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Cuartoscuro

No hay límite de presupuesto para búsqueda de desaparecidos e identificación forense, promete AMLO

El presidente de México estableció como plazo que en septiembre todos los estados ya tengan su sistema local de búsqueda de desaparecidos; 19 aún tienen pendiente esa tarea.
Cuartoscuro
24 de marzo, 2019
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El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, prometió este domingo a familiares de personas desaparecidas o no localizadas que habrá el presupuesto necesario, “todo lo que se necesite”, para la labor de búsqueda y para establecer un sistema de identificación forense.

“No hay límite presupuestal, no hay techo financiero, es lo que se requiera. Estamos haciendo un gobierno austero, sin lujos, y vamos a ahorrar, y lo que se obtenga, lo que se libere por la austeridad, se va a destinar a esta justa causa de encontrar a los desaparecidos”, dijo el mandatario federal, al cerrar el evento de reinstalación del Sistema Nacional de Búsqueda, en Palacio Nacional.

Ante el hecho de que en el país hay 26 mil cuerpos y decenas de miles restos óseos sin identificar, el presidente dijo que es urgente establecer un plan emergente o sistema de identificación forense, con las instalaciones y recursos necesarios. Pidió la ayuda de familiares de víctimas y de organismos internacionales, a fin de construir un programa y fijar una fecha para establecerlo.

“Nunca más situaciones tan lamentables como el tener a los cuerpos en tráileres, en camiones, recorriendo las calles,  es dantesco e inhumano. Tenemos por eso que actuar con urgencia sobre este caso. Yo espero que en unos días más me presenten el programa, lo del  presupuesto que se requiera les puedo decir: Ya está autorizado”, expresó.

En otro momento el presidente dijo que los gobernadores del país ya se comprometieron a que en septiembre todos los estados tengan ya su comisión nacional de búsqueda, con los recursos que sean necesarios.

Hasta ahora, según dijo antes el subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro Encinas, en 19 estados aún no hay avances legislativos para establecer comisiones locales de búsqueda, requisito para acceder a recursos federales destinados a esta materia.

Otro compromiso que hizo López Obrador es volver a reunirse en tres meses con los familiares de víctimas, para evaluar si se ha avanzado en las tareas para la búsqueda de las 40 mil personas desaparecidas o no localizadas en México.

Edna Rosas, del Consejo Nacional Ciudadano del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas, dijo que las mejoras no se dan de la noche a la mañana, sin embargo el gobierno de López Obrador puede ser recordado como el sentó las bases de un cambio firme, para enfrentar la crisis humanitaria en el país.

Entre los puntos de exigencia, mencionó que las familias de víctimas deben ser tomadas en cuenta en el proceso para designar a quien será el próximo fiscal de Derechos Humanos; que se garanticen los recursos para la Comisión Nacional de Búsqueda, que en 2020 su presupuesto tenga un aumento significativo; que los gobernadores se comprometan a establecer lo más pronto posible sus comisiones nacionales de búsqueda, y que se active en el país un mecanismo extraordinario de identificación forense.

Otra exigencia que planteó fue que México acepte la competencia del Comité de la ONU contra las desapariciones forzadas, para conocer casos individuales en el país.

“No hemos frenado la ola de violencia en México”, dijo, aún siguen creciendo las cifras de personas desaparecidas o no localizadas, por lo que es necesario que haya unidad, a fin de cambiar la situación.

En su turno Karla Quintana, titular de la Comisión Nacional de Búsqueda, también criticó que el Sistema Nacional de Búsqueda está incompleto, si todos los estados no tienen todavía su comisión local, o sus fiscalías especializadas en materia de desaparición.

Olga Sánchez Cordero, secretaria de Gobernación, mencionó en el evento que es innegable la deuda del Estado mexicano, en la tarea de buscar a las personas desaparecidas, ya que durante años ha habido un olvido institucional de las víctimas, y hasta ahora el Sistema Nacional de Búsqueda, establecido hace un año, no ha dado los resultados esperados.

Alejandro Encinas, subsecretario de Derechos Humanos, recordó que para este año fueron asignados 400 millones de pesos para la Comisión Nacional de Búsqueda.

“El 50% se destinará a las labores de búsqueda en los estados que cuenten con la comisión local de búsqueda, donde estén ya integrados”, dijo.

“Lamentablemente, en 19 entidades no hay avances legislativos, ni decreto para la designación del comisionado local, por lo que urge crear el marco jurídico local”, agregó.

Animal Político reportó en marzo pasado que la Comisión Nacional de Búsqueda de personas desaparecidas sólo ejerció el año pasado 6.6 millones de pesos, de los 468.9 que se le habían asignado, es decir, el 1.4%, y casi todo fue para el pago de personal eventual.

Más de la mitad de lo presupuestado, que era para dar subsidios a las entidades, se quedó intacto por la falta de Comisiones de Búsqueda estatales.

AMLO culpa al neoliberalismo por la crisis humanitaria

En la última parte de su discurso, López Obrador acusó que la crisis humanitaria de miles de desaparecidos en el país es el “fruto podrido” de la política económica neoliberal, en la que, según dijo, se desatendió al pueblo.

El presidente también criticó que en el pasado se lanzó una “guerra”, ante algo que surgió por la falta de empleo y la pérdida de valores, entre otros factores.

“Se adoptó por pegar un garrotazo a lo tonto al avispero”, dijo en referencia al combate al crimen organizado, contra el que el presidente Felipe Calderón lanzó una ofensiva con la participación de elementos de las Fuerzas Armadas, que ahora López Obrador integrará en la llamada Guardia Nacional.
López Obrador prometió que en su estrategia no se usará la fuerza para enfrentar la violencia y el problema de inseguridad. “La paz es fruto de la justicia”, dijo, además de comprometerse a que como comandante de las Fuerzas Armadas nunca dará la orden de reprimir,  y la Guardia Nacional respetará los derechos humanos.
El mandatario federal, que inició su gobierno en diciembre pasado, reconoció que no ha logrado una reducción significativa en los niveles de homicidios dolosos en el país. “Sigue la violencia, y es cierto”, dijo, aunque espera que con su plan a fin de cuentas haya resultados.
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Ignaz Semmelweis: el doctor al que metieron al manicomio por insistir en la importancia de lavarse las manos

En un mundo que no entendía los gérmenes, Ignaz Semmelweis descubrió y probó que lavarse las manos era clave para evitar la propagación de infecciones. Pero su historia no tuvo un final feliz.
22 de septiembre, 2019
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Hospital St. George

Getty Images
Los hospitales, como el St. Georges en Londres, eran conocidos como “casas de la muerte”.

En 1825, al visitar a un paciente que se estaba recuperando de una fractura compuesta en el Hospital St. George en Londres, sus familiares lo vieron acostado sobre sábanas húmedas y sucias llenas de hongos y gusanos.

Ni el afligido hombre, ni los demás que compartían el espacio, se habían quejado de las condiciones pues creían que eran normales.

Quienes tenían la mala suerte de ser admitidos en ese u otros hospitales de la época estaban acostumbrados a los horrores que residían en su interior.

Todo apestaba a orina, vómito y otros fluidos corporales. El olor era tan ofensivo que el personal a veces caminaba con pañuelos apretados contra sus narices.

Los doctores, por su lado, tampoco olían exactamente a rosas. Raramente se lavaban las manos o los instrumentos y dejaban a su paso lo que la profesión alegremente denominaba “el tradicional hedor hospitalario”.

Los quirófanos eran tan sucios como los cirujanos que trabajaban en ellos. En medio de la habitación solía haber una mesa de madera manchada con reveladoras huellas de carnicerías pasadas, mientras que el piso estaba cubierto de aserrín para absorber la sangre.

La clínica de Gross de Thomas Eakins

Getty Images
“La clínica de Gross” fue pintada por el estadounidense Thomas Eakins en 1875, justo antes de la adopción de un entorno quirúrgico higiénico y por eso a menudo se contrasta con la pintura posterior de Eakins, “La clínica de Agnew” (1889), que verás más abajo en este artículo.

Y había alguien a quien le pagaban más que a los doctores: el “cazador de insectos en jefe”. Su trabajo era librar los colchones de piojos.

Los hospitales eran caldo de cultivo para la infección y solo proporcionaban las instalaciones más primitivas para los enfermos y moribundos, muchos de los cuales estaban alojados en salas con poca ventilación o acceso a agua limpia.

En este período, era más seguro ser tratado en casa que en un hospital, donde las tasas de mortalidad eran de tres a cinco veces más altas que en entornos domésticos.

Como resultado de esta miseria, se les conocía como “Casas de la Muerte”.

Por favor lavarse las manos

En medio de ese mundo que aún no entendía los gérmenes, un hombre intentó aplicar la ciencia para detener la propagación de la infección.

Se llamaba Ignaz Semmelweis.

Retrato de Ignaz Semmelweis

Getty Images
Aunque Semmelweis llegó a la conclusión de que había que lavarse las manos entre procedimientos mediante un vigoroso análisis estadístico, no podía explicar por qué: aún no se sabía nada de los gérmenes.

Este médico húngaro trató de implementar un sistema de lavado de manos en Viena en la década de 1840 para reducir las tasas de mortalidad en las salas de maternidad.

Fue un intento digno pero fallido, pues fue demonizado por sus colegas.

Pero eventualmente llegó a ser conocido como el “Salvador de las Madres”.

Un mundo sin gérmenes

Semmelweis trabajaba en el Hospital General de Viena, donde la muerte acechaba las salas tan regularmente como en cualquier otro hospital de la época.

Antes del triunfo de la teoría de los gérmenes en la segunda mitad del siglo XIX, la idea de que las condiciones miserables en los hospitales desempeñaran un papel en la propagación de la infección no pasaba por la mente de muchos médicos.

"La clínica de Agnew" (1889), de Thomas Eakins

Getty Images
Este óleo es “La clínica de Agnew” (1889), de Thomas Eakins, al que se compara con “La clínica de Gross” pues que representa un quirófano más limpio, con los participantes en “batas blancas”. Más tarde, las medidas higiénicas serían más drásticas, hasta llegar a los quirófanos que conocemos.

“Es difícil para nosotros imaginarnos un mundo en el que no se sabía de la existencia de gérmenes ni bacterias”, le dijo a la BBC el doctor Barron H. Lerner, miembro de la facultad de la Escuela Langone de Medicina de la Universidad de Nueva York.

“A mediados del siglo XIX, se pensaba que las enfermedades se propagaban a través de nubes de un vapor venenoso en el que estaban suspendidas partículas de materia en descomposición llamadas ‘miasmas'”.

Desequilibrio notable

Entre las personas con mayor riesgo estaban las mujeres embarazadas, particularmente las que sufrían desgarros vaginales durante el parto, pues las heridas abiertas eran el hábitat ideal para las bacterias que médicos y cirujanos llevaban de un lado al otro.

Lo primero que notó Semmelweis fue una discrepancia interesante entre las dos salas obstétricas del Hospital General de Viena, cuyas instalaciones eran idénticas.

Una era atendida por estudiantes de medicina masculinos, mientras que la otra estaba bajo el cuidado de parteras.

La que era supervisada por los estudiantes de medicina tenía una tasa de mortalidad 3 veces más alta.

Tabla de mortalidad por fiebre puerperal

Power.corrupts
La Primera Clínica era el servicio de enseñanza para estudiantes de medicina; la Segunda Clínica había sido seleccionada en 1841 solo para instrucción de parteras.

Quienes se habían dado cuenta de ese desequilibrio antes lo habían atribuido a que los estudiantes varones eran más rudos en su trato con las pacientes que las comadronas. Creían que eso comprometía la vitalidad de las madres, haciéndolas más susceptibles a desarrollar fiebre puerperal.

Pero a Semmelweis no le convencía esa explicación.

El sacerdote o la mugre

Poco después, notó que cada vez que una mujer moría de fiebre infantil, un sacerdote caminaba lentamente por la sala de médicos con un asistente tocando una campana.

Semmelweis teorizó que ese ritual aterrorizaba tanto a las mujeres después dar a luz que desarrollaban una fiebre, se enfermaban y morían.

Después de hacer que el sacerdote tomara otra ruta y abandonara la campana comprobó, frustrado, que el cambio no había surtido ningún efecto.

Streptococcus pyogenes

Getty Images
Esta era la causa que en ese tiempo no se podía ver: la bacteria Streptococcus pyogenes.

Pero en 1847, la muerte de uno de sus colegas por una cortada que se había hecho en la mano durante un examen post mortem, le dio la pista que necesitaba.

Una leve herida fatal

Cortar cadáveres abiertos en ese tiempo conllevaba riesgos físicos, muchos de ellos fatales.

Cualquier herida o grieta en la piel producida por el cuchillo de disección, por leve que fuera, era un peligro siempre presente, incluso para anatomistas más experimentados, como el tío de Charles Darwin -con el mismo nombre-, quien murió en 1778 después de sufrir una lesión mientras diseccionaba a un niño.

Mientras su colega moría, Semmelweis notó que sus síntomas eran muy similares a los de mujeres con fiebre puerperal.

¿Sería que los médicos que trabajan en la sala de disección llevaban “partículas cadavéricas” con ellos a las salas de parto?

El toque, placa de las "Nouvelles dmonstrations d'accouchements"

Getty Images
Los doctores, como se ve en esta placa de las “Nouvelles dmonstrations d’accouchements” (Nuevas demostraciones de partos) de Jacques-Pierre Maygrier, 1840, usaban sus manos al atender partos, pero no solían estar tan limpias como en esta ilustración.

Después de todo, Semmelweis observó que muchos de los jóvenes iban directamente de una autopsia a atender a las mujeres.

Como no se usaban guantes ni otras formas de equipo de protección en la sala de disección, no era raro ver estudiantes de medicina con trozos de carne, tripas o cerebros pegados a su ropa después de que las clases hubieran terminado.

La gran diferencia entre la sala de médicos y la de parteras era que los médicos realizaban autopsias y las parteras, no.

¿Sería esa la clave del misterio que atormentaba a Semmelweis?

Tumbar y reconstruir

Antes de que se entendiera bien el asunto de los gérmenes, era difícil encontrar un remedio para la miseria en los hospitales.

El obstetra James Y. Simpson (1811-1870) -el primer médico en demostrar las propiedades anestésicas del cloroformo en humanos- argumentó que si la contaminación cruzada no se podía controlar, los hospitales debían ser periódicamente destruidos y construidos de nuevo.

El cirujano John Eric Erichsen (1818-1896) -autor de “Ciencia y el arte de la cirugía”- concordaba: “Una vez que un hospital se ha vuelto incurablemente afectado por la piemia (infección purulenta), es tan imposible desinfectarlo por cualquier medio higiénico conocido, como lo es desinfectar un viejo queso de los gusanos que se han generado en él”, escribió.

Sólo había una solución: la demolición.

Semmelweiss no creía que fueran necesarias medidas tan drásticas.

Sólo tres palabras

Tras concluir que la fiebre puerperal era causada por “material infeccioso” de un cadáver, instaló una cuenca llena de solución de cal clorada en el hospital y comenzó a salvar vidas de mujeres con tres simples palabras: “lávese las manos”.

Ignaz Semmelweis se lava las manos con agua de cal clorada antes de operar.

Getty Images
Ignaz Semmelweis lavándose las manos con agua de cal clorada antes de operar.

Aquellos que pasaban de la sala de disección a las salas de parto tenían que usar la solución antiséptica antes de atender a pacientes vivos.

Las tasas de mortalidad en la sala de estudiantes de medicina se desplomó.

En abril de 1847, la tasa era del 18,3%.

Inmediatamente después de un mes de instituido el lavado de manos, las tasas cayeron a poco más del 2% en mayo.

Triunfo sin laureles

El experimento continuó; los resultados de Semmelweis eran muy convincentes, sus datos habían sido recogidos minuciosamente y sin duda salvó la vida de muchas madres durante ese periodo.

No obstante, no pudo convencer a todos sus colegas de los méritos de su teoría de que los incidentes de la fiebre puerperal se relacionaban con la contaminación causada por el contacto con cuerpos muertos.

Aquellos dispuestos a poner a prueba sus métodos a menudo lo hacían de manera inadecuada, produciendo resultados desalentadores.

Tabla de mortalidad antes y después del lavado de manos

Power.corrupts
Los datos eran incontrovertibles: las tasas de mortalidad de fiebre puerperal para la Primera Clínica en la Institución de Maternidad de Viena cayeron notablemente cuando Semmelweis implementó el lavado de manos a mediados de mayo de 1847.

“Hay que tener en cuenta que lo que él estaba diciendo -aunque no en esas palabras- era que los estudiantes de medicina estaban matando mujeres, y eso era muy difícil de aceptar”, explica Lerner.

Tras varias críticas negativas de un libro que publicó sobre el tema, Semmelweis arremetió contra sus críticos y llegó a tildar a médicos que no se lavaban las manos de “Asesinos”.

El futuro que no llegó a ver

Cuando no le renovaron el contrato en el hospital de Viena, Semmelweis retornó a su nativa Hungría, donde asumió el cargo de médico honorario relativamente insignificante y no remunerado de la sala obstétrica del pequeño Hospital Szent Rókus de Pest.

Tanto ahí como en la clínica de maternidad de la Universidad de Pest, donde más tarde fue profesor, la propagación de la fiebre puerperal era rampante hasta que él virtualmente la eliminó.

Pero ni las críticas contra su teoría ni la ira de Semmelweis hacia la falta de voluntad de sus colegas para adoptar sus métodos de lavado de manos se apaciguaron.

Placa en honor a Ignaz Semmelweis

Getty Images
Sólo después de su muerte logró el reconocimiento que le habría alegrado la vida.

Su comportamiento se volvió errático. A partir de 1861 empezó a sufrir de depresión severa y se volvió distraído. Y cada conversación lo llevaba al tema de la fiebre puerperal.

Un día, un colega lo llevó al Asilo de locos vienés con el pretexto de visitar un nuevo instituto médico.

Cuando Semmelweis se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y trató de irse, los guardas lo golpearon severamente, le pusieron una camisa de fuerza y ​​lo confinaron a una celda oscura.

Dos semanas después, Semmelweis murió porque una herida en su mano derecha se había vuelto gangrenosa. Tenía 47 años.

Lamentablemente, nunca jugó ningún papel en los cambios que, en última instancia, serían llevados a cabo por pioneros anteriores a la teoría de los gérmenes, como Louis Pasteur, Joseph Lister y Robert Koch.

Una de las últimas cosas que Semmelweis escribió son inquietantes:

Cuando reviso el pasado, sólo puedo disipar la tristeza que me invade imaginando ese futuro feliz en el que la infección será desterrada La convicción de que ese momento tiene que llega inevitablemente tarde o temprano alegrará mi hora de morir“.

~ Si quieres escuchar más sobre Ignaz Semmelweiss y la importancia de lavarse las manos haz clic aquí.


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