Adiós al Seguro Popular: el Senado aprueba crear en su lugar el Instituto de Salud para el Bienestar
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Adiós al Seguro Popular: el Senado aprueba crear en su lugar el Instituto de Salud para el Bienestar

El Senado aprobó cambios a la Ley General de Salud y la Ley de los Institutos Nacionales de Salud con 67 votos a favor y 22 en contra.
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14 de noviembre, 2019
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La mayoría de Morena en el Senado aprobó en lo general la creación este jueves del Instituto de Salud para el Bienestar, que sustituye al Seguro Popular. Antes el dictamen ya había sido aprobado en la Cámara de Diputados.

Hasta las 20:00 horas, seguía la discusión de reservas.

Entérate: Así funcionará el nuevo Instituto de Salud para el Bienestar que sustituye al Seguro Popular

Las reformas a la Ley General de Salud y la Ley de los Institutos Nacionales de Salud, en materia de acceso universal y gratuito a servicios de salud, avanzaron en lo general con 67 votos a favor, 22 en contra y 14 abstenciones.

“Las enfermedades graves ya no tendrán financiamiento, el #INSABI es una mentira que desprotege a los más vulnerables. Si la salud fuera prioridad para este Gobierno Federal, se vería reflejado en el presupuesto”, acusó en la discusión la senadora panista Guadalupe Murguía. 

Con la desaparición del Seguro Popular, “se pone en riesgo el derecho a la salud de más de 50 millones de mexicanos”, mencionó otro senador panista, Ismael Cabeza de Vaca.

Morena, por medio del senador Américo Villarreal, criticó que el Seguro Popular no garantizó el acceso a la salud de todos los mexicanos.

“Ahora en el 2019, con una política centrada en el humanismo, el desarrollo social y la reorganización o reingeniería, nos enfocamos en la creación del Instituto de Salud para el Bienestar (INSABI), para atender a los más de 64 millones de mexicanos sin seguridad social y a quienes se les brindará considerando a la salud como un derecho humano y no como una prestación laboral”, expresó el legislador en el pleno.

“Este gobierno quiere dar un gran impulso a la salud, otorgando una mayor cobertura en la oportunidad de los padecimientos y buscando la universalización de los servicios, con una visión desde la promoción, prevención, diagnóstico temprano, tratamiento oportuno y suficiente a estas nuevas enfermedades del siglo XXI. El nuevo modelo permitirá tener la suficiencia financiera. No es una utopía ni un proyecto fuera de la realidad”, agregó.

La senadora priista, Sylvana Beltrones, también puso en duda que el presupuesto contemplado para el INSABI resulte suficiente.

“Desde ahorita les decimos, esto no va a alcanzar para ejecutar el proyecto que pretenden”, dijo Beltrones.

“Entendemos que urge que la presente ley sea aprobada para que entre en el PEF 2020, pero, en este presupuesto la propuesta que se da, se queda corta, muy corta, ya que tiene contemplando 128 mil 589 millones de pesos al sector salud. Todavía si a esto le agregamos, como ustedes dicen, los 40 mil millones que van a tomar del Fondo que les dejamos, más si se le agrega la totalidad de los recursos del Fondo de Aportaciones para los Servicios de Salud, el monto sería insuficiente para una propuesta tan ambiciosa como la que aquí se presenta”, agregó.

Movimiento Ciudadano se manifestó en contra de la creación del Insabi, sustituto del Seguro Popular, de acuerdo con un comunicado del Senado, al considerar que  “se trata de una ocurrencia sin un estudio financiero sobre el costo de la seguridad social universal”.

El senador Samuel García aseguró que se necesitan 2.5 billones en recaudación para lograr los alcances que pretende la iniciativa del bloque mayoritario de Morena.

“Para que México pueda otorgar salud universal como viene en el dictamen, se requieren 2.5 billones de pesos, eso quiere decir, que nuestra recaudación fiscal que hoy va en 13% del PIB tiene que subir a 34, es decir, nuestro Presupuesto que hoy es de 6 billones tiene que llegar a 9”, mencionó García. 

“No hay otra manera presupuestal de garantizarle a todos los mexicanos salud universal como viene en este dictamen. No contiene un solo impacto económico de cuánto cuesta la seguridad social, pero la prometen y la dicen como el gran proyecto de este sexenio”, agregó. 

La creación del Insabi, acusó, significará que el Gobierno Federal “exprima a los estados, dando una estocada final al Federalismo, constituyéndose en su lugar un centralismo a ultranza”.

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Quién vigila la radiación del 5G (y cuáles son sus verdaderos riesgos)

Esta nueva tecnología regresa el eterno debate sobre los efectos sobre la salud de las radiaciones electromagnéticas. Estos, sin embargo, son descartados por todas las agencias internacionales.
27 de octubre, 2020
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Seúl

Getty Images
Corea del Sur ya tiene una red 5G en todo el país.

Decenas de antenas, dispositivos bluetooth y cientos de teléfonos móviles nos rodean e irradian cada día. Por no hablar de la telefonía 5G que, al parecer, acabará con la vida en la Tierra. ¡Tanta radiación no puede ser buena!

¿Quién controla los niveles de exposición y los posibles efectos sobre la salud?

Percepción del riesgo

Los campos electromagnéticos están presentes en la naturaleza desde antes de la aparición del ser humano. La luz solar, los rayos cósmicos, las tormentas y la radiación natural terrestre son fuentes de exposición a estos campos.

A mediados de los años 90, se comenzaron a desplegar las redes de antenas de telefonía móvil. Aunque se hacían con estándares técnicos internacionales, que ya tenían en cuenta la protección de la población, no se ofreció la suficiente información al respecto.

A pesar de una reacción rápida por parte de organismos, operadoras y expertos, la percepción de riesgo se instaló entre los ciudadanos. También caló en instituciones, administraciones locales y asociaciones.

Así, se produjo una situación paradigmática. Por un lado, el rechazo a las antenas era un fenómeno global. Por el otro, crecía la demanda universal del servicio.

Ilustracion 5G

Getty Images
La red 5G es mucho más que la mejora de la red 4G.

La OMS parece tenerlo claro

Tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la Unión Europea fueron conscientes a principios de los 2000 de esa carencia y de la necesidad de dar respuesta a una inquietud y percepción social del riesgo asociado a la telefonía móvil.

Aunque esta percepción e inquietud estaban sobredimensionadas.

A pesar de los esfuerzos realizados para informar y tranquilizar a la población, la OMS reconoció en 2006 que “algunas personas consideran probable que la exposición a campos electromagnéticos de radiofrecuencia entrañe riesgos y que éstos puedan ser incluso graves”.

En la revisión de 2014, la OMS aseguraba que “hasta la fecha no se ha confirmado que el uso del teléfono móvil tenga efectos perjudiciales para la salud”.

En otro documento publicado a comienzos de este 2020 sobre el 5G, insiste en que en las últimas décadas no hay estudios científicos que demuestren una relación causal que pueda hacer temer efectos sobre la salud.

“El calentamiento de tejidos es el principal mecanismo de interacción entre los campos electromagnéticos de radiofrecuencia y el cuerpo humano”.

Ese posible efecto, a los niveles habituales de exposición, es insignificante. Por eso es importante que los niveles se mantengan por debajo de los límites establecidos por agencias internacionales independientes.

Mujer con una tablet.

Getty Images
La OMS ha dicho que no hay estudios científicos que demuestren una relación causal del 5G que pueda hacer temer efectos sobre la salud.

Quién y cómo se establecen los límites de exposición

En 1992 se estableció en Alemania la Comisión Internacional de Protección frente a Radiaciones No Ionizantes (ICNIRP). Esta organización científica, independiente y sin ánimo de lucro, revisa periódicamente y de forma sistemática las evidencias científicas para determinar los niveles a los cuales se producen efectos biológicos.

No solo de los campos electromagnéticos de radiofrecuencia, sino también de otras radiaciones electromagnéticas como la luz visible, los infrarrojos y los ultravioletas que, por encima de ciertos niveles, también pueden resultar muy peligrosos.

Por eso se fijan niveles de seguridad y, por eso mismo, no debemos preocuparnos de la radiación que emite el mando a distancia de nuestra tele. Tampoco del router wifi de nuestra casa o de nuestro teléfono inalámbrico.

El proceso de revisión es abierto y su publicación se realiza en una revista científica tras un proceso de revisión por pares.

Así, una vez se establecen los niveles a los cuales se observan efectos para cada frecuencia, se aplica un factor de precaución o seguridad de 50.

Estos valores son aceptados por la mayor parte de los países occidentales desde hace décadas y se adoptan en las correspondientes legislaciones.

Además, existen otras agencias u organismos que realizan una revisión similar. Por ejemplo el Institute of Electrical and Electronics Engineers (IEEE) y la Food and Drug Administration de Estados Unidos.

Estos tres organismos, en los últimos meses y coincidiendo con el despliegue de la 5G, han revisado y publicado sus guías de límites seguros de exposición humana.

La mano negra de la industria

Que la industria está detrás de todas estas regulaciones e instituciones es un argumento reiterado por los movimientos antiantenas -ahora anti-5G- que parecen acoger toda clase de creencias conspiranoicas con respecto, también, a las mascarillas, las vacunas y la COVID-19.

En realidad han sido la industria y los profesionales del sector los más interesados en garantizar que las radiaciones emitidas por las antenas fueran seguras y que los niveles de potencia estuviesen dentro de los límites permitidos.

Transmisión de eventos deportivos en dos pantallas.

Getty Images
Con la conexión 5G se podrán conectar muchos dispositivos al mismo tiempo.

El Colegio Oficial de Ingenieros de Telecomunicación (COIT), como entidad de derecho público al servicio de la sociedad, fue la primera organización que ya en 2001 elaboró un informe sobre las radiofrecuencias de telefonía móvil.

Con ello se pretendía informar a la ciudadanía y mitigar la inquietud que ya surgía ante el desconocimiento de esta tecnología y la normativa que la regula.

La labor de difusión se centró en ayuntamientos y asociaciones ciudadanas, aunque se ha seguido trabajando durante todos estos años con todo tipo de administraciones e instituciones.

En 2006, se creó el Comité Científico Asesor de Radiofrecuencias y Salud (CCARS), comité independiente compuesto por profesionales de gran prestigio -en campos como la medicina, física, química, biología, ingeniería de telecomunicación y derecho-, que, desde entonces, ha elaborado cinco informes trienales de referencia.

En ellos recogen las evidencias científicas existentes sobre el impacto de los campos electromagnéticos en la salud.

Además, ha publicado numerosos documentos sobre tecnologías concretas -el último sobre 5G-, con el ánimo de informar verazmente a la sociedad, manteniendo siempre el conocimiento científico riguroso como referencia.

Sus informes han tratado siempre de arrojar luz y evitar cualquier tergiversación que de forma interesada se intentara hacer sobre el efecto de estas tecnologías sobre la salud.

Incluidas comparaciones sin fundamento con sustancias, como el tabaco o el alcohol, que la ciencia sí ha demostrado como perniciosas incluso en pequeñas cantidades.

5G

Getty Images
Los verdaderos riesgos de estas tecnologías son los asociados a la dependencia, problemas musculares, malas posturas y al condicionamiento de nuestras relaciones personales y hábitos saludables.

Los verdaderos riesgos para la salud

Decir que los campos electromagnéticos de radiofrecuencia son inocuos es falso si no se acompaña de la frase “a los niveles habituales de exposición”.

Dichos niveles están decenas o centenas de miles de veces por debajo de los de seguridad marcados por ICNIRP.

Es lo que han demostrado numerosos estudios y revisiones sistemáticas de exposición personal en condiciones reales.

Pero hay efectos constatados derivados del uso de dispositivos y que no son consecuencia de las radiaciones que emiten.

Así, se ha demostrado que su uso puede provocar dependencia, problemas musculares, malas posturas y que condicionan nuestras relaciones personales y hábitos saludables.

Dichos efectos, sin embargo, no son denunciados por los movimientos en contra de estas tecnologías.

Ilustración 5G

Getty Images
Hay una proliferación de un cierto “negocio del miedo” vinculado a las nuevas tecnologías.

Negar la evidencia, ¿con qué fin?

Quizá piense que existe cierta controversia científica en este tema.

Habrá oído que “numerosos científicos alertan de los efectos” en cuestionables llamamientos internacionales, algún pseudoinforme como el Bioinitiative o declaración política ajena a la Unión Europea, como la declaración 1815 del Consejo de Europa.

Todos tienen en común su falta de rigor, el establecimiento de límites de forma arbitraria o la extrapolación inadecuada de estudios en animales o de laboratorio sin tener en cuenta las condiciones reales.

En 30 años, no se ha publicado una revisión sistemática o metaanálisis -los estudios con mayor fortaleza en ciencia- que demuestre sus alarmantes augurios y peligros para la salud (efectos sobre el sueño, la concentración, fisiológicos, hipersensibilidad o, incluso, cáncer).

En cambio, sí es constatable la relación de sus promotores con la proliferación de un cierto “negocio del miedo” a partir de datos tergiversados, erróneos y en ningún caso avalados por la evidencia científica.

Y ese negocio que se basa en esos datos afecta tanto a ámbitos como el médico-sanitario, con diagnósticos o prescripciones no fundamentados en el conocimiento médico; el legal, con denuncias insostenibles basadas en opiniones de supuestos expertos, medios de información carentes de credibilidad (webs pseudocientíficas) o, incluso, empresas que ofrecen aparatos y dispositivos de protección completamente innecesarios.

Todo un negocio basado en el miedo y el desconocimiento que sigue alimentando esa falsa percepción de que vivimos radiados al límite.

*Alberto Nájera López es doctor en radiología y medicina física y profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha y Juan Carlos López es ingeniero de telecomunicaciones y catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer la versión original aquí.


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