¿Por qué México y no EU es ahora el destino de muchos migrantes de Centroamérica?
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¿Por qué México y no EU es ahora el destino de muchos migrantes de Centroamérica?

Cada vez son más los migrantes centroamericanos que eligen a México como destino, y no Estados Unidos como ocurrió durante décadas.
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22 de enero, 2019
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Cuando Alexander Valderrama vio por primera vez el territorio de Estados Unidos se emocionó. No importó que el paisaje incluyera camionetas de la Patrulla Fronteriza y un muro de metal oxidado.

Para este joven de 20 años lo crucial era que el largo viaje de 3.500 kilómetros desde San Pedro Sula, Honduras, hasta Tijuana, Baja California, estaba a punto de terminar.

Allí, a menos de 100 metros estaba la meta. “Yo pensé: ya es el último paso, ahora sí voy a llegar” cuenta por teléfono a BBC Mundo.

“Me equivoqué, nunca pude acercarme. Ni siquiera me dejaron pedir el asilo como me habían dicho que era mejor”.

Alexander emprendió el regreso al sur, pero en el camino, en una de las paradas de su viaje de vuelta a Honduras, encontró un empleo.

Ahora lava automóviles en un negocio callejero de Guadalajara, Jalisco, en el occidente de México.

Entre semana gana 300 pesos diarios, unos US$15, pero sábado y domingo puede obtener hasta 500 (US$26) en una jornada de 10 horas.

“Cuando salí de San Pedro yo esperaba ganar en dólares. Pero esto no es malo. Y no tengo que pagarle a la Mara”, dice.

Hace unas semanas Alexander tomó una decisión fundamental. “Me voy a quedar en México, a ver si todo sale bien”, confiesa.

Niño mira un vehículo de la Patrulla Fronteriza en la frontera entre Estados Unidos y México en Tijuana.

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Muchos migrantes deciden quedarse en México ante la imposibilidad de cruzar a Estados Unidos.

“Ya inició el proceso”

Como Alexander, cada vez son más los centroamericanos que eligen quedarse en México en lugar de viajar a Estados Unidos.

No se sabe de forma oficial cuántos son, pues la mayoría ingresa al país de forma irregular, y para evitar una posible deportación mantienen un perfil bajo.

Pero algunos datos muestran evidencias de un crecimiento importante en los últimos años. Uno es la cantidad de solicitudes de asilo que recibe la Comisión Mexicana de Atención a Refugiados (Comar).

En 2014 el organismo recibió 2.000 peticiones de refugio. Cuatro años después, en 2018, la cifra fue de 23.000.

La mayoría de los solicitantes son migrantes centroamericanos que huyen de la violencia en sus países, según datos de la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR).

El número de quienes piden asilo en México aumentó en las recientes caravanas de migrantes, en noviembre pasado.

Es una migración incipiente pero el proceso ya inició, le dice a BBC Mundo Leticia Calderón Chelius, investigadora del Instituto Mora.

Migrante en un campamento para personas deportadas cerca de la frontera entre México y EE.UU.

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Muchos migrantes, en el camino de regreso desde la frontera con Estados Unidos, se establecen en México.

“No tenemos un número estadísticamente significativo, pero no quiere decir que no esté pasando”, explica.

“Tendría mucho cuidado en decir que se genera un patrón porque todavía no lo vemos. No quiere decir que no lo vamos a ver, hacia eso vamos en el futuro”.

Los números

¿Por qué hay más migrantes centroamericanos que deciden permanecer en México?

“La primera razón es que no pueden cruzar a Estados Unidos”, explica Calderón Chelius.

“Y la otra es que no quieren estar en su país de origen. Son las dos razones de punta” en la decisión de los migrantes.

De hecho muchos que solicitan asilo, especialmente de Honduras y El Salvador, huyen de la violencia en sus países. Y se nota en el perfil de los migrantes.

Según datos de la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación, en 2010 la mayor parte de los centroamericanos que entraron el país eran adultos jóvenes.

A partir de 2014 hubo un cambio, recuerda el Colegio de la Frontera Norte. Ese año se registró el ingreso irregular a México de 62.000 menores de edad no acompañados.

Y entre los adultos también hubo variaciones: de los 390.000 migrantes centroamericanos que cruzaron la frontera sur mexicana ese año, el 37% eran mujeres. Es decir, más de 144.000.

Refugio para migrantes en Tijuana.

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Muchos que solicitan asilo, especialmente de Honduras y El Salvador, huyen de la violencia en sus países.

Los datos se mantienen desde entonces. La secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, dice que el año pasado ingresaron a México más de 300.000 migrantes de Centroamérica.

Según organizaciones civiles, este perfil de los migrantes tiene una razón: la violencia creciente en países como Honduras o El Salvador.

Así, para algunos como Angie, una madre soltera de Santa Cruz de Yojoa, Honduras, quedarse en México es una mejor opción que Estados Unidos.

“Voy con mi tía a Monterrey”, le dice a BBC antes de incorporarse a la caravana que partió a mediados de enero.

“Dice que hay muchas oportunidades allí. No tengo mucho contacto con el padre de mi hijo, no me ayuda para nada. En Monterrey voy a trabajar con mi tía”.

La encrucijada

Monterrey es la capital de Nuevo León, en el noreste de México. Es la tercera ciudad más grande de México y desde 2013 es la residencia de cientos de migrantes centroamericanos.

La mayoría llegó a la población por seguir la ruta más corta para viajar a Estados Unidos desde Centroamérica.

Es un camino que inicia en el sureste mexicano, sigue en los estados ribereños al Golfo de México y culmina en Tamaulipas, México, vecino de Texas, Estados Unidos.

Los migrantes que llegaron a esa frontera no pudieron cruzar a territorio estadounidense. Enfrentaron, además, el asedio de bandas locales de narcotráfico.

Muchos regresaron pero en el camino de vuelta encontraron empleo en Monterrey.

Y allí se quedaron, cuentan activistas como Eduardo Villarreal, director del albergue Casa Nicolás.

Como sucede en el resto del país no se sabe cuántos son, pero según el Centro de Estudios de Migración en México podrían ser unos 3.500.

Monterrey es un ejemplo de lo que sucede en otras ciudades de México, coinciden activistas.

La dura política migratoria del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, obliga a miles de centroamericanos a decidir entre persistir en el viaje o quedarse en el territorio mexicano.


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oto: Cuauhtémoc Moreno.

México: esto sucede cuando se tumba selva en el territorio maya

Este año, en el que varias tormentas tropicales y huracanes golpearon al sureste de México, quedó en evidencia la vulnerabilidad de un territorio que pierde sus reservas forestales.
oto: Cuauhtémoc Moreno.
Por Robin A. Canul Suarez/ Mongabay Latam
28 de noviembre, 2020
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Hace ya poco más de diez años, Leidy Pech y sus compañeras mayas ya lo alertaban. En el municipio de Hopelchén, en Campeche, al sur de México, la deforestación avanzaba sin control, grandes extensiones de la Selva Maya se transformaban en inmensos campos de cultivo. La agroindustria, decían, estaba cambiando el rostro de sus comunidades y del monte. Eso que ellas denunciaron hace una década, aún continúa.

Leidy Pech, sus compañeras mayas y alrededor de 16,000 familias de toda la Península de Yucatán, se dedican a la apicultura; actividad que depende de que la selva esté en pie y en buen estado de conservación.

Lee: La comunidad indígena en Chiapas que cuida el bosque y construye su futuro

La mayoría de los productores de miel tienen colmenas de la abeja más conocida, la Apis mellifera, pero Leidy Pech y sus compañeras se empeñaron en rescatar las prácticas ancestrales de producción de miel y en conservar a una abeja nativa, que no tiene aguijón y que realiza sus colmenas al interior de troncos huecos. A esa abeja la ciencia la llama Melipona beecheiipara los mayas es la Xunáan Kab, “la dama de la miel”.

Hace poco más de diez años, Leidy Pech y las mujeres mayas de las comunidades del municipio de Hopelchén comenzaron a ver cómo se iban quedando sin pedazos de selva, cómo sus abejas morían por los plaguicidas, cómo al “tirar el monte” se perdían flores endémicas que son el alimento de las cerca de 200 abejas nativas que los científicos han identificado tan solo en la Península de Yucatán y cómo al abrir grandes campos de cultivo también se modificaban los sistemas hidrológicos de la región.

Fue por ello que, junto con otras iniciativas —la Organización Muuch Kambal y el Colectivo de Comunidades Mayas de los Chenes—, no han cesado en denunciar el avance de la deforestación en la Península de Yucatán, sus consecuencias y la impunidad que ha permitido que se cambie el uso de suelo.

De acuerdo con datos de la plataforma Global Forest Watch, entre 2001 y 2019, tan solo el municipio de Hopelchén perdió 186 000 hectáreas de cobertura arbórea, lo que equivale a una disminución del 20 % de lo que se tenía en el 2000.

El doctor Edward Allan Ellis, del Centro de Investigaciones Tropicales de la Universidad Veracruzana y quien ha realizado varios estudios sobre deforestación en la Península de Yucatán, señala que en Hopelchén, la tasa de deforestación es cinco veces más alta que el promedio nacional.

Te puede interesar: Comunidades forestales de México: 4 claves para entender su lucha por una “justicia fiscal”

Campo menonita Santa Fe, Hopelchén, Campeche.Permaneció inundado por más de tres meses. En noviembre aún persistían encharcamientos significativos. Foto: Robin A. Canul Suarez.

Vulnerables a tormentas y huracanes

En las primeras semanas de noviembre, los medios de comunicación mostraron las imágenes de las inundaciones y destrozos causados por el huracán Eta en lugares como Tabasco y Chiapas, al sureste de México; así como en Guatemala, Nicaragua y Honduras. Territorios donde la selva y los manglares también han perdido terreno.

Meses antes, a principios de junio, en el estado de Campeche llovió como hace años no se recordaba. Durante cinco días se registró la mitad de las lluvias que, en promedio, cae durante un año en la región, de acuerdo con la Comisión Nacional del Agua (Conagua). No fue un huracán, sino dos tormentas tropicales con vientos de baja intensidad —Amanda y Cristóbal— las que causaron todo un cisma y mostraron la vulnerabilidad de un territorio que pierde su cubierta forestal.

Leidy Pech cuenta cómo la lluvia se estacionó durante cinco días: “El 4 de junio se inundó mi comunidad Ich Ek y casi todas las comunidades de Hopelchén. Vimos cómo el nivel del agua iba creciendo y no paraba. Desde los huracanes Opal y Roxana (que fueron de categoría 4 y se registraron en 1995) no habíamos tenido inundaciones de esta magnitud”.

De acuerdo con una evaluación de daños realizada por organizaciones civiles y colectivos de apicultores y campesinos agroecológicos, las tormentas causaron daños a más de 120 comunidades de la Península de Yucatán. En Campeche, donde la producción de miel es una de las principales actividades económicas, se afectaron 93 % de las colmenas, 28 % de ellas se perdieron. El territorio más golpeado fue el municipio de Hopelchén, donde 22 poblados registraron graves inundaciones y, por lo menos, 3500 familias resultaron afectadas.

Las carreteras se convirtieron en ríos; algo inusual en la Península de Yucatán, un territorio que, por su formación geológica, solo tiene corrientes de agua subterránea. Comunidades como San Juan Bautista Sahcabchén, a 19 kilómetros de la cabecera municipal, quedaron incomunicadas por más de ocho días. En la zona se miraban los cadáveres de animales; también los restos de los cajones de madera que habían funcionado como colmenas.

Sahcabchén es una comunidad que está rodeada de tierras deforestadas para transformarlas en zonas de cultivo. A su alrededor, por ejemplo, está el campo menonita Santa Fe. La tormenta transformó ese lugar en una gran lago; así se mantuvo por más de tres meses.

Al igual que Sahcabchén, el poblado de Xcalot Akal está rodeado por terrenos deforestadas, tienen como su vecino al campo menonita Santa Rosa. “El agua vino del campo menonita. El agua empezó a subir y apenas y pudimos resguardarnos en los lugares más altos del pueblo”, recuerda Adriana Cauich, quien vive en Xcalot Akal.

Álvaro Mena es integrante de la organización indígena y campesina Ka Kuxtal Much’ Meyaj. Durante los días de la emergencia, él y otros pobladores de Hopelchén recorrieron la región y revisaron imágenes satelitales para documentar los daños. Fue así que identificaron que los lugares donde se deforestó, y que ahora son campos de monocultivos o áreas ganaderas, las inundaciones fueron más intensas. Entre estas áreas sobresalen los campos menonitas de Santa Fe, Nuevo Progreso y Nuevo Durango; así como el Valle de Paal Pool, en la comunidad de Chunchintok.

“Las grandes deforestaciones de la selva y las zonas costeras ha generado un gran impacto en todo el territorio de la Península de Yucatán: contaminación de suelos, de agua, pérdida de biodiversidad… Al no tener ecosistemas sanos, no tenemos las barreras naturales ante los impactos de tormentas y huracanes”, explica la doctora en geografía y maestra en ingeniería ambiental Yameli Aguilar Duarte, del Instituto Nacional de Investigaciones Forenses Agrícolas y Pecuarias (INIFAP).

Tumbar selva para la agroindustria

El municipio de Hopelchén —así como toda la Península de Yucatán— alberga parte de la Selva Maya, la cual se extiende desde el sureste de México hasta Belice y el norte de Guatemala y es considerada como el segundo macizo de selva tropical más grande en el continente.

Perder cobertura forestal de la Selva Maya no es algo menor: se reduce el territorio donde habitan especies consideradas en riesgo de extinción como el jaguar o el tapir; se afecta la diversidad de especies —por ejemplo, de polinizadores como las abejas—, se pierden reservas forestales que contribuyen a mitigar el cambio climático.

En Hopelchén, la pérdida de selva tiene una larga historia, pero se ha intensificado en la última década.

Durante casi diez años (1972-1983), México tuvo un Programa Nacional del Desmonte cuyo objetivo era tumbar selva para impulsar la agricultura. Fue también a través de un programa de gobierno —recuerdan los habitantes de Chunchintok— cuando se deforestó el Valle de Paal Pool.

Guillermo León, quien vive en Chunchintok, menciona que en la década de los setenta se hizo el cambio de uso de suelo de tierras ejidales —al menos 12 500 hectáreas— para sembrar arroz; “aunque daba la producción, los que la manejaban decían que no les alcanzaba para pagar el crédito”.

Indalecio Canul Uc, de la misma comunidad, comenta que el programa gubernamental que impulsó la transformación del Valle de Paal Pool duró tres años y solo se utilizaron 5000 hectáreas de las más de 12 500 deforestadas. Hoy esos terrenos son utilizados como áreas ganaderas y en cada temporada de lluvias se llenan de agua.

A partir de la década de los años ochenta, nuevas áreas comenzaron a ser deforestadas en la zona. Eso se dio a partir de la llegada de comunidades menonitas —dedicados a la agricultura a gran escala— provenientes de Durango y Chihuahua que se instalaron, sobre todo, en Campeche y, en especial, en los municipios de Hopelchén y Hecelchakán.

En el estudio “Impulsores de deforestación y percepción de cambios de uso de suelo en paisajes ganaderos en tres municipios de Campeche, México”, la investigadora Hanna Rae Warren señala que “los menonitas pueden ser vistos como importantes agentes de deforestación; altamente efectivos en el cambio de uso del suelo a usos mecanizados”.

Para su estudio, Rae Warren entrevistó a investigadores forestales quienes destacaron que “la eliminación de la cobertura (forestal) con mecanización suele ser permanente, extensiva y se trabajan los suelos hasta el punto de su degradación”.

Lee el reportaje completo en Mongabay Latam 

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