentro de una caja de zapatos y el robo en Inglaterra, pero no su custodia dentro de Brasil, entonces es él el que responde con una sonrisa que se puede escuchar desde el otro lado del teléfono.


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Archivo Cuartoscuro

México: la permanente batalla de los yaquis contra el despojo

Las constantes denuncias de represión, asesinatos y desaparición forzada que padecen los yaquis no encuentran eco entre las autoridades mexicanas, las cuales se limitan a registrar los hechos y abrir carpetas de investigación con escasos resultados.
Archivo Cuartoscuro
Por Carmen García Bermejo | Mongabay Latam
8 de agosto, 2021
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Hablar de la tribu yaqui, como ellos se autoidentifican, es abrir un libro que contiene más de 500 años de historia. Si uno revisa entre sus páginas es inevitable toparse con un tema que se ha mantenido como una constante para este pueblo indígena de México: la defensa de su territorio de proyectos de extracción de agua, gas, minerales y maderas preciosas, sumado al asedio del crimen organizado y el despojo de sus tierras.

El territorio de los indígenas yaquis es singular. Tiene costas, valle, una fracción de la Sierra Madre Occidental y toda la Sierra del Bacatete. Sus tierras son fértiles para la agricultura, poseen un bosque con amplia biodiversidad y playas libres de desarrollos inmobiliarios.

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En los últimos 15 años, sin embargo, los yaquis se han visto obligados a librar una batalla contra la construcción del Acueducto Independencia, que aseguran  es responsable del desabastecimiento de agua en sus comunidades; a reclamar sus derechos frente la instalación del Gasoducto Sonora, que señalan pone en peligro a los pueblos indígenas y a vigilar que las concesiones que se otorgan a empresas mineras no afecte su normal acceso al agua.

La resistencia para proteger su territorio ha coincidido con una violencia que, en los últimos meses, ha mostrado su peor rostro: asesinatos, amenazas, encarcelamiento contra líderes indígenas e integrantes de los pueblos y desapariciones forzadas. En las últimas tres semanas, diez yaquis han desaparecido y sus compañeros aún no logran dar con su paradero.

¿Qué está pasando hoy en el territorio Yaqui?

Pueblo en vilo

Los yaquis habitan la región centro-sur del estado de Sonora (noroeste de México) y están organizados en ocho pueblos: Pótam, Huírivis, Tórim, Cócorit, Loma de Bácum, Vícam, Ráhum y Belem que se distribuyen a lo largo de los 500 kilómetros por donde serpentea el Río Yaqui, su principal fuente de vida e identidad.

La población indígena en el territorio es de poco más de 30 mil habitantes. Cada uno de sus ocho pueblos tiene una estructura de gobierno tradicional, guardias comunitarias, sistema de asambleas y un sistema religioso ligado a su cultura.

Sin embargo, desde la conquista española, los yaquis se mantienen en resistencia para proteger sus tierras.

El pasado 14 de julio una nueva tragedia los ensombreció: siete integrantes de la guardia tradicional de Loma de Bácum y tres personas más de la comunidad fueron víctimas de desaparición forzada.

Más al respecto: Comisión de Búsqueda denuncia desaparición de 10 indígenas yaquis en Sonora

Los siete guardias hacían su trabajo de vigilancia por los 49 kilómetros de camino que hay entre Loma de Bácum y el rancho El Coyote. Los demás transitaban hacia el rancho Agua Caliente, a 40 minutos de Bácum, para recoger vacas que llevarían al pueblo donde se preparaba un festejo tradicional. En ambos casos, nadie los volvió a ver.

“El origen de esta violencia es la intromisión de las empresas mineras en nuestro territorio. Sabemos que son las que auspician este tipo de delitos para crear psicosis con el fin de que la población abandone sus lugares de origen”, asevera Guadalupe Flores Maldonado, vocero del pueblo yaqui Loma de Bácum.

En la región indígena hay 25 concesiones otorgadas a empresas mineras de Canadá, Estados Unidos y México que están en operación, de acuerdo con la Cartografía Minera de la Secretaría de Economía del gobierno mexicano.

Abogado y asesor de la guardia tradicional, Flores Maldonado es un hombre de 65 años y comenta que la presión que ejercen las empresas mineras para obtener concesiones coincide con el incremento de la violencia en los pueblos, donde aparecen grupos armados que intimidan a la población cometiendo diversos delitos. Por eso considera que el secuestro de sus compañeros de Lomas de Bácum no es común porque nadie llama pidiendo su rescate.

Un poco de contexto: A tres semanas de su desaparición, no hay respuestas sobre 10 miembros de la comunidad yaqui en Sonora

“La Fiscalía de Sonora no abre una línea de investigación sobre el actuar de las empresas mineras. Le carga todo al crimen organizado, que también nos golpea, pero nosotros queremos que indague esas tácticas usadas por las transnacionales contra la población”, precisa Flores Maldonado.

Por su parte, la Fiscalía de Sonora comenta: “No podemos dar información al respecto para no entorpecer la investigación”. Aunque tampoco confirma si atienden la petición de los indígenas en relación a su percepción sobre las mineras.

Mongabay Latam solicitó entrevistas con la empresa Mexicana del Cobre, filial del Grupo México, y a la Compañía Minera Dolores que operan dentro del territorio yaqui para conocer su opinión sobre los señalamientos de los indígenas. Pero hasta el momento de la publicación del reportaje, no respondieron.

Los yaquis secuestrados el 14 de julio en Bácum son conocidos por su labor de vigilancia y trabajo en el pueblo. Se trata de Benjamín Portela, de 65 años; Artemio Arballo, de 60 años; Martín Hurtado, de 53 años; Gustavo Acosta, de 49 años; Heladio Molina, de 44 años; Braulio Pérez, de 40 años; Leocadio Galaviz, de 38 años; Fabián Sombra, de 34 años; Juan Justino Galaviz, de 28 años, y Fabián Valencia, de 27 años.

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El pasado 14 de junio, los indígenas de este pueblo recibieron una noticia alentadora: el gobierno de México ha propuesto desviar el trazo original por donde corre el Gasoducto Sonora, que ponía en riesgo a la población.

Desde 2014, los habitantes de Loma de Bácum se opusieron a la construcción de esa enorme lengua de cilindros de acero que la empresa IEnova, filial de la transnacional Sempra Energy (Estados Unidos), desplazó sobre 90 kilómetros del territorio yaqui para exportar gas natural.

Durante seis años, denunciaron acciones de represión, el encarcelamiento de dirigentes, como Fidencio Aldama, y amenazas constantes por oponerse al gasoducto. Aunque la empresa logró colocar los cilindros, los indígenas frenaron su operación cuando un juez les otorgó un amparo en 2017.

Ese largo litigio está a punto de llegar a su fin, luego de que el gobierno expresó, el 14 de junio, la intención de desviar la ruta del gasoducto.

Desapariciones

Lo que nunca imaginaron fue que, justo un mes después de ese anuncio, una decena de yaquis serían reportados como desaparecidos.

Familiares de las víctimas denunciaron los hechos ante la Fiscalía. Dos días después, la Comisión de Búsqueda de Personas, que depende de la Secretaría de Gobierno de Sonora, emitió las fichas de identificación de los indígenas, en redes sociales.

El titular de la Comisión de Búsqueda de Personas de Sonora, José Luis González Olivarría, explica que pocas veces ha ocurrido que un grupo amplio de personas sean privadas de la libertad el mismo día.

“La delincuencia organizada está muy activa y pelea territorio para el trasiego de drogas o actividades ilícitas. Pero mantenemos la búsqueda para hallar a las víctimas”, dice el funcionario, quien es criticado por organizaciones no gubernamentales, debido a sus escasos resultados.

Más sobre el tema: Detienen a presunto asesino de Tomás Rojo, líder yaqui en Sonora

Los pueblos yaquis habitan en una superficie de 5500 kilómetros cuadrados que abarca los municipios (provincias) de Guaymas, Cajeme, Empalme, Bácum y San Ignacio Río Muerto, ubicados al centro-sur del estado de Sonora donde la inseguridad y la violencia arrincona a sus habitantes.

A tal grado que Cajeme ocupa el cuarto lugar entre los municipios más violentos de todo México al registrar 200 casos de homicidios dolosos, de enero a mayo de este año, mientras que en Guaymas y Empalme reportan, cada uno, 70 delitos de este tipo.

Son datos recientes que dio a conocer el titular de la Secretaría de Marina, José Rafael Ojeda Durán, el pasado 18 de julio, al presentar la lista de los 50 municipios con mayor incidencia delictiva en México.

En Sonora la violencia no da tregua. Un total de 1227 personas sufrieron desaparición forzada, entre 2018 y 2020. La cifra oficial puede crecer porque no todos los casos se denuncian, por temor a poner en riesgo la vida de las víctimas.

Sobre esto: Comisión de Búsqueda de Sonora reporta desaparición de 9 integrantes de la etnia yaqui

“Entre Hermosillo (capital de Sonora), Guaymas, Empalme y Cajeme ocurre el 70 % de los homicidios. Además de las desapariciones forzadas y el hallazgo de fosas clandestinas”, afirma Manuel Emilio Hoyos, director del Observatorio Sonora por la Seguridad, organización dedicada a medir los índices de violencia en el estado.

Considera que uno de los factores que inciden en el incremento de los delitos es la impunidad: “Ahí es donde la Fiscalía de Sonora nos debe la resolución de los casos: de diez homicidios investigados, solo dos se resuelven”, precisa Hoyos.

El río de la vida

En los últimos meses, los yaquis han sido blanco de ataques. La madrugada del 27 de mayo Tomás Rojo Valencia también desapareció en el municipio de Guaymas, cuando caminaba por el pueblo de Vícam, a 30 kilómetros de Loma de Bácum donde apenas  secuestraron  a los otros diez indígenas.

Ingeniero agrónomo de profesión, Rojo nació en el pueblo de Pótam. Hace tres décadas llegó a Vícam a proponer el uso de nuevas tecnologías para el cultivo. Pero en 2010 le tocó vivir uno de los periodos más intensos: la defensa del agua.

Los pueblos yaquis libraron una ofensiva contra el gobierno de Sonora para evitar la construcción del Acueducto Independencia que desviaría el agua del Río Yaqui (el corazón de los indígenas) hacia Hermosillo, la ciudad más importante  de Sonora.

Une vuelta al pasado: Yaquis: los combatientes de la primera guerra del agua en México

“Amenazas de muerte, intentos de secuestro, fabricación de delitos, encarcelamiento y represión presupuestal, porque el gobierno nos retiró todo tipo de apoyos, fue lo que vivimos de 2010 a 2017”, recuerda Mario Luna Romero, secretario de las autoridades tradicionales de Vícam.

Marchas, bloqueos de carreteras y amparos legales eran parte de la estrategia de los yaquis que los llevó hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación, máximo órgano mexicano que le dio la razón a los indígenas. Todo fue en vano.

Al final, el gobierno de Sonora construyó el acueducto para trasladar 75 millones de metros cúbicos de agua al año, desde la cuenca del Río Yaqui hacia la ciudad de Hermosillo porque, mientras los indígenas actuaban legalmente, el entonces gobernador Guillermo Padrés Elías avanzó con rapidez en la construcción de la obra.

El Acueducto Independencia ha beneficiado, principalmente, según la dirigencia yaqui, a las grandes industrias y empresas agroindustriales presentes en Hermosillo.

“El desgaste físico y económico que vivimos durante la defensa del agua nos impidió mantener la misma dinámica. Algunos seguimos, pero Tomás Rojo tenía tiempo que ya no estaba en la lucha, aunque ocupaba un lugar importante entre nosotros”, reconoce Mario Luna.

Más contexto: Después de cuatro años de conflicto, gobierno dialoga con yaquis sobre gasoducto

Cuando Tomás Rojo desapareció, a finales de mayo, un centenar de organizaciones, artistas, intelectuales y comunidades indígenas nacionales e internacionales demandaron al gobierno mexicano la aparición con vida del líder yaqui.

Durante 22 días, la angustia cubrió el alma de su familia hasta la mañana del 17 de junio, cuando un campesino recolector de leña halló un cuerpo sin vida en una fosa clandestina, ubicada a 12 kilómetros de Vícam, el lugar donde lo vieron por última vez.

Tres días después, la fiscalía de Sonora informó lo que nadie quería escuchar: el cuerpo hallado era de Tomás Rojo Valencia de 54 años, lo confirmaron sus huellas dactilares y el análisis de ADN. Un golpe contuso en la cabeza le arrebató la vida.

Un mes después, la policía detuvo a dos presuntos implicados en el asesinato. Según la versión oficial, el supuesto móvil se debió a que Rojo impulsaba la colocación de una caseta de cuota en Vícam para que lo recaudado fuera en beneficio del pueblo.

Se supone que con esa caseta se evitaría que un grupo del crimen organizado cobrara por su lado a los automóviles y camiones que circulan por la región, haciéndose pasar como yaquis. El caso sigue abierto y los presuntos delincuentes están en prisión preventiva.

Un clima de terror

Durante los últimos tres lustros, en el territorio yaqui se ha desatado una guerra que ha producido huérfanos y viudas, padres y madres en duelo, y la destrucción del tejido social.

Antes del asesinato de Tomás Rojo, la violencia estalló en otros pueblos. Agustín Valdez, de 30 años, fue acribillado el 1 de mayo al asistir a una fiesta en la comunidad indígena Loma de Guamúchil.

Hijo del gobernador tradicional de Loma de Guamúchil, Valdez era uno de los jefes de vigilancia de la Guardia Tradicional y líder del bloqueo intermitente que los indígenas colocan en la Carretera Federal No.15 para pedirles a los vehículos que pasan por la zona apoyo para solventar algunas carencias del pueblo.

La violencia no paró ahí. Un mes después Luis Urbano Domínguez Mendoza fue asesinado a balazos al salir de un banco de Ciudad Obregón, Sonora, el pasado 8 de junio. Originario del pueblo yaqui Cócorit, tenía 35 años. Aunque ya no era activista, formó parte del movimiento en defensa del agua y el territorio Yaqui, desde 2012.

Te contamos aquí: Asesinan a Luis Urbano, yaqui defensor del agua en Sonora

Estos son los casos más visibles donde la violencia tocó a figuras conocidas de los pueblos yaquis. Sin embargo, el clima de terror lo padecen todos los indígenas. Durante los últimos dos años, más de 20 jóvenes de Vícam han sufrido desaparición forzada.

A la fecha, la fiscalía no ha logrado esclarecer el móvil de ninguno de estos casos.

La Oficina en México del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ONU-DH) exhortó al gobierno a realizar acciones de búsqueda para localizar a los pobladores yaquis.

“Urge una investigación exhaustiva porque los liderazgos de estos pueblos están más expuestos a represalias y acciones violentas, debido a su visibilidad por la defensa de sus derechos al territorio y cosmovisión. Su asesinato o desaparición forzada tiene un efecto amedrentador sobre las comunidades”, apunta Guillermo Fernández-Maldonado, titular de ONU-DH en México.

Encuentra el reportaje completo sobre la tribu yaqui en la plataforma de Mongabay Latam.

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