Campamento otomí en colonia Juárez teme desalojo; vecinos acusan inacción de autoridades
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Foto: Alberto Pradilla

Campamento otomí en colonia Juárez teme desalojo; vecinos acusan inacción de autoridades

Vecinos en la colonia Juárez exigen que se levante el campamento. Alegan ruidos, suciedad y delincuencia. Integrantes del campamento otomí dicen que los acusan sin razón.
Foto: Alberto Pradilla
Comparte

Lorenza tiene 28 años y teme perder sus escasas pertenencias. Todo lo que esta mujer puede considerar como suyo cabe en una tienda de campaña hecha con plásticos, por la que se filtra el agua si llueve demasiado. En el centro,  hay un colchón en el que todavía duermen sus tres hijas; Maren, Viviana y María Laura. Las tres están cubiertas casi hasta arriba con varias mantas. A su alrededor el mobiliario es escaso. Apenas dos armarios, un televisor y un montón de cestas en las que se amontona la ropa.

Esta tienda de campaña se encuentra en el campamento otomí, ubicado a la altura del número 18 de la calle Roma, en la colonia Juárez.

“Queremos una vivienda digna y progresar”, dice la mujer. Explica que una de las cosas que más le duelen son los reproches cuando vende en la calle. Cuando le dicen que se busque un trabajo, que se regrese al pueblo, que es una india. “Si no fuese por los indígenas la gente no tendría sus casas. ¿Quiénes son los que las construyen?”, argumenta.

Son las 8 de la mañana. En el campamento los habitantes comienzan a desperezarse. Una mujer limpia la ropa en una pila. Otro joven ata los hilos con los que fabrica pulseras que luego venderá en la calle. En algunas de las tiendas hay carteles de apoyo a Marichuy, la candidata del Consejo Nacional Indígena, o de recuerdo a Samir Flores, activista contra la termoeléctrica de Morelos asesinado hace más de tres meses.

El campamento empieza a despertar, hay personas que comienzan sus rutinas y otros que no han dormido en toda la noche: son los que montan guardia para avisar si ven algo sospechoso.

Creen que pueden ser desalojados en cualquier momento.

Desde hace dos décadas, integrantes de la comunidad otomí, triqui y náhuatl residen en la colonia Juárez. Primero se instalaron en el predio de la embajada de España en tiempos de la República española (de 1931 a 1936, aunque estuvo en funcionamiento hasta el fin de la guerra civil, en 1939). El sismo de 2017 dañó el edificio y, un año después, fueron desalojados. Se establecieron en dos campamentos: uno en la calle Londres 7 y el otro en Roma 18.

La mayor parte de los integrantes del campamento proceden de Santiago Mexquititlán, estado de Querétaro.

“Desde chiquita yo estaba ahí. Ahí dentro estábamos más seguros. Aquí corremos riesgos, pasan los carros, no podemos estar seguros aquí afuera. Pasan borrachos, gente que no vive aquí y nos pueden hacer algo. Ahí lo teníamos cerrado”.

Joaquina tiene 22 años y no conoce otra vida que no sea la de la Juárez. Llegó con su madre cuando tenía dos años y ahora su hija, de 5, acude al colegio cada día tras dormir en una tienda de campaña. Dice que le gustaría tener una “vivienda digna” y que por eso se mantienen aquí, porque esperan que las autoridades les ofrezcan una solución. Viste traje tradicional otomí y dice sentirse molesta cuando le acusan de no ser indígena.

Estas mujeres relatan ser discriminadas. Aseguran haber sido insultadas por su condición de indígena y, al mismo tiempo, acusadas de no serlo.

La preocupación más urgente para ambas es otra. Lorenza y Joaquina tienen en mente lo ocurrido el pasado 30 de mayo. Sus compañeros de la calle Londres, con quienes compartían condiciones de vida, pero no organización, fueron expulsados en un operativo coordinado entre la alcaldía de Cuauhtémoc y la secretaría de Seguridad Pública del Gobierno de la Ciudad de México. Ellos evitaron el desahucio. Pero no se sienten a salvo. Creen que en aquel momento eludieron el desahucio porque mantenían una mesa de diálogo institucional, pero no confían en las autoridades.

Leer: ‘No tenemos dónde ir, dónde quedarnos’: testimonios del desalojo en la colonia Juárez

Temen que ocurra lo mismo con ellos. Son 80 personas las que siguen pernoctando cubiertos por precarios plásticos.

“El alcalde dijo la semana pasada que esta semana podrían venir. Tenemos el temor de que pueda ocurrir”, dice Diego García, representante de la Unión Popular Revolucionaria Emiliano Zapata, que acompaña al campamento.

“El miedo que tenemos todos es que lleguen, nos vayan a golpear, nos tiren las cosas como pasó con los otros compañeros”, dice Isabel, otra de las residentes en tienda de campaña. Ella vende artesanías. En concreto, unas muñecas cuyo precio oscila entre los 120 y los 240 pesos. Teme que si viene la policía no pueda recuperar el material para fabricar las muñecas. Es lo que les ha ocurrido a los que vivían en Londres 7. Según explica Roberto, uno de los expulsados, la alcaldía no les devolvió sus pertenencias. Únicamente seis familias de las que fueron desalojadas permanecen en un plantón en el Zócalo. “No tenemos otro lugar a dónde ir”, dice Roberto.

Reunión de los vecinos con el alcalde Núñez

La otra cara de la moneda son los vecinos de la zona. Exigen que se levante el campamento. Alegan ruidos, suciedad y delincuencia. Ellos fueron la razón de que se expulsase a los ocupantes de la calle Londres, según Arturo Medina, subsecretario de Gobierno de la Ciudad de México.

Los vecinos alegan que, tras el primer desalojo, se ha desatendido su petición de terminar con el trabajo. Según explica Alberto, uno de los residentes que comenzó a organizar reuniones contra la presencia del campamento, acudieron dos ocasiones a la audiencia pública de la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaun. También solicitaron audiencia privada con el alcalde de Cuauhtémoc, Néstor Núñez.

Únicamente lograron una reunión abierta con Núñez. El encuentro tuvo lugar el jueves 13 de junio. Se celebró en la plaza Giordano Bruno, justo frente al campamento de la calle Roma. Acudieron vecinos y también algún representante de la comunidad otomí. Según Alberto Gutiérrez solo se llegó a un acuerdo: reforzar la seguridad. Ahora hay un policía permanente en la zona.

Sobre las demandas de los residentes, que se centran básicamente en la expulsión del campamento, no hay más novedades. En la alcaldía de Cuauhtémoc aseguran que el objetivo es celebrar otro encuentro. Si tuviesen previsto desalojar tampoco lo dirían.

A pesar de ello el rumor de que puede llegar el desalojo en cualquier momento está en el ambiente. Les llegó a los comunitarios, que el sábado convocaron una conferencia de prensa para denunciar su situación. También les ha llegado a los vecinos, en cuyas redes se extendieron los rumores sobre una posible expulsión.

No solo los vecinos se han reunido con las autoridades. Los miembros de la comunidad otomí aseguran haber mantenido reuniones con Larisa Ortiz, directora de la Secretaría de Pueblos Indígenas de la Ciudad de México. Según denuncia Diego García, recibieron una visita en la que la institución se comprometió a apoyar con agua y colchones. El agua llegó solo en una ocasión. La versión es corroborada por fuentes de la secretaría, que aseguran que están ejerciendo de enlace entre los comunitarios y otras instituciones como el Invi, el Instituto de Vivienda.

Los residentes en el campamento no han variado sus demandas: dicen que están dispuestos a levantar sus tiendas si se les garantiza una vivienda en la colonia. Aseguran que ofrecieron comprar el predio, que la ley tiene mecanismos de expropiación, pero que las autoridades no tienen voluntad.

Leer >> Diputados rectifican ley sobre desalojos en CDMX; redacción anterior beneficiaba a invasores, dicen

Aunque mantienen posiciones antagónicas, comunidad otomí y vecinos tienen un punto en común: ambos se sienten abandonados por las instituciones. Después del desalojo del 30 la situación ha regresado a una tensa calma. Y eso inquieta a todo el mundo.

La sensación en el ámbito institucional es que no hay nadie que se haga cargo del conflicto. Animal Político preguntó al Gobierno de la Ciudad de México, a la secretaría de Seguridad Pública, a la Secretaría de Pueblos Indígenas y a la alcaldía de Cuauhtémoc. Cada institución pasó a la pelota a otra sin explicar algún tipo de plan para resolver el conflicto.

Mientras tanto, en la calle Londres, la desalojada, ya se han realizado las labores de limpieza. Lo mismo ocurre en el interior del predio. Esta zona está custodiada por agentes armados. Uno de ellos se identificó como policía del Estado de México. Se trata de una práctica habitual: subcontratar agentes públicos para custodiar terrenos privados.

“Parece que lo reactivo fue el poder del dueño del inmueble”, dice Alberto Gutiérrez, uno de los impulsores del grupo vecinal. Sospecha que se limpió una parte del terreno para poder construir, y que las diferentes instituciones van a darles la espalda.

Según los acampados, el predio es titularidad de una inmobiliaria llamada Eduardo S.A. de C.V. En la alcaldía de Cuauhtémoc, sin embargo, indican que el terreno todavía está en disputa.

No es fácil vivir en un campamento en mitad de la calle Roma. Isabel explica que no tienen agua corriente, que tienen que recogerla de la toma de un parque cercano. Dice que lo hacen de noche, porque si no los vecinos se molestan. También se queja de que los residentes les culpan de hechos en los que ellos, asegura, no tienen responsabilidad. Como los desperfectos en el pavimento, que ellos achacan a las tuberías que pasan por debajo.

“Aquí no hay drogas ni delincuencia, nadie de aquí roba”, dice la mujer. Explica, por ejemplo, que la víspera hubo un problema con cuatro jóvenes de la comunidad. Según su versión, alguien les acusó de robar en un Oxxo, aparecieron varias patrullas, un agente llegó a sacar un arma.

Es probable que la versión que tengan los vecinos de la calle sea completamente diferente.

Hay dos mundos completamente opuestos en una pequeña calle de la colonia Benito Juárez y solo coinciden en una cosa: creen que las autoridades no quieren abordar soluciones al problema.

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal

Coronavirus: el conductor de Uber al que echaron de su casa y terminó muriendo solo de covid-19

Rajesh Jayaseelan trabajaba como conductor en Londres para ahorrar lo suficiente y poder establecerse con su familia en India.
30 de abril, 2020
Comparte
Rajesh Jayaseelan con sus dos hijos.

Mary Jayaseelan
Rajesh Jayaseelan hablaba todos los días con sus dos hijos, de 6 y 4 años.

La última vez que Mary Jayaseelan habló con su esposo Rajesh, estaban a punto de conectarlo a un ventilador en una sala de emergencias para enfermos de covid-19.

Rajesh estaba en el Hospital Northwick Park de Londres, la ciudad en la que trabajaba como conductor de Uber durante la mayor parte del año.

Mary estaba a más de 8,000 kilómetros de distancia, en la casa de la familia en Bangalore, India, con los dos hijos pequeños de la pareja.

Hasta ese momento, él le había dicho en repetidas ocasiones que estaría bien, que se sentía enfermo pero que no debía preocuparse, que mejoraría: con 44 años, era joven y, por lo demás, estaba sano.

Pero durante esa llamada, se quebró y admitió: “Mary, estoy un poco asustado”.

Murió al día siguiente.

Short presentational grey line

BBC

Rajesh y Mary se casaron el 24 de febrero de 2014 y alquilaron una casa en Hulimavu, al sur de Bangalore, que compartían con la madre de él, de 66 años.

Durante la mayor parte del año, Rajesh alquilaba una habitación en Harrow, en el norte de Londres, y trabajaba como conductor de Uber.

Un teléfono que muestra la aplicación Uber frente a Tower Bridge, en Londres

Getty Images
Rajesh trabajaba como conductor de Uber en la capital británica.

Trabajaba desde altas horas de la noche hasta las primeras de la mañana, cuando la demanda es mayor, para poder ahorrar suficiente dinero y pasar así unos meses con su familia en India.

Le gustaba ser conductor, aunque no previó que su precario trabajo lo haría vulnerable ante la crisis de salud global que surgiría más tarde.

“Había estado viviendo en Londres de forma intermitente durante 22 años, y volvía a India durante varios meses seguidos”, dice Mary.

“Le encantaba la ciudad. Siempre me hablaba de lo hermosa que era y tan limpia. Nunca he estado en Londres, así que él me la describía”.

Eran muy felices, dice.

Rajesh amaba a su esposa y jugar con sus dos hijos, de seis y cuatro años. Cuando no estaba en India, mantenían videoconferencias a diario.

“También era un muy buen cantante”, dice Mary, llena de orgullo. “Cantaba muchas canciones en hindi”.

Era una “persona humilde y gentil”, agrega su amigo cercano Sunil Kumar.

Sunil y Rajesh se conocieron en 2011. Ambos eran de Bangalore, por lo que amigos en común los pusieron en contacto cuando Sunil se mudó a Reino Unido.

Se ayudaban mutuamente a navegar por los diversos sistemas burocráticos británicos, se prestaban pequeñas cantidades de dinero cuando era necesario, y Sunil y su esposa invitaban a Rajesh a comer a su casa en Hertfordshire, enviándolo de vuelta con deliciosa comida del sur de la India para varios días.

Aunque Rajesh amaba Londres, no planeaba quedarse para siempre: quería volver a estar con su familia en India.

Rajesh y Mary el día de su boda, en febrero de 2014.

Mary Jayaseelan
Rajesh y Mary el día de su boda, en febrero de 2014.

Alquilar su casa en Hulimavu fue relativamente costoso, por lo que durante su última estadía en Bangalore, a fines de 2019, él y su esposa obtuvieron un préstamo y compraron un terreno para construir su propia vivienda.

Pensaron que el préstamo no sería un problema: Rajesh volvería a Londres y ahorraría el dinero suficiente para pagarlo. La siguiente vez que viajara a Bangalore, le dijo a su esposa, sería para quedarse.

Regresó a Londres el 15 de enero. Menos de dos semanas después, se reportaron los primeros casos de coronavirus en Reino Unido.

Aunque el virus había llegado a país, Rajesh no estaba demasiado preocupado.

Las tiendas y restaurantes todavía estaban abiertos, la gente seguía yendo al trabajo y saliendo después. Para todos, incluidos los conductores de Uber, la vida continuó como siempre.

Luego llegó marzo y el virus ya estaba pasando de persona a persona dentro de Reino Unido. El número de casos, y muertes, aumentaba cada día.

A quienes mostraban síntomas, incluidas fiebre leve y tos persistente, se les pidió que se autoaislaran durante siete días.

El 23 de marzo el primer ministro, Boris Johnson anunció un cierre nacional que duraría inicialmente tres semanas.

Significaba que la mayoría de las empresas cerrarían, y solo se permitiría a las personas salir a tomar aire una vez al día y hacer viajes esenciales a las tiendas, a menos que fueran considerados trabajadores “esenciales”.

Al igual que muchos conductores de Uber, Rajesh continuó trabajando al principio, pero rápidamente desarrolló síntomas parecidos a la gripe y tuvo que dejar de hacerlo.

Su último trabajo fue el 25 de marzo: un viaje al aeropuerto de Heathrow.

Aviones en el aeropuerto de Heathrow

Getty Images
El último viaje que realizó Rajesh fue al aeropuerto de Heathrow.

Sus síntomas empeoraron mucho y fue ingresado con deshidratación.

En el hospital le hicieron la prueba del coronavirus. Dio positivo.

Short presentational grey line

BBC

El personal médico le dijo que se fuera a casa, se aislara y que volviera si sus síntomas empeoraban. Hizo lo que le dijeron y se fue a su habitación. Pero las cosas estaban a punto de empeorar.

“El propietario le pidió a Rajesh que saliera a buscar algo y cuando regresó había cambiado las cerraduras, por lo que no pudo entrar”, dice Mary.

“Trató de llamar a la puerta y pedirle al arrendador que hablaran, pero no abrió la puerta”.

El propietario no sabía sobre su diagnóstico positivo, pero le dijo que, como conductor de Uber, podría traer el coronavirus a la casa, y que no era un riesgo que estuviera dispuesto a correr.

Sin otro lugar adonde ir, Rajesh se vio obligado a dormir en su automóvil durante varias noches.

“No tenía comida, absolutamente nada que comer”, dice Mary.

En este punto llamó a su amigo Sunil para pedirle su consejo.

“Esa fue la última llamada que me hizo”, dice este. “No entró en detalles sobre lo que le estaba sucediendo, pero debido a que yo trabajo en el Servicio Nacional de Salud (NHS), me hacía preguntas como ‘¿Qué tan seguros estamos?’, ‘¿Es mejor volver a India? … cosas así”.

“Me preguntó si conocía alguna ruta, si había alguna forma posible de hacerlo: quería ir a India y estar con su familia. Pero para ese entonces también había  un cierre total en India”.

Rajesh Jayaseelan con sus dos hijos.

Mary Jayaseelan
Tras enfermar, Rajesh trató de averiguar cómo podía volver a India a estar con su familia.

Sunil le dijo que lo mejor era quedarse en casa, no trabajar, y buscar ayuda financiera para los trabajadores autónomos que el gobierno acababa de anunciar, o la asistencia de 14 días ofrecida por Uber.

Rajesh estuvo de acuerdo y explicó que necesitaba encontrar un nuevo lugar para vivir, porque su propietario le dijo que era de alto riesgo. Pero, dice Sunil, no le dijo que ya lo había echado de casa: “Puede que se sintiera avergonzado por ello“.

Tras conversar con su amigo, Rajesh volvió a llamar a su arrendador para rogarle que lo dejara quedarse. No hubo respuesta.

Después de días de búsqueda, finalmente encontró otra habitación en una casa compartida en Harrow.

El nuevo propietario le hizo pagar por adelantado £4,000 (unos US$5,000), un dinero que no tenía, y Mary dice que tuvo que pedir prestado.

Una vez que Rajesh volvió a conseguir donde vivir, no quiso arriesgarse a ser desalojado nuevamente.

Se escondió y evitó el contacto con su nuevo propietario y todos los demás inquilinos, sin siquiera atreverse a cocinar.

Su salud empeoraba con cada día que pasaba. La única interacción social que tenía eran las llamadas diarias con su esposa.

Fue durante una de estas conversaciones telefónica que Mary notó que estaba respirando con dificultad.

“Resollaba mucho en esa habitación y cada día empeoraba”, dice ella.

“Una noche le dije que fuera al hospital. No quería llamar a una ambulancia, por si los vecinos se enteraban de que estaba enfermo y volvían a desalojarlo”.

Rajesh condujo hasta el hospital, a pesar de que se quedaba sin aliento. Cuando llegó le diagnosticaron neumonía.

“A la mañana siguiente me llamó desde el hospital. Era una videollamada, y cuando los niños lo vieron comenzaron a llorar por lo enfermo que estaba”, dice Mary.

Apagó su video y me dijo que no quería que lo recordaran tan mal“. Hablarían solo unas pocas veces más.

Northwick Park Hospital, en Londres, donde falleció Rajesh.

Getty Images
Rajesh murió en el hopital Northwick Park, en Londres.

El 11 de abril, los médicos que lo cuidaban llamaron a Mary y le explicaron que Rajesh estaba crítico y que no esperaban que mejorara.

Organizaron una videollamada para que ella y los niños lo vieran por última vez. Estaba inconsciente.

Murió dos horas después.

Short presentational grey line

BBC

Si bien se ha repetido a menudo durante esta pandemia que “el coronavirus no discrimina”, es evidente que el virus es peor para algunos que para otros.

Afecta particularmente a los que viven al día y a aquellos que no tienen trabajos permanentes, lo que incluye a conductores autónomos como Rajesh.

El año pasado 4.7 millones de personas tenían ese tipo de empleos en Reino Unido y, según un estudio publicado en 2018, el 60% de la población mundial trabaja en la economía informal.

Otra investigación realizada por el Foro Económico Mundial y otros organismos muestra que estos trabajadores se ven desproporcionadamente afectados por la pandemia.

Se debe a una combinación de factores: ser clasificados como trabajadores “esenciales”, lo que requiere que continúen interactuando con extraños; no contar con licencias por enfermedad con goce de sueldo, lo que dificulta el autoaislamiento; tener salarios bajos e inseguros, lo que hace que sea más probable que habiten viviendas inseguras; y no tener derecho a evaluaciones de riesgo o equipo de protección.

Ayako Ebata, del Instituto de Estudios de Desarrollo de la Universidad de Sussex, en Reino Unido, dice que debido a que estas personas no tienen empleos permanentes y “dependen en gran medida de sus salarios diarios”, están bajo mucha presión para no perder sus trabajos o tomarse un descanso, incluso cuando existen riesgos importantes para su salud.

No es porque sean ignorantes o estén desinformados, es porque todo el sistema los está obligando a tomar decisiones que eventualmente resultarán perjudiciales para sus medios de vida y su salud”.

Un repartidor negro y un farmaceuta asiático en Londres

Getty Images
En Reino Unido, muchos de los trabajadores esenciales, que están más expuestos al coronavirus, pertenecen a minorías raciales.

La raza también es un factor de riesgo. Según múltiples estudios recientes, las personas negras, asiáticas o de minorías étnicas en Reino Unido, como Rajesh, tienen una probabilidad desproporcionadamente mayor de tener un trabajo inseguro que las blancas.

También tienen una probabilidad desproporcionadamente mayor de enfermarse de gravedad y morir con covid-19.

Los pacientes de minorías étnicas representan el 34% de los que están en cuidados intensivos, a pesar de representar solo el 13% del total de la población.

Las investigaciones sugieren que esto se debe a una combinación de factores de riesgo: una mayor incidencia de afecciones de salud subyacentes de alto riesgo, como diabetes e hipertensión, así como factores sociales y una desigualdad sistemática.

“El coronavirus está haciendo que muchas de las desigualdades en nuestra sociedad, a las que previamente habíamos hecho la vista gorda, se vean muy claramente“, dice Alex Wood, un sociólogo de la Universidad de Oxford.

Short presentational grey line

BBC

Después de enterarse de que su hijo había muerto, la madre de Rajesh se enfermó.

Sufre de hipertensión y tuvo un aumento del nivel de azúcar en sangre, por lo que ahora se limita a estar en cama. “Está inconsolable desde entonces”, dice Mary.

Como tiene que hacer frente al préstamo para comprar su casa, las facturas médicas y las tarifas escolares, Mary está tratando de encontrar trabajo como limpiadora en su área, pero el confinamiento está haciendo que sea mucho más difícil tener sus finanzas bajo control.

Sunil los está ayudando con dinero cuando puede, y ha organizado una recaudación de fondos en línea para ellos.

Mary y sus dos hijos

Mary Jayaseelan
La campaña online que creó Sunil logró recolectar más de US$170.000 para Mary y sus hijos.

También está investigando si puede emprender acciones legales contra el primer arrendador de Rajesh, y los familiares de Mary en Bangalore le han organizado una recaudación de fondos en India.

Uber también contactó a la BBC para ofrecer sus condolencias a la familia.

Pero más que nada, Mary está luchando para aceptar la rapidez con que todo ha cambiado.

“Ahora que Rajesh se ha ido, nuestra vida se ha vuelto muy difícil”, dice. “No sé qué haremos sin él”.

Enlaces a más artículos sobre el coronavirus

BBC

Visita nuestra cobertura especial



Ahora puedes recibir notificaciones de BBC Mundo. Descarga la nueva versión de nuestra app y actívalas para no perderte nuestro mejor contenido.

https://www.youtube.com/watch?v=3FlrsNfKguk

https://www.youtube.com/watch?v=zdkwo02LwCs&t=10s

https://www.youtube.com/watch?v=OkijKj0TIpM&t=4s

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.

close
Información verificada del COVID-19 #CoronavirusFacts