Temblores en la CDMX: ¿Es normal que haya sismos con epicentros en la capital?
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Antonio Cruz

Temblores en la CDMX: ¿Es normal que haya sismos con epicentros en la capital?

Newsweek en Español charló con expertos para entender qué propicia los sismos con epicentros en distintos puntos de la capital del país.
Antonio Cruz
15 de octubre, 2018
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De pronto se escucha un estruendo, una ola expansiva que cimbra las ventanas y vitrinas. Luego una sacudida tan fuerte que te levanta de la silla, te tambalea casi hasta caer. Sientes como si “algo” estuviera bajo el suelo listo para salir rompiendo el piso. Dura unos segundos, los suficientes para asustarte, pero muy pocos para entender qué pasó.

Así se siente estar sobre el epicentro de un sismo, una sensación desconocida hasta hace unos meses para muchos habitantes de la Ciudad de México, habituados y marcados —históricamente— por fuertes temblores.

En febrero se registró un sismo de magnitud 2.5 con epicentro en la alcaldía de Venustiano Carranza. Elena no sintió una sacudida, pero sí escuchó un estruendo, “como una explosión que cimbró las ventanas”.

La mañana del 14 de septiembre Claudia estaba en su departamento en la colonia Narvarte cuando sintió un jalón tan fuerte que casi se cae; apenas duró unos segundos.

Ese día se registraron tres sismos de magnitud 2.2, 1.8 y 1.5, todos tuvieron como epicentro la alcaldía de Benito Juárez. No se activó la alerta sísmica, pero vecinos de calles como Palenque, San Borja y la avenida José María Vértiz evacuaron algunas viviendas y negocios.

Septiembre cerró con otro sismo el día 27 a las 22:56 horas, con epicentro en la alcaldía de Coyoacán.

Ahí mismo se originó otro la mañana del pasado 5 de octubre. Ese día, Gilberto desayunaba en un restaurante cuando escuchó un estruendo; una “ola” debajo de sus pies lo levantó a él y otros comensales de sus sillas. Ana estaba en su oficina, en un cuarto piso justo frente al Parque Hundido. De pronto sintió un jalón, duró unos segundos, nadie desalojó.

“Pregunte a un habitante de la zona costera de Guerrero o Oaxaca cómo sienten los sismos y le va a decir que sienten como que lo empujan para arriba, o lo jalan, de la misma manera como lo siente la gente aquí en el Valle de México, pero con mayor intensidad”, explica a Newsweek en Español Luis Quintanar Robles, investigador del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

No es lo mismo, dice, sentir un sismo de magnitud 5 o 6 que ocurre en las costas del Pacífico —a miles de kilómetros de la capital— que uno de magnitud 2 que se genera justo debajo de los pies.

¿Un fenómeno extraño?

Gilberto ha vivido los sismos más fuertes de las últimas décadas: desde 1985 hasta los de 2017, pero nunca había sentido un movimiento como el de octubre pasado.

Esas sacudidas también han desconcertado a Ana. “Se me hace un fenómeno superextraño. Son temblores muy raros, no es algo normal, o no es algo que yo supiera que existía antes”, señala en entrevista.

Sin embargo, estos sismos son normales y comunes, más de lo que los capitalinos pueden pensar… y percibir.

De 2008 a la fecha, se tienen registrados 81 sismos con epicentro en Ciudad de México. Sus magnitudes van, en promedio, de 1.3 hasta 3.5; en su mayoría se presentan en la zona sur-sureste. El 15 de noviembre de 2003 ocurrió uno de magnitud 4 —este ha sido el de mayor intensidad en los últimos 20 años.

El secretario de Protección Civil local, Fausto Lugo, señala que en 2017, se presentaron 26 sismos y en lo que va del año se tienen registrados 15.

“Es un fenómeno normal, parte de vivir en Ciudad de México y parte de vivir en el país, porque formamos parte del cinturón de fuego, no es ninguna condición atípica o anormal para la ciudad”, explica el funcionario.

Ciudad de México está catalogada como zona sísmica B, un área intermedia donde se registran sismos no tan frecuentemente, aunque sí es una zona afectada por altas aceleraciones de otros puntos del país, como son las costas, de acuerdo con el Servicio Geológico Mexicano.

El resto del país se divide en zona A, donde no se tienen registros de sismos en los últimos 80 años y comprende la península de Yucatán y parte del noroeste del país. La zona C, que también es un área intermedia con sismos no tan frecuentes; y la zona D, donde se han registrado grandes sismos y comprende el Pacífico mexicano.

El Valle de México es una zona densamente poblada, explica el investigador Luis Quintanar, por ello cualquier sismo con epicentro en Ciudad de México, por pequeño que sea, lo siente una buena parte de la población.

A mayor cercanía con el epicentro, las ondas sísmicas se atenúan menos y el sismo se siente más fuerte, como ocurrió en los sismos del 14 de septiembre en la capital, señala un reporte del Servicio Sismológico Nacional (SSM).

“Los sismos son muy pequeños, de magnitud 2, 2.5, 3 cuando mucho, pero ocurren y se sienten en un radio muy pequeño. Si se aleja unas cuantas cuadras, a otra colonia, ya no lo sintieron. Pero la gente dice ‘es que está temblando más’. Está temblando igual, lo que pasa es que ahora lo detectamos más y hay más gente que lo siente”, comenta Quintanar.

Por eso, mucha más gente percibe un movimiento en alcaldías como Miguel Hidalgo, Benito Juárez o Coyoacán, a diferencia de uno en zonas menos pobladas de Tláhuac o Xochimilco.

Los sismos en las costas del Pacífico —Guerrero, Oaxaca, Chiapas— y los del Valle de México se originan por fenómenos diferentes.

En la costa, explica Quintanar, la interacción entre placas tectónicas genera los movimientos. “La placa oceánica de Cocos se mete por debajo de la placa continental y entonces ese movimiento de fricción da lugar a rupturas considerables, produciendo sismos de magnitud 5, 6 o más como los ocurridos recientemente”, señala.

Mientras que los sismos que tienen epicentro en el Valle de México se deben al menos a tres factores, según el Sismológico Nacional: la existencia de pequeñas fallas activas y que atraviesan la zona; por la acumulación de tensión regional derivado del hundimiento del Valle o porque grandes sismos generan desequilibrios que ocasionan sismos locales.

El tamaño de las fallas (en el Valle de México) es mucho menor a las de la costa del Pacífico, por eso la magnitud también baja, aunque la manera como lo siente la gente es igual: un jalón, un empujón, porque se encuentra sobre el epicentro.

Como Gilberto, que sintió la fuerza de un estruendo debajo de sus pies. “Fue como una fractura que pasaba por debajo de nosotros. Como si algo estuviera debajo y fuera a salir por el piso. Fue tan fuerte, al grado que la onda nos levantó”, recuerda.

Cuando hay un sismo en la costa, en Ciudad de México se perciben de otra manera, dice el investigador, pues “sentimos que el movimiento es horizontal, que se mueve como un mecimiento, precisamente porque el sismo no ocurre aquí, sino a miles de kilómetros” y no bajo los pies.

El tamaño de los sismos también está relacionado con su duración. Los que se han sentido en la capital duran unos segundos porque tienen una magnitud baja. Entre mayor es la magnitud, también lo es la intensidad.

“Mientras más grande es el sismo, su duración es mayor, porque se generan muchos tipos de onda que empiezan a viajar. En los sismos muy pequeños, las ondas que se generan se atenúan rápidamente”, dice Quintanar.

Que el Valle de México haya sido un lago también es un factor relacionado a las fracturas y movimientos. La extracción de agua ha provocado que el terreno se hunda y se fracture, sobre todo en el oriente de la capital —Texcoco, Tláhuac, Ixtapaluca— donde han aparecido grietas en casas y calles.

“El fracturamiento puede originar pequeños movimientos como si fueran sismos pero son muy pequeños”, detalla el investigador.

Los temblores en el Valle de México suelen ser consecuencia de otros más grandes. Los sismos de ocurridos el 7 de septiembre de 2017 (de magnitud 8.2) y el del 19 del mismo mes (de magnitud 7.1) con epicentros en Chiapas y Morelos, respectivamente detonaron una serie de réplicas, entre ellas los sismos con epicentro en Ciudad de México.

No es la primera vez que esto ocurre. Tras los sismos del 19 y 20 de septiembre de 1985 se registró un aumento en la sismicidad en el Valle de México, sobre todo en la parte sur, comenta Quintanar.

“La energía llega con gran fuerza, entonces reactiva pequeñas fallas. El terreno está fracturado y si encima se mueve con un movimiento lejano, pero muy fuerte, se rompen esas pequeñas fallas y da origen a la pequeña sismicidad disparada por el sismo grande”, detalla.

Allen Husker, investigador del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica de la UNAM coincide en que en el último año se han registrado más sismos porque son réplicas de los movimientos ocurridos en 2017. Tras un sismo fuerte las rocas cercanas al epicentro se reacomodan, lo que genera una serie de temblores, denominadas réplicas. El número de las réplicas puede variar desde unos cuantos hasta cientos en los próximos días o semanas de ocurrido el temblor principal, señala un especial del grupo de trabajo del Sismológico Nacional.

Los sismos con epicentro en el Valle de México, por su tamaño, rara vez presentan réplicas.

“México es un país muy activo sísmicamente”, dice Husker, pues en promedio, cada 1.6 años se registra un sismo fuerte con magnitud por arriba de 7, según la revisión de los datos sísmicos de los últimos 100 años realizada por la UNAM.

Hasta ahora, los sismos con epicentro en la Ciudad de México han sido de baja intensidad, pero ¿puede presentarse uno de magnitud mayor? A ciencia cierta, no se sabe.  

Luis Quintanar señala que por el pequeño tamaño de las fallas que atraviesan la capital no se acumula tanta energía como en las costas, por lo que sería muy poco probable, aunque no hay una base científica sólida para descartarlo.

El titular de Protección Civil de CDMX señala que aunque no se tienen registros de sismos con magnitud superior a 4.4 en toda la historia de la ciudad, podría ocurrir, “existe el riesgo con cualquier sismo”.

Alerta para la CDMX

Gilberto y los demás comensales del restaurante no supieron qué hacer después de la sacudida. “Todos nos quedamos sorprendidos”, dice, pues esperaban el sonido de la alerta sísmica.

Después de sentir el jalón que casi la hace caer, Claudia se asomó a ver si en su edificio alguien más había sentido el movimiento, pero nada. “Chequé en redes sociales y vi que no era la única que lo sintió, así fue como supe que había sido un temblor”, dice.

Ana pasó por algo similar. Sintió el movimiento pero no le dio importancia hasta que otras personas en la oficina comenzaron a decir que también lo habían sentido. “Entonces me metí a Twitter a verificar qué onda y salió que había sido un temblor con epicentro en Iztacalco”.

“No evacuamos porque fue algo superrápido, sin alerta, sin nada, cuando ya nos damos cuenta de que sí tembló fue media hora después”, cuenta Ana.

La alerta sísmica se activa en Ciudad de México cuando se registra un sismo en las costas del país. Los temblores generan dos tipos de ondas, las P y las S. Las ondas P viajan rápidamente y son menos destructivas. Las ondas S viajan 58 por ciento más lento que una P, y tienen gran capacidad de destrucción, de acuerdo al Instituto de Geofísica de la UNAM.

La velocidad de las ondas S permite al Sistema de Alerta Sísmica avisar con al menos 50 segundos de anticipación la llegada de ondas sísmicas importantes a la capital.

“Una alerta sísmica se basa en la distancia que hay del lugar donde se origina el sismo a la capital, o a los grandes centros poblacionales. El tiempo que se da de alerta es el tiempo que tardan en viajar las ondas desde el lugar donde se originan, hasta la Ciudad de México”, detalla Quintanar Robles.

El sistema de alerta actual sirve para los capitalinos, pero no para quien vive en donde se genera el movimiento.

“Si las ondas se originan aquí, dentro del Valle de México, pues no existe ningún tiempo (para alertar) sería simultáneo”, añade.

Fausto Lugo explica que para la capital no funcionaría un sistema que dé un aviso previo, debería de ser un sistema de alarma que se activaría cuando el sismo esté ya en operación.

Al presentarse un sismo en la capital, las autoridades siguen un protocolo de revisión en el área donde se percibe.

Sin embargo, “los sismos son parte de la condición en la que vivimos en el país”, dice el encargado de Protección Civil de la capital, debido a la actividad de las placas que lo rodean.

Lo más importante, coinciden los especialistas, es que los habitantes de Ciudad de México y el resto del país, “tenga conciencia que vivimos en una zona sísmica y que se debe estar preparado”, dice Quintanar.

Revisar periódicamente las construcciones, reforzarlas o rehabilitarlas y saber qué hacer y cómo evacuar.  

Lee más en Newsweek en Español.

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'Cuando Putin amenazó con armas nucleares, mis padres me dijeron que me fuera': ucranianos huyen por México a EU

BBC Mundo fue a la frontera entre Tijuana y San Ysidro, la más transitada del mundo. Allí conversó con ucranianos que llegaron a México con la intención de pasar a Estados Unidos aprovechando un "permiso temporal humanitario" de entrada.
1 de abril, 2022
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“Cuando Putin amenazó con usar armas nucleares, mis padres me dijeron: ‘¡Huye lo más lejos que puedas!”.

A Nataliya*, de 30 años, lo más alejado posible de su ciudad en Ucrania, Mykoláiv, le pareció entonces México.

Tenía amigos en el país y no exige visa de entrada a los ucranianos, solo una autorización que se puede solicitar online y que permite permanecer hasta 180 días en el territorio sin realizar actividades remuneradas.

Así que pensó que era la mejor opción para vivir segura, lejos de los ataques rusos, y seguir trabajando en lo suyo, como informática, de forma remota.

El 6 de marzo salió de Mykoláiv, a 65 kilómetros del mar Muerto, una urbe en la que los soldados ucranianos se mantienen firmes y están forzando a las tropas rusas a desplazarse hacia el este.

Hizo una parada inicial en la capital Kiev, siguió a Jmelnitski, en la región occidental, y de allí a Chernivtsí, en el sureste.

Cruzó la frontera hacia Rumanía y el 10 de marzo, en Bucarest, tomó un vuelo a Ciudad de México.

Tras dos semanas de vivir en Monterrey, la ciudad industrial del norte mexicano, supo que Estados Unidos no estaba expulsando a los ucranianos que ingresaban por tierra sin visa y que les estaba permitiendo permanecer hasta un año en el país.

“No es un estatus migratorio”, aclara Andrey Plaksin, un abogado estadounidense de origen ruso especializado en inmigración, visas y centrado en casos de familias. “Es un permiso temporal humanitario“.

Efectivamente, en un memorándum de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de EE.UU. (CBP, por sus siglas en inglés) fechado el 11 de marzo se habla de “excepción para ciudadanos ucranianos del Título 42”.

Es así como se conoce a una política instaurada por la Administración de Donald Trump (2017-2021) y mantenida por la de Joe Biden y que permite expulsar rápidamente a migrantes por la pandemia de covid-19 sin que puedan solicitar asilo.

“El Departamento de Seguridad Nacional reconoce que la injustificada guerra de agresión de Rusia en Ucrania ha creado una crisis humanitaria”, se lee en el documento.

Ante ello, “la CBP está autorizada, en conformidad con la orden del Título 42, caso por caso y en función de la totalidad de las circunstancias, incluidas las consideradas de interés humanitario, a exceptuar del Título 42 a los ciudadanos ucranianos en los puertos de entrada fronterizos terrestres”.

La excepción no se aplica a los centroamericanos, venezolanos, haitianos y migrantes de otras nacionalidades que tratan de acceder a diario al país por la frontera sur, lo que organizaciones que trabajan con migrantes están denunciando como doble estándar.

El jueves pasado el presidente Biden anunció que Estados Unidos acogerá a 100.000 refugiados ucranianos.

Y la Casa Blanca aclaró que serán recibidos a través de “una gama completa de vías legales”, incluido el programa de admisión de refugiados, que puede conllevar el otorgamiento de una residencia permanente, y que otros recibirán el “permiso humanitario”.

Hasta 800 al día

A uno de esos pasos fronterizos que menciona el memorándum acudió Natalyia el pasado viernes, a la garita de San Ysidro.

Situado entre Tijuana, en el estado mexicano de Baja California, y el condado de San Diego, en EE.UU., es el cruce fronterizo más transitado del mundo. Lo atraviesan al año unos 6 millones a pie y 13 millones con vehículo.

Coches en el cruce fronterizo de San Ysidro el 25 de marzo de 2022.

BBC Mundo
La garita de San Ysidro es el paso fronterizo más transitado del mundo.

La encontramos allí, del lado mexicano, poco antes de las 10 de la mañana, con una maleta y su gato metido en una caja rosada. Una vez en EE.UU., su plan era dirigirse a Sacramento, en California, donde dijo tiene familia.

Con ella, junto a la puerta giratoria custodiada por agentes de la CBP, al costado de una cola que crecía por momentos, había una treintena de ucranianos.

Eran madres con niños, parejas, padres solos, familias enteras que huyeron tras la invasión o a quienes lo que el presidente Vladimir Putin llama “operación militar especial” los agarró en el extranjero y decidieron no regresar hasta que acabe.

“Es así todos los días”, le contó a BBC Mundo el abogado Alex Tovarian, de origen ruso y que ejerce en San Francisco. “Un grupo grande acaba de pasar, de familias con hasta cinco niños”.

Él y otros voluntarios que hablan ruso o ucraniano les asisten, explicándoles en qué consiste la medida que adoptó EE.UU. y qué documentación deben presentar cuando los retienen para interrogarles durante hasta dos horas.

Otros les ofrecen mandarinas, agua y barritas de cereal.

Son hasta 800 al día, apuntó Tovarian.

Fila en la garita de San Ysidro el 25 de marzo de 2022.

BBC Mundo
Los ucranianos esperan a un costado de la fila para cruzar el paso fronterizo de San Ysidro.

De octubre de 2021 a febrero, la CBP interceptó a poco más de 1.300 ucranianos a lo largo de la frontera entre México y EE.UU., de acuerdo a los datos públicos de la agencia. Pero la información no está actualizada en su página web con los números de este mes.

BBC Mundo solicitó a la CBP la cifra de los ucranianos a los que se les garantizó el “permiso temporal humanitario de ingreso” —un sello que dice parole en su pasaporte—, pero al momento de publicar esta nota sigue sin respuesta.

Sello del "permiso temporal humanitario" de estancia en EE.UU. para ciudadanos Ucranianos.

BBC Mundo
El sello que garantiza a los ucranianos permanecer durante un año en Estados Unidos.

“Suelen llegar por su cuenta, en vuelos a Cancún o Ciudad de México”, le confirmó a BBC Mundo el cónsul honorario de Ucrania en Baja California, Pedro Ramírez Campuzano.

“No suelen acudir a nosotros, no se registran en el Consulado y no tenemos cómo saber cuántos están llegando”.

“No quería que mi hija oyera las bombas”

Del radar del Consulado escaparon, por ejemplo, una mujer de 31 años, delgada y rubia, que nos encontramos en el cruce de San Ysidro y no dejaba de acariciar la cabeza de su hija de 9.

Hablaba algo de inglés y, mientras apretaba a la menor contra ella y sin despegarse del abogado Plaksin, contó escuetamente su odisea.

“Somos de Donetsk”.

La ciudad pertenece a la región del Donbás y fue, como la vecina Lugansk, tomada por separatistas prorrusos en 2014 y el pasado 22 de febrero Putin reconoció a ambos como estados independientes de Ucrania.

“Salimos cuando se anunció la invasión y cruzamos cinco países antes de llegar aquí”.

Así lo hizo también la familia formada por Federik, un joven rubio que en Ucrania tenía una empresa que minaba bitcoins, su esposa, la pelirroja Viktoriia, y la hija de 4 años de ambos, Monika.

“Encendí el celular y me entraron de golpe decenas de mensajes de amigos diciéndome que había empezado la guerra. Empacamos nuestras cosas en 20 minutos y nos fuimos“, recordó Federik. “No quería que mi hija oyera las bombas”.

Federik, Viktoriia y su hija Monika en el cruce fronterizo de San Ysidro el 25 de marzo de 2022.

BBC Mundo
Federik, Viktoriia y su hija Monika viajaron durante seis días en coche de su ciudad en Ucrania hasta Estambul.

Se metieron cinco personas en un auto y condujeron durante seis días desde Vyshneve, a dos kilómetros al sur de Kiev, hasta Estambul, donde vive la hermana mayor de Viktoriia. “Tratamos de hacer una media de 500 km al día”.

Desde la capital de Turquía volaron a Cancún, en el Caribe mexicano, y luego a Tijuana.

“Llegamos anoche, en el vuelo de las 11 de la noche. Dormimos, desayunamos y nos vinimos a hacer fila”.

Se sienten privilegiados. “Son muchos los que se quedaron en Ucrania. Algunos de nuestros amigos, luchando. Hay mucha destrucción, ciudades enteras”.

Viktoriia, quien apenas habla inglés, asentía, mientras Monika se agarraba a sus piernas.

“¿Y a su hija le hablan de la invasión?”, les preguntamos.

“Sí, le contamos la verdad”.

“¿Y ella qué dice?”.

Pregunta sobre su guardería: “¿Van a destruirla?”. Dice que echa de menos a los abuelos y cuando vemos imágenes de la guerra en la televisión quiere saber si es en nuestra ciudad. Le decimos que sí”.

Estamos en ‘shock’

Contando eso estaba Federik cuando se unieron a la espera dos mujeres con tres menores, de 9, 11 y 12 años, uno de ellos con parálisis cerebral, postrado en un coche para niños.

Cargaban bolsas, algo de comida, uno de los niños lleva un oso de peluche bajo el brazo.

Oso de peluche en el paso fronterizo de San Ysidro el 25 de marzo de 2022.

BBC Mundo
Las familias cargan con bolsas con comida, maletas, juguetes de niños.

Ukraine“, nos dijo una de las dos mujeres, que prefirió reservarse el nombre, nada más nos dirigimos a ella.

Con la ayuda de una voluntaria que se ofreció a hacer de traductora, supimos que salieron de Odesa, la tercera ciudad de Ucrania y el puerto marítimo más importante del país, al segundo día de la invasión, el 25 de febrero.

Se dirigieron a Moldavia y de allí a Rumanía. Viajaron en autobuses y trenes, con los niños, el coche, las bolsas.

Tras su paso por México, el objetivo es llegar a Nueva York, donde una de ellas tiene familia.

“¿Creen que los rusos atacarán Odesa?”, les preguntamos.

“Sí”, respondieron sin dudar, aunque estos días su ciudad trata de recuperar la cotidianeidad, en parte como desafío a las tropas rusas, en parte por necesidad.

Dijeron estar “en shock, sin poder creer lo que está pasando. “No entendemos nada. Ambos países somos hermanos, una familia“.

“Somos dos países iguales”, concordó Federik, atento a la conversación. “Escuchamos la misma música, vemos los mismos programas en la tele, compartimos problemas, la corrupción. Nos entendemos”.

3 días en un búnker, 16 personas en total

Recién casados en el cruce fronterizo de Tijuana-San Ysidro, entre México y Estados Unidos, el 25 de marzo de 2022.

BBC Mundo
Los recién casados Artem y Kate, de 23 años, estaban de luna de miel en Madrid cuando supieron que Rusia invadió su país.

Artem y Kate, de 23 años, hacían fila con las mascarillas puestas. Desarrollador inmobiliario él, cuidadora de niños ella, también son de Odesa.

Pero a ellos la invasión los agarró fuera del país: en Madrid, de luna de miel. Y optaron por no volver.

También a Alex, un hombre de mediana edad con los ojos claros y el pelo muy corto. Él estaba trabajando en Pensilvania, EE.UU.

Su esposa y sus dos hijos, de 9 y 15 años —que ahora hacían cola junto él—, estaban en ese entonces en Glevakha, a 15 kilómetros de la base aérea de Vasilkov que Rusia atacó con misiles.

Y se decidió a sacarlos de allí.

“Salieron el 26 de febrero y pasaron una semana en distintos lugares de Ucrania. Permanecieron tres días en un búnker, un garaje, 16 personas en total“.

Luego cruzaron la frontera hacia Rumanía. Allí les esperaba Alex.

Ya reunida, la familia viajó a Polonia.

Alquilaron un apartamento en Gdansk por unos días que pagaron “a un precio como de Nueva York”, y cuando supo de la excepción al Título 42, vio que la solución pasaba por viajar a México.

“Yo tengo pasaporte estadounidense, pero ellos no. Como no estamos casados, hasta ahora no podía traerlos, pero con el permiso humanitario se nos abrió una oportunidad”.

Viacheslav en el cruce fronterizo de San Ysidro el 25 de marzo de 2022.

BBC Mundo
Viacheslav viaja solo. Su mujer y su hija de 2 años se quedaron en Haití, con la familia materna.

A eso aspira también Viacheslav.

Casado con una haitiana a la que conoció en su ciudad Kropyvnitskyy, a donde ella había llegado a estudiar medicina, la guerra los agarró de viaje.

Tras dos años de pandemia sin poder salir del país, habían ido a visitar a la familia de su esposa a Haití y a presentarle a la hija que tuvieron en Ucrania. De allí, fueron a las islas Turcas y Caicos, y fue donde los agarró la invasión.

Decididos a no regresar a su país, él tomó rumbo a México, para aprovechar la coyuntura y probar a establecerse en EE.UU.

Su esposa y la niña se quedaron en Haití, ya que México exige visa de entrada a los haitianos.

Fue la última historia que escuchamos del lado mexicano de la frontera.

Nos avisaron que pronto iban a dejar pasar a otro grupo de ucranianos, así que nosotras también nos dispusimos a hacer fila.

Tres banderas

Era larga pero iba rápido. En menos de media hora cruzamos la puerta giratoria, mostramos la visa y el pasaporte a los agentes migratorios y nos vimos fuera del edificio del CBP, observando la bandera de EE.UU., la de California y la de McDonald’s ondear una al lado de la otra.

La bandera estadounidense ondea junto a la de California y la de McDonald's junto al cruce fronterizo de San Ysidro el 25 de marzo de 2022.

BBC Mundo
La bandera estadounidense ondea junto a la de California y la de McDonald’s.

Al poco rato cruzó Alex, con dos maletas, pero sin familia.

Su esposa y sus dos hijos tardarían dos horas en salir por la puerta, con sendos sellos que les permiten quedarse hasta un año en territorio estadounidense.

Junto a ellos salieron también la madre e hija de Donetsk, acompañadas siempre del abogado, y las dos mujeres con tres niños originarios de Odesa.

Natalie Moores, una abogada estadounidense de origen ucraniano esperaba allí para echarles una mano y ponerlos en contacto con la Jewish Family Service de San Diego, una de las organizaciones que asisten con el alojamiento y el transporte.

“Empecé a hacerlo el 7 de marzo, de forma voluntaria, y desde entonces vengo todos los días, como si fuera un trabajo”, le contó a BBC Mundo.

“Veía imágenes de la guerra en la televisión y pensé que, como hablo ucraniano, ruso e inglés, les podía ayudar. Ahora a veces les acompaño en el cruce, otras les espero de este lado”.

Viacheslav también logró cruzar. Lo encontramos sentado, con frío, comiéndose un sándwich.

“Quiero quedarme y tratar de traerlas. Buscar trabajo”. Lo intentará en Miami, donde vive una tía de su mujer.

Posó para la foto bajo la bandera estadounidense, sosteniendo su pasaporte ucraniano.

Nos preguntó si los tranvías iban hacia San Diego y se marchó.


*Texto y fotos: Leyre Ventas. Con el reporteo de Liliet Heredero.

*Nombre ficticio.


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