Bodas arregladas de menores, entre la tradición y el abuso
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Lenin Mosso

Bodas arregladas de menores, entre la tradición y el abuso

Tras la aprobación de la reforma que prohíbe el matrimonio de menores de edad, estas uniones, sin importar usos y costumbres, será penada en México.
Lenin Mosso
Por Lenin Mosso
17 de junio, 2019
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Cochoapa El Grande

Los Rodríguez son una familia na savi de Cochoapa El Grande en la que ha habido tres bodas arregladas entre menores de edad, enlaces en las que se paga a la familia de la novia para consentir el matrimonio.  No consideran que estén comprando mujeres. Para ellos, el matrimonio y el amor son diferentes a como los ven en el mundo occidental.

Baltazar Rodríguez, el jefe de la familia, afirma que amor es tener muchos hijos, sembrar maíz y verduras para alimentarlos sanamente, disfrutar a los nietos y atenderlos cuando necesiten algo.

Él no se casó por la iglesia. Se juntó cuando tenía 14 años y Juanita, su esposa, 13. No se conocían. Llevan 38 años juntos.  Tuvieron cinco hijos, dos mujeres y tres varones, que ya les dieron nueve nietos.

Lee: La prohibición total al matrimonio adolescente viola sus derechos y los deja desprotegidos: GIRE

Si la boda de Baltazar hubiese ocurrido después del 4 de junio del 2019,  la ley castigaría a sus padres por hacer un acuerdo así.

A partir de ese día, entró en vigor en 31 códigos civiles de los estados de la República la prohibición del matrimonio de menores de 18 años. Sólo Baja California conserva excepciones y dispensas en sus leyes estatales.

Ahora, toda boda de menores de edad, sin importar usos y costumbres, será penada en México.

Entre los usos y costumbres, el abuso

El Centro de Derechos Humanos de la Montaña, Tlachinollan, ha documentado durante 19 años, más de 200 matrimonios forzados en la región de la Montaña, lo que indica que no todas las uniones– aunque en las comunidades defiendan las costumbres–, se dan de mutuo acuerdo entre los contrayentes; muchas mujeres buscan ayuda legal para disolver pactos de los que no se enteran hasta que tienen que contraer matrimonio.

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Neil Arias Vitilio ha sido la esperanza ante la impunidad. La abogada de Tlachinollan cuenta que, desde el Ministerio Público, la Policía Comunitaria, jueces de paz y alcaldes, no sólo han consentido esta práctica de cambiar dinero o pagar por una mujer, sino que obligan a consumar tratos abusivos argumentando “usos y costumbres” y extorsionando a las familias.

“En estas bodas, son los familiares del hombre los que dan el dinero para la fiesta y llegan a gastar cantidades de entre 40, a 140 mil pesos. Los hombres creen que compran una cosa, una mercancía, luego hay violencia en el hogar. Estos mismos les dicen a las niñas: yo te compré, tu me vas a servir a mí”, explica Arias.

Otro abuso que ha documentado es cuando casan a las niñas, para después llevárselas de jornaleras agrícolas a campos de Sinaloa, Chihuahua, y Zacatecas: mano de obra barata. “Tanto trabaja la niña, la mujer, el hijo”. Algunos novios se endeudan para realizar su boda. Para pagar, ya casados, se llevan a la esposa con ellos a los campos de siembra: es como si de algún modo, la novia pagase por sí misma, yendo a trabajar al campo forzadamente.

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Dice Neil que le han llegado casos de niñas entre 12 y 13 años que estando en los campos agrícolas son pedidas en matrimonio o las casan de acuerdo a la tradición. Trabajadoras sociales de esos espacios han constatado esas uniones entre menores de edad, algunas veces las niñas ni siquiera han tenido su primer periodo menstrual.

Por el fenómeno migratorio, varias parejas contraen nupcias fuera de Guerrero bajo el mismo esquema tradicional. Tlachinollan da seguimiento a tres casos de niñas de 13 y 14 años abandonadas embarazadas que migraron para trabajar: jóvenes pedidas en matrimonio y luego dejadas.

Este año registraron al menos cuatro casos de mujeres que se rebelaron a casarse a la fuerza. Neil considera que no aumentó la incidencia, pero sí hay más denuncias, se visibilizan más. La abogada considera que debe haber un cambio cultural pero primero debe haber justicia. La impunidad de estos casos es del 100 por ciento: no hay hombres pagando por estas conductas.

Muestra algunos casos. El primero es de una mujer que huyó el pasado 8 de marzo de su comunidad. Ella se casó y la mamá del novio la devolvió a los dos años. Dijo que la chica no servía porque no procreó en ese tiempo. Le exigieron a ella y sus abuelos los 80 mil pesos que se gastaron en una fiesta donde hubo grupos musicales y comida para todo un pueblo.

Patricia de 16 años de edad dijo claro: yo no voy a regresar con él. Y aunque el fiscal de pueblos indígenas la amenazó con un “término” para devolver el dinero, Tlachinollan pudo evitar que amedrentara a la familia. No hay ningún argumento, dice Neil, más que los usos y costumbres. “Le dije al fiscal: ¿usted conoce la Ley General de Mujeres a una Vida Libre de Violencia? Eso que hace, es violencia”.

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Otra niña na savi de 14 años de edad que estudiaba la secundaria técnica en Metlatónoc, porque en su pueblo, Cochoapa El Grande no hay, regresó un día a ver a sus papás y un muchacho de 19 años se la robó. “¿Qué le va a decir la muchacha?, no se regresó luego luego, se sienten sucias. El reproche social es fuerte: si un día ya te dormiste con un muchacho ya no vales”. Las amenazan con hacerles brujería a ellas, a sus familias.

La niña de secundaria decidió escaparse de la colonia donde la raptó el joven, una vez que no hubo luz. Ella fue con su suegra a llevar velas a la iglesia y logró correr hasta casa de sus papás. Esto ya ocho meses después de ser esclava de la familia. Un juez de paz intervino, le exigía que regresara: “(la familia del novio) le dio dinero al juez de paz, y él hizo un documento–que la niña nunca firmó–, donde según ella dice que está por su gusto”.

La policía municipal la buscaba y prefirió huir de su casa. Toda su vida cambió. Dejó de ir a la secundaria.

No importa que la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) esté contra estas uniones, si en el estado jueces y magistrados resuelven sentencias injustas y misóginas, lamenta la abogada.

Pone otro ejemplo: “un juez de primera instancia absolvió a un sujeto que violó a una niña de 14 años. La niña vino a trabajar…El sujeto la viola anal y vaginal. La mandó al hospital. El juez dice que la niña no fue reactiva, que debió reaccionar. Logramos que revocaran la absolución”.

Considera que esta violencia puede llegar a casos de feminicidio. Es un atentado contra su cuerpo, voluntad, y dignidad.

Una boda por gusto

Es mayo. La casa de la novia en una comunidad na savi de Cochoapa El Grande está repleta de gente, comida y bebida. En la cocina un grupo de 15 mujeres: tías, madrinas, hermanas, primas y sobrinas del novio vigilan enormes ollas con agua caliente. Las mujeres caminan diligentes. Se preparan para no dormir. Tienen que desplumar, cocer y cocinar las 30 gallinas y 10 guajolotes para la boda. Ponen el nixtamal para las tortillas que darán en el banquete y pican verduras para los mixiotes de carne.

–¡Shuj’guaáh! ¡Es perro!, traduce en dos gritos una tía del novio corriendo al animal que merodea cerca de una gallina lista para guisarse.

Gu ma, es tortilla; yaj’duúj, caldo; í’shí, maíz; gu’ni, humo, aprenden de las señoras tres amigas de la novia que ayudan unas horas, y que jamás habían desplumado a una gallina.

– Mam bayá quiere decir, te voy a ayudar y nando’gu hua, te quiero, instruye la madrina.

Es medianoche. Las mayores dialogan en me’phaa (tlapaneco) dentro de la cocina pequeña, calurosa y repleta de humo. Despluman gallinas, platican su travesía de siete horas, desde su comunidad hasta acá. Están cansadas y apuradas. Cuentan que cuando se casaron no fue así, sus parientes las ayudaron en todo. Hoy la familia del novio puso dinero y trabajo; la de la novia, su casa. La boda será entre un me’phaa y una na savi (mixteca).

boda

El bullicio de la cocina de madera contrasta con el silencio del patio. Tíos, padrinos, hermanos, primos y sobrinos del novio parten en pedazos la res que costó 35 mil pesos (1.800 dólares) y alimentará a unos 200 invitados de la comunidad Na Savi, a ocho horas de Chilpancingo, la capital del estado. Los hombres separan las vísceras de vaca en charolas. Beben cuartitos de cerveza caliente. En la habitación contigua están sentados los “principales”: ancianos que aconsejan a la nueva pareja para preservar sus tradiciones.

Habría dos grupos musicales: banda de viento y cumbia mixteca; 200 cartones de cerveza y cigarros, más 100 paquetes de refrescos para agasajar a los invitados. Todo esto costó mínimo 160 mil pesos, según calcula el “embajador” figura que, ante la ausencia del papá del novio, vino a pedir a la novia, a ofrecer disculpas porque se casará embarazada, y a brindarle al papá de la novia lo que pida. Hubo un listado llamado “relación” con peticiones de comida y bebida. Además, dieron dos guajolotes grandes como “presente”.

El día de la boda, los novios están cansados porque las cosas no salieron como estaban planeadas. Les falló el grupo musical: no se puso a tiempo. No contrataron al videasta que grabaría toda la boda como se acostumbra: misa, brindis, partida de pastel, víbora de la mar. La familia de la novia está molesta, mientras señoras de huipiles multicolores bailan con sus cervezas en mano.

boda

La panza de novia se nota a pesar de la crinolina  del vestido. Están en la calle frente a su casa. Poco a poco, minutos antes de que repartan los mixiotes y cervezas, mujeres de todas las edades van a colgarles billetes en todo el cuerpo sobre sus ropas. Entre ambos novios juntan unos ocho mil pesos. Hay billetes de a 20 pesos y algunos dólares. El estrés de lo que no sale bien, tampoco los desborda, se miran fijamente y acuerdan irse el lunes para retornar a sus clases, es decir, en sólo dos días.

Tienen 20 y 21 años de edad. Estudian en la Escuela Normal Regional de la Montaña para maestros. Desde hace un mes que la familia de la novia sabe del embarazo de seis meses, ella vive con el novio y él paga su educación. Al término de su boda por la iglesia se dan un beso. La chica no usa huipil mixteco sino vestido blanco, él traje sastre: saco, camisa, corbata y pantalón.

Lee la nota completa en Amapola.

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Por qué en México están apareciendo “antimonumentos” (y cómo reflejan los episodios más oscuros de su historia reciente)

Instalados por movimientos sociales en las calles de la capital mexicana, los "antimonumentos" intentan que las víctimas de casos de violencia emblemáticos y a la espera de justicia no se olviden.
8 de diciembre, 2020
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En México, un país donde nueve de cada diez delitos denunciados quedan impunes, los familiares de las víctimas luchan por conseguir que sus casos no caigan en el olvido.

Con ese objetivo afloraron en los últimos años en el país los llamados “antimonumentos”, unos memoriales que simbolizan historias muy distintas pero que comparten una finalidad: el recordar que sus casos continúan a la espera de justicia.

Todos fueron colocados en espacios de la vía pública por ciudadanos y movimientos sociales al margen de las autoridades, ya que precisamente lo que persiguen es “denunciar la inacción o poca empatía del Estado”, le dice a BBC Mundo el doctor en Antropología Alfonso Díaz Tovar.

Autor de la investigación “Antimonumentos. Espacio público, memoria y duelo social en México”, el experto destaca cómo los monumentos “tradicionales” son instalados por el Estado para que perduren en el tiempo y representen “discursos oficiales y verdades históricas”.

“Pero los antimonumentos surgen para deconstruir esas posturas oficiales mediante una apropiación del espacio público, digamos ‘caótica’, y que sí tienen una temporalidad”, apunta.

Así, según Díaz Tovar, mientras los monumentos representan ideas generales sobre la historia de una nación, los antimonumentos simbolizan historias que aún no han terminado, que actúan como una memoria que no está cerrada sobre algo pendiente y que no ha podido acceder a la justicia.

Varios de estos conjuntos están distribuidos por buena parte de México, como la imponente cruz de clavos en Chihuahua (y su réplica en Ciudad Juárez) que fue uno de los primeros que se instaló para representar a cada una de las mujeres asesinadas o desaparecidas desde los años 90.

Sin embargo, probablemente son los antimonumentos de la capital del país los que logran mayor atención, al haberse levantado en puntos emblemáticos y muy transitados de una de las ciudades más pobladas del mundo.

Esta es la historia -y la reivindicación- de los siete antimonumentos de Ciudad de México.

1. Los 43 de Ayotzinapa

Antimonumento de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa.

Marcos González

El primer antimonumento fue levantado en 2015 en memoria de uno de los casos de desaparición forzada más escandalosos y reconocidos internacionalmente en la historia reciente de México.

Un año antes, 43 jóvenes estudiantes de una escuela de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero, desaparecieron en el municipio de Iguala.

Seis años después, el caso sigue sin resolver y está considerado como uno de los mayores episodios de violaciones de derechos humanos en el país.

El Paseo de la Reforma, una de las arterias principales de la capital mexicana, se convirtió en escenario de habituales protestas por este caso y fue el lugar donde sus padres inauguraron un gran “+ 43” en rojo, en alusión a las otras miles de personas desaparecidas en México.

“Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos”, se lee en la base del antimonumento.

2. La desaparición de David y Miguel

Antimonumento a la desaparición de Miguel y David

Marcos González

A pocos metros, se encuentra otro antimonumento que recuerda precisamente otro caso de desaparición que tampoco fue resuelto.

Se trata de David Ramírez y Miguel Rivera, dos jóvenes secuestrados en 2012 cerca de Ciudad Altamirano cuando se dirigían al estado de Guerrero para festejar el 20º cumpleaños de uno de ellos.

Los captores se comunicaron con la familia, que llegó a pagar un rescate. Las autoridades iniciaron una investigación pero, en todo este tiempo, ni los jóvenes fueron liberados ni se logró detener a los responsables.

Sus familiares, sin embargo, denunciaron en numerosas ocasiones “inacción” por parte de la policía, y aseguraron que fueron ellos mismos quienes investigaron el paradero de sus hijos rastreando por ejemplo la señal de sus teléfonos, que los secuestradores siguieron utilizando.

La instalación representa una forma de letra T azul que simula dos siluetas dividas a la mitad y los transeúntes son llamados a colocar un candado en su base como muestra de apoyo.

3. Incendio de la guardería ABC

Antimonumento a los 49 niños muertos en el incendio de la guardería ABC.

Marcos González

En el mismo Paseo de la Reforma, un “ABC” de colores recuerda a los 49 niños que murieron en 2009 en el incendio de la guardería que llevaba este nombre en Hermosillo, estado de Sonora. Más de un centenar resultaron heridos.

El fuego se originó en los archivos de un edificio del gobierno estatal contiguo a la guardería mientras los pequeños dormían la siesta. Parte del personal se encontraba en la hora de la comida, y otros ya habían concluido su turno.

Las labores de evacuación fueron caóticas y se prolongaron durante 30 minutos. Vecinos de la zona abrieron boquetes en las paredes incluso con vehículos ante la falta de salidas de emergencia y extintores suficientes.

Cerca de 20 personas, entre funcionarios y encargados del cuidado de los niños, fueron condenadas a prisión. Pero cuando el año pasado se cumplió una década de la tragedia, ninguna había ingresado en la cárcel mientras se resuelven sus recursos de amparo.

Los familiares denuncian que no se ha hecho justicia y por eso colocaron el antimonumento frente a las oficinas del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), a través del cual la guardería prestaba sus servicios de manera subrogada.

4. La explosión en la mina de Pasta de Conchos

Antimonumento a los 65 mineros muertos en Pasta de Conchos.

Marcos González

Un gran “+ 65” pide justicia para los 65 trabajadores que fallecieron en 2006 atrapados por una explosión en la mina de carbón de Pasta de Conchos, en Coahuila.

Un año después, la compañía a cargo de la explotación de la mina suspendió las tareas de rescate tras haber recuperado solo dos cuerpos. Argumentó que se ponía en riesgo la vida de los equipos de emergencia.

Varias familias denunciaron que, de ser rescatados los cadáveres, podría evidenciarse que las condiciones de trabajo en la mina no eran adecuadas para garantizar la seguridad de los mineros, como concluyó después la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

El pasado octubre, el presidente Andrés Manuel López Obrador anunció que en 2021 se reanudará el rescate de los cuerpos atrapados. También confirmó que este año los familiares de los fallecidos recibirían sendas indemnizaciones.

Su antimonumento se encuentra desde 2018 en Reforma, frente a la Bolsa Mexicana de Valores. Un año después, los familiares colocaron junto a él decenas de cascos como símbolo de los mineros que quedaban por rescatar.

5. La masacre de Tlatelolco

Antimonumento a la masacre de Tlatelolco.

Marcos González

El simbólico Zócalo de Ciudad de México fue el lugar elegido para inaugurar un antimonumento cuando se cumplieron 50 años de la masacre estudiantil del 2 de octubre de 1968.

Aquel día, miles de personas se reunieron en la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, Ciudad de México, convocadas por un movimiento de estudiantes cada vez más activo que protestaba contra el gobierno y la violencia de la policía.

Pero ese 2 de octubre la actuación fue aún más desmedida. Cientos de soldados y miembros de grupos paramilitares iniciaron una balacera contra la multitud que participaba en un mitin pacífico. No hay un balance oficial de víctimas, aunque se estima que mataron a cientos de personas.

No fue hasta 2006 que el expresidente Luis Echeverría -quien era secretario de Gobernación en 1968 en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz- quedó en arresto domiciliario acusado de genocidio, aunque fue exonerado tres años después. Ningún funcionario fue declarado nunca culpable.

La emblemática frase “2 de octubre no se olvida” y otra que reza “Fue el Ejército, fue el Estado” pueden leerse en el antimonumento dedicado a una masacre que dio un vuelco a la vida política y social de México para siempre.

6. “Antimonumenta” contra los feminicidios

Antimonumento a los feminicidios

Marcos González

Un antimonumento para denunciar la violencia contra las mujeres parece inevitable en México, un país donde diez mujeres son asesinadas cada día.

El conocido como “Antimonumenta” fue inaugurado en el marco del Día Internacional de la Mujer del año pasado frente al Palacio de Bellas Artes.

Convertido en punto central de muchas de las marchas de mujeres organizadas en los últimos meses en la capital mexicana, junto a él suelen verse veladoras, flores, cruces rosas, fotografías de decenas de mujeres asesinadas o desaparecidas en el país y mensajes exigiendo justicia.

“Ni una más. No más feminicidios”, se lee en este antimonumento que fue saboteado durante una marcha de opositores al aborto el pasado año.

7. Masacre de migrantes de San Fernando

Antimonumento de la masacre de 72 migrantes en Tamaulipas.

AFP

El último en sumarse a la lista de antimonumentos de Ciudad de México fue un “+72” instalado el pasado agosto en Reforma, frente a la Embajada de Estados Unidos, para reclamar justicia por la masacre ocurrida en San Fernando diez años antes.

En agosto de 2010, 72 personas migrantes -la mayoría de origen centroamericano- fueron brutalmente asesinadas en esta localidad del estado de Tamaulipas, en la frontera norte de México.

El grupo fue secuestrado mientras viajaba en autobús por el cartel de Los Zetas, que los acribilló después de negarse a pagar el dinero que les exigían por dejarlos libres.

Los captores los vendaron, los obligaron a apoyarse contra un muro y luego los balearon. Solo dos personas lograron escapar. Ninguna persona llegó a ser condenada por este espeluznante hecho.

Con el mensaje “migrar es un derecho humano”, el antimonumento fue colocado como homenaje a las víctimas de esta masacre y a todos los migrantes muertos o desaparecidos en el peligroso viaje que emprenden cada año hacia territorio estadounidense.


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