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Juan de la Cruz
Presos de Chiapas en huelga de hambre desde marzo pasado empiezan a enfermar
Los seis presos, miembros todos de pueblos indígenas, denuncian que los obligaron a firmar confesiones bajo tortura y exigen a las autoridades revisar sus expedientes.
Juan de la Cruz
25 de mayo, 2019
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El miércoles 22 de mayo luego de pasar 67 días entre sólo ingerir agua y miel y guardar ayuno parcial, Adrián Gómez Jiménez fue trasladado del CERSS nº5 de San Cristóbal de las Casas al Hospital de las Culturas, en la misma localidad. Tenía una infección severa en las vías urinarias, causada por deshidratación y baja en sus defensas.

Adrián reanudó el 13 de mayo, junto con cinco compañeros, una huelga de hambre que había interrumpido ante la promesa del gobierno del estado de revisar sus expedientes jurídicos y darles una respuesta clara a su exigencia de libertad.

Los seis presos, –Abraham López Montejo, Germán López Montejo, Adrián Gómez Jiménez, Juan de la Cruz Ruiz, Marcelino Ruiz Gómez y Juan Pérez Álvarez– iniciaron las protestas desde el 15 de marzo, agrupados y apoyados por varios colectivos.

Todos denuncian que los detuvieron sin una orden de aprensión y que los hicieron confesar bajo tortura delitos que no cometieron, en una práctica que se conoce como fabricación de culpables y que varios activistas y colectivos han dicho que se hace para llegar a la cuota de detenidos o encubrir a los verdaderos culpables.

Adrián Gómez Jiménez, indígena tzotzil de San Juan Chamula, Chiapas, tenía 22 años cuando lo detuvieron, el 3 de febrero de 2004. “Ese día venía yo regresando de San Cristóbal de Las Casas, a donde había ido a buscar a un curandero, cuando un vehículo Sentra, con cuatro agentes, interceptó el taxi en el que viajaba junto con tres compañeros de mi trabajo como peón de albañilería”, cuenta en entrevista telefónica desde el penal.

Les dijeron que estaban detenidos. Los llevaron a San Juan Chamula donde los interrogaron y los torturaron. “Me dieron golpes; me pusieron cables eléctricos en las partes íntimas, bolsas en la cabeza, y tehuacán y chile en la nariz. Me auto inculpé con tal que me dejaran de torturar. Me acusaron primero de la desaparición de dos personas y luego ya de secuestró”.

Adrián asegura que él y sus acompañantes fueron víctimas de la fabricación de un delito. Cuando se le pregunta por qué los eligieron a ellos para eso, dice que por ser indígenas. “Apenas hablábamos español. Yo lo hablaba poco, se notaba que éramos indígenas y pobres y por eso, yo estoy seguro que por eso”.

Juan de la Cruz, otro de los presos en huelga de hambre, tiene una historia similar. Lo detuvieron cuando tenía 26 años y hoy tiene 38. Cuenta desde el CERSS nº5, en entrevista telefónica, que a él lo acusaron del homicidio de un vecino.

Dibujo del CERSS 5 de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.

Dibujo del CERSS 5 de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.

“Me hicieron firmar papeles bajo tortura. Durante días me estuvieron dando toques eléctricos en las partes íntimas, me ponían una bolsa en la cabeza y luego chile seco o tehuacán en la nariz, y muchos golpes. Me dijeron que si no firmaba esos papeles, me iban a seguir torturando y yo firmé, con los ojos vendados firmé, ni supe qué”.

Promesa incumplida

Como el gobierno del estado de Chiapas les prometió revisar sus casos, los presos levantaron la primera huelga, en la que duraron 31 días. “Mientras esperábamos que nos cumplieran, estuvimos 20 días en ayuno, comiendo solo unos días y a agua y miel otros, pero el 13 de mayo terminó el plazo acordado para la revisión de los expedientes y no vimos resultados”, dice Juan de la Cruz.

Susana de la Cruz, hermana de Juan, asegura que el gobierno no ha mostrado sensibilidad a las demandas de los presos ni voluntad real para revisar los expedientes.

“El 10 de abril tuvimos una mesa de diálogo con el secretario general del gobierno de Chiapas, Ismael Brito, quien en nombre del gobernador Rutilio Escandón, nos garantizó que revisarían a profundidad, con un sentido muy humano, a través de la mesa de reconciliación, cada expediente de nuestros familiares”.

La hermana de Juan dice que Brito les pidió levantar la huelga de hambre. Así lo hicieron los presos. El 15 de abril iniciaron el ayuno, y acordaron dar un plazo de 20 días al gobierno para que demostrara su buena voluntad.

“Pero solo nos dieron largas, haciéndonos ir de reunión en reunión sin darnos ninguna respuesta concreta. De hecho, Ismael Brito ya no se presentó a las mesas de diálogo, hubo otras dos y en cada una llegaron diferentes funcionarios ¿Este es el sentido humano del que hablaban?”.

Los seis presos en resistencia volvieron a la huelga de hambre. Al día siguiente, el 14 de mayo, después de 17 años de estar en prisión, Juan Pérez Álvarez obtuvo su libertad.

“Pero no lo liberaron por ninguna intervención del gobierno del estado, no es ninguna resolución política por las demandas de los compañeros, Juan salió libre por buena conducta, por trabajo y porque ya llevaba más de 50% de su condena”, aseguran voceros del Grupo de Trabajo No Estamos Todxs.

Los cinco que quedaron siguieron en ayuno total. En la madrugada del martes 21, Adrián Gómez empezó a tener fiebre elevada, escalofríos, dolor y malestar general.

“A las 3:00 de la madrugada, el dolor en las vías urinarias y en las lumbares era ya muy intenso, pero como en el penal no hay médico en la noche, su horario de labor acaba a las 6 de la tarde, me tuve que aguanta hasta la mañana, para las 10 ya estaba yo orinando sangre”.

Alrededor de las 2 de la tarde fue trasladado al hospital. “Me dijeron que tenía una infección severa en la vías urinarias, me inyectaron un antibiótico y a las dos horas me dieron de alta. Dijeron que por ser un preso no podían tenerme ahí, y le preguntaron al custodio que iba conmigo si había médico en el penal. Él les dijo que sí aunque el doctor se va a las 6 de la tarde y la enfermera a las 7. Y me mandaron de regreso al penal con la receta del antibiótico inyectado”.

Adrián dice que debe inyectarse cada 12 horas. En la noche quien le pone la inyección es una custodia del área femenil, aunque ella no tiene ninguna noción de enfermería. “Me ha estado lastimado, me inyecta fuerte, pero qué hago, me tengo que aguantar, necesito terminar los cinco días de antibiótico para que no se agrave la infección”.

En el hospital, a Adrián le dijeron que si no dejaba la huelga de hambre, la infección se le iría a los riñones y ya no se podría recuperar. “Me desanimaron mucho, pero ahora lo que creo es que quisieron aprovechar para presionarme y que ya deje la lucha, pero no lo voy a hacer”.

Adrián, Juan, Germán y Abraham, los cuatros presos en huelga de hambre que están en el CERSS nº5 pasan los días de ayuno total reunidos en una carpita que ellos mismos montaron. Duermen en el piso, y tienen que aguantar el frío. A sus familiares solo les permitieron llevarles unas chamarras y unas mantas.

Juan de la Cruz y Adrián López Jiménez, presos en huelga de hambre en Chiapas.

Juan de la Cruz y Adrián López Jiménez, presos en huelga de hambre en Chiapas.

“Quisieron traernos una parrilla para calentar el agua y disolver ahí la miel que tomamos, pero no los dejaron. Nos tenemos que tomar el agua fría y así nos duele más la panza”, dice Juan que además de diarrea y malestar estomacal ya empieza a presentar también síntomas de infección en las vías urinarias.

“Ahora ya vienen las lluvias –agrega– y no nos dejaron meter una lona para ponerla en el piso, tenemos que dormir así, sobre las cobijas nada más, en cuanto llueva, nos vamos a empapar, pero no les importa, nos quieren presionar para dejar la protesta”.

Para pasar los días de ayuno total, Juan dibuja; Germán y Abraham hacen artesanías y tejen cinturones, Adrián escribe, sobre la injusticia, los días en la prisión, su lucha por salir libre, sobre valorar la vida.

“He escrito reflexiones sobre que la cárcel es una gangrena que te va consumiendo, a mí me estaba consumiendo, hasta que entré a la organización de La Voz Verdadera del Amate, la prisión donde estaba antes de que me transfirieran a San Cristobal, y empecé la lucha por mi libertad”.

Ahora en el CERSS nº5 hizo con sus compañeros una nueva organización, La Voz de Indígenas en Resistencia. “Y no vamos a dar un paso atrás en la huelga de hambre ni en la lucha por nuestra libertad, y si logro salir, voy a seguir en el activismo, me voy a dedicar a la defensa de las personas que como yo estén en la cárcel acusados de un delito que no cometieron y también a la defensa de los recursos naturales”.

Ese es el plan de Adrián y tal vez formar otra familia, por ahora la que tiene, porque sus padres y su hermano ya murieron, es ésta: la de sus compañeros de lucha y ayuno.

“Tenía yo 22 años cuando entré en la cárcel, no tenia esposa, no tuve tiempo de formar mi familia, pero tengo ésta: mis compañeros y los familiares de ellos”.

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BBC
El mundo oculto de los médicos cubanos que son enviados a trabajar al extranjero
Miles de doctores cubanos trabajan en misiones médicas internacionales. Aunque es un programa que ha tenido éxito en varias partes del mundo, algunos de ellos cuentan a la BBC que las condiciones en las que se encuentran son de pesadilla.
BBC
16 de mayo, 2019
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Cuba ha sido reconocida durante mucho tiempo por su diplomacia médica: miles de sus médicos trabajan en misiones internacionales aportando miles de millones de dólares en efectivo para el país.

Aunque las misiones médicas han tenido éxito en numerosos países, donde han aportado tratamiento médico a los sectores más desfavorecidos, según un nuevo informe, algunos de los médicos dicen que las condiciones pueden ser una pesadilla, controlados por funcionarios, sujetos a un toque de queda y enviados a lugares extremadamente peligrosos.

Esta es la historia hecha por el periodista James Badcock.


Para Dayli Coro, la medicina era una vocación.

“Estudié medicina por vocación. Solía dormir entre tres y cuatro horas porque estudié mucho. Trabajé duro en mi primer año de práctica, tomé muchos turnos adicionales. Y ahora, aquí estoy. No puedo ser médico en Cuba. Es muy frustrante”.

Dayli, que ahora tiene 31 años, quería ser especialista en cuidados intensivos.

Dice que después de graduarse, le dijeron que si iba a una misión médica a Venezuela ganaría experiencia en su campo y que ese tiempo contaría como los tres años de servicio social obligatorio que todos los graduados deben completar en Cuba antes de poder acceder a puestos completos.

Aceptó unirse a lo que La Habana llama sus “misiones internacionalistas”, siguiendo un camino recorrido por cientos de miles de médicos cubanos.

Desde 1960, el trabajo de estos médicos en el extranjero ha sido defendido por el gobierno comunista como un símbolo de su solidaridad con personas de todo el mundo.

Fidel Castro describió a los médicos como el “ejército de batas blancas” de Cuba.

Además de ser una fuente de gran orgullo y prestigio, también es un salvavidas económico para el régimen: según las cifras del gobierno cubano y estudios académicos, el plan le aporta a Cuba alrededor de US$8.000 millones por año en moneda extranjera muy necesaria.

Estrictas condiciones

Con más de 30.000 médicos cubanos activos actualmente en 67 países, muchos en América Latina y África, pero también en naciones europeas como Portugal e Italia, las autoridades de Cuba tienen reglas estrictas para intentar evitar que los ciudadanos deserten una vez en el extranjero.

Los salarios fueron un fuerte incentivo para que Dayli, originaria de la pequeña ciudad cubana de Camagüey, se uniera a la iniciativa.

Partiendo de lo que era un salario de US$15 al mes en 2011 para los médicos en la isla, Dayli pasó a cobrar US$125 mensuales durante los primeros seis meses en Venezuela, una cifra que aumentó a US$250 después de esos seis meses y a US$325 durante su tercer año.

Su familia en Cuba también recibió un bono de US$50 por mes.

Según un informe de la organización Cuban Prisoners Defenders (CDP), una ONG con sede en España que hace campaña por los derechos humanos en Cuba y está vinculada al grupo opositor Unión Patriótica de Cuba (Unpacu), los médicos reciben en promedio entre el 10% y el 25% del salario pagado por los países de acogida, y el resto se lo quedan las autoridades de Cuba.

Dayli dice que firmó voluntariamente un contrato por un período de tres años, pero no tuvo tiempo de leerlo, ni se le dio una copia personal.

Destino Venezuela

En octubre de 2011, la joven médica fue enviada a una clínica en la ciudad venezolana de El Sombrero, en el centro del país. El puesto era parte del programa Barrio Adentro, que ha distribuido a médicos cubanos en zonas desfavorecidas del país sudamericano desde 2003 como símbolo del apoyo cubano al gobierno del fallecido presidente Hugo Chávez y de su sucesor, Nicolás Maduro.

Venezuela paga por este y otros servicios de los trabajadores cubanos con petróleo.

Dayli dice que se encontró prácticamente en una zona de guerra, en la que se acostumbró a que le apuntaran con un arma.

Venezuela se encontraba en ese momento en medio de una espiral de criminalidad que llevó a alcanzar una tasa de 92 asesinatos por 100.000 habitantes en 2016, según la ONG Observatorio de Violencia de Venezuela. Las cifras del Banco Mundial sitúan el número de 2016 en 56 por 100.000, superada solo por El Salvador y Honduras.

“Había muchas pandillas criminales”, dice Dayli.

“Cuando se enfrentaban, nos traían a sus heridos porque el hospital venezolano local tenía presencia policial y nosotros no. Estos chicos traían a un paciente con 12 o 15 balas en el cuerpo, te apuntaban con sus armas y te decían que tenías que salvarlo. Si él moría, tú también. Ese tipo de cosas sucedían a diario. Era rutinario “, relata.

A menudo, los miembros de la pandilla que ella trataba eran solo adolescentes de 15 y 16 años, dice.

“Tuve uno con una bala en el corazón, otro con cinco en la cabeza. Algunos estaban vivos, pero sabías que si no se les operaba en 20 minutos, morirían, y no teníamos las condiciones necesarias. Ni siquiera teníamos medicinas básicas para tratar a los pacientes allí. Se suponía que había cuatro médicos de cuidados intensivos y normalmente solo había uno de turno”.

Estos pacientes a menudo eran trasladados en ambulancia a un hospital general situado a 45 minutos. A veces, los pandilleros le ordenaban a Dayli que subiera a la ambulancia con ellos, cuenta.

“Una vez una pandilla disparó a una ambulancia y murieron un médico venezolano y el conductor”, agrega Dayli.

“Siempre existía la posibilidad de que la pandilla rival pudiera tratar de acabar con el paciente durante el traslado. Tuve una situación en la que una pandilla rival entró y le disparó al paciente. Yo tenía 24 años, era una chica pequeña y delgada. Pero en un lugar donde hay tanta violencia, desarrollas una increíble frialdad emocional”.

Las misiones médicas quedaron bajo el foco de atención tras la decisión de Cuba de retirar a sus doctores del programa “Más Médicos” en Brasil a raíz de la elección del presidente Jair Bolsonaro el año pasado.

Bolsonaro cuestionó las calificaciones de los médicos cubanos en el país y describió su situación contractual como “trabajo esclavo”, al señalar que solo se quedaban con el 25% de la paga y el resto iba al gobierno cubano.

En respuesta, las autoridades cubanas rechazaron enérgicamente la caracterización y dijeron que “no era aceptable cuestionar la dignidad, el profesionalismo y el altruismo” de su personal médico internacional.


¿Por orden del doctor?

Según el informe del grupo vinculado con la oposición Cuban Prisoners Defenders, realizado a partir del testimonio directo de 46 doctores con experiencia en misiones médicas en el extranjero, además de información pública extraída de declaraciones de otros 64 médicos:

  • El 89% dijo que no tenía conocimiento previo de su destino dentro de un país en particular
  • El 41% dijo que un funcionario cubano le retiró el pasaporte a su llegada al país anfitrión
  • El 91% dijo que había sido vigilado por agentes de seguridad cubanos en su misión, y el mismo porcentaje aseguró que se les pidió que transmitieran información sobre sus colegas a los agentes de seguridad
  • El 57% dijo que no se presentó voluntario para unirse a una misión, sino que se sintió obligado a hacerlo, mientras que el 39% dijo que se sentía fuertemente presionado para servir en el extranjero.

La BBC hizo repetidas solicitudes al gobierno cubano para conocer su opinión, pero no recibió respuesta. La Habana ha seguido defendiendo fuertemente el programa. El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ofreció su apoyo a “los héroes de la medicina cubana y latinoamericana” para conmemorar el Día de la Medicina en América Latina en diciembre pasado.

“Para aquellos que luchan por la vida, es lo mismo en un modesto vecindario cubano o en una aldea en el Amazonas. Más que médicos, son guardianes de la virtud humana”, escribió el líder de Cuba.

Experiencias dolorosas

Mientras que Dayli logró al menos evitar caer víctima de la violencia en Venezuela, una compatriota y compañera médica fue menos afortunada.

La médica de familia de 48 años desea ser identificada por el seudónimo “Julia” para ahorrarle a su familia el conocimiento de su terrible experiencia.

Durante sus cinco años de misión en Venezuela, Julia estuvo en el estado de Bolívar.

“Tuve la mala suerte de que el coordinador de la misión se interesara por mí y yo no cedí a sus repulsivas insinuaciones. Hizo que me enviaran a una serie de lugares apartados en zonas rurales”, denuncia.

En un momento dado, junto con otra doctora cubana, fue enviada a una vivienda con un tejado de plástico transparente. Un día, cuando vieron que alguien había forzado la puerta, llamaron al coordinador, pero Julia dice que no hizo nada.

“Luego”, dice, “me desperté una noche, con alguien cerrándome la boca. La médica en la otra habitación estaba gritando. Había dos hombres con pasamontañas, armados”.

Julia dice que fue violada por ambos.

El coordinador de la misión vino a sacar a las dos mujeres del lugar, pero, según Julia, no tuvo consecuencias aparentes ni una reprimenda oficial por haber expuesto a los miembros de su equipo a tal peligro.

Julia fue trasladada a Caracas, donde recibió medicamentos contra el VIH y sesiones con una psicóloga cubana. “El tratamiento no fue el mejor. El enfoque fue básicamente: ‘No le digas a nadie que esto ha sucedido'”.

Mientras estaba en una misión en Bolivia, Julia desertó a través de la frontera con Chile y ahora vive en España, donde ha solicitado asilo y trabaja como asistente de cirujano.

María (no es su nombre real) es otra médica cubana que dice que su género la convirtió en objetivo. Era una médica de familia de 26 años de edad cuando fue enviada a Guatemala en su primera misión internacional en 2009.

Durante su viaje al estado de Alta Verapaz, el coordinador de la misión comenzó a hablarle de un hombre rico en el área, a quien se refería como “ingeniero”.

María dice: “Insinuó que le gustaban las mujeres cubanas”. Cuenta que le dieron un teléfono celular al que el “ingeniero” comenzó a llamarla todos los días.

“No respondí, e incluso cambié el número, pero igual llamó”, prosigue María. “El coordinador me dijo que me enviarían a casa como castigo si no llegaba a ver a este hombre, y dije que me parecía bien”.

“Mis principios estaban en la cuerda floja. Fui con la idea de ayudar a gente pobre en una misión para mi país. Era tan frustrante. Estaba asustada, pero no podía huir”.

María explica que sus mentores cubanos le quitaron el pasaporte en cuanto llegó a Guatemala.

Después de dos meses resistiendo la presión para ver al hombre, María fue trasladada a otra misión. Unos meses después oyó que el “ingeniero” había sido arrestado en una redada militar, acusado de ser traficante de drogas.

María completó dos años en Guatemala y después se fugó de su siguiente misión en Brasil para acogerse al parole de Estados Unidos, un programa de permiso especial que fue cancelado por el expresidente Barack Obama y que incitaba a los médicos cubanos a desertar para instalarse en EE.UU.

Objetivos semanales

Dayli dice que ella y su equipo en Venezuela tenían que cumplir una serie de objetivos semanales establecidos por los líderes de la misión y relativos al número de vidas salvadas, pacientes ingresados y tratamientos para ciertas enfermedades.

La joven doctora explica que rechazó lo que para ella era una interferencia no ética en los principios honestos de la atención médica.

“Ahí es donde empezaron mis problemas, porque no iba a mentir”, señala. “Si un paciente está listo para irse a casa y tomar medicamentos por vía oral, no voy a hacer que lo ingresen durante cinco días con una vía intravenosa. No puedo decir cuántos pacientes con infarto al corazón voy a tener a la semana”.

Según el informe de la organización CDP, más de la mitad de los 46 médicos con experiencia en misiones internacionales que fueron entrevistados confesaron haber tenido que falsear las estadísticas, inventándose pacientes, consultas y patologías que no existían.

Al exagerar la eficacia de las misiones, las autoridades cubanas pueden, según el informe, pedir más dinero al país de acogida o justificar la ampliación de la misión.

Represalias

Dayli dice que el conflicto que tuvo con sus colegas médicos sénior en El Sombrero por las instrucciones para inflar las estadísticas de tratamientos llevaron a que la colocaran en un destino de menor nivel, en San José de Guaribe, una localidad más rural y tranquila.

Pero las presiones de trabajar sin suficiente equipamiento médico y las órdenes de alcanzar objetivos artificiales o imposibles persistieron.

Una vez llegó una mujer que estaba dando a luz, recuerda Dayli, pero la clínica no tenía los medios necesarios para el parto. Otra vez dice que tuvo que insertar un tubo en un paciente con la luz de su teléfono porque no había combustible para el generador.

Cuenta que su petición de transferir a un hombre con cáncer de pulmón a Caracas fue denegada para que pudiera contar en las estadísticas de la clínica.

“La salud de los venezolanos no es importante para la misión”, opina. “Un niño de 11 años murió en mis brazos cuando intentaba colocarle un respirador que no funcionaba”.

Carlos Moisés Ávila relata una historia similar. Este médico de 48 años se unió a una de las primeras misiones en Venezuela en 2004.

“Cada uno teníamos que reportar haber salvado una vida cada día, así que a veces me tocaba agarrar a alguien sano y ponerle una vía”, explica.

“Las medicinas llegaban de Cuba fuera de fecha, así que teníamos que destruirlas y enterrarlas antes de incluirlas en el inventario como usadas para que pudieran ser cobradas. Recibíamos nuestra paga de soldados, que a veces llegaban con meses de retraso y se llevaban medicamentos del hospital”, recuerda.

Carlos dice que se unió a la misión médica para mejorar su situación financiera.

En lugar de tener que arreglárselas con US$20 al mes en Cuba en aquel momento, empezó a ganar US$300 en Brión, en el estado venezolano de Miranda, aunque dice que el gobierno cubano recibía más de 10 veces esa cantidad por cada doctor en el programa Barrio Adentro.

Dayli dice que estaba prohibida toda socialización con venezolanos fuera del trabajo. Los médicos cubanos vivían juntos y tenían que respetar el toque de queda de las 18:00 horas. El coordinador de la misión era un funcionario del servicio de seguridad cubano.

“Te preguntaban sobre tus compañeros de casa en entrevistas semanales”, expone Dayli. “Tenía una red de informantes locales pagados que daban cualquier información sobre ti para detectar posibles desertores”, agrega.

“No se nos permitía tomar un trago con un venezolano o ir a su casa porque le salvaste la vida y querías ver cómo seguía. Si confraternizabas con un disidente, te podían revocar la misión”.

Propaganda política

Carlos dice que durante los siete años que pasó en Venezuela vio cómo la medicina se usaba como herramienta política con fines propagandísticos, a veces a expensas del código ético de los doctores.

“Durante la campaña de 2004 para el referéndum revocatorio, nos enviaron a los médicos puerta a puerta para dar regalos y medicamentos y ganar apoyos para el entonces presidente Hugo Chávez”, indica.

“También teníamos listas de pacientes según su tendencia política. A los partidarios del gobierno chavista se los anotaba como pacientes de hipertensión y a los opositores como diabéticos. Los primeros recibían mejor tratamiento y toda la información que teníamos sobre los locales se le pasaba a la coordinadora de la misión, una mujer cubana que controlaba todas nuestras relaciones personales y con quién se nos permitía encontrarnos”.

Un reportaje del diario estadounidense The New York Times publicado el pasado marzo citaba a médicos cubanos destinados en Venezuela que describían cómo tuvieron que persuadir a pacientes para que votaran por el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), incluyendo acciones como denegarles tratamiento a partidarios de la oposición y hacer proselitismo en las casas con medicinas de regalo para sobornar a los indecisos.

En respuesta, el gobierno cubano negó las acusaciones y dijo que sus honorables médicos salvaron casi un millón y medio de vidas en Venezuela, además de citar su participación en la lucha contra el ébola en África y el cólera en Haití, entre otros ejemplos.

Carlos también dio el paso de una misión brasileña a Estados Unidos, donde está reconstruyendo su vida en Houston, Texas, como asistente médico.

Ahora no puede visitar Cuba por temor a ser encarcelado por deserción.

En 2018 solicitó una visa humanitaria para visitar a su madre, que tenía cáncer. Le fue denegada y no pudo verla antes de su muerte.

“Así es como juegan, ofreciendo permisos y regalos frente a ti para que la gente acceda. Pronto me di cuenta de que nuestra misión era más política que humanitaria“.

Dayli llegó a una conclusión similar.

Regresó a Cuba en 2014 donde fue destinada a un hospital sin unidad de cuidados intensivos, una señal clara, dice, de que no tenía el favor de las autoridades. Posteriormente fue suspendida de ejercer la medicina por supuestas ausencias laborales, una acusación que niega.

Cuenta que la empezaron a tratar como una disidente, con un agente de seguridad estatal fuera de su casa que la seguía a todas partes. Su familia y amigos fueron acosados. Finalmente no pudo soportarlo más y en la actualidad está visitando parientes en España, donde quizá decida asentarse.

“Quería ser doctora en Cuba, pero ahora he renunciado a eso. No quiero ser un riesgo para mi familia. Dije lo que pensaba y esta es la consecuencia. Quieren soldados, no médicos”.


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