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Cuartoscuro
México, potencia en exportar cerveza, pero su gasto en prevención y tratamiento de alcoholismo es insuficiente
Un informe elaborado por el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas (CEFP) de la Cámara de Diputados revela las disparidades entre lo recaudado y la inversión pública destinada a los costos sociales del consumo de alcohol.
Cuartoscuro
Por Itxaro Arteta
18 de julio, 2018
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México es el mayor exportador mundial de cerveza, al producir 21 % de lo importado, lo que implica que su producción y venta generan cuantiosos recursos en impuestos para el gobierno. Sin embargo, eso no se ha traducido en que los servicios de salud tengan suficiente dinero para prevenir la adicción al alcohol y en atender las principales enfermedades que provoca, como la cirrosis.

Un informe elaborado por el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas (CEFP) de la Cámara de Diputados y publicado este 17 de julio revela las disparidades entre lo recaudado y la inversión pública destinada a los costos sociales del consumo de alcohol: mientras que el gasto en prevención es mínimo, de 4 % de los impuestos obtenidos por ventas, el dinero de lo recaudado se queda corto frente al necesario para atención médica, que es casi el doble.

Para 2018, el Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF) asignó al programa Prevención y Atención contra las Adicciones 1,335 millones de pesos, una cifra que no es ni el 1 % del valor de las ventas de cerveza que hubo en 2017 y apenas representa el 4 % de lo recaudado por el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS).

En cuanto al tratamiento de pacientes con cirrosis hepática –enfermedad que en la mitad de los casos es causada por un consumo excesivo de alcohol– el informe estima que en 2017 se destinaron 63, 734 millones de pesos, un monto 1.8 veces superior a lo obtenido del IEPS a cervezas y otras bebidas alcohólicas en ese mismo año.

El estudio advierte, no obstante, que la solución no está en aumentar más los impuestos, ya que, por un lado, esa medida no ha demostrado inhibir el consumo de alcohol y, por el otro, no es recomendable afectar a una industria próspera.


Tan solo de cerveza, en 2017 el país produjo 11.3 millones de litros, con un valor de 549, 409 millones de pesos, que significan el 4.8 % del valor total de la industria manufacturera de ese año. Desde 2010, México se convirtió en el mayor exportador mundial.

La producción de bebidas, además, genera más de 20 mil empleos directos y 85 mil indirectos (63 % de ellos gracias al ramo cervecero), y entre 2015 y 2017 creó 3 mil trabajos.

“Esto hace de la industria de cerveza y bebidas alcohólicas una de las más importantes en México (…) por ello, se debe ser cuidadoso en buscar estrategias que permitan regular el consumo, pero que a su vez, no desincentiven la producción o afecten su competitividad a nivel mundial”, advierte el centro de estudios.

En 2017, el impuesto especial cobrado por estas bebidas ascendió a 35, 008 millones de pesos, que es el 23 % de lo recaudado por el IEPS No Petrolero, casi a la par de lo que se obtiene de la venta de cigarros.

El IEPS es un impuesto que se suma al pago de IVA e ISR, y que fue creado específicamente para productos que dañan la salud. Un impuesto así es recomendación de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que sugiere que fijar precios e imponer mecanismos tributarios inhibe el consumo, sobre todo en personas menores de 20 años.

Sin embargo, el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas detectó que ese objetivo no se está cumpliendo, porque en las personas de bajos ingresos la demanda de cerveza se ha mantenido igual durante años, y en quienes logran un mejor sueldo el consumo gira hacia bebidas de mayor costo.

“Si bien se ha logrado un avance que permite captar recursos de esta actividad, dicha recaudación no ha sido suficiente para cubrir los costos de salud pública que estos productos generan para las finanzas públicas, y tampoco ha logrado reducir el consumo de cervezas y bebidas alcohólicas que hoy en día afecta a la población en la edad más vulnerable: los adolescentes y jóvenes”, sentencia el informe.

Por todo eso, recomienda a los legisladores que para la prevención del alcoholismo y atención de sus enfermedades se tomen medidas que no se enfoquen nuevamente en aumentar los impuestos. Y retoma otras tres recomendaciones de la OPS: elaborar programas para detectar e intervenir a tiempo en la población de riesgo; hacer cumplir la edad mínima establecida por ley para el consumo de alcohol, mediante sanciones más fuertes y mejores mecanismos de control; y estudiar la opción de que una tasa fija de los impuestos recaudados en la venta de alcohol se destinen a prevención y tratamiento del alcoholismo.

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#YoSoyAnimal
7 emociones que sentíamos los seres humanos y que ya no existen
Cuando pensamos en las emociones, tendemos a pensar que son fijas y compartidas por todo el mundo. Sin embargo, no solo varían de país en país sino que también cambian con los tiempos. Aquí te explicamos algunas que eran muy comunes en el pasado.
21 de abril, 2019
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Solemos pensar que las emociones son fijas y universales.

Sin embargo, estas varían de país en país (piensa por ejemplo en la palabra schadenfreude, que solo existe en alemán y que describe el disfrute ilícito de la mala fortuna ajena) y nuevas emociones aparecen todo el tiempo.

El cambio de los emoticones, que tanto usamos hoy día para expresar nuestros sentimientos, también refleja lo dinámicas que pueden ser las emociones.

BBC Radio 3 conversó con Sarah Chaney, experta del Centro para la Historia de la Emociones, en Reino Unido, sobre las emociones del pasado que pueden ayudarnos a entender cómo nos sentimos hoy.

Estas son algunas de ellas.

1. Acedía

La acedía era una emoción muy específica experimentada por hombres muy específicos en la Edad Media: monjes que vivían en monasterios.

Esta emoción surgía, por lo general, a raíz de una crisis espiritual.

Aquellos que la experimentaban sentían desazón, desgano, apatía y, sobre todo, un poderoso deseo de abandonar la vida santa.

“Es posible que hoy día esto sea catalogado como depresión”, explica Chaney. “Pero la acedía estaba específicamente asociada con una crisis espiritual y con la vida en un monasterio”.

Seguramente esto era una fuente de preocupación para los abades, que se desesperaban por la indolencia que acompañaba a la acedía.

De hecho, con el paso del tiempo, el término “acedía” se fue volviendo intercambiable con el de pereza”, uno de los siete pecados capitales.

2. Frenesí

“Esta es otra emoción medieval”, dice Chaney.

“Es como la ira, pero es más específica que la ira que entendemos hoy. Alguien que experimentaba frenesí se habría sentido muy agitado. Habría tenido ataques violentos de furia, y habría hecho pataletas y mucho ruido”.

Habría sido imposible sentir frenesí y quedarse quieto.

Esta emoción pone de relieve nuestra tendencia actual a pensar en las emociones como algo esencialmente interno, algo que podemos esconder si lo intentamos.

Esto sencillamente no podía aplicarse a la gente que experimentaba frenesí en el Medioevo.

Muchas emociones históricas están tan ligadas a un tiempo y a un lugar que es imposible sentirlas ahora.

3. Melancolía

Melancolía es una palabra que usamos para describir una especie de tristeza calma o un estado contemplativo.

“Pero en el pasado, la melancolía era diferente”, señala Chaney. “A comienzos del período moderno, se pensaba que la melancolía era una aflicción física que se caracterizaba por el temor“.

Hasta el siglo XVI, se creía que la salud se veía afectada por el equilibrio de cuatro fluidos corporales: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra.

La melancolía aparecía cuando la persona tenía mucha bilis negra.

“Uno de los síntomas de la melancolía en ese entonces era el miedo. En algunos casos, la gente tenía terror de moverse porque pensaba que estaba hecha de cristal y se rompería”, cuenta Chaney.

El rey Carlos VI de Francia sufría de melancolía y por ello había hecho coser varas de hierro en su ropa para evitar hacerse añicos de forma accidental.

4. Nostalgia

Esta es otra emoción que quizás creas que ya conoces. “Usamos la palabra ‘nostalgia’ de manera muy frecuente en las conversaciones hoy día, pero cuando empezó a usarse, se refería a algo que se pensaba que era una enfermedad física“, afirma Chaney.

“Era una enfermedad del siglo XVIII de los marineros: algo que les pasaba cuando estaban muy lejos de su casa, y estaba vinculada al anhelo de regresar”.

Un caso severo de nostalgia podía incluso llevar a la muerte.

No se compara realmente con nuestra definición actual de nostalgia, que describe la añoranza por los buenos tiempos.

5. Neurosis de guerra

Muchos habrán escuchado hablar de la neurosis de guerra, una condición que afectaba a los soldados en las trincheras durante la I Guerra Mundial.

Al igual que la melancolía, la nostalgia y muchas otras experiencias emocionales a lo largo de la historia, la neurosis de guerra fue considerada a veces una emoción y otras una enfermedad, por la forma en la que se hablaba de ella y por cómo se trataba.

“La gente que sufría neurosis de guerra tenía extraños espasmos y con frecuencia perdía la capacidad de ver y escuchar, pese a que no tenían ningún problema físico que se lo impidiera”, explica Chaney.

“Al principio de la guerra, se pensaba que estos síntomas se debían a que las explosiones les habían sacudido el cerebro. Pero más tarde, pensaron que todos los síntomas eran provocados por las experiencias que había vivido el paciente y su estado emocional”.

6. Hipocondría

La hipocondría era otra condición médica que para el siglo XIX había adquirido asociaciones puramente emocionales.

“Era básicamente la versión masculina de lo que los médicos victorianos llamaban histeria“, dice Chaney.

“Se creía que causaba cansancio, dolor y problemas digestivos. En los siglos XVII y XVIII, se pensaba que la hipocondría estaba ligada al bazo, pero más tarde se la asoció a los nervios”.

Los victorianos creían que los síntomas eran causados por la hipocondría, o por la preocupación obsesiva por el cuerpo (a pesar de que se notaban los síntomas físicos, era la mente y las emociones las que se creía que estaban enfermas).

7. Demencia moral

El término “demencia moral” fue acuñado por el doctor James Cowles Prichard en 1835.

“Efectivamente, significa ‘locura moral'”, explica Chaney, “porque por mucho tiempo la palabra ‘moral’ significaba ‘psicológica’, ‘emocional’ y también ‘moral’ en el sentido en el que usamos la palabra ahora”.

Los pacientes que Prichard consideraba “dementes moralmente” eran aquellos que actuaban de forma errática o poco usual sin mostrar síntomas de un desorden mental”.

“Él sentía que había un gran número de pacientes que podían funcionar como cualquier otra persona, pero que no podía controlar sus emociones, o cometían crímenes de forma inesperada”.

La cleptomanía, por ejemplo, en mujeres educadas de alta sociedad, podía ser visto como un signo de demencia moral porque eran mujeres que no tenían motivos para robar.

Era un término que servía para describir muchas emociones extremas y se aplicaba con frecuencia a niños difíciles.


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