Afganistán, la guerra sin fin, continúa después de 17 años y tres presidentes de EU
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Afganistán, la guerra sin fin, continúa después de 17 años y tres presidentes de EU

¿El conflicto más prolongado y costoso de Estados Unidos es un “desastre total” o un mal necesario? Washington gasta alrededor de 50 mil millones de dólares anuales para operativos militares en Afganistán.
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Por Jeff Stein/Tom O’ Connor (Newsweek en Español)
28 de octubre, 2018
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En 1842, la joven reina Victoria se escandalizó al saber, tardíamente, que todo el Ejército británico apostado en Afganistán (16,000 hombres) había sido aniquilado por guerreros tribales. Por supuesto, la situación no persistió mucho tiempo. Impasible, el Reino Unido dio por descontada la pérdida —libró otras dos guerras en Afganistán— y nunca pensó en renunciar a su papel autoproclamado como la fuerza civilizadora y estabilizadora del mundo. Pasaría un siglo antes de que terminara por agotar su reserva del Tesoro y perdiera el imperio durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1945, Estados Unidos asumió la función de Gran Bretaña como superpotencia mundial. Pero ahora también está agotando sus fondos del Tesoro, recursos humanos y voluntad política a consecuencia del pecado original de democratizar Afganistán a punta de pistola. Hartos de otras incursiones catastróficas en Irak, Libia y Siria, millones de estadounidenses cuestionan el rol mundial de su país. Según una reciente encuesta del Centro de Investigaciones Pew, casi la mitad de los adultos estadounidenses considera que Estados Unidos “ha fracasado en la consecución de sus objetivos ”, mientras que solo un tercio afirma que ha tenido éxito, y 16 por ciento se manifestó indeciso.

Ahora, se dice que el presidente Donald Trump ha retomado su postura de que la guerra es un “desastre total” y que está contemplando la retirada de sus fuerzas militares. ¿Acaso la salida de Afganistán podría anunciar una nueva era de aislacionismo? A simple vista, parece que sí.

Trump no solo ha proclamado que la intervención de Washington en Oriente Medio y el sur de Asia es una pérdida de tiempo, vidas y dinero; también está cuestionando la estructura que sustenta las alianzas europeo—estadounidenses que, desde hace tres cuartos de siglo, han impedido que se desate una guerra nuclear de escala mundial. Su frase “primero Estados Unidos” parece sinónimo de “la fortaleza Estados Unidos. Y los demás, hagan lo que puedan”.

Muchos vislumbran una consecuencia más sombría en la estrategia de Trump. Una retirada total de Afganistán expondría al turbulento país a las intrigas de la teocracia en Irán, el crecimiento de China y, en particular, a la Rusia de Vladimir Putin. Y eso, sin hablar de Paquistán e India, que podrían engancharse en una repetición del bicentenario “Gran Juego”, la competencia por influir en la región. Mientras Trump cuestiona el valor de la OTAN y la Unión Europea, el mandatario y sus asesores defienden las intenciones del Kremlin en Occidente, como consta en su respaldo para el voto brexit y en el ascenso de los partidos nacionalistas europeos de “sangre y patria”.

Para las instituciones de política exterior de Washington y Europa occidental, las políticas de Trump no son aislacionistas, sino traicioneras, pues socavan las estructuras que han preservado la paz durante 73 años. El congreso de Estados Unidos ha manifestado su repudio presentando al presidente una legislación que impone nuevas sanciones a Rusia, la cual no puede vetar y en la que advierten que no despida al asesor especial Robert Mueller.

¿Acaso ese impulso para retirar al ejército de una guerra afgana imposible de ganar apunta a un replanteamiento de las estrategias estadounidenses o se trata de algo peor? Líderes mundiales, desde Kabul hasta Berlín, esperan con inquietud.

Imagen: Robert Nickelsberg/Getty Images

TRUMP, EN APRIETOS

Hace casi una década, un experto estadounidense en el tema de Afganistán presagió un escenario espeluznante si el Talibán seguía ganando territorio en la guerra: la evacuación de emergencia del personal estadounidense destacado en Kabul haría que la caída de Saigón, y el consiguiente rescate aéreo desde la embajada sudvietnamita de Estados Unidos, pareciera pan comido.

La predicción del colapso de Kabul fue prematura por varios años. En su editorial abierta de 2009, Thomas Johnson —profesor de investigación en la Escuela de Posgrado de la Academia Naval de Estados Unidos— vaticinó que, si la estrategia estadounidense no cambiaba, la derrota podría producirse apenas en 2012. Pero, transcurridos seis años, y con una reducción drástica de su fuerzas, Estados Unidos sigue arraigado en Afganistán; y el pronóstico es aun más sombrío. A decir de diversas fuentes, el presidente Donald Trump está volviendo a su postura anterior de que la guerra es un “desastre total”; aunque hay quienes dudan de que la haya abandonado alguna vez.

En una revelación de Fear, libro que hace un análisis de la presidencia Trump, el periodista de investigación, Bob Woodward, detalla la reacción del magnate a una propuesta de estrategia revisada que H. R. McMaster, su exasesor en seguridad nacional, presentó en el verano de 2017. Cuenta que el presidente estalló: “¿Qué carajos hacemos allá?”. Luego, Trump se volvió a su entonces asistente, Rob Porter, y se quejó de que Afganistán “nunca sería una democracia funcional. Deberíamos retirarnos por completo”.

Pese a ello, en agosto de 2017, lograron convencer a Trump de que firmara un compromiso abierto y destinara otros 4,000 soldados para la guerra de Afganistán, con lo que el número ascendió a más de 14,000 efectivos. A ellos se suman alrededor de 27,000 contratistas que trabajan para Estados Unidos, de los cuales, unos 10,000 son ciudadanos estadounidenses.

El 7 de octubre de 2018 se cumplió el 17º aniversario de la intervención estadounidense en Afganistán. Ha sido la guerra más prolongada de Estados Unidos, y si bien dista de ser la más mortífera —el conflicto de Vietnam cobró 58,200 vidas estadounidenses— ha sido, con mucho, la más costosa: en este momento, Washington gasta alrededor de 50 mil millones de dólares anuales para operativos militares en Afganistán; y según cálculos, el costo total de la guerra, a la fecha, oscila entre 841 mil millones y 1.07 billones de dólares (esta cifra contempla el costo de la atención proporcionada a la oficina de Asuntos de Veteranos). No obstante, el balance oficial del Pentágono es mucho más bajo.

También hay que considerar los costos para los soldados. Es difícil obtener una cifra exacta de los hombres y las mujeres que han prestado servicio solo en Afganistán, y las veces que han estado allá; pero un reciente estudio de RAND Corp. afirma que, desde los ataques del 11 de septiembre, alrededor de 2.77 millones de efectivos han intervenido en 5.4 millones de despliegues en todo el mundo, sobre todo en Oriente Medio y el sur de Asia, “y los soldados del ejército representan el grueso de esa cifra”.

A fines de julio, el Pentágono informó que 2,372 militares habían muerto en Afganistán, con un saldo de 20,332 heridos en acción. Ahora bien, según el proyecto Costos de Guerra de la Universidad de Brown, “al menos 970,000 veteranos tienen algún grado de discapacidad a resultas de las guerras” en Afganistán e Irak (donde la mayor parte de las fuerzas estadounidenses fue retirada en 2011).

Por supuesto, los civiles afganos la han llevado mucho peor. A decir del proyecto de Brown, para mediados de 2016, la cifra combinada de muertos afganos y palestinos que vivían en los frentes de combate fue de 173,000 muertos, con más de 183,000 heridos de gravedad.

Hace 17 años, después de que equipos de la CIA y de Fuerzas Especiales expulsaran a los talibanes de Kabul, Washington acarició el sueño de llevar la paz y la democracia a Afganistán, país que ha sido devastado por diversos conflictos armados desde la invasión soviética de 1970; y, mucho antes, por las tres guerras con el Imperio Británico a lo largo de 80 años. Pero Washington ya no tiene puesta la mira en la victoria. Para 2017, su objetivo era bombardear a los extremistas sunitas hasta obligarlos a negociar la paz y, tal vez, a establecer un régimen de poder compartido con el endeble gobierno del presidente Ashraf Ghani.

Con todo, al cabo de un año, resulta evidente que su estrategia ha sido un fracaso. Expertos señalan que el Talibán, impelido por una serie de logros inesperados en el campo de batalla (incluido el ingreso cada vez más fácil en Kabul, con devastadores ataques suicidas) y apuntalado por la creciente impopularidad de Ghani, ahora exige el retiro total de las fuerzas estadounidenses como condición para considerar cualquier acuerdo de poder compartido con Kabul.

Imagen: Andrew Harrer-Pool/Getty Images

El Pentágono y el Departamento de Estado “intentan negociar algún acuerdo con el Talibán que les permita conservar su dignidad”, comentó Thomas Joscelyn, editor de Long War Journal, sitio Web que vigila estrechamente las actividades militantes islámicas desde el 11 de septiembre de 2001, cuando Al Qaeda atacó el World Trade Center de Nueva York y el Pentágono. “Están ansiosos porque el Talibán diga, de la manera que sea, ‘en serio, no hay problema si se retiran’. Mientras que el Talibán solo quiere que salgamos, cosa que han reiterado una y otra vez. Nos quieren fuera”.

Según el rumor que corre por los pasillos de la política exterior de Washington, todo esto ha llevado a Trump a concluir, nuevamente, que la guerra es una causa perdida. Se dice que, tras las elecciones intermedias de noviembre, el presidente pretende anunciar un cronograma para el retiro de fuerzas, el cual iniciaría en 2020.

Con todo, parece que nadie está presionando para que la salida sea más rápida o para escalar la intervención militar en Afganistán, señala Anthony Cordesman, asesor en asuntos iraquíes y afganos para los departamentos de Estado y Defensa. Y dado que el nuevo comandante acaba de llegar a Kabul y está haciendo su propia evaluación, Trump tiene muchas razones para esperar, en vez de actuar. A últimas fechas, ha estado sopesando una propuesta de Erik Prince, el controvertido fundador de Academi , quien ha sugerido que Estados Unidos podría ganar la guerra con 5,000 millones de dólares y recurriendo a unos pocos millares de mercenarios.

“Pasarán algunos meses antes que el presidente tenga que resolver esta situación”, prosiguió Cordesman, quien ahora es el presidente Arleigh A. Burke de Estrategia, en el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington, D. C. “Tiene motivos para esperar. Con las elecciones estadounidenses de medio periodo y las elecciones que celebrará Afganistán, las negociaciones de paz tienen muy pocas posibilidades; y, además, el invierno reducirá la presión militar”.

El 21 de septiembre, el secretario de Estado Mike Pompeo finalmente hizo el esperado nombramiento de Zalmay Khalilzad como nuevo enviado especial del Departamento de Estado en Afganistán. La misión de Khalilzad —un respetado exembajador ante Kabul— es buscar negociaciones con el Talibán.

“Mi impresión es que Afganistán no tiene alguna voz que ejerza presión para negociar más allá de los problemas que enfrenta su gobierno”, señaló Cordesman. Sin embargo, si Trump decidiera actuar, “creo que ocurrirían dos cosas : una desescalada rápida en vez de una retirada inmediata; y una resistencia intensa a cualquier propuesta para recibir grandes cifras de refugiados o inmigrantes afganos”.

La Casa Blanca no respondió a las insistentes peticiones de Newsweek para comentar sobre lo que piensa el presidente en el asunto de Afganistán.

Todos los expertos en este tema advierten que, debido a la célebre volatilidad de Trump y —según se afirma— a la necesidad de disuadirlo de tomar decisiones precipitadas, es difícil predecir qué hará al final. “Poco antes de la declaración del año pasado , estaba completamente a favor de la retirada”, reveló un funcionario de inteligencia, al abrigo del anonimato porque no está autorizado para hablar con la prensa.

“Luego, dio una vuelta de 180 grados, así que nadie sabe hacia dónde se enfilan las cosas”. Además, agregó, los altos mandos militares pueden obstaculizar cualquier orden presidencial intempestiva para abandonar Afganistán, argumentando que el general Scott Miller, el nuevo comandante estadounidense, necesita tiempo para redactar su propia evaluación militar y enviarla a la Casa Blanca.

“Es algo que siempre piden”, añadió el funcionario de inteligencia. Los militares han utilizado esta estrategia dilatoria desde hace una década; primero, para contener las preferencias del presidente Barack Obama y ahora, con la retirada de Trump. “No se trata de demorar la misión, sino de demorar el calendario”, explicó el funcionario. “Y cuando te des cuenta, habrá pasado otro año”.

Imagen: Meyer/Corbis via Getty Images

Lee la nota completa en  Newsweek en Español

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Cómo se utilizan "los bosques fantasma" para el lavado verde

Muchos países anuncian grandes plantaciones de árboles para mitigar el cambio climático, pero la realidad puede distar mucho de las promesas. En una iniciativa en América Latina, un funcionario reveló a la BBC que solo se ha logrado cerca del 10% de lo prometido.
11 de mayo, 2022
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Capturar carbono mediante la plantación de árboles se ha convertido en un elemento central de la lucha contra el cambio climático. Pero hay un problema. A veces estos bosques existen solo en el papel, porque las promesas no se han cumplido o porque los árboles plantados han muerto o incluso han sido talados. Una nueva iniciativa rastreará el éxito y el fracaso de estos proyectos.

La Dra. Jurgenne Primavera rema en una canoa a lo largo de la costa de Iloilo en Filipinas. Es una escena idílica, pero la científica tiene el ceño fruncido. Hace seis años, en estas aguas poco profundas se plantaron manglares como parte del ambicioso Programa Nacional Verde del país.

Ahora lo único que se ve es agua azul y cielo azul.

El 90% de las plántulas murió, dice Primavera, porque el tipo de árbol plantado era más adecuado para arroyos fangosos que para esta zona de costa arenosa.

El gobierno prefirió esa especie, agrega, porque estaba ampliamente disponible y es fácil de plantar.

“Al plantar, se sacrificó la ciencia por la conveniencia”, afirma Primavera.

El Programa Nacional Verde fue un intento de plantar 1,5 millones de hectáreas de bosques y manglares entre 2011 y 2019.

Pero un informe contundente de la Comisión de Auditoría del país encontró que en los primeros cinco años el 88% de las plantaciones habían fracasado.

Programas, desafíos e iniciativas

En los últimos años se han lanzado muchos programas ambiciosos de restauración y plantación de bosques, incluyendo el Desafío de Bonn (Bonn Challenge) para restaurar 350 millones de hectáreas de paisajes desforestados y degradados en todo el mundo, y la iniciactiva Trillion Trees (conocida en español como Plantemos para el Planeta), que tiene el objetivo de conservar y cultivar un billón (un millón de millones) de árboles antes de que finalice la década.

Gráfico que muestra lo prometido por el Desafío de Bonn y Plantemos para el Planeta y lo logrado en el terreno

BBC

También existen proyectos regionales como la Iniciativa 20X20 para América Latina y el Caribe, la Gran Muralla Verde (Great Green Wall) en África subsahariana y el programa AFR100 que cubre todo el continente.

Si bien estos proyectos tienen hasta 2030 para alcanzar sus objetivos, todos parecen tener un largo camino por recorrer y, en algunos casos, simplemente se desconoce cuánto progreso se ha logrado.

El Desafío de Bonn tiene un “barómetro” diseñado para rastrear los avances, pero solo seis países han presentado datos. Cuando se le preguntó al jefe de la secretaría del proyecto si se había alcanzado el objetivo para 2020 de restaurar 150 millones de hectáreas, dijo que podría haber sido el caso “pero el progreso no se ha documentado completamente”.

Gráfico que muestra lo prometido y logrado en el terreno por iniciativas regionales en diferentes continentes

BBC

En el caso de la Iniciativa 20X20, los participantes informan que se han tomado medidas para proteger y restaurar más de 22 millones de hectáreas, pero un experto involucrado le dijo a la BBC que menos del 10% de esta cifra se había restaurado para 2020.

La Iniciativa 20X20 fue lanzada en 2014 para América Latina y el Caribe, justo un año antes de la firma del Acuerdo de París sobre cambio climático.

La idea inicial era incorporar 20 millones de hectáreas de tierra degradada al proceso de conservación y restauración en 17 países de la región para 2020.

Pero no hubo información clara y detallada sobre los resultados y muchos expertos en reforestación y restauración tenían dudas sobre si se había cumplido la meta.

En medio de esa falta de claridad, el programa recibió un nuevo objetivo y un nuevo plazo: 50 millones de hectáreas para 2030.

Promesas

El Instituto de Recursos Mundiales, World Resources Institute o WRI en Estados Unidos, que tiene la secretaría de la Iniciativa 20X20, publicó un informe sobre los resultados.

El reporte dice: “En total, los socios del sector privado y los programas gubernamentales informaron que protegen y han comenzado a restaurar cerca de 22,6 millones de hectáreas a través de 135 proyectos, desde que la Iniciativa 20×20 lanzó el movimiento de soluciones basadas en la naturaleza en América Latina en la conferencia de cambio climático en Lima (COP20)”.

Cuando le preguntamos si estas cifras han sido verificadas en forma independiente, WRI dijo que no, y que solo son los datos aportados por los países participantes.

Un experto en restauración de tierras y bosques del WRI, que no quiso ser identificado, señaló que solo se ha logrado alrededor del 10% de lo prometido por los países:

Son muy buenos para hacer promesas y nosotros les decimos, por favor, no nos den más promesas, muéstrennos algo de acción en el terreno“.

René Zamora-Cristales, economista forestal senior de WRI, estuvo de acuerdo en que había una gran brecha entre las promesas y la acción.

“Los países han prometido millones de hectáreas y es necesario escalar la implementación. Los desafíos son ciertamente grandes”, señaló.

Mapa de parte de África que muestra los países participantes de la iniciativa Gran Muralla Verde

BBC

El AFR100 no respondió a la pregunta de la BBC sobre cuánto progreso se ha logrado. El WRI, que brinda asistencia técnica al programa, afirmó que no sabe cuánta restauración se está llevando a cabo y que comenzará a usar tecnología satelital para averiguarlo.

En el caso de la Gran Muralla Verde, los países participantes informaron que se han restaurado 20 millones de hectáreas de tierra desde 2009, una quinta parte del objetivo final, pero esta cifra no ha sido verificada de forma independiente.

Tim Christophersen, hasta este mes jefe del programa “Naturaleza para el Clima” del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, UNEP, dice que de los mil millones de hectáreas que los países han prometido restaurar en todo el mundo, “la mayoría” sigue siendo una promesa más que una realidad.

En algunos casos se han llevado a cabo grandiosos programas de plantación, pero con resultados limitados. La BBC ha investigado una docena de ejemplos que han fracasado, como en Filipinas, generalmente por falta de cuidado.

Plantación de un arbolito

Getty Images
Los países “son muy buenos para hacer promesas y nosotros les decimos, por favor, no nos den más promesas, muéstrennos algo de acción en el terreno”, dijo un experto sobre una iniciativa en América Latina y el Caribe.

El gobierno de Filipinas no respondió a las solicitudes de la BBC de un comentario sobre la evaluación oficial de la Comisión de Auditoría y su evaluación de que el 88% del Programa Nacional Verde había fracasado.

La autoridad local que plantó lo que Primavera considera la especie de manglar incorrecta no concuerda con su opinión y asegura que en algunos lugares el 50 % de las plántulas sobrevivieron.

Sesiones fotográficas de los bosques

En Filipinas se publicó al menos una auditoría; en muchos otros países no hay resultados claros.

El estado de Uttar Pradesh, en el norte de India, por ejemplo, ha plantado decenas de millones de árboles en los últimos cinco años. Pero cuando la BBC fue a constatar el estado de nuevas plantaciones cerca de Banda, encontró pocos árboles vivos.

Los letreros aún anunciaban con orgullo la existencia de las plantaciones, pero las plantas de matorral ya estaban ganando terreno.

Carte en una plantación de árboles que fracasó en India

BBC
Una plantación de árboles que fracasó en el distrinto de Banda, en el estado de Uttar Pradesh en India.

“Estas plantaciones son en su mayoría para sesiones fotográficas, se ven geniales, los números suenan estupendos”, dice Ashwini Chhatre, profesor asociado de la Escuela India de Negocios, que ha investigado la restauración de ecosistemas.

“El modelo actual de plantación requiere que primero tengas viveros para los cuales se necesita adquirir materiales de construcción y luego bolsas con árboles jóvenes, alambre de púas y otras cosas necesarias para la plantación, además del transporte”.

“Se adjudican contratos para el suministro de todos estos materiales, y el costo puede ir más allá de lo que sería necesario. Muchas de estas personas están interesadas en replantar, no en el éxito de la plantación”.

La jefa de servicios forestales de Uttar Pradesh, Mamta Dubey, dijo a la BBC que todos los suministros para los viveros estatales se compraron a través de canales gubernamentales oficiales a precios competitivos. También señaló que la mayoría de las plantaciones eran consideradas por terceros como exitosas.

Ladrillos en un terreno que en algún momento protegieron una plántula en Uttar Pradesh

BBC
Estos ladrillos en algún momento protegieron una plántula en Uttar Pradesh.

Ashish Aggarwal, profesora del Instituto Indio de Gestión en Lucknow, dice que desde la década del 1990 India ha plantado árboles en un área del tamaño de Dinamarca, pero las evaluaciones nacionales muestran solo un aumento gradual de la cobertura forestal.

“Incluso con una tasa de supervivencia de las plántulas del 50% deberíamos haber visto más de 20 millones de hectáreas de árboles y bosques”, dice. “Pero eso no ha sucedido, los datos no muestran ese incremento”.

Según la subdirectora de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, Tina Vahanen, este problema está muy extendido y no se limita a la India.

“Muchas de las plantaciones han sido eventos promocionales“, dice, “sin ninguna acción de seguimiento, algo realmente necesario en el cultivo de árboles”.

Arbolitos en bolsas de plástico con tierra

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Se alega que en algunos casos se ha talado bosque primario maduro para hacer espacio para nuevas plantaciones.

La BBC encontró un tipo diferente de problema en Mozambique, que ha permitido a empresas privadas plantar grandes áreas con monocultivos como parte de su contribución a la iniciativa de restauración de bosques AFR100.

Si bien muchas plantaciones han crecido con éxito, se alega que en algunos casos se ha talado bosque primario maduro para hacer espacio.

La BBC escuchó esta denuncia de los aldeanos de los distritos de Lugela, Ile y Namarroi, en el centro del país. Lo mismo señaló Vanessa Cabanelas de la ONG Justicia Ambiental, quien asegura que el paisaje original funcionaba mejor como sumidero de carbono.

“Nos venden la idea de las plantaciones como una mitigación del cambio climático, pero esto es falso”, afirmó.

Las empresas detrás de las plantaciones vistas por la BBC negaron que la tierra hubiera sido previamente un bosque saludable.

Mozambique Holdings señaló que su plantación de árboles de caucho cerca de Lugela había tenido lugar en una antigua finca de cultivo de té.

Portucel, una empresa portuguesa que tiene una plantación de eucaliptos cerca de Namarroi, dijo que el hábitat había sido degradado por la interferencia humana y que quedaban muy pocos remanentes de bosque natural.

La BBC también fue testigo de la cosecha de una plantación de eucaliptos de Portucel. Vanessa Cabanelas señala que la tala de árboles crea emisiones, al igual que el transporte y exportación de los troncos, y que los árboles muertos ya no secuestran carbono.

Un vocero de Portucel dijo que plantará nuevos árboles y el proceso comenzará de nuevo.

Trabajadores forestales en Mozambique talando árboles jóvenes en una plantación de eucalipto.

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Trabajadores forestales en Mozambique talando árboles jóvenes en una plantación de eucalipto.

Portucel ha recibido financiación de la Corporación Financiera Internacional, IFC por sus siglas en inglés, una sucursal del Banco Mundial, que no ha respondido a la solicitud de comentario de la BBC.

El gobierno de Mozambique tampoco respondió.

Indicadores

Es en este contexto que la FAO presentó un nuevo marco para monitorear proyectos de restauración del paisaje.

El líder del equipo de monitoreo forestal de la FAO, Julian Fox, señaló que se acordaron 20 indicadores con los gobiernos y otras organizaciones asociadas. Uno de los indicadores es señalar los beneficios que los bosques aportan a las comunidades, ya que las plantaciones a menudo fracasan sin el apoyo local.

“La idea es fortalecer las capacidades de los países para medir y reportar su progreso de manera significativa y transparente”, afirmó Fox.

“Se trata principalmente de hacer que datos de monitoreos bien implementados estén disponibles para la comunidad internacional”.

La tarea de recopilar los datos aún recae en los propios países y no hay garantía de que lo harán.

Pero afortunadamente esta nueva iniciativa coincide conmejoras en los sistemas de monitoreo satelital, aseguran expertos.

“Hay mucho lavado verde y tenemos que ser activos para dejarlos al descubierto”, dice Tim Christophersen, el jefe saliente de la división de Naturaleza para el Clima de UNEP.

“Existe la tentación del lavado verde porque cuesta menos que hacer algo real y hacerlo bien”.


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