Leer a Marx y cambiar al país, el papel de las mujeres en el movimiento de 1968
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Fotografía tomada en la Facultad de Derecho, UNAM, 1968.

Leer a Marx y cambiar al país, el papel de las mujeres en el movimiento de 1968

Las historias y testimonios de las mujeres que formaron parte del movimiento estudiantil que rápidamente se transformó en una movilización política. "Decían que las mujeres solo servían para servir café, pero nosotras siempre participamos en igualdad", recuerdan.
Fotografía tomada en la Facultad de Derecho, UNAM, 1968.
Por Heriberto Paredes
1 de octubre, 2018
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“Mis compañeras y yo nos íbamos a todas las brigadas a repartir volantes, a botear. A mi me gustaba ir a una que se hacía en Reforma, afuera del Seguro Social; a las 2 de la tarde salían los trabajadores y nosotros boteábamos y recibíamos tanta solidaridad de los trabajadores, nos recibían tan hermoso que nos gustaba ir, nos gustaba repartir nuestros volantes y llegábamos con los botes llenos al día siguiente a la facultad”.

Esto cuenta Elsa Lecuona, quien en 1968 era estudiante de primer semestre de Derecho en la UNAM y que tras el inicio del movimiento, deviene brigadista junto con muchos otros estudiantes, mujeres y hombres.

Integrante del grupo de teatro de su facultad –en el cual participó el actor Arturo Alegro–, Lecuona recuerda que leían a Marx y a Trotsky a escondidas porque la mayoría de sus compañeros de la carrera eran de derecha.

Se siente orgullosa de haber pertenecido a este movimiento y afirma que su participación fue al cien, hasta 10 días antes del 2 de octubre, momento en que es forzada a marcharse de la ciudad para proteger su integridad, según lo consideró su familia.

Elsa Lecuona en la actualidad. Recuerda que el papel de las mujeres fue igual de trascendente que el de los hombres. Foto: Heriberto Paredes.

Es 2018 y se conmemoran 50 años de este movimiento estudiantil, que rápidamente se transformó en una movilización política, según afirma la propia Lecuona; si bien es cierto que se han hecho grandes homenajes, se han escrito una gran cantidad de libros, revistas, folletos, artículos y reportajes, para ella como para algunas de sus compañeras, no se ha enfocado adecuadamente el papel de las mujeres en este movimiento.

“Yo lo he vivido a lo largo de los años: es que dicen que las mujeres solo servían para servir café, para ser acompañantes…y yo les digo, ‘discúlpenme, pero lo que yo me acuerdo es que participábamos en igualdad en tanto estarnos jugando la vida completa, yendo a mercados, a fábricas, subiéndonos en los autobuses, repartiendo volantes y pidiendo dinero. A veces cuando hacíamos pintas y pegas pues nos correteaban y nos alcanzaban y nos daban patadas o lo que fuera”, recuerda enérgicamente Ana Ignacia Rodríguez, cariñosamente conocida como la Nacha, estudiante del quinto semestre de Derecho en la misma facultad que Elsa.

Ana Ignacia Rodríguez, cariñosamente conocida como la Nacha, recuerda como eran agredidas a golpes por las autoridades. Foto: Heriberto Paredes

Para la época, una mujer que estudiaba y, además, participaba en el movimiento estudiantil era ya una suerte de escándalo. Tratar de vestir de forma distinta a la que se estipulaba socialmente, era mal visto, “andábamos de minifaldas, con zapatitos de tacón, ligueros y medias y así teníamos que correr de la policía o del ejército”, afirma Lecuona, hoy una abogada retirada.

Contrario a lo que se podría pensar, dentro del movimiento estudiantil –y a pesar de que la mayoría de participantes eran hombres– tanto Nacha como Elsa, concuerdan en que se respiraba una igualdad en el trato y en las labores de brigada que se repartían día con día.

“Nos integramos hombres y mujeres en plena igualdad”, insiste Lecuona.

El movimiento estudiantil cambió en semanas, de uno estudiantil a uno político, las demandas ya no eran sólo el cese a la represión o la libertad de los estudiantes presos, también exigían la destitución de funcionarios y los artículos de la constitución que permitían la tipificación del delito disolución social.

Pasaron de ser reprimidos por la policía a ser reprimidos por el ejército y eso es un salto. Y también resultó un movimiento que dejó muchos cambios, en lo inmediato y en adelante, yaque a partir de entonces, las mujeres que vivieron esta experiencia, cambiaron en todo sentido.

Las brigadas estudiantiles

Desde la creación del Consejo Nacional de Huelga (CNH) y hasta, por lo menos comienzos de 1969, las brigadas se constituyeron como el cuerpo del movimiento. Miles de estudiantes tomaron las calles y comenzaron a traducir los mensajes y las informaciones a los distintos sectores de la población.

En la Ciudad de México y en varios estados del país, las y los brigadistas dieron vida y sentido a un movimiento severamente reprimido y difamado por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, quien no pudo superar, ni con la radio, la televisión y los periódicos, la gran capacidad de las brigadas para comunicar los motivos de su lucha.

“Si algo hay de importante en el movimiento estudiantil de 1968 fueron las brigadas; sin las brigadas no puede concebirse. Y tampoco se les ha dado un reconocimiento como se debe”, dice Nacha, quien se ha definido a sí misma como brigadista y no como líder, a pesar de que mucha gente la ha llamado así.

Silvia Gálvez tenía 15 años cuando empezó el movimiento estudiantil, hoy nutrióloga y terapeuta, en aquella época comenzaba su formación en la Vocacional 4 del IPN y rápidamente se involucra dentro de esa gran red que fueron las brigadas:

“Yo me incorporo como brigadista y empiezo a dar discursos en los camiones y a botear. Mi escuela se desintegró pero yo tenía un novio que tenía unas primas en la Escuela Superior de Ciencias Biológicas y empezamos a ir a las asambleas, tenía un enorme auditorio donde se hacían enormes asambleas”.

Silvia Gálvez tenía apenas 15 años y estudiaba la Vocacional cuando se sumó como brigadista. Foto: Heriberto Paredes

Muchas fueron las formas en las que se apoyaban y mantenían a quienes integraban las brigadas. Por ejemplo, el Comité de Huelga de la escuela en la que finalmente participó Silvia, daba boletos que cambiaban las y los brigadistas por el resultado del boteo y con esos boletos podían desayunar y/o comer en la cafetería.

“Llegábamos y nos informaban cuál era el boletín de prensa más reciente, nos daban un buen tambache de boletines hechos con mimeógrafo que teníamos que repartir”, comenta Gálvez.

Esta escuela política rápidamente se consolidó como el esqueleto del movimiento, sin el cual no se habría podido enfrentar la dinámica gubernamental de controlarlo todo, los discursos políticos y la información en particular.

Elsa, Silvia y Nacha comparten las vivencias que, a 50 años del movimiento y con toda la tecnología que existe, suenan distantes. Sin embargo, su trabajo de base sirvió de ejemplo para nuevos procesos políticos, como la huelga de la UNAM entre 1999 y 2000 o la lucha del Sindicato Mexicano de Electricistas en 2009, donde el contacto con las personas de a pie era fundamental para despertar empatía.

“Yo andaba en mis brigadas –continúa emocionada Elsa–, estábamos en nuestro trabajo, picando esténciles, cortando los volantes, repartiéndolos, ir al mercado de Santa Julia, al mercado de San Cosme a hacer los mítines. Era mucha la solidaridad del pueblo mexicano, sentías el afecto del pueblo por el movimiento estudiantil”.

En este mismo sentido, Silvia hace un ejercicio de memoria y menciona cosas fundamentales para comprender el funcionamiento de las brigadas, motor dislocado del movimiento:

“Hacíamos una mancuerna, nos subíamos a un camión en un semáforo, decíamos ‘¿nos dejas dar un mensaje a tus pasajeros?’, todos siempre nos dijeron que sí, mientras yo daba el mensaje, la última información de lo que estaba ocurriendo, mi compañero o compañera pasaba el bote de la cooperación y cuando terminábamos el mensaje bajábamos en el siguiente semáforo. Era un trabajo constante, muy rápido, de mucha agilidad, de ordenar los mensajes muy sintéticamente”.

Tan solo han pasado 50 años

Para la menor del grupo, Silvia, quien ronda los 65 años, los aprendizajes de su despertar político y del tiempo que pasó después se concentran mucho en la conciencia, que no ha cambiado mucho para ella: “dejó huellas de convicción para toda la vida, hasta ahora yo no tengo duda alguna de que hay que estar hombro con hombro con el pueblo, que existe una clase burguesa que nos tiene con una pata en el pescuezo, que los presupuestos gubernamentales y los cuerpos de la política se encuentran en un grado de corrupción alto, no me queda ninguna duda. Que ellos viven en un mundo distinto y nosotros en otro”.

En el caso de Elsa Lecuona, la reflexión que hace al ser consultada sobre lo que más guarda de aquella época, se centra sobre todo en los cambios que se dieron en su vida personal y en la vida de las mujeres, que como ella, decidieron romper con lo impuesto y lo conservador de la sociedad mexicana de entonces.

“El movimiento estudiantil nos hizo cambiar de manera dramática y muy rápida”.

“Estas mujeres que ves aquí –me señala una fotografía de la época donde aparece con otras amigas– nos prometimos no casarnos con vestido blanco. Era un todo: leer a Marx y era un repudiar el vestido de novia y el que quiera una mujer virgen pues a ver dónde la busca. Nosotras nos prometimos no casarnos vírgenes; teníamos que dejar de ser vírgenes por amor y no por aceptar un vestido blanco, una televisión a colores, dos hijos y un perro”.

Las tres mujeres coinciden en que el movimiento estudiantil rompió sus esquemas, les mostró un panorama que no sabían que existía y que en sus distintos orígenes no tenían. Se trató de, en palabras de Silvia, “de un espacio de expresión muy significativo donde se vivió la posibilidad de expandir la conciencia colectiva y personal”.

1968

Hombres y mujeres participaron por igual en el movimiento estudiantil. Quienes aquí presentan su testimonio fueron parte de un grupo de teatro. Fotografía tomada afuera de la Torre 1 de Humanidades, UNAM, 1968.

Sin embargo, Nacha puntualiza que para ella, junto con la Tita, luego de la prisión vinieron otro tipo de represiones: la laboral, de vivienda y de estigma social. No ha sido fácil salir adelante en estos cincuenta años en los que el país no ha logrado acabar con la desigualdad y tampoco el Estado ha construido la justicia que se ha exigido desde entonces.

Las cinco décadas que nos separan de 1968 son también las mismas en las que no sabemos el número exacto de personas asesinadas y desaparecidas, no ha habido castigo para los responsables de la represión y violencia de aquella época, ni de todos los agravios que hasta hoy acumula la sociedad mexicana.

Silvia logra sintetizar la opinión de las tres mujeres que han compartido su testimonio y hace referencia al decreto aprobado en el pleno de la Cámara de Diputados de inscribir con letras de oro en el Muro de Honor del palacio legislativo de San Lázaro ‘Al Movimiento Estudiantil de 1968’: “no ha habido justicia y no creo que unas letras doradas sirvan de algo”.

 

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BBC

Qué pasaría en la Tierra si los humanos desapareciéramos de ella

Si nuestra especie se extinguiera mañana ¿qué pasaría realmente y qué tipo de planeta dejaríamos atrás?
BBC
6 de julio, 2020
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Estamos viviendo los albores de una nueva época en la historia de la Tierra: el Antropoceno.

Los humanos siempre han moldeado aspectos de su entorno, desde el fuego hasta la agricultura. Pero la influencia del Homo sapiens en la Tierra ha alcanzado un nivel tal que ahora define el tiempo geológico actual.

Desde la contaminación del aire en la atmósfera superior hasta fragmentos de plástico en el fondo del océano, es casi imposible encontrar un lugar en nuestro planeta que la humanidad no haya tocado de alguna manera.

Pero hay una nube oscura en el horizonte.

Nube oscura en el horizonte.

Getty Images
Tarde o temprano, la humanidad se enfrentará a su extinción.

Más del 99% de las especies que han existido en la Tierra han desaparecido, la mayoría durante catástrofes y extinciones como la que acabó con los dinosaurios.

La humanidad nunca ha enfrentado un evento de esa magnitud, pero tarde o temprano lo hará.

El fin de la humanidad es inevitable

Para muchos expertos la cuestión no es si los humanos nos extinguiremos, sino cuándo lo haremos. Y hay algunos que piensan que será más pronto que tarde.

En 2010, el eminente virólogo australiano Frank Fenner dijo que desapareceremos probablemente en el próximo siglo, debido a la sobrepoblación, la destrucción del medio ambiente y al cambio climático.

Frank Fenner

Getty Images
El profesor Frank Fenner frente a una fotografía proyectada de sí mismo tomada en la década de 1950

Por supuesto, la Tierra puede sobrevivir y lo haría sin nosotros.

La vida continuaría y las marcas que dejamos en el planeta se desvanecerían antes de lo que creerías. Nuestras ciudades se derrumbarían, los campos crecerían y los puentes se caerían.

“La naturaleza finalmente lo descompondrá todo”, dice Alan Weisman, autor del libro The World Without Us (“El mundo sin nosotros”), publicado en 2007 y en el que examina lo que sucedería si los humanos desaparecieran del planeta.

“Si no puede descomponer las cosas, finalmente las entierra”.

En poco tiempo, todo lo que quedaría de la humanidad sería una fina capa de plástico, isótopos radiactivos y huesos de pollo (matamos 60.000 millones de pollos por año) en el registro fósil.

Como evidencia de esto, podemos mirar las áreas del planeta que nos hemos visto obligados a abandonar.

En la zona de exclusión de 19 millas (30 km aproximadamente) que rodea la planta de energía de Chernóbil en Ucrania, que fue severamente contaminada después del colapso del reactor de 1986, las plantas y los animales prosperan de una manera que nunca antes lo habían hecho.

Gato en Chernóbil

Getty Images
Los animales, como este gato aventurero, tomaron la Zona de Exclusión de Chernóbil desde que los humanos se alejaron.

Un estudio de 2015 financiado por el Natural Environment Research Council encontró “abundantes poblaciones de vida silvestre” en la zona, lo que sugiere que los humanos son una amenaza mucho mayor para la flora y fauna local que 30 años de exposición crónica a la radiación.

La velocidad a la que la naturaleza se adueña del paisaje depende mucho del clima de un área.

En los desiertos de Medio Oriente las ruinas de hace miles de años aún son visibles, pero no se puede decir lo mismo de las ciudades que solo tienen unos pocos cientos de años en los bosques tropicales.

En 1542, cuando los europeos vieron por primera vez las selvas tropicales de Brasil, reportaron ciudades, rutas y campos a lo largo de las orillas de los principales ríos.

Sin embargo, después de que la población fue diezmada por las enfermedades que los exploradores trajeron consigo, estas ciudades fueron rápidamente tomadas por la selva.

Es seguro que las ruinas de Las Vegas persistirían por mucho más tiempo que las de Bombay.

Árboles y raíces tomaron el templo de Ta Prohm en Camboya.

Getty Images
Árboles y raíces tomaron el templo de Ta Prohm en Camboya.

Recién ahora las técnicas de deforestación y teledetección nos ofrecen una idea de lo que había antes.

Las especies de plantas y animales que han formado vínculos estrechos con los humanos serían las más afectadas si desapareciéramos.

Los cultivos que alimentan al mundo, que dependen de las aplicaciones regulares de pesticidas y fertilizantes, serían reemplazados rápidamente por sus antepasados salvajes.

“Van a ser superados rápidamente”, dice Weisman. “Las zanahorias convertirán en silvestres y las mazorcas de maíz podrían volver al tamaño original, no más grandes que una espiga de trigo”.

Ruinas romanas.

Getty Images
Al igual que estas ruinas romanas, los edificios de hoy seguirían siendo reconocibles en el futuro

La repentina desaparición de pesticidas también significaría una explosión demográfica para los insectos.

Los insectos son móviles, se reproducen rápidamente y viven en casi cualquier entorno, lo que los convierte en una clase de especies altamente exitosa, incluso cuando los humanos están tratando activamente de suprimirlos.

“Pueden mutar y adaptarse más rápido que cualquier otra cosa en el planeta, excepto quizás los microbios”, explica Weisman. “Cualquier cosa que se vea deliciosa será devorada”.

La explosión del insecto a su vez aumentaría la población de especies que se alimentan de ellos, como pájaros, roedores, reptiles, murciélagos y arácnidos, y luego un auge en las especies que comen esos animales, y así sucesivamente en toda la cadena alimentaria.

Una silla llena de insectos.

Getty Images
Cuando los humanos abandonen el planeta, los insectos disfrutarán de un rápido renacimiento.

Pero todo lo que sube debe bajar. Esas enormes poblaciones serían insostenibles a largo plazo, una vez que se hubieran consumido los alimentos que los humanos dejaron.

La extinción de los humanos tendría consecuencias en la red alimentaria durante al menos 100 años, antes de que se estableciera una nueva normalidad.

Algunas razas salvajes de vacas u ovejas podrían sobrevivir, pero la mayoría fueron criadas como máquinas de comer lentas y dóciles que terminarán muriendo en grandes cantidades.

“Creo que pronto se volverán las víctimas de carnívoros salvajes que van a comenzar a proliferar”, opina Weisman.

Esos carnívoros incluirían a las mascotas humanas, más probablemente gatos que perros. “Creo que los lobos van a tener mucho éxito y van a competir con los perros”, dice Weisman.

“Los gatos son una especie no nativa muy exitosa en todo el mundo. Donde quiera que vayan prosperan”.

La pregunta de si la vida “inteligente” podría evolucionar nuevamente es más difícil de responder.

Una teoría sostiene que la inteligencia evolucionó porque ayudó a nuestros primeros antepasados a sobrevivir a los choques ambientales.

Otra es que la inteligencia ayuda a las personas a sobrevivir y reproducirse en grandes grupos sociales.

Gatos

Getty Images
A los gatos les iría mejor que a los perros en caso de extinción humana.

Una tercera es que la inteligencia es simplemente un indicador de genes sanos.

Los tres escenarios podrían ocurrir nuevamente en un mundo poshumano.

“Entre los primates, el siguiente cerebro más grande por peso corporal es el del babuino, y se podría decir que sería el candidato más probable”, analiza Weisman.

“Viven en la selva, pero también aprendieron a vivir en los bordes de la misma. Pueden recolectar comida en las llanuras realmente bien y saben cómo unirse contra los depredadores”, describe.

“Los babuinos podrían hacer lo que hicimos, pero por otro lado no veo ninguna motivación para ello. La vida es realmente buena para ellos tal como es”, añade.

Zona abandonada en Chernóbil tomada por la vegetación.

Getty Images
Muchas zonas de Chernóbil están hoy repletas de vegetación.

El futuro de la vida en un planeta contaminado

Los cambios que podrían expulsar a los babuinos (u otras especies) de su zona de confort podrían ponerse en marcha por la desaparición de los humanos.

Pero si todos desapareciéramos mañana, los gases de efecto invernadero que hemos bombeado a la atmósfera tardarían decenas de miles de años en volver a los niveles preindustriales.

Algunos científicos creen que ya hemos pasado puntos de inflexión cruciales, particularmente en las regiones polares, que acelerarán el cambio climático incluso si no volviéramos a emitir otra molécula de CO2.

Luego está el problema de las plantas nucleares del mundo.

La evidencia de Chernóbil sugiere que los ecosistemas pueden recuperarse de las emisiones de radiación. Pero hay alrededor de 450 reactores nucleares en todo el mundo que comenzarían a derretirse tan pronto como el combustible se agotara en los generadores de emergencia que les suministra refrigerante.

Ruta dañada y con humo en Centralia, Pensilvania.

Getty Images
Un incendio de carbón ha estado ardiendo bajo tierra en Centralia, Pensilvania desde hace décadas.

No hay forma de saber cómo una liberación tan enorme y abrupta de material radiactivo a la atmósfera podría afectar los ecosistemas del planeta.

Y eso es antes de que comencemos a considerar otras fuentes de contaminación.

Las décadas posteriores a la extinción humana estarían marcadas por devastadores derrames de petróleo, fugas químicas y explosiones de diferentes tamaños, todas bombas de tiempo que la humanidad ha dejado atrás.

Algunos de esos eventos podrían provocar incendios que pueden arder durante décadas.

Debajo de la ciudad de Centralia en Pensilvania, una capa de carbón se ha estado quemando desde al menos 1962, lo que ha obligado a la evacuación de la población local y la demolición de la ciudad.

Hoy, el área parece una pradera con calles pavimentadas que la atraviesan y columnas de humo y monóxido de carbono emergen desde abajo. La naturaleza ha tomado la superficie.

Las huellas finales de la humanidad

Cueva de las manos en Argentina.

Getty Images
La cueva de las manos en el sur de Argentina contiene arte rupestre de hace unos 13.000 años.

Pero algunas huellas de la humanidad quedarían, incluso decenas de millones de años después de nuestro fin.

Los microbios tendrían tiempo de evolucionar para consumir el plástico que dejamos.

Los caminos y las ruinas serían visibles durante muchos miles de años (el hormigón romano aún es identificable 2.000 años después) pero finalmente serían enterrados o destruidos por las fuerzas naturales.

Es tranquilizador que nuestro arte sería una de las últimas pruebas de que existimos.

La cerámica, las estatuas de bronce y los monumentos como el Monte Rushmore -en el que están tallados los rostros de cuatro presidentes de EE.UU.- estarían entre nuestros legados más perdurables.

El Monumento Nacional Monte Rushmore

Getty Images
El Monumento Nacional Monte Rushmore es una escultura tallada entre 1927 y 1941 en una montaña de granito situada en Keystone, Dakota del Sur en el que figuran los rostros de 18 metros de altura de los presidentes estadounidenses George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln.

Nuestras transmisiones también perdurarían: la Tierra ha estado transmitiendo su cultura a través de ondas electromagnéticas durante más de 100 años, y esas ondas siguen en el espacio.

Entonces, a 100 años luz de distancia, con una antena lo suficientemente grande, podrá captar una grabación de cantantes de ópera famosos en Nueva York, la primera transmisión pública de radio, en 1910.

Esas ondas persistirían en forma reconocible durante algunos millones de años, viajando cada vez más lejos de la Tierra, hasta que finalmente se debilitaran tanto que no se pudieran distinguir del ruido de fondo del espacio.

Pero incluso nuestros artefactos espaciales seguirían funcionando.

Sondas.

Getty Images
Suponiendo que no haya colisiones, las sondas espaciales Voyager sobrevivirán incluso a nuestro planeta.

Las sondas Voyager, lanzadas en 1977, están saliendo del Sistema Solar a una velocidad de casi 60.000 km/hora.

Mientras no golpeen nada, lo cual es bastante improbable (el espacio está muy vacío), sobrevivirán al fatal encuentro de la Tierra con un Sol hinchado en 7.500 millones de años.

Serán el último legado restante de la humanidad, girando para siempre en la oscura negrura del Universo.

Si quieres leer el artículo original en el inglés puedes hacerlo aquí.


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https://www.youtube.com/watch?v=JwghZEmvmb8

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