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Mario Gutiérrez Vega
A 50 años de 1968: Así luce el emblemático edificio Chihuahua, testigo de la matanza estudiantil
El fotógrafo Mario Gutiérrez Vega ofrece una serie de postales actuales con los puntos clave donde ocurrió la agresión hace 5 décadas.
Mario Gutiérrez Vega
Por Mario Gutiérrez Vega
2 de octubre, 2018
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El Edificio Chihuahua es un protagonista único en la historia del 2 de octubre de 1968. Sus paredes de azulejo veneciano, piso de cantera rosa y elevadores de metal remiten a ese miércoles de soldados, disparos, tanquetas, ambulancias y jóvenes contra la pared.

En sus espacios está el recuerdo de la agresión gubernamental ocurrida hace 50 años. La terraza del tercer piso del Edificio Chihuahua –improvisado estrado donde se agolparon oradores del mitin, dirigentes estudiantiles, fotógrafos y periodistas­– permanece abierta hacia la Plaza de las Tres Culturas. Desde aquí, nada les impedía observar una explanada repleta de estudiantes, obreros, profesores y sindicalistas.

Al fondo de la terraza, una de las escaleras lleva al Departamento 210, donde se refugiaron reporteros, estudiantes y agentes gubernamentales sorprendidos por los disparos del Ejército. Ahí los soldados encontraron herida a la periodista italiana Oriana Fallaci. Testigo huraño, el 210 abre su puerta a la cámara para mostrar su interior. Metros abajo, en el vestíbulo del Edificio Chihuahua, los elevadores fueron paredones para los estudiantes retenidos esa tarde.

A continuación 10 postales del Edificio Chihuahua tomadas por el fotógrafo Mario Gutiérrez Vega para recordar el 2 de octubre del 68.

Zona arqueológica e iglesia de Santiago Tlatelolco, al fondo el Edificio Chihuahua. 

Elevadores en la terraza del tercer piso del Edificio Chihuahua. El 2 de octubre agentes encubiertos y soldados del Batallón Olimpia bloquearon las escaleras de la terraza y detuvieron los ascensores.

Vista parcial de la Plaza de las Tres Culturas desde la terraza del tercer piso del Edificio Chihuahua. El 2 de octubre los estudiantes y periodistas ahí reunidos fueron atacados por francotiradores.

Entrada al Departamento 210 del Edificio Chihuahua. Por aquí bajaron agazapados periodistas y estudiantes para huir de los disparos del Ejército la tarde del 2 de octubre.

Terraza del tercer piso Edificio Chihuahua. “El acto transcurre un tanto somnoliento, aunque emotivo”, escribió Carlos Monsiváis sobre el mitin del 2 de octubre.

Reja en el vestíbulo del Edificio Chihuahua. Al fondo la iglesia de Santiago Tlatelolco y las escaleras donde se ubicaron las tanquetas militares durante la agresión del 2 de octubre de 1968.

Pared lateral del Edificio Chihuahua.

Plaza de las Tres Culturas, donde miles de personas se reunieron el 2 de octubre de 1968. Al fondo, el Edificio Chihuahua.

Entrada al Edificio Chihuahua desde la Plaza de las Tres Culturas.

Pared con mosaico veneciano azul en el vestíbulo del Edificio Chihuahua. El 2 de octubre de 1968 los estudiantes fueron detenidos por el Ejército y puestos contra las paredes de mosaico.

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El "ataúd nuclear" que gotea material radioactivo en el océano Pacífico
El estado de una estructura de concreto que encapsula material radioactivo dejado por las pruebas nucleares realizadas por Estados Unidos entre 1946 y 1958 preocupa tanto a los habitantes de las Islas Marshall como al Secretario General de Naciones Unidas.
18 de mayo, 2019
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La campanada de alerta la volvió a hacer sonar el propio secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, mientras hablaba con un grupo de estudiantes en Fiyi.

“Acabo de estar con la presidenta de las Islas Marshall (Hilda Heine), y está muy preocupada por el riesgo de que se filtre el material radioactivo contenido por una especie de ataúd que hay en el área”, dijo.

Guterres estaba describiendo así al llamado “domo de Runit” o “domo Cactus”, una estructura de concreto construida en la isla del mismo nombre para encapsular el material radioactivo dejado por las pruebas nucleares realizadas por Estados Unidos en el área entre 1946 y 1958.

Las 67 explosiones nucleares en los atolones de Bikini y Enewetak -al que pertenece Runit- incluyeron la detonación en 1954 de “Bravo”, una bomba de hidrógeno 1.000 veces más poderosa que la que cayó en Hiroshima y el arma más poderosa jamás detonada por EE.UU.

Y a finales de la década de 1970, más de 4.000 soldados estadounidenses pasaron tres años recogiendo los restos radiactivos depositados en seis de las islas del atolón de Enewetak para colocarlos en el cráter dejado en Runit por la llamada prueba “Cactus” -la explosión de una bomba de superficie de 18 kilotones-, el que fue recubierto por el domo de concreto.

Explosión nuclear en el atolón de Bikini.

Getty Images
En total EE.UU. realizó 67 pruebas nucleares en los atolones de Bikini y Enewetak.

En total, se estima que la estructura que los locales llaman “la Tumba”, recubre al menos 73.000 metros cúbicos de material radioactivo, incluyendo plutonio-239, una de las sustancias más tóxicas del planeta.

Y la cúpula de concreto de medio metro de grosor que sobresale entre los arbustos y palmeras que renacieron en Runit no es el único recuerdo de las brutales detonaciones.

4 de las 40 islas de Enewetak fueron completamente vaporizadas por las pruebas, con cráteres de kilómetros de diámetro remplazando a algunas de ellas.

Y según la radiotelevisora pública australiana ABC, en la actualidad únicamente tres de las islas del atolón son consideradas lo suficientemente seguras para ser habitadas.

Secuelas

“Como todos sabemos, el Pacífico ya fue victimizado antes”, fue como Guterres se refirió a lo ocurrido en el territorio de las Islas Marshall, territorio que solo se independizó completamente de EE.UU. en diciembre de 1990.

“Y las consecuencias (de las pruebas nucleares) han sido bastante dramáticas, en relación con la salud, en relación con el envenenamiento de las aguas en algunas áreas”, reconoció en declaraciones recogidas por la agencia AFP.

Atolón de Enewetak

Getty Images
Muchos de los pobladores de Enewetak tuvieron que abandonar sus hogares y en la actualidad solo 4 islas son consideradas seguras para la presencia humana.

De hecho, según ABC, el mismo departamento de Energía de EE.UU. ha prohibido las exportaciones de pescado y pulpa de coco desde Enewetak, por causa de la contaminación.

Y eso también ha forzado cambios en la dieta de los habitantes del atolón, que ahora dependen casi exclusivamente de comida enlatada y procesada “que han generado problemas de salud como la diabetes”.

Parte del problema es que el domo de Runit -que fue concebido como una solución temporal– ya presenta grietas en la superficie, y charcos con líquidos salobres a menudo se forman en el anillo.

Pero EE.UU. también renunció a la idea de sellar el fondo del domo con concreto antes de almacenar el material radioactivo, por considerarlo demasiado costoso, lo que significa que la estructura nunca ha sido realmente capaz de evitar filtraciones.

Hilda Heine, la presidenta de las Islas Marshall

AFP
Hilda Heine, la presidenta de las Islas Marshall, le externó su preocupación al Secretario General de Naciones Unidas.

De hecho, aunque un reporte elaborado en 2013 por el departamento de Energía de EE.UU. encontró que “existe la posibilidad de que las aguas subterráneas contaminadas provenientes del Domo Runit fluyan hacia el entorno marino subterráneo cercano“.

También concluyó que eso no necesariamente se traduciría en un aumento significativo de los niveles de contaminación del área.

Pero esto es porque el área circundante ya está bastante contaminado, como producto de las filtraciones, y por el sencillo hecho de que la operación de limpieza en Enewetak después de las pruebas nucleares recogió menos del 1% del material radioactivo generado.

“El inventario radiológico enterrado debajo del Domo Runit palidece en comparación al inventario actual de radionúclidos en los atolones de la laguna”, se lee en el reporte.

Y aunque el Secretario General de Naciones Unidas no entró a valorar lo que se debe hacer con respecto al domo, Guterres reconoció en Fiyi que la historia nuclear del Pacífico todavía necesita ser debidamente abordada.

“Hay mucho por hacer mucho en relación con las explosiones que tuvieron lugar en la Polinesia Francesa y las Islas Marshall (…) con las consecuencias para la salud, el impacto en las comunidades y otros aspectos”, dijo, sin descartar compensaciones monetarias y otros “mecanismos para permitir que estos impactos se minimicen”.


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