Sin blindaje y con un pequeño grupo de militares, los recorridos de AMLO como presidente

"Ustedes me van a cuidar y no quiero perder cercanía con ustedes”, fueron las palabras del nuevo presidente a quienes se acercaron a saludarlo este 1 de diciembre.

López Obrador se trasladó con pocos elementos de seguridad.
López Obrador se trasladó con pocos elementos de seguridad. Cuartoscuro

Ningún blindaje protegió al presidente Andrés Manuel López Obrador cuando la mañana de este sábado bajó la ventanilla de su coche para extender la mano y tocar la de quienes se acercaban a él, después de salir de su casa de la calle Cuitláhuac, colonia Toriello Guerra, al sur de la Ciudad de México.

López Obrador no solo no vivirá en Los Pinos, residencia oficial de los presidentes desde 1935, sino que ha dicho que seguirá en este lugar hasta que su hijo menor termine el curso escolar.

Hasta esa puerta llegó una multitud a saludarlo sin que vallas, militares ni cualquier otro tipo de dispositivo de seguridad se los impidiera, cuando salió con rumbo a la Cámara de Diputados, a la sesión donde asumió oficialmente el cargo de presidente de México.

La circulación de la calle estaba abierta, pasaban vecinos en pijama paseando a sus perros, mientras vendedores de café y pan hacían negocio con la multitud de periodistas que esperaba desde temprano. En una esquina, 15 motociclistas de la policía capitalina esperaban la salida del presidente para escoltarlo hasta San Lázaro.

A las 8 de la mañana llegó el primer grupo de personas que buscaba verlo antes de que le pusieran la banda presidencial, apenas un puñado de vecinos. Una hora después empezaron a llegar más y más hasta ser alrededor de 200, que sin orden ni intención terminaron bloqueando el paso de los coches.

En la banqueta frente a la vivienda del presidente y sin acercarse, dos militares vestidos de civil, con chamarra azul marino, observaban con un café en la mano y abordo de un Tsuru negro.

A las 10:30 horas se abrió la puerta peatonal del conjunto y apareció López Obrador, apenas unos segundos, para repartir algunos saludos sin barreras. La euforia se desató entre los asistentes.

Las dos hojas del portón empujaron a una multitud que no esperó para lanzarse encima del Jetta blanco, que ya había sido reparado después de las abolladuras causadas por camarógrafos y seguidores tras la elección del 1 de julio.

Al volante del Jetta, el chofer, con un copiloto, y atrás López Obrador y su esposa Beatriz Gutiérrez Müller. Detrás salieron otros dos Volkswagen con la misma terminación de placas que el Tsuru negro que amaneció ahí, con elementos de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), que vigilaron en todo momento los movimientos del presidente y su esposa.

El convoy presidencial avanzaba lento. Los vecinos y visitantes rodeaban los tres vehículos, que abrían paso entre los gritos, las manos y los teléfonos que grababan la salida de López Obrador.

Una vez que dejaron atrás a la turba, un ciclista fue el único que logró colarse en el trayecto.

“Confiamos en ti”, le gritó el joven que trataba de mantener el ritmo del convoy, hasta que no pudo sostener el paso.

Dentro del pleno de San Lázaro ya estaban los integrantes de la“ayudantía”, el cuerpo ciudadano de 20 personas que cuida al presidente bajo las órdenes de Daniel Asaf Manjarrez. Todos iban vestidos de traje oscuro, camisa blanca y corbata guinda, y se identificaban con un pin que tenía la nueva imagen institucional, formada por cinco personajes históricos, y la palabra “ayudantía”.

Luego de la toma de protesta, tras su primer discurso como presidente de México, López Obrador se tomó selfies con los legisladores y volvió a subirse al Jetta entre miembros de su ayudantía y de la Sedena.

El convoy presidencial transitó por avenida Fray Servando con rumbo a Palacio Nacional. Iba escoltado por policías locales, federales y militares de la Sedena, vestidos de traje, pero identificados con un pin que integra símbolos del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea.

En el Zócalo, la gente iba fluyendo desde temprano. Desde las alturas, hombres con binoculares vigilaban a la multitud, que entró libremente, sin pasar detectores de metales, cateos o revisiones, como ocurría en actos del ahora expresidente, Enrique Peña Nieto.

Distribuidos por la explanada, de dos en dos o en grupos pequeños, supervisaban sin llamar la atención hombres y mujeres jóvenes de la Sedena vestidos con pantalón negro, camisa blanca sin corbata, lentes oscuros la mayoría, muchos con sombrero de palma, solo con el pin distintivo.

AMLO
El nuevo presidente se detuvo en varias ocasiones para saludar a simpatizantes.

Después de la comida con representantes de otros países dentro de Palacio Nacional, cuando llegó el momento de la ceremonia, López Obrador salió por la puerta más cercana a la catedral, y se acercó a saludar a quienes lo esperaban, está vez sí, detrás de una valla. Pero una vez más tocó manos y recibió abrazos, con una integrante de su ayudantía de un lado y el jefe del cuerpo, Asaf Manjarrez del otro.

“Yo no voy a estar rodeado de guaruras. Ustedes me van a cuidar y no quiero perder cercanía con ustedes”, dijo el presidente desde el templete al terminar su discurso.

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