Los rostros del campamento de migrantes africanos que crece en Tapachula, Chiapas
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Los rostros del campamento de migrantes africanos que crece en Tapachula, Chiapas

Decenas de africanos que huyeron de sus países duermen en tiendas de campaña en el exterior del centro de detención. Entre ellos hay niños y mujeres embarazadas, que exigen un documento que les permita seguir su camino.
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Filippe tiene un año y dos meses y duerme la siesta tirado en el suelo frente a la estación migratoria Siglo XXI, en Tapachula, Chiapas.

Su colchón es una lona de dos por dos metros y un pañuelo grande doblado para que el piso no sea tan duro.

Son las 14:22 horas del sábado 24 de agosto. 33 grados de humedad tropical. El sol se abraza pegajoso, pero el pequeño Filippe, camiseta roja y pañal, duerme plácidamente bajo la sombra de otra gran lona de plástico que funciona de toldo, atada entre varios árboles y una farola.

A dos metros de distancia, parece que no exista terremoto lo suficientemente violento ni tormenta lo bastante salvaje como para despertar a Filippe, que sestea ajeno a todo.

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Sentada, muy cerca, su madre (“llámeme Marie”) le vigila. Por ahí también anda su padre y sus seis hermanos, la mayor de 17 años. Todos ellos son de origen de la República Democrática del Congo. Huyeron de su país en 2013, cuando Filippe no era ni siquiera un proyecto. Se establecieron en Brasil durante casi seis años, en Río de Janeiro. Allí nació el pequeño que duerme tan a gusto tirado en el suelo. Desde mayo están nuevamente en ruta. Quieren llegar a Estados Unidos, o a Canadá, que siempre suena más amable, pero se encuentran atrapados en Tapachula.

Este no era su destino. Sigue sin serlo. Están, por denominarlo de algún modo, en parada forzosa. 

Foto: Alberto Pradilla

“Marchamos por problemas de seguridad. Vivíamos en las favelas. Comenzaron a perseguirnos porque trabajaba en un centro de acogida. Mis propios hermanos africanos dijeron a la mafia que me persiguiera porque pensaban que iba a revelar sus secretos”, dice la falsa Marie, de 43 años.

La llegada al poder en Brasil del ultraderechista Jair Bolsonaro, que tomó posesión el 1 de enero, empeoró las precarias condiciones de la diáspora africana. Algunos de los que llegaron a principios de la década al país lo han abandonado. Hay quien culpa al incremento del racismo. No así Marie. “Racismo hubo siempre”, dice. 

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Filippe duerme la siesta en el suelo porque no tiene otro sitio donde hacerlo y su madre tiene los tobillos hinchados de un éxodo que no termina nunca.

A su alrededor se levanta un campamento que crece cada día en las inmediaciones de la estación siglo XXI. El martes apenas habría cinco o seis tiendas de campaña. Hoy ya alcanzan la veintena. Cuestan 299 pesos. Los “apátridas” cameruneses, angoleños o congoleños ya tienen dónde cobijarse por la noche: en una tienda de campaña en el exterior del mayor centro de detención de migrantes de América Latina. Mientras, matan las horas gritando “mafia” cada vez que sale un agente del INM o contabilizando todas las veces en las que han acudido a una cita con migración o la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar) y no les ha resuelto nada. 

Salir de una cárcel para extranjeros para terminar durmiendo en el suelo, así es el destino del pobre Filippe. 

El pequeño no lo sabe, suficiente tiene con conciliar el sueño, pero en los últimos meses realizó, en la espalda de Marie, una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo. De Brasil a Perú. De Perú a Ecuador. De Ecuador a Colombia. De Colombia a Panamá. De Panamá a Costa Rica. De Costa Rica a Nicaragua. De Nicaragua a Honduras. De Honduras a Guatemala. De Guatemala a México.

Foto: Alberto Pradilla

A partir de Ecuador, es el camino que han transitado todos los africanos que se concentran aquí. 

“Es demasiado difícil”, dice la mujer. 

Si uno le pregunta a cualquiera de estos hombres y mujeres agotados y frustrados sobre cuál es el tramo más horrible que tuvieron que atravesar, todos responden al unísono: la selva del Darién, que une Colombia con Panamá. 

Como en la leyenda urbana de Bloody Mary, parece que si repitiesen tres veces su nombre fuesen condenados a regresar a un lugar que los ha traumatizado. Por eso lo susurran. 

Darién.

Darién.

Darién.

La selva a la que nadie quiere entrar pero que constituye la única ruta para miles de africanos y asiáticos en su camino hacia el norte.

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“He visto muertos allí”, dice Marie. Recuerda que, para agilizar el tránsito, se dividió: ella y su marido con tres de sus hijos y otra familia, angoleña, con otros cuatro. Recuerda caminar con el agua al cuello. Recuerda ir a pisar una especie de lona. Recuerda que su marido le paró. “Ahí hay alguien”. La lona cubría un cadáver que ya había empezado a descomponerse. 

Hay gente que enterró a familiares en el trayecto y algunos de ellos están en Tapachula, en la explanada del exterior de la Siglo XXI, atrapados, angustiados, abandonados. Necesitan atención psicológica y en su lugar les han ofrecido un papel con dos opciones: una incierta regularización (nadie la ha conseguido hasta ahora) o salir de México por la frontera sur. Desde julio ya no se entrega el conocido como “salvoconducto”, el documento que obligaba a dejar el país pero no especificaba por dónde, lo que era aprovechado para alcanzar el norte. 

“Nos dicen que no podemos salir de aquí. Lo único que quiero es un lugar con seguridad, no un sitio en el que tenga miedo de llegar a casa, en el que tenga miedo de montarme en el autobús”, asegura Marie.

Minutos atrás, a Filippe se le cayó encima la lona grande de plástico, que no aguantó atada a los árboles. Ahora duerme en el regazo de su mamá. Se mueve mucho. Pareciera tener una pesadilla.  

Foto: Alberto Pradilla

“Nosotros no éramos pobres, huimos por problemas políticos”

Kabeya Auguy no es el mismo hombre que aparece en su perfil de Whatsapp. 

Tampoco su esposa. 

Parecen las mismas personas, pero no lo son. 

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En la imagen del celular, la pareja, originaria de Kasai, en la República Democrática del Congo, se muestra sonriente, saludable, bien alimentada, elegantemente vestida. Él, en aquel momento comerciante, viste con traje azul, camisa blanca y luce una ligera barba perfectamente afeitada. Tiene el gesto de un tipo seguro de sí mismo, con una media sonrisa y una ceja algo elevada que te dice “la vida me trata bien”. Ella, que trabajaba como enfermera, lleva un vestido también azul con pequeñas transparencias en los hombros, pelo largo con algunas mechas castañas. Mira al suelo con gesto distraído, pero transmite satisfacción.

Definitivamente, es una pareja exitosa la de aquella foto. 

Han transcurrido nueve meses desde entonces.

Y no son las mismas personas.

Kabeya Auguy, que no es su verdadero nombre, tiene ahora barba descuidada y gesto cansado. Viste una playera a rayas rojas y pantalón corto y sandalias. Su esposa lleva un vestido verde chillón y rastas. Aún se le adivinan aquellas mechas. A su lado corretea su hijo, de apenas un año. Los dos han adelgazado mucho. Son como las versiones famélicas y desaseadas de aquellos jóvenes exitosos. No es por gusto. Huyeron de su país, la RDC, y ahora están atrapados en Tapachula, Chiapas. Quieren seguir hacia Estados Unidos, pero no pueden. Las autoridades mexicanas se lo impiden. Matan las horas buscando una sombra en la desoladora plaza ubicada ante la estación migratoria Siglo XXI. 

Duermen los tres en una tienda de campaña. 

No tienen trabajo. No tienen dinero. No entienden el idioma. 

Ni siquiera comprenden el único documento que les ha dado el gobierno mexicano, el oficio de salida del centro de detención que les encadena a Tapachula. 

No tienen expectativas. 

“Nosotros no vinimos aquí porque seamos pobres o pasásemos hambre. Teníamos nuestro trabajo. Estábamos bien. Pero en nuestro país hay conflictos”, dice el hombre. 

Foto: Alberto Pradilla

Su historia es ejemplo de cómo puede cambiarte la vida en un segundo. De cómo no hay certeza tan absoluta como para no desmoronarse en un momento.

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Vivían en Kasai, en el centro de la RCD, un territorio sacudido por la violencia. Él asegura que su padre, su madre y sus dos hermanos fueron asesinados por hombres vestidos con el uniforme del ejército pero que él vincula a “un grupo revolucionario al que mi padre perteneció”. Dice que él salvó la vida gracias a un oficial que le conocía. Dice que cayó en Quito, Ecuador, por casualidad, porque un hombre de negocios le ayudó con pasaportes falsos que tuvo que entregar nada más salir del aeropuerto. 

Ecuador no pedía visados a los ciudadanos congoleños. Al menos hasta ahora. 

El 12 de agosto, el gobierno de Lenin Moreno impuso restricciones a los visitantes de 12 países, entre ellos, la República Democrática del Congo. A ellos se le suman Camerún, Angola, Gambia, Ghana, Guinea, India, Irak, Libia, Siria y Sri Lanka. Todos ellos participan en esta larguísima ruta de escape hacia Estados Unidos. En todos hay una pobreza extrema, algún conflicto armado o la mezcla de ambos. De todos huye la gente. Hasta ahora, Ecuador era el punto de acceso a América Latina para este éxodo. Habrá que ver qué ocurre a partir de ahora. Porque el hambre y la muerte, que son las razones para hacer las maletas, no han desaparecido. 

Esta no es una preocupación ahora para Kebeya Auguy. Lo que le provoca dolores de cabeza es saber cómo podrá avanzar. Están a 2,400 kilómetros de Estados Unidos. Más cerca de lo que jamás lo estuvieron, pero con la incertidumbre de que, por primera vez, les han cerrado las puertas. 

Al hombre, de formas educadas, también le enfada el modo en el que fue tratada su familia.

Foto: Alberto Pradilla

Por ejemplo, cuando abandonaron la estación Siglo XXI. Dice el hombre que recibieron la noticia a la 1 de la madrugada. Que él se retrasó unos minutos porque buscaba su mochila. Que para cuando salieron ya no había nadie, estaba todo oscuro y no sabían dónde dirigirse.

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Pasaron la noche ahí, en la placita ubicada frente al centro de detención. Solos. Asustados. 

“Cruzaban los taxis y nos llamaban con la bocina, pero ¿dónde íbamos a ir? ¿A dónde les pedimos que nos lleven?”, dice.

Regresamos a la conversación sobre la ruta. Al Darién. 

He visto gente muerta. Un tipo que se creía muy fuerte. Nos asaltaron, él quiso hacerse el duro y lo mataron. Ahí mismo. Delante nuestra. Estamos traumatizados”, dice el hombre. 

Todos aquí conocen, en mayor o menor medida, qué tuvo que hacer el vecino para poder avanzar. También, qué se dejó atrás. Como la vida de un ser querido. Como la vida de un hijo. 

Sentada en un árbol se encuentra una mujer escuchando la conversación. Hablamos de muerte y de repente la señalan, con compasión. Dicen que en el camino murió su hijo. Su hijo tenía siete años. Le pregunto si quiere ser entrevistada. Cubre su cabeza con un folio. Conversación terminada. Entró en la selva con tres hijos. Ahora le quedan dos. 

Precariedad en un campamento que crece

“Los hemos visto en muy malas condiciones, en una situación muy precaria. No hay más que ir a la estación migratoria, la gente está durmiendo por ahí”, dice Claudia León, del Servicio Jesuita a Migrantes. “Nos ha tocado ver a mujeres en la calle, a personas deshidratadas, que no han comido, no se les atiende en cuanto a necesidades básicas”, denuncia. 

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El jueves, cuando las protestas llegaron a las portadas nacionales, la secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana y la Secretaría de Relaciones Exteriores emitieron una nota en la que aseguraban que “en ningún momento se vulneraron los derechos” de los migrantes inconformes. “Contrario a esto, se les brindó seguridad, orientación adecuada y se privilegió el mantenimiento de la paz”, afirma la tarjeta. No lleva el sello del INM, a pesar de que en ella se asegura que Policía Federal y Guardia Nacional “actúan en apoyo” a sus trabajos. Tampoco dice qué solución han pensado para la diáspora africana. 

La realidad es que el campamento cada día es más grande y las condiciones de vida de sus integrantes, más difíciles. 

Como Elysee Konde, de 26 años y de Angola, embarazada de seis meses y obligada a dormir en una tienda de campaña. ¿Dónde iba a pasar la noche si no? Sin trabajo ni la opción de seguir su camino, la sensación generalizada es que el gobierno mexicano ha decidido dejarles morir ahí, poco a poco y en silencio. Como si, por mirar hacia otro lado, ellos fuesen a desaparecer. 

“Pasamos el día gastando. No podemos trabajar. No hacemos nada. ¿Hasta cuándo nos van a tener aquí?”, dice Carl, un fortachón de 25 años originario de Camerún. Los cameruneses son mayoría en este éxodo. Y, entre ellos, los que proceden del suroeste, la denominada Ambazonia, la zona anglófona enfrentada con la mayoría francófona. Carl explica que los jóvenes como él son objetivos del gobierno. Él, asegura, no cree en la independencia que propugnan algunos. Dice que le gustaría que el país siguiese unido, aunque considera que la reconciliación es una quimera. 

Queda muy lejos Camerún ahora. 

Foto: Alberto Pradilla

Por eso Carl, que es un tipo resolutivo, decidió intentar trabajar. Y se encontró con que hasta para eso alguien puede estafarle. Dice que, tras salir de la Siglo XXI rentó un cuarto con otros cinco compañeros. Seis tipos grandes y fuertes haciendo un Tetris en el suelo para poder acomodarse en una habitación. Reciben dinero de familiares, pero Carl no quería ser dependiente. Así que se ofreció en una obra en el centro de Tapachula. Y le contrataron. Y trabajó dos semanas. Y cuando llegó la hora de cobrar, el patrón le preguntó por su documentación. La misma que lleva un mes intentando conseguir para poder seguir su camino hacia el norte.

Dos semanas trabajando por nada.

“Eso es esclavismo”, se queja, con rabia. 

Siempre hay miserables que aprovechan la debilidad ajena. 

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La desesperación, el hambre y las condiciones climáticas provocan el agotamiento físico. Eso es muy evidente en el campamento de la Siglo XXI. 

Como el jueves al mediodía, cuando un hombre comenzó a convulsionar mientras le salía espuma por la boca. Durante al menos 30 minutos no recibió ayuda de nadie que no fuera de sus compañeros. Para cuando llegó una ambulancia ya se lo habían llevado en taxi. 

Foto: Alberto Pradilla

El sábado por la mañana, un migrante cubano rompió el vidrio de un vehículo que salía del centro de detención. Fue detenido. Posteriormente, en un hotel, sus compañeros explican que los 15 días que pasó en detención terminaron por acabar con sus nervios. Algunos llevan cinco meses varados en Tapachula. Cada comunidad tiene sus propios espacios. En ese hotel, los cubanos. En aquel campamento, los haitianos. En aquella fonda, los hindúes. En tiendas de campaña frente al Siglo XXI, los africanos. 

Atrapados desde hace semanas, el campamento no hace sino extenderse. Cuatro carteles colocados en varias vallas recuerdan que ellos solo quieren cruzar, que no tienen nada que hacer en México. Desde que comenzaron las protestas, agentes de la Policía Federal y la Guardia Nacional vigilan que no se corte el tránsito. Si los migrantes se sientan en el suelo, ellos los levantan a empujones.

Los africanos tienen ahora dos esperanzas. Por un lado, el amparo que tiene previsto presentar el lunes el activista Luis Villagrán. Un juez federal deberá responder en 72 horas. Por otro, obtener la tarjeta de visitante por razones humanitarias a través del mismo circuito que lo consiguen los cubanos. Acudir a la oficina de regularización del INM en “Las Vegas”. Después, pedir refugio en Comar. Con la constancia, regresar al INM. Por ahora, ninguno ha obtenido resultados. Pero quién sabe. Los procedimientos migratorios nunca son leyes inamovibles en México. 

Marie, Kebeya, Carl o Elysee han realizado un trayecto demasiado largo como para darse la vuelta a hora. 

Por eso, las protestas van a seguir.

Son considerados “apátridas”, así que no les pueden deportar. Tampoco encerrarles en Siglo XXI ni expulsarles a Guatemala. La pregunta es: ¿cree el gobierno que esperarán eternamente en las puertas del centro de detención?

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La historia de la “Pequeña Polonia” de México a la que llegaron refugiados de la Segunda Guerra Mundial

Hace 77 años, cientos de polacos llegaron a México huyendo de la guerra y algunos decidieron quedarse en tierra azteca para siempre. Esta es su desconocida y apasionante historia, contada por algunos de los sobrevivientes.
26 de julio, 2020
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“¡Qué lejos estoy del suelo donde he nacido! / Inmensa nostalgia invade mi pensamiento / Al verme tan solo y triste cual hoja al viento / Quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento”.

Así, con los versos de la tradicional “Canción mixteca”, México recibió hace 77 años a cientos de polacos que huían de la Segunda Guerra Mundial y del horror en campos de trabajos forzados.

En efecto, dejaban atrás el suelo donde habían nacido tras un doloroso destierro y llegaban a un nuevo país del que poco o nada conocían, pero que los recibió con alegría y la esperanza de que aquel conflicto bélico pronto llegaría a su fin.

Los años hasta acabar la guerra los pasaron como refugiados en una finca a las afueras de León, en el estado de Guanajuato. A aquel pedacito de su país creado en el corazón de México lo llamaban “la pequeña Polonia”.

Finca de Santa Rosa

Cortesía Embajada de México en Polonia
La hacienda de Santa Rosa estaba ubicada a las afueras de León, en el estado de Guanajuato.

Muchos, sobre todo quienes llegaron siendo niños, aún recuerdan su vida en la hacienda de Santa Rosa como los mejores años de su vida. Pronto pasaron del dziękuję al “gracias” para reconocer la segunda oportunidad que se había presentado en sus vidas.

Tanto fue así, que un puñado de ellos decidieron quedarse para siempre en tierra azteca, y aún hoy confiesan tener el corazón dividido entre sus “dos países”.

Esta es la historia de la tan apasionante como poco conocida historia de solidaridad entre dos países, a priori tan distintos y a más de 10.000 km de distancia, contada por algunos de sus protagonistas.

línea

BBC

Finales de la década de 1930. Polonia parece ser un país condenado a desaparecer: por el oeste son invadidos por el ejército nazi de Hitler, a lo que la Unión Soviética responde ocupando territorios polacos por el este.

La población de Polonia queda atrapada por la pugna entre las dos potencias: los alemanes luchan por expandir lo que consideran su “supremacía racial” y los soviéticos por extender los ideales del comunismo internacional.

Todo el país sufre las consecuencias del inicio de la Segunda Guerra Mundial: asesinatos masivos, encarcelamientos de disidentes, desplazamientos forzados…

La URSS da inicio a la deportación en masa de la población polaca de las zonas que se había anexado para repoblarlas con rusos. Según Polonia, fueron expulsados unos 1,2 millones de personas.

Son enviados a frías e inhóspitas regiones soviéticas como Siberia. Algunos son obligados a ingresar en el ejército y cientos de miles en campos de trabajos forzados bajo condiciones infrahumanas.

Pero su suerte cambió cuando, años más tarde, Alemania invadió la URSS y el gobierno soviético se incorporó al bando de los aliados con Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.

Una de las condiciones de los ingleses fue que la URSS liberara a los ciudadanos polacos. Había entonces que decidir cuál sería su nuevo destino mientras su país natal seguía soportando lo peor de la guerra.

***

Con 97 años, la polaca Frania Pater recuerda perfectamente cuando, el 1 de septiembre de 1939, los alemanes bombardearon la estación de tren cercana a su ciudad, Lwów (hoy parte de Ucrania).

“Pasaban los aviones, hasta seis juntos, y temblaban todas las ventanas. Yo corría al campo y me tiraba al suelo porque tenía mucho miedo”, relata para BBC Mundo desde su casa en León.

Poco después llegaron los soviéticos y su ciudad se convirtió en el reflejo de lo que ocurría en el resto de la Polonia oriental. De un lado del puente que cruzaba el río, se apostaron las tropas de Hitler. Del otro, las de la URSS.

A las 6:00 de la mañana del 10 de febrero de 1940, los rusos entraron a la casa de la familia de Pater. No les dieron más que media hora para recoger sus pertenencias de una vida y dejar todo atrás.

Frania Pater en una salida a León

Archivo familia Frania Pater
Frania Pater (segunda por la derecha en la fila inferior) fue una de las jóvenes que vivió refugiada en México tras verse obligada a abandonar su hogar.

Viajes en trineo y cuatro semanas en tren después (“el tren se paraba a cada rato”), llegaron a Krasnoyarsk, en Siberia. Otros fueron trasladados a Uzbekistán o Kazajistán.

Como el resto de polacos, Pater fue sometida a jornadas extenuantes en condiciones infrahumanas en campos de trabajos forzados. Ella se encargaba de “sacar la goma de miles de árboles y ponerlas en barriles”.

“No había camas, dormíamos en tablas. Nos daban un kilo de pan por persona para mucho tiempo, así que comíamos puras hierbas. Trabajábamos desde la mañana hasta que oscurecía, yo no sabía ni qué día de la semana era”, recuerda.

Dos años y medio después de aquello, los polacos fueron liberados y Pater pudo dejar Siberia junto a su madre. Su padre, en cambio, no soportó las condiciones como tantos otros y falleció.

***

Una de las claves para que la URSS aceptara liberarlos fue la idea de Reino Unido de que sería efectiva y útil para la guerra la formación de un ejército polaco en territorio soviético.

El primer ministro del gobierno polaco en el exilio, Wladislaw Sikorski, aceptó. Pero vistas sus pésimas condiciones físicas, la URSS aceptó reubicar a los polacos en un clima más favorable en 1942.

Así, unas 40.000 personas entre soldados, mujeres y niños dejaron territorio ruso rumbo a Irán, que en ese momento apoyaba al bloque de los países aliados. Aunque muchos murieron en el camino, su llegada al puerto de Pahlevi los llenó de esperanza.

Niños polacos en Irán

Biblioteca de PRCUA
Cientos de niños polacos fueron recibidos en Irán antes de encontrar un país que les ofreciera refugio permanente.

Pero su estancia en Teherán como refugiados tampoco se pudo prolongar mucho. Su peregrinaje continuó en busca de asilo y fueron trasladados después a la ciudad india de Karachi (hoy parte de Pakistán).

Finalmente, seis países de África Oriental pertenecientes a la Mancomunidad Británica ofrecieron refugio a 20.000 personas. Ni EE.UU. ni Reino Unido les abrieron sus fronteras.

Pero mucho más llamativo fue que México, un país en el otro lado del planeta y con fuertes restricciones ante la inmigración en aquella época, se ofreciera también a recibirlos.

Visita de Sikorski a México

Enrique Díaz / Archivo Gral. de la Nación (México)
El presidente mexicano Manuel Ávila Camacho recibió al primer ministro polaco en el exilio, Wladislaw Sikorski, para oficializar el acuerdo de recepción de refugiados.

“En nuestro libro, insinuamos que realmente fue una petición del gobierno de EE.UU., que fue un gesto en el que se manifestó la participación de México como parte del espíritu panamericanista de apoyo a EE.UU. en la guerra”, dice Gloria Carreño, historiadora y autora junto a Celia Zack de Zukerman del libro “El convenio ilusorio”.

Aquel convenio se firmó a finales de 1942, cuando Sikorski visitó México y fue recibido con honores de jefe de Estado por el presidente Manuel Ávila Camacho.

Los refugiados podrían vivir hasta que terminara la guerra en México. Su transporte y manutención sería posible gracias a un préstamo de Washington al gobierno polaco en el exilio y de organizaciones polacas en EE.UU.

Visita de Sikorski a México

Enrique Díaz / Archivo Gral. de la Nación (México)
Durante su visita a México, Sikorski incluso se probó un sombrero charro.

****

En Karachi, los refugiados polacos tenían que decidir si querían ir a África o a México. La familia de Valentina Grycuk se decantó por América Latina.

Ella tuvo que abandonar Novogrudk (actualmente en Bielorrusia) cuando solo tenía 2 años. Por eso no recuerda su etapa en Siberia, donde murió su madre. A su padre se lo llevaron al ejército, por lo que quedó a cargo de una tía y sus abuelos.

Pese a ser entonces una niña, Grycuk aún conserva a sus 83 años un detalle grabado para siempre en su memoria del viaje rumbo a México a bordo del barco Hermitage, con más de 700 personas a bordo.

Valentina Grycuk en la hacienda de Santa Rosa

Archivo familia Valentina Grycuk
Valentina Grycuk (primera por la derecha en la fila central) estudió en la escuela de la hacienda Santa Rosa.

“A diario se moría mucha gente, me impresionaba ver los cadáveres amortajados y que aventaban (lanzaban) al mar. Ese chasquido que hacían al caer al agua lo tengo tan presente que siempre lo recuerdo cuando estoy en una alberca (piscina) y oigo que alguien se lanza”, recuerda.

Tras paradas técnicas en Australia y Nueva Zelanda, el barco llegó al puerto de San Pedro, al sur de Los Ángeles. De ahí, fueron en tren a la frontera entre El Paso y Ciudad Juárez, en México, hasta llegar a León en Guanajuato.

Era 1 de julio de 1943. Habían viajado durante semanas a lo largo de más de 22.000 km del planeta.

Mapa

BBC

Desde León, Grycuk le cuenta con orgullo a BBC Mundo lo que recuerda de la bienvenida que le dio el país que acabaría siendo su hogar.

“Fue maravilloso. En la estación había muchísima gente con flores, dulces para los niños, música y mariachis. Fue muy cálido, como son los mexicanos, muy cálidos”.

***

Wladyslaw Rattinger fue uno de los liberados en Siberia que pasó a formar parte de los ejércitos formados por polacos para defender Rusia.

Su principal misión era rescatar grupos de cientos de polacos de los campos de Asia Central para enviarlos a Irán. Fue enviado después a Irak, donde lo transfirieron al ejército inglés y le encomendaron acompañar a un segundo grupo de refugiados a México.

Rattinger en Irak

Archivo familia Rattinger
Wladyslaw Rattinger (segundo por la derecha) en Irak, donde fue transferido al ejército británico.

“Definitivamente, ayudó a salvar vidas”, le dice a BBC Mundo su hijo, Andrzej Rattinger.

Su padre, fallecido en 1998, ocupó en esa segunda travesía del Hermitage el cargo de comandante del transporte.

“Él se encargaba de comunicarse con las autoridades, mantener el orden del grupo, que estuvieran culturalmente actualizados… Es sorprendente el nivel de organización del barco, recibieron clases y empezaron a estudiar algo de español”, cuenta.

Buque Hermitage

National Archives Record
El buque Hermitage fue el barco en el que dos grupos de cientos de polacos viajaron hasta México.

El segundo grupo llegó a León el 2 de noviembre de 1943. En total, fueron 1,453 los refugiados polacos que encontraron en la hacienda de Santa Rosa, a 10 km de León, su nuevo hogar.

Era “la pequeña Polonia”.

La pequeña Polonia

Peter Gordon
Foto de familia en “la pequeña Polonia”.

***

Aquella finca, habitada en mayor parte por mujeres y niños (muchos huérfanos), funcionaba organizada como una pequeña población.

Debían vivir en el espacio de la hacienda y tenían prohibido trabajar fuera, por lo que sus labores eran para su propia subsistencia: plantación de hortalizas, granjas o talleres artesanales.

Cultivando en la finca Santa Rosa

A. Trzebiez
Los adultos polacos en Santa Rosa aprendieron oficios, criaban animales y cultivaban sus propios vegetales para contribuir a su alimentación.

Había clínica, capilla y mercado. Los adultos aprendían oficios y los niños estudiaban en la escuela siguiendo el sistema educativo polaco, ya que la intención era que regresaran a su país al acabar la guerra.

“Fueron años maravillosos. Como niña que era, para mí era todo alegría. Vivía con mis abuelitos, no me faltaba de nada, tenía colegio, teníamos que comer… hasta funciones de teatro. Yo era muy feliz allí”, recuerda Grycuk.

Valentina Grycuk haciendo su primera comunión

Archivo familia Valentina Grycuk
Grycuk (a la izquierda del sacerdote) recibió su primera comunión en el campamento.

Precisamente Rattinger, tras acompañar a México al segundo grupo de refugiados, se quedó en Santa Rosa coordinando esas actividades de educación y entretenimiento de la finca como teatro, danza o desfiles.

Según la historiadora Carreño, “los mexicanos estaban contentos con la presencia de los polacos. En todas las fiestas populares, les invitaban a que participaran en los desfiles con sus trajes típicos polacos. Fueron muy integrados a la sociedad de León”.

Rattinger en varias representaciones teatrales

Archivo familia Rattinger
Rattinger, vestido arriba como San Nicolás, coordinaba desfiles, representaciones y otras actividades culturales.

A ello contribuía que, aunque oficialmente los refugiados no podían salir del campamento, con permisos especiales sí podían organizar excursiones a León o Ciudad de México, lo que les permitió interactuar y conocer a la sociedad mexicana.

E igual que los polacos se las arreglaban para salir, también los mexicanos se las ingeniaban para entrar a la finca.

Desfiles festivos en León

Cortesía Embajada de México en Polonia
La comunidad polaca de Santa Rosa participaba en las fiestas populares de León.

Pater recuerda como todos los días iban muchas personas para verlos desde detrás de las rejas de alambre. “Parecíamos un poco animales raros”, ríe.

“Había un mexicano que me vio nada más bajar del barco y que iba a la finca todos los días. Yo me quedaba sentada cerca de las rejas con dos amigas, y él me traía que si una rosa, cosas así…”, relata.

Jóvenes polacas en León

Cortesía Embajada de México en Polonia
Algunas jóvenes polacas formaron familia con ciudadanos mexicanos.

“Estaba prohibido que los mexicanos entraran al centro, pero él le dio unos zapatos al guardia y así tenía libre todos los días para que le dejaran entrar. Ya ve, que con dinero baila el perro”, cuenta riendo.

Aquel hombre se convirtió en su marido y el principal motivo por el que, después de acabar la guerra y de que la hacienda de Santa Rosa fuera oficialmente clausurada al terminar 1946, Pater decidiera quedarse para siempre en México.

La escuela en Santa Rosa

Cortesía Embajada de México en Polonia
Los niños seguían el sistema educativo polaco, ante la previsión de que volverían a su país tras la guerra.

***

Cuando se anunció a los refugiados que tenían permiso para instalarse y trabajar fuera de la finca o mudarse, la mayoría eligió como nuevo destino EE.UU., especialmente la ciudad de Chicago, donde había gran presencia de diáspora polaca.

Rattinger mostrando la finca Santa Rosa

Archivo familia Rattinger
Rattinger, a la izquierda, mostrando el campamento a unos visitantes antes de que la finca fuera cerrada en diciembre de 1946.

Muchos tenían la ilusión de volver a Polonia, aunque su país -entonces bajo dominio de la URSS, la misma que los había expulsado y llevado a campos de trabajos forzados- ya se parecía poco al que guardaban en sus recuerdos.

“En Polonia ya no tenía nada, nos quitaron todo: la casa, los terrenos… nos quedamos sin nada”, lamenta Pater. Quienes sí decidieron regresar fueron un centenar de polacos, a quienes siempre se conoció en su país como “mexicanitos”.

Otros intentaron establecerse en México, aunque no a todos les resultó fácil y acabaron marchándose. Pero Pater, al igual que Grycuk y Rattinger, formaron familia con mexicanos y se quedaron para siempre.

Frania Pater junto a su esposo

Archivo familia Pater
Frania Pater se casó con el mexicano Antonio Luna Azpeitia, quien falleció en 1971.

Años más tarde llegarían los reencuentros con aquellos a quienes daban por perdidos a causa de la guerra. Rattinger volvió a ver su madre y hermano en Polonia en los 50. Tras casi 40 años sin verse y pensar que estaba muerto, Pater se encontró con su hermano en Inglaterra.

“Yo me separé de mi padre en Siberia cuando tenía 2 años, por lo que no le recordaba. Puedo decir que lo ‘conocí’ ya en los 70, cuando fui a verlo a Polonia”, lamenta Grycuk.

“Gocé a mi padre 90 días, juntando las tres veces que alcancé a ir. Pero esos días valieron por años”.

Frania Pater y Valentina Grycuk en la actualidad

Archivo familia Valentina Grycuk
Frania Pater y Valentina Grycuk, en una imagen actual, fueron recibidas en Varsovia junto a otros refugiados polacos sobrevivientes tras la Segunda Guerra Mundial.

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El hijo de Rattinger cuenta que a su padre, como a tantas personas que pasaron por episodios traumáticos como la guerra, no le gustó hablar mucho de ello durante años hasta que la familia lo convenció para que les transmitiera su historia.

“Yo ya les he platicado mi historia a todos, saben cómo fue. No pienso en lo malo ahorita, ¿ya qué me falta? ¡Si cualquier día cuelgo los tenis”, dice Pater riendo.

Los tres protagonistas de esta historia reconocieron siempre su profundo agradecimiento a México por la acogida y la oportunidad que encontraron por empezar una nueva vida.

Valentina y Frania junto a familiares con una bandera mexicana.

Archivo familia Valentina Grycuk
Grycuk y Pater, en la imagen junto a familiares, agradecen la generosidad de México por acogerlas sin olvidar sus raíces polacas.

Pero tanto Rattinger como Pater, que llegaron a Latinoamérica siendo ya jóvenes, tenían muy presente su origen.

“Definitivamente, mi papá siempre se consideró polaco, que es algo que debemos admirar los latinos, ese sentido tan fuerte de patria y nacionalidad. Pero también decía que su vida era de mexicano”, recuerda Rattinger.

Rattinger junto a su esposa y la medalla concedida por el gobierno polaco.

Archivo familia Rattinger
Wladyslaw Rattinger junto a su esposa. A la derecha, la medalla que le otorgó el gobierno polaco por su labor.

“Yo, si soy franca, me siento más mexicana”, dice en cambio Grycuk. Asegura que cuando pone el pie en Polonia “el corazón me late porque siento que allí está mi raíz, es una sensación que quizá nadie la puede entender si no la vive”.

“Pero en México está mi vida, no tengo más que gratitud y adoro este país”, remarca.

La antigua finca de Santa Rosa funciona actualmente como internado de reintegración para grupos de jóvenes y adolescentes, testigo silencioso de aquel apasionante episodio de la historia del que ya solo los mayores en León se acuerdan.

Antes y ahora de un edficio de la finca Santa Rosa

Archivos familiares
Así se veía uno de los edificios de Santa Rosa durante los años de estancia de los refugiados polacos y en la actualidad.

En Polonia tampoco es un episodio ampliamente conocido, si bien se hacen esfuerzos por hacer que esta muestra de amistad y solidaridad no se olvide con el tiempo.

Su gobierno planeaba inaugurar este año un museo en memoria de “Los niños de Siberia” cuya apertura fue pospuesta por la pandemia de covid-19. La embajada de México en Polonia, por su parte, inauguró en julio una exposición sobre la visita de Sikorski al país en 1942.

Valentina Grycuk junto al presidente polaco y su esposa.

Archivo Valentina Grycuk
Grycuk junto al presidente polaco, Andrzej Duda, y su esposa.

“El tema de los niños de Santa Rosa es aún hoy muy valorado porque muy pocas naciones se mantuvieron cerca de la Polonia invadida por los ejércitos nazi y soviético en 1939”, le dice a BBC Mundo desde Varsovia el embajador mexicano, Alejandro Negrín.

“Cuando presenté mis cartas credenciales como embajador al presidente de Polonia, Andrzej Duda, él se refirió con aprecio a ese momento histórico y el mensaje que recibo de distinguidas personalidades es muy claro: ‘Polonia y los polacos no olvidan'”.


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