Halloween: tres películas de terror inspiradas en hechos reales
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Halloween: tres películas de terror inspiradas en hechos reales

Entre tantas historias paranormales que hacen que la gente brinque de su asiento, ¿cuántas van más allá de la ficción y fueron en algún momento un evento real?
31 de octubre, 2018
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Objetos que se mueven sin razón aparente, casas con pasados escalofriantes y posesiones suelen ser el enfoque de muchas películas de terror.

Entre tantas historias que hacen uso de lo paranormal para hacer que la gente brinque de su asiento, ¿cuántas van más allá de la ficción y fueron en algún momento un evento real?

Aquí te presentamos tres casos de historias de terror basadas en hechos reales.

Terror en Amityville

Esta película de 1979 inicia con una pareja que se muda a una casa en Amityville, Nueva York, donde ocurrieron múltiples asesinatos. Y tras vivir una serie de manifestaciones extrañas, huyen de la casa.

Lo único en lo que parecen coincidir la película y reportajes sobre lo sucedido es en el asesinato de una familia en la casa de Amityville. Ronnie De Feo, de 23 años, mató de manera metódica a sus padres y sus cuatro hermanos y hermanas mientras dormían.

Poco más de un año después, en 1975, George y Kathy Lutz se mudaron a la casa estilo colonial de tres pisos. Decidieron no darle mucha importancia a los eventos sucedidos en la propiedad, pero como precaución, mandaron llamar a un sacerdote para que la bendijera.

Aunque los detalles de los eventos paranormales en la casa han ido variando con el tiempo. Fue a partir de ese momento que empezaron a notar sucesos extraños.

Según lo que George Lutz relató a medios locales, el sacerdote que fue a bendecir la casa sintió una bofetada y que alguien le decía “vete”.

George y Kathy Lutz antiguos dueños de la casa de Amityville.

Getty Images
George y Kathy Lutz aseguran haber vivido una serie de eventos paranormales en la casa de Amityville.

La pareja también aseguraba sentir olores extraños y frío constante en el interior de la casa. En otros incidentes, las camas de sus hijos se movieron de manera inexplicable y George se despertó en medio de la noche para ver a su esposa levitar.

Tras solo 28 días de haberse mudado, la familia huyó de la casa dejando atrás todas sus pertenencias.

Entre los libros que se han escrito sobre Amityville y las diferentes películas que se han hecho, es difícil saber qué partes fueron verdad. Pero el hecho de que ahí murió toda una familia no deja de ser escalofriante.

El exorcismo de Emily Rose

En la película “El exorcismo de Emily Rose”, una abogada investiga el caso de un sacerdote que es acusado de homicidio tras practicar un exorcismo en una joven: Emily Rose.

Al adentrarse en el caso, la abogada Erin Bruner, interpretada por la actriz Laura Linney, se da cuenta poco a poco de que lo que sucedió con Emily Rose (Jennifer Carpenter) tal vez no pueda explicarse de manera lógica.

En la realidad, Emily está basada en una joven alemana, Anneliese Michel, estudiante de educación en la Universidad de Wiirzburg que durante su estancia en los dormitorios de la escuela empezó a dar señales de comportamiento anormal, de acuerdo con reportes del caso que llegó a medios internacionales en 1976. Después de la muerte de Annelise.

Ed y Lorraine Warren, investigadores de eventos paranormales.

Getty Images
Ed y Lorraine Warren, investigadores de eventos paranormales que fueron fuente de inspiración para muchas películas de terror.

En 1973, tras varios episodios en los que reaccionaba de manera violenta, una abrupta pérdida de peso y una repentina aberración a los objetos religiosos, los padres de Anneliese, que eran católicos, la llevaron a casa y pidieron la evaluación de un sacerdote que finalmente concluyó que estaba poseída.

“Conforme a las reglas de la iglesia, (el sacerdote) mandó llamar a un experto exorcista, un padre jesuita llamad Adolf Rodewik, para una investigación detallada”, relata un artículo de archivo de The New York Times de hace 42 años.

En el exorcismo participaron dos sacerdotes jesuitas que grabaron sus sesiones con Anneliese en 43 casetes. Según reportes, los únicos testigos fueron los padres de la joven.

Al final, Anneliese falleció tras pasar por 67 exorcismos de una hora y según análisis que se le hicieron, murió en un estado de desnutrición y deshidratación.

El conjuro

Al igual que muchas otras películas de terror, “El conjuro”, que se estrenó en 2013, empieza con una familia que se muda a un nuevo hogar, amplio y misterioso, con la ilusión de crear nuevos recuerdos en un nuevo lugar maravilloso y… está demás decir que el sueño se convierte en pesadilla.

En el filme, la primera señal de alerta que debieron tomar en cuenta Roger y Carolyn Perron fue cuando su perro se rehusó a entrar en la casa de campo.

Tras una serie de eventos escalofriantes que incluyen ruidos sin explicación, objetos que se mueven solos y sensaciones extrañas, la pareja decide llamar a los investigadores paranormales Ed y Lorraine Warren, quienes en la vida real trabajaron en numerosos casos como la casa de Amityville.

Halloween

Reuters
¿Por qué no aprovechar Halloween para ver una buena película de terror?

De hecho, la pareja exhibía objetos de sus investigaciones en un museo ocultista que crearon.

Según Lorraine, quien tiene ahora 91 años, la película se acerca bastante a lo que ocurrió en la realidad. Ed falleció en 2006.

Y la mayor de las cinco hijas de los Perron, Andrea, comentó al diario estadounidense USA Today, que muchos de los eventos fueron reales: camas moviéndose, olor a podrido en algunas partes, áreas heladas y sí, también el exorcismo de su madre.

“Creí que me iba a desmayar”, dijo Andrea en el reportaje de 2013.

“Mi madre empezó a hablar en un idioma que no era de este mundo y una voz que no era la de ella. La silla levitó y fue propulsada al otro lado de la habitación”.

Andrea también escribió la historia de su familia en tres libros y dijo que no le sorprende cuando la gente duda de su historia.


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Gandhi Ramos

Aislados y sin internet: jóvenes padecen exclusión escolar durante la epidemia

Sin conectividad y en aislamiento, jóvenes de la metrópoli y pequeños poblados que estudian el bachillerato y la universidad viven la discriminación por ser excluidos del sistema educativo.
Gandhi Ramos
Por Ruth Barrios Fuentes y Gandhi Ramos
7 de agosto, 2020
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El confinamiento no se vive igual desde la pobreza. Más de 32 millones de mexicanos no tienen internet en casa. Por si no fuera suficiente, el plan de instalación de fibra óptica en el territorio está prácticamente detenido. Sin conectividad y en aislamiento, jóvenes de la metrópoli y pequeños poblados que estudian el bachillerato y la universidad viven la discriminación por ser excluidos del sistema educativo. 

En Ciudad de México, adolescentes emprenden la misión de conectarse a la red gratuita para continuar las clases en línea, suplicando que no se sature. Mientras que en Tecoanapa, Guerrero, los estudiantes ya están casi con un pie afuera de la escuela; tienen dos alternativas: la mayoría volverá al campo, actividad cada vez más insostenible, o se enrolará al Ejército en medio de una sangrienta lucha contra el narcotráfico. 

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Esta es la realidad de la Generación Confinada que transita la emergencia sanitaria sin internet y sin educación. 

En Huamuchapa, una pequeña localidad de Guerrero, hay un bachillerato tecnológico que ni siquiera tiene paredes. Ahí, unos 200 alumnos intentan aprender de todo un poco, en un afán de cambiar su suerte. 

En este poblado, perteneciente al municipio de Tecoanapa, solo abren dos cafés internet con computadoras que trabajan a paso de tortuga. 

Seguir las clases en línea es imposible. Ni el 10% de los alumnos tiene, ya de menos, un teléfono celular.

Clases en Huamuchapa, Guerrero

En este poblado, perteneciente al municipio de Tecoanapa, solo abren dos cafés internet con computadoras que trabajan a paso de tortuga.

Iván Chávez es profesor en esa escuela, oficialmente llamada Centro de Educación Tecnológica Agropecuaria. Sus clases son variadas: desde Bioquímica hasta Lenguaje y Comunicación. Con él, otros 12 profesores cumplen las funciones de enseñanza y también atienden las labores de administración en la escuela. 

Iván pone un especial énfasis en las diferencias entre las aspiraciones de un alumno citadino y otro que vive en medio del campo. Y cuando las explica, las hace ver abismales. 

Por ejemplo, mientras los estudiantes de la capital buscan ingresar a grandes instituciones, como la UNAM o el Politécnico, las opciones de los chicos de Tecoanapa son reducidas: o buscan un lugar en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa o se enlistan al Ejército. No hay más. 

Pero, la mayoría de los jóvenes decide quedarse en el municipio para trabajar en el campo, algo cada vez más difícil, o de plano emigrar a Estados Unidos. 

El grupo de Iván lo conforman 42 estudiantes pero solo tres han logrado entregar las tareas a tiempo porque tienen internet; el resto deberá esperar a que acabe la pandemia para ponerse al corriente. 

Lo que es cierto, explica Iván, es que el rezago educativo en la región es evidente. 

“Hay alumnos que ya están en el bachillerato y no saben leer ni escribir. Así de preocupante es el nivel”, dice. 

¿Y cómo es que alguien que estaría en edad de ingresar a la universidad no sabe leer ni escribir? 

Iván tiene la respuesta: el sistema educativo en las comunidades es tan laxo que nadie es reprobado. Esto significa que un estudiante pasará automáticamente de año bajo la única condición de que no falte a sus clases, aprenda o no. 

No es una regla escrita, pero los docentes saben que reprobar a un alumno es perderlo para siempre. “A pocos les importa realmente aprender. No le ven utilidad”, explica Iván. 

A eso hay que sumarle que el machismo sigue enquistado en estas regiones, por lo que las aspiraciones de las mujeres son limitadas. Muchas elegirán casarse y tener hijos, sin la oportunidad de explorar su talento como profesionista.  

En Tecoanapa hay redes para conectarse, pero la señal es débil. Iván ha tenido que buscar las formas para que todos sigan aprendiendo. Una de sus técnicas es enviar las tareas por Whatsapp a los alumnos que cuentan con celular, para que a su vez las repartan al resto de los compañeros. El método ha funcionado, pero no a grandes escalas. 

La vocación, dice Iván, no lo es todo. 

Giovanni sale de su casa todos los días con su cubrebocas y su celular. Abona los 50 pesos de saldo que le da su papá para que pueda hacer sus tareas, mismos que le durarán dos o tres días. Cuando se acaba este saldo, debe caminar por las calles sin pavimento de su colonia hasta los límites de la misma, donde puede conectarse a la red de internet gratuita de la Ciudad de México. 

Giovanni carece de computadora en casa, y a su colonia, Tempiluli, no llegan los servicios de internet.

Tempiluli es uno de esos lugares que hacen dudar al que llega, de si se encuentra todavía en la Ciudad de México o ya no. Perteneciente a la Alcaldía de Tláhuac, es una zona densamente poblada, pese a estar catalogada como suelo de conservación. 

Por años, la falta de un adecuado orden territorial por parte de las autoridades, sumada a la progresiva necesidad de vivienda, han propiciado conflictos por la delimitación de ejidos, así como invasión de tierras, venta ilegal de predios y delitos ambientales como el relleno de cascajo en los canales de agua. Hace pocos años en este mismo sitio vivían peces y aves acuáticas; hoy, es un laberinto de calles de tierra y filas interminables de casas de tabique y lámina.

A más de cuatro meses de declarada la Jornada Nacional de Sana Distancia en México, las escuelas se han tardado en decidir lo que deben hacer con estudiantes como Giovanni, que por sus limitaciones económicas y tecnológicas no han podido entregar la totalidad de sus tareas y mucho menos asistir a las clases a distancia.

Durante la pandemia, Giovanni se ha confinado con sus papás y su hermano menor, quien estudia la primaria y está en una situación similar a la de él. La familia ha respetado el confinamiento, salvo cuando Giovanni tiene que salir a conectarse para hacer sus tareas o cuando su padre sale a trabajar para proveer el único ingreso económico del hogar.

El padre de Giovanni se dedica a repartir hielo a las pescaderías del Mercado de La Viga, sin embargo, el cierre de bodegas durante la pandemia disminuyó su sueldo a la mitad. Tampoco las propinas son las mismas. Aún así, sale de casa cada que es requerido y toma tres transportes para llegar a las pocas bodegas del mercado que siguen dando servicio.

Al salir de su colonia, Giovanni encuentra internet público y una banqueta para refugiarse con su celular. Revisa las tareas que le han enviado sus amigos a su Whatsapp. Termina sus tareas, como puede, a dos dedos. De las nueve materias que cursa en el segundo semestre del Colegio de Bachilleres Plantel Tláhuac, trata de ir al corriente en ocho: “Uno de los profes me dijo que me quería pasar de listo y que no me iba a recibir las tareas por Whatsapp”, dice Giovanni. 

El resto de profesores sí le permitieron entregar sus trabajos por esta vía, sin embargo, el hecho de no poder tomar las clases a distancia lo ha rezagado del resto. “La verdad es que no he podido ponerme al corriente, y corro el riesgo de reprobar”, cuenta Giovanni. 

Las autoridades de su escuela han anunciado mecanismos de nivelación académica para los estudiantes que se han atrasado. La idea es que ningún estudiante termine reprobado este semestre, no obstante, la dificultad es la misma, pues dichos mecanismos también se cursan en línea o tienen algún costo. 

“Yo no puedo pagar el precio de ocho materias para recuperar mis calificaciones”, afirma Giovanni. 

Giovanni al regresar a su casa tras buscar internet para hacer la tarea

Giovanni carece de computadora en casa, y a su colonia, Tempiluli, no llegan los servicios de internet.

En este sentido, la escuela responde que los alumnos, cuyas familias carecen de ingresos económicos o medios tecnológicos, deberán esperar a que termine la contingencia para atender su caso de manera presencial. De todos modos se siente como un semestre perdido.

En todas las escuelas públicas de la Ciudad de México, hay casos como el de Giovanni. Desde el principio sabían que el reto de continuar las clases a distancia era una empresa compleja y segregadora. No sólo alumnos, sino también muchos profesores eran incapaces de utilizar la plataforma en línea diseñada por la SEP. 

Por ello, las autoridades educativas se han visto en la necesidad de diseñar estos mecanismos exprés para los miles de estudiantes atrasados. Esto es muestra clara de que este sistema de educación remota no es factible a corto plazo en México. La pandemia ha desnudado la enorme desigualdad que aún persiste en nuestro país.

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 Giovanni se levanta de la banqueta donde ha pasado dos horas sentado. Guarda su celular. Camina de vuelta a casa por las calles de Tempiluli, una colonia acostumbrada a ver desalojos de vecinos y demoliciones de casas irregulares. En su hogar ya lo aguardan para cenar y para jugar un juego de mesa, que es una de esas actividades que aún conservan las familias que no tienen internet en casa. 

Este panorama, además de develar las fallas del sistema educativo en nuestro país, también delatan un fenómeno poco explorado, pero que existe: la discriminación del Estado mexicano.

La explicación detallada la tiene Alma Mata, experta en derechos humanos y exvisitadora de la CDHDF.

Para ella, que las clases continúen en línea, pese a que alumnos no puedan tener acceso por falta de recursos tiene un nombre: exclusión de derecho a la educación por condición socioeconómica

La especialista refiere que además está involucrado el tema del derecho a la igualdad, el acceso a la información y el derecho por sí mismo a la educación.

El artículo 7 de la Ley General de Educación justamente establece las obligaciones del Estado para garantizar este derecho. 

Por ejemplo, afirma que las autoridades están obligadas a eliminar cualquier forma de discriminación y exclusión, atendiendo las capacidades y ritmos de aprendizaje de los estudiantes, así como eliminando las barreras de la enseñanza y adoptando medidas en favor de la accesibilidad.

No es todo. También deja claro que el Estado debe proveer de los recursos técnicos-pedagógicos y materiales necesarios para los servicios educativos.

Pero, en este fenómeno hay dos realidades: la que se dice en el papel y la que se cumple en la práctica, reconoce Alma Mata. 

¿Y qué puede hacer un estudiante que se ha sentido discriminado en su escuela por no contar con internet? 

Para la abogada, es necesario hacérselo saber a algún órgano defensor de derechos humanos para que se hagan modificaciones de raíz y se cumpla lo establecido en la ley. Tampoco descarta la posibilidad de que quienes hayan sido víctimas de esta exclusión educativa puedan recibir una indemnización. 

El tema, admite, es complejo, debido a que nadie esperaba una pandemia. En todo el mundo han existido dificultades educativas, pero en México, el rezago educativo se hace más hondo en los espacios más pobres del país.

La emergencia sanitaria, afirma, solo hizo recordar que la educación sigue siendo, como casi siempre, uno de los eslabones más débiles en el sistema mexicano. 

Más de 32 millones de mexicanos no tienen acceso a internet. Esa cifra es equiparable a llenar 363 veces el Estadio Azteca. 

El año pasado, México apareció en un penúltimo lugar en una lista de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos sobre penetración de internet fija. En el análisis, hecho a 37 naciones, nuestro país se ubica solo por arriba de Colombia. El primer lugar lo tiene Suiza. 

¿Estos números qué significan? En términos concretos, solo 15 de cada 100 habitantes posee acceso a internet fijo, comparado a nivel mundial. 

La Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares también arroja que  el año pasado, la proporción de hogares que disponen de computadora registró un descenso, de pasar al 45% de la población al 44%. 

Del total de los usuarios de internet, 15 % está entre los 12 y 17 años de edad, justo la edad en la que se estudia el bachillerato, y un 16% se ubica entre los 18 a 24 años, cuando se ingresa a la universidad.

La Secretaría de Comunicaciones y Transportes ha dado razones de la carencia de internet. Una de ellas es por la orografía del país y otra porque las empresas no le encuentran sentido invertir en la instalación.

En el Plan Nacional de Desarrollo 2019, elaborado por el gobierno federal, se explica que las empresas no ven rentable dotar de internet a poblaciones menores de 5 mil personas. 

La consultoría The Competitive Intelligence Unit lo confirma en uno de sus extensos análisis. Las empresas no invierten en lugares donde no es rentable operar. Esto significa que no tiene sentido instalar infraestructura para internet en una zona donde no se generará tráfico por el uso de servicios ni abona a la conectividad poblacional. Hacerlo representaría una inversión perdida.  

Cuatro estados son los más afectados por estas políticas: Tabasco, Guerrero, Chiapas y Oaxaca. Ahí, millones de personas siguen a la espera de que las autoridades permitan instalar al menos, puntos gratuitos de conexión. 

Nancy se prepara para salir a trabajar. Se frota las manos con gel antibacterial, se pone cubrebocas. Cruza el espacio semivacío de su nuevo hogar, un sitio al que tuvo que mudarse hace pocos días por causa de un conflicto con su familia materna. 

Nancy agradece tener trabajo para sobrellevar la pandemia. Además, los muebles van llegando poco a poco: una estufa usada, un refri, una silla y hasta una puerta de madera que, recargada sobre un par de cajas, funciona como mesa de comedor.

Apresurada, sale de casa. Cruza un terreno baldío lleno de basura para cortar camino hasta la parada del pesero. Llega hasta el Metro Constitución. De ahí, llega caminando a su trabajo, en una empresa donde hace la limpieza de las oficinas. Su horario es de lunes a viernes, de 9 de la mañana a 5 de la tarde.

Pero no es allí donde Nancy debería estar. Apenas en febrero de este año, ella ocupaba ese horario para dedicarse de lleno a cursar la carrera en Comunicación y Cultura en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), Plantel Tezonco.

Pocos días antes de que se declarara la pandemia en México, Nancy todavía residía con su mamá y su abuela. Pero con el fallecimiento de la abuela, se desató una disputa familiar entre hermanos por quedarse con el inmueble. A Nancy y a su mamá prácticamente las corrieron de esa casa. Decidieron volver al departamento donde Nancy pasó su infancia. Si bien estaba descuidado por el abandono, al menos era propio.

Así, cargadas únicamente de su ropa y algunas cosas de higiene básicas, Nancy y su madre se mudaron a su nuevo espacio. Su papá se les unió en la mudanza. Para entonces, Nancy no trabajaba y esperaba indicaciones de su escuela. 

Su mamá se dedica a empacar frituras en una empresa grande, pero la enviaron a su casa debido a su avanzada edad, con el sueldo a la mitad. 

El empleo del padre es inconstante, pues trabaja en el área de mantenimiento del Parque de los Coyotes, que también fue cerrado por el confinamiento. Teniendo el departamento vacío y sin posibilidades de generar dinero para comprar muebles o contratar servicios, Nancy decidió ponerse a trabajar para ayudar a estabilizar la economía de su hogar.

Tras cada jornada de trabajo, Nancy procura detenerse tres cuadras antes de llegar a su casa, para conectarse a las redes gratuitas de internet que provee la Ciudad de México. 

De este modo, revisa en su celular si su amiga le ha enviado a su Whatsapp las nuevas lecturas para hacer las tareas pendientes. “Las descargo y algunas las puedo leer sin problemas, pero hay archivos que mandan los profesores que no son compatibles con Whats. Esos no los puedo abrir y, por ende, no puedo hacer los trabajos”, comenta Nancy. 

A veces, su amiga le busca dichas lecturas y se las manda en un formato más universal para que pueda descargarlos y leerlos sin problemas.

“Siento que me he retrasado muchísimo. Ahorita solamente dos profesoras me dieron la oportunidad de entregar un trabajo final para acreditar las materias. Entonces, de siete, salvaría dos. Pero otros me dijeron que no podían hacer nada y que tampoco podían ser muy flexibles”, cuenta Nancy. 

Nancy usando cubrebocas afuera de su casa

Tras cada jornada de trabajo, Nancy procura detenerse tres cuadras antes de llegar a su casa, para conectarse a las redes gratuitas de internet que provee la Ciudad de México, para revisar las tareas pendientes.

Por lo pronto, Nancy ocupa la mayor parte de su tiempo limpiando pisos y oficinas. Tiene que trabajar, es cuestión de prioridades. Está consciente de que, por su situación, la continuidad de sus estudios está en riesgo. Pero lo que a ella más le preocupa ahora son sus papás. Siente que los vulnera al salir a trabajar cinco días a la semana, subida en el transporte público protegida únicamente por su cubrebocas.

En realidad, ella misma está en riesgo constante. Pero hay aspectos comunes que resaltan tanto en su caso como en el de Giovanni: ambos logran sobrellevar las materias durante el confinamiento, gracias a la solidaridad de sus compañeros de clase y la de los profesores que han sabido comprenderlos.

Gracias a su trabajo Nancy contratará internet próximamente. El internet es un artículo de primera necesidad para un universitario. 

Sus papás, que viven al día, la comprenden y la apoyan, mientras siguen esperando que vuelva algo lo más parecido posible a eso que todos entendíamos como normalidad.

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