Afganistán, la guerra sin fin, continúa después de 17 años y tres presidentes de EU
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Getty

Afganistán, la guerra sin fin, continúa después de 17 años y tres presidentes de EU

¿El conflicto más prolongado y costoso de Estados Unidos es un “desastre total” o un mal necesario? Washington gasta alrededor de 50 mil millones de dólares anuales para operativos militares en Afganistán.
Getty
Por Jeff Stein/Tom O’ Connor (Newsweek en Español)
28 de octubre, 2018
Comparte

En 1842, la joven reina Victoria se escandalizó al saber, tardíamente, que todo el Ejército británico apostado en Afganistán (16,000 hombres) había sido aniquilado por guerreros tribales. Por supuesto, la situación no persistió mucho tiempo. Impasible, el Reino Unido dio por descontada la pérdida —libró otras dos guerras en Afganistán— y nunca pensó en renunciar a su papel autoproclamado como la fuerza civilizadora y estabilizadora del mundo. Pasaría un siglo antes de que terminara por agotar su reserva del Tesoro y perdiera el imperio durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1945, Estados Unidos asumió la función de Gran Bretaña como superpotencia mundial. Pero ahora también está agotando sus fondos del Tesoro, recursos humanos y voluntad política a consecuencia del pecado original de democratizar Afganistán a punta de pistola. Hartos de otras incursiones catastróficas en Irak, Libia y Siria, millones de estadounidenses cuestionan el rol mundial de su país. Según una reciente encuesta del Centro de Investigaciones Pew, casi la mitad de los adultos estadounidenses considera que Estados Unidos “ha fracasado en la consecución de sus objetivos ”, mientras que solo un tercio afirma que ha tenido éxito, y 16 por ciento se manifestó indeciso.

Ahora, se dice que el presidente Donald Trump ha retomado su postura de que la guerra es un “desastre total” y que está contemplando la retirada de sus fuerzas militares. ¿Acaso la salida de Afganistán podría anunciar una nueva era de aislacionismo? A simple vista, parece que sí.

Trump no solo ha proclamado que la intervención de Washington en Oriente Medio y el sur de Asia es una pérdida de tiempo, vidas y dinero; también está cuestionando la estructura que sustenta las alianzas europeo—estadounidenses que, desde hace tres cuartos de siglo, han impedido que se desate una guerra nuclear de escala mundial. Su frase “primero Estados Unidos” parece sinónimo de “la fortaleza Estados Unidos. Y los demás, hagan lo que puedan”.

Muchos vislumbran una consecuencia más sombría en la estrategia de Trump. Una retirada total de Afganistán expondría al turbulento país a las intrigas de la teocracia en Irán, el crecimiento de China y, en particular, a la Rusia de Vladimir Putin. Y eso, sin hablar de Paquistán e India, que podrían engancharse en una repetición del bicentenario “Gran Juego”, la competencia por influir en la región. Mientras Trump cuestiona el valor de la OTAN y la Unión Europea, el mandatario y sus asesores defienden las intenciones del Kremlin en Occidente, como consta en su respaldo para el voto brexit y en el ascenso de los partidos nacionalistas europeos de “sangre y patria”.

Para las instituciones de política exterior de Washington y Europa occidental, las políticas de Trump no son aislacionistas, sino traicioneras, pues socavan las estructuras que han preservado la paz durante 73 años. El congreso de Estados Unidos ha manifestado su repudio presentando al presidente una legislación que impone nuevas sanciones a Rusia, la cual no puede vetar y en la que advierten que no despida al asesor especial Robert Mueller.

¿Acaso ese impulso para retirar al ejército de una guerra afgana imposible de ganar apunta a un replanteamiento de las estrategias estadounidenses o se trata de algo peor? Líderes mundiales, desde Kabul hasta Berlín, esperan con inquietud.

Imagen: Robert Nickelsberg/Getty Images

TRUMP, EN APRIETOS

Hace casi una década, un experto estadounidense en el tema de Afganistán presagió un escenario espeluznante si el Talibán seguía ganando territorio en la guerra: la evacuación de emergencia del personal estadounidense destacado en Kabul haría que la caída de Saigón, y el consiguiente rescate aéreo desde la embajada sudvietnamita de Estados Unidos, pareciera pan comido.

La predicción del colapso de Kabul fue prematura por varios años. En su editorial abierta de 2009, Thomas Johnson —profesor de investigación en la Escuela de Posgrado de la Academia Naval de Estados Unidos— vaticinó que, si la estrategia estadounidense no cambiaba, la derrota podría producirse apenas en 2012. Pero, transcurridos seis años, y con una reducción drástica de su fuerzas, Estados Unidos sigue arraigado en Afganistán; y el pronóstico es aun más sombrío. A decir de diversas fuentes, el presidente Donald Trump está volviendo a su postura anterior de que la guerra es un “desastre total”; aunque hay quienes dudan de que la haya abandonado alguna vez.

En una revelación de Fear, libro que hace un análisis de la presidencia Trump, el periodista de investigación, Bob Woodward, detalla la reacción del magnate a una propuesta de estrategia revisada que H. R. McMaster, su exasesor en seguridad nacional, presentó en el verano de 2017. Cuenta que el presidente estalló: “¿Qué carajos hacemos allá?”. Luego, Trump se volvió a su entonces asistente, Rob Porter, y se quejó de que Afganistán “nunca sería una democracia funcional. Deberíamos retirarnos por completo”.

Pese a ello, en agosto de 2017, lograron convencer a Trump de que firmara un compromiso abierto y destinara otros 4,000 soldados para la guerra de Afganistán, con lo que el número ascendió a más de 14,000 efectivos. A ellos se suman alrededor de 27,000 contratistas que trabajan para Estados Unidos, de los cuales, unos 10,000 son ciudadanos estadounidenses.

El 7 de octubre de 2018 se cumplió el 17º aniversario de la intervención estadounidense en Afganistán. Ha sido la guerra más prolongada de Estados Unidos, y si bien dista de ser la más mortífera —el conflicto de Vietnam cobró 58,200 vidas estadounidenses— ha sido, con mucho, la más costosa: en este momento, Washington gasta alrededor de 50 mil millones de dólares anuales para operativos militares en Afganistán; y según cálculos, el costo total de la guerra, a la fecha, oscila entre 841 mil millones y 1.07 billones de dólares (esta cifra contempla el costo de la atención proporcionada a la oficina de Asuntos de Veteranos). No obstante, el balance oficial del Pentágono es mucho más bajo.

También hay que considerar los costos para los soldados. Es difícil obtener una cifra exacta de los hombres y las mujeres que han prestado servicio solo en Afganistán, y las veces que han estado allá; pero un reciente estudio de RAND Corp. afirma que, desde los ataques del 11 de septiembre, alrededor de 2.77 millones de efectivos han intervenido en 5.4 millones de despliegues en todo el mundo, sobre todo en Oriente Medio y el sur de Asia, “y los soldados del ejército representan el grueso de esa cifra”.

A fines de julio, el Pentágono informó que 2,372 militares habían muerto en Afganistán, con un saldo de 20,332 heridos en acción. Ahora bien, según el proyecto Costos de Guerra de la Universidad de Brown, “al menos 970,000 veteranos tienen algún grado de discapacidad a resultas de las guerras” en Afganistán e Irak (donde la mayor parte de las fuerzas estadounidenses fue retirada en 2011).

Por supuesto, los civiles afganos la han llevado mucho peor. A decir del proyecto de Brown, para mediados de 2016, la cifra combinada de muertos afganos y palestinos que vivían en los frentes de combate fue de 173,000 muertos, con más de 183,000 heridos de gravedad.

Hace 17 años, después de que equipos de la CIA y de Fuerzas Especiales expulsaran a los talibanes de Kabul, Washington acarició el sueño de llevar la paz y la democracia a Afganistán, país que ha sido devastado por diversos conflictos armados desde la invasión soviética de 1970; y, mucho antes, por las tres guerras con el Imperio Británico a lo largo de 80 años. Pero Washington ya no tiene puesta la mira en la victoria. Para 2017, su objetivo era bombardear a los extremistas sunitas hasta obligarlos a negociar la paz y, tal vez, a establecer un régimen de poder compartido con el endeble gobierno del presidente Ashraf Ghani.

Con todo, al cabo de un año, resulta evidente que su estrategia ha sido un fracaso. Expertos señalan que el Talibán, impelido por una serie de logros inesperados en el campo de batalla (incluido el ingreso cada vez más fácil en Kabul, con devastadores ataques suicidas) y apuntalado por la creciente impopularidad de Ghani, ahora exige el retiro total de las fuerzas estadounidenses como condición para considerar cualquier acuerdo de poder compartido con Kabul.

Imagen: Andrew Harrer-Pool/Getty Images

El Pentágono y el Departamento de Estado “intentan negociar algún acuerdo con el Talibán que les permita conservar su dignidad”, comentó Thomas Joscelyn, editor de Long War Journal, sitio Web que vigila estrechamente las actividades militantes islámicas desde el 11 de septiembre de 2001, cuando Al Qaeda atacó el World Trade Center de Nueva York y el Pentágono. “Están ansiosos porque el Talibán diga, de la manera que sea, ‘en serio, no hay problema si se retiran’. Mientras que el Talibán solo quiere que salgamos, cosa que han reiterado una y otra vez. Nos quieren fuera”.

Según el rumor que corre por los pasillos de la política exterior de Washington, todo esto ha llevado a Trump a concluir, nuevamente, que la guerra es una causa perdida. Se dice que, tras las elecciones intermedias de noviembre, el presidente pretende anunciar un cronograma para el retiro de fuerzas, el cual iniciaría en 2020.

Con todo, parece que nadie está presionando para que la salida sea más rápida o para escalar la intervención militar en Afganistán, señala Anthony Cordesman, asesor en asuntos iraquíes y afganos para los departamentos de Estado y Defensa. Y dado que el nuevo comandante acaba de llegar a Kabul y está haciendo su propia evaluación, Trump tiene muchas razones para esperar, en vez de actuar. A últimas fechas, ha estado sopesando una propuesta de Erik Prince, el controvertido fundador de Academi , quien ha sugerido que Estados Unidos podría ganar la guerra con 5,000 millones de dólares y recurriendo a unos pocos millares de mercenarios.

“Pasarán algunos meses antes que el presidente tenga que resolver esta situación”, prosiguió Cordesman, quien ahora es el presidente Arleigh A. Burke de Estrategia, en el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington, D. C. “Tiene motivos para esperar. Con las elecciones estadounidenses de medio periodo y las elecciones que celebrará Afganistán, las negociaciones de paz tienen muy pocas posibilidades; y, además, el invierno reducirá la presión militar”.

El 21 de septiembre, el secretario de Estado Mike Pompeo finalmente hizo el esperado nombramiento de Zalmay Khalilzad como nuevo enviado especial del Departamento de Estado en Afganistán. La misión de Khalilzad —un respetado exembajador ante Kabul— es buscar negociaciones con el Talibán.

“Mi impresión es que Afganistán no tiene alguna voz que ejerza presión para negociar más allá de los problemas que enfrenta su gobierno”, señaló Cordesman. Sin embargo, si Trump decidiera actuar, “creo que ocurrirían dos cosas : una desescalada rápida en vez de una retirada inmediata; y una resistencia intensa a cualquier propuesta para recibir grandes cifras de refugiados o inmigrantes afganos”.

La Casa Blanca no respondió a las insistentes peticiones de Newsweek para comentar sobre lo que piensa el presidente en el asunto de Afganistán.

Todos los expertos en este tema advierten que, debido a la célebre volatilidad de Trump y —según se afirma— a la necesidad de disuadirlo de tomar decisiones precipitadas, es difícil predecir qué hará al final. “Poco antes de la declaración del año pasado , estaba completamente a favor de la retirada”, reveló un funcionario de inteligencia, al abrigo del anonimato porque no está autorizado para hablar con la prensa.

“Luego, dio una vuelta de 180 grados, así que nadie sabe hacia dónde se enfilan las cosas”. Además, agregó, los altos mandos militares pueden obstaculizar cualquier orden presidencial intempestiva para abandonar Afganistán, argumentando que el general Scott Miller, el nuevo comandante estadounidense, necesita tiempo para redactar su propia evaluación militar y enviarla a la Casa Blanca.

“Es algo que siempre piden”, añadió el funcionario de inteligencia. Los militares han utilizado esta estrategia dilatoria desde hace una década; primero, para contener las preferencias del presidente Barack Obama y ahora, con la retirada de Trump. “No se trata de demorar la misión, sino de demorar el calendario”, explicó el funcionario. “Y cuando te des cuenta, habrá pasado otro año”.

Imagen: Meyer/Corbis via Getty Images

Lee la nota completa en  Newsweek en Español

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal

Tokio: Naomi Osaka, la "tenista rebelde" que está cambiando Japón

La tenista ha causado una verdadera revolución en Japón al poner sobre la mesa temas que en esa sociedad suelen ser un tabú.
24 de julio, 2021
Comparte

Naomi Osaka cuenta una historia.

Ocurrió en Florida, donde los mejores tenistas jóvenes del mundo se congregan y compiten.

Osaka, de unos 10 años, se estaba preparando para un partido del prestigioso torneo Orange Bowl cuando escuchó una conversación de su oponente japonés.

“Estaba hablando con otra chica japonesa”, le dijo Osaka al diario Wall Street Journal.

“Y no sabían que yo estaba escuchando o que hablaba japonés”.

“Su amiga le preguntó con quién estaba jugando”, contó Osaka. “Y su amiga dijo: ‘Oh, esa chica negra. ¿Se supone que es japonesa?’. Y luego la chica con la que estaba jugando dijo: ‘No lo creo’ “.

Todo el mundo lo sabe ahora. Osaka, la hija de madre japonesa y padre haitiano, criada en Estados Unidos, es el rostro de Tokyo 2020.

En cada parada de autobús en Tokio, la joven de 23 años aparece mirando hacia abajo desde un anuncio, saludando a los pasajeros locales e internacionales. Está vestida con una chaqueta rosa neón sobre ropa deportiva negra.

Naomi Osaka

Getty Images

El lema del anuncio está escrito mitad en inglés y mitad en japonés. Es la palabra “nuevo”, seguida de un símbolo que puede traducirse como “mundo” o “generación”.

Funciona. Porque Osaka, quien renunció a su ciudadanía estadounidense en 2019 en favor de su herencia japonesa, está trayendo más que títulos a su tierra natal. Ella está trayendo cambio.


“Nos sentimos un poco alejados de ella”

No es necesario volver a la infancia de Osaka para encontrarse con interrogantes sobre cómo encaja en la sociedad japonesa.

“Para ser honesto, nos sentimos un poco alejados de ella porque es muy diferente físicamente“, dijo Nao Hibino, actualmente la número tres de Japón, mientras Osaka avanzaba hacia los escalones más altos del tenis femenino en 2018.

“Creció en un lugar diferente y no habla tanto japonés”, agregó. “No es como Kei (Nishikori), que es un jugador japonés puro”.

Osaka no es la primera deportista de raza mixta o “hafu” que genera este tipo de interrogantes.

Sanchio Kinugasa

Getty Images
La estrella del béisbol Sachio Kinugasa era hijo de padre afroestadounidense y madre japonesa.

Sachio Kinugasa and Hideki Irabu eran estrellas del béisbol.

Ni ellos ni el público japonés estaban interesados ​​en hablar sobre sus padres estadounidenses -soldados que ocuparon el país después de la Segunda Guerra Mundial- o la discriminación que enfrentaron.

Osaka es diferente.

“Algunas personas mayores han planteado ideas sobre cómo debe hablar y comportarse una atleta japonesa en público”, explica Hiroaki Wada, reportera del periódico Mainichi de Japón.

Naomi no encaja en ese molde tradicional. Ella visibilizó esos problemas a través de sus palabras y acciones en Japón”, agrega.

“El tema de la raza y la identidad se discutieron más en los medios y en las redes sociales gracias a ella, incluidas sus declaraciones políticas. Es una figura que despierta pensamientos y reacciones”.

Sus denuncias contra el racismo

Osaka entró en el club reservado a los jugadores en el US Open del año pasado con un plan. Empacó siete mascarillas faciales diferentes. Una para cada ronda del torneo. Cada una con el nombre de un estadounidense negro que murió por presunta violencia policial o racista.

Las usó todas, mostrando los nombres de George Floyd, Breonna Taylor y Trayvon Martin a una audiencia global en su camino hacia el título.

Ese es un tema con el que Japón, una de las naciones con menor diversidad étnica del mundo, todavía lucha.

Naomi Osaka

Getty Images
Osaka utilizó mascarillas en el US Open denunciando el racismo en EE. UU.

Por ejemplo, la emisora pública japonesa NHK se disculpó el año pasado después de que una película animada que explicaba las protestas por la justicia racial caricaturizara a las personas negras y excluyera algunas de las razones clave del movimiento.

Y en 2019, la compañía japonesa de fideos instantáneos Nissin publicó, y luego retiró, un anuncio con una ilustración de Osaka con piel blanca.

Es un tema que está arraigado profundamente en otras generaciones. La madre y el padre de Osaka emigraron a Estados Unidos cuando ella tenía 3 años, sin la aprobación de sus abuelos maternos.

“Creo que lo que ha pasado en el último año ha sido un proceso de aprendizaje para los japoneses“, dice Robert Whiting, autor de Tokyo Junkie, un libro que detalla sus casi 60 años viviendo en la ciudad.

Naomi Osaka

Getty Images

“Ha habido una discusión en programas de televisión, explicando por qué Naomi se siente de esa manera y habla del modo en que lo hace”.

“En Japón, la tradición es evitar conflictos y discusiones. No es como en Estados Unidos, donde es algo común”, agrega Whiting.

“Generalmente, cuanto más famoso, más taciturno eres. No quieres ninguna controversia, no quieres que eso se refleje en tus compañeros de equipo, tu organización o patrocinadores”.

“El individualismo es algo muy valorado en Occidente, pero no en Japón. Aquí, la armonía es lo más importante”, explica.

Largos episodios de depresión

Si el año pasado el tema giraba en torno al origen de Osaka, este año lo ha hecho sobre su vida.

En mayo, después de decir inicialmente que no hablaría con los medios durante el Abierto de Francia, se retiró de ese torneo y luego de Wimbledon, citando problemas de salud mental y largos episodios de depresión durante los tres años anteriores.

Naomi Osaka

Getty Images

Los Juegos Olímpicos de Tokio marcan su regreso a la cancha después de dos meses.

Ella es la figura japonesa de más alto perfil que ha instalado el problema de la salud mental en la opinión pública. Pero no es la única.

La futbolista internacional Kumi Yokoyama, de 27 años, reveló el mes pasado que es transgénero y que tiene la intención de hacer la transición por completo a hombre, una vez que se retire del deporte.

Explicó cómo haber jugado en Estados Unidos y Alemania le había hecho tomar conciencia de la ignorancia y los prejuicios en Japón.

En 2020, Hana Kimura, una luchadora profesional, se quitó la vida después de aparecer en Terrace House, un popular reality show.

En la población japonesa en general, el número de personas que reportan problemas de salud mental se ha duplicado entre 1999 y 2014.

“Tradicionalmente en nuestra nación, recordando cuando era niño, hace 40 años, era vergonzoso que tú o un pariente tuyo tuvieran un problema de salud mental”, dijo el periodista Hiroaki Wada.

“En general, la percepción de debilidad, probablemente más entre los atletas, ha impedido que la gente hable”.

“Pero las cosas están cambiando. La gente se está volviendo más abierta a admitir que las personas tienen problemas de salud mental y que es algo con lo que tenemos que lidiar”, comentó.

Osaka y la nueva generación japonesa

Y Whiting no tiene ninguna duda de dónde viene ese cambio.

“Creo que Naomi Osaka y otros japoneses de raza mixta todavía son forasteros hasta cierto punto”, apunta.

Naomi Osaka

Getty Images

“Pero esta generación de japoneses es mucho más sofisticada que las generaciones anteriores, tienen una perspectiva mucho más global con el acceso a internet y a innumerables canales de televisión”.

“Hay un entendimiento más amplio que no existía cuando llegué en la década de 1960 o en las décadas de 1980 y 1990. El mundo es un lugar mucho más pequeño ahora y Japón se ha beneficiado de eso”.

Un nuevo mundo. Una nueva generación. Como sea que lo expliques, Osaka es una parte importante del cambio.


BBC Mundo en Tokio

BBC

Ahora puedes recibir notificaciones de BBC Mundo. Descarga la nueva versión de nuestra app y actívalas para no perderte nuestro mejor contenido.

https://www.youtube.com/watch?v=lGUuIKrNxbE

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.