1968: Llevan al Campo Militar número 1 a cientos de estudiantes; son brutalmente golpeados

En Tlatelolco, fuertemente golpeados y muchos de ellos en calzoncillos, luego de que los militares los obligaron a despojarse de sus ropas, los dirigentes estudiantiles fueron forzados a bajar a la plaza luego de ser detenidos en la terraza del tercer piso o en los departamentos en que buscaron refugio.

1968: Llevan al Campo Militar número 1 a cientos de estudiantes; son brutalmente golpeados
Archivo histórico UNAM

Nota del editor: Desde el 23 de julio, Animal Político presenta materiales periodísticos para conocer los hechos, nombres y momentos clave del movimiento estudiantil del 68 que se vivió en México.

La cronología se publica en tiempo real, a fin de transmitir la intensidad con que se vivieron esos días y se tenga, así, una mejor comprensión de cómo surgió y fue frenado a un precio muy alto el movimiento político social más importante del siglo XX.

Queda mucho por saber y entender: 50 años después aún no sabemos por qué una riña estudiantil –como muchas que hubo previamente– detonó la brutal represión del gobierno.

Lo que es cierto es que el 68 fue, es mucho más que la masacre del 2 de octubre. Hubo un contexto que lo explica. Y eso es lo que les presentamos aquí: 

Ciudad de México, 3 de octubre de 1968.- Cientos de estudiantes, profesores y asistentes al mitin del Consejo Nacional de Huelga (CNH) en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, fueron salvajemente golpeados y trasladados en vehículos del Ejército al Campo Militar número 1.

Con la ayuda e intervención directa del batallón Olimpia, integrado por policías y militares vestidos de civil que se identificaron con un guante blanco, el Ejército detuvo a la mayoría de los dirigentes del movimiento estudiantil que se encontraban en el edificio Chihuahua y en la plaza adyacente.

Por testimonios, se sabe que los del guante blanco –y otros francotiradores no identificados– dispararon indiscriminadamente contra la multitud desarmada e indefensa.

Apuntó el cronista Carlos Monsiváis: “No hay testimonios de ‘los francotiradores de la población civil’, salvo cinco o seis aventureros que nada significaron con sus pistolillas. Lo otro, lo de la provocación oficial, es avasallador. El fuego es incontenible, con la intervención de ametralladoras y armas de alto poder. Se cierra la Plaza, el batallón Olimpia detiene a quienes están en el Chihuahua. La gente se tira al suelo, los que pueden huyen, los periodistas se identifican para salvarse; a un fotógrafo, un soldado le traspasa la mano con una bayoneta. Se llama a gritos a los amigos y los familiares, el llanto se generaliza, la histeria y la agonía se confunden”.

Pero ante el fuego cruzado, incluso tener un arma no era garantía de nada.

Casualmente, el primero que cayó herido en la plaza fue el general José Hernández Toledo, encargado del despliegue militar en Tlatelolco, hasta que tuvo que ser sustituido de emergencia.

De acuerdo con un cable confidencial elaborado para la Casa Blanca por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), “las bajas sufridas durante la noche y la madrugada incluyen 24 civiles muertos, la mayoría de ellos estudiantes; 137 civiles heridos; ocho soldados asesinados y un número indeterminado de soldados heridos, incluyendo al general José Hernández Toledo, comandante del Batallón de Paracaidistas; tres agentes heridos de la Dirección Federal de Seguridad, al igual que cuatro policías heridos. Hubo más soldados muertos porque ellos estuvieron expuestos a los francotiradores de los pisos superiores de los edificios cercanos. Algunos de los disparos fueron de armas automáticas. Durante el transcurso de la noche del 2 y la madrugada del 3 de octubre personas fueron arrestadas, algunas de ellas ya habían sido arrestadas previamente durante manifestaciones anteriores, pero posteriormente fueron liberadas”.[1]

Golpes, muchos golpes

En Tlatelolco, fuertemente golpeados y muchos de ellos en calzoncillos, luego de que los militares los obligaron a despojarse de sus ropas, los dirigentes estudiantiles fueron forzados a bajar a la plaza luego de ser detenidos en la terraza del tercer piso o en los departamentos en que buscaron refugio.

En la planta baja del edificio había cientos de jóvenes detenidos, la mayoría de ellos empapados, formados en filas contra la pared; “tenían las manos en la nuca; estaban también en calzones, trusas blancas holgadas, grandes”. [2]

Un grupo de soldados, policías infiltrados y policías judiciales tenían la misión de identificar a los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga (CNH) conforme los iban bajando.

Uno de los infiltrados en las asambleas de la Facultad de Filosofía y Letras reconoció a Luis González de Alba, representante de esa escuela universitaria. Lo pasaron a la última fila.

“Un individuo chaparro, civil, con cara de bulldog, corte de pelo al rape”, a quien el propio González de Alba creyó identificar como el jefe policiaco Raúl Mendiolea –cuya destitución exigía el movimiento estudiantil– se detuvo detrás del estudiante. “Traía una porra de goma llena de balines… lo oía pararse a mi espalda, respirar unos segundos, luego me atizaba con la porra en la cabeza. A su regreso hacía lo mismo. Iba y venía, de entre los civiles no aprehendidos, pero agrupados, a los mandos militares. Iba y venía. Y cada que pasaba atrás de mí, lo oía detenerse, respirar como si concentrara furia, y atizarme en la cabeza con la porra de balines”.[3]

Otros de los principales dirigentes también fueron reconocidos, como Gilberto Guevara Niebla, representante de la Facultad de Ciencias de la UNAM.

Cuando los policías lo bajaron se encontró con un cuadro caótico, con “una multitud de soldados que gritaban histéricos, nerviosos, todos muy excitados, seguramente bajo el efecto de narcóticos”.

Lo primero que Guevara Niebla vio fue a un policía rubio que unas horas atrás se había fingido estudiante de derecho para subir a la tribuna. “Al verme, gritó: “¡Ay, hijo de la chingada! ¡Ahí está ese cabrón de Guevara!”. Y lo fue a buscar, atravesando una doble hilera de soldados. “Me alcanzó hasta ahí para golpearme y patearme”.[4]

Lo peor es que cuando el líder universitario se salió de la fila, alguien gritó: “¡Ese del suéter rojo con la franja amarilla es el presidente de debates!”.

Entonces todos los soldados se lanzaron a patearlo y golpearlo. “Me tiraban, me levantaban y volvían a darme. Hasta que logré unirme con los otros estudiantes. En un momento vi también, entre los soldados, al sujeto de baja estatura que horas antes dijo traer un mensaje de Genaro Vázquez. También estaban ahí, ya desembozados, todos los que se habían fingido periodistas”[5] durante el mitin.

A un costado de la plaza, sobre la calle Manuel González, ya había varias filas de camiones militares de transporte de tropa, cubiertos con lonas verdes y bancas a los lados.

Aún se escuchaban dispersos, aislados, disparos lejanos. Los estudiantes fueron arrojados a los camiones y los encimaban unos sobre otros. Se formaban cuatro capas de cuerpos por lo menos, según relató Guevara Niebla. Los soldados iban sentados en las bancas laterales del camión.[6]

Muertos en la morgue. Archivo Centro Cultural Universitario Tlatelolco, UNAM.

Siguiente parada: Campo Militar No. 1

Los estudiantes presos comenzaron a llegar alrededor de la una de la mañana de este jueves al Campo Militar No. 1. Hacía frío. Estaban semidesnudos. Conforme fueron llegando, los formaron en una plancha cuadrada de cemento. Unos 100 detenidos, calculó Guevara Niebla. Y se dio cuenta de que los habían “seleccionado” porque ahí estaban varios de los líderes.

“Me hundió todavía más ver a Luis González de Alba sin camisa, golpeado. Lo mismo que a los otros compañeros. El más golpeado de todos era Florencio López Osuna, representante de la Escuela Superior de Economía del Poli, que estaba en calzoncillos”, contó Guevara Niebla.[7]

Los militares empezaron a interrogar a los estudiantes y les preguntaron su nombre. Algunos, como González de Alba, respondieron con su nombre de pila y los dos apellidos. “Ya está, nos tienen reconocidos a todos. Ya no hay nada más que hacer”, pensó. [8]

A Guevara Niebla le tocó estar en la esquina de la plancha cuadrada de cemento en la que fueron colocados los detenidos. Un soldado muy bajo de estatura “y muy feo de aspecto”, lo vio y lo señaló: “¡Este es del Partido Central Comunista!”, gritó.

Entonces llegaron un oficial y otros dos o tres soldados y separaron al delegado de la Facultad de Ciencias. Volvieron a golpearlo y lo metieron en una hilera de celdas. Los estaban encerrando en los dormitorios conyugales del Campo Militar número 1, unos cuartos pequeños de dos metros de ancho, tres de fondo y dos de alto. Adentro sólo hay una cama con tambor metálico, con un colchón muy delgado. Ni excusado ni lavabo.

“Los soldados que me llevaban quitaron ese colchón y me aventaron ahí. Fue una noche muy fría. Yo traía las ropas mojadas y traté de acomodarme inútilmente”, dijo Guevara Niebla.[9]

Lo que sí tienen los detenidos es un foco encendido día y noche, cubierto por una reja de metal para impedir que lo aflojen y consigan un rato de oscuridad.[10]

Esta noche casi ninguno de los detenidos duerme.

[1] Facilitado por Kate Doyle, del National Security Archive. En https://nsarchive.gw.edu/

[2] González de Alba, Luis, “Tlatelolco, aquella tarde”, Nexos, 1 de noviembre de 2016. En www.nexos.com.mx/?p=30019

[3] Ídem.

[4] Guevara Niebla, Gilberto, “Volver al 68”, Nexos, 1 de octubre de 1993, www.nexos.com.mx/?p=6899

[5] Ídem.

[6] González de Alba, Luis, op. cit.

[7] Ídem.

[8] González de Alba, op. cit.

[9] Guevara Niebla, op. cit.

[10] González de Alba, op. cit.

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