1968: Desborda el Zócalo festiva marcha de 400 mil personas; con tanquetas, soldados desalojan después

La marcha convocada por el Consejo Nacional de Huelga (CNH) marcó el primer mes de existencia del movimiento y concluyó alrededor de las 10 de la noche con una escena insólita y surreal.

1968: Desborda el Zócalo festiva marcha de 400 mil personas; con tanquetas, soldados desalojan después
Especial

Nota del editor: Desde el 23 de julio, Animal Político presenta materiales periodísticos para conocer los hechos, nombres y momentos clave del movimiento estudiantil del 68 que se vivió en México.

La cronología se publica en tiempo real, a fin de transmitir la intensidad con que se vivieron esos días y se tenga, así, una mejor comprensión de cómo surgió y fue frenado a un precio muy alto el movimiento político social más importante del siglo XX.

Queda mucho por saber y entender: 50 años después aún no sabemos por qué una riña estudiantil –como muchas que hubo previamente– detonó la brutal represión del gobierno.

Ciudad de México, 27 de agosto.- Alegres, ruidosos, exultantes, llegaron de todas partes y desbordaron cualquier cálculo previo. Cientos de miles de estudiantes, profesores y padres de familia marcharon durante horas por las calles de la capital y abarrotaron el Zócalo, donde se realizó un mitin con las luces de la Catedral encendidas y las campanas al vuelo.

La marcha convocada por el Consejo Nacional de Huelga (CNH) marcó el primer mes de existencia del movimiento, y concluyó alrededor de las 10 de la noche con una escena insólita y surreal en México: decenas de miles de antorchas encendidas, hechas con cartulinas y periódicos, como fugaces luciérnagas de papel, y miles de voces entonando el Himno Nacional.

Se calcula que al menos 400 mil personas participaron en la manifestación.

Tres horas después, el Ejército desalojó con tanquetas, batallones de paracaidistas y soldados con bayoneta calada a entre 3 y 5 mil estudiantes que habían decidido montar guardia y acampar en la plancha del Zócalo hasta el 1 de septiembre, día en que el presidente Gustavo Díaz Ordaz dará su IV Informe de Gobierno, para ejercer presión y forzar el diálogo público que han exigido a las autoridades.[1]

Desde el mediodía los periódicos de la tarde anunciaban la realización de la marcha y, aunque estaba prevista para que partiera del Museo Nacional de Antropología a las cinco de la tarde, la expectación había cubierto a la ciudad desde antes. Paseo de la Reforma, Avenida Juárez, Cinco de Mayo lucían vacías. “En todas se había suspendido el tráfico desde muy temprano y la gente circulaba a media calle como si hubiera fiesta. En el mismo Zócalo ya había mucha gente esperando”. [2]

Poco antes de las cinco de la tarde, un helicóptero hacía sobrevuelos por la zona del Museo Nacional de Antropología y el Bosque de Chapultepec. De hecho, el gobierno se adelantó a la protesta e hizo un despliegue militar unas horas antes.

A las 15:40, por ejemplo, “los tanques ligeros del Ejército que en número de 12 cruzaron Reforma y el Museo de Antropología (sic), van en dirección al centro de la ciudad, por Reforma (…); la embajada de Estados Unidos está custodiada por miembros del Ejército, granaderos y bomberos”, reportó el agente de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales (DGIPS), de la Secretaría de Gobernación encargado de cubrir la marcha.[3]

Una hora antes de la cita, una gigantesca marea humana se movía frente al edificio del Museo Nacional de Antropología y la congregación llegó a ser tan grande que la caminata tuvo que iniciarse antes de la hora oficial.[4]

En cuanto comenzó la marcha, la gente que esperaba el paso de los estudiantes empezó a sumarse a la columna. Encabezada por la Coalición de Padres de Familia y Maestros, los contingentes competían por ver cuál era el más nutrido.

Avanzaban las escuelas del Politécnico, las vocacionales, las preparatorias, la Escuela de Agricultura de Chapingo, la Normal de Maestros, la Escuela de Arte Dramático del INBA, el Colegio de México, las prepas, facultades y escuelas de la UNAM. Los acompañaron obreros, colonos, pequeños comerciantes o comerciantes ambulantes y hasta grupos campesinos.

En esta ocasión, a diferencia de la marcha del 13 de agosto pasado, no hubo banderas comunistas, con la hoz y el martillo, ni imágenes de conocidos líderes revolucionarios como Erensto Che Guevara o Ho Chi Min. Hoy, acatando la decisión del CNH, se reivindicaron imágenes de héroes nacionales, como Emiliano Zapata y José María Morelos.[5]

La preocupación ostensible era evitar la infiltración de provocadores, y de allí el número elevado de vallas de protección. Entre las consignas más oídas, destacaron dos: “¡Únete, pueblo!” y “Muera Cueto!”.[6] Hubo muchas más, por supuesto.

Varios contingentes, entre ellos el de la Facultad de Filosofía y Letras (FFL) de la UNAM, iban envueltos en banderas rojas. El Paseo de la Reforma estaba cubierto a todo lo ancho por autos y camiones, encima de los cuales la gente gritaba y aplaudía. El paso junto al Ángel de la Independencia era impresionante. “Se veía gente encimada desde la orilla del prado hasta las partes más altas de la base de la columna. A donde volteara uno veía un mar de cabezas, manos que aplaudían y gente que se apresuraba a integrarse a los contingentes”,[7] declaró después Luis González de Alba, representante de la FFL de la UNAM ante el Consejo Nacional de Huelga.

La manifestación mostró un “ánimo victorioso y algarabía”. El escritor Carlos Monsiváis, quien forma parte del colectivo de artistas e intelectuales en apoyo al movimiento estudiantil, la definió así: “Aguerrida, regocijada y regocijante, triunfalista en el sentido más generoso del término”.[8]

A la vanguardia de la columna se hallaba una camioneta de sonido de la UNAM. Atrás, las madres de los estudiantes heridos llevaban una manta con el siguiente texto: “Madres de los estudiantes heridos, libertad a los presos políticos”.[9]

La marcha crecía conforme avanzaba. Los integrantes del CNH estaban más que satisfechos. Un mar de gente se volcó sobre el Paseo de la Reforma. Miles y miles de espectadores aplaudían con entusiasmo a los manifestantes, de modo que la columna creaba un gran estruendo a su paso; miles de gargantas coreaban al unísono: “México, libertad”, México, libertad”, “México, libertad”.[10]

Al llegar a la embajada de Estados Unidos, los dirigentes estudiantiles tomaron la precaución de colocar “una guardia de 3 mil muchachas con batas blancas”[11] de la Facultad de Medicina de la UNAM, “en una muestra de poder muy sólida”, para evitar que se produjeran actos de provocación. El griterío de la marcha continuó su recorrido por Reforma y en el cruce con Bucareli –donde se encuentra los edificios de los periódicos Excélsior y El Universal–  se gritaron consignas “contra la prensa vendida”.[12]

“Entramos al Zócalo como en un sueño”

En la avenida Juárez había un tumulto incontenible. Entre la multitud caminaba González de Alba, quien después expresó con intensidad lo que vivió en esos momentos:

“Fue más emocionante la llegada a 5 de Mayo porque en la esquina con San Juan de Letrán, donde la acera es muy alta, nos esperaba una multitud de mujeres, tal vez maestras por su aspecto, quienes, en cuanto oyeron la porra de ‘¡El pueblo al poder!’ y vieron ondear encima la masa compacta de banderas rojas, se pusieron de pie y empezaron a aplaudir sin parar. Todas tenían lágrimas en los ojos y algunas no podían contenerlas, pues les llegaban hasta las mejillas”.[13]

Los estudiantes siguieron por 5 de Mayo, donde la gente les aplaudió, desde los edificios les lanzaron papel picado, en un ambiente de festejo popular.[14]

El Zócalo ya estaba completamente lleno y un gran número de contingentes de muchas escuelas aún faltaba por llegar. Cuando la vanguardia de la marcha alcanzó la Plaza de la Constitución, muchos grupos aún no salían del Museo Nacional de Antropología. De hecho, tardaron al menos cuatro horas en entrar.[15]

El grupo en que marchaba González de Alba llegó hasta las inmediaciones del Zócalo. Y la sorpresa fue aún más gratificante: “Nos esperaba lo mejor: las campanas de la Catedral echadas a vuelo y todas las luces encendidas. Entramos al Zócalo como si fuera en un sueño; la anterior manifestación había sido muy grande, alrededor de un cuarto de millón y, con todo, no habíamos llenado ni la mitad de la gigantesca plaza que es el Zócalo”.[16]

La mancha de manifestantes se extendió como gigantesca alfombra hasta cubrir toda la superficie de la plancha de concreto. Una bandera roja y negra, el símbolo internacional de las huelgas, ondeaba del asta enclavada en el centro de la misma.[17]

Eran aproximadamente las 18:50 cuando “las campanas de la Catedral fueron lanzadas a vuelo, ignorándose los motivos”, según reportaron los agentes de Gobernación, aunque después se supo que “el sacerdote Jesús Pérez dio permiso a los estudiantes para que entraran al templo y subieran a tocar las campanas. Después, encendió las luces del templo a petición de los estudiantes”.[18]

“¡Voy a decir lo que siento! ¡Lo que traigo aquí adentro!”

Se improvisó entonces una tribuna en el toldo de un autobús y, encaramados en su techo, hablaron los oradores. El primer turno le correspondió a Marcelino Perelló, representante de la Facultad de Ciencias de la UNAM, quien leyó un poema escrito por Isaías Rojas, uno de los estudiantes presos en Lecumberri.[19]

Enseguida habló un obrero de Ecatepec, Enrique Díaz; siguió la lectura de la lista de los 86 estudiantes y profesores detenidos e inmediatamente después se leyó una carta que envió el líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo, que estaba encarcelado por motivos políticos desde 1959 y se había declarado en huelga de hambre desde hacía días, pero a quien las autoridades estaban coaccionando para forzarlo a suspenderla:[20]

“Después de tenerme por más de 21 días con la torturante sonda gástrica en la vía nasal para obligarme a tomar alimentos líquidos, hoy me la quitaron cuando posiblemente quedaron convencidos de que a pesar de los crueles dolores que me causaba, mi actitud seguía invariable. Pero debido al tiempo en que me tuvieron con la sonda, es probable que esa demora me llegue a causar graves lesiones en mi organismo, por lo que una vez más hago público que el único responsable es el presidente de la República por las ulteriores consecuencias que llegue a sufrir por el brutal y torturante procedimiento a que fui sometido o se me llegue a someter en el futuro, ya que a partir de hoy he continuado mi huelga de hambre hasta que la palabra presidencial sea cumplida y se haga plena justicia”.[21]

Mientras, en la plancha se repartían copias de la carta enviada por el periodista Víctor Rico Galán, preso por “intentona guerrillera”, quien se pronunció por la radicalización del movimiento.

Decía el texto de Rico Galán: “Creo que ustedes lo comprenden muy bien. Pero hay que fortalecer esa convicción. Cuando, en las grandes manifestaciones que ustedes realizan, el pueblo les lanza desde los edificios pedazos de plástico o de papel para protegerse de la lluvia; cuando gentes pobres, que muestran en su indumentaria que apenas disponen de lo necesario para sobrevivir, se acercan a los manifestantes, los aplauden, acogen su propaganda y tratan de corresponder repartiendo entre ellos pan o frutas; cuando todo eso sucede es porque el pueblo, aun sin el control de sus propias organizaciones, aun sin la posibilidad de hacer oír su gran voz, busca los canales para expresarles su apoyo, su solidaridad, su aliento. ¡Oíd al pueblo, estudiantes! Aguzad el oído para sensibilizarlo al rumor que crece, porque ese rumor será muy pronto el clamor inmenso de las luchas decisivas!”.[22]

La masiva asistencia a la marcha impregnó de un ánimo victorioso a los presentes, quienes mostraron un gozo y espíritu festivo hasta hoy no visto plenamente. Grupos de estudiantes comenzaron a gritar en dirección de Palacio Nacional: “Sal al balcón, hocicón!”. Al cronista Carlos Monsiváis no le pasó desapercibido el hecho. “No es cualquier cosa exigirle a Díaz Ordaz, tutearlo y aplicarle un mote”.

La manifestación de este día ha sido gigantesca, la gente ha vitoreado a los estudiantes y los oradores no atinaban a saber dónde colocar tanto optimismo. Uno de ellos, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, representante de la Escuela Superior  de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME), se encontraba extasiado, como todos.

Así que Luis Tomás decidió dejar a un lado el texto preparado por una comisión encargada de redactar los discursos de los participantes. “¡Yo no entiendo esto! ¡Yo no voy a leer! ¡Voy a decir lo que siento! ¡Lo que traigo aquí adentro!”, gritó tras leer frente al micrófono unas cuantas de las palabras que le habían preparado.

El discurso de Luis Tomás fue vitoreado por las decenas y decenas de miles de manifestantes que permanecieron en el Zócalo. Se apreciaba un extendido júbilo que contrastaba con las señales de endurecimiento: 12 tanques del Ejército avanzaban sobre Reforma en dirección al Zócalo.

Luego vino Eduardo Valle Espinosa, representante de la Facultad de Economía de la UNAM conocido como El Búho, que leyó con voz grave y pausada un discurso en torno a los presos políticos.[23]

Le siguió el ingeniero Heberto Castillo, profesor y matemático de 40 años, quien desde el techo del camión del Instituto Politécnico Nacional en que los oradores pasaban, guardaba el equilibrio en más de un sentido.

Representante de la Coalición de Maestros de Enseñanza Media y Superior Pro Libertades Democráticas, Castillo expresó su inocultable gozo: “Nos encontramos aquí, en la Plaza de la Constitución, después de pasear nuestras convicciones por las calles. Hemos venido con el pueblo, estudiantes y maestros para expresar nuestra voluntad de que el gobierno escuche la voz del pueblo, de que se percate de que el diálogo público sólo puede reportar beneficios a la nación (…). La Plaza de la Constitución recibe ahora el calor, el amor, de más de 200 mil voces que proclaman la necesidad de que la dignidad, el decoro, la valentía y la razón conduzcan las manifestaciones populares de México”.[24]

En su discurso, insistió en el profundo valor democrático de respetar a la Carta Magna. “Hemos llegado aquí para reivindicar la Constitución Política, sistemáticamente violada (…). Su estricto cumplimiento abre caminos de libertades democráticas para que el pueblo trabajador se libere de la opresión que pesa sobre sus hombros”.[25]

“¿Dónde quieren que sea el diálogo?”

 A otro de los integrantes del CNH, identificado como “Barrón”, de la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura (ESIA) del IPN, le correspondió leer uno de los discursos que se habían preparado, en el que la representación estudiantil proponía que el diálogo público con el gobierno se realizara en Bellas Artes.

“Cuando la gente oyó Bellas Artes, empezó a gritar: ¡No!, ¡no!, y el compañero que estaba leyendo, muy inexperto, se quedó azorado”, contó Raúl Álvarez Garín, representante ante el CNH de la Escuela Superior de Física y Matemáticas del Instituto Politécnico Nacional.[26]

Entonces apareció otro dirigente politécnico, Sócrates Campos Lemus, de la Escuela Superior de Economía, que le arrebató el micrófono y lanzó lo que muchos consideraron una provocación.

Monsiváis, presente en el acto, lo vio con preocupación y así lo describió: “colérico y conminatorio”, Sócrates pidió “que se fije el día, fecha y hora del debate público. El presidente tiene que dialogar, porque éste no es cualquier movimiento”.[27]

Campos Lemus preguntó directamente a las 200 o 300 mil personas presentes: “¿Dónde quieren que sea el diálogo?”. La respuesta es tajante: “¡En el Zócalo! ¡Aquí!”.

Campus Lemus decidió en ese momento que estaba bien, se haría como lo habían pedido, y puso un plazo: hasta el 1 de septiembre. El diálogo público tendría lugar en esas condiciones y con el presidente en persona a las 10 de la mañana.[28]

Las decenas de miles de asistentes cantaron entonces el Himno Nacional entre miles de antorchas de papel. “El paisaje ígneo es francamente hermoso y melancólico”, registró Monsiváis.[29]

Posteriormente, quedó una “guardia” de unos 3 mil a 5 mil manifestantes, con la intención de acampar en la plancha del Zócalo y frente a la puerta central de la Catedral Metropolitana. En cuanto se disolvió el mitin, a la luz de algunas hogueras se improvisaron casas de campaña con cartones, lonas y cualquier material disponible.

Al respecto, Álvarez Garín comentó: “Aunque nos dábamos cuenta de lo improcedente de la audacia, lo cierto es que tampoco se podía corregir ahí mismo el desaguisado, o en todo caso nadie tuvo el coraje para hacerlo. Sin embargo, el error político más costoso fue dejar en el Zócalo una guardia de más de 3 mil estudiantes en espera del diálogo público. Esa medida de presión la habíamos convenido previamente y la gente iba preparada para el caso con cobijas y utensilios de cocina”.[30]

“Tienen cinco minutos para abandonar la plaza”

Cinco minutos antes de la medianoche, según el reporte de agentes de Gobernación, “tanques y carros ligeros del Ejército” comenzaron a circulan alrededor de las calles circunvecinas al Zócalo, hecho que reportaron a sus superiores.[31]

Una hora después, aproximadamente a la una de la mañana, el Ejército alistó a sus cuadros para desalojar a los estudiantes: un batallón de paracaidistas, los batallones 43 y 44 de infantería, 12 carros blindados de Guardias Presidenciales, cuatro carros de bomberos, 200 patrullas azules y cuatro batallones de tránsito, más contingentes del cuerpo de tránsito.[32]

Unos minutos más tarde, de los magnavoces instalados en Palacio Nacional, salió un ultimátum: “Están ustedes violando el artículo noveno constitucional. Tienen ustedes cinco minutos para abandonar la plaza. Se les dejó hacer su mitin y realizar su manifestación. Han estado demasiado tiempo y no se puede permitir que la plaza para usos comunes sea dedicada a otros menesteres. Dentro de cinco minutos intervendrá la fuerza pública”.[33]

Ya no hubo tiempo para nada más. En ese momento el Ejército ingresó al Zócalo por las calles de Pino Suárez y Moneda; los soldados se encontraban frente a Palacio Nacional, con pie a tierra. Los tanques ligeros entraron por las calles de Seminario y Moneda. Un cordón de soldados replegó a los estudiantes sobre la plancha y por el sonido local se llamó a la cordura.[34]

Otros testimonios reportaron que las tanquetas salieron del Palacio Nacional.[35]

Los agentes de la Secretaría de Gobernación anotaron lo que ocurría: “El Ejército va con bayoneta calada y los carros blindados destruyen los campamentos (levantados con cartones de pancarta y mantas) de los estudiantes. La primera fila es de soldados y detrás de ellos siguen granaderos, cuatro carros de bomberos y patrullas; los carros ligeros desalojan a la gente (…) Todo el Zócalo está lleno de patrullas formando un cordón”.[36]

De acuerdo con los agentes, los estudiantes empezaron a gritar “¡México, libertad!, ¡México, libertad!”, y se retiraron por la calle de Francisco I. Madero; “otros trataron inútilmente de detener la marcha de los tanques ligeros tirándose a su paso o subiéndose a ellos. Al final todos fueron desalojados del Zócalo”.[37]

Monsiváis, quien había ido a cenar, regresó al Zócalo y luego escribió: “Las unidades blindadas arrasan con mantas y pancartas. Enloquece el sonido de las sirenas. Los estudiantes en su salida airosa vitorean a México y entonan de nuevo el Himno Nacional. Si hay diferencias entre los términos, lo que percibo no es miedo sino susto. Es la hora de partir”.[38]

Álvarez Garín relató también: “Como los estudiantes empezaron a retirarse lentamente y con reticencia, una tanqueta embistió un autobús del IPN para urgirlo a moverse más de prisa (…) los grupos de estudiantes que se retiraban a pie cantando el Himno Nacional por las calles de Madero y 5 de Mayo fueron perseguidos y agredidos a golpes”.[39]

En su último reporte, los agentes de Gobernación señalaron que aunque los estudiantes habían izado la bandera nacional a las 10 de la noche, a la 1:35 de la mañana había vuelto a ondear en el Zócalo una bandera rojinegra.[40] Sólo que ésta era mucho más grande.

Referencias:

[1] Diego Ortega, Roberto, “1968: El ambiente y los hechos. Una cronología”, Nexos, 1 de septiembre de 1978. En https://www.nexos.com.mx/?p=3199 y Gómez Nashiki, Antonio, “1968. Cronología del movimiento estudiantil mexicano”, Nexos, 1 de enero de 1988. En  https://www.nexos.com.mx/?p=4996

[2] González de Alba, Luis, Los días y los años, editorial Era, México, 1971, p. 97.

[3] Castillo, Gustavo, “Persecución militar y desalojo del Zócalo”, La Jornada, 27 de agosto de 2008. En www.jornada.com.mx/2008/08/27/index.php?section=politica&article=012n1pol

[4] Guevara Niebla, Gilberto, “El verano democrático”, 11 de noviembre de 2017. En www.cronica.com.mx/notas/2017/1051998.html

[5] Ídem.

[6] Monsiváis, Carlos, Democracia, primera llamada: el movimiento estudiantil de 1968, Conaculta y gobierno del estado de Colima, México, 2010, p. 97. En www.mty.itesm.mx/dhcs/deptos/ri/ri-802/lecturas/nvas.lecs/1968-monsi/mc0292.htm.

[7] González de Alba, Luis, op. cit., p. 98.

[8] Monsiváis, Carlos, op. cit., p. 97.

[9] Castillo, Gustavo, op.cit.

[10] Guevara Niebla, Gilberto, op. cit.

[11] Álvarez Garín, Raúl, “Las ondas expansivas”, Nexos, 1 de enero de 1998. En www.nexos.com.mx/?p=5006.

[12] Informe preliminar de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp). Disponible en https://nsarchive2.gwu.edu//NSAEBB/NSAEBB180/index2.htm.

[13] González de Alba, Luis, op. cit., p. 98.

[14] Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp), op. cit.

[15] Álvarez Garín, Raúl, op. cit.

[16] González de Alba, Luis, op. cit., p. 98.

[17] Monsiváis, Carlos, op. cit., p. 98.

[18] Castillo, Gustavo, op.cit.

[19] Idem.

[20] Guevara Niebla, op. cit.

[21] Monsiváis, Carlos, op. cit., p. 97.

[22] Ídem.

[23] Guevara Niebla, Gilberto, op. cit.

[24] Discurso leído por Heberto Castillo Martínez el 27 de agosto de 1968 en el Zócalo de la Ciudad de México. Disponible en www.fundacionhebertocastillo.org.mx/heberto-castillo/textos-historicos/27-de-agosto-de-1968/.

[25] Ídem.

[26] Álvarez Garín, Raúl, La estela de Tlatelolco, Ed. Ítaca, 2002, México, p. 61.

[27] Monsiváis, Carlos, op. cit., p. 98.

[28] González de Alba, op. cit., p. 99.

[29] Monsiváis, Carlos, op. cit., p. 99.

[30] Álvarez Garín, Raúl, op. cit, p. 61.

[31] Castillo, Gustavo, op. cit.

[32] Monsiváis, op. cit., p. 100.

[33] Idem.

[34] Castillo, Gustavo, op. cit.

[35] González de Alba, Luis, op. cit., p. 100.

[36] Castillo, Gustavo, op. cit.

[37] Idem.

[38] Monsiváis, Carlos, op. cit., p. 100.

[39] Álvarez Garín, Raúl, op. cit, p. 62.

[40] Castillo, Gustavo, op. cit.

Close
Comentarios