Madres Soñadoras en Tijuana: las mujeres deportadas y encadenadas a un teléfono
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Alberto Pradilla

Madres Soñadoras en Tijuana: las mujeres deportadas y encadenadas a un teléfono

Yolanda Varona fundó Madres Soñadoras hace cinco años en Tijuana. Son mujeres deportadas que añoran regresar para reencontrarse con sus hijos. Muchas sufrieron violencia de género o fueron víctimas de un delito, lo que les permitiría regresar con visas especiales.
Alberto Pradilla
10 de diciembre, 2019
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Patricia Legua, de 53 años, vio la boda de su hija Stephanie a través de una pantalla. 

El matrimonio se celebró en Chandler, Arizona Estados Unidos, el 17 de noviembre de 2017. Pero Legua, originaria de Jalisco, en Guadalajara, fue deportada en 2011. Así que no pudo estar presente en esa fecha en la que todas las madres quieren estar presentes. 

Mientras su hija se casaba a 365 kilómetros de distancia de Tijuana, Patricia Legua miraba la pantalla de un celular, llorando.

Lee más: Aumentan amenazas contra defensores de migrantes tras acuerdo con EU

No sería la última ocasión en la que la separación golpearía a esta familia.

Dos años después, en 2019, Legua pasó por el mismo el mismo proceso con su hija Andrea Mariana, que se casó en Tampa, Texas. Esta vez tuvo que ver la boda por fotografías. La celebración fue por lo civil y ella se encontraba trabajando. 

“Todo esto ha sido muy difícil. Me ha tocado ver crecer a mis nietos por videollamada, las bodas, las graduaciones. Ha sido muy complicado”, dice. 

Patricia Legua fue deportada desde Estados Unidos el 4 de mayo de 2011. 

Por eso lleva mucho tiempo perdiéndose los grandes eventos de la vida de sus tres hijos, Andrea Mariana, Stephanie y Aarón. La primera es residente legal, ya que nació en México, pero llegó a Estados Unidos cuando siendo muy niña. Los otros dos son ciudadanos norteamericanos. Su madre lleva una década sin pisar el norte. Estuvo ausente en las bodas. En los nacimientos de sus dos nietos. En las graduaciones. Es más que probable que se pierda la llegada de su tercer nieto.

“Espero que pronto pueda recuperar el tiempo perdido”, dice.

Patricia se seca las lágrimas al hablar con su hija. Foto: Alberto Pradilla.

Mujeres que se apoyan

Desde hace más de un año, Legua forma parte del grupo Madres Soñadoras, que se estableció en 2014 y que reúne a madres expulsadas de Estados Unidos y separadas de sus familias. Actualmente son doce mujeres en Tijuana, aunque a lo largo de su historia han pasado por el colectivo más de 200, según Yolanda Varona, su presidenta y fundadora.

Organizan actos de protesta para reclamar la reunificación familiar, realizan celebraciones como el “Thanksgiving”, recolectan fondos para apoyar a sus integrantes y participan en talleres de autocuidado. También asesoran a otras deportadas, y a migrantes centroamericanas, y apoyan en los albergues de esa ciudad fronteriza cuyo muro simboliza la separación entre el próspero norte y el sur que aspira a dar el salto. 

Lee: Familia salvadoreña se reencontrará después de 30 años en la caravana de migrantes desaparecidos

Son como una familia alternativa que les permite sobrellevar el destierro. 

En la última década, la unidad de política migratoria de la Secretaría de Gobernación registró tres millones 365 mil 890 deportaciones de mexicanos que se encontraban en Estados Unidos. De ellas, 325 mil 767 eran mujeres mayores de 18 años.

En 2011, un total de 405 mil 457 mexicanos que se encontraban en situación irregular fueron repatriados desde Estados Unidos. De ellos, 351 mil 601 eran hombres mayores de 18 años y 38 mil 332, mujeres. Legua era una de ellas. 

No hay datos sobre cuántas de ellas son madres que se vieron forzadas a dejar atrás a sus hijos. Según Yolanda Varona, “somos miles”. 

Solo tres mujeres lo han logrado

Animal Político consultó sobre los programas de apoyo a este colectivo al Instituto Nacional de Migración (INM), a la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) y al Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). En ninguno de los casos hubo respuesta. 

Tampoco hay estadísticas sobre cuántos de estos deportados logran regresar a Estados Unidos.

De los dos centenares de mujeres que se asociaron al colectivo únicamente tres lo lograron: son Emma Sánchez, Alicia Fraustro y una tercera que prefiere mantener su identidad en el anonimato. 

Patricia Legua espera ser la siguiente. Su hija Stephanie dice, en llamada telefónica, que ya tiene una casa preparada para cuando la madre obtenga sus documentos. 

Su historia es la de miles de mujeres mexicanas: vulnerables y sin papeles en regla, lo que incrementa el riesgo de sufrir abusos.

Entró a Estados Unidos con visa de turista en 1991. Se casó en 1994 con un hombre con permiso de residencia que la maltrató psicológicamente hasta su separación en 2005. Regresó a México en 1999 debido a la muerte de su madre y trató de regresar con documentación falsa, por lo que fue interceptada y obligada a dar la vuelta.

Logró entrar nuevamente a través de otro paso fronterizo e hizo su vida. Vivió en California y Arizona. Tuvo tres hijos. Tuvo diversos trabajos. Tuvo una vida en el norte. 

En 2006 interpuso una denuncia por violencia de género y, posteriormente, solicitó su visa VAWA (Violence Against Women Act, por sus siglas en inglés). Se trata de un documento que busca proteger a las mujeres que han sufrido agresiones a manos de sus parejas que tienen los papeles en regla.

Es habitual que estas personas utilicen su estatus legal para controlar y chantajear. Algo así como “si te vas, te denuncio por ilegal”. Así que esta visa está pensada para que las víctimas accedan a la residencia sin tener que depender de sus agresores.

A Legua, sin embargo, no le protegió. 

Pidió su visa VAWA pero en el 9 de noviembre de 2009 fue arrestada por agentes del ICE (Serivicio de Inmigración y Control de Aduanas de EUA) que se presentaron en su puesto de trabajo en una empresa aeronáutica de Temple, Arizona.

La encerraron en Eloy Detention Center, una cárcel privada en la que se mantiene bajo custodia a migrantes indocumentados. Ella, trabajadora y madre de familia, víctima de la violencia machista, sin cuentas con la justicia, era encerrada por haber intentado entrar en Estados Unidos con documentación falsa tras la muerte de su madre. 

Según explica, ahí permaneció durante año y medio, tratando de pelear su caso de asilo. Hasta que el abogado que tenía en ese momento decidió no pagar una fianza de cien dólares que le hubiese permitido seguir luchando en la corte y fue deportada.

Desde entonces reside en México. Primero en Tijuana. Después, en Jalisco. Y, de nuevo, a Tijuana, para poder estar más cerca de sus hijos. 

La mujer relata que entró en contacto con Madres Soñadoras casi por casualidad, por un recorte de periódico que le mostró un hermano que vive en Tijuana. Una casualidad que le llevó conocer a un abogado, Filex Sánchez, especialista en materia de migración. 

Ahora tiene esperanza. 

Deberá pagar mil dólares, que es lo que cuesta el “perdón” en Estados Unidos, un trámite por el que se olvidan “pecados” como el cometido por la mujer cuando intentó entrar con documentación falsa.

También tendrá que realizar diversas gestiones en el consulado de Ciudad Juárez, en Chihuahua. Finalmente, espera poder reencontrarse con sus hijos. Todo el proceso, calcula Yolanda Varona, podría costar unos 7 mil 500 dólares. 

“¿Qué es ese dinero en comparación con reunir a una familia?”, se pregunta la fundadora del colectivo.

El grupo que nació de un “acto desesperado”

Yolanda Varona dice que fundó Madres Soñadoras “como un acto desesperado”. 

A sus 50 años, esta mujer proyecta energía y determinación. 

Cuenta que se convirtió en líder del movimiento un poco por casualidad. Había entrado con visa de turista en 1994 y, posteriormente, en 1997. Ahí hizo su vida hasta que todo se truncó en la noche de fin de año de 2010. 

Lo que iba a ser una salida rápida para hacer un mandado se transformó en la pérdida de la visa y el alejamiento de sus dos hijos por una década.

Yolanda, fundadora de Madres Soñadoras. Foto: Alberto Pradilla.

Aquel día se encontraba con su exprometido, un ciudadano norteamericano que olvidó su documentación. Al acercarse a la frontera, el policía de aduana quiso comprobar los papeles del vehículo. Y todo se vino abajo. El carro estaba a su nombre y alguien que no tiene residencia legal no puede tener vehículos inscritos a su nombre.

“Te vamos a cancelar la visa”, le dijo.

Y Yolanda Varona quiso que se la tragara la tierra.

“No sabía cuándo iba a volver a ver a mis hijos”, dice.

Una crueldad: el último beso fue de trámite, sin la trascendencia de saber que la separación se iba a alargar en el tiempo.

Por eso, Varona repite insistentemente que hay que decir “te quiero”, que hay que abrazar, que “no se pueden dar las cosas por sentadas” y pensar que tus seres queridos van a estar ahí siempre. 

Explica la mujer que pasó aquella noche en un centro de detención ya que le arrestaron lo suficientemente tarde como para no expulsarla de inmediato. 

Mientras todo el mundo celebraba el inicio de 2011, ella se encontraba en un círculo con otras detenidas, hablando de su caso y de las injusticias de las leyes migratorias. 

A partir de entonces, se convirtió en una deportada.

“Nunca he intentado regresar, he tenido paciencia, porque van a ser diez años de espera. Solo Dios, que es tan grande, y el amor de mis hijos, me ha hecho levantarme”, explica.

Tres años después fundó Madres Soñadoras. Aunque en la primera reunión estaban ella, otra mujer deportada y Héctor Barajas, un veterano del Ejército norteamericano que también fue expulsado, aunque ya logró regresar. 

Yolanda Varona habla desde la tamalería “La Antigüita”, propiedad de Esther Morales. Ahí se reúne el grupo todos los viernes para realizar una venta de garaje que les permita obtener fondos.

Ahí está Esther, una mujer de Oaxaca con nueve cruces al otro lado y otras tantas detenciones en su historial. También Ana Lorena, maltratada en EUA y que rompe a llorar cuando recuerda al malnacido que le pellizcaba por debajo de la mesa para humillarla y le daba golpizas cuando nadie miraba. O Ana Lidia, una mujer de Zacatecas que nunca quiso cruzar al gabacho desde que fue con su familia a Disneyland pero que terminó casada con un mexicano con papeles al que siguió porque no se fiaba de tener una relación a ambos lados de la frontera. 

Esta tamalería es una especie de cuartel general, el lugar en el que se reúnen, planifican actividades, organizan eventos. Doña Esther, la dueña, tiene por costumbre contratar a sus iguales, migrantes o solicitantes de asilo que esperan su cita al otro lado.

Por aquí han pasado guatemaltecas, hondureñas, mexicanas. Actualmente está como empleada una cubana que prefiere no hacer una entrevista: sus abogados le han recomendado que no hable sobre su caso de asilo.

Aquí es donde buena parte de las actividades del grupo se planifican. 

Explican, por ejemplo, las dificultades que pasan las mujeres a las que se obliga a estar separadas de sus hijos. Cómo hombres sin escrúpulos llegan a cortar la comunicación con hijos que no saben por qué su madre ya no está. O cómo las autoridades norteamericanas llevan a los menores a centros de acogida tras expulsar a la madre por no tener papeles. 

También explican las opciones existentes para las madres deportadas. Por ejemplo, la visa U, pensada para personas que colaboraron con las autoridades estadounidenses en la resolución de un delito.

Ese es el caso de la propia Yolanda Varona, víctima de una agresión sexual en el norte y que ayudó a la policía a identificar al delincuente. Por ejemplo, la visa VAWA, de la que podría beneficiarse Ana Lidia, maltratada en Estados Unidos. 

Desde que en 2015 Yolanda Varona se plantó en una protesta en San Ysidro, la frontera con Estados Unidos, con un cartel que preguntaba si alguien había visto a su hijo, el número de mujeres que se acerca a este colectivo se ha multiplicado. 

Cuenta Patricia Legua que la distancia le obligó a que el celular fuese el intermediario para actos cotidianos como, por ejemplo, enseñar recetas a su hija. Relata cómo ha pasado horas explicando, a través de videollamada, cómo se preparan unas enchiladas de pollo con champiñones, o unas albóndigas, o un ceviche de camarones. Se emociona cuando, al otro lado del teléfono, su hija le explica que la mudanza va bien y que ya tiene su habitación disponible para cuando las autoridades norteamericanas tengan a bien facilitarle documentos.

Esta escena es aplicable a todas las madres que Yolanda Verona reunió en un colectivo.

Todas esperan.

Todas dejaron una vida al otro lado.

Todas confían en que, algún día, regresarán. 

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El experimento de confinamiento que terminó con sus participantes casi muertos

En 1991, un ambicioso proyecto encerró a ocho científicos en un ecosistema artificial. El objetivo era replicar las condiciones de vida en la Tierra, pero por poco acaba en tragedia.
18 de julio, 2020
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La aventura casi termina en tragedia. En 1991, un grupo de ocho investigadores voluntarios se encerró durante dos años en una estructura de cristal y acero dentro de la que científicos habían recreado varios ecosistemas del planeta Tierra.

Aquel experimento formaba parte del proyecto Biosfera 2 y el objetivo era comprobar si, en un futuro, los humanos podrían vivir en circunstancias similares en colonias en otros planetas.

Gran parte de la rutina de los ocho participantes, llamados “biosferianos”, se redujo a labores agrícolas. Debían cultivar sus propios vegetales, recolectar granos del suelo y obtener proteínas de animales de granja y peces criados en estanques de acuicultura.

El experimento, presentado como como una “misión espacial” dentro de la Tierra, acaparó la atención mediática..

Pero la aventura no acabó como se esperaba.

Los cultivos no crecían al ritmo estimado, la comida empezó a escasear, el oxígeno era insuficiente y la tensión afloró en la convivencia de los participantes.

Un “Jardín del Edén”

El diseño original del complejo Biosfera 2 fue idea de John Polk Allen, un ingeniero graduado por la Universidad de Harvard en Estados Unidos.

Biosfera 2 en Arizona.

Getty Images
El complejo se sitúa en Oracle, en pleno desierto de Arizona.

Allen era también el director de la empresa Space Biospheres Ventures, que en 1984 compró la propiedad donde se localizó el ecosistema artificial cerrado en Oracle, en el desierto de Arizona en Estados Unidos.

La construcción se completó en 1989 y consistía en tres edificios. El primero, un gran domo de cristal y acero; el segundo un área subterránea de tecnología y el tercero una zona destinada al hábitat humano.

Interior del edificio principal de Biosfera 2.

Getty Images
Biosfera 2 reprodujo varios ecosistemas terrestres como un bosque tropical y un océano con arrecifes de coral.

El domo medía casi 28 metros en su punto más alto y contenía cinco ecosistemas: un bosque tropical, un desierto, una sabana, un manglar y un océano con arrecifes de coral. Dentro se encontraba, además, la zona dedicada a la agricultura.

En el interior del edificio tecnológico se alojaban los componentes que mantenían la climatología interior, con controladores de temperatura y humedad.

El objetivo principal era determinar si una biosfera artificial podía funcionar, incrementando reservas de energía y biomasa, preservando un alto nivel de biodiversidad y biomas, estabilizando su agua, suelo y atmósfera”, según escribieron el director del proyecto, John Polk Allen, y uno de sus participantes, Mark Nelson, en un documento con el resultado de la investigación en 1997.

Los investigadores involucrados querían saber si una biosfera autosostenible, con todos los ecosistemas de vida de la Tierra, podía “proveer una vida creativa y saludable para humanos que trabajaron como naturalistas y científicos”, según dicho documento.

Zona de agricultura de Biosfera 2.

Getty Images
“Era como crear una especie de Jardín del Edén en interiores”.

Básicamente,se trataba de comprobar si el ser humano sería capaz de mudarse a otro planeta llevándose un trozo del nuestro. Para ello, los científicos viajaron por el mundo y recopilaron recursos y conocimientos para crear el ecosistema artificial.

Llenaron Biosfera 2 de animales, vegetación y la tecnología necesaria para mantener las condiciones adecuadas.

Era como crear una especie de Jardín del Edén en interiores“, dijo Linda Leigh, una de las científicas que estuvo confinada, en un documental reciente sobre el experimento llamado Spaceship Earth.

Y así, en septiembre de 1991 cuatro hombres y cuatro mujeres: Roy Walford, Taber MacCallum, Mark Nelson, Sally Silverstone, Silke Schneider (quien después sería sustituida por Abigail Alling), Mark Van Thillo, Jane Poynter y Linda Leigh.

Impacto mediático

“Me llamaron por teléfono proponiéndome que me uniera al equipo voluntario y antes de que terminaran la oración ya había dicho que sí”, recuerda Nelson, uno de los biosferanos, en el documental.

Sally Sylverstone y Jane Poynter.

Getty Images
Sally Sylverstone y Jane Poynter fueron dos de las involucradas en el proyecto.

“Éramos pioneros, los primeros biosferanos. Nos habían dado un nuevo mundo para cuidar de él”, agregó Nelson.

Mientras, el mundo se enteraba del proyecto gracias al eco de los medios de comunicación, hasta el punto en que necesitaron contratar un equipo de relaciones públicas para lidiar con la presión mediática.

Poco después de empezar el confinamiento, el entusiasmo inicial de los integrantes comenzó a disiparse. Aumentaron los roces y las discusiones.

“Nunca se sabe lo que puede pasar cuando te encierras a convivir durante dos años con otras siete personas”, recuerda Nelson.

Los turistas se paseaban por fuera de las instalaciones, en visitas guiadas donde veían trabajar a los investigadores a través del cristal, como si se tratara de una visita al zoológico.

Dentro, cada uno de los participantes tenía una misión específica. Debían ocuparse de la ganadería, la preservación de los arrecifes de coral, la cría de peces y los cultivos, por ejemplo.

Además, evaluaban el comportamiento de los gases, sobre todo del oxígeno y el dióxido de carbono.

Interior del edificio principal de Biosfera 2.

Getty Images
Para recrear el ecosistema artificial, los científicos recolectaron recursos de varias partes del mundo.

Roy Walford era médico, y su trabajo era vigilar los efectos del confinamiento en la salud de los ocho voluntarios.

“Si podemos trasplantar un arrecife de coral, gestionar una granja, no contaminar la atmósfera ni el agua y reciclar nutrientes, se pueden aprender grandes lecciones aquí”, pensaba Nelson durante su confinamiento experimental.

Hambre, tensión y falta de oxígeno

Los biosferanos concuerdan en que la escasez de comida no ayudó a tener un ambiente sano.

De todos los cultivos, uno de los más exitosos, según revelaron Allen y Nelson en los resultados de la investigación, fue el plátano. De esta forma, los confinados tuvieron que utilizar dicho fruto para múltiples recetas. Hasta intentaron producir vino de plátano, pero sin éxito.

“Tuvimos que tomar decisiones importantes, porque algunos cultivos se daban mucho mejor que otros. Así que terminábamos comiendo un mismo producto, como la remolacha, en forma de sopa o en forma de ensalada”, dijo durante el documental Sally Sylverstone, otra de las biosferanas.

Pero los alimentos no fueron el único recurso que empezó a escasear. Tanto los participantes en el confinamiento como otros científicos que monitoreaban el experimento desde fuera, detectaron un aumento en los niveles de dióxido de carbono y una disminución del oxígeno.

“No podía terminar una oración sin que me faltara el aire”, dijo Nelson.

Participantes de Biosfera 2.

Getty Images
Los ocho participantes salieron del confinamiento a los dos años estipulados, a pesar de las dificultades ocurridas.

“Subía un par de escalones y ahí me detenía para volver a tomar aliento”, recuerda Linda Leigh.

La falta de suficientes alimentos hizo que los biosferanos perdieran peso, y de mantenerse los bajos niveles de oxígeno existía el riesgo de daño cerebral.

“Respirábamos el aire del otro, estábamos sofocados y muertos de hambre”, dijo Leigh.

“Estar peleándonos, además, no ayudaba a que consiguiéramos el objetivo por el que nos habíamos encerrado aquí”, lamentó Nelson.

El experimento se desmoronaba y la primera idea de sobrevivir dos años solo con lo que había dentro de Biosfera 2 no funcionó. Se introdujeron alimentos extra y extractores de dióxido de carbono y bombas de oxígeno desde fuera.

La prensa tildó al proyecto como un “fracaso”.

No más confinamientos

A pesar de necesitar ayuda del exterior y no poder llevar una vida autosuficiente, el proyecto consiguió durar los dos años estipulados.

Biosfera 2 en Arizona.

Getty Images
El complejo pertenece hoy a la Universidad de Arizona y se usa como centro de investigación.

En 1994, una segunda expedición regresó a los interiores de Biosfera 2, pero se canceló antes de que terminara la misión.

Hoy, Biosfera 2 pertenece a la Universidad de Arizona y se utiliza como centro de investigación sobre los ecosistemas de la Tierra.

Casi tres décadas después, ya no hay más confinamientos ni experimentos en los interiores del domo gigante de cristal.


https://www.youtube.com/watch?v=8urGTdEioOQ

https://www.youtube.com/watch?v=JwghZEmvmb8

https://www.youtube.com/watch?v=qd1YehNpbV4

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