¿Por qué en el país con la natalidad más baja del mundo las mujeres no quieren tener hijos?
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¿Por qué en el país con la natalidad más baja del mundo las mujeres no quieren tener hijos?

En este país asiático son cada vez más las mujeres que creen que carrera o familia son dos opciones mutuamente excluyentes.
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Por Simon Maybin
18 de agosto, 2018
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Un número cada vez mayor de mujeres en Corea del Sur elige no casarse, no tener hijos e incluso no tener relaciones sentimentales con hombres. Con el índice de fertilidad más bajo del mundo, la población del país comenzará a declinar, a menos que algo cambie.

“No tengo planes de tener hijos, nunca”, me dice la joven de 24 años Jang Yun-hwa, cuando conversamos en un café de moda en pleno centro de Seúl.

“No quiero sentir el dolor físico del parto. Y perjudicaría mi carrera”.

Al igual que muchos otros adultos jóvenes en el extremadamente competitivo mercado laboral surcoreano, Yun-hwa, caricaturista en internet, trabajó muy duro para llegar a la posición en que está, y no quiere ahora tirar a la basura todo el esfuerzo invertido.

“Más que ser parte de una familia, me gustaría ser independiente, vivir sola y alcanzar mis sueños“, dice.

Yun-hwa no es la única mujer coreana joven que creen que carrera o familia son dos opciones mutuamente excluyentes.

Leyes que no se ponen en práctica

Corea del Sur tiene leyes diseñadas para evitar que se discrimine a las mujeres por quedar embarazadas o por sencillamente tener una edad en la que esto es una posibilidad, pero, en la práctica, dicen los sindicatos, no se implementan.

La historia de Choi Moon-jeong, una mujer que vive en los suburbios de Seúl, es una poderosa ilustración de este problema.

Choi Moon-jeong

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Choi Moon-jeong se sintió tan hostigada por su jefe cuando le dijo que estaba embarazada que casi pierde a su bebé.

Cuando le dijo a su jefe que iba a tener un hijo, se sorprendió con su reacción.

“Mi jefe me dijo: ‘Cuando tengas un hijo, tu hijo será tu prioridad y la empresa pasará a un segundo plano, ¿podrás trabajar entonces?”, cuenta.

“Y él seguía repitiéndome la misma pregunta”.

En ese momento, Moon-jeong trabajaba como contadora especialista en impuestos. Cuando llegó la época del año con más trabajo, su jefe le dio aún más cosas para hacer, y cuando ella se quejó, le dijo que le faltaba dedicación.

Eventualmente, la tensión alcanzó un límite.

“Me empezó a gritar, yo estaba sentada en mi silla y, con todo el estrés, empecé a sufrir convulsiones y no podía abrir los ojos”, recuerda.

“Mi colega llamó a un paramédico y me llevaron al hospital”.

Allí le dijeron que el estrés le estaba provocando síntomas de un aborto espontáneo.

Jang Yun-hwa

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Jang Yun-hwa y muchas mujeres de su generación no quieren perder su lugar en el mundo laboral por tener hijos.

Cuando la mujer regresó a la oficina después de una semana en el hospital, ya a salvo, sintió que su jefe estaba haciendo todo lo posible para que se fuera del trabajo.

Según Moon-jeong, este tipo de experiencia es común para muchas mujeres en el país.

“Creo que hay muchos casos en los que las mujeres se preocupan cuando quedan embarazadas y tienen que pensar con mucho cuidado antes de dar la noticia”, dice.

“Mucha gente que conozco no tiene hijos y no planea tenerlos”.

Roles

A la cultura de trabajar duro, muchas horas y mucha dedicación se le atribuye la increíble transformación que vivió Corea del Sur en los últimos 50 años, en los que pasó de ser un país en desarrollo a una de las más grandes economías del mundo.

Pero Yun-hwa dice que el rol que jugaron las mujeres en esta transformación es, con frecuencia, pasado por alto.

“El éxito económico de Corea también dependió mucho de los bajos salarios que se le pagaron a los operarios de las fábricas, que eran mayormente mujeres”, dice.

Mujeres mayores en Corea del Sur.

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A las mujeres de otras generaciones les preocupa el bajo índice de natalidad en Corea del Sur.

“Y también del cuidado que las mujeres le brindaban a su familia para que los hombres pudiesen salir a trabajar y concentrarse únicamente en el trabajo”.

Ahora las mujeres están haciendo cada vez más trabajos que antes hacían los hombres.

Pero a pesar de estos rápidos cambios sociales y económicos, las actitudes hacia las diferencias de género están cambiando muy lentamente.

“En este país, se espera que las mujeres sean las animadoras de los hombres”, señala Yun-hwa.

Más que eso, dice, hay una tendencia entre las mujeres casadas de asumir el rol de cuidadora-proveedora de las familias de las que pasan a formar parte.

“Hay muchas instancias en las que incluso aunque la mujer tenga trabajo, cuando se casa y tiene hijos, su crianza depende completamente de ella”, explica. “Y también se le pide que se ocupe de sus suegros si es que están enfermos”.

El hombre surcoreano promedio pasa 45 minutos al día en trabajo no remunerado como el cuidado de los niños, según cifras de la OCDE, mientras que las mujeres el quíntuple.

“Mi personalidad no es la adecuada para ese rol de apoyo”, dice Yun-hwa. “Estoy ocupada con mi propia vida”.

Ni marido ni novio

No es solo que no le interese el matrimonio: Yun-hwa tampoco quiere tener novios.

Una de sus razones es que no quiere correr el riesgo de convertirse en una víctima del porno de la venganza, que según ella es un gran tema en Corea.

Pero también le preocupa la violencia doméstica.

Jang Yun-hwa

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Otro factor que les preocupa a muchas mujeres y por eso no quieren formar pareja es la venganza del porno y la violencia doméstica.

El Instituto Coreano de Criminología publicó los resultados de una encuesta realizada el año pasado en la que el 80% de los hombres consultados admitieron haber sido abusivos con sus parejas.

Cuando le pregunté a Yun-hwa sobre la visión de los hombres respecto a las mujeres surcoreanas, ella me responde con una palabra: esclavas.

Es obvio entonces cómo esto influye en la natalidad en el país. El índice de matrimonios en Corea del Sur está en su punto más bajo desde que empezaron a llevarse registros (5,5 cada 1.000 personas, comparado con 9,2 en 1970), y nacen muy pocos niños fuera del matrimonio.

Solo Singapur, Hong Kong y Moldavia tienen un índice de fertilidad tan bajo como Corea del Sur.

Costo económico

Otro factor que influye en que las mujeres no quieran formar una familia es el costo. Mientras que la educación estatal es gratuita, la naturaleza competitiva de la escuela hace que los padres paguen por maestros particulares para que sus hijos tengan un nivel educativo elevado.

Todos estos ingredientes combinados contribuyen a un nuevo fenómeno social en Corea del Sur: la llamada Generación Sampo. “Sampo” significa dejar tres cosas: relaciones sentimentales, casamiento e hijos.

Yun-hwa dice que no ha dejado estas tres cosas, si no que ha elegido no optar por ellas. No dice si intentará mantenerse célibe o si buscará relaciones con mujeres.

Si hablas con surcoreanos de generaciones anteriores sobre la fertilidad, su actitud es muy distinta. Consideran a gente como Yun-hwa muy individualista y egoísta.

Una mujer de unos 60 años con la que conversé me cuenta que tienen tres hijas que rondan los 40 años. Ninguna quiere tener niños, me dice.

“Debería haber un sentido de deber para con el país”, dice otra. “Estamos muy preocupados por el bajo índice de fertilidad”.

Yun-hwa y sus contemporáneas, hijas de un mundo globalizado, no están convencidas.

Cuando les digo que si ella y las mujeres de su generación no tienen hijos, la cultura de su país se morirá, me dice que es hora de que la cultura dominada por los hombres también desaparezca.

“Debe morir”, me dice enfática, en inglés. “Debe morir”.


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Con toma del INPI por indígenas otomíes, suman 3 edificios federales ocupados

En los tres casos, las autoridades han asegurado que están abiertas al diálogo, mientras los inconformes acusan falta de compromiso real para atender sus demandas.
21 de octubre, 2020
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Tres edificios de instituciones nacionales  han sido tomados en los últimos meses por personas inconformes con la actuación de los organismos en los temas que les corresponden. La Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), desde el 17 de febrero; la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), desde el 4 de septiembre; y el Instituto Nacional de Pueblos Indígenas (INPI), desde el pasado 12 de octubre.

En los tres casos, las autoridades han publicado comunicados asegurando que están abiertas al diálogo. Y también en los tres casos, los inconformes se han quejado de que esos comunicados solo aparecen en internet, pero los titulares de las dependencias no se paran ahí a escucharlos ni demuestran un compromiso real para atender sus demandas. Por lo que no han anunciado que tengan intenciones de moverse.

La toma más reciente ocurrió el pasado 12 de octubre, en el aniversario de la llegada de Cristóbal Colón a América.

“Es el momento de alzar la voz y de no quedarnos callados. 528 años nos han oprimido, nos han despojado, como para dejarnos otros 528 años más”, dice Maricela Mejía junto a otras cuatro mujeres otomíes que toman el rol de voceras en el primer piso de las instalaciones vacías del INPI.

Son más de 100 personas —incluyendo alrededor de 30 niñas y niños— que se presentan como indígenas originarias de Santiago Mexquititlán, del municipio de Amealco, Querétaro, pero residentes en la Ciudad de México desde hace más de 20 años.

Y durante 20 años su reclamo ha sido tener acceso a una vivienda digna. Han vivido hacinados, sin servicios básicos y entre escombros en cuatro predios abandonados de la Ciudad, ubicados en la calle de Zacatecas 74 y Guanajuato 200, en la Colonia Roma; Avenida Zaragoza 1434, por Pantitlán; y Roma 18, en la Juárez. Este último fue abandonado desde el terremoto de 1985, pero el de 2017 lo volvió inhabitable y los expulsó a montar un campamento en plena calle, que el año pasado fue desalojado sin que se cumpliera la eterna promesa de regularizar su situación.

Por ello, explican ahora entre los pasillos del INPI, después de seis meses de estar más expuestos que el resto de la población a la pandemia de COVID-19, sin agua ni servicios básicos para mantener la higiene, sin poder tampoco vender sus artesanías para mantenerse, mientras los edificios de oficinas siguen semivacíos, decidieron venir a instalarse aquí, en la sede de este organismo que, dicen, no los representa en este gobierno como no los ha representado en los anteriores, pero que ahora sí será de verdad su casa.

No han ocupado los seis pisos ni han querido exhibir lo que han encontrado, pero hablan de quesos, botellas de tequila y muchas artesanías y fotos de indígenas que son solo de adorno. Se están quedando únicamente en el primer piso y la planta baja, que ya lucen tapizados de carteles del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), con quien dicen que llevan cuatro años “caminando juntos” para ver si organizados logran ser escuchados.

Por eso, la expropiación de los predios en los que han vivido por décadas no es su única demanda. Por eso no se enfocaron ya en acudir a las autoridades de la Ciudad de México, que cada cambio de gobierno les han prometido que sí van a solucionar la situación y los han hecho llevar nuevamente documentos, quejas, pruebas, sin que después pase nada.

Por eso ahora han venido directamente a una institución federal, y suman a sus demandas que por fin se cumplan, a casi un cuarto de siglo de firmados en Chiapas, los Acuerdos de San Andrés, para reconocer la autonomía y derechos de los pueblos originarios. Que se hagan consultas indígenas reales para los megaproyectos del actual gobierno, contra los que se oponen: el Tren Maya, en el sureste; el Proyecto Integral Morelos, que incluye una termoeléctrica; y los proyectos de infraestructura logística en el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec.

Cuestionadas sobre si hay mejoría o no con este gobierno, que inició reivindicando los pueblos indígenas en una ceremonia de entrega de bastón de mando, contestan que ahora están peor.

“Peña era un ladrón y hubo la desaparición de estudiantes, de Ayotzinapa, lo sabemos y lo señalamos. Pero realmente cuando entra López Obrador, que se declaró de izquierda, yo digo que no es mi presidente, no voté por él, recibió el bastón de mando no por mi comunidad, no fue por mi pueblo, porque cuando Morena entra, ni al año que entran mandan a reprimir a Roma 18. Entonces ahí vimos la imposición del gobierno. Nosotros ya vimos cómo era eso de la cuarta transformación, eso de que primero los pobres, sí: los primeros golpeados, primeros en los saqueos”, lamenta Mejía.

Autoridades ofrecen diálogo, pero no se presentan

El INPI publicó el jueves, a cuatro días de la toma, un comunicado diciendo que se ofrecía a los inconformes una reunión personal con el titular del Instituto, Adelfo Regino Montes. Pero los otomíes dicen que ni el lunes que entraron al edificio ni el resto de días se ha presentado a tratar de hablar con ellos.

Comunicación Social informó que se está planteando una mesa de trabajo a través de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México.

Este miércoles el organismo publicó otro comunicado sobre una reunión de Montes con otra organización de 45 grupos distintos de indígenas, en el que presumió el respaldo que le dieron y que incluso esos grupos hicieron un llamado a los otros, los que están en el edificio tomado, para que haya diálogo.

En un estancamiento similar está la toma de la CNDH, que lleva ya mes y medio. El 15 de octubre fue el último comunicado del tema publicado por la dependencia, que se ofrece “abierta al diálogo para la construcción de acuerdos” con el Frente Nacional Ni Una Menos, el colectivo encabezado por Yesenia Zamudio que abandonó las instalaciones luego de un par de semanas, y con el Bloque Negro, que es quien continúa al interior.

“Para la Comisión Nacional resulta muy preocupante los riesgos en los que se pueden encontrar las personas en el inmueble por sus condiciones peculiares y sin la regulación correspondiente, considerando la presencia de niñas, niños y adolescentes”, señaló, sin especificar si se han cumplido las demandas que las chicas plantearon en un pliego petitorio, entre los que estaba la instalación de regaderas y la garantía de un espacio de refugio de madres de víctimas de feminicidio.

Actualmente, dentro del inmueble y en la calle, que permanece cerrada al tránsito vehicular, hay actividades culturales los fines de semana, trueque de productos, y por internet se están vendiendo copias impresas del cuadro de Francisco I. Madero que fue intervenido por la hija de Érika Hernández, una menor abusada sexualmente cuyo agresor está libre.

Mientras tanto, la titular del organismo, Rosario Piedra Ibarra, que despachaba ahí, utiliza otras sedes de la Comisión o un módulo móvil instalado en la Alameda, según informó Comunicación Social.

La toma que podría estar más cerca de resolverse es la del vestíbulo de la CEAV, que lleva más de ocho meses. Ahí los empleados han podido seguir entrando y saliendo a los pisos superiores, y las víctimas se quejaron de que incluso rodeaban la cuadra cuando tenían que ir a otro edificio vecino, con tal de no darles la cara.

La clave ahí fue una recomendación que emitió a su favor la CNDH el pasado 14 de septiembre en la que les dio la razón respecto a que sufrieron malos tratos al iniciar la ocupación, y pidió al organismo que reconozca el carácter de víctimas federales de quienes todavía no están en el Registro Nacional de Víctimas, para poder recibir atención de esa institución.

Fuentes de la CEAV comentaron que ya hay reuniones para el cumplimiento de los puntos, se dará el registro adecuado a las personas que no lo tenían, y se negocia una compensación con cada víctima.

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