A 50 años del movimiento estudiantil, jóvenes reviven la #MarchadelSilencio

La protesta conmemoró los 50 años de la marcha estudiantil de 1968, a la que acudieron casi 300 mil personas.

marcha
Arturo Daen

Encabezados por los alumnos y alumnas del CCH Azcapotzalco (atacados por grupos porriles a principios de mes), así como por padres y madres de universitarios y universitarias asesinadas en la UNAM, y por integrantes del Comité del 68, miles de jóvenes caminaron este 13 de septiembre del Museo de Antropología al Zócalo capitalino, para conmemorar los 50 años de la Marcha del Silencio, aquella con la que el movimiento estudiantil de 1968 se plantó ante la sociedad mexicana como una respuesta ordenada y organizada a la represión, y no como el grupo de “vándalos” que el gobierno presentaba en sus mensajes políticos.

“Hoy se actualiza el movimiento del 68 –explicó Gastón Martínez, que en 1968 representó a la Prepa 8 en el Consejo Nacional de Huelga, la directiva del movimiento estudiantil–, porque nuestra intención en ese entonces fue salir a las calles para informar al pueblo, para platicarle a la gente los problemas que existían de violaciones a derechos humanos, para platicarles de los presos políticos… o sea, estábamos como hoy, que requerimos que se respeten los derechos humanos, que aparezcan los desaparecidos, porque los gobiernos del PRI y del PAN convirtieron este país en un baño de sangre, de crímenes y de desapariciones forzadas.”

Tal como en 1968, subrayó por su parte Marcia Gutiérrez, quien en su juventud representó a la Facultad de Odontología ante el CNH, “sigue viva la demanda de desaparición de los grupos porriles… cuando yo era estudiante, nosotros, en nuestro plantel, peleábamos con los porros hoy, peleábamos mañana y pasado mañana, para nosotros los porros eran lo peor, porque son grupos que se intersectan con la autoridad, que es al final la que controla a estos grupos. Hace 50 años, como ahora, nosotros estábamos seguros de que el problema de la violencia, de los grupos porriles en las universidades, el problema de la represión, sí se pueden resolver.”

Entre el contingente de estudiantes del CCH y el contingente de los sobrevivientes de la represión de 1968, un pequeño grupo de manifestantes sirvió de puente: el de familias de universitarios asesinados en los últimos años, portando en silencio las imágenes de Luis Roberto Malagón Gaona, asesinado en 2017 dentro de la UNAM; y de Carlos Sinuhé Cuevas y Mónica Guadalupe Gutiérrez Vega, asesinados en 2011 y 2017 respectivamente, siendo alumnos de la máxima casa de estudios.

Y detrás del Comité 68, marcharon los compañeros y familiares de los 43 normalistas de Ayotzinapa, detenidos y desaparecidos hace 4 años en Iguala, Guerrero.

Estos cuatro grupos conformaron la vanguardia de la Marcha del Silencio, seguida por una fila de contingentes estudiantiles no sólo de la UNAM, sino también de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, el Instituto Politécnico Nacional y el Instituto Nacional de Bellas Artes, entre otros.

Casi todos respetaron el acuerdo de la asamblea interuniversitaria de replicar la manifestación silenciosa de hace 50 años, aunque el conteo del 1 al 43, en reclamo de justicia para los normalistas de Ayotzinapa, y el grito “Fuera porros de la UNAM”, brotaron innumerables veces a lo largo del recorrido.

Y otros más, como los alumnos de danza de la UNAM, respetaron el acuerdo de no lanzar consignas verbales, pero marcharon siempre con un rítmico zapateado tradicional, ondeando al aire paliacates rojos, abanderados por una pancarta en la que se leía “Por mi raza danzará mi espíritu”.

Sin presencia policiaca, y estorbada sólo por la lluvia que por momento caía sobre Reforma, la vanguardia de la marcha tardó dos horas en ingresar al primer cuadro de la ciudad, y ese avance se realizó, al mismo tiempo que desde el equipo de sonido que acompañaba la marcha se daba lectura al discurso que, hace 50 años, leyó el representante estudiantil Eduardo Valle, en la Marcha del Silencio del 68.

“Las vendas quemadas no serán colocadas en nuestros ojos de nueva cuenta –se escuchó en las calles del Centro, tal como hace medio siglo–, porque algo importante hemos ganado: la conciencia de la acción. Ahora discutimos cómo romper las cadenas, no si se pueden romper. Nadie piensa ahora que no importa estar atado, hemos vivido la libertad en las calles, hemos vivido democracia en miles de asambleas, mítines y manifestaciones. Cuando se conoce lo dulce de la libertad, jamás se olvida, y se lucha incansablemente por nunca dejarla de percibir.”

 

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