Pesca ilegal 'agota' el pulpo, el mero y el pepino marino en Yucatán
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Foto: Alberto Pradilla

Pesca ilegal 'agota' el pulpo, el mero y el pepino marino en Yucatán

Este es el peor año en mucho tiempo para la pesca de pulpo en Yucatán. El pepino marino y el mero están casi desaparecidos. “Los furtivos son los que barren todo. Hacen que las pescaderías no se reproduzcan”.
Foto: Alberto Pradilla
24 de septiembre, 2019
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“Pescamos de todo lo que haya. Pulpo, caracol, pescado. Hay muy poco y muy cara está la gasolina”. Pedro Alberto Barrera pasa de los 40 años, tiene la cara curtida por el sol y toda una la vida dedicado a la pesca. Hoy, miércoles 10 de septiembre, no ha sido una buena jornada. Llega al puerto de Celestún, en Yucatán, con escasas capturas. Y eso que estamos en temporada de pulpo, que se extiende del 1 de agosto al 15 de diciembre.

El pulpo es una de las cuatro principales pesquerías de la zona, junto al mero, la langosta y el pepino marino. Salvo la langosta, todos escasean este año, según autoridades y pescadores consultados. Este año es el primero en el que el pulpo da muestras de agotamiento. El mero está “prácticamente desaparecido” y el pepino marino ha menguado dramáticamente en menos de una década, hasta el punto de decretarse la veda total.

Y eso que todos los años las capturas alcanzan niveles notables. Por ejemplo. Entre 2014 y 2018 se llegaron a capturar casi 100 mil toneladas de pulpo, por un valor de 3,467 millones de pesos. En el mismo periodo se pescaron 5,736 toneladas de pepino de mar, por un valor de 178,86 millones de pesos. También 28,464 toneladas de mero por 875,86 millones de pesos y 1,878 toneladas de langosta por 333,52 millones de pesos. Estas cifras son muy altas  si se comparan con el número de incautaciones en la misma época: 660 toneladas de todas las pesquerías, según el almirante Héctor Alberto Mucharraz, jefe de las inspecciones de Conapesca, la comisión que se encarga de aplicar políticas, programas y normatividad que del sector pesquero.

Grupo de pescadores en Celestún, Yucatán, con la compresora que les permite bucear.

Grupo de pescadores en Celestún, Yucatán, con la compresora que les permite bucear.

Claro que esto es lo que Conapesca detecta y no lo que los furtivos se llevan.

Pescadores, científicos y autoridades culpan a la pesca furtiva, a los “depredadores” del terrible descenso de las capturas de esta temporada. En este concepto se incluye pescar fuera de temporada, sin permitir que la fauna marina se regenere, o utilizar técnicas prohibidas como bucear para cazar pulpos. También emplear productos vetados, como el cloro, para obligar a los animales a abandonar sus cuevas.

La Real Academia de la Lengua Española define “depredar” como “robar, saquear con violencia y destrozo”. Eso es lo que muchos pescadores hacen con la fauna marina en Yucatán.

Y eso que la pesca es fundamental para la economía del estado. Al menos 10,000 pescadores salen a la mar en Yucatán. No hay un cálculo estimado sobre cuántos de ellos se dedican a prácticas ilícitas. Como dice el almirante Mucharraz, “son ilegales, no existe ningún registro”.

Él mismo reconoce que apenas tiene recursos. Que solo 4 inspectores, con apoyo de Policía Federal y Policía Municipal, actúan en el territorio.

Lanchas llegan al puerto de Celestún, en Yucatán.

Lanchas llegan al puerto de Celestún, en Yucatán.

“Toda la vida hubo depredación”

Son las 15.30 horas en Celestún y decenas de embarcaciones regresan a tierra. Venden su carga a pequeños distribuidores en puerto. Ellos lo entregan posteriormente a las grandes empresas, las encargadas de enviar el pescado a mercados en todo el país o exportarlas.

Entre recién llegados se encuentra Pedro Alberto Barrera, algo rezagado, al filo de la tormenta. En su pequeña lancha puede verse el compresor, el mecanismo que le permite sobrevivir bajo el agua. En su caso es un compresor industrial, le costó 9,000 pesos. Con el resto de complementos, la inversión alcanzó los 15,000, asegura. En otras lanchas pueden verse precarios artilugios construidos con un barril de cerveza. En efecto, el mismo barril del que se sirven las chelas en un bar convertido en garantía de supervivencia marina.

Pero la ley no entiende de precariedad. La ley es ley y punto. Y da igual que uno utilice un barril de cerveza para no ahogarse. La ley dice que no se puede bucear para pescar pulpo ya que se considera una técnica demasiado agresiva. La ley está pensada para que no ocurra como este año, en el que gente como Barrera salen a la mar y regresan con las manos semivacías porque otros antes que ellos saquearon los caladeros.

“Toda la vida ha habido depredación, por parte de todos. Es la falta de empleos. No da el gobierno, y nos obliga a hacer cosas así”, dice Barrera, que llega con sus arpones, sin esconderse, seguro de que si lo no hace él lo hará el vecino.

En realidad, Barrera, el pescador sincero, es el eslabón más débil de la cadena que está arrasando con la pesca en Yucatán.

Si le agarran con pulpo prohibido, puede ser castigado a una multa de entre 50,000 y 100,000 pesos.

“Tiramos todo al mar antes de que nos pille”, dice. Aunque no siempre ha tenido esa suerte y, según relata, ha sido interceptado en más de una ocasión. Peor sería perder la licencia. Aunque, incluso para esa contingencia, Barrera tiene soluciones: “me busco otra embarcación. Esto es como el narcotráfico, no se acaba nunca”, afirma, entre risas.

Barrera es un tipo humilde. El que se juega la vida bajo el agua (no hay cómputo oficial, pero son muchos los fallecidos por pasar demasiado tiempo en el fondo o subir demasiado rápido). El que puede perder todo. El que baja al fondo y arrasa con lo que encuentre.

En otro orden jerárquico aparecen las redes de pescadores, algunos armados, que trabajan de forma coordinada. Los empresarios y las bodegas, que compran el producto y no preguntan de dónde viene.

Algunas autoridades, a las que otros trabajadores acusan de mirar para otro lado.
Como explica Renata Terrazas, de la ONG Oceana, “no se puede entender la pesca furtiva únicamente con el pescador. Existe todo un sistema de opacidad e impunidad”.

En Yucatán se pesca furtivo todo el año. No hay que hacer una profunda investigación para comprobarlo. Ocurre ahí, en Celestún, en San Felipe, en Progreso, a la vista de todos. La pregunta es hasta cuándo aguantará. Porque, como advierte Josefina Santos, del Centro Regional de Investigación Acuícola y Pesquera de Inapesca en Yucalpetén, puede llegar un momento en el que las costas se agoten por completo.

La emergencia existe. También los mecanismos para que no sea irreversible.

“El buzo está acabando con todo”

“La pesca está escaseando debido a la pesca furtiva y el cambio climático. Es la depredación y pesca furtiva”, dice Edgar Mai León, de 43 años, en la mar desde los 12. Él es de Campeche, pero vino a Celestún hace años por la escasez de su territorio. Yucatán es destino de pescadores de otros estados, como Campeche o Tabasco. A veces los señalan como responsables de la depredación, por esa máxima que dice que la culpa siempre la tienen los de fuera.

“Hay pesca ilegal, hay mucha. Se ve, no hay cuidado exclusivo”, explica.

Edgar Mai prepara su embarcación en el puerto de Celestún.

Edgar Mai prepara su embarcación en el puerto de Celestún.

Mai León pone el pulpo como ejemplo. Ahora estamos en temporada, pero su pesca también tiene limitaciones. Debe hacerse siguiendo la técnica maya, utilizando las jimbas, que son una especie de bambúes que, elevadas, dan a la embarcación una imagen de insecto marino. También, los alijos, unos pequeños barquitos que se cargan cruzados en la lancha. Sin embargo, no todos lo usan. Algunos simplemente bucean y arrasan con todo. Y no solo el pulpo.

“Los furtivos son los que barren todo. Hacen que las pescaderías no se reproduzcan”, dice.

Junto a él, Benedicto González, de 46 años, resume su preocupación: “el buzo está acabando con todo”. En su opinión existen dos culpables: “la autoridad y los empresarios”. “Los unos porque no vigilan lo suficiente y los otros porque compran el producto a pesar de estar prohibido”, dice.

Yucatán es uno de los principales puertos mexicanos. Según datos de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), anualmente se obtienen casi 50 mil toneladas de las diversas especies, de las más de 400 mil toneladas que se pescaron en 2017.

El fenómeno no es único en Celestún. Se extiende por toda la costa. Lo explica Felipe Carrillo, de 71 años y que pesca en Progreso a pesar de residir en Mérida. “No tienen permisos, se pesca cuando el producto entra en veda. ¿Por qué? No se ponen a pensar que ponen en peligro las especies. No respetan las vedas y las autoridades no vigilan. Ahora en Progreso para toda la costa solo hay tres inspectores. Se ha solicitado, pero no nos mandan más inspectores”, dice.

Benedicto González muestra las capturas de la jornada.

Benedicto González muestra las capturas de la jornada.

A la pesca furtiva, el veterano trabajador del mar une otro elemento: la emergencia climática, que se materializa en el sargazo. “Sargazo siempre ha habido, pero en este caso hay mucho, se mete en las cuevas y no les deja salir”.

Carrillo está preocupado. Dice que nunca vio una temporada peor que la actual. Dice que los barcos se ven obligados a alejarse mucho. En su opinión, en Progreso es más difícil ver a los furtivos en acción. Sin embargo, habla de auténticas expediciones pirata más allá del muelle, el más largo del mundo con una distancia de 6,5 kilómetros. Dice, incluso, que hay quien asalta en alta mar. “Llegan con armas y te roban el motor de la lancha”, afirma.

660 toneladas incautadas en cinco años

El almirante Héctor Alberto Mucharraz es el encargado de las inspecciones. El tipo que vigila que se cumpla la ley, que no haya furtivos depredando fuera de temporada, que no haya pescadores que se llevan pulpo por langosta, que los empresarios no llenen sus bodegas con producto que no corresponde.
Dice que existen cuatro puntos rojos: Celestún, Progreso, Dzilam de Bravo y San Felipe. Básicamente, toda la costa. Aunque cada una de estas zonas tiene sus particularidades.

Él mismo reconoce que tienen dificultades para mantener el orden. En primer lugar, porque no hay personal suficiente. Cuatro inspectores para una población aproximada de diez mil pescadores. En segundo porque, en su opinión, “la gente no quiere entender que se trata de su producto el que protegemos”. Es decir, que hay trabajadores que protegen a los furtivos porque puede ser su compañero, su primo, su hermano o él mismo en tiempo de dificultades.

El almirante pone como ejemplo unos disturbios registrados en Celestún a mediados de julio. Según el oficial, inspectores de Conapesca revisaban el producto cuando se produjo un amotinamiento. Por mar, con varias lanchas cruzadas para impedir que nadie se acercase. Por tierra, con piedras y escombros para expulsar a los vigilantes.

Embarcaciones en el puerto de Celestún.

Embarcaciones en el puerto de Celestún.

A pesar de reconocer las carencias, Mucharraz lanza una batería de datos para probar que ellos no se quedan con los brazos cruzados. Según afirma, en los últimos cinco años se realizaron 828 recorridos acuáticos, 3,818 recorridos terrestres y 589 puntos de revisión. Además, se pusieron en marcha 2,035 verificaciones, que concluyeron con 1195 actas de inspección. “El resto estaba correcto, dentro de la ley”, dice.

Es decir, que más de la mitad de las verificaciones realizadas por Conapesca en Yucatán en los últimos cinco años encontraron indicios de delito.

Mucharraz prosigue: retención de cinco embarcaciones menores, 46 mayores, 26 motores fuera de borda, 311 artes de pesca y 172 vehículos.

Renata Terrazas, de Oceana, indica que hay estudios que advierten que la pesca furtiva puede llegar a suponer el 50% de lo que se produce en un país. Es decir, que uno de cada dos pescados que se consuman en México tiene un origen fuera de la ley.

Animal Político solicitó a la Fiscalía General del Estado conocer el número de carpetas de investigación abiertas por pesca ilegal, pero al cierre de la nota no había recibido respuesta.

El otro vértice al que se señala son los empresarios y las bodegas. El sistema es el siguiente: los pescadores llegan con el producto al puerto. Allí se encuentran con gente como Ismael Valencia. Él es propietario de varias lanchas, se queda un 25% de la ganancia de los que salen a la mar y, además, ejerce de enlace con las grandes distribuidoras. El suyo es un negocio familiar. Dice que es habitual que le ofrezcan material prohibido, pero asegura que él lo rechaza.

“Hay que tener un poco de conciencia. Nosotros los comerciantes, pero también los pescadores. Yo no compraría ilegal, pero si pones una denuncia tampoco sirve, porque no prospera”, afirma.

Autoridades y pescadores coinciden en que la situación es grave. Sin embargo, no llegan soluciones. En los últimos meses, cooperativas locales se han manifestado exigiendo un mayor control. Organizaciones patronales también piden un incremento de la regularización. Y el gobierno de Andrés Manuel López Obrador aseguró en febrero que plantearía nuevas propuestas. Sin embargo, todo está paralizado. Los furtivos siguen operando, las cooperativas se sienten abandonadas e incluso las autoridades reconocen estar desbordadas.

Renata Terrazas, de Oceana, sugiere dos ideas: la primera, ampliar la idea de pesca ilegal y no reducirla solo al trabajador que se salta las normas. Tampoco a una lógica exclusiva de persecución. La segunda, ofrecer alternativas. “Hay que conseguir que la pesca furtiva sea cara, que no rente practicarla”, dice. En su opinión, es imprescindible transparentar un sector que, hasta el momento, ha sido opaco. También, dar apoyo a las cooperativas: “ellos han sido los que han mantenido el control cuando el Estado no interviene”, dice.

Que la pesca ilegal está arrasando Yucatán nadie lo pone en duda. También hay consenso sobre las causas. El problema, sin embargo, está lejos de ser resuelto.

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Clare Freer

Parosmia: desde que tuve COVID-19, la comida me da ganas de vomitar

Muchas personas descubren que las cosas no huelen bien después de padecer COVID y que la mayoría de los alimentos huelen y saben repugnantes.
Clare Freer
26 de febrero, 2021
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Muchas personas con COVID-19 pierden temporalmente el sentido del olfato.

A medida que se recuperan, este por lo general regresa, pero algunos descubren que las cosas huelen diferente y algunas que deberían oler bien, como la comida, el jabón y sus seres queridos, huelen repulsivamente.

El número de personas con esta afección, conocida como parosmia, aumenta constantemente, pero los científicos no están seguros de por qué ocurre o cómo curarla.

Short presentational grey line

BBC

Clare Freer termina llorando cada vez que intenta cocinar para su familia.

“Me mareo con los olores. Un olor podrido invade la casa en cuanto se enciende el horno y es insoportable”, describe.

La mujer de 47 años de Sutton Coldfield, Reino Unido, ha estado padeciendo parosmia durante siete meses y dice que muchos olores cotidianos le resultan repugnantes.

Las cebollas, el café, la carne, las frutas, el alcohol, la pasta de dientes, los productos de limpieza y los perfumes le dan ganas de vomitar.

El agua del grifo tiene el mismo efecto (aunque no el agua filtrada), lo que dificulta el lavado.

“Ya ni siquiera puedo besar a mi pareja”, dice.

Clare contrajo COVID-19 en marzo del año pasado y, como muchas personas, perdió el olfato como resultado.

El sentido regresó brevemente en mayo, pero en junio Clare empezó a rechazar sus comidas para llevar favoritas porque tenían un aroma rancio y cada vez que algo entraba en el horno había un olor abrumador a productos químicos o algo quemado.

Desde el verano lleva una dieta de pan y queso porque es todo lo que puede tolerar.

“No tengo energía y me duele todo”, cuenta. También la ha afectado emocionalmente. Dice que llora la mayoría de los días.

“Aunque la anosmia no fue agradable, pude seguir con mi vida normal y seguir comiendo y bebiendo”, dice Clare. “Viviría con eso para siempre, si eso significara deshacerme de la parosmia”.

Clare disfruta de un día de mimos con su hija mayor: el perfume ahora huele repugnante para ella.

Clare Freer
En esta foto se la puede ver a Clare Freer disfrutando de un día de mimos con su hija mayor. Ahora el perfume de sus seres queridos huele repugnante para ella.

El médico de cabecera de Clare dijo que nunca antes se había encontrado con un caso así.

Asustada y desconcertada, buscó respuestas en Internet y encontró un grupo de Facebook con 6.000 miembros creado por la organización benéfica de pérdida de olores AbScent.

Casi todos habían comenzado con anosmia derivada de la COVID-19 y terminaron con parosmia.

“Los descripciones comunes de los diferentes olores de parosmia incluyen: muerte, descomposición, carne podrida, heces“, dice la fundadora de AbScent, Chrissi Kelly, quien creó el grupo de Facebook en junio después de lo que describe como un “maremoto” de casos de parosmia por COVID-19 .

La gente usó frases como “aguas residuales con sabor a fruta”, “basura empapada y caliente” y “perro mojado rancio”.

A menudo, luchan por describir el olor porque no se parece a nada que hayan encontrado antes y eligen palabras que transmiten su disgusto.

Alrededor del 65% de las personas con COVID pierden el sentido del olfato y el gusto y se estima que alrededor del 10% de ellos desarrollan una “disfunción olfativa cualitativa”, es decir, parosmia u otra afección, fantosmia, cuando huele algo que no se encuentra en el lugar.

Si esto es correcto, 6.5 millones de personas de los 100 millones que han tenido COVID-19 en todo el mundo pueden estar experimentando parosmia prolongada por COVID.

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BBC

La doctora Jane Parker, científica especialista en sabor de la Universidad de Reading, Reino Unido, estaba estudiando la parosmia antes de la pandemia, cuando era una condición aún más rara.

Una teoría sobre el origen de los olores horribles que experimentan las personas que viven con parosmia es que solo perciben algunos de los compuestos volátiles que contiene una sustancia y que huelen peor de forma aislada. Incluso podría aumentar su intensidad.

Por ejemplo, el café contiene compuestos de azufre que huelen bien en combinación con todas las demás moléculas que le dan al café su aroma agradable, pero no cuando se huele solo.

Consultando con varias personas del grupo de Facebook AbScent parosmia, Parker y su equipo han descubierto que la carne, las cebollas, el ajo y el chocolate provocan habitualmente una mala reacción, junto con el café, las verduras, la fruta, el agua del grifo y el vino.

Jarra de café.

Getty Images
Para la mayoría de las personas que padecen de parosmia, el café sabe muy mal.

Muchas otras cosas huelen mal para algunos de los voluntarios y nada huele bien para todos ellos “excepto quizás almendras y cerezas”.

Ellos, y otros con parosmia, describen repetidamente algunos malos olores, incluido uno que es químico y ahumado, uno que es dulce y enfermizo, y otro descrito como “vómito”.

La investigación de Parker también ha encontrado que los malos olores pueden permanecer con los parósmicos, como se les llama, durante un tiempo inusualmente largo.

Para la mayoría de las personas, el olor a café permanecerá en sus fosas nasales durante unos segundos. Para los parósmicos, podría quedarse durante horas, incluso días.


Consejos para afrontar la parosmia

  • Consume alimentos a temperatura ambiente o fríos
  • Evita los alimentos fritos, carnes asadas, cebollas, ajo, huevos, café y chocolate, que son algunos de los peores alimentos para los parósmicos.
  • Prueba alimentos suaves como arroz, fideos, pan sin tostar, verduras al vapor y yogur natural.
  • Si no puedes tolerar la comida, considera batidos de proteínas sin sabor

Fuente: AbScent


Barry Smith, líder británico del Consorcio Global para la Investigación Quimiosensorial, dice que otro descubrimiento sorprendente: “lo bueno es malo y lo malo es bueno”.

“Para algunas personas, los olores de los pañales y del baño se han vuelto tolerables, e incluso agradables”, describe.

“Es como si los desechos humanos ahora huelen a comida y la comida ahora huele a desechos humanos”.

Baño.

Getty Images
“Para algunas personas, los olores de los pañales y del baño se han vuelto tolerables, e incluso agradables”.

Entonces, ¿qué causa la parosmia?

La hipótesis predominante es que resulta del daño a las fibras nerviosas que transportan señales desde los receptores en la nariz hasta las terminales (glomérulos) del bulbo olfatorio en el cerebro.

Cuando estos vuelven a crecer, ya sea que el daño haya sido causado por un accidente automovilístico o por una infección viral o bacteriana, se cree que las fibras pueden volver a adherirse a la terminal incorrecta, dice Parker.

“¡Están en la sala de reuniones equivocada! Esto se conoce como cableado cruzado y significa que el cerebro no reconoce el olor y quizás está programado para pensar en él como un peligro”, detalla.

La teoría es que, en la mayoría de los casos, el cerebro, con el tiempo, corregirá el problema, pero Parker se muestra reacio a decir cuánto tiempo llevará.

“Debido a que muy pocas personas tenían parosmia antes de la COVID-19, no se estudió mucho y la mayoría de la gente no sabía qué era, por lo que no tenemos datos históricos. Y tampoco tenemos datos para COVID-19 porque eso podría llevar años”, asegura.

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BBC

Aparte de esperar a que el cerebro se adapte, no hay cura, aunque AbScent cree que el “entrenamiento del olfato” puede ayudar.

Consiste en oler regularmente una selección de aceites esenciales uno sobre otro, pensando en la planta de la que se obtuvieron.

Clare Freer ha estado haciendo esto y dice que el limón, el eucalipto y el clavo de olor han comenzado a oler levemente como deberían, pero que no registra nada en el caso de la rosa.

Algunos parósmicos han adaptado su dieta para hacer más llevadero vivir con la enfermedad.

Dos hermanas, Kirstie, de 20 años, y Laura, de 18, de Keighley, Reino Unido, están haciendo lo mismo, aunque tomó un tiempo descubrir cómo llevarlo a cabo y al mismo tiempo vivir en armonía con sus padres.

Una vez, las hermanas tuvieron que correr por la casa y abrir las ventanas, cuando sus padres llegaron con pescado y papas fritas, “porque el olor es horrible”, describe Laura.

Sus padres, en cambio, se han cansado de las especias picantes con las que cocinan las hermanas, para enmascarar los sabores desagradables y darles lo que para ellas es un toque de sabor.

Kirstie (derecha) y Laura en el cumpleaños número 18 de la última que no pudo comer su pastel.

BBC
Kirstie (derecha) y Laura en el cumpleaños número 18 de la última que no pudo comer su pastel.

“Algunas personas nos dicen que simplemente debemos alimentarnos y comer de todos modos. Lo intentamos, pero es muy difícil comer alimentos que saben podridos“, dice Kirstie.

“Y luego, durante los próximos tres días, tendré que vivir con ese olor que se filtra en mi sudor. Es uno de los olores más angustiantes y me siento sucia constantemente”, detalla.

Ahora se han dado cuenta de que los alimentos de origen vegetal saben mejor y disfrutan de platos como la boloñesa de lentejas y el risotto de calabaza.

“La carne es un alimento que ahora evitamos. Encontrar buenas recetas que nos gusten ha hecho que sea mucho más fácil de afrontar”, afirma Kirstie.

“Hemos tenido que adaptarnos y cambiar nuestra forma de pensar porque sabemos que podríamos estar viviendo con esto durante años y años”, se resigna.

La pérdida del olfato a menudo afecta la salud mental

Jane Parker señala que la pérdida del olfato ocupa un lugar muy bajo en la lista de prioridades para quienes enfrentan la pandemia, pero ella y Barry Smith dicen que a menudo afecta la salud mental y la calidad de vida.

“Es sólo cuando pierdes el sentido del olfato que te das cuenta de cuánto fue parte de la esencia de tu experiencia”, explica Smith.

La conexión humana, el placer y los recuerdos están ligados al olfato, señala.

“Te dicen que se sienten aislados de su propio entorno, ajenos. Ya no encuentran ningún placer en comer y pierden esa cercanía tranquilizadora de poder oler a las personas que aman”, describe.

Mientras que Clare Freer extraña los días en que le gustaba el olor de su esposo cuando salía de la ducha, Justin Hyde, de 41 años, de Cheltenham, en el suroeste de Reino Unido, nunca ha olido el aroma de su hija nacida en marzo de 2020.

Justin no asistió al festival de carreras de caballo de su ciudad en el mismo mes, pero conoce a personas que sí lo hicieron, y no mucho después contrajo el virus, perdiendo el sentido del gusto y el olfato.

Justin Hyde

Justin Hyde
Justin Hyde ya no disfruta de una visita a una cervecería al aire libre porque no puede tolerar el sabor de la cerveza.

Tuvo una recuperación de los sentidos en julio, pero luego el café comenzó a oler extraño, y rápidamente las cosas empeoraron.

“Casi todos los olores se volvieron extraños”, puntualiza. “Los huevos me repelen físicamente y no puedo disfrutar de la cerveza o el vino, ya que tienen un sabor que simplemente llamo COVID”.

Al igual que Kirstie y Laura, él descubrió que algunos platos sin carne son comestibles, incluido el curry de verduras, pero no habrá más visitas a las cervecerías mientras dure su parosmia y ni desayunos con alimentos fritos.

“Todos esos placeres que damos por sentado han desaparecido desde que tuve COVID. Siento que estoy roto y ya no soy yo“.


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