Familiares de los 43 de Ayotzinapa, entre la esperanza y la cautela ante las promesas de justicia de AMLO
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Carlo Echegoyen

Familiares de los 43 de Ayotzinapa, entre la esperanza y la cautela ante las promesas de justicia de AMLO

"Hay una luz de esperanza. Hay un diálogo, pero siempre hemos dicho que no confiamos hasta no ver los hechos", dijo la mamá de un normalista desaparecido.
Carlo Echegoyen
27 de septiembre, 2019
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“Esperábamos no haber llegado a estos cinco años y haber tenido tener respuestas por parte del gobierno de Enrique Peña Nieto, pero como nada más nos llevó con mentiras y cosas que no eran ciertas, nosotros aquí seguimos exigiendo verdad y justicia por nuestros 43 estudiantes, y justicia para los que cayeron esa noche”. Josefina Icela López Patolzin es hermana de Julio César, uno de los 43 estudiantes desaparecidos hace 5 años en Iguala, Guerrero. El miércoles participó en la marcha hasta la Fiscalía General de la República y el jueves se manifestó junto a cientos de personas entre el Ángel de la Independencia y el Zócalo.

Cinco años después la investigación no avanza. Para exigir justicia y unas pesquisas eficaces, cientos de personas marcharon el jueves por el centro de Ciudad de México. Unas cinco mil, según datos de la secretaría de Seguridad Ciudadana de la capital. En la cabeza los familiares de los 43. Detrás, alumnos de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, estudiantes de otras escuelas, sindicalistas y simples ciudadanos que no quisieron dejar solas a las víctimas en un día en el que el recuerdo es inevitable.

“El gobierno quiere saber el paradero, pero desgraciadamente hay gente que está involucrada del anterior gobierno y no se puede. Aunque nosotros con los expertos sabemos que vamos a saber la verdad”, dice.

La llegada al gobierno de Andrés Manuel López Obrador, comprometido con la demanda de justicia de los familiares, supuso una esperanza. Sin embargo, todavía no ven resultados. Así que se debaten entre las expectativas de un gobierno que no entorpezca las investigaciones y la frustración de que todo siga igual.

López Patzolin muestra un cartel con el rostro de su hermano Julio César. Pasan los años, pero él sigue igual, joven, como cuando lo desaparecieron. Es la tragedia de los que no sabemos dónde están. El tiempo pasa, cinco años ya, pero ellos ahí siguen. Envejece todo, hasta la tela del cartel con su fotografía. Todo menos su imagen, que los recuerda como cuando nadie tenía que manifestarse para conocer su paradero.

“Sentimos tristeza. Ya cinco años sin abrazar a nuestros familiares. Tenemos la esperanza de que lleguen y se resuelva”, dice López Patolzin.

Esperanza, porque no queda otra. Pero cautela, porque ya les han mentido demasiado.

“Ya son cinco años y no sabemos nada del paradero de nuestros hijos. Hay cinco puntos donde están investigando. Dicen que ahí están enterrados, pero yo no lo creo. Ahí nos van a ir engañando como los últimos años. No es verdad lo que están diciendo, que en ese punto que están haciendo la búsqueda que fueron enterrados”. Francisco Lauro, padre de Magdaleno Rubén Lauro Villegas, sospecha de todo. Las noticias acerca de trabajos en el vertedero de Tepecoacuilco, en Guerrero, volvieron a generar expectativas sobre un posible hallazgo. Aunque Francisco no se lo cree. Dice tener esperanza si “la noticia es verdadera”; pero ya es mucho tiempo de jugar con sus expectativas.

Hasta Vidulfo Rosales Sierra, uno de los abogados de las familias, resta importancia a los trabajos.

“Es una diligencia más”, dice. “Se han explorado siete u ocho puntos, pero no tuvo tanta relevancia como ahora”, afirma.

Lo que Francisco Lauro necesita son certezas. “La verdad con evidencias”. Mientras, espera. Y marcha. Para recordar a López Obrador que antes de convertirse en presidente ya les prometió que haría todo lo posible para encontrarlos. “Esperemos que el nuevo gobierno haga ese trabajo, la búsqueda de nuestros chavos. Dijo que lo haría”, dice.

Esa esperanza y esa cautela acompañaron a los familiares de los normalistas en su marcha a través de la Ciudad de México.

“No me imagine llegar a estos cinco años, pero el gobierno peñista se encargó de que llegáramos a ese tiempo. No quiso hacer las investigaciones correspondientes para que se encontraran nuestros hijos. Este gobierno que tenemos ahorita creo que tiene la disponibilidad, que hasta ahorita nada más han sido palabras y palabras porque no ha caminado mucho el caso como nosotros quisiéramos”, dijo Carmen Cruz Mendoza, madre de Jorge Aníbal Cruz Mendoza. Pronunció estas palabras junto al antimonumento a los 43, en el paseo de Reforma.

El tránsito se desarrolló sin problemas, aunque en Reforma se reportaron algunos ataques de encapuchados contra oficinas y mobiliario. Según la secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, un centenar de personas formaba este grupo, que realizó pintas a lo largo del recorrido y que habría afectado a unos 30 negocios y oficinas públicas. La protesta con pintura alcanzó a la fachada del Palacio Nacional. En ese momento se estaba desarrollando el mitin en el Zócalo, por lo que los familiares de los desaparecidos pidieron que la protesta se desarrollase en paz. Dos policías resultaron heridos por el lanzamiento de petardos.

A través de un comunicado, la Conservaduría de Palacio Nacional consideró “lamentables los daños ocasionados al monumento civil más importante de México” y aseguró que, a pesar de garantizar el derecho a manifestación, “lo acontecido en contra de Palacio Nacional no tiene justificación”.

Los hechos, sin embargo, son anécdota. Lo relevante son esos 43 familiares que caminaban, con sus carteles en la mano, exigiendo justicia. Como vienen haciendo desde hace cinco años.

Confían en las once líneas de investigación que planteó la comisión de expertos independiente, como explica el abogado Vidulfo López Sierra. El gobierno de Peña Nieto no quiso tomar en consideración aquellas recomendaciones. Las víctimas esperan que López Obrador cumpla su palabra.

Como señaló María Elena Guerrero, madre de Giovanni, en el mitin en el Zócalo. “El Ejército jugó un papel muy importante. Hay videos donde patrullas y uniformados se llevan a nuestros hijos. ¿Como es posible que no aporten para que se esclarezcan los hechos? El ejército ya había amenazado a nuestros hijos. Tienen que llamarlos a declarar. Esperamos el apoyo para que se esclarezcan los hechos. No es posible que en cinco años no sepamos la verdad”.

En opinión de la madre, “parece que hay una luz de esperanza. Hay un diálogo, pero siempre hemos dicho que no confiamos hasta no ver los hechos que hablen por sí mismos”.

Esperanza y realismo. Esperanza y cautela. Esperanza y sospecha.

“Esperamos la respuesta del gobierno, hasta ahorita no hay ningún avance. Va lenta la cosa”, explica Aristeo González Baltazar, cuyos dos hijos, Dorian y Jorge Luis, desaparecieron aquella trágica noche.

Pasan las conmemoraciones y las 43 camas continúan vacías. Todos coinciden en una aspiración: que este sea el último año en el que marchar pidiendo verdad y justicia.

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El daño que sufren de por vida quienes comienzan a trabajar en tiempos de crisis

Pobreza, muertes prematuras, rupturas sentimentales… Los efectos de una crisis no acaban cuando éstas pasan de largo. Y ahora dos generaciones están amenazadas.
14 de diciembre, 2020
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“No hables más sobre ello, no lo pienses más: la crisis de hoy es el chiste de mañana”. Cuando el presente es sombrío, el futuro es siempre un lugar tentador donde ir a calmar las ansiedades, una promesa de consuelo para muchos, como la invocada por el escritor H.G. Wells en labios de uno de sus personajes.

Sin embargo, saltar de la literatura a la vida puede ser difícil, especialmente cuando azota una crisis económica y tienes que comenzar tu andadura laboral.

Cuando la economía se enferma, los periódicos y las televisiones se llenan de gráficos de curvas y barras. El resumen que nos hacemos casi todos es inmediato: cuando esas líneas rojas van hacia abajo, es que vienen años duros; cuando suben con colores verdes, lo peor ha pasado. Y por el medio, el que más o el que menos se habrá dejado algunos pelos en la gatera. Pero la vida sigue, pensamos.

Pero la vida no sigue. Al menos, no igual para todos: no para los jóvenes. Las generaciones que comienzan a trabajar en tiempos de recesión quedan dañadas incluso cuando la crisis termina, algunos de por vida, advierten los expertos.

Es como el dolor de un miembro amputado, que permanece y hormiguea durante años pese a que lo que lo provocó ya no está ahí. Dolor fantasma, lo llaman los médicos. Histéresis, dicen los economistas.

Y pronto los televisores van a volverse a llenar de líneas y barras. Rojas. La crisis sanitaria incuba (y manifiesta ya) una nueva crisis mundial. La segunda en una década para una generación atrapada entre ellas (los millennials, nacidos entre 1981 y 1993) y otra que va a recoger su testigo: la generación Z (de 1994 a 2010), que ya teme ser conocida como la Generación Covid.

Joven despedido.

Getty Images
Algunas generaciones quedan atrapadas en sus comienzos laborales: acaban siendo demasiado inexpertos y demasiado mayores.

La trampa vital

“Muchas de las personas que entran en el mercado de trabajo durante una crisis no sólo sufren un mayor riesgo de desempleo e infraempleo durante ese periodo, sino que se ven lastradas en su porvenir. Esa caída transitoria de ingresos tiene una alta probabilidad de tener efectos permanentes”, advierte Ignacio González, investigador y profesor de Economía de la American University (Washington D.C, EE.UU).

González le explica a BBC Mundo cómo es esa trampa vital.

Primero llega el daño: la crisis económica, y la competencia por los escasos puestos de trabajo es feroz, especialmente si se genera mucho desempleo persistente.

Y los jóvenes comienzan a escuchar argumentos repetidos.

Primero es: “No te contrato porque no tienes experiencia suficiente”.

Con el paso del tiempo eso se convierte en: “No te contrato porque tienes espacios en blanco en tu CV”.

Y cuando acaba la recesión, pasa a ser: “No te contrato porque, en realidad, puedo tener a alguien más joven con la misma experiencia“.

De alguna manera, ya están marcados: acaban de convertirse en perfiles inexpertos para puestos acordes a los de su edad y candidatos demasiado mayores para competir con los nuevos jóvenes por esos puestos iniciáticos y de escaso salario.

Y como toda maldición, va acompañada de su profecía.

“A partir de ahí, es muy probable que sus carreras laborales acaben caracterizándose por trabajos intermitentes o de escasa calidad, sufriendo una caída de ingresos que condiciona toda su vida”, sentencia González.

“Estas personas acumulan menos riqueza (ahorros), tienen dificultades para acceder a la vivienda en propiedad (su escaso ahorro se va en el alquiler y tampoco les van a dar un crédito por su discontinuo historial laboral) y, en general, ven truncados sus planes de vida y de formación de familia, con todos los problemas psicológicos que van asociados a ello”, explica el economista de la American University.

Puerta.

Getty Images
Si se te cierra la puerta al mercado laboral al principio, los planes de vida quedan condicionados para siempre porque es un momento clave, advierten los expertos.

Pobreza, divorcios y vidas sin hijos: la generación que ya estuvo allí

“¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1:9).

A su manera, la ciencia económica sigue la misma lógica que ese proverbio bíblico. Cuando un economista te habla de lo que va a pasar en el futuro, suele tener su cabeza en el pasado: en la evidencia acumulada.

Para conformar parte de esa evidencia, los académicos Hannes Schwandt y Till M. von Wachter (Northwestern University y Universidad de UCLA, EEUU) bucearon, en un estudio reciente, por los registros estadísticos de EEUU para seguir la vida de cuatro millones de estadounidenses que saltaron al mercado laboral durante la crisis de 1982.

Como si fueran fantasmas de Cuento de Navidad de Dickens, los agarraron de la mano y revisitaron los nervios de sus primeras experiencias laborales, anotaron sus salarios, se colaron en sus momentos felices (compra de vivienda, bodas, niños) y pasaron por sus días aciagos (divorcios y alcohol, enfermedades, depresiones, etc.) hasta llegar con ellos a la vejez e, incluso, al final de sus vidas.

Y entonces compararon sus trayectorias con las generaciones colindantes a ellos cuya andadura comenzó en tiempos mejores.

Poco más de un año de recesión -comenzó en julio de 1981 y terminó en noviembre de 1982, según la Reserva Federal- provocó que aquellos desafortunados jóvenes acumularan unas pérdidas de ingresos media de un 9% solo en los primeros 10 o 15 años, según los cálculos de von Wachter, siendo peor para los trabajadores con menos formación.

boda

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La generación de 1982 tuvo menos matrimonios, más divorcios y menos hijos.

Esto significa que sus pérdidas en ese periodo de más de una década pudieron oscilar entre los 19 mil y los 36 mil dólares (a precios actuales), según su investigación.

Pero no solo eso, al llegar al corte de edad de 50-55 años habían tenido menos matrimonios y, al mismo tiempo, sufrido más divorcios. Y sus posibilidades de tener un hijo también fueron inferiores a las de las otras generaciones.

Muertes por desesperación

El deterioro de su vida también llegó a su salud, desgrana la investigación.

Su esperanza de vida se había recortado de seis a nueve meses respecto a la media esperada. El efecto que tuvo la crisis fue de “una muerte adicional cada 10 mil personas por cada punto porcentual de aumento en la tasa de desempleo” en sus inicios laborales.

“Estos aumentos de la mortalidad derivaban principalmente de enfermedades relacionadas con conductas poco saludables como fumar, beber y mala alimentación. En particular, descubrimos un riesgo significativamente mayor de muerte por sobredosis de drogas y otras conocidas como ‘muertes por desesperación’ (suicidios y deterioro por adicciones)”, explica Schwandt.

La crisis desaparece y los daños permanecen. 16 meses sobre toda una vida. La histéresis de nuevo, en todo su esplendor.

Depresivo.

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El desempleo influye negativamente en la salud, sobre todo en la mental.

Estos hallazgos no le sorprenden a Rosa M. Urbanos-Garrido, profesora de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid, quien estudió los efectos que tuvo sobre la salud de los españoles la Gran Recesión de 2008.

“El desempleo suele asociarse con problemas relacionados con la salud mental”, le explica a BBC Mundo.

“Depresión, ansiedad… el miedo a no poder ganarse la vida influye, pero no solo: el trabajo es una plataforma de contactos sociales y de autoestima”, reflexiona.

Urbanos-Garrido cuenta como al principio de encontrarse en una situación de desempleo, la salud general puede incluso mejorar, pero poco a poco la sensación de angustia va creciendo y, para muchos, la falta de empleo acaba siendo una obsesión que va quitándole color e importancia al resto de la vida, incluida la salud.

“Al principio, el estrés desciende al tener más tiempo libre y se benefician de no sufrir enfermedades relacionadas con el trabajo -como los accidentes-; pero a medida que la situación de desempleo se alarga su estado se va deteriorando en forma de ansiedad, consumo de alcohol, de tabaco, obesidad y mala alimentación en general… se va descuidando, pero el individuo sigue reportando que su salud es buena. Sus pensamientos están en su situación laboral y lo demás no lo considera un problema”, explica.

También advierte de que no es irrelevante el momento de sufrir el desempleo: “Si el problema no es individual, sino una situación general de crisis, los problemas mentales se agravan”, cuenta.

Como si se tratara de un contagio de desesperanza para el que no hay mascarillas.

¿Es ya el destino de la generación millenial y la generación covid?

Fernando tiene pareja y un niño de dos años. Fernando ha sido conductor de autobús, vigilante de seguridad y albañil, a veces (muchas) en la economía informal. Fernando y su familia se fueron a vivir hace un año con sus padres a Soria (España) porque perdió su trabajo y sus ahorros no eran suficientes. Fernando, 34 años, ni siquiera se llama Fernando porque no quiere que aparezca su verdadero nombre en este reportaje de BBC Mundo. Dice que siente vergüenza.

“Fíjate tú, vergüenza, con lo joven que empecé a trabajar. Pero me ocurre”, dice.

Marta Vegas García es también española. Más joven, 23 años. Es ingeniera biomédica y además tiene un máster. Hace una semana publicaba una llamada si no de auxilio, sí de incredulidad en su cuenta de Linkedin:

“Actualizo mi CV, no hay respuesta; adapto mi CV dependiendo de la posición a la que aplico: no hay respuesta; contacto con empresas y trato de ser proactiva […]. No hay respuesta. Me siento invisible”.

“No se nos valora”, le dice Vegas a BBC Mundo. “Vemos frustrados nuestros sueños y nuestro futuro”, se lamenta, y aunque asume que la crisis sanitaria influye, no parece muy convencida de que sea el único motivo.

“Coincidimos todos -dice refiriéndose a sus amigos-, vemos imposible la emancipación, acceder a una vivienda y no digamos ya formar algún día una familia”.

He ahí el hilo que une la Gran Recesión de 2008 y la crisis de la covid-19 en 2020. A dos desconocidos como Fernando y a Marta. Uno, millennial; la otra, de la generación Z.

No están solos. Parecen representar los sentimientos de muchos de sus coetáneos.

Eviction

Getty Images
Los jóvenes tienen muchos problemas para acceder a una vivienda en propiedad, según muestran los datos. Y la covid va a empeorar la situación.

Basta con escribir en el buscador de alguna red social “A mi edad, mis padres y los mensajes se repiten en varios idiomas:

“A mi edad, mis padres tenían trabajo y casa, yo solo tengo ansiedad”.

“A mi edad mi padre tenía dos hijos, casa, trabajo fijo, coche y varios años cotizados. Yo no tengo nada de eso”.

“A mi edad, mi padre tenía cotizados 10 años y yo vivo de trabajos precarios y en una habitación”.

Y algunos aún ni se imaginaban que llegaría la crisis del coronavirus.

El coronavirus, ¿la puntilla?

“Yo creo que el bicho este ha sido la puntilla para nuestra generación”, dice Fernando refiriéndose al coronavirus.

Su intuición es buena. “Hay un número notable de trabajadores que, como consecuencia de haber sufrido desempleo en la anterior crisis y no haberse consolidado en un puesto de trabajo, también lo están sufriendo en ésta”, observa Ignacio González, de la American University.

“Hay mercados laborales, como el español, que nunca llegaron a recuperarse completamente, por lo que iniciamos esta crisis con unos niveles de desempleo muy altos”, señala.

Es decir, está hablando de vidas con problemas desde hace una década.

Así, si la crisis de 1982 tuvo efectos en las vidas de aquellos jóvenes, ¿qué se puede esperar de la de 2008, definida por el Fondo Monetario Internacional como “el colapso económico y financiero más grave desde la Gran Depresión de la década de 1930”?

¿O en esta del coronavirus, que el Banco Mundial prevé que el PIB se contraiga más del doble que en la anterior?

Algunos expertos ya ven algunos daños en la vida de los millennials, que se pueden apreciar haciendo una especie de gira mundial por el desastre.

En Europa, su desempleo y precariedad laboral eran ya mayores antes de la crisis de la covid-19, que los sufridos por la generación que los precede cuando tenían su misma edad (véase gráfico superior), según un informe del centro de investigación CaixaBank Research.

En EEUU, la riqueza neta mediana (activos financieros e inmobiliarios menos las deudas) de los millennials de entre 25 y 34 años (en 2016) es un 60% inferior que la que disponía un joven de la generación X cuando se hallaba en la misma franja de edad, según el citado informe.

En España, los datos son aún más sangrantes: su riqueza mediana es de 3 mil euros, frente a los 63 mil 400 euros de los que disponían entonces sus homólogos de la generación anterior.

Y la vivienda, claro. El número de millennials con vivienda propia en EE.UU. es 8 puntos porcentuales menor, según el centro de investigación The Urban Institute. Peor en España: un 44% frente al 65% de la generación X (CaixaBank Research). Y en Reino Unido, un tercio de ellos nunca podrá permitirse una vivienda, según el think tank Resolution Foundation.

En América Latina la crisis de 2008 pasó de puntillas, pues la región se encontraba en un momento de creciente prosperidad. Y, sin embargo, el porcentaje de latinoamericanos que declararon no tener suficiente dinero para procurarse una vivienda creció en casi 20 puntos entre 2012 y 2019 hasta alcanzar un alarmante 40%”, según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Además, esta vez la crisis no va a pasar de largo: tras los confinamientos, cerca del 65% de los hogares más pobres de la región había sufrido al menos una pérdida de empleo entre los miembros de la familia, de acuerdo al mismo organismo.

Y el BID señala: más de un millón de estudiantes dejarán los estudios debido a la pandemia, con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo en el futuro.

Protesta en Chile

Getty Images
Es la primera generación desilusionada con la democracia a nivel mundial, según una encuesta de la Universidad de Cambridge.

Algunos estudios pronostican el daño para las nuevas generaciones en US$10 billones a nivel mundial por este motivo, como señala el instituto Brookings, con sede en Washington.

Y hasta el Foro Económico Mundial ve peligrar sus pensiones para el año 2050, cuando llegue la edad de retiro para ellos, debido a su escaso ahorro.

¿Se puede hacer algo?

Llegados a este punto, ¿se puede hacer algo para detener esa aparente cuesta abajo de la generación millennial y sus sucesores?

“Hay mucho margen para mejorar la respuesta”, afirma el economista Ignacio González desde Washington D.C.

“En este contexto de estrés financiero para muchas familias, es fundamental diseñar políticas públicas que garanticen el acceso a una vivienda asequible y establecer mecanismos de transferencias de rentas desvinculados del historial laboral, como las rentas mínimas.En materia laboral, el objetivo sería evitar que la precariedad laboral y la caída de ingresos que sufren muchas personas durante la crisis se cronifiquen y, por supuesto, que eso no condicione a la baja sus futuras pensiones”, explica.

“Los afectados en estas generaciones, con dos crisis consecutivas, lo van a tener difícil sino se habilitan mecanismos de redistribución, tanto intrageneracional (de ricos a pobres dentro de una misma generación) como intergeneracional”, zanja.

La profesora Urbanos-Garrido, de la Universidad Complutense, concuerda en las medidas de transferencias de rentas, y añade: “Los sistemas de salud también deberían adaptarse para atender los crecientes problemas mentales que, probablemente, se van a repetir en la presente crisis”.

No parece muy claro que estas generaciones tengan esperanza en recibir alguna ayuda.

Una reciente encuesta realizada por la Universidad de Cambridge a casi cinco millones de personas reveló que los jóvenes de 18 a 34 años son los más desilusionados con el funcionamiento de la democracia.

“Esta es la primera generación de la que se tiene memoria en la que una mayoría global se muestra insatisfecha con la forma en que funciona la democracia”, alerta Roberto Foa, autor principal del informe.

Una llamada de auxilio o quizá un grito de advertencia.


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