Reducir 53% la corrupción que sufren los ciudadanos, meta del plan de AMLO
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Reducir 53% la corrupción que sufren los ciudadanos, meta del plan de AMLO

El PND señala que la corrupción afecta el presupuesto público, daña la confianza de los ciudadanos en sus gobernantes, e impacta en la economía.
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2 de mayo, 2019
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“La corrupción junto con la impunidad es el principal problema del país”, sentencia el nuevo Plan Nacional de Desarrollo (PND) 2019-2024, entregado por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador a la Cámara de Diputados.

Bajo esa premisa, el combate a la corrupción y la mejora de la gestión pública es uno de los tres ejes transversales establecidos para guiar todas las acciones que se tomen durante este sexenio.

En específico, el Plan tiene dos indicadores con los que quiere medir cuánto se avanzará en los siguientes seis años contra este problema: uno referente a la percepción de los ciudadanos sobre el funcionamiento del gobierno, y otro sobre qué tanto son víctimas.

En este sentido, la propuesta es que de 14 mil 635 personas (15 % de la población adulta) que dijeron haber sufrido un acto de corrupción haciendo un trámite durante 2017 (según mediciones del INEGI), en 2024, al terminar el mandato de López Obrador, solo declaren haber pasado corrupción 6 mil 878 ciudadanos. Es decir, una reducción del 53 %.

El otro indicador, sobre percepción, toma como base que en 2018 el 86.5 % de mexicanos dijo percibir que hay prácticas de corrupción en el Gobierno Federal. La meta, en ese caso, es que al cerrar el sexenio solo opine eso el 22 % de la población, es decir, casi 65 puntos porcentuales menos.

El PND recuerda que en el Índice de Percepción de la Corrupción que elabora Transparencia Internacional, México está en el lugar 138 de 180 países. También lamenta que según los cálculos del INEGI, seis de cada 10 empresas pagaron sobornos para agilizar trámites y gastaron en total 1.6 mil millones de pesos en ello, mientras que la población en general pagó 7.2 mil millones en actos de corrupción.

El PND reconoce que la corrupción tiene consecuencias en varios ámbitos, desde afectar el presupuesto público, dañar la confianza de los ciudadanos en sus gobernantes, hasta impactar en la economía. “Por ejemplo, el Reporte de Competitividad del Foro Económico Mundial 2017-2018 señala a la corrupción como el principal inhibidor de inversión en México”, señala.

La impunidad y los privilegios de los servidores públicos

De 2012 a 2016, expone el documento, aumentó en 50 % el número de denuncias contra servidores públicos, según la Secretaría de la Función Pública (SFP). En 2018, agrega, se abrieron 14 mil 752 expedientes de responsabilidad administrativa, pero solo 5 mil 136 derivaron en sanciones (34.8 %), y de esos, solo en tres de cada 10 casos fue suspendido el funcionario acusado.

“La prevalencia de actos de corrupción no se entiende sin el acompañamiento de altos niveles de impunidad. La impunidad no solo desincentiva el reporte de actos de corrupción, sino que profundiza la falta de credibilidad en el gobierno”, afirma.

Para acabar con esto, señala, es que se está legislando para tipificar la corrupción como delito grave y quitar el fuero a los altos funcionarios, y se propondrá al Congreso una Ley Federal de Combate de Conflictos de Interés. También se amplió a todos los servidores públicos la obligación de presentar sus declaraciones patrimonial y de intereses.

El PND deja claro que solo los secretarios de Estado podrán tener un vehículo oficial y chofer, y que solo se asignará escoltas quienes sí requieran medidas de seguridad por la naturaleza de su trabajo.

“Los lujos, los dispendios y la opulencia que caracterizaban el ejercicio del poder han llegado a su fin. El gobierno actual está decidido a eliminar los privilegios y prebendas de que han disfrutado los funcionarios de nivel alto y medio y pondrá fin a la contratación generalizada e indiscriminada de personal de confianza, a la asignación abusiva de oficinas, vehículos, mobiliario, equipos de comunicación y viáticos; al pago con cargo al erario de seguros de gastos médicos; a los presupuestos para fiestas y banquetes y a los viajes sin sentido”, puntualiza.

Las empresas y las contrataciones públicas

El PND asegura que la corrupción es una forma extrema de la privatización, porque implica transferir dinero y bienes públicos a particulares. Culpa de esto, además, como en varias ocasiones ha hecho el presidente López Obrador, al neoliberalismo.

Por ello anuncia, como una de las medidas del nuevo gobierno, la prohibición de las adjudicaciones directas en las compras de gobierno.

“Ya no se privilegiarán empresas, por lo que se favorecerá la libre competencia y concurrencia; además se garantizará que la infraestructura sea de calidad y se concluya sin mayores demoras, y se eliminará la sobrerregulación que abre espacios a la corrupción y desincentiva la innovación y la creación de nuevas empresas”, asegura.

Para el gasto del dinero público, el Plan Nacional de Desarrollo establece cinco nuevos criterios: el primero, identificar ineficiencias en la gestión pública y riesgos de corrupción para reducir la discrecionalidad con la que se pueden tomar decisiones y usar los recursos. En segundo lugar promete aprovechar las tecnologías disponibles para que haya mayor transparencia y rendición de cuentas.

Otro criterio que promete seguir es hacer evaluaciones y seguimientos constantes para simplificar normas, trámites y servicios. También seguir altos estándares en el análisis de costos para todo proceso de contratación, y garantizar que los contratos se hagan en los mejores términos para el Estado, sin colusión con el sector privado.

Por último, hace referencia a los programas de desarrollo social, y promete la integración de padrones claros que eviten la malversación de recursos o el condicionamiento político de las ayudas.

Las estrategias contra la corrupción

El gobierno resumió en ocho puntos las estrategias que planea seguir para cumplir con el objetivo de prevenir y combatir la corrupción y la impunidad (objetivo 1.8 del PND):

1.- En primer lugar, destaca la ciudadanización del combate a la corrupción, y promete la utilización de mecanismos de contraloría, fiscalización y rendición de cuentas.

2.- En el segundo punto, se compromete a aplicar y evaluar la Política Nacional Anticorrupción, aprobada en diciembre de 2018 por el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA), un organismo de participación ciudadana y de instancias del gobierno. El compromiso es, además, que la Administración Pública adopte todos los programas, acciones y acuerdos que determine el SNA.

3.- Promover que haya coordinación entre el poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, y entre los niveles de gobierno municipal, estatal y federal, para aplicar instrumentos contra la corrupción y la impunidad.

4.- Promete usar la inteligencia para identificar riesgos de corrupción y prevenirlos mediante el aprovechamiento de la información de la Plataforma Digital Nacional, para lo cual promoverá una estandarización de los datos y que haya interoperabilidad en los sistemas.

5.- El quinto punto hace referencia a estándares internacionales, ya que se compromete a aplicar realmente las medidas anticorrupción que hay en acuerdos internacionales que ha firmado el Estado mexicano, e incluso promete que se buscará suscribir otros que todavía no se hayan firmado.

6.- En sexto lugar, el Plan asegura que se combatirá la impunidad de quienes cometen actos de corrupción en el gobierno, con acciones como identificar conflictos de interés, castigar faltas administrativas, o atender las denuncias ciudadanas.

7.- En este punto se refiere a la ética e integridad de los servidores públicos, y asegura que se promoverá la mejora continua en el desempeño de sus funciones, la evaluación de los programas y políticas públicas, la implementación de un sistema más transparente para adquisiciones, obras públicas y arrendamientos, y la simplificación administrativa.

8.- Por último, asegura que se fortalecerá la profesionalización de los servidores públicos y su sensibilización en derechos humanos, perspectiva de género y no discriminación.

El PND retoma, además, en un decálogo de propuestas hechas por la gente en el foro nacional para la elaboración del Plan, la sugerencia de que se cree una plataforma para denuncias anónimas de los ciudadanos de casos de corrupción, en la que se pueda dar seguimiento y verificar qué pasó con una denuncia, sin poner en riesgo al denunciante.

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Dominio público

El papa que decretó un confinamiento y salvó a Roma de la peste en el siglo XVII

Hace 400 años Alejandro VII ordenó unas medidas sanitarias que, según los investigadores, hizo que una epidemia de peste tuviera una baja letalidad en la que es hoy la capital de Italia.
Dominio público
18 de abril, 2021
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Era un intelectual, un aficionado al arte y la arquitectura, doctor en filosofía, teología y derecho. Cuando el italiano Fabio Chigi (1599-1667) se convirtió en el papa Alejandro VII, ni en sus peores presagios imaginó que tendría que enfrentarse a una epidemia de peste.

Su reacción, sin embargo, fue contundente.

Aunque la ciencia descubrió la bacteria causante de la peste en 1894 —gracias al bacteriólogo Alexandre Yersin—, el sumo pontífice decretó medidas sanitarias que, según investigadores, contribuyeron a que la letalidad en Roma fuera mucho menor que en otros lugares afectados por la misma epidemia.

Según un estudio del historiador italiano Luca Topi, profesor de la Universidad de Roma La Sapienza, entre 1656 y 1657 la peste mató al 55% de la población de Cerdeña, la mitad de los habitantes de Nápoles y al 60% de los residentes de Génova.

En Roma, en cambio, murieron 9.500 personas de un total de 120.000, menos del 8%. Estos datos fueron publicados en una revista científica italiana en 2017.

Se calcula que distintas olas de la peste arrasaron con cerca de la mitad de la población europea.

Cuando llegaron los primeros reportes de muertes por la epidemia en el entonces reino de Nápoles, Alejandro VII llevaba un año como pontífice.

Representación pictórica de la peste en Italia.
Getty Images

Diversas olas de la peste mataron a casi la mitad de la población europea.

El papa no era sólo el líder del catolicismo. Si hoy es el soberano del diminuto estado del Vaticano, en aquella época mandaba sobre los llamados Estados Pontificios, que comprendían Roma y buena parte de los alrededores; prácticamente todo el centro de la Italia actual.

Esta fascinante historia cuenta cómo muchas de las restricciones que se aplican hoy contra la pandemia de coronavirus dieron resultado en Roma contra la peste hace 400 años.

¿Cuáles fueron las medidas del papa?

Dentro de los dominios papales, el brote ocurrió entre mayo de 1656 y agosto de 1957.

Tan pronto como llegaron las primeras noticias de la peste a Roma, Alejandro VII puso en alerta al Congreso de la Salud, que había sido creado en un brote anterior.

Las medidas de contención se implementaron gradualmente, según la situación se volvía más peligrosa.

El 20 de mayo se promulgó un decreto que suspendía todo comercio con el reino de Nápoles, que ya se encontraba muy afectado.

Cuadro del siglo XVII de la Plaza de San Pedro en El Vaticano.

Getty Images
En el siglo XVII, el papa era la máxima autoridad en los Estados Pontificios, que comprendía la región de Roma y alrededores, prácticamente todo el centro de la actual Italia.

La semana siguiente, el bloqueo se extendió y se prohibió la entrada a Roma de cualquier viajero que viniese de allí.

El 29 de mayo, en la ciudad de Civitavecchia, ubicada en los Estados Pontificios, se registró la llegada de la peste e inmediatamente se impuso la cuarentena.

“En los días y meses siguientes, se aislaron muchas otras localidades de ese territorio”, detalla el historiador Topi en su artículo.

En Roma, la decisión fue radical: se cerraron casi todos los portones de acceso a la ciudad. Solo ocho permanecieron abiertos, pero eran protegidos las 24 horas del día por soldados supervisados por “un noble y un cardenal”.

A partir de entonces, cualquier entrada debía ser justificada y registrada.

El 15 de junio Roma tuvo su primer caso: un soldado napolitano que murió en un hospital. Las normas se endurecieron aún más.

El 20 de junio se implantó una ley que obligaba a los ciudadanos a informar a las autoridades en caso de conocer algún paciente.

Posteriormente, un nuevo dispositivo papal comenzó a obligar a cada párroco y sus asistentes a visitar, cada tres días, todas las casas de sus distritos electorales para identificar y registrar a los enfermos.

Luego corrió la noticia de otra muerte, esta vez un pescador de la región del Trastévere.

“Los familiares de la víctima también se infectaron y muchos murieron”, cuenta Raylson Araujo, estudiante de teología de la Universidad Católica Pontificia de Sao Paulo, Brasil, quien también investigó el asunto.

La primera idea fue intentar aislar la región.

Ilustración de Alejandro VII.

Dominio Público
Alejandro VII impuso medidas graduales hasta llegar al confinamiento total.

“El papa también era la autoridad civil. Conforme la epidemia comenzó a extenderse, implementó medidas de aislamiento. Tras prohibir el comercio con Nápoles, decretó otras reglas de distanciamiento social: prohibió reuniones, procesiones y todas las devociones populares”, dice Araujo.

El endurecimiento de las medidas fue gradual hasta llegar al confinamiento total.

“Conforme pasó el tiempo, el papa adoptó nuevas prohibiciones. Las congregaciones en la iglesia fueron suspendidas, las visitas diplomáticas también, al igual que encuentros religiosos y reuniones públicas, se vigilaron los caminos”, enumera Araujo. “Se suspendieron todas las aglomeraciones civiles”.

“Se prohibieron diversas actividades económicas y sociales. Se cancelaron las fiestas y ceremonias públicas, civiles y religiosas”, dice el seminarista Gustavo Catania, filósofo del Monasterio de São Bento de Sao Paulo.

Plaza de San Pedro vacía por las restricciones en Roma.

Getty Images
Al igual que con la pandemia de coronavirus, en el siglo XVII se prohibió asistir a celebraciones religiosas en Roma.

“Se suspendieron los mercados y se echó a algunas personas que vivían en la calle porque podían ser causa de contagio. Se prohibió el cruce nocturno del río Tíber”.

El papa también determinó que nadie debía ayunar, con el objetivo de que la población se alimentanse y mantuviese así más saludable por si se contagiaba.

A todos aquellos que tuvieran al menos una persona infectada en la familia se les prohibió salir de casa. Para garantizar la asistencia, Alejandro VII separó a los sacerdotes y médicos en dos grupos: los que tendrían contacto con los enfermos y los que no, quienes atenderían al resto de la población.

“Preocupaba que los sacerdotes se convirtieran en vectores de la enfermedad”, dice Araujo.

Los médicos tenían prohibido huir de Roma“, dice Catania, señalando que muchos temían infectarse.

Como los pacientes estaban aislados, se creó una red de apoyo a la población.

“Había una previsión de ayuda económica para las familias que no podían salir de casa y algunas personas recibían comida por la ventana“, dice el seminarista.

En los meses de octubre y noviembre, cuando la incidencia de la enfermedad era mayor, incluso se preveía la pena de muerte para quienes infringieran las normas.

Negacionistas y noticias falsas

Sin embargo, no todos admitían la gravedad de la situación.

Hubo quienes la desdeñaron y hasta difundieron bulos.

“Se acusó al papa de inventar la enfermar para su propio beneficio y para ganar popularidad”, comenta Mirticeli Medeiros, investigadora de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma.

Protestas negacionistas en Roma por la pandemia de coronavirus.

Getty Images
Como también ha sucedido en esta pandemia, hubo negacionistas en aquella época que no admitían la existencia de la enfermedad.

“Muchos no querían que el pontífice adoptara estas medidas para no alarmar a la población”, complementa.

Hasta sus colaboradores más cercanos le aconsejaron que no lo hiciera. Temían que, desde el momento en que se hizo pública la gravedad de la situación, a través de decretos y divulgaciones, la economía comenzara a sentir los efectos de este tipo de postura. Pero el papa fue firme y cumplió con su política de salud”.

Araujo compara esos hechos del siglo XVII con el “movimiento de hoy y la resistencia popular” para aceptar la gravedad de la pandemia de coronavirus.

“Comerciantes aconsejaron al papa que no adoptara las medidas, porque el cierre perjudicaba el comercio y la cosecha“, comenta el investigador.

“Hubo grupos que acudieron a él para pedirle que no promulgara más medidas de aislamiento. Querían maquillar y tapar la situación para que no se extiendera el pánico y cerraran los comercios”, continúa Araujo.

Hay informes de que un médico divulgó bulos sobre las verdaderas motivaciones del encierro.

“Hizo correr la voz de que tras las decisiones de este papa había intereses políticos”, dice el historiador Victor Missiato, profesor del Colegio Presbiteriano Mackenzie de Brasília.

“Fue acusado de difamación y terminó condenado a trabajar en un hospital, dedicado a curar la peste”.

Victoria contra la enfermedad

Cuando se resolvió el brote en 1657, la celebración estuvo a la altura.

Alejandro VII demostró el renacimiento de la Iglesia con monumentos que hasta hoy marcan El Vaticano, como el conjunto de columnas de la plaza de San Pedro, del escultor y arquitecto barroco Gian Lorenzo Bernini.

Columnas de Bernini en la Plaza San Pedro.

Edison Veiga
Las obras del papa Alejandro VII marcaron el aspecto de El Vaticano hasta hoy.

“En ese periodo era muy común que los papas visibilizaran su soberanía y poder. Los grandes monumentos de Roma de esa época fueron construidos con esa motivación”, contextualiza Medeiros.

“Como el caso de la Fuente de los Cuatro Ríos de la Piazza Navona, la Fontana di Trevi y otros”.

“Alejandro VII era un apasionado del arte y amigo de Bernini. Su comienzo como papa estuvo marcado por la peste”, explica.

“La forma que encontró de apagar aquel periodo sombrío fue invirtiendo en obras colosales. Las columnas de San Pedro representan los brazos abiertos de la Iglesia. La basílica de San Pedro fue restaurada como símbolo de poder temporal, no solo espiritual”.

Otros casos

Este no fue el único momento histórico en el que la Iglesia, en el pasado, cerró sus puertas por brotes y epidemias.

“Hubo otros casos en algunas diócesis de Italia, especialmente en el siglo XIX durante la epidemia de cólera”, recuerda Medeiros. “Entonces se tomaron medidas restrictivas similares”.

Grabado de un mercado durante la epidemia de cólera en Italia.

Getty Images
Durante la epidemia de cólera en el siglo XIX la iglesia tomó restricciones similares en Italia.

Por otro lado, la experta recuerda que en el brote de peste del siglo XIV ocurrió “todo lo contrario”.

“El papa Clemente VI, aislado en el palacio pontificio de Aviñón, en Francia, no parecía muy preocupado por lo que sucedía fuera de los muros de su casa”, apunta la investigadora.

“En esa época la enfermedad era un castigo divino y se producían procesiones y otras aglomeraciones para intentar, según la mentalidad religiosa, de superar el mal”.

En el siglo anterior, la región de Milán se vio muy afectada por la plaga. El cardenal arzobispo Carlo Borromeo también estableció estrictas medidas sanitarias en su circunscripción.

“Propuso una cuarentena general y se decretó a la gente a quedarse en casa hasta resolver la situación. Solo podían irse los que asistían espiritual y materialmente a la población.

El investigador dice que incluso las misas se celebraban “a distancia”.

“Un cura iba a la esquina y celebraba en la calle. Los fieles miraban desde sus ventanas”, explica.

Fe en la ciencia

Al analizar estos episodios del pasado, a menudo similares a los de hoy, hay que tener en cuenta que entonces la ciencia no se valoraba tanto como hoy y que la religión y la política estaban muy entrelazadas.

“En el siglo XVII, el absolutismo era muy fuerte en Europa y estaba ligado al poder de la Iglesia. El poder político y el poder religioso estaban muy mezclados“, explica Missiato.

“En ese momento, la revolución científica aún no se había extendido a las diferentes sociedades del mundo europeo. La creencia en lo divino como entidad definitoria de la paz y el caos todavía se veía como el camino hacia la salvación”.

Por eso el encierro impuesto por Alejandro VII es tan relevante.

“Lo que pasó muestra un alineamiento entre fe y ciencia, una fe con los pies en la tierra“, dice Araujo.


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