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Cuartoscuro
Investigadores mexicanos piden modificaciones en producción agropecuaria por el cambio climático
De no cambiarse los métodos de producción agropecuaria, se prevén consecuencias negativas en las distintas áreas de cultivo del país.
Cuartoscuro
Por Siboney Flores
16 de abril, 2019
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Investigadores del Centro de Estudios para el Desarrollo Rural Sustentable y la Soberanía Alimentaria (CEDRSSA) de la Cámara de Diputados advirtieron que, ante los efectos del cambio climático que se viven en el mundo, es necesario modificar los métodos de producción agropecuaria en México.

México sufrirá más que otros países los efectos del cambio climático: expertos

“El cambio climático es un fenómeno difícilmente revisable, que más bien se intensificará en el futuro, por lo que una de las principales recomendaciones para la el sector agropecuario mexicano es desarrollar estrategias de adaptación. Las áreas agrícolas de temporal en México tendrán que adaptarse a un escenario de más temperatura y menos agua; de aquí que las tecnologías de producción actuales y futuras deberán adaptarse bajo condiciones de escasez”, señalaron los investigadores en su más reporte “El cambio climático y el sector agropecuario en México”.

Citando diversas investigaciones que han explorado la magnitud del impacto del cambio climático en el sector, como la de Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC), indicaron que “la agricultura en México puede verse afectada por la presencia de plagas, insectos y eventos meteorológicos extremos a causa” de este fenómeno.

“El incremento de la temperatura afectará el crecimiento de algunos cultivos, sobre todo si aumenta el consumo de agua y la proliferación de plagas”.

No solo eso. A decir de los investigadores del CEDRSSA, el estudio del INEEC detalló que la agricultura en México se presenta en 22 millones de hectáreas del país, es decir, 11 % del territorio nacional; 5.7 millones son áreas de riego y 16.3 de temporal, de allí la importancia de modificar los métodos de producción.

“Como medidas de adaptación para México, América Central y el Caribe (se) propone la gestión integral de suelos y de recursos hídricos, capacitación a los agricultores sobre el cambio climático, el fomento de buenas prácticas agroecológicas, la diversificación de cultivos, incluyendo variedades resistentes y rescate de semillas criollas”.

Además, mencionaron que el documento “México: El sector Agropecuario ante el Desafío del Cambio Climático”, elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la SAGARPA, “proyecta algunos de los impactos del cambio climático en las actividades agropecuarias, estimando a través del impacto de variaciones en la temperatura, precipitación y de la presencia de efectos climatológicos extremos como heladas, sequias, huracanes y lluvias extremas en las diferentes regiones geográficas de México”.

De acuerdo con los expertos del CEDRSSA, la adaptación que se busca “no es algo nuevo”, pues a lo largo de la historia “los seres humanos han adoptado sus prácticas agrícolas para responder a condiciones económicas, sociales y ambientales cambiantes”.

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Ante esto, señalaron que en varias partes del mundo los agricultores han comenzado a implementar algunas medidas de adaptación de bajo costo, “como modificar las fechas de inicio de siembra o cambiar a otra variedad o tipo de cultivo”.

Sin embargo, advirtieron que esas medidas voluntarias no serán suficientes para hacer frente al cambio climático y, por lo tanto, “será necesaria la aplicación de medidas de adaptación planeada que incluyan componentes locales, regionales, nacionales e incluso internaciones. Las medidas de adaptación más efectivas requerirán de un esfuerzo interdisciplinario en el que participen, entre otros, agrónomos, economistas, ingenieros, geógrafos, entre otras especialidades”.

Entre las medidas que propusieron los investigadores, mismas que se han implementado en otros países, se encuentran: aumentar el nivel de conocimiento que los agricultores tienen sobre el cambio climático; mejorar los niveles de educación y las habilidades de las poblaciones rurales; crear e introducir variedades resistentes a la temperatura; generar sistemas de alerta temprana sobre la temporalidad y severidad de las lluvias; fortalecer los sistemas formales e informales de intercambio de semillas; mejorar la infraestructura física; resolver los problemas de falta de acceso al crédito y de falta de seguros agrícolas.

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Las medidas antes mencionadas, indicaron, pueden considerarse como de “adaptación tradicionales”. Pero recientemente se ha empezado a promover una nueva categoría de prácticas de adaptación basadas en ecosistemas, entre las que se encuentran el establecimiento de áreas protegidas y los sistemas de pagos por servicios ambientales.

“La idea básica es que se pueden promover o mejorar las capacidades que los ecosistemas tienen de aislar a las comunidades humanas de los efectos adversos del cambio climático por medio de la provisión de servicios ambientales (un ejemplo típico es la protección ante tormentas y huracanes que los manglares proveen a las poblaciones locales)”.

Indicaron que aun cuando México ha sido promotor y líder mundial en lo que respecta a la instrumentación de políticas públicas, para hacer frente al problema del cambio climático, “la evidencia muestra que los logros obtenidos han sido limitados. Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) del sector agropecuario se han incrementado sustancialmente, como los expertos lo han pronosticado, (por lo que) si no se logran estabilizar las emisiones de GEI, el impacto del cambio climático en la producción agropecuaria y en la vida rural tendrá consecuencias negativas de gravedad”.

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Qué buscaba originalmente la 'Guerra contra las drogas' que declaró EU en 1971
Nixon describió el abuso de drogas como una 'emergencia nacional' y le pidió al Congreso casi US$400 millones de dólares para abordar el problema. Todos estos años y muertos más tarde, Jeffrey Donfeld le contó a la BBC cuál era el enfoque en un principio.
13 de mayo, 2019
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“La adicción a las drogas es el enemigo público número uno de Estados Unidos”.

La frase fue pronunciada por el entonces presidente estadounidense Richard Nixon, en una conferencia de prensa que tuvo lugar en la Casa Blanca en junio de 1971.

De esa manera comenzó lo que se ha conocido como la “guerra contra las drogas”, que ha llevado al gobierno estadounidense a gastar cerca de US$51.000 millones con el fin de combatir la compraventa de sustancias ilegales, a las que consideran un flagelo.

Y que ha hecho que cerca del 22% de la población carcelaria del país esté tras las rejas por delitos relacionados con la tenencia y el consumo de estupefacientes.

Sin embargo, más allá de los resultados y las estadísticas, esta “guerra” en un principio tuvo un enfoque muy distinto al que presenta actualmente.

“Se pensaba más en encontrar al adicto y ayudarlo que en encontrar al adicto y encerrarlo en una cárcel”, le dijo a la BBC Jeffrey Donfeld, un abogado californiano que fue el encargado de liderar la improbable misión de erradicar el consumo de drogas en el país.

Él fue el primer director de la Oficina Especial de Acción para Combatir la Adicción a las Drogas, tal su título formal.

“Era algo que realmente estaba presente en la cultura. Era el tercer tema que más preocupaba a los estadounidenses en aquellos años después de la guerra de Vietnam y la economía”, explicó.

Pero, ¿cómo fue esa primera aproximación de la llamada “guerra contra las drogas”, casi medio siglo atrás?

Emergencia nacional

En su tercer año como presidente, Richard Nixon vio cómo los niveles de adicción a las drogas y la criminalidad aumentaban dramáticamente en el país, por lo que decidió decretar la emergencia nacional y buscar recursos en el Congreso.

En junio de 1971, con un presupuesto cercano a los US$71 millones aprobado por los legisladores, comenzaron los programas para controlar la adicción a las sustancias ilícitas en todo el país.

Uno de ellos contemplaba presionar a otros países como Francia, Tailandia y Turquía para que tomaran acciones en contra de la producción de estupefacientes en sus respectivos territorios.

“Los otros dos fueron quitarle el glamour que estaba asociado a la idea del consumo, que estaba muy extendido en EE.UU. por entonces, y desarrollar un nuevo acercamiento para tratar a los adictos”, relató Donfeld.

Aunque se consumía mucho LSD y marihuana -la cocaína no había hecho su aparición a gran escala todavía-, lo cierto es que la droga que más llamaba la atención era otra: la heroína.

Por esa razón, Donfeld viajó por todo el país visitando centros para el tratamiento de adictos a este potente opioide.

Y aunque se encontró con muchas clínicas donde prevalecía la terapia como enfoque para dejar la adicción, le llamó la atención un lugar en particular: el centro terapéutico Daytop, que tenía sus principales sedes en Nueva York y Washington DC.

Nos dimos cuenta que a los adictos les daban metadona como reemplazo de la heroína“, explicó Donfeld.

“Era algo novedoso en aquellos tiempos. Aunque era una droga, la persona que la consumía, además de estar en terapia, podía ir a trabajar y tener una vida cercana a normal”, explicó el exdirector.

Metadona y racismo

Pero su viaje no solo le reveló este dato, sino que también le mostró que había una fuerte relación entre los crímenes y el consumo de drogas en varias de las principales ciudades de EE.UU.

“En aquellos centros de tratamiento había muchas personas que habían estado en la cárcel”, explicó.

“Y dentro de esa evaluación general que hicimos en el país, recibimos unas cifras que señalaban que las personas que recibían la metadona eran mucho menos proclives a reincidir en el crimen que aquellas que solo asistían a procesos de terapia”, recordó el abogado.

Entonces, Donfeld diseñó una campaña para convertir el uso de la metadona en un asunto nacional.

Pero se topó con varios problemas. Uno de ellos: lo acusaron de que su estrategia era racista.

“Varias entidades indicaron que esa idea, que podía ayudar a reducir los índices de criminalidad, era en realidad una estrategia del gobierno de Nixon para subyugar a las comunidades negras de EE.UU.”, relató.

“Era una acusación falsa. Nuestra intención no solo era reducir el consumo y ayudar a combatir el crimen, sino reducir las muertes por heroína”, se defendió el exfuncionario.

Así las cosas, la ayuda para extender su idea y convencer al presidente Nixon le llegó de donde menos lo esperaba: Vietnam.

Regreso a casa

Por entonces, dos congresistas hicieron un viaje de visita a las tropas estadounidenses desplegadas en Vietnam y, al regreso, reportaron que entre el 10% y el 15% de los efectivos en el terreno eran adictos a la heroína.

Donfeld, enviado por Nixon, se reunió con los generales que, según él, no tenían la menor idea de cómo combatir ese flagelo. Entonces les propuso una idea.

“La propuesta era llevar dos máquinas que podían detectar rastros de drogas en la orina. Y allá les avisaron a los soldados que si se hallaban drogas en las muestras, se iban a demorar una semana más en llegar a casa, porque había que desintoxicarlos”, recordó.

“Nadie quería quedarse una semana más. Así que muchos dejaron de consumir o se sometieron a un tratamiento. Ese fue un enfoque distinto al que existía previamente, que era simplemente enviar ante una corte marcial a quienes fueran sorprendidos consumiendo drogas”.

Lo cierto es que ese enfoque comenzó a aplicarse también en algunas ciudades de Estados Unidos a través de la oficina antidrogas de la que Donfeld era director.

“Al año siguiente los índices de criminalidad se redujeron entre un 20% y un 30% en ciudades como Nueva York y Washington. Creo que era una estrategia válida y efectiva, aunque creo que ha cambiado mucho en los últimos años”, concluyó.

El proyecto fue modificado después de que Nixon -quien había sido el propulsor de la guerra contra las drogas- se convirtió en el primer presidente de EE.UU. en renunciar a su cargo, tras haber sido reelegido en 1972 y por cuenta del encubrimiento en el sonado caso de Watergate.


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