Deportados, pero no derrotados: La lucha de un colectivo para ayudar a los mexicanos expulsados por Trump
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Deportados, pero no derrotados: La lucha de un colectivo para ayudar a los mexicanos expulsados por Trump

Un colectivo apoya a migrantes retornados ofreciéndoles desde una llamada telefónica para contactar a sus familiares, hasta asesorías sobre cómo aplicar a los programas gubernamentales para la búsqueda de empleo.
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10 de agosto, 2018
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Todos los martes y jueves de la semana, el colectivo ‘Deportados Unidos en la Lucha’ acude a la puerta ‘N’ del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) para ayudar a reinsertarse en México a miles de personas deportadas de Estados Unidos, que se quedaron sin familia y sin empleo.

La puerta “N” se encuentra en un rincón alejado del AICM. Tan solo en el primer semestre de este 2018, llegaron por allí 8 mil 186 mexicanos deportados de Norteamérica.

Al llegar a la puerta ‘N’, es evidente que la atmósfera es muy distinta al resto del aeropuerto. A diferencia de las escenas de abrazos y alegría que se vive por el arribo de pasajeros internacionales, aquí los deportados salen en silencio. Con la mirada perdida, y cargando sus pertenencias en un costal de plástico muy parecido a los que se usan para transportar azúcar o harina.

Tampoco hay gritos de reencuentro con familiares, parejas, o hijos. Ni globos que digan ‘te amo’, o cartulinas con mensajes de ‘bienvenido a casa’.

En realidad, al otro lado de la puerta solo espera un pequeño grupo de cinco activistas, entre ellos Adán. Un mexicano de 46 años de edad que viste una playera negra que reza ‘Deportado, pero no derrotado’, y que es voluntario de ‘Deportados Unidos en la Lucha’, un colectivo creado en diciembre de 2016 en la Ciudad de México que apoya a migrantes retornados ofreciéndoles desde una llamada telefónica para contactar a sus familiares, hasta asesorías sobre cómo aplicar a los programas gubernamentales para la búsqueda de empleo o, en algunos casos, ofreciendo una cama y un techo durante un par de días en un pequeño albergue ubicado en la colonia Santa María La Ribera, delegación Cuauhtémoc.

Parado frente a la puerta, Adán observa a la gente. La mayoría son jóvenes de entre 18 y 25 años, aunque también hay quienes pasan los 40. Todos traen el gesto hosco, malhumorados. Y todos miran a su alrededor desconfiados.

“Una deportación es algo muy duro de asimilar –reflexiona Adán-. Pero es más humillante cuando vienes en ese avión y ves que Estados Unidos, el país por el que apostaste todo, y donde dejas a tu familia, te expulsa con un costal de harina para tus pertenencias”.

Adán sabe muy bien de lo que habla. Llevaba 16 años en Las Vegas trabajando en un negocio de limusinas, cuando una madrugada de camino al trabajo una patrulla de policía lo detuvo porque no contaba con licencia de conducir, y lo entregó a los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, el ICE por sus siglas en inglés. A partir de ahí todo transcurrió muy rápido: lo encerraron en un centro de detención federal y en solo 25 días ya estaba esposado de pies y manos y arriba de un avión que lo trajo a esta misma fila que ahora observa con ojos pálidos.

A su retorno a México, hace año y medio, Adán cuenta que se encontró un panorama igual de desolador. No había nadie para recibirlo. Nadie que le ofreciera apoyo psicológico, una llamada telefónica, asesoría laboral, o ni la mínima orientación para llegar siquiera a la estación del metro más cercana.

Por ello, junto a la activista Ana Laura López y otros voluntarios del colectivo ‘Deportados Unidos en la Lucha’, tomó la decisión de venir todos los martes y jueves a la puerta ‘N’ para ayudar con lo que puede.

Algunas veces, apoyan con un puñado de trípticos informativos, o con unas palabras de aliento para que sepan que “no están solos”. Y otras, cuando se puede, con una ayuda para comprar un boleto de camión, o cambiando mochilas por los costales, con el objetivo de “dignificar” un proceso tan doloroso como la deportación.

“La gente cuando llega lo primero que te pregunta es dónde pueden comprar una mochila -cuenta por su parte Ana Laura López-. No quieren llegar con sus cosas en un costal de harina porque les da vergüenza. Por eso nosotros les cambiamos los costales por las mochilas”.

“Trump me rompió la vida”

Yair acaba de bajar del avión con ese costal de plástico. Según las estadísticas oficiales de México, él es uno de los 190 mil 296 mexicanos que han sido deportados de Estados Unidos en tan solo el primer semestre de este 2018.

Apenas 23 años, y aunque se defiende hablando la lengua castellana, se nota en su acento que pasó la última década de su vida instalando aparatos de aire acondicionado en Carolina del Norte.

“El ICE nos trata como criminales”, espeta Yair, en sus primeras palabras de vuelta a México. “En el avión te sientes triste y avergonzado -añade-. Te dan este costal y te traen esposado, como si fueras un delincuente”.

Juan, como Adán, cuenta que también fue detenido por la policía debido a una infracción de tránsito y de ahí fue puesto a disposición del ICE. Aunque su caso fue más tardado: pasó cuatro meses dando tumbos por varias estaciones migratorias de Atlanta y Nuevo México, tratando de apelar su caso con el argumento de que no cometió un delito grave. Pero fue en vano.

“Puedes apelar con abogados, pero la verdad es que pierdes el tiempo –dice tajante-. No hay opción de que puedas ganar. Si peleas, tal vez puedas estar medio año, un año, o dos, pero todo ese tiempo estás encerrado en una cárcel y yo no soy un delincuente. Yo emigré a Estados Unidos para trabajar”.

Mientras habla, Juan, que tiene 56 años y las manos agrietadas de colocar ladrillos, no para de negar con la cabeza. Su deportación es por los próximos diez años y teme que nunca pueda regresar al país donde dejó a su esposa y dos hijas. “Estoy devastado –murmura aguantando las lágrimas-. No sé qué voy a hacer. Trump me rompió la vida”.

“Deportado, pero no derrotado”

La activista Ana Laura López también conoce en primera persona la experiencia traumática de la deportación. Tras 16 años de vivir sin documentos en Chicago, Illinois, cuenta que tomó una “decisión radical”: salir de Estados Unidos, pedir perdón legal y tratar de volver a entrar, pero, esta vez, con su situación migratoria en regla.

Sin embargo, las cosas no salieron como ella pensaba. Justo antes de traspasar la puerta del avión, dos agentes del ICE la detuvieron para, con el boleto que ella misma había comprado, deportarla y prohibirle la entrada durante los próximos 20 años.

En México, el reinicio fue duro. Las primeras semanas, incluso, decidió vivir en un hotel para alejarse del mundo.

“Mucha gente aquí pensaba que yo tenía los papeles en Estados Unidos. Y sí, lo reconozco, me daba vergüenza decir que era deportada”, explica.

El primer paso para ella fue encontrar trabajo. Desde Arise Chicago, una organización civil donde adquirió conocimientos como activista defensora de los derechos de los migrantes, le recomendaron que fuera a la Secretaría del Trabajo de la Ciudad de México para tramitar el seguro de desempleo y la inscripción en la bolsa de trabajo.

Lo hace, y a los pocos días, la llaman para que asista a una entrega simbólica del seguro, en un evento al que también asisten muchos mexicanos deportados y retornados.

En ese evento nace la semilla de lo que hoy es el colectivo ‘Deportados Unidos en la Lucha’, que tomó por bandera el mensaje que rezan las playeras que ellos mismos producen en un taller y que venden para recaudar fondos y continuar con la ayuda: “Deportado, pero no derrotado”. Un lema, explica Ana Laura, que tiene mucho que ver con dos de los temas que más trabajan en el colectivo, que son recuperar la autoestima de la persona, por un lado, y el combate contra los estigmas, por otro.

“En Estados Unidos, si trabajas en la construcción, por ejemplo, además de ser un empleo bien remunerado, también goza de un buen estatus social. En cambio, en México, no tienes un buen sueldo, ni tampoco esa condición social. Y esto genera un problema emocional terrible, que es la autoestima baja”, plantea la activista, que sobre este punto señala que formar parte del colectivo también sirve a muchos migrantes como terapia grupal.

Y el tema de la autoestima, añade, va ligado a otros problemas.

“Conseguir empleo es otro gran problema. Porque muchos de los migrantes deportados tienen por arriba de los 35 años, y eso en México es un obstáculo mucho más grande que en Estados Unidos. Además, muchos vienen de la construcción, la jardinería, la reparación de aparatos de aire acondicionado, o el lavado de coches. Empleos que allá son comunes y están bien pagados, pero en México no tanto”, plantea.

Por ello, ‘Deportados Unidos en la Lucha’ también ofrece una labor de acompañamiento. Por ejemplo, les indican qué documentación exacta necesitan para inscribirse en la Secretaría del Trabajo capitalina y poder acceder al subsidio de desempleo e inscribirse en la bolsa de trabajo. O, en el caso de que no tengan acta de nacimiento, o credencial de elector, también los acompañan de manera voluntaria a realizar esos trámites.

“Nos enfocamos mucho en ayudarles a encontrar un empleo. No son grandes chambas, pero por algo hay que reiniciar”, sonríe la activista, quien también recalca que, a pesar de que sí existen programas de gobierno para apoyar a los migrantes mexicanos, las políticas públicas actuales no son suficientes.

“Por ejemplo –apunta-, en la Ciudad de México no hay ni un solo albergue especializado en atender personas deportadas. Es una de las cosas que hemos estado manifestando, pero solo nos hemos encontrado con puras promesas”.

En cuanto al combate a los estigmas, Ana Laura cuenta que otra de las actividades del colectivo es vender bolsas con dulces por las calles de la ciudad, donde le cuentan a la gente cómo es la vida de un migrante.

En esa experiencia, se han encontrado de todo. Por un lado, dice la activista, hay personas “que se sorprenden” al saber que los migrantes fueron separados de sus familias, con la prohibición de poder regresar a Estados Unidos. Y por otro, hay quienes les reclaman haber emigrado de México.

“Por desgracia, con los migrantes no hay tanta solidaridad, porque aún existe el estigma de ‘para qué se van’, o el de ‘por algo los habrán deportado’”, lamenta Ana Laura, que concluye: “todavía muchas personas no entienden que empezamos de cero. Que un día te detienen, te deportan, y que llegas a México con un maldito costal y ya no tienes nada de lo que era tu vida”.

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Rescatan en México a niños de un campamento perteneciente a Lev Tahor, grupo judío ortodoxo

El grupo de Lev Tahor se extiende actualmente por Israel, EU, Macedonia del Norte, Marruecos, México y Guatemala.
29 de septiembre, 2022
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La policía de México sacó a un grupo de niños y adolescentes de un campamento en la jungla, perteneciente a un grupo judío ultraortodoxo en el país, según pudo saber la BBC.

Los agentes arrestaron a dos miembros de Lev Tahor sospechosos de estar involucrados en tráfico de personas y cometer ofensas sexuales graves, incluyendo violación, informó el Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel.

Uno de los menores rescatado del campamento, de 3 años de edad, fue puesto en un vuelo con destino a Israel.

El grupo Lev Tahor (Corazón Puro en hebreo) se conoce por sus prácticas extremas y por imponer un régimen estricto a sus miembros.

Aboga por los matrimonios infantiles, impone castigos severos a las transgresiones más pequeñas y les pide a las mujeres y a las niñas desde los 3 años de edad que se cubran completamente con túnicas.

Los lineamientos le han ganado el apodo del Talibán judío, debido a las similitudes que su código de vestimenta tiene con el que impone el grupo islamista sunita que controla Afganistán.

El operativo

La policía entró en el campamento, situado unos 17 kilómetros al norte de la ciudad de Tapachula, en el estado de Chiapas, en la mañana del pasado viernes.

Un niño saca su mano por debajo de una cerca a manera de protesta.

Reuters
Se vio a varios miembros de la secta Lev Tahor protestando en las instalaciones donde los mantienen, en el estado de Chiapas.

Un juez federal dio la orden de arrestar a varios líderes del grupo de los cuales se sospecha la participación en abuso a menores, después de una investigación llevada a cabo por la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada.

Una fuente israelí con conexiones al operativo de rescate dijo que los niños y niñas fueron separados rápidamente del resto del grupo, ante el temor de que otros miembros los pusieran en riesgo al intentar impedir el rescate.

Se encontró a 26 miembros del grupo en el campamento, dentro de los cuales había israelíes con ciudadanía doble de países que incluían Canadá, EE.UU. y Guatemala, explicó el Ministerio de Relaciones Exteriores israelí.

Agregó que en el operativo se arrestó a un ciudadano canadiense y un ciudadano israelí. Otros dos miembros requeridos por la justicia se encuentran a la fuga después de abandonar el campamento dos días antes dela acción policial.

Otros cinco fueron detenidos por presunta violación de las leyes migratorias.

El resto de los miembros de la secta se encuentran en instalaciones de la Secretaría de Bienestar de México, a la espera de la decisión que se tome con ellos, dijo la Cancillería israelí.

El menor de 3 años era el hijo de un israelí, Yisrael Amir, quien abandonó el grupo anteriormente. Amir voló con su hijo a Israel este lunes.

“Culto peligroso”

Niñas de la secta

Raffi Berg
Hay niños de hasta 3 años en la secta Lev Tahor.

La policía de México trabajó en conjunto con un grupo de cuatro voluntarios de Israel, incluyendo exagentes del Mossad, para llevar a cabo la operación.

La unidad élite de policía que llevó a cabo la redada “de manera muy cuidadosa y sin acudir a métodos violentos” incluía agentes masculinos y femeninos por el gran número de mujeres y niños en la secta, dijo la fuente israelí.

“Las autoridades mexicanas cumplieron con su labor de la mejor manera posible”, añadió.

La operación echó a andar aproximadamente hace dos años, cuando Amir y otros familiares de miembros de la secta le pidieron ayuda a los exagentes del Mossad.

El equipo viajó entre Israel y Guatemala, donde la agrupación religiosa se instaló en 2014, y llevó a cabo operaciones de seguimiento en colaboración con autoridades locales, agencias de seguridad y un investigador privado guatemalteco.

En enero, unos 40 o 50 miembros de la secta cruzaron la frontera de forma ilegal hacia México, donde se les siguió hasta una zona selvática en el norte de Tapachula.

El grupo en Guatemala

El liderazgo del grupo en Guatemala está en el centro de la investigación de un caso de secuestro desde 2018, cuando dos menores que fueron llevados a Nueva York por su madre luego de escapar de la comunidad fueron raptados nuevamente.

Fueron rescatados tres semanas después en México.

Nueve miembros de la secta fueron acusados por este caso:

  • Cuatro -incluido el hijo del fundador de la secta y actual líder, Nachman Helbrans- están en prisión.
  • Uno fue condenado, pero quedó en libertad por sentencia cumplida.
  • Se espera que otro sea sentenciado en noviembre.
  • Otros dos están a la espera de juicio y uno está bajo custodia en Guatemala.

El rabino Shlomo Helbrans formó Lev Tahor en Israel en 1988 y luego se mudó a EE.UU.

Estuvo preso dos años después de ser sentenciado por secuestro en 1994. Se ahogó en México en 2017.

El grupo cuenta con unos 350 miembros y ha sido obligado a mudarse de país en país en los últimos años después de estar bajo escrutinio de las autoridades locales.

Actualmente se extiende por Israel, EE.UU., Macedonia del Norte, Marruecos, México y Guatemala. Por lo menos 70 u 80 de sus miembros permanecen en el país centroamericano.

Mientras algunos describen a Lev Tahor como ultraortodoxo, el grupo sigue sus propias reglas y ha sido considerado un “culto peligroso” por una corte israelí.

Sus líderes niegan haber violado leyes locales y dicen que son perseguidos por sus convicciones.


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