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Cuartoscuro Archivo
Fórmula 1 en México, los costos y las ganancias para el país según datos oficiales
La derrama económica que han dejado 3 de las 5 carreras ya supera en más de 600% el monto de recursos públicos que requirió todo el evento.
Cuartoscuro Archivo
4 de febrero, 2019
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En 2014 el Gobierno de México firmó un contrato para la realización de cinco carreras del campeonato mundial de automovilismo deportivo conocido como Fórmula 1. Las tres primeras ediciones dejaron al país y a la Ciudad de México una derrama económica superior a los 23 mil millones de pesos. Dicha cantidad es 600% mayor al monto de dinero público que se tuvo que pagar para realizar todo el evento.

Así lo detallan los datos oficiales del Gobierno Federal y el de la Ciudad de México, los cuales estiman además que con la derrama económica que dejó la edición de 2018 (que aún se sigue contabilizando) y la que tendrá la edición de 2019, la ganancia final de las cinco carreras será de casi 40 mil millones de pesos.

La Jefa de Gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, dijo el jueves pasado que la continuidad del Gran Premio de México de Fórmula 1 a partir del 2020 está en duda. Esto ya que el gobierno federal no seguirá costeando los “400 millones de pesos” que anualmente costaría el evento. Añadió que para la Ciudad de México asumir ese costo resulta “oneroso”.

La información obtenida por este medio vía transparencia muestra que el costo anual del evento es aún más alto al señalado por la jefa de Gobierno. No obstante, la derrama económica reconocida por el gobierno federal y por la administración de la capital es significativamente mayor a la inversión inicial.

Cabe señalar que en caso de que el país o la ciudad quisieran continuar con la realización de carreras de Fórmula 1 para los años 2020 o posteriores, los referidos costos podrían cambiar, pues se requiere de un nuevo contrato con los propietarios del serial, ya que el actual – que no fue renovado- solo abarca hasta la realización de la edición 2019.

El costo de organizar estas carreras

La información proporcionada por el Consejo de Promoción Turística dependiente de la Secretaría de Turismo indica que en 2014 se firmó un contrato número 36/2014, con la empresa Corporación Interamericana de Entretenimiento (CIE), para la realización de cinco carreras de Fórmula 1 en los años 2015, 2016, 2017, 2018 y 2019.

El concepto preciso del contrato fue el siguiente: “Servicios de promoción de México por virtud de la realización y ejecución de los actos necesarios para la celebración del evento de Fórmula 1 Gran Premio de México en el Autódromo Hermanos Rodríguez en la Ciudad de México, en cada uno de los años 2015 a 2019”.

El monto total de dicho contrato fue de 213 millones 279 mil dólares. Esto sin tomar en cuenta la inversión que por su lado realizaron entidades privadas.

El monto del contrato fue calculado en virtud de la inversión que requeriría cada una de las cinco carreras en el autódromo Hermanos Rodríguez, y que se estipuló así: para la edición 2015 un monto de 44 millones 177 mil dólares; en 2016 y 2017 un monto de 40 millones 987 mil dólares respectivamente; y para 2018 y 2019 un monto de 43 millones 564 mil dólares respectivamente.

En total, y tomando en cuenta el tipo de cambio anual referido por el Banco de México  (la edición de 2019 se pagó el año pasado), el monto en pesos del contrato es de aproximadamente 3 mil 558 millones de pesos.

Lo anterior significa que, en promedio, el gobierno federal invirtió poco más de 717 millones de pesos por edición (siempre tomando como tipo de cambio el que prevalecía en la fecha de contrato). Este monto es mayor a los 400 millones que había señalado Claudia Sheinbaum en su declaración.

Dado que el contrato, como ya se dijo, abarcaba solo hasta 2019, la realización de nuevas ediciones del Gran Premio de México en años posteriores podría acarrear montos distintos, derivado de que se requeriría firmar un nuevo contrato. Sheinbaum adelantó que inversiones de este tipo resultan costosas para la ciudad.

Más de 23 mil mdp en derrama y contando…

En la respuesta a la solicitud planteada el Consejo de Promoción Turística detalló la derrama económica que a nivel país ha dejado la realización de este evento año con año. Señaló que estos datos se obtuvieron a partir de los estudios realizados por la firma especializada AECOM y Formula Money.

De acuerdo con la información proporcionada, la primera edición del Gran Premio de México 2015 dejó una derrama económica para el país de 8 mil 100 millones de pesos;  la segunda edición correspondiente a 2016 dejó una ganancia de 6 mil 600 millones de pesos; y la de 2017 dejó un saldo de 8 mil 400 millones de pesos.

El Consejo agregó que la derrama económica de la edición de 2018 se conocerá con precisión hasta el segundo trimestre de este año, pero estimó que será “similar” a la de ediciones anteriores. Y en el caso de la quinta y última edición del Gran Premio de México, correspondiente a 2019, se estima también una derrama “similar”.

Si se toma en cuenta solo la derrama económica de las tres primeras ediciones, donde hay montos confirmados, esta fue de 23 mil 100 millones de pesos. Esta cantidad es casi ocho veces superior al monto de 3 mil 588 millones de pesos que se pagaron para la realización de las cinco carreras o, lo que es lo mismo, un incremento de más de 600%.

Y si se toma en cuenta que al cierre de las cinco ediciones se estima una derrama económica de entre 38 mil y 40 mil millones de pesos, este monto representaría un alza de casi 1 mil 200% en comparación con la inversión para su realización

Animal Político también solicitó vía transparencia al gobierno de Ciudad de México conocer el monto de la derrama económica específica para la capital. La Secretaría de Turismo de la capital proporcionó los datos de dos años, los de la edición 2016 y 2017, pues dijo que de las carreras posteriores aún no se tienen listos.

En 2016 la derrama económica específica para la Ciudad de México fue de 1 mil 577 millones de pesos, mientras que en el año 2017 el Gran Premio dejó una ganancia de 1 mil 632 millones de pesos.

Lo anterior significa que, tan solo la capital del país, hubo una derrama económica equivalente a más del doble de lo que anualmente se tuvo que invertir para realizar la carrera.

Carrera multipremiada

El Gran Premio de México ha obtenido de forma consecutiva, desde la edición de 2015, el reconocimiento de la Federación Internacional de Automovilismo (FIA) como el mejor  gran premio de Fórmula 1 del año, superando a los más de 20 que se llevan a cabo en diversas partes del mundo, entre los que se encuentran el de Mónaco, el de Silverstone en Reino Unido, o el de Monza en Italia.

Entre las razones por las cuales se ha obtenido este reconocimiento se encuentra la calidad de la organización antes y durante el evento (sin ningún imprevisto de consideración hasta la fecha), por el nivel de asistencia de los aficionados (más de 300 mil en cada edición), y por el ambiente festivo que se ha conseguido construir el torno al mismo.

A ello se suman características únicas con las que cuenta el circuito del Autódromo de los Hermanos Rodríguez (remodelado por el ingeniero alemán Hermann Tilke), como por ejemplo un tramo de curvas lenta que atraviesan un estadio (Foro Sol), zona en la que además se realiza la premiación.

México es el único país que ha conseguido que su Gran Premio gane por cuatro años consecutivos el reconocimiento que otorga la FIA.

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Chernobyl: cómo el gobierno de la Unión Soviética trató de ocultar la catástrofe nuclear
Fue el peor desastre nuclear de la historia. Pero también uno de los mayores intentos fallidos de ocultar una tragedia por parte de un gobierno. Historiadores y periodistas le contaron a BBC Mundo cómo ocurrió.
Getty Images/AFP
29 de mayo, 2019
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Es difícil imaginar una tragedia peor que Chernobyl. Pero cuesta todavía más hacerse a la idea de cómo los hombres fuertes del la Unión Soviética trataron de evitar por todos los medios que saliera a la luz el mayor desastre nuclear de la historia.

Cuando el reactor número 4 explotó, esparciendo nubes radioactivas por todo el hemisferio norte de la Tierra -desde Checoslovaquia hasta Japón- y lanzando a la atmósfera el equivalente a 500 bombas de Hiroshima, el Partido Comunista de la URSS trató de controlar la información y dar su propia versión sobre los hechos.

“Ocultaron la gravedad del accidente desde el principio y se negaron a evacuar Kiev (la actual capital ucraniana)”, le cuenta a BBC Mundo la periodista Irena Taranyuk, del servicio ucraniano de la BBC.

Irena era estudiante y vivía entonces en la región occidental de la antigua URSS. Recuerda el miedo y la confusión que sintió cuando estalló la noticia.

Más sobre Chernobyl

Nos informábamos a través del ‘enemigo’ -los medios occidentales, como la BBC- sobre lo que estaba ocurriendo. Mientras tanto, muchos jóvenes y compañeros universitarios eran enviados a trabajar en la zona como liquidadores voluntarios, exponiéndose a la radiación”.

La URSS no pudo contener la noticia por mucho tiempo. “No era posible encubrir algo tan grande como aquello; los rumores comenzaron a correr como el agua, dice Irena.

Tres décadas después, todavía no conocemos el alcance total de la tragedia ni cuántas personas -se estima que unas 4,000, pero podrían ser más- murieron de cáncer u otras enfermedades vinculadas a ella.

Los testimonios, datos y relatos de supervivientes, junto al trabajo de investigadores, nos cuentan hoy lo que ocurrió y han permitido recrear en pantalla el drama histórico sobre Chernobyl en una aclamada miniserie homónima con tintes de ficción que acaba de estrenar HBO.

Pero volvamos a los hechos. ¿Qué ocurrió exactamente el 26 abril de 1986 y cómo trató la antigua Unión Soviética de impedir que el mundo conociera aquel desastre inimaginable?

De la negación a la irresponsabilidad

Eran las 5 de la mañana cuando Mijaíl Gorbachov, el último líder de la Unión Soviética, recibió una llamada telefónica. Había habido una explosión en la planta nuclear de Chernobyl. Pero, aparentemente, el reactor estaba intacto.

“En las primeras horas e incluso el día después del accidente no se sabía que el reactor había explotado y que había una enorme emisión nuclear en la atmósfera”, diría el propio Gorbachov más tarde.

El hombre más poderoso de la Unión Soviética en aquel momento no vio necesidad de despertar a otros líderes políticos o de interrumpir su fin de semana con una sesión de emergencia, explica el historiador ucraniano Serhii Plokhii en su libro Chernobyl: the history of a nuclear catastrophe (“Chernobyl: la historia de una catástrofe nuclear”, 2018).

En lugar de eso, creó una comisión gubernamental liderada por Boris Shcherbina, vicepresidente del Consejo de Ministros, para investigar las causas de la explosión. Mientras tanto, los ciudadanos corrían peligro. Pero nadie se atrevía a ordenar una evacuación.

El primer acercamiento en helicóptero, unas 24 horas después de la explosión, evidenció la magnitud de la catástrofe. “Cuando aterrizaron, todavía no estaban preparados para aceptarlo”, dice el historiador.

El propio Shcherbina escribió en sus memorias que tuvo que forzarse a sí mismo a asimilar lo que veían sus ojos.

“Al principio, estaban en un estado de shock y negación. No querían aceptar lo que había pasado. Después, no quisieron asumir la responsabilidad de lo sucedido“, le cuenta a BBC Mundo Plokhii, quien es también director del Instituto de Investigación Ucraniano de la Universidad de Harvard, en Massachusetts, Estados Unidos.

“Hubo una negación por parte de quienes trabajaban en Chernobyl. Y, además, era muy complicado afirmar lo que estaba pasando sin ponerse en una situación todavía más peligrosa”.

Plokhii escribe en su libro que “a medida que los niveles de radiación aumentaban, los funcionarios se ponían cada vez más nerviosos, pero no tenían la potestad para decidir evacuar”.

“El país tardó 18 días en hablar sobre ello en televisión”, agrega.

“La reacción inmediata fue ocultar la tragedia y luego trataron de minimizar la cantidad de información que se publicaba“, le cuenta a BBC Mundo el periodista Adam Higginbotham, autor de Midnight in Chernobyl (“Medianoche en Chernobyl, 2019), un superventas del New York Times que recoge varios testimonios.

El escritor señala que había una “dimensión psicológica” en esa negación inicial que es importante tener en cuenta. “El evento era tan catastrófico y la escala del desastre era tal que ni siquiera los especialistas bien formados, que entendían con exactitud la energía nuclear, podían asimilar lo que estaban viendo”.

“Necesitamos comprender que la escala del accidente era demasiado grande incluso para ellos, y no caer en los estereotipos típicos sobre cómo funcionaba la Unión Soviética. La historia es más compleja y complicada que todo eso”, advierte.

Armen Abagian, el director de un instituto de investigación sobre energía nuclear que había sido destinado a Moscú, le dijo a Shcherbina que la ciudad tenía que ser evacuada: “Le dije que había niños corriendo por las calles, gente colgando ropa para secarla. Y la atmósfera era radioactiva”, fueron sus palabras, según cuenta el historiador Serhii Plokhii.

Pero la URSS consideraba en sus regulaciones que no era necesario, y nadie quería tomar la responsabilidad de ordenar una evacuación y entonar así un mea culpa.

Mientras la comisión pensaba qué hacer, la gente comenzaba a abandonar la ciudad.

El gobierno soviético no estaba dispuesto a que las malas noticias se propagaran tan rápido como las radiaciones. Por eso cortó las redes telefónicas, y a los ingenieros y trabajadores de la planta nuclear se les prohibió compartir las noticias sobre lo ocurrido con sus amigos y familiares, explica Plokhii.

No era la primera vez que la URSS se enfrentaba a este tipo de situaciones: “Hubo otro desastre nuclear (mucho más pequeño) en septiembre de 1957 en Kyshtym, en los montes Urales, cuando explotaron unos materiales radiactivos. Pero no había información en ningún lado”, le cuenta a BBC Mundo. “Guardar silencio era un protocolo normalizado en la Unión Soviética”.

“Los estadounidenses encontraron algunas señales de que había una explosión y contaminación en aquel primer desastre, pero no dijeron nada porque ellos mismos estaban en el proceso de desarrollar grandes planes nucleares y no quisieron crear una alarma”.

Higginbotham también evoca aquel accidente de Kyshtym, que los soviéticos sí lograron ocultar con éxito: “Simplemente, adoptaron el mismo enfoque en Chernobyl, pero en este caso la frontera estaba más cerca con Occidente y la contaminación y el alcance fueron mucho mayores”.

¿Cómo se enteró el mundo?

“Fueron los suecos quienes primero detectaron que algo iba mal. Y después unos británicos que trabajaban en otra planta nuclear”, dice Plokhii.

Higginbotham asegura que los suecos comenzaron a preguntar a las autoridades soviéticas si había habido un accidente nuclear, “pero incluso en ese momento continuaron negando que tal cosa hubiera ocurrido”.

Y es que en Suecia se detectaron altos niveles de radiación en los días posteriores al accidente cuyo origen no tenía explicación.

“La gente de Europa alertó sobre lo que estaba pasando y la Unión Soviética tuvo que publicar su información. Fueron contando cada vez más cosas, pero solo bajo la presión de Occidente“, coincide el ucraniano, quien añade que el contexto de la Guerra Fría es vital para comprender cómo se desarrollaron los hechos.

El historiador añade que la “insatisfacción” de quienes vivían en la URSS en aquella época también jugó un papel clave, que se estaban informando de los hechos a través de medios extranjeros y de rumores -algunos ciertos y otros no-, y no de su propio gobierno”.

“Tardaron semanas, meses e incluso años hasta que, gradualmente, fue emergiendo la verdad. En parte, eso fue porque capturaron a los corresponsales extranjeros que estaban basados en Moscú y les impidieron dejar la ciudad y acercarse a la zona del accidente”, dice Higginbotham.

“Muchos de esos periodistas comenzaron a publicar cualquier información que recibían, aunque fueran rumores. En Estados Unidos, el New York Post llegó a decir que 15.000 personas habían muerto. Eso justamente lo opuesto a lo que quería el gobierno”.

“No querían que la población tomara precauciones”, sostiene Irena. “Fue irónico que nos enteráramos a través de medios extranjeros”.

Pero Higginbotham advierte que la historia que se cuenta en Occidente sobre Chernobyl a menudo es incompleta y que “muchas cosas que se escribieron se asientan sobre ideas preconcebidas sobre cómo era la vida en la Unión Soviética que resultaban muy convenientes”, olvidando la dimensión psicológica y humana de quienes tomaron las decisiones.

La caída de un imperio

“Chernobyl suele vincularse a cambios estratégicos en la Unión Soviética y a los inicios de la política abierta. El principio de todo está en Chernobyl”, explica Plokhii.

El historiador dice que quiso escribir sobre la tragedia porque forma parte de su historia personal: “Recuerdo el horror de aquellos días, no sabíamos lo que iba a ocurrir y traté de reconstruir los hechos de la mejor manera posible”.

“El material que reconstruí me hizo llegar a la conclusión de que hubo verdaderamente un vínculo directo entre Chernobyl y la caída de la Unión Soviética“.

“La manera en que colapsó la Unión Soviética no puede comprenderse realmente sin la historia de Chernobyl”.

Por otra parte, Higginbotham considera que fue un momento clave “en la desintegración de la URSS no solo por el coste económico, o el incremento de la desconfianza hacia las instituciones por parte de los soviéticos, sino también por cómo cambió al propio Gorbachov.

“El accidente reveló que Gorbachov corrompió el imperio que había heredado“, señala.

“Pero la lección más importante que nos deja Chernobyl es el problema de confiar en exceso en la tecnología -¡La gente creyó que un accidente de ese alcance era imposible incluso cuando tuvo lugar!-. Y también que una cultura que niega la evidencia científica y se basa en mentiras y secretismo no es segura para nadie”.


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