Región donde asesinaron a los LeBarón no registra homicidios pero es disputada por cárteles
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Región donde asesinaron a los LeBarón no registra homicidios pero es disputada por cárteles

Múltiples cárteles se disputan la zona donde asesinaron a los familiares del activista.
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6 de noviembre, 2019
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Bavispe, en el estado de Sonora, es un pueblo de apenas 1,300 habitantes ubicado en la zona alta de la Sierra Madre Occidental, a unos escasos 10 kilómetros de Chihuahua, el estado vecino. 

De acuerdo con las estadísticas oficiales del Sistema Nacional de Seguridad Pública, este pueblo de la sierra sonorense es uno de los más tranquilos y pacíficos de todo el país: en los últimos dos años, no se denunció ni un solo asesinato. Tampoco se denunció algún secuestro, lesiones con arma de fuego, ni extorsiones. De hecho, según datos del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi), en este pueblo solo se contabilizaron tres asesinatos en los últimos 28 años.

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En Bacerac, el pueblo vecino ubicado a unos 15 kilómetros, lo mismo: cero asesinatos y secuestros. 

Y en Huachinera, a 35 kilómetros, igual: no hay incidencia delictiva que reportar. 

Entre los tres municipios suman apenas nueve agentes de policía para proteger a sus 4,500 habitantes. 

Sin embargo, el pasado 4 de noviembre tuvo lugar en Bavispe un asesinato de hasta nueve integrantes de la familia del activista Julián LeBarón –3 mujeres y 6 niños– que sacó a flote la existencia de un enfrentamiento entre grupos del crimen organizado que se disputan los límites de Sonora y Chihuahua en una guerra que, oficialmente, no existe para las estadísticas oficiales. 

Luego de estos hechos, la cuñada de una de las víctimas del ataque, Kendra Lee, dijo al medio CNN que las personas que murieron en el ataque “no fueron los primeros, y que los carteles “se han llevado a demasiados miembros de nuestra familia”.

La mujer también señaló a CNN que su familia ha recibido amenazas recientes sobre adónde puede viajar.

De acuerdo con la familiar de Rhonita Miller –quien murió en el ataque-, la tarde en que las mujeres fueron emboscadas conducían juntas “por razones de seguridad”.

Un mosaico de cárteles

Alfonso Durazo, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana federal, conoce bien el pueblo de Bavispe, donde se cometió el multihomicidio de la familia Lebarón. 

De hecho, es su pueblo. Así lo aseguró en un video publicado en su cuenta de Twitter el pasado 6 de noviembre de 2018, cuando participó en la campaña del hoy presidente Andrés Manuel López Obrador y visitó esta localidad fundada en 1645 por el misionero jesuita Cristóbal García con el nombre de San Miguel Bavispe.

Antes, en junio de 2018, un Durazo relajado y sonriente apareció en otro video en el que recordó momentos de su infancia en el pueblo, donde ordeñó vacas y recogió alfalfa junto a su padre y sus 11 hermanos. 

Estas escenas de Durazo narrando a la cámara los recuerdos de su infancia en Bavispe contrastan con el rostro serio de la conferencia de prensa ‘mañanera’ de ayer lunes, en la que, si bien precisó que aún se desconoce el motivo que pudo originar el multihomicido de la familia Lebarón, admitió que “sí hay un enfrentamiento” por una disputa territorial en la zona para hacerse con el control del tráfico de drogas hacia la frontera con Estados Unidos. 

Leer más | Apoyos, condenas y guerra: Las reacciones en EU ante el ataque a la familia LeBarón en México

En concreto, Alfonso Durazo refirió que en la zona del multihomicidio, en el lado de Sonora, opera el Cártel de Sinaloa, “que tiene una presencia criminal relevante en Agua Prieta y en la parte de la sierra, en los límites entre Chihuahua y Sonora”. 

Mientras que del lado de Chihuahua, el funcionario dijo que hay grupos criminales “que pretenden tomar control de zonas territoriales del estado de Sonora”, en acuerdo con otros grupos vinculados al Cártel de Sinaloa, como Los Salazar y Los Jaguares.

De acuerdo con la Fiscalía de Chihuahua, Los Jaguares, cuyo líder es Francisco Arvizu, tienen en este momento el control de Agua Prieta, al norte de Sonora, localidad que es objeto de deseo de múltiples grupos delictivos porque está ubicada en la misma línea fronteriza con Estados Unidos. Bavispe, a 158 kilómetros de distancia, es paso obligado para llegar a Agua Prieta y a la frontera. 

Por su parte, organizaciones de la sociedad civil de Chihuahua, como el Fideicomiso para la Competitividad y la Seguridad Ciudada (FICOSEC), dijeron en entrevista con Animal Político que el mosaico de cárteles en la zona es todavía más amplio, puesto que también han monitoreado acciones criminales (balaceras, homicidios, enfrentamientos) protagonizadas por otros grupos como la Nueva Línea (antiguo Cártel de Juárez) y el Cártel Jalisco Nueva Generación, uno de los grupos más poderosos en México. 

El integrante del FICOSEC, quien pidió reservar su identidad por motivos de seguridad, señaló que esta amalgama de grupos delictivos lleva años en una lucha por dominar, principalmente, el tráfico de mariguana hacia Estados Unidos y también el tráfico de migrantes indocumentados.

La sombra de Los Salazar

Dentro de esa lucha por el tráfico de drogas en la zona destacan Los Salazar, una banda criminal que opera de los años 90 en la zona serrana de Sonora, aunque sus integrantes son originarios del municipio de Chínipas, en Chihuahua. 

Los Salazar están vinculados con el asesinato de periodistas y tienen un grado importante de participación en la violencia desatada entre Chihuahua y Sonora. 

El líder fundador es Adán Salazar Zamorano, narcotraficante que durante dos décadas, hasta su detención en 2011, fungió como el principal productor y distribuidor de mariguana en la región del Valle de Mel Mayo, con centro de operación en la ciudad de Navojoa. 

Actualmente, el grupo es liderado por Crispín Salazar Zamorano, hermano de Adán (preso), y principal operador del Cártel de Sinaloa en la franja de Sonora y Chihuahua, frontera con Arizona, Estados Unidos, y uno de los corredores de droga más importantes identificados por las autoridades mexicanas y norteamericanas. 

Desde 2007, el Cártel de Sinaloa, con el apoyo de Los Salazar, le disputa al Cártel de Juárez (hoy La Nueva Línea) las zonas productoras de droga en Chihuahua y las rutas de trasiego en Sonora, como la zona del municipio de Bavispe hacia Aguaprieta, al norte de la entidad. 

A esta banda se le atribuye el asesinato de la periodista Miroslava Breach el pasado marzo de 2017, en Chihuahua, y la desaparición en 2005 del periodista Alfredo Jiménez Mota en Sonora. Ambos comunicadores habían revelado los nexos entre el cártel de Sinaloa, Los Salazar, y autoridades policiacas. 

“Hay un abandono espectacular”

Hasta el momento, aún no hay certeza sobre el motivo que originó el ataque armado a la familia del activista Julián LeBarón, donde perdieron la vida nueve personas: tres mujeres y seis menores de edad.

Alfonso Durazo, durante la exposición de la cronología del suceso presentada en Palacio Nacional, planteó la posibilidad de que la familia pudo ser confundida por los grupos criminales. 

Sin embargo, esta no es la primera vez que la violencia impacta a la familia del activista Julián LeBarón, quien en julio de 2009 perdió a Benjamín Lebarón a manos del crimen organizado que primero lo secuestró y luego lo asesinó. 

“Hasta ahora no sabemos qué sucedió. Pudo tratarse de una disputa local en la zona de grupos de pistoleros medio autónomos, o puede tratarse de grupos organizados. Pero lo que sí es seguro es que en toda esa zona hay un abandono espectacular del Estado”, subrayó en entrevista Alejandro Hope, especialista en temas de seguridad y narcotráfico. 

Hope expuso varias cifras tomadas del Censo Nacional de Gobiernos Municipales y Delegacionales del Inegi. 

Por ejemplo, señaló el especialista, entre los tres municipos contiguos —Bavispe, donde tuvo lugar el multihomicidio, y los vecinos Bacerac y Huachinera— apenas suman nueve policías locales para atender 4,500 personas. Es decir, que tocan a un policía cada 500 habitantes, en una zona que es paso de tráfico de drogas y cuya extensión equivale a tres veces la Ciudad de México. 

“Son poblaciones muy aisladas y con muy poca presencia de la autoridad del Estado”, hizo hincapié Hope, quien expuso que, por ahora, no hay una respuesta única que explique por qué en estas poblaciones donde hay presencia de múltiples grupos del crimen organizado tienen estadísticas de cero homicidios, secuestros o extorsiones. 

“Puede ser que la gente, en efecto, no denuncie nada por temor al crimen organizado, o porque desconfían de las autoridades. O también puede ser que no haya muchos homicidios en esos lugares y que éstos se estén dando en otros lugares más conflictivos, como el sur de Chihuahua”, planteó el especialista que, en cualquier caso, dijo que son las autoridades de investigación las que deberán responder por qué se produjo el multihomicidio en Bavispe, y quiénes lo cometieron. 

Con información de CNN.

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El daño que sufren de por vida quienes comienzan a trabajar en tiempos de crisis

Pobreza, muertes prematuras, rupturas sentimentales… Los efectos de una crisis no acaban cuando éstas pasan de largo. Y ahora dos generaciones están amenazadas.
14 de diciembre, 2020
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“No hables más sobre ello, no lo pienses más: la crisis de hoy es el chiste de mañana”. Cuando el presente es sombrío, el futuro es siempre un lugar tentador donde ir a calmar las ansiedades, una promesa de consuelo para muchos, como la invocada por el escritor H.G. Wells en labios de uno de sus personajes.

Sin embargo, saltar de la literatura a la vida puede ser difícil, especialmente cuando azota una crisis económica y tienes que comenzar tu andadura laboral.

Cuando la economía se enferma, los periódicos y las televisiones se llenan de gráficos de curvas y barras. El resumen que nos hacemos casi todos es inmediato: cuando esas líneas rojas van hacia abajo, es que vienen años duros; cuando suben con colores verdes, lo peor ha pasado. Y por el medio, el que más o el que menos se habrá dejado algunos pelos en la gatera. Pero la vida sigue, pensamos.

Pero la vida no sigue. Al menos, no igual para todos: no para los jóvenes. Las generaciones que comienzan a trabajar en tiempos de recesión quedan dañadas incluso cuando la crisis termina, algunos de por vida, advierten los expertos.

Es como el dolor de un miembro amputado, que permanece y hormiguea durante años pese a que lo que lo provocó ya no está ahí. Dolor fantasma, lo llaman los médicos. Histéresis, dicen los economistas.

Y pronto los televisores van a volverse a llenar de líneas y barras. Rojas. La crisis sanitaria incuba (y manifiesta ya) una nueva crisis mundial. La segunda en una década para una generación atrapada entre ellas (los millennials, nacidos entre 1981 y 1993) y otra que va a recoger su testigo: la generación Z (de 1994 a 2010), que ya teme ser conocida como la Generación Covid.

Joven despedido.

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Algunas generaciones quedan atrapadas en sus comienzos laborales: acaban siendo demasiado inexpertos y demasiado mayores.

La trampa vital

“Muchas de las personas que entran en el mercado de trabajo durante una crisis no sólo sufren un mayor riesgo de desempleo e infraempleo durante ese periodo, sino que se ven lastradas en su porvenir. Esa caída transitoria de ingresos tiene una alta probabilidad de tener efectos permanentes”, advierte Ignacio González, investigador y profesor de Economía de la American University (Washington D.C, EE.UU).

González le explica a BBC Mundo cómo es esa trampa vital.

Primero llega el daño: la crisis económica, y la competencia por los escasos puestos de trabajo es feroz, especialmente si se genera mucho desempleo persistente.

Y los jóvenes comienzan a escuchar argumentos repetidos.

Primero es: “No te contrato porque no tienes experiencia suficiente”.

Con el paso del tiempo eso se convierte en: “No te contrato porque tienes espacios en blanco en tu CV”.

Y cuando acaba la recesión, pasa a ser: “No te contrato porque, en realidad, puedo tener a alguien más joven con la misma experiencia“.

De alguna manera, ya están marcados: acaban de convertirse en perfiles inexpertos para puestos acordes a los de su edad y candidatos demasiado mayores para competir con los nuevos jóvenes por esos puestos iniciáticos y de escaso salario.

Y como toda maldición, va acompañada de su profecía.

“A partir de ahí, es muy probable que sus carreras laborales acaben caracterizándose por trabajos intermitentes o de escasa calidad, sufriendo una caída de ingresos que condiciona toda su vida”, sentencia González.

“Estas personas acumulan menos riqueza (ahorros), tienen dificultades para acceder a la vivienda en propiedad (su escaso ahorro se va en el alquiler y tampoco les van a dar un crédito por su discontinuo historial laboral) y, en general, ven truncados sus planes de vida y de formación de familia, con todos los problemas psicológicos que van asociados a ello”, explica el economista de la American University.

Puerta.

Getty Images
Si se te cierra la puerta al mercado laboral al principio, los planes de vida quedan condicionados para siempre porque es un momento clave, advierten los expertos.

Pobreza, divorcios y vidas sin hijos: la generación que ya estuvo allí

“¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1:9).

A su manera, la ciencia económica sigue la misma lógica que ese proverbio bíblico. Cuando un economista te habla de lo que va a pasar en el futuro, suele tener su cabeza en el pasado: en la evidencia acumulada.

Para conformar parte de esa evidencia, los académicos Hannes Schwandt y Till M. von Wachter (Northwestern University y Universidad de UCLA, EEUU) bucearon, en un estudio reciente, por los registros estadísticos de EEUU para seguir la vida de cuatro millones de estadounidenses que saltaron al mercado laboral durante la crisis de 1982.

Como si fueran fantasmas de Cuento de Navidad de Dickens, los agarraron de la mano y revisitaron los nervios de sus primeras experiencias laborales, anotaron sus salarios, se colaron en sus momentos felices (compra de vivienda, bodas, niños) y pasaron por sus días aciagos (divorcios y alcohol, enfermedades, depresiones, etc.) hasta llegar con ellos a la vejez e, incluso, al final de sus vidas.

Y entonces compararon sus trayectorias con las generaciones colindantes a ellos cuya andadura comenzó en tiempos mejores.

Poco más de un año de recesión -comenzó en julio de 1981 y terminó en noviembre de 1982, según la Reserva Federal- provocó que aquellos desafortunados jóvenes acumularan unas pérdidas de ingresos media de un 9% solo en los primeros 10 o 15 años, según los cálculos de von Wachter, siendo peor para los trabajadores con menos formación.

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La generación de 1982 tuvo menos matrimonios, más divorcios y menos hijos.

Esto significa que sus pérdidas en ese periodo de más de una década pudieron oscilar entre los 19 mil y los 36 mil dólares (a precios actuales), según su investigación.

Pero no solo eso, al llegar al corte de edad de 50-55 años habían tenido menos matrimonios y, al mismo tiempo, sufrido más divorcios. Y sus posibilidades de tener un hijo también fueron inferiores a las de las otras generaciones.

Muertes por desesperación

El deterioro de su vida también llegó a su salud, desgrana la investigación.

Su esperanza de vida se había recortado de seis a nueve meses respecto a la media esperada. El efecto que tuvo la crisis fue de “una muerte adicional cada 10 mil personas por cada punto porcentual de aumento en la tasa de desempleo” en sus inicios laborales.

“Estos aumentos de la mortalidad derivaban principalmente de enfermedades relacionadas con conductas poco saludables como fumar, beber y mala alimentación. En particular, descubrimos un riesgo significativamente mayor de muerte por sobredosis de drogas y otras conocidas como ‘muertes por desesperación’ (suicidios y deterioro por adicciones)”, explica Schwandt.

La crisis desaparece y los daños permanecen. 16 meses sobre toda una vida. La histéresis de nuevo, en todo su esplendor.

Depresivo.

Getty Images
El desempleo influye negativamente en la salud, sobre todo en la mental.

Estos hallazgos no le sorprenden a Rosa M. Urbanos-Garrido, profesora de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid, quien estudió los efectos que tuvo sobre la salud de los españoles la Gran Recesión de 2008.

“El desempleo suele asociarse con problemas relacionados con la salud mental”, le explica a BBC Mundo.

“Depresión, ansiedad… el miedo a no poder ganarse la vida influye, pero no solo: el trabajo es una plataforma de contactos sociales y de autoestima”, reflexiona.

Urbanos-Garrido cuenta como al principio de encontrarse en una situación de desempleo, la salud general puede incluso mejorar, pero poco a poco la sensación de angustia va creciendo y, para muchos, la falta de empleo acaba siendo una obsesión que va quitándole color e importancia al resto de la vida, incluida la salud.

“Al principio, el estrés desciende al tener más tiempo libre y se benefician de no sufrir enfermedades relacionadas con el trabajo -como los accidentes-; pero a medida que la situación de desempleo se alarga su estado se va deteriorando en forma de ansiedad, consumo de alcohol, de tabaco, obesidad y mala alimentación en general… se va descuidando, pero el individuo sigue reportando que su salud es buena. Sus pensamientos están en su situación laboral y lo demás no lo considera un problema”, explica.

También advierte de que no es irrelevante el momento de sufrir el desempleo: “Si el problema no es individual, sino una situación general de crisis, los problemas mentales se agravan”, cuenta.

Como si se tratara de un contagio de desesperanza para el que no hay mascarillas.

¿Es ya el destino de la generación millenial y la generación covid?

Fernando tiene pareja y un niño de dos años. Fernando ha sido conductor de autobús, vigilante de seguridad y albañil, a veces (muchas) en la economía informal. Fernando y su familia se fueron a vivir hace un año con sus padres a Soria (España) porque perdió su trabajo y sus ahorros no eran suficientes. Fernando, 34 años, ni siquiera se llama Fernando porque no quiere que aparezca su verdadero nombre en este reportaje de BBC Mundo. Dice que siente vergüenza.

“Fíjate tú, vergüenza, con lo joven que empecé a trabajar. Pero me ocurre”, dice.

Marta Vegas García es también española. Más joven, 23 años. Es ingeniera biomédica y además tiene un máster. Hace una semana publicaba una llamada si no de auxilio, sí de incredulidad en su cuenta de Linkedin:

“Actualizo mi CV, no hay respuesta; adapto mi CV dependiendo de la posición a la que aplico: no hay respuesta; contacto con empresas y trato de ser proactiva […]. No hay respuesta. Me siento invisible”.

“No se nos valora”, le dice Vegas a BBC Mundo. “Vemos frustrados nuestros sueños y nuestro futuro”, se lamenta, y aunque asume que la crisis sanitaria influye, no parece muy convencida de que sea el único motivo.

“Coincidimos todos -dice refiriéndose a sus amigos-, vemos imposible la emancipación, acceder a una vivienda y no digamos ya formar algún día una familia”.

He ahí el hilo que une la Gran Recesión de 2008 y la crisis de la covid-19 en 2020. A dos desconocidos como Fernando y a Marta. Uno, millennial; la otra, de la generación Z.

No están solos. Parecen representar los sentimientos de muchos de sus coetáneos.

Eviction

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Los jóvenes tienen muchos problemas para acceder a una vivienda en propiedad, según muestran los datos. Y la covid va a empeorar la situación.

Basta con escribir en el buscador de alguna red social “A mi edad, mis padres y los mensajes se repiten en varios idiomas:

“A mi edad, mis padres tenían trabajo y casa, yo solo tengo ansiedad”.

“A mi edad mi padre tenía dos hijos, casa, trabajo fijo, coche y varios años cotizados. Yo no tengo nada de eso”.

“A mi edad, mi padre tenía cotizados 10 años y yo vivo de trabajos precarios y en una habitación”.

Y algunos aún ni se imaginaban que llegaría la crisis del coronavirus.

El coronavirus, ¿la puntilla?

“Yo creo que el bicho este ha sido la puntilla para nuestra generación”, dice Fernando refiriéndose al coronavirus.

Su intuición es buena. “Hay un número notable de trabajadores que, como consecuencia de haber sufrido desempleo en la anterior crisis y no haberse consolidado en un puesto de trabajo, también lo están sufriendo en ésta”, observa Ignacio González, de la American University.

“Hay mercados laborales, como el español, que nunca llegaron a recuperarse completamente, por lo que iniciamos esta crisis con unos niveles de desempleo muy altos”, señala.

Es decir, está hablando de vidas con problemas desde hace una década.

Así, si la crisis de 1982 tuvo efectos en las vidas de aquellos jóvenes, ¿qué se puede esperar de la de 2008, definida por el Fondo Monetario Internacional como “el colapso económico y financiero más grave desde la Gran Depresión de la década de 1930”?

¿O en esta del coronavirus, que el Banco Mundial prevé que el PIB se contraiga más del doble que en la anterior?

Algunos expertos ya ven algunos daños en la vida de los millennials, que se pueden apreciar haciendo una especie de gira mundial por el desastre.

En Europa, su desempleo y precariedad laboral eran ya mayores antes de la crisis de la covid-19, que los sufridos por la generación que los precede cuando tenían su misma edad (véase gráfico superior), según un informe del centro de investigación CaixaBank Research.

En EEUU, la riqueza neta mediana (activos financieros e inmobiliarios menos las deudas) de los millennials de entre 25 y 34 años (en 2016) es un 60% inferior que la que disponía un joven de la generación X cuando se hallaba en la misma franja de edad, según el citado informe.

En España, los datos son aún más sangrantes: su riqueza mediana es de 3 mil euros, frente a los 63 mil 400 euros de los que disponían entonces sus homólogos de la generación anterior.

Y la vivienda, claro. El número de millennials con vivienda propia en EE.UU. es 8 puntos porcentuales menor, según el centro de investigación The Urban Institute. Peor en España: un 44% frente al 65% de la generación X (CaixaBank Research). Y en Reino Unido, un tercio de ellos nunca podrá permitirse una vivienda, según el think tank Resolution Foundation.

En América Latina la crisis de 2008 pasó de puntillas, pues la región se encontraba en un momento de creciente prosperidad. Y, sin embargo, el porcentaje de latinoamericanos que declararon no tener suficiente dinero para procurarse una vivienda creció en casi 20 puntos entre 2012 y 2019 hasta alcanzar un alarmante 40%”, según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Además, esta vez la crisis no va a pasar de largo: tras los confinamientos, cerca del 65% de los hogares más pobres de la región había sufrido al menos una pérdida de empleo entre los miembros de la familia, de acuerdo al mismo organismo.

Y el BID señala: más de un millón de estudiantes dejarán los estudios debido a la pandemia, con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo en el futuro.

Protesta en Chile

Getty Images
Es la primera generación desilusionada con la democracia a nivel mundial, según una encuesta de la Universidad de Cambridge.

Algunos estudios pronostican el daño para las nuevas generaciones en US$10 billones a nivel mundial por este motivo, como señala el instituto Brookings, con sede en Washington.

Y hasta el Foro Económico Mundial ve peligrar sus pensiones para el año 2050, cuando llegue la edad de retiro para ellos, debido a su escaso ahorro.

¿Se puede hacer algo?

Llegados a este punto, ¿se puede hacer algo para detener esa aparente cuesta abajo de la generación millennial y sus sucesores?

“Hay mucho margen para mejorar la respuesta”, afirma el economista Ignacio González desde Washington D.C.

“En este contexto de estrés financiero para muchas familias, es fundamental diseñar políticas públicas que garanticen el acceso a una vivienda asequible y establecer mecanismos de transferencias de rentas desvinculados del historial laboral, como las rentas mínimas.En materia laboral, el objetivo sería evitar que la precariedad laboral y la caída de ingresos que sufren muchas personas durante la crisis se cronifiquen y, por supuesto, que eso no condicione a la baja sus futuras pensiones”, explica.

“Los afectados en estas generaciones, con dos crisis consecutivas, lo van a tener difícil sino se habilitan mecanismos de redistribución, tanto intrageneracional (de ricos a pobres dentro de una misma generación) como intergeneracional”, zanja.

La profesora Urbanos-Garrido, de la Universidad Complutense, concuerda en las medidas de transferencias de rentas, y añade: “Los sistemas de salud también deberían adaptarse para atender los crecientes problemas mentales que, probablemente, se van a repetir en la presente crisis”.

No parece muy claro que estas generaciones tengan esperanza en recibir alguna ayuda.

Una reciente encuesta realizada por la Universidad de Cambridge a casi cinco millones de personas reveló que los jóvenes de 18 a 34 años son los más desilusionados con el funcionamiento de la democracia.

“Esta es la primera generación de la que se tiene memoria en la que una mayoría global se muestra insatisfecha con la forma en que funciona la democracia”, alerta Roberto Foa, autor principal del informe.

Una llamada de auxilio o quizá un grito de advertencia.


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