La reconstrucción de San Gregorio avanza a cuentagotas
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Antonio Cruz

La reconstrucción de San Gregorio avanza a cuentagotas

Ya se entregaron las primeras casas nuevas a damnificados que perdieron su vivienda. Sin embargo, el ritmo de los avances es muy lento, denuncian los vecinos de una de las localidades de la Ciudad de México más afectadas por el terremoto.
Antonio Cruz
Por Manu Ureste y Agustín Salgado / Animal Político
17 de septiembre, 2018
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Ha pasado un año del sismo del 19S, pero la normalidad no ha regresado a San Gregorio. La demolición, reconstrucción y reparación de las más de 1,400 viviendas dañadas avanza a cuentagotas, provocando que aún haya vecinos sin hogar. El mercado permanece a la espera de ser demolido, mientras sus locatarios sufren pérdidas. La torre de la iglesia continúa cercenada. Y la carretera principal que va a Xochimilco sigue en pésimas condiciones, mientras la reparación del drenaje todavía no termina.

Además, el impacto psicológico que dejó a su paso el sismo se incrustó en el ánimo de San Gregorio que, un año después, aún ve cómo algunos de sus vecinos y vecinas se ponen de rodillas y con los brazos abiertos pidiendo ayuda al cielo cuando se activa la alerta sísmica. Pero no todo son malas noticias. Poco a poco, la maquinaria pesada va limpiando el cascajo de las calles, trayendo de vuelta parte de la normalidad del pueblo. Y nuevas construcciones ya comienzan a aflorar donde el sismo derrumbó cientos de viviendas.

“Falta mucho por hacer –coinciden los vecinos–. Pero ha habido avances”.

Sin casa, un año después

“Parecía que habían bombardeado San Gregorio”.

Homero González, un médico veterinario de tez cobriza, mostacho entrecano, y sonrisa bonachona, traga saliva y carraspea la garganta cuando se detiene bajo la sombra que da el toldo de un comercio en la avenida Chapultepec, una de las principales arterias de comunicación del pueblo. Parado sobre la banqueta, el hombre respira hondo y dice que, aunque ya ha superado “el duelo” que le impedía hablar del tema sin que se le quebrara la voz, caminar por este lugar aún le genera un torrente de emociones encontradas que no acierta a definir si es angustia, tristeza, alegría por sobrevivir, o todas a la vez.

Hace un año, durante el sismo del 19S, Homero también transitaba por esta misma avenida México. Pero el panorama era muy distinto al que ve ahora, recuerda con los ojos negros muy abiertos.

“Todo era un caos –dice súbitamente taciturno–. Caminaba por esta avenida y parecía una de esas películas que pasan por la televisión, como si esto fuera Bosnia-Herzegovina en la guerra de los Balcanes”.

Tal vez por estar más próxima al epicentro del sismo, que tuvo lugar en la zona limítrofe de los estados de Puebla y Morelos, con una intensidad de 7.1, San Gregorio fue de las áreas más devastadas en la Ciudad de México; ciudad que, de por sí, fue de las más afectadas en todo el país, con 228 muertos, 11 mil damnificados, y 22 mil inmuebles dañados, según cifras oficiales.

Y como bien narra Homero, las escenas parecían de cinta bélica de Hollywood: la torre de la iglesia colonial yacía amputada y desperdigada por el suelo del zócalo; las calles eran un laberinto de escombros y de ruinas de viviendas dañadas –1,496, según el censo que hizo la asociación civil “19S San Gregorio”, de las que 158 colapsaron–; y la “zona cero”, próxima al mercado, era un hervidero de ruegos pidiendo auxilio para los heridos, y de lamentos por los vecinos que murieron –al menos seis, según datos oficiales–.

Tras recorrer la avenida, Homero dobla la esquina de una calle y del bolsillo del pantalón tejano saca unas llaves para, acto seguido, abrir una puerta de barrotes negros, mientras con la mano derecha hace una invitación para entrar a su casa. O para ser precisos, a lo que un día fue su casa.

“A un año del sismo, esto es todo lo que me queda”, dice encogiendo los hombros, resignado, mientras sin perder la sonrisa afable muestra un hueco vacío de tierra, donde aún hay cascajo y montones de grava y arena.

Homero González es médico veterinario. Desde el temblor del 19S lleva un año a la espera de una vivienda donde poder reiniciar su vida. En la imagen, el predio de lo que quedó de su casa. Foto: Manu Ureste

Tras el terremoto, cuenta Homero, las primeras brigadas de ingenieros que asistieron al pueblo le dijeron que su casa solo tenía unas “ranuritas”. Nada que no se pudiera solucionar con un “aplanado” y unos retoques estéticos. Sin embargo, ya en noviembre, a más de un mes y medio del sismo, un Director Responsable de Obras (DRO) le advirtió que el daño en su casa era mucho más severo del pronosticado, y otros dos meses más tarde le entregaron un dictamen de demolición total.

Homero tuvo que abandonar el hogar donde vivieron sus abuelos, luego sus padres, y más tarde él. Situación que desencadenó primero “un duelo emocional muy fuerte”, y después un estado de preocupación y ansiedad permanente ante una pregunta para lo que no hallaba respuesta:

“Y ahora, ¿dónde voy a vivir?”.

La auto-reconstrucción

María del Carmen Saldaña, presidenta de la asociación civil “19 de septiembre San Gregorio”, admite que en la reconstrucción de San Gregorio “sí ha habido avances” a lo largo de este año. Por ejemplo, plantea durante una entrevista en un predio donde antes del sismo se levantaba su vivienda, se están reconstruyendo 220 casas en la delegación Xochimilco de manera conjunta entre el gobierno de la Ciudad y el Grupo Carso, de la Fundación del empresario mexicano Carlos Slim. Y de esas 220, 128 son inmuebles nuevos que se están construyendo en San Gregorio.

No obstante, apunta Saldaña, las obras van muy lentas, y muchos vecinos como Homero continúan sin una vivienda a un año del terremoto.

“De las 128 viviendas pactadas, hasta ahora solo se han entregado 30, de enero a la fecha”, subraya la activista, lo cual ha originado que muchos vecinos, cansados de esperar una vivienda nueva, o la reconstrucción de la dañada, optaran por reconstruir ellos mismos sus casas con el dinero que les alcanzara del Fonden, el fondo parar desastres naturales que da el gobierno fedreral –100 mil pesos si es beca completa, 15 mil si es parcial–, o con sus propios recursos.

“En la asociación llevamos un registro de 1,496 viviendas con diferentes tipos de daños, y de estas, la mayoría, un 60 o 70 por ciento, ha hecho reparaciones por su cuenta. Es decir, repararon como pudieron y con lo que pudieron para volverlas a habitar”, apunta Saldaña.

Lo anterior, subraya la mujer, a pesar de que en este año se han cansado de ir a la Ciudad de México a dejar oficios tanto a las autoridades federales como a las locales, exigiendo un “programa de reestructuración y de reconstrucción de viviendas”. O en su defecto, al menos un programa que ofrezca asesorías técnicas a los vecinos para que, a través de arquitectos, ingenieros, y de personal cualificado y autorizado, puedan reconstruir con seguridad.

“Antes del sismo ya teníamos un problema importante de ‘auto-construcción’, que fue uno de los factores determinantes para que en toda esta zona hubiera tantos daños en las casas. Y ahora estamos ante el mismo problema. Mucha gente está construyendo y reconstruyendo con su albañil, pero no se asesora de manera profesional”, dice la damnificada, quien añade que, aunado a la falta de pericia técnica en las labores de reconstrucción, se une otro problema: la falta de información sobre el suelo de San Gregorio.

“Tenemos derecho a saber cuáles son las condiciones del suelo donde se está volviendo a construir y a reconstruir para tratar de minimizar los riesgos y evitar otra desgracia”, recalca Saldaña. “Sin embargo, a un año, las autoridades aún no nos dan los estudios de mecánica de suelo, y de geología, que ya se hicieron, y que es un derecho que tenemos como ciudadanos”.

César Cravioto, quien será el próximo comisionado para la reconstrucción de la ciudad, en sustitución de Édgar Tungüí, reconoció por su parte en entrevista que no existe un “censo real” sobre las casas unifamiliares afectadas por el temblor en delegaciones como Xochimilco, Tláhuac, e Iztapalapa. Pero confió que antes del 5 de diciembre, fecha en que iniciará la nueva administración capitalina de Morena, con Claudia Sheinbaum al frente, ya se contará con “un listado real” de todas las afectaciones que dejó el 19S, lo cual permitirá focalizar mejor los recursos.

Encarecen precios de materiales

Filiberto González es uno de los vecinos que decidió reconstruir por su cuenta. Su casa está ubicada en la llamada “zona cero” de San Gregorio, a unas cuadras del zócalo y de la parroquia, donde al menos 20 viviendas colapsaron y muchas otras fueron dañadas de gravedad.

El sismo no tumbó su vivienda, pero Filiberto tuvo que reconstruirla prácticamente en su totalidad. Por lo que acudió a asesorarse con un ingeniero de Protección Civil para realizar los trabajos. Sin embargo, los temblores posteriores al del 19S ya afectaron su casa, a tan solo unos meses de haberla reconstruido.

“El aplanado de las paredes se cuarteó otra vez”, dice con el gesto serio, mientras observa la fachada agrietada del inmueble.

Otro problema ha sido el encarecimiento de los materiales de obra en San Gregorio, el cual ha estado motivado por dos grandes factores: uno, la alta demanda como consecuencia de la auto-reconstrucción. Y dos, las pésimas condiciones en las que, aun después del 19S, se encuentra la carretera que conecta Xochimilco con San Gregorio; lo cual ha generado que las empresas constructoras y de materiales inviertan horas en un trayecto de apenas 15 kilómetros, encareciendo su producto y el servicio.

“Los precios se elevaron mucho, y la mano de obra también”, lamenta Juan Antonio Velázquez, otro vecino afectado de la “zona cero” de San Gregorio.

Ante la repetición de testimonios similares, hicimos un recorrido por diferentes tiendas para comparar los precios.

Uno de los comercios, ubicado a 100 metros de la iglesia de San Gregorio, vende la tonelada de varilla a 19,900 pesos y la tonelada de cemento en 3,500 pesos. Mientras que, a escasos 14 kilómetros, en Huipulco, cerca del Estado Azteca en Villa Coapa, al sur de la Ciudad de México, otra tienda ofrece esa misma tonelada de varilla hasta 1,400 pesos más barata ( 18,500 pesos), y la tonelada de cemento otros 300 pesos más barata. Y esta diferencia de precios no es tan grande como en los meses posteriores al sismo, a finales de 2017, cuando a decir de los vecinos se cometieron abusos reiterados, sin que ninguna autoridad hiciera nada para evitarlo.

El mercado, aún sin demoler

A un costado de la céntrica iglesia, se levanta el mercado de San Gregorio: la vena aorta del pueblo por la que fluye la mayor parte de su actividad comercial. Sin embargo, al igual que los agricultores de maíz y ganaderos de la zona, los 152 locatarios del viejo zoco han visto disminuidas sus ventas durante los últimos 12 meses, con la agravante de que su centro de comercio fue severamente dañado por el temblor.

Las fisuras en las paredes y los desprendimientos en los acabados obligaron a los comerciantes a abandonar sus locales. Ahora se ubican sobre la banqueta, a escasos metros del incesante arroyo vehicular de la avenida Chapultepec. Allí, en rudimentarios puestos hechos a base de maderas y lonas de plástico, esperan a que los trabajadores del gobierno capitalino terminen de instalar otra estructura metálica que dará forma a un mercado provisional.

Los nuevos locales, de 2 metros con 45 centímetros de largo y 30 centímetros de profundidad, permitirán iniciar los trabajos de demolición del antiguo mercado. Sin embargo, en esta primera etapa solo se adecuaron 79 locales provisionales, por lo que los 73 comerciantes restantes no contarán con un espacio para vender sus productos.

Verónica vende paletas y es una de los 73 locatarios que no tienen asignados un lugar en el mercado temporal: “Las autoridades vinieron a censarnos y a preguntarnos por nuestras necesidades. Pero los puestos son muy pequeños y difícilmente cabría mi refrigerador. Ahora nos piden que el martes ( 11 de septiembre) desalojemos el mercado y, la verdad, no sé qué voy a hacer”.

Patricia Valdés es dueña de una lonchería e integrante de la comisión de locatarios. Mientras atiende su puesto, la mujer dice que la demolición del mercado, aunque muy tardada, es una gran noticia para ellos; probablemente la mejor y única que han recibido en los últimos 12 meses.

“Sabemos que la demolición es un proceso lento, pero esperamos que realmente nos edifiquen nuestro nuevo mercado, porque ha sido un año muy difícil en todos los aspectos, sobre todo en las ventas, ya que ha habido muchos días que, en vez de ganancias, hemos tenido solo pérdidas”, refiere la representante de los locatarios.

Los escombros y el cascajo aún se acumulan en las calles de San Gregorio, una de las localidades en la Ciudad de México más afectadas por el temblor. Foto: Manu Ureste

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¿Por qué los hombres usan menos los cubrebocas si corren más riesgo de morir por covid-19 que las mujeres?

Las tasas de mortalidad por covid-19 son considerablemente más altas entre los hombres. ¿Por qué entonces estos utilizan menos las mascarillas faciales que las mujeres?
15 de julio, 2020
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Mujer con mascarilla al lado de hombre sin mascarilla

Getty Images
La evidencia sugiere que en todo el mundo las mujeres acostumbran utilizar más las mascarillas faciales que los hombres.

Después de mucho pelear, Mónica* tomó una decisión drástica.

Mientras Brasil iba en camino de convertirse el segundo país del mundo en muertes por coronavirus, solo por detrás de Estados Unidos, su esposo, Eduardo, se negaba a usar una mascarilla.

Entonces decidió abandonar el departamento familiar en Niteroi, cerca de Río de Janeiro, y mudarse a casa de sus padres con su hijo de siete años.

“Soy asmática y eso me hace particularmente vulnerable al coronavirus. Pero para mi esposo estaba siendo paranoica“, le dice a la BBC.

No sabemos a cuántas otras parejas en todo el mundo les pasó lo mismo que a Eduardo y Mónica.

Pero su historia es un buen ejemplo de la brecha de género en las actitudes hacia el uso de máscaras faciales que se ha hecho evidente durante la pandemia.

Hasta el 14 de julio, la covid-19 ya había infectado a más de 13 millones de personas y matado a más de 570,000, según la base de datos de la Universidad Johns Hopkins.

Y en la gran mayoría de los países donde hay datos disponibles, las tasas de mortalidad son considerablemente más altas entre los hombres.

Pero, a pesar de eso, estudios y encuestas también han encontrado que los hombres son más renuentes que las mujeres a usar equipos de protección personal y cubiertas faciales, actitud que también se ha observado durante epidemias anteriores.

Jared Kushner e Ivanka Trump

Getty Images
También en la familia Trump hay diferencias de género en el uso de mascarillas.

El uso de mascarillas, sin embargo, es una medida ampliamente recomendada por las autoridades de salud para ayudar a prevenir la propagación del coronavirus.

La Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, apoya el uso de mascarillas como “parte de una estrategia integral de medidas para suprimir la transmisión”. Y, aunque admite que hay evidencia limitada sobre la efectividad de las mascarillas no médicas para el público en general, alienta su uso cuando el distanciamiento social no es posible.

Varios países y ciudades también están promoviendo su uso, y algunos incluso las han hecho obligatorias en espacios confinados o abarrotados, como en el transporte público, bares y tiendas.

Orgullo y prejuicios

Pero si las mascarillas pueden ser una ayuda en la lucha contra el coronavirus, ¿por qué los hombres son menos propensos a usarlas?

Uno de los análisis más recientes y publicitados del comportamiento masculino fue realizado por Valerio Capraro, profesor titular de Economía en la Universidad de Middlesex, y la matemática canadiense Hélène Barcelo, del Instituto de Investigación de Ciencias Matemáticas de Berkeley.

Cementerio

Getty Images
Los hombres son más propensos a morir por covid-19 y también a negarse a usar mascarillas.

Los académicos encuestaron a casi 2,500 personas que viven en Estados Unidos y descubrieron que los hombres no solo estaban menos inclinados a usar máscaras faciales que las mujeres, sino que consideraban que ponerse una mascarilla era “vergonzoso” y “un signo de debilidad”.

Y la encuesta también encontró que las mujeres tenían casi el doble de probabilidades que los hombres de manifestar la intención de “usar una máscara facial fuera de su casa”.

“Los hombres tienen menos tendencia a cubrirse la cara, y una de las razones principales es que tienden a creer que la enfermedad no los afectará más que las mujeres”, explica Capraro.

“Pero eso es particularmente irónico porque las estadísticas oficiales muestran que en realidad el coronavirus impacta a los hombres más seriamente que a las mujeres”, agrega el científico.

Menos máscarillas, más muertos

Otros estudios también han demostrado consistentemente que los hombres también son menos obedientes al lavado de manos, una de las medidas básicas de higiene para ayudar a prevenir la propagación de enfermedades.

Una encuesta reciente, por ejemplo, encontró que el 65% de las mujeres dice lavarse las manos regularmente, por un 52% de los hombres.

Y aunque en EE.UU. las afiliaciones políticas también influyen fuertemente en el comportamiento de hombres y mujeres durante la pandemia, el género parece seguir siendo un factor más importante.

Simpatizante de Trump con máscara facial

Getty Images
Las mujeres republicanas utilizan más las mascarillas que los hombres de su mismo partido.

Según varias encuestas, los partidarios del Partido Republicano del presidente Donald Trump son menos propensos a usar mascarillas o mantener la distancia social que los partidarios del Partido Demócrata.

Pero la encuesta nacional más reciente, hecha en junio, mostró que mientras el 68% de las mujeres que apoyan a los republicanos utiliza mascarillas fuera del hogar de forma frecuente, solamente un 49% de los hombres dijo ponerse una al salir de casa.

Todo indica, sin embargo, que la importancia de las máscaras faciales solo irá en aumento: nueva evidencia sugiere que el coronavirus puede propagarse por pequeñas partículas suspendidas en el aire y no solo a través de las gotas más grandes expulsadas cuando las personas tosen o estornudan.

Y un reciente estudio de científicos japoneses, que aún no se ha publicado, encontró una correlación entre el uso de mascarillas faciales y las tasas de mortalidad en 22 países.

Mujer con mascarilla al lado de hombre sin mascarilla

Getty Images
Científicos sostienen que hay una correlación entre mortalidad y uso de mascarillas.

Al analizar las encuestas del instituto de investigación YouGov, los científicos Daisuke Miyazawa y Gen Kaneko descubrieron que los países donde más personas dicen usar mascarillas tenían menos muertes por millón de personas.

¿Exceso de confianza?

Christina Gravert, científica conductista de la Universidad de Copenhague, no se sorprende por la división de género en el uso de mascarillas evidenciada por investigaciones.

Después de todo, hay una gran cantidad de trabajo académico que muestra que hombres y mujeres parecen abordar el riesgo de una manera diferente.

Pero Gravert le dice a la BBC que una simple observación en la capital danesa le bastó para confirmar que las mujeres estaban siendo más conscientes de los esfuerzos por contener la propagación de la covid-19.

Mujer caminando

Getty Images
Las mujeres le ponen más atención a las indicaciones.

“Los senderos para caminar en Copenhague se convirtieron en calles de un solo sentido, para que la gente no se cruzara al correr o caminar”, cuenta Gravert.

“Y mi impresión es que más hombres que mujeres se equivocan (al desplazarse por los mismos)”, destaca.

La brecha de género también se ha observado en otros países durante epidemias anteriores.

Por ejemplo, un estudio sobre el comportamiento de los usuarios del metro de Ciudad de México durante el brote de gripe porcina de 2009, que mató a casi 400 personas, encontró una mayor proporción de mujeres que de hombres con mascarillas.

También hay diferencias de género incluso en los países asiáticos donde usar máscaras faciales es una norma social ampliamente establecida y ampliamente observada.

Y la mayor reticencia masculina no es algo reciente: durante la pandemia de gripe de 1918 que mató a decenas de millones de personas, los hombres y los niños fueron el principal blanco de las campañas de salud pública que recomendaban el uso de mascarillas.

¿Hombres menos cuidadosos?

Junto con el trabajo académico mencionado por Christina Gravert, la vida real también parece confirmar constantemente la percepción de que los hombres son menos cuidadosos.

Los proveedores de seguros de automóviles, por ejemplo, han cobrado históricamente a las mujeres primas más bajas, porque los hombres están detrás de la mayoría de los accidentes de tránsito en todo el mundo (aunque también es cierto que el mundo tiene más conductores masculinos que femeninos).

Otro ejemplo curioso es el llamado Premio Darwin, que destaca las muertes más absurdas (y evitables): de 1995 a 2014 casi el 90% de los “ganadores” fueron hombres.

Hombre lee el periódico en las vías del tren

Getty Images
Numerosos estudios indican que los hombres toman más riesgos.

E incluso el investigador Valerio Capraro, admite haber sido negligente en el uso de mascarillas faciales.

“Solo comencé a usar una hace unos meses, cuando fui de viaje a Italia, donde el uso de mascarillas es obligatorio en una serie de situaciones”, admite.

Capraro ahora cree que hacer que las máscaras sean obligatorias hará que más hombres sigan los consejos de salud pública.

“Los estudios han demostrado que la diferencia de género casi desaparece en los lugares en los que es obligatorio cubrirse la cara”, destaca.

Christine Gravert, sin embargo, ve más potencial en campañas de concientización dirigidas al público masculino.

Mascarilla abandonada

Getty Images
Para hacer que más hombres utilicen mascarillas los expertos recomiendan campañas dirigidas y regulaciones más estrictas.

“Si el problema es el exceso de confianza, podría ayudar a que los hombres conozcan las estadísticas y mostrarles que sufren más de covid que las mujeres”, explica.

“Y si tomamos en serio que los hombres son en promedio menos altruistas y más egoístas, entonces la comunicación debería centrarse menos en proteger a los demás y más en protegerse a uno mismo”, dice la experta.

Un final feliz

También hay evidencia de que la presión de grupo puede funcionar, como lo muestra la historia de Eduardo y Mónica, la pareja dividida por una máscara facial.

Después de darle un ultimátum a su esposo, Mónica vio un cambio radical que se tradujo en un final feliz: Eduardo lleva una mascarilla desde hace un tiempo.

“Todavía pienso que mi esposo cree que un hombre sano como él no se enfermará“, dice Mónica.

“Pero ahora es bastante consciente de que sus buenas acciones protegerán a su familia”, concluye.

* Los nombres de Mónica y Eduardo fueron cambiados a solicitud de la entrevistada.

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