¿Dónde está el dinero de la reconstrucción de las escuelas?
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Cuartoscuro

¿Dónde está el dinero de la reconstrucción de las escuelas?

A un año del sismo, apenas se ha ejercido una quinta parte del presupuesto para la reconstrucción de escuelas.
Cuartoscuro
Por Nadia Sanders e Irene Larraz
19 de septiembre, 2018
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La Secretaría de Hacienda no tiene registrado el destino de ocho de cada diez pesos de los 18 mil millones que se necesitaban para la reconstrucción de las escuelas, pese a que la SEP reporta un porcentaje de intervención del 88 %.

A un año del sismo del 19 de septiembre, la brecha entre el presupuesto asignado y el ejecutado pone en duda cuál es el destino real de esos recursos. Más cuando las secretarías de Gobernación (Segob), Educación Pública (SEP) y Hacienda (SHCP) reportan cifras diferentes sobre los recursos.

A la falta de claridad en la ejecución de los recursos se suma el hecho de que solo 5 % de las escuelas que resultaron dañadas había recibido mantenimiento en los últimos tres años por el programa Escuelas al CIEN; el 87 % de los contratos que aparecen en Compranet se han hecho por adjudicación directa; y los seguros contratados por el gobierno solo sirvieron para recuperar un 1 % de los gastos de la reconstrucción.

Además, la reconstrucción se ha dado a la par que el gobierno reducía el número de escuelas graves y modificaba las cifras de escuelas afectadas.

Durante un año, las autoras de esta investigación dieron seguimiento al proceso de reconstrucción de las escuelas. Visitaron colegios en la Ciudad de México, Puebla, Morelos y el Estado de México, hicieron más de 60 solicitudes de información y un número similar de entrevistas.

Sin mantenimiento

Solo el 5 % de las escuelas que resultaron dañadas en todo el país había recibido mantenimiento del programa Escuelas al CIEN durante los tres años anteriores, según cifras del portal Transparencia Presupuestaria.

El mismo Instituto Nacional de la Infraestructura Física Educativa (Inifed) reconoció en junio pasado que la falta de mantenimiento en las escuelas incidió en el grado de daños que tuvieron, y el entonces jefe de la Oficina de Enlace Nacional del Inifed, Luis Fernando Domínguez, actual director del Instituto, lo atribuyó a la falta de recursos.

“Si me preguntas: ‘¿Faltaba mantenimiento a los planteles educativos?’, claro que falta mantenimiento para los planteles educativos. Son muchísimos y el presupuesto a veces ha sido limitado”, dijo.

Sin embargo, en el ciclo escolar 2016-2017 solo se ejecutó el 53 % de los recursos asignados al programa Escuelas al CIEN, según Transparencia Presupuestaria.

Como explica el ingeniero Renato Berrón, director del Instituto para la Seguridad de las Construcciones en la Ciudad de México, “cuando la falta de mantenimiento se da, aumenta la vulnerabilidad de un edificio ante un sismo”.

Pero ni los recursos asignados para el mantenimiento ni la contratación de un seguro resultaron eficientes. La póliza ha cubierto 190 millones de pesos; apenas el 1 % del presupuesto para la reconstrucción, casi lo mismo que la SEP había gastado en ella (175 millones de pesos).

Cifras cambiantes

Durante este año, las cifras de daños no han parado de cambiar. Por ejemplo, la SEP mantiene que solo nueve escuelas en la Ciudad de México ameritaban reconstrucción total. Pero en la base de datos de Transparencia Presupuestaria hay 16 escuelas más clasificadas con daño menor o moderado con descripciones de obras como: “Demolición y reconstrucción de edificios ‘A’, ‘B’, ‘C’, ‘D’, ‘E’ y ‘F’ en riesgo de colapso”.

Además, el gobierno de la Ciudad de México se está haciendo cargo de 44 escuelas adicionales que no habían sido contempladas por el Inifed. Algunas de ellas, apenas acaban de ser demolidas, y 20 están todavía en proceso de adjudicación.

Estas inconsistencias también han supuesto un desafío para algunas fundaciones, cuenta Pablo Clark, investigador del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).

”Muchas de las escuelas que las fundaciones están reconstruyendo no aparecen en las bases de datos de las escuelas dañadas. También en algunos casos las escuelas que sí aparecen en la base de datos de la SEP, aparecen con niveles de daños distintos a lo que las fundaciones reportan una vez que están en campo”, explica.

Hay casos en los que dos escuelas que funcionan en un mismo plantel son reportadas una con daños graves y la otra con daños leves, lo que impide dimensionar el daño real de la infraestructura educativa.

Franco Bucio, director responsable de obra (DRO) que revisó 15 escuelas, cree que “el número de escuelas que deben ser reforzadas estructuralmente es muy superior (al reportado) (…) Arreglos cosméticos o parciales difícilmente pueden garantizar seguridad ante nuevos sismos”.

Para el gobierno, todo está bien en las escuelas

El presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, dijo el 18 de septiembre que el 100 % de los alumnos afectados por los sismos asisten hoy a clases.

Se trata de 14 millones de niñas, niños  y jóvenes “que tuvieron que suspender su asistencia a instalaciones educativas por el deterioro o daño causado y que hoy nuevamente están de manera regular asistiendo a su preparación educativa”.

El presidente no dijo que hay comunidades escolares completas que siguen reubicadas, otras donde ni siquiera ha comenzado la reconstrucción y unas más que seguirán tomando clases en días alternados por la falta de espacios disponibles o seguros.

Radio Ambulante realizó un podcast sobre esta investigación, con testimonios de los afectados y una entrevista a las periodistas que realizaron el trabajo. Aquí puedes escucharlo.

Este reportaje es un seguimiento a la investigación Reconstrucción fallida, sobre la reconstrucción de las escuelas tras el sismo del 19 de septiembre de 2017, publicada en Animal Político y realizada en el marco de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, del International Center for Journalists (ICFJ), en alianza con CONNECTAS.

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Qué es el Síndrome de Ulises y cómo afecta a los migrantes

La sintomatología de este síndrome que padecen muchos migrantes puede confundirse con depresión o estrés postraumático y no tratarse bien.
6 de agosto, 2022
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“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza”, decía el poeta argentino Juan Gelman.

Sin embargo, en el mundo hay alrededor de 281 millones de migrantes internacionales (el 3.6 % de la población), según los datos de 2020 de la ONU.

Hay quienes emigran porque así lo desean, pero también quienes se ven obligados a ello. A finales de 2019, las personas desplazadas a la fuerza eran más de 79.5 millones según ACNUR.

Sea algo elegido o no, los migrantes, con las raíces a miles de kilómetros, puede que nos sintamos como decía Gelman: como una “planta monstruosa”. Y habrá circunstancias en nuestra llegada a destino que suavizarán esa condición o la empeorarán.

Y esto, sin duda, puede repercutir en nuestra salud mental.

En la frontera entre la salud mental y el trastorno

El psiquiatara español Joseba Achotegui trabaja con temas relacionados con migración en la Asociación Mundial de Psiquiatría, de la que es secretario. A partir de 2002 empezó a ver que algo cambiaba. “Se cerraron las fronteras, empezaron políticas más duras contra la migración, la gente dejó de tener acceso a papeles, había una enorme lucha por la supervivencia”, cuenta a BBC Mundo.

Y esto se reflejó en cómo acudían los pacientes a su consulta: “Estaban indefensos, asustados, sin poder salir adelante”.

En concreto, vio que muchos migrantes que viven situaciones difíciles presentaban “un cuadro reactivo de estrés muy intenso, crónico y múltiple”.

Achotegui le puso nombre: Síndrome de Ulises.

Aclara el psiquiatra que esto no es una patología, ya que “el estrés y el duelo son cosas normales en la vida”, pero sí remarca la peculiaridad del síndrome que deja al migrante, de nuevo, en la frontera. Pero esta vez entre la salud mental y el trastorno.

Duelo migratorio vs. síndrome de Ulises

Normalmente asociamos la palabra “duelo” al sentimiento tras las muerte de un ser querido. Los psicólogos lo relacionan con cualquier pérdida que tenga el ser humano, como dejar un trabajo, la separación de una pareja o cambios en nuestro cuerpo.

“Cada vez que experimentamos un pérdida, tenemos que acostumbrarnos a vivir sin eso que teníamos y adaptarnos a la nueva situación. Es decir, hay que elaborar un duelo”, explica la psicóloga experta en duelo migratorio Celia Arroyo.

Así, el duelo migratorio está asociado a este gran cambio en la vida de una persona. Pero tiene características que lo hacen especial, ya que es un duelo “parcial, recurrente y múltiple”.

Paisaje de Caracas

Getty Images
Se puede sufrir duelo por el habla, las costumbres… O por el paisaje.

Parcial porque no es una pérdida total como ocurre con la muerte de alguien; recurrente porque con cualquier viaje, comunicación con el país o echar un simple vistazo a una fotografía en instagram puede reabrirse; y múltiple porque no es solo una cosa la que se pierde, sino muchas.

Joseba Achotegui agrupó estas pérdidas en 7 categorías. La más evidente suele ser la pérdida de la familia y los seres queridos. También está la pérdida de estatus social, algo que, dice Arroyo, suele pasar por la condición de migrante pero si, además, “el país de origen es xenófobo, supone una gran adversidad”.

Otro duelo que el migrante pasa es el de la pérdida de la tierra. Por ejemplo, extrañar un paisaje montañoso o los días llenos de sol.

Se suma el duelo del idioma, que será más fuerte en la medida en que se migre a un país con otra lengua. Puede ser una verdadera barrera para, por ejemplo, hacer un trámite burocrático y mandar un simple correo electrónico.

Por último, está la pérdida de los códigos culturales, que puede significar algo tan sencillo como no tener con quién “echar un pie” y bailar salsa o con quien compartir un mate.

Y, asociado a esto, y como último duelo, está la pérdida de contacto con el grupo de pertenencia, con aquellos con quien podemos hablar en los mismos códigos, que entenderán nuestros modismos y forma de ver la vida.

El síndrome de Ulises es cuando, además de tener que pasar estos siete duelos normales para un migrante, se hace en condiciones difíciles, explica Achotegui.

Ilustración persona migrante con preocupaciones a su alrededor.

BBC MUNDO
Hay varios detonantes que pueden estresar a una persona en el país de acogida.

Cuáles son los detonantes

“Cuando hay dificultades o se rechaza a la persona en la sociedad de acogida puede darse este síndrome”, explica Guillermo Fauce, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de Psicología sin Fronteras.

No es lo mismo llegar a un país nuevo con un trabajo ya estable que sin nada en firme; tener o no un techo y comida asegurados, entrar ya con visa o con un estatus legal por definir. Tener o no ciertas condiciones suma puntos y estrés.

El rechazo que puede tener más impacto es no tener papeles o no poder acceder a determinados recursos”, dice el psicólogo.

A su vez, Achotegui explica que esta situación hace que los migrantes no puedan salir adelante y genera tensión y problemas de supervivencia, otro detonante más.

Al coctel puede sumarse el no tener personas a nuestro alrededor que nos brinden apoyo, no solo material (donde vivir, comer, dormir), sino también emocional. “Muchos migrantes sufren situaciones de soledad, están aislados”, remarca Achotegui.

Fauce señala que también hay un apoyo simbólico que, de no darse, es otro detonante más. Se trata de que el entorno del migrante entienda y reconozca su condición, “que está pasando por un situación complicada, transitando muchos duelos y que se le permita un periodo de transición en la sociedad de acogida”.

Dos hombres en una fiesta.

Getty Images
Los expertos recomiendan hacer lazos con nuestra comunidad pero también con la sociedad de acogida.

A veces puede pensarse que “lo peor” ha pasado tras cruzar una frontera en malas condiciones, pero, en el país de acogida, la sensación de indefensión, de estar sin derechos y los posibles abusos laborales y sexuales pueden dar lugar a un cuarto detonante: el miedo.

Los expertos consultados añaden que esta situación de vulnerabilidad que puede dar lugar al síndrome de Ulises se hace mayor cuando se es mujer.

Qué nos puede pasar y cuándo estar alerta

Los síntomas pueden ser los mismos, dice Achotegui, que podemos tener cuando pasamos una mala época: dormimos mal, nos cuesta relajarnos, dolores musculares o de cabeza, enfado, nerviosismo, tristeza.

Fauce señala que, por un lado, se puede entrar en una suerte de estado depresivo y de tristeza, de encerrarnos en nosotros mismos y, por otro, estar hiperactivos y ansiosos, algo que al final nos va a quitar energía.

Esto puede hacer que el síndrome de Ulises se confunda con otras enfermedades mentales como depresión o estrés postraumático y que trate de medicalizarse.

Pero, en este caso, cuando se solucionan los obstáculos que dieron lugar al síndrome (hay trabajo, cierta estabilidad, menos estrés, etc,), desaparece.

“Si se sigue adelante, se consigue trabajo y hay una cierta estabilidad pero sigue habiendo síntomas, ahí hay algo más que evaluar y hay que intervenir de otra manera, porque puede que haya otra cosa ya del plano psiquiátrico, como un cuadro depresivo”, sostiene Achotegui.

Grupo de mujeres jugando al fútbol.

Getty Images
Hacer ejercicio y juntarse con la comunidad de origen pueden ayudar a bajar el estrés.

Así, cuando el malestar se convierte en permanente o impide que hagamos nuestra vida, hay que prender las alarmas. Otras muestras de alarma que señala Fauce son si aparecen ataques de ira, nuestras relaciones personales se ven afectadas o “se cogen atajos, como consumir drogas, alcohol, hay gastos desmesurados o se hacen deportes de riesgo”.

Qué hacer y qué no hacer

“Es fundamental crear una red de apoyo social, estar en contacto con otros inmigrantes y compartir vivencias”, señala Celia Arroyo. Para esto es bueno buscar migrantes de nuestra nacionalidad o grupos de apoyo específicos donde vivamos.

Al respecto, Achotegui dice que esto hace que haya “menos riesgo de trastorno mental”, pero quedarse muy anclado con nuestra comunidad puede hacer que se prospere menos. “Si no te metes en la sociedad de acogida, costará progresar. Es un equilibrio”.

Al final se trata de mantener “la raíz” con agua, pero no olvidarnos de nuestras hojas, del lugar donde reciben el sol.

También recomienda Achotegui hacer ejercicio y actividades que bajen el estrés.

Fauce remarca que “los cortes radicales no funcionan, ni las decisiones drásticas” ya sea respecto al país de origen o al de acogida y a las relaciones creadas en ambos.

Arroyo señala que, aunque es complicado dar un tiempo preciso, si tres meses después de haber conseguido una estabilidad el sufrimiento que sentimos no ha disminuido, es buen momento para pedir ayuda psicológica.

Qué pueden hacer los demás

La sociedad de acogida juega un papel importante, pero quien no ha vivido esta situación puede que no entienda qué implica el duelo migratorio ni el estrés sostenido que deriva en el síndrome de Ulises. Esto puede hacer que no sepamos cómo ayudar, qué decir o hacer.

Celia Arroyo recomienda que el entorno permita a quien esté esta situación que se exprese libremente y pueda hablar de qué le pasa y cómo se siente.

“Es importante no minimizar su sufrimiento ni generar falsas esperanzas” ante un futuro que es incierto cuando, por ejemplo, hay una visa o un trabajo que no llega.

Como en cualquier duelo, hay que evitar frases del estilo “ya se te pasará”, “no es para tanto”, “eso son miedos tuyos” o “todo saldrá bien”.

Achotegui sugiere ni compadecer ni victimizar: “Hay que acercarse con respeto, incluso con cierta admiración. El migrante es una persona fuerte, alguien que está yendo hacia adelante”.

A la vez, es importante respetar su cultura, mentalidad y cosmovisión.

Si nos cuesta conectar emocionalmente con alguien en esta situación, Fauce recuerda que todos hemos sufrido alguna pérdida y que es un buen ejercicio conectar con la emoción que tuvimos para empatizar con el migrante. Y pensar que, como escribió la uruguaya Cristina Peri Rossi, emigrar, partir al fin, es siempre partirse en dos.


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