Bajo la lluvia, migrantes duermen en la calle en espera de asilo en México; solicitudes de refugio pueden llegar a 80 mil
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Alberto Pradilla

Bajo la lluvia, migrantes duermen en la calle en espera de asilo en México; solicitudes de refugio pueden llegar a 80 mil

El número de solicitantes de asilo en los cinco primeros meses de 2019 ya supera a todo 2018, y la Comar cree que las cifras se pueden triplicar.
Alberto Pradilla
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“En la casa vivíamos siete. Le quitaron la vida a mi hermano y bajamos a seis”.

Dos adolescentes sentados en una pequeña grada en la calle en el centro de Tapachula. Se cubren con un abrigo a modo de mantita en las rodillas. Son hondureños, de San Pedro Sula, sector López Arellano. Da igual cómo se llamen, ellos no quieren ser identificados. Llevan una semana durmiendo en el piso. Todo está mojado. El mayor tiene 20 años y es güerito, como si le hubiesen dado un flashazo con la cámara. El pequeño es tostado, de cabello corto y rizado, y aparenta menos de los 15 que dice tener.

“Le dieron tres tiros en la cabeza”, dice el mayor sobre su hermano muerto.

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El 12 de marzo alguien ejecutó a su hermano, afirma el grande, el güero. A la víctima le faltaban tres días para cumplir los 18 años. Sus asesinos, asegura, fueron sicarios del Barrio 18, una de las dos grandes pandillas que opera en Centroamérica, sur de México y Estados Unidos. La otra es la Mara Salvatrucha o MS-13.

Hablamos de jóvenes pobres, casi adolescentes, que controlan colonias enteras. Matan y extorsionan a sus vecinos, también pobres, en una guerra no declarada pero que desangra Honduras, Guatemala y El Salvador desde mediados de los años 90. Fue entonces cuando los primeros mareros llegaron deportados desde Estados Unidos, y se hicieron con el control de barrios desolados que se lamían las heridas de largas guerras civiles, y en los que el Estado es inexistente.

El hermano mayor explica su tragedia: “Somos conocedores de la palabra de Dios. Tenemos un hermano que se alejó porque tenía una novia, pero no andaba en cosas malas. Pero donde nosotros vivimos gobierna la MS. Y en otras colonias gobierna la 18. Y la 18 no quiere ver a los de la MS. Entonces se armó un relajo, se están peleando el territorio y le quitaron la vida a mi hermano. Los 18 mandaron una nota a la MS diciendo que por un pecador había muerto un justo. Ellos mataron a uno de los 18 pero como no pudieron ir a la otra colonia a cobrar venganza, entonces se cobraron la vida de él”.

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Foto: Alberto Pradilla

Alguien mató a su hermano hace tres meses y estos dos jovencísimos hondureños no tardaron en marcharse por miedo a ser los siguientes. “Nosotros nos enteramos de que llegaban camionetas a tomar fotos a nuestra casa y por miedo a que nos hicieran daño nos tuvimos que ir”, dice el mayor, el que más habla.

Vivir en la López Arellano es tener más posibilidades de que te peguen un tiro que en otros lugares de Honduras. Como explica la periodista hondureña Catty Calderón, del medio A Contracorriente, en las últimas dos semanas “casi todos los días se han producido asesinatos”. Por eso estos dos hermanos huyeron. Porque no quieren acabar con tres disparos en la cabeza.

El güerito y el moreno (da igual cómo se llamen, no quieren identificarse ni mostrar sus rostros) llevan una semana durmiendo a la intemperie. No son los únicos. En el exterior de la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar), en Tapachula, Chiapas, se ha organizado un pequeño campo de exiliados al aire libre. Se acuestan sobre colchones, sobre cartones, en el piso. Se cubren con plásticos y periódicos. No tienen dónde cobijarse, deben guardar fila para pedir protección así que se quedan aquí. En el suelo. En la calle. Vulnerables y desprotegidos.

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Los albergues están sobrepasados.

Los migrantes no tienen dinero para pagar un cuarto.

La gente duerme en el suelo porque no tiene recursos y este es un espacio seguro, un lugar en el que saben que los agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) no les van a arrestar.

Se puede triplicar el número de solicitudes de asilo

“Esto comenzó en abril. Primero eran 100. Luego, 150. Ahora son unos 300. La situación se está volviendo insostenible y tenemos una crítica, aunque Comar no sea responsable de la situación”, dice Andrés Ramírez, comisionado del organismo mexicano de ayuda al refugiado.

Ramírez es consciente de que es un problema que decenas de personas estén durmiendo al raso ante sus oficinas. Por un lado, para los propios solicitantes de asilo, que se encuentran desparramados por la calle, convirtiendo la esquina entre octava avenida sur y cuarta poniente en un campo de futuros refugiados a la intemperie. Por otro lado, para los vecinos. “Estamos sufriendo una tremenda presión de las personas locales para cerrar nuestras oficinas, tenemos una situación de mucho repudio por parte de las personas de Tapachula”, dice.

El número de solicitantes de asilo se ha disparado.

El año pasado se cerró con 21,647 peticiones.

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Los cinco primeros meses de año se cerraron con 24,424 requerimientos.

Si todo sigue a este ritmo, y no hay nada que lleve a Ramírez a pensar que esta tendencia pueda modificarse, en 2019 se pueden alcanzar las 80,000 demandas de refugio, casi tres veces más que el año pasado.

Todo esto lo tiene que gestionar una institución cuyo presupuesto decreció este año en casi cinco millones, quedando en un total de 20 millones 843 mil pesos.

Existen dos perfiles diferentes entre estos solicitantes. Los que van a por el refugio de forma “genuina”, en palabras de Ramírez, y los que recurren a la Comar porque pedir la constancia de que se ha solicitado el refugio es condición sine qua non para obtener la tarjeta de residente por motivos humanitarios.

Este documento permite viajar libremente por todo el país y no está tan atado a los requisitos del refugio. Es el que piden haitianos, cubanos o extracontinentales para seguir el camino hacia el norte.

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Foto: Alberto Pradilla

La lista que gestionan los propios migrantes

“Vinimos el martes de la semana pasada. Primero Dios, lo que queremos es que salgan los papeles aquí y refugiarnos. Estuvimos dos días durmiendo en un hotel, pero no alcanza el dinero así que nos quedamos aquí, acompañándonos entre todos”, dice el hermano mayor.

El proceso es el siguiente: los solicitantes tienen que ser atendidos por primera vez en la Comar. Una vez registrados les dan otra cita, para la que también tienen que esperar un tiempo. Dos tipos que duermen sobre varios colchones y que no quieren identificarse dicen tener cita para el 3 y el 4 de julio. A partir de ahí, 45 días, ampliables a otros 45 más para recibir una respuesta. Pero ese plazo nunca se cumple. Las oficinas están colapsadas y hay gente que pasa meses sin saber si ya tiene la protección del Estado mexicano.

Estos dos hermanos han escalado posiciones hasta tener el turno 99. Si todo sale bien, al día siguiente serán atendidos. Por ahora, están en la calle, pies mojados, pantalones mojados, cartones para sentarse.

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Si les dan refugio podrán salir a pedir trabajo, tendrán un documento. Ahora, en cambio, matan las horas en la calle.

La Comar solo tiene capacidad para atender a 100 solicitantes al día. No dan abasto. Así que son los propios migrantes los que se organizan.

“Mantenemos el orden para que no haya relajo. La gente se apunta, se apuntan hasta 350 personas. Hay gente que viene noche tras noche”, dice Noé Escalante, de 42 años, de Progreso, estado de Yoro, en Honduras.

Explica que él lleva en Tapachula un año. Que pidió refugio pero se lo denegaron. Tuvo suerte. El 18 de enero llegó a la frontera entre Guatemala y México una caravana, la primera del año. El Gobierno de Andrés Manuel López Obrador quiso demostrar que sus políticas serían diferentes. Por eso entregó más 12.000 tarjetas de visitantes por motivos humanitarios. Luego cerró el grifo, pero Escalante aprovechó y puede moverse libremente por todo México. Esa es la teoría, porque Escalante no tiene dinero para moverse más allá de los retenes que blindan Tapachula.

Escalante se presenta como el guardián de la lista. Son las ocho de la tarde del miércoles, 12 de junio. Llueve a mares. Hay casi 350 personas inscritas.

El sistema es similar al que funciona en el paso de El Chaparral, en Tijuana. Allí también han tenido que autogestionarse los propios migrantes. Como los funcionarios estadounidenses les atienden a cuentagotas y el número de peticiones se ha disparado, los demandantes de asilo se reparten números. Por cada número son diez familias. Cuando uno recibe ese número debe calcular que pasarán al menos dos meses hasta que le toque.

Ahora, después del acuerdo entre México y Estados Unidos, además tendrán que regresar al sur hasta que un juez determine algo sobre su petición. Esto puede implicar que se incrementen las solicitudes en el norte de México, según reconoce Ramírez, que explica que van a abrir dos oficinas en Tijuana y Monterrey.

Hablar con el INM para agilizar los trámites

En las cuadras que rodean las oficinas de la Comar en Tapachula hay de todo. En su mayoría son centroamericanos y, de entre estos, más hondureños que salvadoreños o guatemaltecos. También hay congoleños, haitianos, cubanos. Son personas en tránsito, que lo que quieren es una constancia que les permita seguir su camino, hacia la frontera norte o hacia Estados Unidos.

Agilizar sus trámites y no obligarles a pasar por Comar es una de las recetas de Andrés Martínez para descongestionar el proceso. “Tenemos que hablar con el INM. No hay la necesidad de dar toda esa vuelta. Se está generando una carga excepcional y exagerada. Muchas de estas personas son personas que no lo hacen porque genuinamente sean refugiados, sino para conseguir la tarjeta”, dice.

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Otra solución: incrementar el presupuesto. Y, derivado de esta, que se aumente el número de funcionarios de la Comar. Según explica Ramírez, la institución tiene 48 plazas en todo el país para atender las oficinas de Tenosique, Tabasco; Acayucan, Veracruz; y Tapachula. La comisión para la frontera sur ha derivado otros 71 funcionarios, y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), otros 30.

Son 150 personas para una estimación de 80,000 peticiones de asilo. Bajo esa regla de tres, lo raro es que en lugar de 300 personas durmiendo en el suelo no haya 3,000.

El jefe de la Comar dice que van a abrir otra oficina en Palenque para mitigar el colapso de Tapachula. Ahí también está previsto uno de los tres cuarteles en los que se desplegarán los agentes de la Guardia Nacional, que quieren cerrar la frontera sur.

Todas estas cábalas no llegan al exterior de la oficina de la Comar en Tapachula, donde la gente se cubre de la lluvia con plásticos mientras aguardan su turno.

“Aquí en este piso se está mejor que en Honduras. Dormimos en la calle porque estamos tranquilos y no tenemos recursos para un cuarto. Tenemos unos 20 días. Vinimos casi a finales de mayo. No se puede estar en Honduras. No se puede vivir. Estamos mejor aquí”, dice Miguel Martínez, de 31 años, de Progreso, Yoro. Vino con toda su familia. En total, ocho mayores de edad y otros cinco menores. “Queremos trabajar, comer, estar tranquilos. ¿Para qué voy a ir a Estados Unidos? Lo que buscamos es refugio, tener algo para salir libremente a buscar su trabajo”, afirma.

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Martes 13 y otras situaciones, objetos y animales que ¿traen mala suerte?

Según las creencias, el 13 es mala suerte porque es el número de quienes participaron en la última cena de Jesús antes de ser crucificado.
13 de septiembre, 2022
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En martes, ni te cases, ni te embarques, ni de tu casa te apartes.

El dicho popular recomienda no hacer nada arriesgado el martes, por considerarse un día de mala suerte.

Se trata de un famoso refrán del idioma español que tiene su base en la superstición.

Según detalla la página web del Instituto Cervantes, esto se debe a que este día de la semana estaba consagrado a Marte, el dios de la guerra en la mitología latina, por lo que se consideraba un día de mal agüero para emprender algo importante.

También aclara que en la antigüedad tenía la misma connotación para los egipcios y los turcos y que algunos historiadores españoles relacionaban la superstición porque “los martes se produjeron algunas importantes derrotas de los moros a las tropas cristianas”.

La complicación del 13

Pero parece que, además de martes, el problema se agudiza cuando es 13.

Los países anglosajones tienen su versión también del día de mala suerte: el viernes 13.

Según las creencias, el 13 es mala suerte porque es el número de quienes participaron en la última cena de Jesús antes de ser crucificado.

También es el capítulo del Apocalipsis o Revelación de la Biblia y en el que habla de una bestia, la causa de todo mal.

Y hasta existe la fobia al número 13: la triscaidecafobia.

Número 13

Lo concreto es que no hay una bibliografía que respalde cada una de estas creencias populares que muchas de ellas se remontan a tiempos inmemoriales.

Pero la mala suerte no solo está representada en el número 13 (para muchos), sino que también se aparece en animales, acciones y determinadas situaciones, etc.

Pero, ¿por qué y cuáles son? En BBC Mundo hicimos un listado.

La sal derramada

sal

Durante siglos y siglos, la sal tuvo un rol importante en las culturas.

Desde utilizarla para condimentar y conservar los alimentos hasta utilizarla como una forma de moneda de intercambio que luego dio origen a la palabra salario.

Por eso, derramar sal es signo de mal presagio para muchos.

También existe la superstición de que no se debe pasar el salero de mano en mano, sino que se apoya en la mesa, por la misma razón anterior: por miedo a que se derrame.

¿Qué culpa tendrá el gato?

Gato negro

Muchas personas consideran que es mala suerte que un gato negro se cruce por delante.

Para el cristianismo, los gatos de color negro eran símbolos del mal y estaban asociados a las brujas.

Sin embargo, para la cultura egipcia eran animales de adoración.

La escalera

Mujer camina debajo de escalera

El origen de por qué pasar debajo de una escalera es de mala suerte también es variado.

Una escalera apoyada en una pared forma un triángulo, forma que el cristianismo representa la santísima trinidad, por lo que atravesarlo, era señal de desafiar lo sagrado.

Otra creencia sostiene que está relacionada a las ejecuciones por ahorcamiento, ya que el verdugo debía subir a una escalera para colocar la soga y luego para retirar el cuerpo.

Abrir paraguas bajo el techo

Este es otro caso de superstición que no tendría un origen común.

El paraguas es un antiguo invento chino que fue pasando de cultura a cultura para distintas funciones hasta la actualidad.

Pero en un principio el paraguas era utilizado por reyes como sombrilla para bloquear los rayos del sol, por eso abrirlo en un lugar con sombra era un sacrilegio.

Hombre sostiene un paraguas

Otra creencia sostiene que si una persona abre un paraguas bajo techo, se trata de una doble protección, por lo que trae mala suerte.

Y tal vez, el más racional de todos, es que si abres un paraguas dentro de tu casa, puedes causar un accidente.

Romper un espejo

Espejo roto

La creencia dice que si rompes un espejo tendrás 7 años de maldición.

Todo surge de la catoptromancia, que es la adivinación por medio del espejo.

El espejo era un elemento que se utilizaba para la magia por lo que si se rompía, el futuro sería aterrador.

La mala fama del pie izquierdo

Sin duda esta no aplicaría a los grandes jugadores de fútbol zurdos, pero es una creencia popular que la gente que se levanta por las mañanas de mal humor, es porque lo hicieron con el pie izquierdo.

Además, durante la historia, siempre se dio preponderancia a todo lo que sucedía a la derecha, por el movimiento de la tierra, la mayoría de las personas son diestras, los santos están a la derecha de Dios, etc.

Y, entre tantos otros motivos sobre lo malo del lado izquierdo, la mala suerte también estaría relacionada con que los pescadores no subían a una embarcación por babor, es decir por la izquierda.

Tijeras

Tijeras

La creencia popular sostiene que dejar las tijeras abiertas mientras no se usen son sinónimo de atraer mala suerte.

Otra sostiene que regalar tijeras equivale a desear el mal.

Si bien se desconoce su origen, en la mitología griega la Moira Átropos (una de las tres que decidían el destino) cortaba con tijeras el hilo de la vida.

Y hay más…

Si bien existen innumerables tradiciones que atraen la mala suerte, también existen muchas otras para evitarla y otras tantas que atraen la buena suerte.

Cruzar los dedos

Cruzar los dedos

Además de cruzar los dedos para protegerse de la mala suerte, también muchos lo hacen para pedir que un favor se cumpla, o cuando se quiere incumplir lo que se jura.

Aparentemente, en la antigüedad, existía la costumbre de que dos personas enlazaran sus dedos índices formando una cruz para expresar un deseo.

Tocar madera

Se cree que la madera es un elemento de protección, por eso cuando algo sucede muchos tocan madera para librarse de ese mal.

Su origen provine de los pueblos celtas en Europa que solían adorar a los árboles porque a través de ellos una persona se librara de una dolencia y la enviaba a la tierra.

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