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Fotografía tomada en la Facultad de Derecho, UNAM, 1968.
Leer a Marx y cambiar al país, el papel de las mujeres en el movimiento de 1968
Las historias y testimonios de las mujeres que formaron parte del movimiento estudiantil que rápidamente se transformó en una movilización política. "Decían que las mujeres solo servían para servir café, pero nosotras siempre participamos en igualdad", recuerdan.
Fotografía tomada en la Facultad de Derecho, UNAM, 1968.
Por Heriberto Paredes
1 de octubre, 2018
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“Mis compañeras y yo nos íbamos a todas las brigadas a repartir volantes, a botear. A mi me gustaba ir a una que se hacía en Reforma, afuera del Seguro Social; a las 2 de la tarde salían los trabajadores y nosotros boteábamos y recibíamos tanta solidaridad de los trabajadores, nos recibían tan hermoso que nos gustaba ir, nos gustaba repartir nuestros volantes y llegábamos con los botes llenos al día siguiente a la facultad”.

Esto cuenta Elsa Lecuona, quien en 1968 era estudiante de primer semestre de Derecho en la UNAM y que tras el inicio del movimiento, deviene brigadista junto con muchos otros estudiantes, mujeres y hombres.

Integrante del grupo de teatro de su facultad –en el cual participó el actor Arturo Alegro–, Lecuona recuerda que leían a Marx y a Trotsky a escondidas porque la mayoría de sus compañeros de la carrera eran de derecha.

Se siente orgullosa de haber pertenecido a este movimiento y afirma que su participación fue al cien, hasta 10 días antes del 2 de octubre, momento en que es forzada a marcharse de la ciudad para proteger su integridad, según lo consideró su familia.

Elsa Lecuona en la actualidad. Recuerda que el papel de las mujeres fue igual de trascendente que el de los hombres. Foto: Heriberto Paredes.

Es 2018 y se conmemoran 50 años de este movimiento estudiantil, que rápidamente se transformó en una movilización política, según afirma la propia Lecuona; si bien es cierto que se han hecho grandes homenajes, se han escrito una gran cantidad de libros, revistas, folletos, artículos y reportajes, para ella como para algunas de sus compañeras, no se ha enfocado adecuadamente el papel de las mujeres en este movimiento.

“Yo lo he vivido a lo largo de los años: es que dicen que las mujeres solo servían para servir café, para ser acompañantes…y yo les digo, ‘discúlpenme, pero lo que yo me acuerdo es que participábamos en igualdad en tanto estarnos jugando la vida completa, yendo a mercados, a fábricas, subiéndonos en los autobuses, repartiendo volantes y pidiendo dinero. A veces cuando hacíamos pintas y pegas pues nos correteaban y nos alcanzaban y nos daban patadas o lo que fuera”, recuerda enérgicamente Ana Ignacia Rodríguez, cariñosamente conocida como la Nacha, estudiante del quinto semestre de Derecho en la misma facultad que Elsa.

Ana Ignacia Rodríguez, cariñosamente conocida como la Nacha, recuerda como eran agredidas a golpes por las autoridades. Foto: Heriberto Paredes

Para la época, una mujer que estudiaba y, además, participaba en el movimiento estudiantil era ya una suerte de escándalo. Tratar de vestir de forma distinta a la que se estipulaba socialmente, era mal visto, “andábamos de minifaldas, con zapatitos de tacón, ligueros y medias y así teníamos que correr de la policía o del ejército”, afirma Lecuona, hoy una abogada retirada.

Contrario a lo que se podría pensar, dentro del movimiento estudiantil –y a pesar de que la mayoría de participantes eran hombres– tanto Nacha como Elsa, concuerdan en que se respiraba una igualdad en el trato y en las labores de brigada que se repartían día con día.

“Nos integramos hombres y mujeres en plena igualdad”, insiste Lecuona.

El movimiento estudiantil cambió en semanas, de uno estudiantil a uno político, las demandas ya no eran sólo el cese a la represión o la libertad de los estudiantes presos, también exigían la destitución de funcionarios y los artículos de la constitución que permitían la tipificación del delito disolución social.

Pasaron de ser reprimidos por la policía a ser reprimidos por el ejército y eso es un salto. Y también resultó un movimiento que dejó muchos cambios, en lo inmediato y en adelante, yaque a partir de entonces, las mujeres que vivieron esta experiencia, cambiaron en todo sentido.

Las brigadas estudiantiles

Desde la creación del Consejo Nacional de Huelga (CNH) y hasta, por lo menos comienzos de 1969, las brigadas se constituyeron como el cuerpo del movimiento. Miles de estudiantes tomaron las calles y comenzaron a traducir los mensajes y las informaciones a los distintos sectores de la población.

En la Ciudad de México y en varios estados del país, las y los brigadistas dieron vida y sentido a un movimiento severamente reprimido y difamado por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, quien no pudo superar, ni con la radio, la televisión y los periódicos, la gran capacidad de las brigadas para comunicar los motivos de su lucha.

“Si algo hay de importante en el movimiento estudiantil de 1968 fueron las brigadas; sin las brigadas no puede concebirse. Y tampoco se les ha dado un reconocimiento como se debe”, dice Nacha, quien se ha definido a sí misma como brigadista y no como líder, a pesar de que mucha gente la ha llamado así.

Silvia Gálvez tenía 15 años cuando empezó el movimiento estudiantil, hoy nutrióloga y terapeuta, en aquella época comenzaba su formación en la Vocacional 4 del IPN y rápidamente se involucra dentro de esa gran red que fueron las brigadas:

“Yo me incorporo como brigadista y empiezo a dar discursos en los camiones y a botear. Mi escuela se desintegró pero yo tenía un novio que tenía unas primas en la Escuela Superior de Ciencias Biológicas y empezamos a ir a las asambleas, tenía un enorme auditorio donde se hacían enormes asambleas”.

Silvia Gálvez tenía apenas 15 años y estudiaba la Vocacional cuando se sumó como brigadista. Foto: Heriberto Paredes

Muchas fueron las formas en las que se apoyaban y mantenían a quienes integraban las brigadas. Por ejemplo, el Comité de Huelga de la escuela en la que finalmente participó Silvia, daba boletos que cambiaban las y los brigadistas por el resultado del boteo y con esos boletos podían desayunar y/o comer en la cafetería.

“Llegábamos y nos informaban cuál era el boletín de prensa más reciente, nos daban un buen tambache de boletines hechos con mimeógrafo que teníamos que repartir”, comenta Gálvez.

Esta escuela política rápidamente se consolidó como el esqueleto del movimiento, sin el cual no se habría podido enfrentar la dinámica gubernamental de controlarlo todo, los discursos políticos y la información en particular.

Elsa, Silvia y Nacha comparten las vivencias que, a 50 años del movimiento y con toda la tecnología que existe, suenan distantes. Sin embargo, su trabajo de base sirvió de ejemplo para nuevos procesos políticos, como la huelga de la UNAM entre 1999 y 2000 o la lucha del Sindicato Mexicano de Electricistas en 2009, donde el contacto con las personas de a pie era fundamental para despertar empatía.

“Yo andaba en mis brigadas –continúa emocionada Elsa–, estábamos en nuestro trabajo, picando esténciles, cortando los volantes, repartiéndolos, ir al mercado de Santa Julia, al mercado de San Cosme a hacer los mítines. Era mucha la solidaridad del pueblo mexicano, sentías el afecto del pueblo por el movimiento estudiantil”.

En este mismo sentido, Silvia hace un ejercicio de memoria y menciona cosas fundamentales para comprender el funcionamiento de las brigadas, motor dislocado del movimiento:

“Hacíamos una mancuerna, nos subíamos a un camión en un semáforo, decíamos ‘¿nos dejas dar un mensaje a tus pasajeros?’, todos siempre nos dijeron que sí, mientras yo daba el mensaje, la última información de lo que estaba ocurriendo, mi compañero o compañera pasaba el bote de la cooperación y cuando terminábamos el mensaje bajábamos en el siguiente semáforo. Era un trabajo constante, muy rápido, de mucha agilidad, de ordenar los mensajes muy sintéticamente”.

Tan solo han pasado 50 años

Para la menor del grupo, Silvia, quien ronda los 65 años, los aprendizajes de su despertar político y del tiempo que pasó después se concentran mucho en la conciencia, que no ha cambiado mucho para ella: “dejó huellas de convicción para toda la vida, hasta ahora yo no tengo duda alguna de que hay que estar hombro con hombro con el pueblo, que existe una clase burguesa que nos tiene con una pata en el pescuezo, que los presupuestos gubernamentales y los cuerpos de la política se encuentran en un grado de corrupción alto, no me queda ninguna duda. Que ellos viven en un mundo distinto y nosotros en otro”.

En el caso de Elsa Lecuona, la reflexión que hace al ser consultada sobre lo que más guarda de aquella época, se centra sobre todo en los cambios que se dieron en su vida personal y en la vida de las mujeres, que como ella, decidieron romper con lo impuesto y lo conservador de la sociedad mexicana de entonces.

“El movimiento estudiantil nos hizo cambiar de manera dramática y muy rápida”.

“Estas mujeres que ves aquí –me señala una fotografía de la época donde aparece con otras amigas– nos prometimos no casarnos con vestido blanco. Era un todo: leer a Marx y era un repudiar el vestido de novia y el que quiera una mujer virgen pues a ver dónde la busca. Nosotras nos prometimos no casarnos vírgenes; teníamos que dejar de ser vírgenes por amor y no por aceptar un vestido blanco, una televisión a colores, dos hijos y un perro”.

Las tres mujeres coinciden en que el movimiento estudiantil rompió sus esquemas, les mostró un panorama que no sabían que existía y que en sus distintos orígenes no tenían. Se trató de, en palabras de Silvia, “de un espacio de expresión muy significativo donde se vivió la posibilidad de expandir la conciencia colectiva y personal”.

1968

Hombres y mujeres participaron por igual en el movimiento estudiantil. Quienes aquí presentan su testimonio fueron parte de un grupo de teatro. Fotografía tomada afuera de la Torre 1 de Humanidades, UNAM, 1968.

Sin embargo, Nacha puntualiza que para ella, junto con la Tita, luego de la prisión vinieron otro tipo de represiones: la laboral, de vivienda y de estigma social. No ha sido fácil salir adelante en estos cincuenta años en los que el país no ha logrado acabar con la desigualdad y tampoco el Estado ha construido la justicia que se ha exigido desde entonces.

Las cinco décadas que nos separan de 1968 son también las mismas en las que no sabemos el número exacto de personas asesinadas y desaparecidas, no ha habido castigo para los responsables de la represión y violencia de aquella época, ni de todos los agravios que hasta hoy acumula la sociedad mexicana.

Silvia logra sintetizar la opinión de las tres mujeres que han compartido su testimonio y hace referencia al decreto aprobado en el pleno de la Cámara de Diputados de inscribir con letras de oro en el Muro de Honor del palacio legislativo de San Lázaro ‘Al Movimiento Estudiantil de 1968’: “no ha habido justicia y no creo que unas letras doradas sirvan de algo”.

 

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Las otras Curie: las apasionantes vidas de las hijas de Marie Curie
Si la historia de Marie y Pierre Curie es fascinante, las vidas de sus dos hijas, Irene y Eve, no se quedan cortas.
28 de abril, 2019
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Irene Curie junto a su madre y Eve Curie.

Getty Images
Irene Curie junto a su madre y Eve Curie.

“¿Por casualidad no me estará confundiendo con mi hermana? Verá, soy la única de la familia que no ha ganado un Premio Nobel”, le dijo Eve a un reportero que quería entrevistarla.

Pero aunque no hubiese obtenido semejante honor, sin ella, el mundo no sabría tanto sobre su madre, la primera persona y única mujer en conquistar dos premios Nobel y la única persona en conseguirlo en dos disciplinas científicas diferentes.

Eve se encargó de escribir la biografía de la gran Marie Curie, quien en el último periodo de su vida encontró en ella, su hija menor, a una confidente.

La relación de Curie con sus dos hijas fue tan fascinante como la vida de cada una de ellas.

Irene se convirtió en una destacada científica que obtuvo, junto a su esposo, el Nobel de Química de 1935.

Eve, quien llegó a ser considerada una de las mujeres más bellas de París en los años 20 y 30, fue una aclamada escritora y activista por los derechos humanos.

Con cada una, la física y química polaca construyó un vínculo diferente. Y es que si algo sobresalía de las dos hermanas era cuán distintas eran entre sí.

Marie Curie, la madre

Mucho se ha escrito sobre Marie Curie como la extraordinaria científica, pero quizás no tanto sobre Marie Curie, la madre.

Marie Curie junto a sus hijas

AFP/Getty Images
Marie Curie junto a sus hijas. Irene nació en 1897 y Eve nació en 1904.

“Es difícil imaginar la vida cotidiana de Marie Curie como madre. Pero aunque era implacable en sus actividades científicas, también era devota a sus hijas”, le dice a BBC Mundo Shelley Emling, autora de “Marie Curie and Her Daughters: The Private Lives of Science’s First Family” (“Marie Curie y sus hijas: la vida privada de la primera familia de la ciencia”).

Cuando Pierre Curie murió en 1906, Marie sufrió uno de los golpes más devastadores de su vida.

La “catástrofe” la plasmó en su diario personal: “Todo ha llegado a su fin, Pierre está durmiendo su último sueño bajo la tierra; es el fin de todo, todo, todo“.

Marie no sólo perdió a su esposo, a su “mejor amigo” y a su compañero de investigaciones científicas, sino al padre de sus hijas.

Vivían en Francia. Irene tenía ocho años y Eve, se acercaba a los dos años cuando el físico fue atropellado por un carruaje tirado por caballos.

“Marie amaba profundamente a su marido y se sentía abrumada por el dolor, tanto que se negó a hablar de Pierre“, señala Emling.

“Eso molestó a Irene, quien extrañaba a su padre. Creo que su muerte eventualmente hizo que el vínculo de Marie con sus hijas fuese más fuerte”.

La educación

El duelo de Curie la hizo incluso sumergirse más profundamente en sus investigaciones y “también la obligó a confiar en otras personas para que la ayudaran en el cuidado de sus hijas”.

Irene, Marie y Eve Curie

Apic/Getty Images
En 1921, Irene y Eve viajaron a EE.UU. con su madre. La periodista estadounidense Missy Meloney organizó un tour para recaudar fondos para las investigaciones de Marie Curie. Emling señala que la científica fue recibida como “una superestrella”.

El padre de Pierre, por ejemplo, jugó un papel importante en la crianza de las niñas.

Y a menudo, cuando la científica necesitaba trabajar en el laboratorio, enviaba a las niñas a la casa de una tía.

Emling cuenta que aunque -debido a sus experimentos y estudios- Curie no podía pasar un tiempo excesivo con sus hijas, estaba absolutamente involucrada en su crianza.

“Por ejemplo, Marie no estaba satisfecha con el nivel de calidad de las escuelas parisienses de la época. Por eso, las niñas fueron educadas principalmente en el hogar. De hecho, Marie unió fuerzas con un grupo de distinguidos académicos que se turnaron para darles clases en sus áreas de especialización”, indica la escritora.

Curie, por su puesto, se encargó de enseñarles física y, en ese proceso, logró que Irene se enamorara de la ciencia. La niña se destacaba en matemáticas.

Foto de 1948 de Irene Curie junto a Albert Einstein

AFP/Getty Images
Como sus padres, Irene Curie se abrió su propio espacio entre los científicos más destacados del siglo XX.

Su ejemplo también la cautivó. “Irene observó a su madre muy de cerca desde que era una niña y eso despertó su admiración por ella”, rememora la autora.

“Durante la Primera Guerra Mundial, con 17 años, Irene trabajó junto a su madre en la instalación de máquinas móviles de rayos X en los campos de batalla para que los soldados pudieran recibir un mejor tratamiento médico”.

Irene se desempeñó como enfermera radióloga en los hospitales de campaña.

Irene, la pupila

Tras el conflicto, Irene, quien cursaba sus estudios de doctorado, se dedicó a trabajar junto a su madre en el Instituto del Radio, posteriormente conocido como el Instituto Curie.

Irene junto a su madre

Universal History Archive/Getty Images
En esta foto de 1925, se puede ver a Irene junto a su madre en el Instituto del Radio de París, centro de investigaciones de física y química pioneras.

“Su relación con Irene fue quizás la más fuerte, al menos hasta sus últimos años de vida”, evoca Emling.

Irene realizó estudios pioneros sobre los rayos alfa de polonio, hizo sus propios descubrimientos y publicó sus propias investigaciones.

Aunque la influencia de su madre fue importante, nadie duda de que su exitosa carrera fuese el resultado de su propio mérito.

El fan que se convirtió en asistente

En el Instituto del Radio, Irene conocería a su futuro esposo.

Paris, France: Frederick Joliot and his wife, Irene Curie, Physicists, who shared the Nobel Prize in 1935. Photograph in their laboratory.

Getty Images
Frédéric Joliot era tres años menor que Irene.

En diciembre de 1924, el ingeniero químico Frédéric Joliot se había postulado al puesto de asistente en ese centro de investigaciones.

Tanta era la fascinación que el joven de 24 años sentía por Marie y Pierre Curie que había pegado una foto de la célebre pareja en la pared de su habitación, relata Emling en su libro.

Y es que gracias a sus estudios sobre la radiación, los esposos Curie ganaron en 1903 el Nobel de Física junto al científico francés Henri Becquerel.

En 1911, Marie nuevamente ganaría un Nobel, esta vez en Química.

Su sueño de trabajar hombro a hombro con su heroína se veía cada vez más cerca. Sin embargo, Curie tenía otros planes para el entusiasta aprendiz.

“El primer día de 1925, Marie puso a Frédéric bajo la supervisión de su distante hija Irene”, quien “sólo tenía una cosa en mente cuando estaba en el instituto: trabajar”, escribió la autora.

Marie Curie junto a su hija y otros colegas en el Instituto del Radio de París.

Culture Club/Getty Images
Marie Curie junto a su hija y otros colegas en el Instituto del Radio de París.

“Y, sin saberlo, le dio a Frédéric la peor tarea posible para alguien con su limitada experiencia: estudiar los aspectos químicos del polonio y otros elementos radioactivos, un área sobre la que no sabía casi nada”.

“Al principio, se debió haber sentido incluso más desmoralizado. Pero decidió que debía dominar la tarea si se quería quedar en el instituto y lo logró, incluso superando las expectativas de Irene“.

Joliot se dedicó con tal ahínco a la misión que le asignó la hija de su ídolo que incluso hizo descubrimientos que ayudaron a mejorar la forma cómo se realizaban los experimentos en el centro científico.

Consiguió ser asistente de Curie y, después, se convirtió en un renombrado científico y profesor universitario.

Los esposos Joliot

Emling cuenta en su libro que quizás Joliot percibía a Irene como lo hacían muchas personas en el instituto: “fría y distante”. Para algunos incluso era poco amigable, pero posiblemente se debía más a su capacidad de abstraerse en sus pensamientos científicos que a otra cosa.

Quatre lauréats avec, de gauche à droite, Monsieur Chadwick (Physique), Madame et Monsieur Joliot-Curie (Chimie) et le Professeur Spemann (Médecine) à Stockholm, Suède en décembre 1935.

Gamma-Rapho via Getty Images
Los esposos Joliot-Curie, en el centro, junto a los ganadores de las otras disciplinas de los Premios Nobel de 1935.

“Era demasiado lejana y algunos pensaban que era muy similar a su madre en lo que se refería a su temperamento fuerte. Pero no importaba lo que sintieran personalmente con respecto a ella, nadie podía descontar su increíble inteligencia y talento“, señala la autora.

Independientemente de las primeras percepciones mutuas, el amor les llegó a los dos, se casaron en 1926 y unieron sus apellidos.

La breve biografía de Irene Joliot-Curie publicada en la página web del Premio Nobel hace honor a esa unión así como también al talento de la hija mayor de los Curie:

“Ya fuese sola o en colaboración con su esposo, hizo un trabajo importante sobre la radioactividad natural y artificial, la transmutación de elementos y la física nuclear; compartió con él el Premio Nobel de Química de 1935, en reconocimiento a la síntesis que lograron los dos de nuevos elementos radiactivos”.

Ganadores del Nobel de 1935

Keystone-France/Gamma-Rapho via Getty Images
Gracias a sus estudios sobre la radiación, Marie y Pierre Curie ganaron, en 1903, el Nobel de Física junto al científico francés Henri Becquerel. En 1935, fue el turno de Irene y su esposo. En esta foto se les ve en la ceremonia donde se les otorgó el Nobel de Química.

“En 1938, su investigación sobre la acción de los neutrones en los elementos pesados fue un paso importante en el descubrimiento de la fisión de uranio(…) Se convirtió en profesora en la Facultad de Ciencias de París en 1937, y luego en Directora del Instituto del Radio en 1946″.

Al otorgarle el honor a la pareja, el Comité del Premio Nobel reconoció:

“Los resultados de sus investigaciones son de capital importancia para la ciencia pura, pero además los fisiólogos, los médicos y toda la humanidad sufriente esperan beneficiarse de sus descubrimientos, (que son) remedios de valor inestimable “.

Irene también participó en la construcción de la primera pila atómica francesa en 1948.

Pierre Joliot y Helene Langevin, nieto y nieta de Pierre y Marie Curie

Yves Forestier/Sygma via Getty Images
Irene y Frédéric tuvieron dos hijos, quienes también se dedicaron a la ciencia. Helene es una renombrada física nuclear y Pierre es biólogo.

Fue una pacifista y, como Marie, tenía fuertes convicciones.

“Cuando Hitler invadió Polonia, Irene y su esposo rompieron con su antigua regla de siempre compartir sus hallazgos y nunca patentarlos por su deseo de hacer de la ciencia un campo completamente abierto. Pero cuando Hitler llegó al poder, escondieron su investigación de fisión en una bóveda durante la duración de la guerra para evitar que cayera en manos de los alemanes”, señala Emling.

Eve, la aventurera

A Eve le encantaba tocar el piano. De hecho, ofreció conciertos en Europa.

Eve Curie cuando escribía la biografía de su madre.

Horst/Condé Nast via Getty Images
La segunda hija de los Curie fue una reconocida periodista y humanista. También dio conciertos de piano.

Pero, aunque una de sus pasiones era la música, decidió dedicarse a escribir.

“Se convirtió en crítica de música y cine de varias revistas. Ya en 1932 había traducido y adaptado la obra estadounidense ‘Spread Eagle’, de George S. Brooks y Walter B. Lister, para una producción teatral en Francia”, señala Emling.

“Sin duda Irene fue notable como científica. Pero Eve también fue increíble, ya que encontró el éxito en un campo ajeno al que había sido educada. Y al final, su vida resultó ser quizás la más aventurera de todas (las Curie)”.

Tras la ocupación nazi de Francia, en 1940, Eve se unió activamente a la causa “Francia Libre”.

Se convirtió en corresponsal de guerra y cubrió varios frentes durante la Segunda Guerra Mundial. Estuvo en Irán, Irak, India, China, Birmania y el norte de África.

De esas experiencias nació su libro: “Journey among Warriors“, obra que le dedicó a su madre.

A inicios de los 50, se convirtió en consejera especial de la secretaría general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

La biógrafa

Pese a que Eve no compartió con su madre el interés por la ciencia, “se acercó bastante a ella durante su último año de vida”, evoca Emling.

Eve Curie

Hulton Archive/Getty Images
Conocida como “La primera dama de Unicef”, Eve viajó a decenas de países en vías de desarrollo.

Fue su cuidadora y confidente mientras Irene estaba ocupada con sus investigaciones (…) Al final de su vida, Marie llegó a tener más confianza con Eve que con Irene”, reflexiona la autora.

Tras la muerte de su madre en 1934 y con 29 años, Eve aceptó la propuesta de unos editores estadounidenses y se dedicó a escribir la biografía de la científica: “Madame Curie”, publicada en 1937.

“El libro se convirtió en un éxito masivo y Eve ganó varios prestigiosos premios literarios“, señala Emling.

En el obituario que realizó The New York Times sobre ella, se destacó el “admirable retrato” que hizo de su madre.

Cubrió “desde su nacimiento y su infancia en Polonia, siguió su educación en Francia y el descubrimiento, junto a su esposo, de los elementos radioactivos: radio y polonio”, señaló el periódico.

“El libro se convirtió rápidamente en un best seller y en 1943, en una película de Hollywood”.

Sin embargo, algunos críticos cuestionaron que no incluyera “el apasionado affair” que Marie Curie tuvo con un hombre casado en los años posteriores a la muerte de Pierre.

Pero, más allá de esa omisión, “la obra definitivamente catapultó a Eve en el centro de la atención y la transformó en una estrella por derecho propio“, dice Emling.

“No odio la ciencia”

Cuando Eve viajó a Estados Unidos para hacer una gira, “su rostro sonriente apareció en la portada de la revista Time de febrero de 1940 y fue acogida como una celebridad”.

Eve Curie

KEYSTONE-FRANCE/Gamma-Rapho via Getty Images
Eve luchó contra el nazismo y fue corresponsal de guerra.

Además de ofrecer conferencias y reunirse con algunas de las figuras públicas más importantes de la época, fue la atracción de la prensa.

Cuando los reporteros le preguntaron sobre el camino profesional que tomó, ella respondió: “No odio la ciencia, simplemente me aterroriza“.

Según Emling, en ese viaje Eve trató de convencer a los estadounidenses y a los políticos de ese país a involucrarse en la guerra que azotaba Europa.

“La primera dama de Unicef”

La hija menor de los Curie se casó con Henry Labouisse, un diplomático estadounidense que entre 1965 y 1979 fue el director ejecutivo de Unicef.

Eve Curie, Madame Curie's daughter, wearing long, form-fitting dress of softly draping dark fabric, by Schiaparelli.

Horst/Condé Nast via Getty Images
“Eve a menudo se refería a sí misma como la oveja negra de la familia ya que el camino que había tomado era muy diferente al elegido por sus familiares más cercanos”, dice la escritora Shelley Emling.

Fue él quien aceptó el Premio Nobel de la Paz que le fue concedido a la organización en 1965. Su esposa lo acompañó.

Eve se convirtió en una activista por los derechos humanos y visitó muchos de los más de 100 países en vías de desarrollo que estaban recibiendo asistencia de Unicef en esa época.

La agencia de las Naciones Unidas para la infancia recuerda que Eve fue conocida como “La primera dama de Unicef”.

Y la describe como “una talentosa mujer profesional que usó sus muchas habilidades para promover la paz y el desarrollo. Mientras su esposo dirigía UNICEF, ella jugó un papel muy activo en la organización, viajó con él para abogar por los niños y para brindar apoyo y aliento al personal de Unicef en lugares remotos y difíciles”, señala la organización.

Dos hermanas, dos mundos

Emling cuenta que Irene era muy parecida a su madre. Le gustaba llevar una vida simple, era muy estudiosa, callada, reservada y prefería quedarse en casa antes que salir a socializar.

Irene, Marie y Eve Curie

Gamma-Keystone via Getty Images
Emling señala que en EE.UU. una multitud de reporteros y cámaras fotográficas seguían a la científica. “La gente quería el autógrafo de Marie”. Sus hijas quedaron atónitas por la fama de su madre. Esta foto fue tomada en un viaje que hicieron en la década de los 30.

Eve, al contrario, “disfrutó de un amplio círculo de amigos, así como del teatro y de las fiestas”.

Era alta, delgada, de piel clara y cabello oscuro. “Gracias a su figura glamorosa fue considerada por muchos como una de las mujeres más bellas de París en la década de 1920 y 1930″.

En el pensamiento político también eran diferentes, explica la autora.

“A medida que crecían, Irene se movía cada vez más hacia la izquierda políticamente, mientras que Eve siempre se consideraba una moderada con una verdadera afinidad por los Estados Unidos”.

“Eve a menudo se refería a sí misma como la oveja negra de la familia ya que el camino que había tomado era muy diferente al elegido por sus familiares más cercanos”, dice la escritora.

Irene murió en 1956 a los 58 años, tras sufrir de leucemia, que se cree fue causada por su exposición prolongada a material radioactivo.

Su madre había fallecido de la misma causa.

Eve murió a los 102 años en 2007.

Aunque no tuvo hijos, desarrolló una relación muy cercana con su hijastra, Anne L. Peretz, quien dijo, según The New York Times, que al final de su vida, Eve “sintió una enorme culpa por ser la única entre las mujeres de su familia que se había escapado de una vida de radiación y sus consecuencias”.


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