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Carlos Solís

Integrar la comunidad y sus tradiciones, la clave para la reconstrucción después de los sismos

Oaxaca quedó totalmente irreconocible después de los sismos de septiembre. En el barrio de Cheguigo, sus residentes junto con la organización Cooperación Comunitaria, pusieron manos a la obra para reconstruir juntas sus casas demolidas.
Carlos Solís
Por Rocío Flores/ Fotografía Carlos Solís
21 de septiembre, 2019
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Aquí todo es más silencioso. En Cheguigo, un barrio indígena en la ciudad de Ixtepec dentro del estado de Oaxaca, al sur de México, los habitantes tienen una vida calmada y el tiempo transcurre en aparente tranquilidad. Un ritmo más pausado que en otras poblaciones.

Las familias aún hablan Didxazá o Zapoteco, lengua de los binniza o zapotecas, pueblo indígena concentrado sobre todo en este estado . También subsisten algunas de sus prácticas comunitarias como el tequio, trabajo voluntario para conseguir beneficio común. Por estos motivos, Cheguigo es considerado de los barrios con más arraigo e historia en  Ixtepec.

El 7 y 19 de Septiembre de 2017, dos sismos sacudieron y devastaron zona sureste del país. El primero fue de una magnitud de 8.2, el sismo más fuerte registrado en el país desde 1932, causando 98 muertes, 83 de ellas en Oaxaca. Entre los dos, dejaron unas 80 mil viviendas dañadas y varios edificios antiguos del centro, como el estadio ferrocarrilero, severamente afectados.

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Cheguigo fue de las poblaciones más activas en el proceso de reconstrucción después de los sismos, que emprendieron juntamente con la organización Cooperación Comunitaria. Esta organización sin ánimo de lucro tiene como objetivo mejorar las condiciones de habilidad en regiones rurales de México a través del trabajo comunitario y de colaboración. Uno de sus objetivos más ambiciosos es mantener y promover el uso de métodos tradicionales y material local para mejorar las infraestructuras y a su vez promover una filosofía de autosuficiencia entre los habitantes.

En Ixtepec (con aproximadamente 26,450 habitantes) se concentró el trabajo integral, explica Isadora Hastings, directora de Cooperación Comunitaria.  “No solo fue la reconstrucción de viviendas adecuadas para las condiciones ambientales sino que se consideraron distintos aspectos de la organización social, económica y cultural, así como los sistemas productivos de las mujeres, las técnicas constructivas tradicionales, los saberes comunitarios y el uso de materiales locales. Esto generó construcciones menos costosas, ahorrando también muchas emisiones de dióxido de carbono. Pero sobre todo”, destaca, “se hizo en colaboración con la comunidad zapoteca”.

En términos cuantitativos el impacto que tuvo la organización fue de aproximadamente 5.5% del total de la población afectada, un número total de  2,546 beneficiados en ocho comunidades de la región. Según un censo federal se estimó que hubo 41 mil viviendas afectadas en toda la región zapoteca, llamada también Istmo de Tehuantepec. 

La antropóloga Laura Montesi que realiza investigaciones en zonas rurales e indígenas de México y estuvo colaborando en esa región tras el terremoto comenta, “Cuando pensamos en la ‘vivienda’ tenemos que preguntarnos qué constituye la vivienda en cada contexto específico.”  En el Istmo oaxaqueño, si bien la casa es importante, el espacio se vive de manera diferente y el patio y la cocina de humo con sus hornos de comixcal, son un elemento central. Son los ambientes donde tienen lugar las interacciones domésticas y vecinales más significativas.

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Estos hornos representan la independencia y autonomía de muchas mujeres; con ellos elaboran distintos tipos de tortillas o tamales que luego venden en las calles o en el mercado del pueblo. Quienes los utilizan organizan el día en torno a estos. La venta, las salidas públicas, las fiestas e incluso el aseo personal, el cual deben hacerse antes de empezar a ‘echar tortilla’ y estar expuestas al calor que genera el horno.

“Por eso, perderlos, como ocurrió durante los terremotos, es perder un eje central en la organización de la vida. El horno comixcal es el corazón de la cocina y alrededor de él se estructura el espacio y tiempo. Su uso es una forma de estar en el mundo”, añade Montesi. Estas mismas reflexiones orientaron  el trabajo de Cooperación Comunitaria. A pesar de ser un proyecto de emergencia, consideró también atender este espacio para abonar en la recuperación de la actividad productiva, con la visión de proyecto sustentable.

Con el uso de materiales locales y cuidando respetar el entorno natural construyeron  27 hornos de pan y 18 cocinas tradicionales en Ixtepec, 16 más en otra localidad cercana llamada Niltepec. Así, en dos años, unas 434 mujeres han logrado recuperar su actividad productiva y la confianza en su economía familiar.

Rosalba Antonio Martínez es una mujer de Cheguigo de 57 años que junto con su familia ha logrado reponerse gradualmente de los sismos, a pesar de la insuficiente ayuda gubernamental. “Un día, de manera inesperada, llegaron estas personas y dijeron que me querían ayudar (colaborar en el proceso de reconstrucción). No contaba con nada, no tenía ninguna de las tarjetas que otorgó el gobierno federal con recursos para la reconstrucción”, cuenta mientras busca una banca de madera robusta para sentarse a platicarnos de su nueva vivienda. En el caso de Rosalba no tuvo acceso a estas tarjetas porque su casa era de lodo y no fue considerada como vivienda.

Las personas mencionadas por Rosalba eran miembros de Cooperación Comunitaria. Después del repentino desastre, los miembros de la organización le vinieron a ver y le preguntaron qué vivienda quería y qué posibilidades tenía de aportar algo. Su segunda visita ya fue orientada  a construir juntas una casa de bajareque. Esta es una técnica de construcción utilizada desde épocas remotas en pueblos indígenas de América en la que se usa principalmente palos o cañas entretejidas y barro para recubrir las paredes.

“Me dijeron: ¡tienes luz verde! Y yo no entendí que era luz verde, pero luego me aclararon que me iban a ayudar con mi hogar”, explica Rosalba. Ella limpió sus maderas, bajó sus tejas y las lavó para empezar con la reconstrucción. “Y yo pensé, ¿me estarán diciendo la verdad?” Efectivamente, los miembros de Cooperación Comunitaria empezaron a traer tierra, arena, piedra y un día le dijeron a que iban a empezar. “Me dio el ánimo y le dije a mi esposo, que trajera a unos amigos para subir las cosas hasta acá. Y vean ahorita, ya la tengo terminada y hasta quedó de bonito color, está pintada con tierra roja”, 

comenta Rosalba. “En este hogar contribuimos todos; mi hija, su esposo, mi mamá, mi papá, hasta las niñas, todos echaron el lodo”.

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Su hija también fue a ayudar a otros, aunque al final, a ellos nadie les fue a apoyar. “Si estuviéramos tan unidos, nos iríamos ayudando más, unos a los otros, terminaríamos más pronto. Sin embargo, la gente no lo hace. Antes sí, ahora es puro costo de dinero. Por eso no sé cómo agradecérselos. Me siento orgullosa porque (la gente) se enamora de mi casa y de mi cocina. ¿Qué más le pido a la vida”? Sintiéndose empoderada, la mujer suelta una sonrisa franca . “Pero lo mejor” dice, “fue la gente que apoya a los que lo necesitan. Porque hay muchos que tienen su hogar y piden tener más, y así no es. Hay muchos pobres que no tienen lo principal”.

Para conseguir abastecer la reconstrucción total o parcial de más de 70 viviendas, Cooperación Comunitaria recibió recursos económicos de fundaciones nacionales e internacionales como Global Giving, una organización de Norteamérica, la fundación familiar Fundación Sertull y Misereor, de la iglesia episcopal, entre otras iniciativas. 

La casa de Artemia Ojeda Zárate también fue afectada por el sismo. Su nueva vivienda es otro ejemplo del trabajo colaborativo que emprendió la organización en esta región, ahora está ubicada al fondo de un patio grande lleno de flores, donde también tiene una cocina,  hecha con ladrillos, madera, tejas y otros materiales resistentes a los sismos y a los vientos fuertes que se registran en esa región. “Ellos llegaron a visitarme a los tres días del terremoto, en ese tiempo les dije que no podía entrar en el proceso de reconstrucción porque estaba mal de salud, pero me dijeron que esperaban a que me restableciera y así fue”, comenta Artemia. “Venían a visitarme siempre, hasta que un día empezamos. La obra tardó más de  un año, pero los esperé porque recibía mucho apoyo gracias a los albañiles, los materiales, etc”.

Artemia, igual que muchas personas damnificadas por los sismos, solo tenía una tarjeta bancaria con un fondo de 120 mil pesos (6,091 dólares, 5,500 Euros) que le otorgó el gobierno federal, a través de Fonden, el Fondo Nacional de Desastres Naturales. La mayor preocupación de Artemia era que no le iba a alcanzar el dinero para la total reconstrucción. Pero desde Cooperación Comunitaria le dijeron que no se preocupara, que ellos podían seguir apoyándole. Y así fue.

“La casa requirió mucho más material, más tiempo. Hubo otros apoyos oficiales y constructoras pero hicieron casitas ‘sencillas’, por eso yo decidí esperar”. Después de los sismos, las constructoras privadas sugeridas por la administración del expresidente Enrique Peña Nieto, propusieron un modelo de vivienda homogéneo de unos 50 metros cuadrados cada una, mucho menor  al que habitualmente acostumbran a construir en esta región. Por este motivo constructoras locales, así como colectivos de expertos en arquitectura vernácula o tradicional cuestionaron esta decisión evidenciando la ignorancia y falta de sensibilidad de las autoridades al abordar el problema proponiendo una solución simple e inmediata.

“Durante la reconstrucción  no solo se trata de recuperar ‘el hueco’ dónde vamos a habitar, debemos verlo de una manera profunda”,  considera el arquitecto Juan José Santibáñez. “Se trata también de recuperar la cultura, conservando los espacios primordiales en las casas, elementos que en su conjunto son un reflejo de cómo es la gente Istmeña, qué piensa, qué hace y la libertad que tiene. No es llegar y darles una solución, eso es imponer, el asunto es adentrarse en el problema para poder contribuir con la gente”.

 Para su fortuna, Artemia no optó por la vía institucional. Artemia dirige la mirada al interior de casa que cuenta con un muro entre dos cuartos que no llega hasta el techo, porque ella así lo decidió, “así me gusta a mí, para que circule el aire”, dice. Abre los brazos, se toca el pecho ligeramente y a punto del llanto, suelta, “no me queda más, me siento feliz porque ya tengo mi casita”. Luego explica que tardó más tiempo la reconstrucción por esperar a que hubiera en el pueblo una madera resistente. “Pero me gusta como quedó, es más grande de lo que imaginé. A todo mundo le gusta”. 

Hastings habla de la importancia de la habilidad de los hogares con relación al apoyo que ofrecen los miembros de la organización. “No imponen, sino que aprenden primero”. “De ahí parten las propuestas, de analizar la información local. Todo lleva una parte técnica y también una social. Trabajamos para disminuir la brecha entre ricos y pobres”, dice, e inmediatamente aclara, que en realidad las personas no son pobres, sino que están limitados de recursos económicos, pero tienen otro tipo de riquezas como la de sus tierras y  la cultural.

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El trabajo de este colectivo tiene dos líneas estratégicas, la producción  y la gestión social del hábitat con grupos organizados, así como la reconstrucción integral y social. Fue en esta última línea de acción que trabajaron para construir hasta el agosto de 2019, 22 casas nuevas y 46 reforzadas de un total de 78 viviendas que se propusieron como meta. Ahora están por comenzar ocho más. 

También en Ixtepec  Cooperación Comunitaria proyectó la creación de un Centro de Artes y oficios (CAO) en colaboración con el Comité Ixtepecano por la Defensa de la Vida y el Territorio, el mismo que les invitó a participar en la reconstrucción y donó el terreno para este espacio cultural. El CAO se hizo con la técnica bajareque Cerén. Una técnica rescatada de los mayas de El Salvador que ha mostrado su resistencia ante los sismos y rescata los muros del bajareque tradicional utilizado en la región.

La construcción recién terminada, se ubica al fondo del pueblo en una pequeña colina donde se pueden apreciar de frente dos montañas y al atardecer, la luna, fuente de conocimiento entre los campesinos zapotecas. Fueron estos últimos quienes guiaron los tiempos de cortes de madera y otros materiales que se utilizaron en la construcción. 

Después de dos años, y a pesar de los esfuerzos, la vida en esta región aún no se  ha podido “normalizar”. Muchas familias permanecen sin un lugar digno para vivir, otras tantas solo tienen enfrente el material que lograron comprar con los 120 mil pesos (6,070 dólares, 5,500 Euros) que les dio el gobierno federal anterior.

Parte de los recursos destinados para la reconstrucción en este estado no existen, cuatro mil 800 millones de pesos (244 millones de dólares, 221 millones Euros) destinados para esta tarea no llegaron a las familias damnificadas, el avance es menor y persiste tristeza y desolación en los pueblos, concluyó la Comisión de Seguimiento a la Reconstrucción después de sus visitas a la región.

Pero los resultados de Cooperación Comunitaria, a diferencia de otras ONG’s y sobre todo de las constructoras privadas asociadas al gobierno, se deben a que en este proyecto se consideró al ser humano, su tiempo y su modo natural de comprender y procesar los desastres, como el principal factor en la toma de decisiones. Una lección a tomar en cuenta en una época en que las consecuencias de la crisis climática son cada vez más evidentes.

La iniciativa Cooperación Comunitaria es una de doce historias ejemplares sobre transformación local que se incluyen en la elección del voto del público del premio de Ciudades Transformadoras 2019. Este iniciativa nace de la búsqueda de prácticas de transformación y organizaciones que enfocan su trabajo en luchar contra la crisis mundial a nivel municipal. Aquí puedes votar para la historia que más te inspire hasta el día 9 de Octubre. 

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Qué es el síndrome de Reiter, la enfermedad que retiró del cine porno al actor Nacho Vidal

Cansado de los rumores sobre su salud, el actor porno español Nacho Vidal decidió romper su silencio: no tiene VIH, sino síndrome de Reiter o artritis reactiva, una enfermedad que, según afirmó, no le permite trabajar "de nada".
Getty Images
10 de septiembre, 2019
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“Yo tenía la enfermedad del Reiter, no del sida. De Reiter, que, al lado del sida, es como comparar un Ferrari con un Lada: el Lada sería el sida, y el Reiter sería el Ferrari… del dolor”.

Así describe el español Nacho Vidal, uno de los actores porno más famosos del mundo, la enfermedad que le llevó a renunciar a su carrera y comenzar a tramitar una “minusvalía”, porque asegura que ya no puede trabajar “de nada”.

Vidal se refiere a ella como “síndrome de Reiter”, pero la comunidad científica prefiere el término “artritis reactiva“.

Así se evita honrar el nombre de Hans Reiter, uno de los primeros médicos en describir la enfermedad, pero también un líder nazi que experimentó con prisioneros del campo de concentración de Buchenwald, en Alemania.

El actor español llevaba siete meses siendo el centro de rumores respecto a su salud, después de que en febrero saliera a la luz que había dado positivo en una prueba de VIH.

Sin embargo, aquel resultado se trató de un falso positivo, según el actor, que afirmó que este error fue causado por los síntomas de la artritis reactiva que padecía cuando se extrajo la muestra de sangre.

Hombre tocándose la rodilla

Getty Images
Esta enfermedad suele afectar a los hombres de entre 15 y 35 años.

Unos síntomas que los médicos no conseguían descifrar y que ocasionaron que Vidal llegara a decirle a uno de los facultativos: “Me quiero suicidar del dolor“.

Finalmente, un médico consiguió dar con el diagnóstico: artritis reactiva.

Reacción a una infección

“Yo tengo una enfermedad que contraje hace siete meses ya, que se llama el síndrome de Reiter. Es una (…) enfermedad que yo contraje sin darme cuenta, hace mucho tiempo, a lo largo de toda la historia del porno, cogiendo gonorreas y clamidias”, afirmó Vidal.

Una de cada 30.000 personas padece de artritis reactiva, un mal que afecta sobre todo a hombres de entre 15 y 35 años, según la página web de la Federación Española de Enfermedades Raras (Feder).

La enfermedad surge como una reacción a una infección y en sí no es contagiosa. No obstante, algunas de las bacterias que pueden ocasionar esta reacción sí se transmiten mediante relaciones sexuales o comiendo alimentos contaminados, como explica el sitio web de la Clínica Mayo.

Por ejemplo, la clamidia o la salmonela.

Esa primera es precisamente uno de los males en lo que, según Vidal, puede radicar el origen de su artritis reactiva.

“La gonorrea y la clamidia es una enfermedad que tú la coges, te tomas una pastilla y al día siguiente estás bien… Yo he cogido unas 50 veces gonorrea, unas 50 veces clamidia, con las que me tomaba una pastillita y estaba bien”, aseguró el actor.

“¿Qué pasa? Que aparece el virus del Reiter. Es un virus que está en tu sangre, aparece en tu sangre con las gonorreas y las clamidias… Este virus del Reiter estuvo dormido muchos años, no sé cuántos. Yo lo tenía y no lo sabía”.

Aunque la explicación de Vidal, sin embargo, no es correcta, ya que el antiguamente llamado síndrome de Reiter no es un virus, sino una reacción inmunológica.

También cabe destacar que la mayoría de las personas expuestas a las bacterias que pueden causar artritis reactiva no llegan a desarrollar esta enfermedad.

¿Y qué síntomas ocasiona?

La reacción se suele presentar como una hinchazón y dolor muscular en los intestinos, los genitales o las vías urinarias, como explica la Clínica Mayo. Las rodillas, los tobillos y los pies suelen ser los más afectados.

También es común que vaya acompañada de conjuntivitis, trastornos de la piel e hinchazón en dedos de las manos o los pies, como corroboró Vidal.

“Yo cogí una fiebre muy fuerte… Compré medicina, pensaba que era una gripe estomacal porque también iba mucho al cuarto de baño (…) estaba lleno de medicinas y la fiebre no bajaba”.

“De repente me salió una prostatitis: se inflama la próstata y cuando meas te duele… ¡Ni te imaginas!”

Nacho Vidal

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Nacho Vidal asegura que ya no puede trabajar “de nada”.

“Me empezó a doler la mano derecha… Al día siguiente, me levanto y tenía la mano inflada, hinchada, era como si fuera un corazón: bumbúm, bumbúm, bumbúm”.

Según Feder, la enfermedad se da entre una y tres semanas después de una infección urogenital o gastrointestinal y la primera señal suele ser tener problemas al orinar.

“Pedía morir”

Vidal asegura que llegó a tomar opiáceos por el día e inyectarse morfina por la noche para aguantar el dolor, siempre bajo instrucciones médicas.

Dijo que estuvo tres meses postrado en la cama, con la mano hinchada doliéndole. Luego le sucedió lo mismo en un tobillo y una rodilla, de donde le sacaban “tres agujas de líquido amarillo cada día”.

Siempre he pensado que soy un vikingo y que puedo con todo”, pero según admitió, “fue doloroso”.

De noche, se arrastraba por el suelo hasta el baño porque no podía caminar debido a la hinchazón en su pierna, relató. De igual forma volvía a su cama, húmeda porque no paraba de sudar.

“Me metía debajo de esa colcha y pedía morir. Eso es el Reiter”, aseguró.

Si bien Vidal asegura que se trata de una enfermedad crónica, instituciones como la Clínica Mayo, Feder y el Colegio Estadounidense de Reumatología afirman que puede volverse crónica, pero no necesariamente. Por lo general, suele remitir después de un año.


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