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Foto: Elizabeth Cruz

¿Qué pasará con quienes viven y trabajan en Santa Lucía? Nadie lo ha explicado y hay muchas dudas

Animal Político hizo un recorrido por las localidades aledañas a la Base Aérea de Santa Lucía, en Tecámac, Estado de México, donde vecinos mostraron opiniones divididas en caso de que esa opción sea la elegida en la consulta ciudadana propuesta por Andrés Manuel López Obrador.
Foto: Elizabeth Cruz
23 de octubre, 2018
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Ciudadanos de localidades vecinas a la base militar de Santa Lucía, donde el presidente electo Andrés Manuel López Obrador propuso la construcción de dos pistas para que pueda operar como nuevo aeropuerto civil, no tienen una opinión unánime a favor de ese proyecto.

Entrevistados por Animal Político, los vecinos mostraron su preocupación sobre múltiples temas. Por ejemplo, qué pasará con los miles de personas que viven y trabajan en la base militar; qué se hará con la inversión en unidades habitacionales al interior de ese espacio; y cómo llegarían miles de pasajeros desde la Ciudad de México (CDMX) para tomar un vuelo, o para hacer trasbordo en una terminal que estaría ubicada a más de 30 kilómetros de la capital mexicana.

En contraste, hay vecinos que consideran que la llegada de un nuevo aeropuerto les traería más opciones de empleo, ahorro en transporte a la ciudad, y más seguridad, por lo que están a favor del proyecto.

“¿Qué pasará con quienes vivimos en Santa Lucía?”

Ernesto es militar, y no está autorizado a dar entrevistas. Pero cuando en la entrada de la Base de Santa Lucía, en Tecámac, Estado de México, el reportero le pregunta sobre la consulta que decidirá qué aeropuerto se construye para la CDMX, frena el paso y dice que, como ciudadano, se encuentra preocupado por los resultados de la consulta.

Con los brazos cruzados y dándole la espalda a las dos enormes fotografías de unos aviones cazas supersónicos y helicópteros de combate que custodian la entrada al recinto militar, Ernesto admite que existen muchos puntos en contra, como que aún no está del todo claro si es una opción realmente viable, desde el punto de vista el tráfico aéreo, y compatible con el actual aeropuerto Benito Juárez.

Sin embargo, lo que realmente le preocupa a Ernesto es qué va a pasar con los más de 7 mil 250 elementos del Ejército que viven con sus familias en la Base de Santa Lucía, sea cual sea la opción que se elija.

“Santa Lucía no es solo una base militar, es un pueblito donde vivimos y trabajamos a diario en total más de 12 mil personas. Ahí adentro hay unidades habitacionales, escuelas militares, un hospital, instalaciones deportivas, un museo, y hasta un cine. ¿Qué pasará con todo eso si se decide abrir un aeropuerto comercial, o si se cierra la base porque van a abrir el de Texcoco?”.

Y, en efecto, nadie ha explicado, hasta ahora, qué va a pasar con las tres unidades habitacionales que hay en el interior de Santa Lucía, con 437 viviendas. De hecho, la última unidad habitacional con 90 viviendas, la Santa Lucía III, fue inaugurada apenas en febrero pasado.

Y tampoco se ha explicado qué pasará con la inversión de casi 40 millones de pesos que el Ejército mexicano tiene proyectado entre marzo y junio de 2019, según publica en una nota el diario Milenio, para construir otros dos edificios multifamiliares y una casa multifamiliar, como parte de la cuarta etapa de la unidad habitacional militar de la Base.

“En Santa Lucía también se ha invertido mucho dinero, y está previsto que se invierta en más viviendas. Pero nadie nos dice qué va a pasar con los que ya vivimos en la Base”, dice Ernesto.

Cristian camina por la banqueta que da acceso y salida a Santa Lucía junto a un reguero de personas, entre militares, ciudadanos con folders en las manos, adolescentes con uniforme escolar, y madres que llevan a sus hijos a una escuela cercana. No es soldado, pero Cristian plantea el mismo cuestionamiento que Ernesto.

“En la Base viven muchas familias, y si se construye un aeropuerto comercial las van a tener que sacar de ahí”, dice Cristian, que con el dedo señala a un costado de la rotonda que da acceso a la instalación militar, donde a lo lejos se levantan los bloques de cuatro niveles en los que viven los soldados con sus familias.

Cristian recuerda que, al margen de la tercera fase de unidades habitacionales, en febrero pasado también se acaba de inaugurar las instalaciones de la nueva Escuela Militar de Materiales de Guerra. Por lo que, si la Base aérea deja paso a un aeropuerto civil, “toda esa inversión se perdería”.

“El nuevo aeropuerto en Santa Lucía no me parece una buena idea. Creo que hay muchas cosas que faltan por explicar y que no están claras”, concluye Cristian, no sin antes cuestionar qué pasaría con el hospital del IMSS que está ubicado a solo un kilómetro escaso de la Base aérea, y si la reconversión en un aeropuerto comercial, con una nueva y más amplia terminal aérea para pasajeros, más la construcción de un hotel de 310 habitaciones, afectaría el suministro de agua de las localidades vecinas.

Quienes tampoco ven claro su futuro con un nuevo aeropuerto en Santa Lucía, son los taxistas del sitio que está ubicado a unos pocos metros de la entrada al recinto militar.

Esteban, por ejemplo, dice que, en caso de un nuevo aeropuerto, probablemente les van a pedir nuevos permisos para poder operar en la zona. Y, además, lamenta que tampoco les han explicado si los taxistas de la CDMX, al compartir los dos aeropuertos, también podrían operar en Santa Lucía, lo cual afectaría a sus puestos de trabajo.

“En un principio, a mí como taxista sí me beneficiaría que pusieran en Santa Lucía el aeropuerto, porque sería más trabajo. Pero si los taxistas de la capital se van a querer llevar también su parte del pastel y nos hacen a un lado, pues entonces no estaría de acuerdo”, señala Esteban.

Foto: Elizabeth Cruz

“No hay vías de comunicación”

Otro punto que no convence a Héctor Rodríguez, un urbanista de profesión y quien es vecino de la zona, es el tema de la infraestructura y de cómo se transportarían los pasajeros desde la capital hasta Santa Lucía, y viceversa.

“No es factible tener dos aeropuertos operando”, dice tajante. “Imagine que llego al aeropuerto Benito Juárez de un vuelo internacional, de Estados Unidos, por ejemplo. Y luego tengo que tomar en Santa Lucía otro vuelo nacional a Oaxaca. ¿Cómo le hago para transportarme desde la ciudad y llegar aquí rápido para no perder mi siguiente vuelo? No creo que tengamos las vías de comunicación necesarias para eso”.

Actualmente, y a falta de un hipotético plan de movilidad, hay varias formas de llegar a la Base aérea. La más rápida es en coche, ya sea privado, o en taxi, lo cual también aumentaría los costos del pasajero.

Mientras que en transporte público las opciones son variadas, aunque el tiempo de traslado se dispara.

Mario Domínguez es chofer de una de las muchas combis de pasajeros que está estacionada a unos pocos metros de la base militar, junto al sitio de taxis. Mientras espera clientes que llenen el vehículo para iniciar el viaje, Mario explica que, en su experiencia cotidiana, la forma más rápida es llegar a la estación del Metro Indios Verdes, al norte de la CDMX, en la delegación Gustavo A. Madero. Y de ahí, tomar una combi que se vaya directo por la pista de cobro México-Pachuca.

“Si no hay mucho tráfico, de Indios Verdes hasta la Base puedes tardar 35 minutos. Pero si está pesado en la caseta de cobro, entonces súmale otros 25 minutos”, dice Mario, a lo que habría que añadirle que Indios Verdes está a otros 15 kilómetros, aproximadamente, y a unos 25 minutos de trayecto en coche del actual aeropuerto Benito Juárez.

Si el pasajero opta por transporte público y carreteras que no son de cobro, el tiempo puede alargarse incluso más.

Así fue la ruta que tomó Animal Político: primero, Metro Sevilla, en la Línea 1 (Rosa), la estación más cercana al Ángel de la Independencia (a 1 kilómetro). De ahí, hasta la estación San Lázaro (terminal de autobuses Tapo). Luego, trasbordo en la Línea B (verde), hasta la Estación Plaza Aragón, ya en el municipio de Ecatepec, Estado de México.  Hasta aquí, 40 minutos de trayecto, aproximadamente.

Luego, combi en la avenida Carlos Hank González, que va haciendo paradas continuas a lo largo de otros 26 kilómetros, hasta Tecámac de Felipe Villanueva. Y una vez en esta localidad, otra combi que recorre siete kilómetros más hasta la Base de Santa Lucía.

En total, más de dos horas de trayecto desde el Ángel de la Independencia, en la CDMX, hasta la base aérea.

Ante este panorama, Héctor Rodríguez insiste en que la opción de Santa Lucía “no sería viable”, a menos de que se invierta en construir “una vialidad libre para poder llegar desde el aeropuerto Benito Juárez a Santa Lucía, como mucho, en 20 o 25 minutos”. Y eso, lógicamente, “también aumentaría el gasto de inversión” del nuevo aeropuerto.

Y lo mismo opina Pablo Rodríguez, vecino de Tecámac, quien dice que la carretera México-Pachuca (la libre) ya está de por sí saturada de tráileres, combis, y coches, como para añadirle, a diario, miles de pasajeros que buscarán cómo llegar lo más rápido posible a la ciudad de México, o a otros puntos de la República.

“Esta Base está lejísimos de todos los accesos para ir a la Ciudad de México –subraya Pablo-. Pero, además, si queremos atraer al turismo, necesitamos un buen aeropuerto que sea basto, moderno, y que sea el rostro de México ante el mundo. Y no creo que esta Base militar sea la mejor opción”.

“Traería más trabajo y seguridad”

A unos 16 kilómetros, en el municipio de Zumpango, la opinión de los vecinos es más favorable al proyecto de López Obrador de reconvertir Santa Lucía en un aeropuerto comercial.

Elsa Arellano despacha una modesta papelería, en una colonia que a las 10 de la mañana luce completamente desierta por dos motivos: el primero, la mayoría de la gente se va a trabajar a la Ciudad de México. Y el segundo, los que se quedan no salen por temor a los robos que proliferan en el lugar.

Por ello, la mujer dice que vería con muy buenos ojos que un proyecto de infraestructura como un aeropuerto pueda traer puestos de trabajo y seguridad a la zona.

“En Zumpango y en los pueblos de alrededor, casi todo el mundo se va a la ciudad a trabajar muy temprano, como a las 4 de la mañana. Y para nosotros sería muy beneficioso que llegara una fuente de trabajo que nos permita laborar aquí, poniendo negocios alrededor del aeropuerto, o incuso adentro”, comenta la mujer.

Carmelita López, otra vecina de la colonia, cree además que una fuente de trabajo del tamaño de un nuevo aeropuerto, reduciría considerablemente el número de personas que, a diario, toma el coche, combis, o transporte público, lo cual también aliviaría los accesos de la Ciudad de México.

En cuanto al ruido de los aviones despegando y aterrizando, una de las quejas frecuentes de los vecinos de las colonias aledañas a la Base, don Alejandro, de 70 años, cree que tampoco sería un impedimento mayor.

“En Santa Lucía se lleva haciendo maniobras de aviación desde los años 50 (la base se inauguró formalmente en 1952), así que ya estamos acostumbrados al ruido de los aviones”, dice el hombre riendo.

Además, a diferencia de lo que sucede en Texcoco, donde vecinos de la zona denuncian que fueron despojados de sus terrenos para la construcción del NAIM, aunado al fuerte impacto ambiental que se está generando en toda la zona del lago de Texcoco, don Alejandro ve como un punto favorable a Santa Lucía que la mayoría de los terrenos ya son propiedad del Gobierno federal, por lo que no habría afectaciones en este sentido.

“Yo lo tengo claro”, asegura Alejandro. “En la consulta, voy a votar a favor de Santa Lucía”.

En cambio, en Los Reyes Acozac, a 3 kilómetros de Santa Lucía, la estudiante de derecho Samantha Vergara opina que, precisamente, por esas expropiaciones de tierras que ya se han hecho, y por las pérdidas de 100 mil millones de pesos que se prevén si se cancela Texcoco, la opción de Santa Lucía no le parece viable. Aunque, en realidad, ninguna de las dos opciones le convence.

“Sea cual sea la opción, se va a tener que invertir mucho dinero en un nuevo aeropuerto que, en mi opinión, no es prioridad en un país donde hay tanta pobreza, y tantas personas analfabetas”, dice Samantha, que asegura que no votará en la consulta de cuatro días que inicia el próximo 25 de octubre.

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Stonewall, la histórica noche en que los gays se rebelaron y cambiaron millones de vidas

Una calurosa noche de verano en Nueva York hace 50 años, una redada policial en un bar de ambiente transformó la vida de millones de estadounidenses.
29 de junio, 2019
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Medio siglo atrás en Nueva York, cuando seis policías hicieron una redada en un bar de ambiente gay regentado por la mafia durante una calurosa noche de verano, nadie sospechaba que la chispa que sus acciones encenderían iba a transformar la vida de generaciones futuras.

Aquella noche, Mark no lanzó un ladrillo ni se enfrentó a un policía. Pero sí llevaba consigo algo que podía resultar tan potente como cualquier otro proyectil: una tiza.

Se la dio su amigo Marty mientras se desataba el caos fuera del bar Stonewall Inn, donde la policía era bombardeada con monedas y botellas.

El adolescente salió a la calle para garabatear tres palabras sobre el pavimento. Luego lo volvió a hacer en una pared de la misma calle.

Tres palabras: Tomorrow night Stonewall (“Mañana por la noche en Stonewall”).

Ese mensaje simple escrito por Mark era un intento de Marty Robinson de difundir su mensaje, de asegurarse de que un acto espontáneo de resistencia se iba a transformar en algo más grande.

Una hora antes, la policía había hecho una redada en ese bar del barrio neoyorquino de Greenwich Village, era la segunda vez aquella semana, pero ahora se trataba de un viernes por la noche a la 1am, cuando estaba lleno de gente.

Alrededor de 200 clientes -lesbianas, hombres gays, personas transgénero, adolescentes fugados y drag queens- fueron expulsados a la calle. Una multitud se volvió contra los agentes que se refugiaron dentro por seguridad. Los homosexuales estaban acostumbrados a huir de la policía, pero esta vez eran ellos los que estaban a la ofensiva y los policías de retirada.

El movimiento por los derechos de los homosexuales no comenzó aquella noche, pero se revitalizó con lo que sucedió en las horas y días después del lanzamiento de la primera moneda.

Y todos los pasos dados desde entonces, como el matrimonio igualitario y una sociedad más receptiva, le deben algo a los jóvenes que se enfrentaron a la policía y a los activistas que se organizaron después.

Stonewall ha sido comparado con la acción de Rosa Parks. La negativa de Parks a ceder su asiento en un autobús en Alabama a un hombre blanco tuvo el efecto de dar vida al movimiento por los derechos civiles 14 años antes. Del mismo modo, Stonewall impulsó la lucha por la igualdad de la comunidad gay.

En los Estados Unidos de 1960, gays y lesbianas eran prácticamente forajidos, vivían en secreto y con miedo. Eran etiquetados de locos por los médicos, de inmorales por los líderes religiosos, de incontratables por el gobierno, de depredadores por los noticieros y de criminales por la policía.

Así que, ¿qué fue lo que de repente los empujó a la lucha en la noche del 27 al 28 de junio de 1969?

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BBC

Una furia con años de gestación

En el momento de la sublevación, las relaciones sexuales consentidas entre hombres o entre mujeres eran ilegales en todos los estados de EE.UU., excepto Illinois.

Las personas homosexuales no podían trabajar para el gobierno federal o el ejército, y si salían del armario les negaban la licencia para ejercer muchas profesiones, como el derecho o la medicina.

Las leyes en el estado de Nueva York fueron particularmente punitivas pese -o quizás, en parte, en respuesta a- a que un número creciente de hombres y mujeres homosexuales de todo el país se estaba mudando a la ciudad de Nueva York.

Miles de personas eran arrestadas cada año en esa ciudad por “crímenes contra la naturaleza”, prostitución o comportamiento lascivo.

Algunos acababan con sus nombres publicados en los periódicos, lo que les significaba perder el trabajo.

Había mucha ira porque la comunidad gay no tenía poder político para evitar esto, dice William Eskridge, un profesor de la Escuela de Derecho de Yale. “Era como un polvorín esperando a ser prendido”.

Los jóvenes gays no querían escribir cartas a sus regidores para que promulgaran o firmaran peticiones, explica.

En vez de eso, siguieron el ejemplo del movimiento contra la guerra, del black power (poder negro) y de aquellos que luchaban por la liberación de las mujeres. Su estrategia era simple: “Ve a las calles y crea problemas. Ataca, ataca, ataca”.

El Stonewall Inn una semana después del levantamiento y en 2009

Getty Images
El Stonewall Inn una semana después del levantamiento y en 2009.

No había refugio para ellos en bares ni discotecas. Las leyes locales de bebidas alcohólicas en la ciudad de Nueva York se interpretaron de una manera tal que servir alcohol a gays y lesbianas podía acarrear el cierre de cualquier local con licencia, ya que lo convertía en un lugar “de desorden público”. Bailar con alguien del mismo sexo podía interpretarse como una ofensa “lasciva”.

A inicios de los años 60 comenzó una represión en los bares gay de la ciudad.

La mafia empezó a gestionar muchos de ellos, pero a pesar de esto, los clientes de Stonewall Inn lo consideraban un santuario, un lugar raro para expresarse y mostrarse afecto. Excepcionalmente, tenía una pista de baile.

A medida que las redadas se hicieron más frecuentes durante el verano de 1969, con una elección de alcalde próxima, el Stonewall Inn se convirtió en un objetivo obvio.

Era regentado por criminales y vendía alcohol sin licencia. También había rumores de que la mafia estaba chantajeando a sus clientes ricos. Pero la policía no tenía ni idea de en qué se estaba metiendo: la sensación de injusticia podía palparse, no solo por las redadas recientes, sino también por varios ataques llevados a cabo por justicieros.

Aquella noche, la más calurosa del verano, todo lo que necesitaba ese polvorín era una chispa.

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BBC

“Estábamos contraatacando”

Alrededor de seis agentes, incluidos los que dirigían la división de moral pública de la policía de Nueva York, cruzaron Christopher Street y entraron en el bar, donde ya había colegas encubiertos.

Las luces se encendieron, la música se detuvo y la policía ordenó a las personas que mostraran sus documentos de identidad a medida que iban saliendo.

Los clientes expulsados ​​salieron a la calle. Al principio, el ambiente era festivo, dice Robert Bryan, que tenía 23 años entonces. Llegó al lugar poco después de la redada. “Había risas y bromas. La gente salía del bar haciendo poses y reverencias”.

Cuenta que el ambiente cambió cuando una drag queen fue atacada por uno de los agentes después de que esta le pegara con el bolso. La gente le empezó a tirar monedas a la policía. La situación empeoró cuando una lesbiana salió del bar y forcejeó con los agentes, que intentaban meterla en un auto.

Fue ahí cuando “los misiles” dejaron de ser céntimos y se convirtieron en piedras y botellas.

Marsha P Johnson en 1970

Photo by Diana Davies, The New York Public Library
La activista Marsha P. Johnson es vista como una heroína de Stonewall por enfrentarse a la policía esa noche.

Cuando la policía se refugió dentro del bar, comenzó a agarrar y golpear gente, dice Bryan, quien lanzó una patada a un agente antes de huir mientras otro lo perseguía en vano. Cuando regresó, la policía estaba atrapada dentro del inmueble y, como más tarde revelaron ellos mismos, temiendo por sus vidas. Apenas eran un puñado mientras que, afuera, los manifestantes ya sumaban cientos.

Hubo disturbios.

“Era simplemente un momento emotivo, enloquecido por la adrenalina, completamente irracional”, explica Bryan.

Había un espíritu de multitud, cuenta, y se sentía como un estado de ensueño, de actuación sin restricciones. “Dios sabe que nunca hubiera pateado a un policía de haber estado yo solo. Por fin estábamos contraatacando y fue emocionante”.

La policía antidisturbios llegó para rescatar a sus compañeros, pero la violencia continuó. Al menos un agente fue atendido en el hospital por una herida en la cabeza y 13 manifestantes fueron arrestados.

Celebrations outside Stonewall

Getty Images
People gathered to celebrate outside the bar in the days afterwards

Esa batalla había terminado, pero algunos de los presentes sabían que nada volvería a ser lo mismo.

La noche siguiente, la multitud fue más numerosa, tal vez en parte gracias a la tiza de Mark Robinson, pero también al reparto de folletos durante el día. Fue también más violenta y la policía adoptó un enfoque más potente y usó gas lacrimógeno.

Los basureros fueron incendiados y arrojados contra los agentes. Las protestas continuaron otras cuatro noches, la del miércoles fue particularmente violenta.

Pero la pregunta que había en muchas mentes cuando terminó el levantamiento era: a continuación, ¿qué?

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BBC

Primeros pasos hacia la libertad

Cuando Martha Shelley, de 25 años, se subió a una fuente de agua en un parque cerca de Stonewall exactamente un mes después de los disturbios, temió por su vida. Pero tenía un mensaje importante que decirle a los pocos cientos de personas que estaban allí: salgan de las sombras y “caminen bajo el sol”.

“Fue aterrador”, recuerda ahora, a sus 75 años. “Estaba en Harlem cuando dispararon a MLK (Martin Luther King) y eso ardió en llamas. Yo era consciente de que podía recibir un disparo”.

A instancias de ella y después de un agitado discurso de Marty Robinson, todos habían marchado a Stonewall Inn, algunos con bandas de color lavanda, tomados de la mano y cantando “Gay Power!” (“¡Poder Gay!”). Una vez allí, Shelley le dijo a la multitud que se dispersara ya que temía que se diera más violencia.

Esa fue la primera vez que los gays marcharon abiertamente en Nueva York, exigiendo igualdad. En Filadelfia, desde hacía unos años había un piquete anual frente al Independece Hall (Salón de la Independencia) liderado por la Mattachine Society, la primera organización importante de defensa de los derechos de los homosexuales. Pero eso era algo cortés, según Shelley.

“Yo fui a Filadelfia. Las mujeres tenían que usar vestidos. Lo odié con todo mi corazón. Caminamos con nuestros letreros y los turistas nos miraban como si nos hubiéramos escapado de un zoológico mientras comían sus helados. Pensé: ‘Esta no soy yo, es una farsa'”.

Piquete gay en Filadelfia

Photo by Kay Tobin, ©The New York Public Library
En Filadelfia, se celebraba un piquete gay cada 4 de julio. Esta foto es parte de una exhibición sobre Stonewall en la biblioteca pública de Nueva York.

Antes de Stonewall, los activistas querían encajar en la sociedad y no agitar el barco. Pero después del levantamiento, las peticiones educadas de cambio se convirtieron en exigencias indignadas.

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BBC

Organizándose

Este nuevo estado de ánimo se plasmó mejor en lo que se convirtió en la fuerza motriz más importante que emergió de Stonewall: el Frente de Liberación Gay (GLF por sus siglas en inglés). Se formó en cuestión de semanas y fue tanto una alianza flexible de grupos como una sola entidad.

El nombre era un guiño al Frente de Liberación Nacional que luchaba contra Estados Unidos en Vietnam. Cuando lo sugirieron en una reunión, Shelley se entusiasmó tanto que se hizo daño en la mano con su botella de cerveza y acabó sangrando. “Los disturbios no habrían hecho nada si no nos hubiéramos organizado después”, dice.

El GLF solo duró unos cuantos años, pero brilló durante ese tiempo, con una gama de problemas contra los cuales luchar.

“Era primordial tener control sobre tu propio cuerpo”, recuerda Shelley.

El GLF hizo alianzas con algunos de los principales grupos insurgentes de la época, como los Black Panthers. Sus miembros organizaron la primera marcha del Orgullo Gay y crearon un periódico llamado Come Out! que Shelley vendió en la calle.

Las reuniones del GLF fueron caóticas y hubo grandes desacuerdos sobre cuál era la mejor forma de avanzar. Pero su creación marcó el inicio de una nueva era que generó una ola de nuevos grupos como la Alianza de Activistas Gays (GAA, por sus siglas en inglés) y el grupo radical de lesbianas Lavender Menace (Amenaza Lavanda), del que Shelley fue fundadora.

Un año más tarde hubo un GLF en Londres y el movimiento se volvió global.

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BBC

El primer desfile del Orgullo Gay

Hoy en día, existen miles de eventos del Orgullo Gay en todo el mundo. Pero sus inicios fueron humildes: la idea de una marcha más radical para exigir derechos surgió durante una cena de tres amigos poco después de Stonewall, dice Ellen Broidy.

El Día de la Liberación en Christopher Street, exactamente un año después de Stonewall, comenzó en Greenwich Village y recorrió 51 cuadras por la Sexta Avenida hasta Central Park. Según se reportó entonces, participaron entre 3.000 y 15.000 personas.

Lo más emocionante fue la cantidad de gente que se unió a lo largo de la ruta, asegura Broidy. “El mensaje central fue ‘Estamos aquí. Somos raros, acostúmbrense’. Pero sentí que era más que eso, se trataba de llegar y desempeñar nuestro papel en la revolución”.

“No creo que ninguno de nosotros estuviera marchando por el derecho de unirse al ejército o de casarnos”. Según ella, se buscaba más la anulación de los sistemas de opresión que un cambio legal.

Marcha

Photo by Diana Davies, The New York Public Library
El desfile anual no recibió el nombre de Orgullo Gay hasta muchos años después.

Algunas mujeres estaban tan seguras de que habría violencia, que tomaron clases de autodefensa. Pero no la hubo. Otras ciudades de Estados Unidos pronto se unieron y, dos años más tarde, Londres tuvo su primer evento del Orgullo Gay.

“Era natural y necesario”, dice Broidy. “Si no hubiera sucedido primero en Nueva York en 1970, habría ocurrido en Londres o en Madrid o en la Ciudad de México”.

Hoy, el mensaje político todavía está ahí pero el Orgullo Gay se trata más de una celebración de la cultura gay con música y patrocinadores empresariales.

Broidy cree que algo se ha perdido en el camino.

“Creo que sería mucho más poderoso sin los flotadores y sin Citibank ni American Airlines. Sí, es un signo de progreso, pero en un mercado inequívocamente capitalista”.

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BBC

Pasos adelante

Después de esa primera marcha del Orgullo Gay, el progreso se aceleró.

En la década siguiente, se eliminaron las prohibiciones federales que afectaban a gays y lesbianas y la profesión médica revirtió su creencia de que los homosexuales necesitaban tratamiento psiquiátrico.

En 1977, Harvey Milk se convirtió en San Francisco en uno de los primeros cargos públicos electos abiertamente homosexuales en Estados Unidos. Dos años más tarde, unas 100.000 personas participaron en una marcha nacional en Washington. Probablemente, en ese momento, esta fue la congregación más grande de homosexuales en la historia.

Muchas de las leyes contra la sodomía fueron eliminadas en la década de los 80, lo que hizo que la homosexualidad fuera efectivamente legal, aunque pasaron décadas para que, en 2015, el matrimonio gay se convirtiera en un derecho reconocido a nivel federal.

El progreso legal fue acompañado por un cambio en las actitudes: en la actualidad, tres de cada cuatro estadounidenses aceptan las relaciones homosexuales.

Gráfico

BBC

En 2019 y en Estados Unidos, aún quedan batallas por pelear: los gays pueden ser despedidos de sus empleos en muchos estados. Los activistas dicen que el gobierno de Donald Trump está haciendo que el país retroceda al retirar algunas de las libertades por las que tanto se luchó.

Pero la aparición del primer precandidato presidencial abiertamente gay (el demócrata Pete Buttigieg) sugiere que, en general, no se ha perdido el norte. Tal vez el mayor signo de progreso sea que los aspectos de Buttigieg que más curiosidad causan son su inusual apellido y su capacidad de hablar noruego, y no su sexualidad.

Ninguno de quienes pelearon esa noche contra la policía o marcharon en las calles podría haber predicho los avances que se lograron a partir de entonces. Por lo tanto, vale la pena reflexionar sobre todo lo que salió de esa redada policial en un bar de la mafia, dice David Carter, autor de”Stonewall: Los disturbios que desataron la Revolución Gay”, un libro considerado el relato definitivo de lo que sucedió.

“Es muy inesperado y muy inusual en la historia de la humanidad que algo que es un acto totalmente espontáneo haya cambiado para bien el curso de la historia de la humanidad”.

Marcha gay en Washington

Getty Images
La Marcha Nacional gay en Washington fue multitudinaria.

Este no fue el primer enfrentamiento de homosexuales contra la policía. Como recordó recientemente el periódico Los Angeles Times, la policía había sido bombardeada con rosquillas 10 años antes. Pero sí fue el más importante.

“Pasó de ser de tamaño microscópico a ser un movimiento masivo, ese es el significado histórico de Stonewall”, dice Carter. Pero también tiene un significado más profundo, opina. “Momentos como este adquieren un significado inspirador, así que, en términos de historia estadounidense, se compara con cuando MLK pronunció su discurso ‘Tengo un sueño’ en el Lincoln Memorial. O cuando los marinos levantaron la bandera sobre Iwo Jima”.

Pero, a diferencia de las otras historias famosas, la de Stonewall no se enseña en muchos colegios. Sin embargo, se la recuerda de otras maneras: en películas, libros e incluso en el patrimonio. En 2016, el área alrededor de Stonewall fue designada monumento nacional y a primeros de junio, el Departamento de Policía de Nueva York se disculpó por la redada.

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BBC

Lo que hizo Mark después

Entonces, ¿qué pasó con Mark Segal, el adolescente a quien su amigo Marty le entregó la tiza?

Cuando se hizo la redada en Stonewall Inn, solo llevaba seis semanas en Nueva York y se alojaba en el albergue YMCA por US$6 la noche. La resistencia no era nada nuevo para él, su primer acto de rebelión fue cuando siendo un niño judío se negó a cantar Onward Christian Soldiers (“Adelante Soldados Cristianos”) en su escuela en Filadelfia.

Afuera de Stonewall esa noche, pensó: “Estamos luchando por nuestros derechos, al igual que las mujeres, los afroestadounidenses y otros lo hicieron a lo largo de la historia”.

Esa noche, la policía era un símbolo, dice. “Era la sinagoga, la familia a la que no le podía contar la razón por la que tuve que abandonar la ciudad que me encantaba y mudarme a Nueva York. Representaba la religión, los medios de comunicación, el gobierno. Todas las personas que nos empujaron”.

Pero Stonewall no fue solo una pelea, fue un espíritu y le dio un propósito a Segal, según admite: juró dedicar el resto de su vida a una nueva vocación.

Esto lo llevó primero al GLF, donde ayudó a dirigir su avance entre los jóvenes. También asumió otra misión: conseguir que los gays fueran lo más visibles posible para el público estadounidense. Lo hizo a través de una estrategia de desorden público. O, como se les conocía, “zaps”.

Segal con un letrero

Mark Segal
Segal irrumpió en un evento de recaudación de fondos para Nixon en 1972.

En 1973, irrumpió en el noticiero de horario estelar del canal CBSpresentado por la leyenda de la televisión Walter Cronkite, donde fue visto por 60 millones de personas sosteniendo un cartel que decía: “Los gays protestan contra los prejuicios de CBS”.

Luego creó un periódico gay en Filadelfia. Su trabajo en el campo de la igualdad le valió una audiencia con el presidente Barack Obama.

Antes de que le dieran ese pedazo de tiza hace 50 años, cuando era un adolescente sin un céntimo encima, nunca podría haber imaginado el camino que seguiría.

“Nunca hubiera dicho que algún día estaría bailando con mi esposo en la Casa Blanca. Así que lo que le diría a alguien que es joven y esté pensando en salir del armario sería ‘Sueña en grande’“.

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