Audiencias, desempleo, indigencia: lo que enfrentan mexicanos que solicitan asilo en EU
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Omar Ornelas / The Desert Sun

Audiencias, desempleo, indigencia: lo que enfrentan mexicanos que solicitan asilo en EU

Los migrantes que solicitan asilo pueden pasar muchos meses detenidos y años de audiencias en la corte antes de lograr que las autoridades estadounidenses otorguen en asilo.
Omar Ornelas / The Desert Sun
Por Rebecca Plevin y Omar Ornelas / The Desert Sun
17 de mayo, 2019
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Una tarde de noviembre, Evelia estaba friendo huevos para la cena cuando sonó el teléfono. La voz al otro lado le dijo que mirara por la ventana.

Cuando se asomó afuera, vio a cuatro hombres en una camioneta negra. Ellos dispararon dos veces al interior de su hogar de un solo cuarto en las montañas del estado mexicano de Guerrero. Ella y sus tres hijos, de 14, 10 y ocho años, huyeron por la puerta trasera. No se llevaron nada con ellos.

“No comimos nada esa noche”, dijo ella.

Por tres meses, los miembros de un grupo criminal habían estado llamándola para exigir que les pagara alrededor de 500 dólares. Ellos también trataron de conseguir que su hijo mayor vendiera drogas en la escuela. Cuando Evelia y su hijo se rehusaron, el grupo amenazó con matarlos,

Ella tomó sus amenazas muy en serio. Cuatro años atrás, en el 2014, el grupo había empezado a amenazar a su esposo, un conductor de transporte colectivo. Un día. Mientras viajaba entre su pueblo y una ciudad cercana, los miembros del grupo detuvieron la camioneta y lo mataron, dijo ella.

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María camina por el centro de Los Ángeles después de presentarse en la corte de inmigración. Ella huyó de la violencia en el estado de Guerrero en 2017 y buscó asilo en los Estados Unidos.

“Cortaron su cuerpo en pedazos”, dijo Evelia, haciendo un movimiento de aserramiento en sus muñecas y rodillas. Dijo que ellos dejaron los pedazos de su cuerpo y su vehículo quemado sobre la carretera. Dijo que estaba demasiado asustada de las represalias como para reportar el crimen.

Aunque México es un país grande— alrededor de tres veces el tamaño de Texas- Evelia pensaba que los miembros del cártel la encontrarían donde quiera que fuera. Había escuchado de otras personas de su pueblo que habían huido de las amenazas de extorsión, secuestro y muerte buscando asilo en los Estados Unidos. Ella y sus hijos viajaron a Tijuana, uno de los principales puertos de entrada entre los dos países, para hacer lo mismo.

A lo largo del año pasado, la atención internacional se ha enfocado en la frontera México-Estadounidense mientras que miles de migrantes centroamericanos viajaban rumbo a Tijuana, muchos de ellos en el intento de solicitar asilo. El presidente Donald Trump envió a la guardia nacional y al ejército a la frontera y se refirió a los migrantes como “criminales”.

La administración también ha puesto en vigor políticas para disuadir a los solicitantes de asilo, tales como los Protocolos de Protección a Migrantes, que fueron hechos efectivos por primera vez en Enero. Cuando estén completamente implementados, la política requerirá que casi todos los solicitantes de asilo esperen en México, en lugar de hacerlo en Estados Unidos, hasta que los jueces de migración decidan sobre sus casos. Varios grupos han interpuesto una demanda en una corte federal para retar la política.

Oscurecidas por las controversias a lo largo de la frontera, sin embargo, están las experiencias de otro grupo significativo de solicitantes de asilo. El número de casos de asilo mexicanos adjudicados por las cortes migratorias de Estados Unidos se ha incrementado en más de dos y media veces desde el año fiscal 2014.

De acuerdo con Amnistía Internacional, las personas de nacionalidad mexicana conformaban el 80% de los solicitantes de asilo en Tijuana antes de que llegara ahí la caravana migrante en noviembre. Un portavoz de los Servicios de Inmigración y Naturalización de los Estados Unidos dijo que la agencia recolecta las direcciones anteriores de los solicitantes de asilo, pero que no retiene esta información en ninguna base de datos. Pero los operadores de refugios para migrantes en Tijuana dijeron que han visto un pronunciado incremento en las familias que buscan asilo provenientes de Guerrero y Michoacán, que han sido golpeados particularmente duro por la violencia relacionada con la guerra contra el narco en curso en la nación.

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Los solicitantes de asilo en Tijuana generalmente esperan más de un mes para obtener una entrevista con un agente de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos.

Los solicitantes mexicanos de asilo están exentos de la política de los Estados Unidos  que requiere que los solicitantes esperen en México a que un juez se pronuncie sobre su reclamo. Aunque a algunos se les otorga la entrada inicial a los Estados Unidos., ese pasaje es solo el comienzo de un larga estancia en el limbo.

The Desert Sun siguió a tres mujeres de Guerrero— Evelia, Rosa y Romina— a través de distintas partes de su proceso de asilo. Sus experiencias proveen un vistazo al interior de cómo funciona el proceso detrás de las puertas de los refugios y centros de detención para migrantes y de las puertas cerradas de las cortes migratorias. Por ejemplo:

  •   Evelia esperó por cinco semanas en un refugio para migrantes de Tijuana para encontrarse con un oficial de asilo de los Estados Unidos.
  •   Rosa y su hija estuvieron detenidas por tres días en San Ysidro. Ahora viven en el condado de Orange y Rosa todavía no puede solicitar autorización para trabajar.
  •   Romina, una mujer transgénero, estuvo detenida por siete meses, con hombres, en Otay Mesa. Ha esperado por más de un año para poder solicitar un permiso de trabajo y ahora enfrenta la indigencia.

Estas mujeres enfrentan largas esperas para que los jueces decidan sus destinos. Hasta el año fiscal 2019, que empezó el primero de octubre del 2018, el caso promedio en las cortes migratorias de los Estados Unidos permanecía pendiente por casi dos años.

Y sus probabilidades de ganar asilo han sido históricamente bajas. Alrededor del 13% de los mexicanos solicitantes de asilo en el 2018 lo obtuvieron, un porcentaje menor que para los solicitantes de asilo de Honduras, Guatemala y El Salvador. Aquellos a los que el asilo les fue negado o bien fueron deportados u obtuvieron otra forma de alivio, tal como la suspensión de la remoción, que previene la deportación pero no lleva a residencia legal permanente ni provee alivio para otros miembros de la familia.

Mientras tanto, Evelia, Rosa y Romina esperan en situaciones precarias y vulnerables, lejos de los hogares que abandonaron en México, y muy lejos de saber si un juez les otorgará refugio en los Estados Unidos.

En Tijuana, la gente toma un número y espera

Cuando Evelia y sus tres hijos llegaron a Tijuana a mediados de noviembre, se fueron directamente a la garita de El Chaparral para registrarse. En una plaza adyacente a la frontera, ella añadió su nombre y lugar de origen— Guerrero— a una lista en un cuaderno desgastado. Evelia recibió un número, que determinaría cuándo un oficial de migración de Estados Unidos procesaría a su familia para procedimiento de asilo.

Una vez que Evelia recibió su número, ella y sus hijos se dirigieron al Instituto Madre Asunta, un refugio para mujeres y niños migrantes. El refugio tiene habitaciones, pero no se le permite a las personas permanecer en ellas durante el día, así que pasan el tiempo en el patio del refugio, que tiene un marco para columpios sin columpios, un par de árboles, mesas de picnic y  bancas. Los migrantes cocinan tres comidas comunales cada día en la cocina del refugio. La ropa lavada cuelga de todos los puntos posibles.

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En Tijuana los solicitantes de asilo más pobres pasan su tiempo en refugios donde lavan la ropa y comen comidas comunitarias.

Mientras esperan en Tijuana, los solicitantes de asilo pasan la mayor parte de su tiempo detrás de las puertas del refugio. Los chicos van a la escuela en el mismo lugar. Médicos y psicólogos tienen horarios de oficina. Los abogados aconsejan a las mujeres sobre sus casos de asilo. Los voluntarios donan ropa para las familias, muchas de las cuales vienen de climas más cálidos y no trajeron chamarras.

Dirigido por monjas católicas, la capacidad del refugio es supuestamente de 45 personas, pero el número de residentes creció a veces hasta 160 en 2018, según Mary Galván, una trabajadora social ahí. Ella dijo que aproximadamente tres cuartas partes de las personas que buscaron refugio allí en 2018 eran de México, principalmente de Guerrero y Michoacán. Dijo que las mujeres solicitantes de asilo de Guerrero típicamente provienen de trasfondos humildes, de trabajadores agrícolas.

“La pobreza los ha hecho tan fuertes y tan vulnerables a la vez”, dijo Galván.

Para mediados de diciembre, Evelia y sus hijos habían estado esperando en el refugio por cinco semanas. La navidad se aproximaba y Evelia esperaba que su número fuera marcado cualquier día. Temblando en el patio del refugio en una sudadera de lana negra, pantalones rojos y chanclas, metió las manos en sus bolsillos y bromeó con que estaba practicando para las celdas en la garita de entrada, que los migrantes llaman hieleras, porque los rumores dicen que son heladas. Dijo que tiene la esperanza de no pasar mucho tiempo ahí.

Hablaba quedito, en frases cortas, mientras describía por qué estaba huyendo de México. Pero se volvió más locuaz al describir Houston, a donde esperaba ir si era liberada en los Estados Unidos. Evelia dijo que tiene una prima allá que ofreció alojarlos a ella y a sus hijos.

“Dicen que es realmente bonito allá”, comentó. Añadió que su prima le dijo que la ciudad tiene muchos parques. Dijo que estaba emocionada por comprar tenis y probar comidas nuevas.

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En noviembre de 2018, Yovani, un migrante que viajó desde Michoacán a Tijuana, lee en voz alta los nombres de los solicitantes de asilo que serán entrevistados por funcionarios de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos ese día.

Mencionando la comida china, dijo, “la he probado, pero dicen que es mejor allá”. Dijo que tiene sueños para el futuro de su familia en los Estados Unidos. Ella cursó hasta el tercer grado en la escuela. Ella quiere que sus hijos reciban una mejor educación. Dijo que quiere comprar una casa.

“Lo más importante es ser la dueña de tu propia casa”, dijo.

Tras la detención, el retraso de la corte de inmigración

A diferencia de Rosa, que pasó tres noches detenida, Romina, una solicitante transgénero de asilo de Guerrero, pasó siete meses en un centro de detención del ICE, donde estuvo detenida con hombres. A veces, dijo ella, estaba tan desesperada por salir de la detención que consideró abandonar su reclamo. Encerrada y sintiendo que estaba siendo tratada como una delincuente, perdió más de 18 kilos.

“Regresar a mi país sería regresar a una sentencia de muerte”, dijo. “En ese momento, no sabes que sería mejor; el encierro o la muerte”.

En Guerrero, los grupos criminales publican listas de potenciales víctimas en Facebook y WhatsApp, usando apodos y lenguaje crudo para describir a sus blancos. Un grupo criminal amenazó a su padre dos veces, poniéndolo en las listas de blancos publicadas en las plataformas, dijo, y lo acusaron de trabajar para el grupo rival.

En junio del 2017, el padre de Romina fue levantado. Después de su desaparición, dijo Romina que alguien la llamó y le advirtió que “lo mismo que le pasó a él le pasaría a toda mi familia”. Días más tarde, las hermanas de Romina encontraron a su padre muerto cerca de Chilpancingo, la capital del estado, donde sus captores lo habían arrojado en una hondonada, con sus manos y tobillos amarrados juntos detrás de su espalda.

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Rosa, una solicitante de asilo de Guerrero, fue detenida por tres noches en San Ysidro, California antes de ser liberada con un grillete electrónico conectado a su tobillo. Ha llevado el monitor durante casi tres meses mientras espera una audiencia con un juez federal de Estados Unidos.

Las amenazas continuaron después de la muerte de su padre, dijo Romina. Hombres que ella sospecha estaban asociados con un grupo criminal se paraban en la calle y observaban su casa familiar, dijo. Tres días después del hallazgo del cuerpo de su padre, Romina huyó de Guerrero. Ella creía que los grupos criminales la rastrearían, sin importar a dónde fuera.

“Yo no sabía absolutamente nada acerca del asilo”, dijo Romina. “Yo sólo sabía que quería entrar al país para salvar mi vida”

Romina fue detenida en la garita de entrada de El Chaparral y transferida a un centro de detención del ICE en Otay Mesa, una comunidad justo al norte de la frontera.

Conoció a otras mujeres transgénero en el encierro, que la presentaron con abogados de organizaciones que apoyan a los solicitantes transgénero de asilo. Ella tenía la esperanza de que la ayudaran, pero le dijeron que su caso no era lo suficientemente fuerte para garantizarle la representación pro bono. Así que decidió defenderse a sí misma en su caso de asilo. Desde su encierro, estudió la legislación migratoria de los Estados Unidos y armó su caso.

“Tengo que pelear con uñas y dientes, porque quiero salvar mi vida”, dijo.

El 30 de enero del 2018, un juez estuvo de acuerdo en liberarla bajo palabra, ya que no podía pagar la fianza. Ella dejó Otay Mesa al día siguiente. Asegurada a su tobillo, había un monitor GPS, que llevó por cinco meses.

“Te sientes viva”, dijo acerca del día en que fue liberada. “Sientes que ya no tienes que temer, te sientes viva y sientes que vas a estar bien”.

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Rosa y su hija Sofía, ambas originarias del estado de Guerrero, pasaron cinco semanas en un albergue para migrantes en Tijuana antes de poder ser consideradas como posibles refugiadas en Estados Unidos.

Romina dijo que representantes de un grupo que apoya a solicitantes transgénero de asilo, llamado Las Crisantemas, la recogió afuera del centro de detención. La llevaron a una casa en Orange County que rentaron para albergar a mujeres transgénero. Romina dijo que vivió ahí por cuatro meses.

Para agosto, Romina estaba viviendo en un parque de casas móviles en Santa Ana, con asistencia de renta coordinada por Las Crisantemas. Ella había transferido su caso de asilo de la corte migratoria de Otay Mesa a la corte de Los Ángeles y estaba esperando ansiosamente su primera presentación en L.A., programada para el 14 de diciembre. Mientras que los solicitantes de asilo pueden solicitar un permiso de trabajo 150 días después de completar su solicitud de asilo, Romina dijo que el reloj se detuvo para su solicitud, a los 80 días, cuando dejó Otay Mesa. Ella tuvo que esperar hasta la audiencia de diciembre en Los Ángeles — más de diez meses después de dejar el encierro — para que comenzara a andar de nuevo. Después de eso todavía tendría que esperar hasta marzo para solicitar un permiso de trabajo.

Romina encontró un abogado que estuvo de acuerdo en tomar su caso por $2000 dólares. Acordaron que Romina pagaría la tarifa en entregas, una vez que obtuviera un permiso de trabajo. La inmigración es un asunto civil, así que igual que en las cortes familiares o de bancarrota, el gobierno no provee abogados.

Los resultados del proceso de asilo varían significativamente dependiendo de que la gente tenga abogados. Entre el 2012 y el 2017, alrededor del 83% de las solicitudes de asilo de mexicanos  representados por un abogado fueron negadas, en tanto que cerca del 97% de las solicitudes de asilo de mexicanos sin representación fueron negadas, de acuerdo con los datos del TRAC.

El 14 de diciembre, a las 8:30 a.m., 11 meses después de su liberación, Romina se presentó en la corte en el 16° piso de un edificio de oficinas en el centro de Los Ángeles. La sala estaba rebosante de gente que esperaba ver a un juez federal de inmigración así que ella se apretujó en una banca de madera y se distrajo con su teléfono celular por más de tres horas, hasta que su caso fue llamado.

Vestida con pantalones de mezclilla y zapatillas blancas con detalles dorados, declaró su nombre legal y masculino y le pidió al juez que la llamara Romina.

Para ganar asilo, la gente debe probar que ha sufrido persecución, o que teme que sufrirá persecución futura, por causas de raza, religión, nacionalidad, opinión política o membresía en un grupo social particular. Cuando el presunto perseguidor no está afiliado con el gobierno, la gente debe mostrar que el gobierno del país no tiene la voluntad o es incapaz de protegerlos.

El abogado de Romina proveyó al juez con documentos nuevos: una forma enmendada I-589, la solicitud de asilo, y un reporte actualizado de condiciones del país, que proveen al juez con la información de fondo acerca de las condiciones generales y el estado de los derechos humanos en el país de origen del solicitante de asilo. Los reportes pueden consistir de artículos en la prensa y reportes producidos por el gobierno y las ONGs, entre otros documentos.

El abogado de Romina compartió la evidencia de la amenaza de muerte más reciente que ella había recibido. En el otoño, el nombre de Romina apareció en una lista de blancos en WhatsApp. “Te vamos a encontrar”, escribieron ellos en mayúsculas, llamándola por su nombre masculino y una ofensa homofóbica. El abogado también compartió información sobre otra mujer transgénero, una amiga de Romina, a la que le dispararon en su casa en Guerrero.

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Evelia, una solicitante de asilo proveniente del estado de Guerrero, ayudó a preparar comidas comunitarias y lavó los platos en el Instituto Madre Asunta, un refugio para mujeres y niños.

El juez programó la siguiente cita en la corte de Romina, una audiencia individual, para noviembre del 2020, casi dos años más tarde. La audiencia completa tomó seis minutos.

“Fue mucho esperar sólo para que pudieran darme una fecha en la corte” dijo Romina afuera del edificio de oficinas.

Romina pareció desinflarse. Sabía que no podía ser deportada, pero estaba frustrada de que no podía todavía acceder a beneficios médicos o a un permiso de trabajo. Bromeó con que podía acelerar el proceso si se casara con un ciudadano estadounidense.

Para febrero, la situación de Romina se había vuelto más crítica. Todavía no calificaba para un permiso de trabajo. La casa móvil donde había estado viviendo fue vendida. Tuvo que salirse a principios de enero y desde entonces no ha tenido un lugar estable. Sin un ingreso, ha tenido que depender de las mujeres transgénero que conoció durante su detención para tener vivienda y apoyo.

“Al final, valió la pena estar encerrada, porque conocí a estas personas que están ayudándome”, dijo.

Romina, siempre resiliente, tiene planes para lo que hará si gana asilo en los Estados Unidos. Dijo que quiere crear una organización que proveería albergue seguro para solicitantes transgénero de asilo, para esos momentos cuando no sabes lo que vas a hacer, porque no tienes un lugar para vivir, no tienes trabajo y no tienes dinero”.

La meta, dijo sería que “otra persona no pase por lo que estoy pasando yo”.

Romina tendrá que esperar hasta que un juez decida sobre su reclamo de asilo para poder continuar con su sueño. Probablemente esperará por mucho tiempo.

 

ACERCA DE ESTA SERIE

La reportera Rebecca Plevin y el fotoperiodista Omar Ornelas, del Desert Sun viajaron dos veces a Guerrero, México, para el reportaje de este proyecto. Pasaron cuatro días reporteando en guerrero en agosto; regresaron en octubre y pasaron dos semanas más reporteando en el estado, con el apoyo del Centro Pulitzer para el Reportaje de Crisis. También pasaron cuatro días en Oregón con una familia guerrerense solicitante de asilo en diciembre y más de una semana en Tijuana, entrevistando migrantes guerrerenses, a lo largo del otoño. Los reporteros condujeron todas las entrevistas con los migrantes y solicitantes de asilo en español y tradujeron sus citas para su narración. Algunos de los sujetos citados en este proyecto otorgaron las entrevistas a condición de que el Desert Sun no use sus nombres o fotografíe sus caras, debido a razones de seguridad

 

EL EQUIPO DETRÁS DE ESTA INVESTIGACIÓN

Reporteo e investigación: Rebecca Plevin, Omar Ornelas

Edición: Evan Wyloge, Kate Franco, Julie Makinen, Matt Solinsky

Fotografía: Omar Ornelas

Vídeos: Omar Ornelas, Bernardo Torres, Ricardo Ariza, Eric Chavelas

Edición de Vídeo: Vickie Connor, Scott Hall

Gráficos e ilustraciones: Veronica Bravo, James Sergent, Ramon Padilla

Producción y desarrollo digital: Annette Meade, Spencer Holladay, Andrea Brunty, Ryan Marx

Medios sociales, compromiso y promoción: Brian De Los Santos, Mary Bowerman

Traduccion: Andres Ocampo

Nota del editor: Varios de los sujetos que aparecen en estas historias nos otorgaron las entrevistas con la condición de que The Desert Sun no publicara sus nombres o fotografiara sus rostros, por razones de seguridad. Los reporteros condujeron todas las entrevistas con los solicitantes de asilo y migrantes en español, y tradujeron sus citas para este reportaje. Más acerca de esta serie.

 

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Qué es el Síndrome de Ulises y cómo afecta a los migrantes

La sintomatología de este síndrome que padecen muchos migrantes puede confundirse con depresión o estrés postraumático y no tratarse bien.
6 de agosto, 2022
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“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza”, decía el poeta argentino Juan Gelman.

Sin embargo, en el mundo hay alrededor de 281 millones de migrantes internacionales (el 3.6 % de la población), según los datos de 2020 de la ONU.

Hay quienes emigran porque así lo desean, pero también quienes se ven obligados a ello. A finales de 2019, las personas desplazadas a la fuerza eran más de 79.5 millones según ACNUR.

Sea algo elegido o no, los migrantes, con las raíces a miles de kilómetros, puede que nos sintamos como decía Gelman: como una “planta monstruosa”. Y habrá circunstancias en nuestra llegada a destino que suavizarán esa condición o la empeorarán.

Y esto, sin duda, puede repercutir en nuestra salud mental.

En la frontera entre la salud mental y el trastorno

El psiquiatara español Joseba Achotegui trabaja con temas relacionados con migración en la Asociación Mundial de Psiquiatría, de la que es secretario. A partir de 2002 empezó a ver que algo cambiaba. “Se cerraron las fronteras, empezaron políticas más duras contra la migración, la gente dejó de tener acceso a papeles, había una enorme lucha por la supervivencia”, cuenta a BBC Mundo.

Y esto se reflejó en cómo acudían los pacientes a su consulta: “Estaban indefensos, asustados, sin poder salir adelante”.

En concreto, vio que muchos migrantes que viven situaciones difíciles presentaban “un cuadro reactivo de estrés muy intenso, crónico y múltiple”.

Achotegui le puso nombre: Síndrome de Ulises.

Aclara el psiquiatra que esto no es una patología, ya que “el estrés y el duelo son cosas normales en la vida”, pero sí remarca la peculiaridad del síndrome que deja al migrante, de nuevo, en la frontera. Pero esta vez entre la salud mental y el trastorno.

Duelo migratorio vs. síndrome de Ulises

Normalmente asociamos la palabra “duelo” al sentimiento tras las muerte de un ser querido. Los psicólogos lo relacionan con cualquier pérdida que tenga el ser humano, como dejar un trabajo, la separación de una pareja o cambios en nuestro cuerpo.

“Cada vez que experimentamos un pérdida, tenemos que acostumbrarnos a vivir sin eso que teníamos y adaptarnos a la nueva situación. Es decir, hay que elaborar un duelo”, explica la psicóloga experta en duelo migratorio Celia Arroyo.

Así, el duelo migratorio está asociado a este gran cambio en la vida de una persona. Pero tiene características que lo hacen especial, ya que es un duelo “parcial, recurrente y múltiple”.

Paisaje de Caracas

Getty Images
Se puede sufrir duelo por el habla, las costumbres… O por el paisaje.

Parcial porque no es una pérdida total como ocurre con la muerte de alguien; recurrente porque con cualquier viaje, comunicación con el país o echar un simple vistazo a una fotografía en instagram puede reabrirse; y múltiple porque no es solo una cosa la que se pierde, sino muchas.

Joseba Achotegui agrupó estas pérdidas en 7 categorías. La más evidente suele ser la pérdida de la familia y los seres queridos. También está la pérdida de estatus social, algo que, dice Arroyo, suele pasar por la condición de migrante pero si, además, “el país de origen es xenófobo, supone una gran adversidad”.

Otro duelo que el migrante pasa es el de la pérdida de la tierra. Por ejemplo, extrañar un paisaje montañoso o los días llenos de sol.

Se suma el duelo del idioma, que será más fuerte en la medida en que se migre a un país con otra lengua. Puede ser una verdadera barrera para, por ejemplo, hacer un trámite burocrático y mandar un simple correo electrónico.

Por último, está la pérdida de los códigos culturales, que puede significar algo tan sencillo como no tener con quién “echar un pie” y bailar salsa o con quien compartir un mate.

Y, asociado a esto, y como último duelo, está la pérdida de contacto con el grupo de pertenencia, con aquellos con quien podemos hablar en los mismos códigos, que entenderán nuestros modismos y forma de ver la vida.

El síndrome de Ulises es cuando, además de tener que pasar estos siete duelos normales para un migrante, se hace en condiciones difíciles, explica Achotegui.

Ilustración persona migrante con preocupaciones a su alrededor.

BBC MUNDO
Hay varios detonantes que pueden estresar a una persona en el país de acogida.

Cuáles son los detonantes

“Cuando hay dificultades o se rechaza a la persona en la sociedad de acogida puede darse este síndrome”, explica Guillermo Fauce, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de Psicología sin Fronteras.

No es lo mismo llegar a un país nuevo con un trabajo ya estable que sin nada en firme; tener o no un techo y comida asegurados, entrar ya con visa o con un estatus legal por definir. Tener o no ciertas condiciones suma puntos y estrés.

El rechazo que puede tener más impacto es no tener papeles o no poder acceder a determinados recursos”, dice el psicólogo.

A su vez, Achotegui explica que esta situación hace que los migrantes no puedan salir adelante y genera tensión y problemas de supervivencia, otro detonante más.

Al coctel puede sumarse el no tener personas a nuestro alrededor que nos brinden apoyo, no solo material (donde vivir, comer, dormir), sino también emocional. “Muchos migrantes sufren situaciones de soledad, están aislados”, remarca Achotegui.

Fauce señala que también hay un apoyo simbólico que, de no darse, es otro detonante más. Se trata de que el entorno del migrante entienda y reconozca su condición, “que está pasando por un situación complicada, transitando muchos duelos y que se le permita un periodo de transición en la sociedad de acogida”.

Dos hombres en una fiesta.

Getty Images
Los expertos recomiendan hacer lazos con nuestra comunidad pero también con la sociedad de acogida.

A veces puede pensarse que “lo peor” ha pasado tras cruzar una frontera en malas condiciones, pero, en el país de acogida, la sensación de indefensión, de estar sin derechos y los posibles abusos laborales y sexuales pueden dar lugar a un cuarto detonante: el miedo.

Los expertos consultados añaden que esta situación de vulnerabilidad que puede dar lugar al síndrome de Ulises se hace mayor cuando se es mujer.

Qué nos puede pasar y cuándo estar alerta

Los síntomas pueden ser los mismos, dice Achotegui, que podemos tener cuando pasamos una mala época: dormimos mal, nos cuesta relajarnos, dolores musculares o de cabeza, enfado, nerviosismo, tristeza.

Fauce señala que, por un lado, se puede entrar en una suerte de estado depresivo y de tristeza, de encerrarnos en nosotros mismos y, por otro, estar hiperactivos y ansiosos, algo que al final nos va a quitar energía.

Esto puede hacer que el síndrome de Ulises se confunda con otras enfermedades mentales como depresión o estrés postraumático y que trate de medicalizarse.

Pero, en este caso, cuando se solucionan los obstáculos que dieron lugar al síndrome (hay trabajo, cierta estabilidad, menos estrés, etc,), desaparece.

“Si se sigue adelante, se consigue trabajo y hay una cierta estabilidad pero sigue habiendo síntomas, ahí hay algo más que evaluar y hay que intervenir de otra manera, porque puede que haya otra cosa ya del plano psiquiátrico, como un cuadro depresivo”, sostiene Achotegui.

Grupo de mujeres jugando al fútbol.

Getty Images
Hacer ejercicio y juntarse con la comunidad de origen pueden ayudar a bajar el estrés.

Así, cuando el malestar se convierte en permanente o impide que hagamos nuestra vida, hay que prender las alarmas. Otras muestras de alarma que señala Fauce son si aparecen ataques de ira, nuestras relaciones personales se ven afectadas o “se cogen atajos, como consumir drogas, alcohol, hay gastos desmesurados o se hacen deportes de riesgo”.

Qué hacer y qué no hacer

“Es fundamental crear una red de apoyo social, estar en contacto con otros inmigrantes y compartir vivencias”, señala Celia Arroyo. Para esto es bueno buscar migrantes de nuestra nacionalidad o grupos de apoyo específicos donde vivamos.

Al respecto, Achotegui dice que esto hace que haya “menos riesgo de trastorno mental”, pero quedarse muy anclado con nuestra comunidad puede hacer que se prospere menos. “Si no te metes en la sociedad de acogida, costará progresar. Es un equilibrio”.

Al final se trata de mantener “la raíz” con agua, pero no olvidarnos de nuestras hojas, del lugar donde reciben el sol.

También recomienda Achotegui hacer ejercicio y actividades que bajen el estrés.

Fauce remarca que “los cortes radicales no funcionan, ni las decisiones drásticas” ya sea respecto al país de origen o al de acogida y a las relaciones creadas en ambos.

Arroyo señala que, aunque es complicado dar un tiempo preciso, si tres meses después de haber conseguido una estabilidad el sufrimiento que sentimos no ha disminuido, es buen momento para pedir ayuda psicológica.

Qué pueden hacer los demás

La sociedad de acogida juega un papel importante, pero quien no ha vivido esta situación puede que no entienda qué implica el duelo migratorio ni el estrés sostenido que deriva en el síndrome de Ulises. Esto puede hacer que no sepamos cómo ayudar, qué decir o hacer.

Celia Arroyo recomienda que el entorno permita a quien esté esta situación que se exprese libremente y pueda hablar de qué le pasa y cómo se siente.

“Es importante no minimizar su sufrimiento ni generar falsas esperanzas” ante un futuro que es incierto cuando, por ejemplo, hay una visa o un trabajo que no llega.

Como en cualquier duelo, hay que evitar frases del estilo “ya se te pasará”, “no es para tanto”, “eso son miedos tuyos” o “todo saldrá bien”.

Achotegui sugiere ni compadecer ni victimizar: “Hay que acercarse con respeto, incluso con cierta admiración. El migrante es una persona fuerte, alguien que está yendo hacia adelante”.

A la vez, es importante respetar su cultura, mentalidad y cosmovisión.

Si nos cuesta conectar emocionalmente con alguien en esta situación, Fauce recuerda que todos hemos sufrido alguna pérdida y que es un buen ejercicio conectar con la emoción que tuvimos para empatizar con el migrante. Y pensar que, como escribió la uruguaya Cristina Peri Rossi, emigrar, partir al fin, es siempre partirse en dos.


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