¿Quién es Rocío Campos y por qué pide asilo a Estados Unidos?
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¿Quién es Rocío Campos y por qué pide asilo a Estados Unidos?

Una madre de familia revela cómo ella y sus hijos fueron forzados por su expareja a encubrir sus actividades ilícitas. Huyeron a California y urgen asilo al gobierno estadounidense. Su historia la relata en exclusiva para Newsweek México.
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Por Ana Lilia Pérez (analilia_perezm)/Newsweek México
9 de diciembre, 2018
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A los 17 años Rocío se casó con un hombre con el que tuvo tres hijos y que luego emigró a California, en búsqueda de un trabajo bien remunerado.

El tiempo y la distancia no jugó a favor del matrimonio que, en 2008, decidió terminar su relación sentimental.

Rocío, oriunda de Guanajuato, continuó abocada a la crianza de sus hijos hasta que, siete años después, conoció a Eduardo. El mes de febrero de 2015 comenzaron a salir. La treintañera pensó que había encontrado al compañero de su vida y que sus hijos podrían hallar en su nueva pareja una figura paterna. Por ello accedió a que este se instalara en el inmueble en Irapuato que sus padres le habían dejado a cargo, cuando ellos también decidieron emigrar a Estados Unidos.

La casa familiar donde Rocío pensó daba inicio un mejor capítulo en su vida tornó en un infierno. Pronto descubrió que ella y sus hijos habían caído en las garras de un “huachicolero”: un hombre vinculado con el negocio del robo de combustible.

“Me obligaba a acompañarlo, a cargar y entregar la gasolina. En mi casa todo el día se cargaba y descargaba. Con el tiempo me di cuenta de que no me quería, él lo que quería era un lugar más cercano adonde estaban las tomas”.

La anterior es la denuncia que esta madre mexicana está haciendo en el estado de California. Al gobierno de Estados Unidos está solicitando asilo político para salvaguardar su vida y la de sus hijos .

El próximo 13 de diciembre, en una corte federal en Los Ángeles, California, dará inicio el juicio en el cual Rocío Campos expondrá ante un juez de migración sus razones para solicitar asilo político. Su futuro pende de la decisión de ese tribunal.

Esta madre mexicana ha abandonado Guanajuato pues la violencia en la tierra donde nació se ha disparado a niveles alarmantes.

De hecho, el miércoles 5 de diciembre durante su conferencia matutina en Palacio Nacional, el presidente Andrés Manuel López Obrador anunció que su gobierno presentará una estrategia para combatir el delito. “En el caso de Guanajuato, hay una vinculación en el robo de combustibles y pronto les vamos a dar a conocer un plan sobre este tema”, informó.

Desde California, Yvette Gutiérrez, la abogada de Rocío Campos, explica que “la señora Campos vino huyendo de su pareja. No se trajo nada con ella, más que lo más valioso: su hijos. Ella sufrió un daño muy grave en su país: su expareja la lastimó física y emocionalmente tanto a ella como a sus hijos. Ella no podía acudir a las autoridades por el mismo hecho de ser pareja de una persona involucrada en operaciones clandestinas. Si ella regresara a su país, su vida y la de sus hijos corren riesgo”, alerta.

Lo más difícil para esta mexicana, dice la abogada egresada de la Universidad de California, es el criterio de las actuales autoridades estadounidenses, ya que, “tenemos una administración que ha dicho abiertamente a todo el mundo que no quiere a los migrantes y particularmente de ciertos países”.

Y para colmo, agrega, “en junio de 2018 la Fiscalía General de EE. UU. (US Attorney General) decidió quitar la protección a personas que han sufrido violencia doméstica en sus países por una pareja”.

Tal criterio, lamenta la experta en temas de inmigración, “no solo afecta a la señora Campos, sino a miles de personas que hoy en día están en un juicio de inmigración o en proceso”.

Con el tiempo siempre en contra, Rocío Campos busca que se conozca el infierno por el que ha pasado, pese al riesgo que sus revelaciones suponen, porque dice que es la única salida para salvaguardar la vida de su familia.

“Vine huyendo de mi país con mis hijos porque temo por mi vida a manos de mi compañero”, dice en entrevista exclusiva con Newsweek México. Esta es su historia.

DE TIERRA DE BRACEROS A CORREDOR DE HUACHICOLEROS

Guanajuato es uno de los estados con mayor flujo migratorio hacia Estados Unidos desde aquellos años de guerra en que la necesidad de mano de obra hacía que los capataces ofrecieran a los braceros visas de trabajo y buenos salarios.

Gran parte de la economía de este estado mexicano se ha beneficiado de las remesas de los hombres de cada familia que, apenas alcanzando la mayoría de edad, partieron para “el otro lado”, a emplearse en los campos agrícolas de California, los algodoneros de Arizona o la construcción en Florida.

Sin embargo, a medida que se endurecieron las disposiciones migratorias en Estados Unidos, y la economía y el mundo cambiaron, Guanajuato también cambió. Por su refinería en Salamanca y sus centros de almacenamiento de hidrocarburos muchas personas comenzaron a involucrarse en una actividad que coloquialmente llaman el “huachicol”. Esta actividad se refiere a sustraer refinados y encubrir el faltante con otras sustancias.

Esta modalidad de robo ha convertido a la zona del Bajío mexicano en un peligroso corredor.

Tan solo en 2018 el robo de combustible vía tomas clandestinas ha alcanzado cifras récord. Se reporta que, diariamente, hay, en promedio, más de 40 tomas clandestinas. Según cifras de Pemex, de enero a septiembre de este año se contabilizaron 11,240 tomas clandestinas. Guanajuato destaca como el estado donde más se ha elevado este ilícito y los índices de criminalidad.

El combustible robado a Pemex se convirtió en el principal botín de los cárteles de la droga, que protagonizan violentas disputas por el control de los ductos, la venta y distribución, que se hace a la par de la distribución de drogas.

En los 17 municipios guanajuatenses por donde pasan las redes de ductos, comunidades enteras viven de robar combustible.

En Salamanca, Irapuato, Apaseo el Alto, Celaya, Valle de Santiago, Romita, Apaseo el Grande, Comonfort, Villagrán y otros se hizo común ver a hombres chupando ductos. Se decía que los tubos no eran “de nadie”, sino de quien los perforara.

El negocio del huachicol quedó en gran parte, en manos de empleados de la industria petrolera, sabedores del cómo y dónde perforar, y a quién vender lo extraído, incluidas las gasolineras oficiales.

Pero en la primera década del siglo los cárteles de la droga entraron en el ilegal negocio. Les resultó tan lucrativo, que las violentas disputas que ahora acontecen son por el “oro negro”: el control de los ductos y tomas clandestinas, las rutas de trasiego y su venta.

A los municipios de Guanajuato por donde pasan varios ductos de “oro negro”, llegaron un día los hombres del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG). Este grupo criminal, que surgió como brazo armado del Cártel de Sinaloa (los llamados Mata Zetas), de acuerdo con informes de autoridades mexicanas y estadounidenses, obtuvo un bestial poderío.

Llegaron en comandos fuertemente armados e informaron a los lugareños que, a partir de ese momento, los “tubos” ya tenían dueño.

La advertencia se acompañó de la oferta de trabajar para ellos: ganar 500 pesos diarios por cargar y descargar la gasolina y 6,000 pesos mensuales para quienes fungieran como “halcones”. Estas “ofertas” habrían resultado atractivas a quienes ganaban 100 pesos diarios por una jornada de empleo “legal”.

Todo esto acontece en un entorno donde, solo 26 por ciento de la población mayor de 12 años está ocupada laboralmente (44 por ciento son hombres y 10 por ciento son mujeres, según el Inegi).

La noticia llegó también a Santa Bárbara, donde hay unas 792 personas y 216 viviendas; sus moradores enfrentan muchas carencias, un alto nivel de analfabetismo y varios rezagos sociales. En esa ranchería nació Rocío Campos hace 38 años, en una familia de siete hermanos que, como la mayoría, sobrevivía de las remesas que enviaba su padre desde Estados Unidos.

DEL CIELO AL INFIERNO

La casa familiar donde Rocío pensó daría inicio una mejor etapa en su vida se ubica en un terreno amplio, de unas tres parcelas, y tiene un amplio portón frontal y una salida trasera. Una característica que lo hace especialmente cotizado es que está cerca de un ducto de combustible ubicado en la localidad de Santa Bárbara, municipio de Irapuato.

Los primeros días con Eduardo fueron apacibles, hasta que este comenzó a recibir la visita de personas “extrañas”, como las describe la guanajuatense.

Las visitas se volvieron recurrentes y cuando ella le cuestionaba quiénes eran, él se limitaba a decirle que se trataba de amigos o primos que llegaban a saludarlo.

Poco después, Eduardo comenzó a hacer modificaciones en el terreno familiar: cambió el traspatio; cavó y mandó meter un tinaco de 10,000 litros, mangueras, bidones, garrafones y rejillas. Su pareja salía por las noches y regresaba con camionetas que él y otros hombres usaban para transportar el combustible que tomaban clandestinamente de un ducto de Pemex.

Cuando Rocío le reclamó a Eduardo lo que estaba haciendo, este le respondió de forma violenta. Ostentando su rol de cabeza de familia, ordenó a sus hijos hacer todo lo que les pidiera.

A Rocío también la hizo parte de sus actividades ilícitas.

Una noche le dijo a ella que debía acompañarlo en sus trasiegos nocturnos de huachicol pues, indicó, “cuando llevas una mujer no te revisan”. La usaba como fachada para que él y sus hombres evadieran los ocasionales controles carreteros.

Luego llegó el cristal. Eduardo también era el encargado de distribuir esa droga del cártel a narcomenudistas en la ciudad de Irapuato.

De la casa donde vivían, día y noche entraban y salían cargas de gasolina. Se distribuía a particulares, y en negocios de todo el municipio y algunos aledaños, al igual que la droga.

Lo que ocurría en esta ranchería de Santa Bárbara era relativamente normal para el pueblo. Natural resultó que quienes antes atracaban un tren en esas latitudes, luego aceptaran trabajar para el CJNG. Los riesgos, por otro lado, parecían menores: la policía hacía como que los perseguía, solo pedía que pagaran una cuota. Rocío dice que en más de una ocasión le tocó entregar el dinero que los policías cobraban a los huachicoleros.

Su vida transcurría en un infierno de zozobra producto de los negocios del huachicol, la venta de drogas y el robo y comercialización de autos de su pareja. “Esto fue tan frustrante para mí —afirma— que ya no podía dormir ni estar tranquila de día ni de noche”.

A Newsweek México revela los pormenores de su historia y explica el porqué es tan apremiante que el gobierno de Estados Unidos le otorgue asilo:

“Cuando lo conocí me sentía muy sola. No sabía de sus negocios. Te enamoras y parece que todo está bien, pero yo lo que iba viendo con el transcurso del tiempo era que él no me quería, él lo que quería era un lugar más cercano adonde estaban las tomas para poder cargar. Para poder meter las camionetas en mi casa y de allí sacarlas en la noche. Yo le decía: ‘No, no me gusta, tengo mis hijos aquí’. Él respondía: ‘No pasa nada’”.

Y prosigue: “En el rancho era como si todo fuera normal, ya que muchas personas se involucraron en esas cosas ilegales, aunque la policía los persiguiera o Pemex ; pero esto —subraya—comenzó a crecer con otros cárteles”.

Dice que muchas veces pensó en denunciarlo. “Pero ¿ante quién? Si los propios policías llegaban a recoger su cuota”, afirma.

Su terror e impotencia ante lo que se volvió su vida cotidiana lo resume así:

“Mi casa se volvió un lugar donde los camiones entraban y salían cargados con gasolina. La policía solo iba por su parte del dinero, ¿cómo podría denunciarlo si eran cómplices? Esto también era con los soldados. Mientras tanto, involucró a mi hijo para vender esa droga cristal, algo que yo no quería.

“La Nueva Generación controlan las drogas y el huachicol y piden matar a cualquiera que no sea parte de ellos. Por todo esto ya no podía ni dormir porque ahora mi hijo estaba involucrado. Estábamos aterrorizados. A Eduardo no le importaba nada más que ganar dinero, no tengo idea de dónde lo pondría, pero no me dio nada. Cuando le dije que me iría con mis hijos me amenazó: ‘No se van a ir a ninguna parte porque los buscaré y tú y tus hijos sufrirán las consecuencias’”.

Lee la nota completa en Newsweek México

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#YoSoyAnimal

La joven chef que no podrá volver a comer

Loretta Harmes no ha probado un solo bocado en los últimos seis años, pero no ha perdido su pasión por la cocina.
19 de abril, 2021
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Loretta Harmes lleva seis años sin comer, pero no pierde su pasión por cocinar.

No puede ni probar sus recetas, pero aun así no para de ganar seguidores en Instagram, donde se presenta como nil-by-mouth foodie (algo así como la especialista gourmet que no come por la boca).

Loretta mastica una papa asada y saborea su interior esponjoso. Ella y su madre Julie se han encargado de prepararla a la perfección porque saben que será su última comida.

En cuestión de minutos, un dolor que ya conoce le exprimirá el estómago como se retuerce un paño de cocina, de la misma forma que le sucedía cada vez que bebía o comía algo.

Entonces se sentirá dolorosamente llena y enferma, como si su estómago estuviese a punto de estallar.

Sin embargo, Loretta elige ignorar el dolor y disfrutar el momento en la cocina de su familia, el lugar donde sus habilidades culinarias florecieron de pequeña.

“Sentarme a comer con mi mamá y mi hermana fue surrealista e increíble. Por una vez intentamos actuar como una familia normal”, dice Loretta.

Era el año 2015 y Loretta, con 23 años, ya había sobrevivido a base de alimentos líquidos durante años.

Casi nunca se sentó junto a su familia en la mesa. Incluso agarrar el tenedor y el cuchillo se sentía inusual, por no hablar de masticar la papa y el pollo sazonado con ajo y limón.

Loretta antes de ingerir su última comida.

Loretta Harmes
Loretta, antes de ingerir la última comida.

Pero en esta ocasión, un especialista del intestino le había pedido a Loretta que ingiriera comida sólida. Quería entender por qué cuando Loretta come sufre tal agonía y a veces pasa semanas o meses sin poder ir al baño.

Loretta se había desplazado ese mismo día al hospital St Mark’s en Londres para que le introdujeran un tubo naranja en la nariz hasta el intestino delgado y así revisar la función nerviosa de su sistema digestivo.

Finalmente, tras años de diagnósticos erráticos y mucha desconfianza, alguien investigaba sus problemas debidamente.

Pasión desde la infancia

Cuando era niña, Loretta y su nana Mavis replicaban las recetas de un concurso de comida de la televisión.

“Era la reina del horneo y sus tartas de cumpleaños eran legendarias“, dice Loretta.

“Mi hermana Abbie y yo nos peleábamos para ver quién lamía el recipiente de la tarta hasta dejarlo limpio”.

Una tarta de cumpleaños para Loretta.

Loretta Harmes
Loretta aprendió a cocinar gracias a su nana Mavis, de la que cuenta que hacía sabrosas tartas de cumpleaños.

Muchas de sus historias con la comida se mezclan con recuerdos cálidos y felices de su vida familiar.

Cada jueves, su familia entera acudía a casa de Mavis para comer.

Loretta recuerda con cariño sentarse a la mesa y cenar asados y mousse de frambuesa.

“Todos nos asegurábamos de que mi abuelo Eric no agarraba primero el recipiente con la salsa de la carne, porque entonces no quedaba nada para el resto de la familia”, evoca.

A los 11 años, Loretta cocinaba la cena para su familia cada martes, porque su mamá trabajaba hasta tarde.

Tenía un negocio de peluquería en el garaje y sus clientes se acostumbraron a que Loretta viniera de vez en cuando con una cuchara de madera con salsa para que la probara su madre.

Tenía rienda suelta en la cocina y me encantaba la idea de crear algo desde cero para que mi familia lo disfrutara”, relata.

Loretta desayunando en el jardín de Mavis.

Loretta Harmes
Desde pequeña Loretta gozó de libertad para ser creativa en la cocina.

Empezó replicando la pasta con tomate al horno de su madre, pero pronto se graduó haciendo pasteles y guisos. Las albóndigas y la ensalada de pollo eran los platillos favoritos de la familia.

En la secundaria ganó concursos de cocina, incluso ante estudiantes de más edad, y participó en competiciones regionales.

Mientras otros niños cocinaban pasta, Loretta preparaba lomo de cerdo marinado y estofado de ternera al estilo de Borgoña (boeuf bourguignon).

Su madre, Julie, dice que Loretta era y sigue siendo una cocinera desordenada. De esas que usa cada recipiente, sartén y utensilio en la cocina. Pero no le importaba porque veía cuánto lo disfrutaba su hija.

“Lo que más le gustaba era preparar algo con lo que sea que tuviera en los armarios de la cocina. Era muy creativa“, cuenta Julie.

A los 15 años Loretta sufrió anorexia, aunque dice que le duró menos de un año. En su adolescencia también aquejó problemas digestivos. Pero la mayor parte del tiempo seguía cocinando y comiendo felizmente.

Julie junto a sus hijas Abbie, a la izquierda, y Loretta, a la derecha.

Loretta Harmes
Julie junto a sus hijas Abbie, a la izquierda, y Loretta, a la derecha.

Problemas de salud

Al terminar la escuela, Loretta fue premiada con una plaza en una escuela culinaria de prestigio en Londres. Esperaba seguir los pasos de otros chefs famosos. Sin embargo, solo pudo completar uno de los tres años debido a su salud.

A los 19 años, los dolores la dejaban tumbada en cama.

“Las cosas empezaron a empeorar dramáticamente. No podía comer o ir al baño en absoluto y durante los cinco años siguientes se convirtió en una pesadilla de la que no podía despertarme”, dice.

La pesadilla comenzó con un doctor que estaba convencido de que la rápida pérdida de peso de Loretta solo podía deberse a un regreso de su anorexia.

Los servicios de salud mental pronto se involucraron y Loretta pasó más de dos años en unidades de trastornos alimenticios. Llegó a pesar 25 kilogramos.

Forzarse a sí misma a comer para ganar peso le pareció la única forma de abandonar ese círculo vicioso, incluso a expensas del dolor severo que se infligía.

Su desesperación a veces se transformaba en rabia y fue sancionada hasta tres veces bajo la ley de Salud Mental, por un total de 18 meses, para evitar que se fuera de los centros de salud.

“Les decía continuamente que la única razón por la que estaba deprimida era por mis dificultades en el intestino y estómago, pero no me creían”, explica. A su historial médico también se le añadió psicosis delirante.

Intentó suicidarse tres veces. Estaba desesperada por no encontrar tratamiento a su dolor.

La vida en las unidades era un ciclo sombrío e implacable de pesajes, análisis de sangre y alimentación.

Los pacientes visitaban la cocina para seis comidas al día: tres comidas principales y tres refrigerios.

Loretta trabajando en la cocina.

Amy Maidment
Loretta trabaja en varias recetas que comparte en su cuenta de Instagram.

Todas las comidas debían terminarse en un tiempo determinado. Les apagaban la radio cuando el tiempo se terminaba, y Loretta se quedaba mirando los restos de comida en el plato: fruta enlatada y yogur o vegetales hervidos con carne procesada.

Nadie más estaba autorizado a abandonar la mesa hasta que ella terminara, y cuenta que el personal y los pacientes la molestaban y acosaban para que se apresurara.

Después de cada comida, los pacientes debían pasar una hora en una sala común donde se les vigilaba de cerca para asegurarse de que no se deshacían de los alimentos que acababan de consumir.

La mayoría de días Loretta se hacía un ovillo en la silla, tratando de aliviar su dolor. Otros leían, coloreaban o veían televisión.

Loretta cuenta que una mujer que llevaba 13 años entrando y saliendo de aquella unidad gritaba y gritaba, pero nadie podía escaparse de la sala.

Con frecuencia Loretta quería gritar también, especialmente cuando algún miembro del personal se sentaba muy cerca de ella día y noche durante semanas.

“Necesitaba paz y tranquilidad de todo aquello”, señala.

“Me había recuperado completamente de la anorexia. Fue una lección de vida que se convirtió en una sentencia de por vida”.

Años después, la reacción de Loretta tras comer las papas asadas condujo al diagnóstico del síndrome de Ehlers-Danlos hiperlaxo (hEDS), una enfermedad genética que puede manifestarse en distintas formas.

Los análisis mostraron que el estómago de Loretta estaba parcialmente paralizado y no podía vaciarse debidamente. Confinarla a una unidad de seguridad y forzarla a comer no había tenido ningún sentido.

Sus otros síntomas incluían migrañas, fatiga, palpitaciones cuando se paraba o sentaba y un dolor en el cuello para el que más tarde necesitó una cirugía.

Hasta recientemente se había estudiado relativamente poco sobre su enfermedad y los otros 12 tipos de síndromes Ehlers-Danlos.

Todavía no se conoce completamente esta afección.


¿Qué es el síndrome de Ehlers-Danlos?

  • Los síndromes Ehlers-Danlos son un grupo de 13 trastornos que afectan el tejido conjuntivo. Este tejido apoya, protege y estructura otros tejidos y órganos en el cuerpo. Se encuentra en la piel, los huesos y ligamentos, por ejemplo.
  • En el caso de Loretta, está dañado el tejido conjuntivo de la pared de sus intestinos. Como resultado, la comida se desplaza con menos fluidez por su sistema digestivo. (La parálisis de su estómago es algo adicional, pero también está conectada a la dolencia).
  • Los síndromes están generalmente caracterizados por articulaciones que se estiran más de lo normal, pieles que se estiran más de lo normal y fragilidad de tejidos.
  • Un efecto secundario de una piel hiperextensible es su apariencia joven y suave. “Mi piel es como una masa de pizza y muy suave”, dice Loretta.

Fuente: Ehlers-Danlos Society


Alimentación alternativa

De promedio toma entre 10 y 14 años diagnosticar a las personas, dice el doctor Alan Hakim de la Sociedad Ehlers-Danlos, porque los síntomas de la dolencia son variados y puede parecer que no están asociados.

“Una persona puede visitar médicos y terapeutas para cada una de sus preocupaciones individuales, sin que exista una visión general de todos ellos”, comenta el especialista.

“Solo cuando alguien ata los flecos se concluye que se trata del síndrome”.

El doctor dice que esto está mejorando y que se está comprendiendo mejor el síndrome.

Seis años después de su última comida, Loretta sabe que nunca más volverá a comer o tomar un vaso de agua.

Se alimenta de nutrición parenteral total (TPN, por sus siglas en inglés), lo cual significa que está conectada 18 horas al día a una bolsa pesada de líquidos que pasa por alto el sistema digestivo y se infunde directamente en el torrente sanguíneo.

Un tubo conocido como línea Hickman atraviesa el pecho y llega a una vena grande que desemboca en el corazón.

Loretta con su bolsa de nutrición parenteral total.

Amy Maidment
Loretta ha ideado un sistema para poder salir a pasear con su bolsa y tratar de hacer una vida lo más normal posible.

En su cuenta de Instagram, se le puede ver con la bolsa de alimentación dentro de una mochila que ha personalizado para poder salir y moverse.

Loretta le pide a la gente que le sujete la bolsa cuando sale a bailar. El sistema funciona bien siempre y cuando nadie se aleje y desconecte la línea.

De igual modo, la TPN también tiene sus peligros. Incluso la más minúscula mota de polvo puede contaminar la línea. Varias veces ha sufrido sepsis, una reacción a una infección que puede causar daño orgánico o incluso la muerte.

“Aunque tenga sus limitaciones, la nutrición parenteral me da más de lo que me quita”, expone.

Antes, Loretta se sentía tan débil que pasaba la mayor parte de su vida en cama.

Su cuerpo necesitaba tantos nutrientes que sus huesos se volvieron frágiles y porosos como un panal de abejas, y su ciclo menstrual se interrumpió por completo. Pero lo peor de todo era el dolor constante.

“La TPN recuperó mi peso y energía. Fue agradable volver a vestir ropa normal y no tener que comprar en la sección para niños”, cuenta.

Esta mejoría en su salud le permitió revivir su pasión por cocinar, aunque para conservar energía cocina a ratos y se mueve en silla de ruedas por la cocina.

Ser una chef que no come le ha dado una plataforma única en Instagram.

Loretta con otra de sus recetas.

Amy Maidment
La compañera de piso de Loretta destaca su creatividad a la hora de cocinar.

Su compañera de apartamento, Amy, fotógrafa profesional, le toma fotos y prueba la comida. En los primeros días de confinamiento, comenzaron a construir un negocio, trabajando con marcas para desarrollar recetas y estilizar la comida.

“La razón por la que no me preocupa no poder comer es porque estoy muy aliviada de no tener dolor tras tantos años“, dice Loretta.

“Lo que me da placer es cocinar. Estar en la cocina es un espacio creativo real para mí. Si estoy ansiosa o preocupada, tan pronto cocino todo se va porque me concentro en el plato que estoy haciendo”.

Loretta Harmes y Amy Maidment

Amy Maidment
Amy, su compañera de piso, prueba la comida. Loretta solo la huele.

Amy está feliz de ser la que prueba las creaciones de Loretta.

Lasaña de macarrones con queso, pastel de aguacate, lima y crujiente de pecanas y coco… “Hace cosas que salen de su cabeza y que no había visto antes”, indica Amy.

Para compensar que no puede probar la comida, Loretta pasa mucho tiempo planificando y preparando con mucho método.

Se basa en los años que pasó estudiando libros de recetas y experimentando en la cocina, y su intuición.

“Cocino con mis ojos, nariz e instinto”, dice.

Inhalar el olor de una salsa burbujeante activa su memoria del sabor y sus ojos pueden juzgar la profundidad y la riqueza de la misma.

Algunas personas que dependen de la TPN como Loretta mastican la comida y la escupen, pero eso nunca le llamó la atención.

“En realidad, no anhelo el sabor de la comida en sí, es su consuelo lo que extraño y los recuerdos que implica“, cuenta.

“Helados en la playa, un chocolate caliente en un día frío, un asado con mi familia en Navidad”. El pepino sigue siendo su olor favorito porque le recuerda los picnics de la infancia.

“Gran parte de lo que hacemos socialmente gira en torno a la comida; a veces todavía me siento rara. Todavía voy a cenas de cumpleaños o ‘a tomar un café o una bebida’, simplemente no puedo participar de comer o beber”.

Pastel de aguacate y lima.

Amy Maidment
El pastel de aguacate y lima., creación de Loretta Harmes.

Casi todos sus recuerdos felices de la comida incluyen a su hermana Abbie.

Abbie quedó tan marcada por la experiencia traumática de su hermana mayor en las unidades de trastornos alimenticios que decidió trabajar en un hospital de salud mental para niños.

Durante la última comida de Loretta, Abbie capturó el momento en su teléfono y le ayudó a sentirse especial.

En 2019, junto con su madre, Abbie visitó a Loretta en el hospital, donde se estaba recuperando de otro episodio de sepsis.

Pero, trágicamente, Abbie murió en un accidente automovilístico de camino a casa. Tenía 23 años.

“Ella marcó una gran diferencia en la vida de los demás y su propia vida estaba comenzando a florecer”, lamenta Loretta.

Loretta siente que ahora debe vivir por las dos y esto la impulsa a aprovechar al máximo su vida.

La última vez que hablé con Loretta estaba en el hospital recuperándose de su noveno episodio de sepsis desde que comenzó con la TPN.

Acostada en la unidad de insuficiencia intestinal, sueña con las recetas que preparará cuando se recupere y regrese a su piso en Bournemouth, en el sur de Inglaterra.

“Lo primero que prepararé cuando vuelva a la cocina será un desayuno abundante y saludable”, me dice desde su cama.

Los gofres de boniato de Loretta.

Amy Maidment
Así acabó luciendo el desayuno que Loretta soñó con preparar desde una de sus últimas estancias en el hospital.

Compró un preparador de gofres y no puede esperar para usarlo.

“Haré gofres de boniato con espinacas y champiñones, aguacate, tomatitos y glaseado balsámico”.


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