Sin dinero suficiente y con trenes obsoletos, el Metro de la Ciudad de México cumple 50 años
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Sin dinero suficiente y con trenes obsoletos, el Metro de la Ciudad de México cumple 50 años

La flota de trenes tiene décadas de uso, aunque su vida útil es en promedio de 30 años; además el gasto que representa su mantenimiento está muy por arriba de lo que capta con la venta de boletos.
Cuartoscuro
4 de septiembre, 2019
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El Metro de la Ciudad de México llega a medio siglo de vida con finanzas poco sanas y una flotilla de trenes antiguos, cuya vida útil terminó, lo que disminuye la calidad del servicio que brinda diariamente a más de 5 millones de personas.

En el plan, presentado el año pasado, el Sistema reconoció que los retrasos y saturación en todas sus líneas – excepto la 12 – es “originada principalmente por la indisponibilidad de trenes para la operación debido a los altos niveles de averías que estos presentan”.

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La vida útil de un tren es de 30 años, después puede ser restaurado y continuar funcionando por 25 años más, pero los trenes del Metro presentan “un fuerte atraso del proceso de rehabilitación al que debió ser sometido”, señaló el Metro en su Plan Maestro 2018-2030.

La principal razón por la que no se realizan estos trabajos y los trenes permanecen en los talleres es por la falta de equipos y refacciones prioritarias, aquellas de las que depende la seguridad de la operación.

En 2018, había 105 trenes en los talleres, los trabajos en 32 de ellos estaban detenidos por falta de refacciones, según su Diagnóstico sobre el servicio y las instalaciones el Sistema de Transporte Colectivo 2013-2018.

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La falta de trenes provoca aumento en el tiempo de traslados y la saturación de vagones y andenes, reconoce el Metro. Este mal funcionamiento e ineficiencia de los equipos cuesta mucho al Metro, que debe invertir continuamente en intervenciones preventivas y correctivas.

De acuerdo al Plan Maestro, para mejorar la operación y de trenes e infraestructura general, el Metro tendría que invertir entre 2018 y 2024 un monto de 8 mil 035 millones de pesos.

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Poco más de la mitad, 4 mil 120 millones de pesos, serían para su parque vehicular: 420 millones de pesos serían para la rehabilitación de los trenes existentes y 3 mil 700 millones para la compra de nuevos.

Las cuentas no le salen al Metro

Pero eso lleva a otro punto débil del STC Metro: sus finanzas.

El Metro no contamina y transporta tres veces más pasajeros con dos veces menos energía que otros medios a combustión, según su Plan Maestro.

Sin embargo requiere de grandes inversiones para arrancar y luego para su operación y mantenimiento, así como un “alto volumen de usuarios indispensables para amortizar su infraestructura”.

En 2018, cada semana el Metro tuvo ingresos por venta de boletos 18 millones 605,202 pesos, esto es un total anual de 967 millones 470,504 pesos, esto es un monto semanal.

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Pero ese mismo año, el sistema destinó mil 128 millones de pesos en la compra de refacciones.

Además, el costo anual de mantenimiento ese año fue de 2 mil 755 millones 705,134 millones, según datos proporcionados a través de una solicitud de información.

Y es que el este transporte cuenta con 12 líneas integradas por 226 kilómetros de vía y 195 estaciones, de las cuales 115 son subterráneas, 55 superficiales y 25 elevadas

Las asignaciones presupuestales que recibe cada año son insuficientes, según el mismo Metro. Este 2019 recibió 15 mil 652 millones 684,591 pesos, esto es mil 896 millones 267,969 pesos menos que el año anterior.

El año pasado, su entonces director, Jorge Jiménez Alcaraz señaló que el sistema requería de una inversión urgente de 30 mil millones de pesos para reforzar la infraestructura y el equipamiento.

Desde hace años, las finanzas de este transporte no son sanas.

Según su Diagnóstico sobre el servicio, entre 2008 y 2015 tuvo un déficit en su presupuesto de 50.65%, pues los recursos propios que se captaron fueron iguales al dinero necesario ese año para su operación.

Ese año los ingresos propios fueron de 9 mil 088.51 millones de pesos, mientras que los egresos sumaron 14 mil 668 millones de pesos, lo que deja un déficit de 5 mil 580 millones de pesos.

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No pagas lo que cuesta

El costo real del viaje no corresponde a lo que pagas por tu boleto.

Según estimaciones del Metro, el costo real del viaje (calculado con los ingresos y egresos de 2015) es mucho mayor a la tarifa vigente desde diciembre de 2013 de 5 pesos por persona.

Para determinar el costo real de cada viaje se dividen los egresos anuales entre el número de personas que viajaron durante el mismo periodo.

Durante el 2015, mil 623 millones de personas viajaron en el Metro, y éste tuvo egresos por 20 mil millones 840.5 pesos.

Del total de viajes ese año, 251.9 millones no pagaron boleto, pues las personas mayores de 60 años, las personas con discapacidad y los niños menores de 5 años tienen derecho a la gratuidad.

Ese año, mil 371 millones sí pagaron su entrada.

Entonces, el costo real para quienes pagaron su entrada fue de 7 pesos, mientras que para quien tuvo un acceso gratuito fue de 13.24 pesos por persona.

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Colombia: por qué está en un escenario sin precedentes (y qué puede significar para su futuro)

A pesar de la violencia, Colombia fue un país reconocido por su estabilidad económica y política. Pero todo esto parece haber cambiado.
6 de mayo, 2021
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Estaciones de policía y transporte quemadas. Carreteras cortadas durante días. Desabastecimiento de productos. Un número desconocido de muertos y desaparecidos. Un estado de incertidumbre y nerviosismo agudo.

Colombia ha vivido muchos momentos delicados al largo de su traumática historia, pero ahora parece estar recorriendo un camino desconocido en al menos tres ámbitos distintos: la protesta social, la economía y la representación política.

Hubo momentos en el pasado que rompieron la historia en dos como la ola de violencia que antecedió a la firma de la Constitución de 1991 o las revueltas de 1948 tras el asesinato del candidato Jorge Eliécer Gaitán que dieron origen a las guerrillas.

El desenlace de la crisis actual es desconocido y por eso es difícil entrar en comparaciones sobre su relevancia histórica.

Lo que parece evidente, según los expertos consultados por BBC Mundo, es que la actual es una situación sin precedentes. Y que mucho se explica porque el proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en 2016 abrió una caja de pandora de demandas y problemáticas antes prohibitivas por cuenta de la guerra.

“Yo tengo 74 años y le digo que nunca vi una élite política tan incapaz de llegar a resoluciones“, dice el historiador Carlos Caballero Argáez.

El gobierno de Iván Duque ha lanzado una nueva mesa de negociación para rebajar la tensión y buscar salidas consensuadas. Es lo que hizo en noviembre de 2019, cuando las protestas eran más pacíficas y puntuales y la situación del país menos grave.

Hoy el mandatario tiene desafíos por donde se mire: en su partido, en las calles, dentro de las fuerzas armadas, en materia fiscal y en lo político.

Dentro de exactamente un año Colombia estará celebrando elecciones generales y presidenciales: todo desarrollo en este momento tiene una clave electoral.

Mientras la violencia sigue siendo la principal preocupación de los colombianos, BBC Mundo habló con varios expertos para hacer un ejercicio de distancia que permita entender lo que está ocurriendo.

Un paro sostenido y amplio

Un primer elemento nuevo de esta crisis es la dimensión de la protesta social.

“La cobertura y la sostenibilidad han sido inéditos”, dice Mauricio Archila, experto en movimientos sociales.

Una manifestación en Colombia

Getty Images
Las protestas en Colombia han sido masivas y se han extendido a muchas ciudades y poblados del país.

Las protestas esta vez llegaron a pequeños y medianos municipios. Fueron convocados por jóvenes, pero cuentan con el apoyo de adultos mayores y poblaciones minoritarias. Han paralizado la producción, el abastecimiento y el transporte en rincones inesperados.

Este paro ha llegado a lugares donde antes no se solía protestar y se ha mantenido por varios días sin dar tregua”, añade Archila.

Y concluye: “Soy muy escéptico de las comparaciones, y no quiero entrar a hablar del Bogotazo (1948) ni el paro cívico de 1977, pero es cierto que este paro ha producido una alianza obrero-campesina-indígena que tal vez nunca había estado tan equilibrada”.

En efecto, al Paro Nacional es un movimiento heterogéneo plagado de contradicciones y conflictos internos. Su líder no es claro y en su interior hay representaciones de casi todos los sectores. Su futuro depende de cómo logra sortear esa diversidad.

“Pero lo que sí es evidente es que la fuerza del Paro sorprendió a toda la clase política”, opina Daniel Hawkins, investigador de la Escuela Nacional Sindical.

“En la mitad de la tercera y más fuerte ola de contagio y luego de la orden del tribunal de Cundinamarca que prohibió aglomeraciones, los políticos nunca creyeron que la gente iba para la calle de forma masiva”, apunta Hawkins.

Una protesta en Colombia

Getty Images
Las protestas se han recrudecido tras las confrontaciones con las fuerzas de seguridad pública.

Las protestas ya lograron dos efectos inesperados en un país donde la movilización social, que era esporádica y tachada de “subversiva”, rara vez tuvo consecuencias políticas: las retirada de la reforma tributaria y la caída del ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla.

Lo que es difícil de pronosticar es si este movimiento, que en origen se mostró fresco y novedoso, terminará en una situación que sí tiene precedentes en Colombia: la de una violencia desbordada.

Una economía desestabilizada

La economía colombiana ha sido durante décadas la más estable de América Latina: la que menos recesiones tuvo en el siglo XX, la que no presentó hiperinflación y la que no incumplió sus compromisos de deuda en 80 años.

Pero ahora la situación es distinta.

“Pocas veces —por no decir nunca— había visto al país en una situación tan difícil como la que estamos viviendo hoy“, escribió en su columna el prestigioso economista y exministro Mauricio Cárdenas.

Iván Duque

EPA
Duque ha dicho que su prioridad es lograr una reforma fiscal.

Y Caballero Argáez añade: “La última vez que se cuestionó la responsabilidad fiscal del país fue durante la crisis de la deuda latinoamericana (principios de los 80), pero ahí Colombia consiguió refinanciar la deuda y un acuerdo de monitoreo con el FMI que nos permitió ser el único país latinoamericano que no entró en recesión ni tuvo que reestructurar deuda”.

Hoy los bonos colombianos son calificados como “basura” en los mercados internacionales, el peso está alcanzando récords de devaluación y por primera vez en años la capacidad de pago y emisión de deuda del país están cuestionados.

“Colombia tienen un problema de recaudo (fiscal) cada vez que hay una crisis, porque su recaudo en tiempos normales siempre ha sido bajo”, dice la politóloga Mónica Pachón.

“Pero eso siempre lo habían podido solucionar con reformas tributarias de crisis con impuestos transitorios que lograban sacarnos del problema”.

“La diferencia ahora es que nunca una reforma nunca había generado semejante nivel de oposición, mucho menos sin entrar al Congreso, y su caída nos puso en un lugar incómodo”, explica la decana de Ciencia Política de la Universidad del Rosario.

Un enfrentamiento entre policías y manifestantes en Colombia

Getty Images
El número de fallecidos y heridos por los enfrentamientos en las protestas ha ido en aumento.

Duque ha dicho que su prioridad es lograr una reforma cuanto antes que se pueda aprobar en el Congreso. Los economistas dudan que no se logre una resolución que probablemente recaude menos impuestos, pero al menos saque al país de la crisis.

Sin embargo, el famoso modelo de la estabilidad neoliberal y ortodoxo de Colombia mostró grietas por primera vez en su historia.

Una política radicalizada

Así como estable en lo económico, Colombia ha sido un país sin muchos altibajos en lo político: salvo durante un pequeño periodo en los años 50, la democracia en su sentido más formal —elecciones cada cuatro años y transiciones de poder sin problemas— se ha mantenido intacta.

Aunque la violencia no ha dejado de ser un problema desde los años 50, el bipartidismo entre liberales y conservadores (que llegaron a alternarse en el poder por convenio) permitió que se generara la idea de que las instituciones democráticas no estaban en peligro.

Colombia siempre fue considerada, al menos en el exterior, como una democracia estable.

Pero en esta crisis la clase política se ha visto incapaz de llegar a resoluciones, apuntan los analistas. Duque llamó a los militares a controlar la situación (aunque varios alcaldes se opusieron); algunos incluso barajan escenarios de golpes de Estado y el líder en las encuestas para las elecciones de 2022 es un candidato de izquierda que militó en las guerrillas, Gustavo Petro.

Una vigilia en Colombia

Getty Images
Muchos colombianos denuncian que el Estado ha sido represor.

“La violencia de las protestas, que además es seguida por la gente desde sus redes sin entrar a entender ni profundizar, hace que la política sea más polarizada y más ideológica, con la consecuencia de que llegar a soluciones es muchos más difícil”, explica Pachón.

Uno de los efectos del proceso de paz de 2016 fue el estatuto de oposición, un mecanismo que da garantías a los críticos del Ejecutivo, pero también aumenta su capacidad de entorpecerle sus iniciativas.

“Le sumas a eso que Duque es un presidente débil incluso dentro de su partido y tienes el caldo de cultivo de la desgracia“, dice Pachón.

En Colombia, como en toda América Latina, siempre ha habido una crisis de representación política, pero quizás nunca antes se había hecho tan evidente la desconfianza de la población sobre la clase política.

“Lo que estamos viendo es un descontento generalizado y quizá irremediable, es casi una situación pre revolucionaria”, dice Caballero.

Una vigilia en Colombia

Getty Images
Los escuadrones antidisturbios han sido culpados de varios fallecimientos durante las protestas.

Las consecuencias pueden ser muchas: desde la renuncia del presidente, inédita en Colombia desde los años 50, hasta la elección de un candidato, de izquierda o derecha, que rompa con las hasta ahora estables instituciones democráticas del país.

“Esto se soluciona con un candidato que pueda generar confianza entre las diferentes poblaciones al mismo tiempo que pueda incluir al establishmentpolítico”, dice Pachón.

“Pero me temo que eso, ahora, está más lejos que nunca”.


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