1968: ¡Somos borregos, beeee!, llevan acarreados al desagravio a la bandera; balazos en el Zócalo
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Armando Lenin Salgado

1968: ¡Somos borregos, beeee!, llevan acarreados al desagravio a la bandera; balazos en el Zócalo

El gobierno federal organizó una “ceremonia de desagravio” a la bandera nacional, que concluyó con represión policiaca contra estudiantes.
Armando Lenin Salgado
Por Viétnika Batres
29 de agosto, 2018
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Nota del editor: Desde el 23 de julio, Animal Político presenta materiales periodísticos para conocer los hechos, nombres y momentos clave del movimiento estudiantil del 68 que se vivió en México.

La cronología se publica en tiempo real, a fin de transmitir la intensidad con que se vivieron esos días y se tenga, así, una mejor comprensión de cómo surgió y fue frenado a un precio muy alto el movimiento político social más importante del siglo XX.

Queda mucho por saber y entender: 50 años después aún no sabemos por qué una riña estudiantil –como muchas que hubo previamente– detonó la brutal represión del gobierno.

Ciudad de México, 28 de agosto de 1968.- El gobierno federal organizó esta mañana una “ceremonia de desagravio” a la bandera nacional, que concluyó con represión en contra de estudiantes que acudieron al Zócalo; fueron desalojados a bayoneta calada de la plaza por tanquetas militares y batallones de soldados.

El acto fue convocado por el Departamento del Distrito Federal (DDF) en respuesta al izamiento de una bandera rojinegra de huelga en el asta de la Plaza de la Constitución.

En cuestión de horas, las autoridades organizaron el “desagravio”. Ordenaron a miles de empleados del gobierno local y federal presentarse a las 10 de la mañana en el Zócalo. El cronista Carlos Monsiváis, que había estado la noche anterior en el lugar, regresó para atestiguar con sorpresa: “Allí está la bandera rojinegra que creí ver arriada la noche anterior”.

Los trabajadores de Limpia y Transporte del DDF integraron “vallas amenazantes”, reportó Monsiváis. Por un costado del Zócalo ingresaron a la plancha grupos “incitados por la espontaneidad del acarreo”. Obligados a acudir al acto de desagravio, venían de la Secretaría de Hacienda y de la Secretaría de Educación Pública.

De pronto, las cosas se salieron del guión preestablecido y los burócratas comenzaron a gritar: “¡Somos borregos! ¡Nos llevan! ¡Bee bee! ¡Somos borregos!”.

“Los encargados de organizar la ceremonia intentaban callar a los burócratas, sus esfuerzos eran en vano. Además, entre los empleados públicos se colaron grupos de estudiantes, mientras el mitin oficial seguía su curso, y eso hizo más difícil que se tuviera control oficial.

Marcelino Perelló, representante en el CNH por la Facultad de Ciencias de la UNAM, contó que, en realidad, los burócratas y trabajadores de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) iban gritando consignas desde que eran transportados rumbo al Zócalo.

“La gente de los camiones, de pasajeros y de redilas, iba gritando: “no vamos, nos llevan; no vamos, nos llevan o somos borregos, somos borregos…” y así hasta llegar al Zócalo. “No llenan el Zócalo, obviamente, pero alguna gente había. Entonces los chavos, la raza, se deja llegar con volantes y la chingada y que les voltean el mitin,  ese mitin en el que tenía que haber hablado (Gustavo) Díaz Ordaz, que se convierte en un mitin de apoyo al movimiento y de condena al gobierno”.

Los oradores censuraban al movimiento estudiantil mientras la bandera nacional era izada. Sin embargo, por dificultades técnicas, se quedó a media asta y los estudiantes exigieron a gritos dejarla así, en señal de duelo por la intervención del Ejército la madrugada de este miércoles.

Finalmente, la bandera nacional fue izada de nuevo por completo y al “trapo rojinegro” se le prendió fuego.

Otro desalojo violento del Ejército

Poco antes, en la parte final del mitin, detalló Gilberto Guevara Niebla, representante de la Facultad de Ciencias de la UNAM en el Consejo Nacional de Huelga, “los mismos trabajadores, los obreros, le tiraban con monedas al orador del PRI, hasta que se retiró. Subieron los líderes estudiantiles, y se transformó aquello en una acto de protesta”.

Cerca de las dos de la tarde, desde los magnavoces se dio por concluida la ceremonia de desagravio y –relató Monsiváis– también se recordó a los asistentes, “con otras palabras, cuánto urge su presencia en otras partes”.

Minutos después de que se empezaron a retirar los asistentes al “desagravio”, 14 tanquetas militares se abalanzaron contra la multitud.

Se abrieron las puertas de Palacio Nacional, de donde salieron varias columnas de soldados con bayoneta calada y atacaron a la gente. Policías y soldados perseguían a los estudiantes por las calles aledañas al Zócalo.

Con menos de 12 horas de diferencia, el Ejército regresó al Zócalo, “pero ahora reprimir a las madres que estaban apoyando al PRI y al gobierno, una de las cosas más paradójicas y sintomáticas”, señaló Guevara Niebla.

No sólo eso: “comenzaron actuar grupos con un guante en la mano izquierda. Eran jóvenes con aspecto militar. Aparecieron francotiradores en los edificios del Centro y empezaron a disparar contra la gente y la policía. El Ejército comenzó a disparar contra ellos y en esos enfrentamientos hubo muertos, por lo menos uno, dos muertos”.

Monsiváis dio cuenta de “descargas de fusilería, ametralladoras, balaceras y batallas en distintas zonas del primer cuadro. Hay muertos incluso entre los burócratas acarreados al acto”.

Desde los edificios de Madero, 20 de Noviembre, Pino Suárez, Corregidora, Seminario, la gente arrojaba botellas, macetas y otros objetos contra los soldados.

En el Zócalo, según constató el cronista, los soldados disparaban a la parte alta de los edificios, muchas balas rebotaban hacia el hotel Majestic. Entre miedo, alaridos y alarmas, los estudiantes se replegaron, otro tiroteo fugaz. “Al fin, a las tres y media de la tarde, el Zócalo queda a la disposición de la calma a como dé lugar”.

En toda la zona se suscitan numerosos choques entre grupos de jóvenes y tropas y policías, y se escuchan disparos procedentes de la esquina de Donceles y Argentina. Durante el resto del día continúan los enfrentamientos y los arrestos.

A las 23 horas, unidades mecanizadas del Ejército son colocadas frente a Palacio Nacional, con órdenes de disparar si algún grupo intenta avanzar sobre ese edificio.

El misterio de la enorme bandera de huelga

De acuerdo con un reporte de agentes de la Secretaría de Gobernación enviados a cubrir la manifestación del día anterior, a la 1:35 de la madrugada del miércoles 28 de agosto en el asta bandera continuaba izada la bandera rojinegra, a pesar de que los mismos informes de la policía política señalaban que una bandera rojinegra fue izada a las 19:20 y posteriormente retirada a las 22:00, para ser sustituida de nuevo por “la enseña patria en la Plaza de la Constitución”.

Lo que se sabe es que cerca de las siete de la noche del 27 de agosto, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, representante de la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo en el Consejo Nacional de Huelga (CNH), discutió con uno de sus compañeros sobre si izar o no una bandera de huelga en el asta del Zócalo. “Yo no quería que se subiera un trapillo de un metro de percal pintado con brocha de rojinegro, que era la bandera que llevaba yo en el camión”. Pero, recordó después, tras unos momentos de tironeo, la bandera fue subida… tan rápido como fue bajada. Sólo era, dijo, “un trapito de percal”.

Horas más tarde, una bandera de huelga ondeaba sobre la plancha del Zócalo. Luis Tomás alegó que la manta fotografiada por los periódicos –y usada como pretexto por el gobierno “para echarnos a toda la burocracia y a toda la gente del pueblo encima”– era demasiado grande. “De ese tamaño no había tiempo para hacer una bandera después del desalojo. Yo creo que esa bandera estaba hecha, que eso estaba manipulado de alguna manera”.

Según el informe policiaco de la madrugada del día siguiente, el lienzo rojo y negro ondeaba frente a Palacio Nacional. Sólo que era “una rojinegra de seda de tamaño enorme y no pintada, sino fabricada con tela de color rojo y negro”.

Un funcionario del Departamento del Distrito Federal dio una clave que podría llevar a entender qué fue lo que ocurrió: desde su oficina –situada en las lindes del Zócalo– alcanzó a ver cómo, tras la retirada de la mayor parte de los manifestantes, “llegó un grupo de los llamados halcones, empleados del Departamento, que bajaron la bandera nacional y levantaron una bandera de huelga que traían”.

La guardia fallida de los estudiantes, implacablemente reprimida, y la provocación montada de la bandera rojinegra, serían aprovechadas por el gobierno federal para tratar de desacreditar al movimiento y restarle apoyo social. Quería mostrar a los estudiantes como una marea descontrolada que, además, profanaba el símbolo nacional.

La bandera de huelga amaneció izada en el asta monumental, sólo que era “una rojinegra de seda de tamaño enorme y no pintada, sino fabricada con tela de color rojo y negro”.

Severa golpiza a Heberto Castillo

Al término de la sesión de los maestros, Heberto Castillo Martínez, uno de los oradores de la noche anterior en el Zócalo, se dirigió en automóvil a su domicilio. Al llegar y tratar de guardarlo en la cochera, dos autos se colocaron en ambos lados del vehículo. De ellos descendieron unos agentes y trataron de abrir las puertas del auto del ingeniero.

“El general Mendiola quiere hablar con usted, vamos en su auto”, le dijeron a Castillo, quien respondió que prefería irse con ellos en la patrulla. Al bajar, trató de escapar. Empezaron a pegarle. Fueron cuatro o cinco agentes, “dos de ellos muy fuertes”, los que le propinaron una severa golpiza.

Los hijos del profesor, a los gritos de su madre, que vio la trifulca, salieron al patio; el mayor, de 13 años, empuñaba una pistola, “por suerte descargada”.

Uno de los agentes logró inmovilizarlo pero, contó el propio Castillo, en el forcejeo consiguió aventarlo con todas sus fuerzas y hacer que su cabeza rebotara contra la pared. Entonces aprovechó la circunstancia.

Aunque sangraba profusamente, corrió. “Me perdí entre las rocas del Pedregal que conducían a la Ciudad Universitaria”. Se ocultó durante horas. Temía que la policía lo detuviera. “Estaba oculto a unos cuantos metros de mi casa, pero los agentes creyeron que me había internado”. Esperó más y finalmente caminó a gatas por todo el Pedregal para que no lo descubrieran y se escabulló por las calles en la madrugada.

Cerca de las cinco de la mañana del jueves 29, Castillo llegó al pie de la barda que divide CU de Copilco. La escaló como pudo y caminó por el campus hasta topar con una guardia de estudiantes que dormitaban en un auto. Lo llevaron a los servicios médicos universitarios. Y ahí se conoció la dimensión del daño físico que había sufrido: “Tenía fisura en el cráneo, herida en el vientre producto, dijo el médico, de alguna patada con puntera metálica; una rodilla me sangraba mucho y tenía los dedos de las manos luxados”.

Solidaridad con estudiantes; apoyo del PRI al gobierno

 Como se vio en la enorme manifestación de este martes 27 –con una asistencia de más de 400 mil personas, según consignaron diversos medios, como El Día–, el respaldo a los estudiantes se extiende a otros sectores de la población.

Ayer mismo, una madre de familia dio un breve discurso durante el mitin en el Zócalo:  “Señor presidente, si usted quiere más sangre, nosotras, las madres mexicanas, estamos dispuestas a seguir pariendo hijos hasta que usted los aprenda a respetar”.

Médicos residentes e internos del Hospital General se declararon en huelga de solidaridad con el movimiento estudiantil, así como la sección 37 del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana. El Sindicato Mexicano de Electricistas expuso la urgente necesidad de que autoridades y “auténticos estudiantes” se sienten a dialogar.

Cinco escuelas de la Universidad de Puebla y la Escuela Vocacional de Enseñanza Especial decretan un paro de 10 días en apoyo al movimiento estudiantil.

Del lado del gobierno, Fidel Velázquez, líder de la CTM –cuya base conforma el sector obrero del PRI–, declaró este mismo miércoles su apoyo al gobierno. “Cualquier medida que tomen las autoridades para reprimir la actual situación estará plenamente justificada y será respaldada por el pueblo y creo que ha llegado la hora de tomarla”.

Igualmente, en un encuentro que se realizaba en Bellas Artes, el dirigente de la Confederación Nacional Campesina (CNC) ––parte del sector campesino del PRI–, Augusto Gómez Villanueva, pronunció un discurso en el que calificó a los participantes en el movimiento estudiantil de traidores a la patria y ofreció el apoyo de los campesinos mexicanos al gobierno de Díaz Ordaz.

Referencias:

Monsiváis, Carlos, Democracia, primera llamada: el movimiento estudiantil de 1968, Conaculta y gobierno del estado de Colima, México, 2010, p. 97. En www.mty.itesm.mx/dhcs/deptos/ri/ri-802/lecturas/nvas.lecs/1968-monsi/mc0292.htm.

Ídem.

Vázquez Mantecón, Álvaro (comp.), Memorial del 68, UNAM, gobierno del Distrito Federal y Ed. Turner, México, 2007, p. 99.

Diego Ortega, Roberto, “1968: El ambiente y los hechos. Una cronología”, Nexos, 1 septiembre 1978. En https://www.nexos.com.mx/?p=3199

Informe preliminar de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp). En https://nsarchive2.gwu.edu//NSAEBB/NSAEBB180/index2.htm

Monsiváis, op. cit., p. 100.

Castillo, Gustavo, “Persecución militar y desalojo del Zócalo”, La Jornada, 27 de agosto de 2008. En www.jornada.com.mx/2008/08/27/index.php?section=politica&article=012n1pol.

Aguayo Quezada, Sergio, 1968. Los archivos de la violencia, Grijalbo y Reforma, México, 1998, p. 144.

Vázquez Mantecón, Álvaro, op. cit., p. 98.

Ídem.

Castillo, Gustavo, op.cit.

Aguayo Quezada, Sergio, op. cit., p. 144.

Castillo, Gustavo, op.cit.

Castillo, Heberto, Si te agarran, te van a matar, Miguel Ángel Porrúa, México, 2012, pp. 83 y 84.

Ídem.

Ramírez, Ramón, El movimiento estudiantil de México, julio-diciembre 1968, Era, México, 1969, p. 262.

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¿Por qué tantos niños mueren en Brasil por COVID-19?

La pandemia no da tregua en Brasil y estudios muestran que las cifras oficiales pueden ser menores respecto a la cantidad de niños fallecidos por el virus. Una madre relata como perdió a su hijo porque no consiguió que la enfermedad fuera detectada a tiempo.
15 de abril, 2021
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Un año después de la declaratoria de la pandemia del coronavirus, las muertes en Brasil se encuentran en su punto máximo.

Sin embargo, a pesar de la abundante evidencia de que la COVID-19 rara vez mata a niños pequeños, en la nación sudamericana han fallecido más de 800 menores por esa enfermedad, según cifras oficiales. Y esas cifras pueden ser mayores, de acuerdo a estudios.

Uno de esos casos tiene que ver el hijo de un año de la profesora Jessika Ricarte, al que un médico se negó a realizar una prueba bajo el argumento de que sus síntomas no se ajustaban al perfil del coronavirus.

Dos meses después, el menor murió por complicaciones asociadas con la enfermedad. Sucedió en Tamboril, una ciudad en el estado de Ceará, en el noreste de Brasil.

La historia

Luego de un par de años de intentos y tratamientos de fertilidad fallidos, Ricarte casi había renunciado a tener una familia hasta que quedó embarazada de Lucas.

“Su nombre proviene de ‘luminoso’. Y fue una luz en nuestra vida. Demostró que la felicidad era mucho más de lo que imaginamos”, cuenta.

El primer cumpleaños de Lucas.

Jessika Ricarte
El primer cumpleaños de Lucas.

Primero sospechó que algo andaba mal cuando Lucas, que siempre tenía buen apetito, dejó de sentir hambre.

Jessika se preguntó entonces si era debido a que le estaban saliendo los dientes.

La madrina de Lucas, una enfermera, sugirió que podría tener dolor de garganta. Pero después de que desarrolló fiebre, luego fatiga y dificultad para respirar, la madre lo llevó al hospital y pidió que le hicieran la prueba de COVID-19.

“El médico puso el oxímetro. Los niveles (de oxígeno) de Lucas eran del 86%. Ahora sé que eso no es normal”, dice Jessika.

Como no tenía fiebre, el médico dijo: “No se preocupe, no hay necesidad de una prueba de COVID-19. Probablemente sea solo un dolor de garganta leve”.

Le afirmó a Jessika que el coronavirus era raro en los niños y solo le dio algunos antibióticos.

A pesar de las sospechas de la madre, no había ninguna opción para que Lucas hiciera una prueba en laboratorios privados en ese momento.

Y Ricarte relata que algunos de sus síntomas se disiparon al final de su tratamiento de antibióticos de 10 días, pero el cansancio permaneció.

Lucas

Jessika Ricarte
Jessika tomaba videos de su hijo y las enviaba a familiares porque estaba preocupada por su condición.

“Le envié varios videos a su madrina, a mis padres, a mi suegra, y todos decían que estaba exagerando, que debía dejar de ver las noticias, que me estaba volviendo paranoica. Pero yo sabía que mi hijo no era el mismo, que no respiraba normalmente”, recuerda.

Inesperado

Era mayo de 2020 y el contagio del coronavirus estaba creciendo. Dos personas ya habían muerto en la ciudad donde vive Ricarte.

“Todos se conocen aquí. La ciudad estaba en shock“, afirma.

Israel, el esposo de Jessika, estaba preocupado de que una visita al hospital pudiera aumentar el riesgo de que ella o el hijo de ambos se infectaran con el virus.

Pasaron las semanas y Lucas se volvió cada vez más somnoliento. Finalmente, el 3 de junio, el pequeño vomitó una y otra vez después de almorzar y Ricarte entendió que tenía que hacer algo.

Regresaron al hospital donde el médico examinó a Lucas para evaluar si se trataba de un contagio de COVID-19.

La madrina de Lucas, que trabajaba allí, le dio la noticia a la pareja de que el resultado de la prueba era positivo.

“En ese momento, el centro de salud ni siquiera tenía un reanimador clínico”, dice Jessika.

El menor fue trasladado a una unidad de cuidados intensivos pediátricos en la ciudad de Sobral, a más de dos horas de distancia, donde le diagnosticaron una afección llamada síndrome inflamatorio multisistémico pediátrico (PIMS, por su sigla en inglés).

Se trata de una respuesta inmune extrema al virus que puede causar inflamación severa de órganos vitales.

Niños

Los expertos dicen que el síndrome, que afecta a los niños hasta seis semanas después de que se infectan con el coronavirus, es un fenómeno raro.

Sin embargo, la reconocida epidemióloga de la Universidad de Sao Paulo Fatima Marinho dice que, durante la pandemia, está viendo más casos de PIMS que nunca antes.

Lucas

Jessika Ricarte

Cuando Lucas fue intubado, a Jessika no se le permitió quedarse en la misma habitación. Llamó a su cuñada para intentar distraerse de la preocupación.

“Podíamos escuchar el sonido de la máquina (de la unidad de cuidados intensivos), el ‘bip’. Hasta que la máquina se detuvo y escuchamos ese pitido constante. Y sabemos que eso sucede cuando la persona muere. Después de unos minutos, la máquina comenzó a funcionar nuevamente y comencé a llorar”, cuenta.

La doctora Manuela Monte, la pediatra que trató a Lucas durante más de un mes en la unidad de cuidados intensivos de Sobral, afirmó que le sorprendió que la condición del niño fuera tan grave porque no tenía ningún factor de riesgo.

La mayoría de los menores afectados por coronavirus tienen enfermedades o trastornos (afecciones existentes como diabetes o problemas cardiovasculares) o sobrepeso, según Lohanna Tavares, infectóloga pediátrica del Hospital Infantil Albert Sabin en Fortaleza, la capital del estado de Ceará.

Pero ese no fue el caso de Lucas.

Durante los 33 días que Lucas estuvo en cuidados intensivos, a Jessika solo se le permitió verlo tres veces.

Lucas's parents, Israel and Jessika

BBC

Lucas necesitaba inmunoglobulina, un medicamento muy caro, para desinflamar su corazón.

Afortunadamente un paciente adulto que había comprado donó una ampolla sobrante al hospital.

Lucas estaba tan enfermo que necesitó recibir una segunda dosis. Desarrolló una erupción en su cuerpo y tenía fiebre persistente. Necesitaba apoyo para respirar.

Luego el niño comenzó a mejorar y los médicos decidieron sacarle el tubo de oxígeno. Hicieron videollamadas a Jessika e Israel para que no se sintiera solo cuando recuperara la conciencia.

“Cuando escuchó nuestras voces se puso a llorar“, relata la madre.

Era la última vez que la pareja vería a su hijo reaccionar. Durante la siguiente videollamada “tenía la mirada paralizada”.

El hospital solicitó una tomografía computarizada y descubrió que Lucas había tenido un derrame cerebral.

Pese a ello, a la pareja se le dijo que Lucas se recuperaría bien con la atención adecuada y que pronto sería trasladado a una sala general.

Cuando Jessika e Israel fueron a visitarlo, el médico estaba tan esperanzado como ellos, cuenta la mujer.

“Esa noche, puse mi celular en silencio. Soñé que Lucas se me acercó y me besó la nariz. Y el sueño fue un gran sentimiento de amor, gratitud y me desperté muy feliz. Luego vi mi celular y vi las 10 llamadas que había hecho el médico”, narra.

Jessika

BBC
Jessika Ricarte

El doctor encargado le dijo a Jessika que la frecuencia cardíaca y los niveles de oxígeno de Lucas habían bajado repentinamente y que había muerto temprano esa mañana.

Ella está segura de que si le hubieran hecho una prueba cuando ella la solicitó, a principios de mayo, habría sobrevivido.

“Es importante que los médicos, incluso si creen que no es coronavirus, hagan el examen para eliminar la posibilidad”, dice.

Indica que “un bebé no dice lo que siente, así que todo depende de las pruebas“.

Un menor en una sala de cuidados intensivos

BBC
Un menor en una sala de cuidados intensivos.

Jessika cree que la demora en el tratamiento adecuado agravó la condición de su hijo.

“Lucas tuvo varias inflamaciones, el 70% del pulmón estaba comprometido, el corazón aumentó en un 40%. Era una situación que podría haberse evitado”, indica.

La doctora Monte está de acuerdo. Ella dice que aunque una situación de PIMS no se puede prevenir, el tratamiento es mucho más exitoso si la condición se diagnostica y se trata temprano.

“Cuanto antes hubiera recibido atención especializada, era mejor. Llegó al hospital ya críticamente enfermo. Creo que podría haber tenido un resultado diferente si lo hubiéramos tratado antes”, señala.

Jessika ahora quiere compartir la historia de Lucas para ayudar a otras personas que pueden prevenir esa clase de síntomas críticos en los menores.

“En el caso de todos los niños que conozco y fueron salvados por alguna advertencia mía, la madre me dice: ‘Vi tus publicaciones, llevé a mi hijo al hospital y ahora está en casa’. Es como si fuera una parte de Lucas“, cuenta.

Los médicos usan teléfonos móviles para que los menores puedan verse con sus familiares.

BBC
Los médicos usan teléfonos móviles para que los menores puedan verse con sus familiares.

El problema

Existe la idea errónea de que los niños corren cero riesgo de un contagio de coronavirus, según Fatima Marinho, quien también es asesora principal de la ONG de salud Vital Strategies.

La investigación de la doctora sostiene que un número sorprendentemente alto de niños y bebés fueron afectados por la enfermedad.

Entre febrero de 2020 y el 15 de marzo de 2021, la COVID-19 mató al menos a 852 niños de Brasil, incluidos 518 bebés menores de un año, según cifras del Ministerio de Salud de ese país.

Pero la experta estima que más del doble de esta cantidad de niños murieron a causa de esa enfermedad dado que, señala, existe un problema grave de bajo registro debido a la falta de pruebas que reduce las cifras.

Marinho revisó el exceso de muertes por síndrome respiratorio agudo durante la pandemia y encontró que hubo al menos 10 veces más muertes que en años anteriores.

Considerando esas estimaciones sostiene que el virus mató a un aproximado de 2.060 niños menores de nueve años, incluidos 1.302 bebés.

¿Qué está pasando?

Los expertos señalan que la gran cantidad de casos de coronavirus en Brasil, el segundo en cantidad de contagios más alto del mundo, elevó la probabilidad de que bebés y niños se vean afectados.

“Por supuesto, cuantos más casos tengamos y, por ende, más hospitalizaciones, mayor será el número de muertes en todos los grupos de edad, incluidos los niños. Pero si se controlara la pandemia, este escenario evidentemente podría minimizarse“, explica Renato. Kfouri, presidente del Departamento Científico de Inmunizaciones de la Sociedad Brasileña de Pediatría.

Dr Cinara Carneiro

BBC
Dra Cinara Carneiro

Una tasa de infección tan alta sobrepasó el sistema de salud de Brasil. En todo el país, el suministro de oxígeno está disminuyendo, hay escasez de medicamentos básicos y en muchas unidades de cuidados intensivos de todo el país simplemente no hay más camas.

El presidente Jair Bolsonaro todavía se opone a los encierros estrictos y se estima que la tasa de infección está siendo impulsada por la variante llamada P.1, considerada más contagiosa y posiblemente surgida en el norte de Brasil.

En marzo murió el doble de personas que en cualquier otro mes de la pandemia y la tendencia al alza continúa.

Otro problema que impulsa las altas tasas de contagios en los niños es la falta de exámenes.

Marinho dice que para los menores es usual que el diagnóstico llegue demasiado tarde, cuando ya están gravemente enfermos.

“Tenemos un grave problema en la detección de casos. No tenemos suficientes pruebas para la población en general, menos aún para los niños. Debido a que hay un retraso en el diagnóstico, hay un retraso en la atención del menor”, explica.

Esto no se debe solo a que exista poca capacidad de prueba, sino también a que es más fácil pasar por alto, o diagnosticar erróneamente, los síntomas de los niños que padecen COVID-19, ya que la enfermedad tiende a presentarse de manera diferente en las personas más jóvenes.

Una salubrista en Brasil

Departamento de Salud de Ceará

“Un niño tiene mucha más diarrea, mucho más dolor abdominal y dolor en el pecho que el visto en un cuadro clásico de COVID-19. Debido a que hay un retraso en el diagnóstico, cuando el menor llega al hospital está en una condición grave y puede complicarse y morir”, señala Marinho.

Problemas sociales

Aunque todo esto también se trata de pobreza y acceso a la atención médica.

Un estudio de 5 mil 857 pacientes con COVID-19 menores de 20 años, realizado por pediatras brasileños dirigido por la Facultad de Medicina de Sao Paulo identificó tanto las enfermedades de base como las vulnerabilidades socioeconómicas como factores de riesgo para el peor resultado en menores.

Marinho está de acuerdo en que este es un factor importante.

“Los más vulnerables son los niños afrodescendientes y los menores de familias muy pobres, ya que tienen más dificultades para acceder al auxilio. Estos son los niños con mayor riesgo de muerte”, indica.

Ella dice que esto se debe a que las condiciones de vivienda hacinadas hacen que sea imposible distanciarse socialmente cuando se infectan, y porque las comunidades más pobres no tienen acceso a una unidad de cuidados intensivos local.

Estos niños también corren riesgo de desnutrición, lo que es “terrible para la respuesta inmunológica”, afirma Marinho.

Cuando se detuvieron las subvenciones en medio de la pandemia, millones volvieron a entrar en graves problemas de subsistencia.

“Pasamos de 7 millones a 21 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza en un año. Así que la gente también pasa hambre. Todo esto tiene un impacto en la mortalidad”, afirma la experta.

Braian Sousa, líder de la investigación de la Universidad de Sao Paulo, dice que su estudio identifica ciertos grupos de riesgo entre los niños a los que se debe dar prioridad para la vacunación. Aunque actualmente, no hay vacunas disponibles para menores de 16 años.


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