México, el otro muro de Trump que acabó con la caravana y la esperanza de migrantes
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México, el otro muro de Trump que acabó con la caravana y la esperanza de migrantes

La Guardia Nacional disolvió la caravana que apenas logró avanzar 11 kilómetros en México. Al menos 800 personas fueron detenidas y encerradas en estaciones migratorias.
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“¡Volveremos!” Con los brazos extendidos como un Cristo al que bajan de la cruz, un hondureño enorme, barbudo y de piel oscura clama de pura desesperación. “¿Como nos pueden tratar las personas que supuestamente son nuestros hermanos? ¡Nos están tratando como animales! ¿Qué trato es esto?”

Derrotado, enfadado, harto, sabe que no hay más camino para él. Que Estados Unidos sigue ahí, lejísimos, pero que a él le van a dar la vuelta. Que le espera la Honduras de siempre, con sus muertos y sus pandillas y su hambre y su corrupción. “¿Dónde están los derechos humanos?”, protesta. A su alrededor, una infinidad de guardias nacionales y un pasillo directo hacia un autobús del Instituto Nacional de Migración (INM), el transporte que él y sus compañeros se resistieron a aceptar hasta que fueron obligados.

Son las 16:30 del jueves 23 de enero en la carretera que une Ciudad Hidalgo con Tapachula, Chiapas.

Es el fin de la caravana migrante.

 

Tras los intentos fallidos del sábado y el lunes, quizás sea el fin de la posibilidad de que salga una nueva caravana migrante.

La larga marcha centroamericana que partió el 15 de enero desde San Pedro Sula, en Honduras, avanzó la mitad de una media maratón. Apenas puso un pie en México cuando fue rodeada, gaseada, disuelta y perseguida por decenas de uniformados. Ante la disyuntiva de correr a través de los sembradíos y tratar de llegar a Tapachula o rendirse, muchos se resignaron.

Las autoridades mexicanas no se movieron de su oferta inicial: entréguense, acepten que les encierren en una estación migratoria y esperen que no les toque la lotería de la deportación. 

Lee: Guardia Nacional dice que castigará a elemento que bromeó con lanzar gas a migrantes

En realidad, todos los caminos llevaban al centro de detención de extranjeros. Quienes estos días se entregaron en la frontera cumpliendo el mandato del INM o quienes fueron atrapados en Chiapas tras cruzar sin documentos terminarán en el mismo lugar: encerrados en estación migratoria y con altas probabilidades de ser deportado.

El INM anunció que 800 personas fueron detenidas en la caravana. La institución sigue utilizando la palabra “rescatados”. Familias que lloran desconsoladas mientras son “rescatadas” por guardias con escudos, toletes y gas pimienta a quienes ninguno de ellos había pedido que les rescatase.

El lunes arrestaron a otras dos mil personas entre Tabasco y Chiapas, a las que hay que sumar el millar que se entregó en los puestos fronterizos el lunes. En total, más de 3 mil personas detenidas y encerradas en las estaciones migratorias de Tuxtla Gutiérrez, Villahermosa, Tenosique y Tapachula. 

Al mismo tiempo, la institución que dirige Francisco Garduño ha deportado a 669 personas por vía aérea y terrestre con destino a San Pedro Sula y Tegucigalpa, en Honduras. 

Lee más: Elementos de la Guardia disuelven caravana con antimotines y gas; 800 migrantes detenidos

El dato que no se ha hecho público es cuántas de las personas que fueron detenidas están en libertad siguiendo algún tipo de trámite para regularizar su situación en México, como la tarjeta de visitante por motivos humanitarios o la tarjeta de visitante regional, que permite trabajar en los estados del sur. 

La Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar) tampoco ha ofrecido cifras sobre cuántas personas pidieron refugio. Solo se sabe que 12 personas solicitaron protección en las oficinas de Tapachula. Se trata de migrantes que lograron evadir el bloqueo del lunes, sortear los retenes y operativos del INM y guardia en la carretera y alcanzar Tapachula. 

El Suchiate como el Mekong

La más exitosa de las intentonas de la menos exitosa de las caravanas comenzó antes de que hubiese amanecido en el Suchiate, frontera natural entre México y Guatemala. Viene con poco caudal. Lo comprobaron el lunes, aunque estaban demasiado cerca de la Guardia Nacional y la mayoría fue repelido. Para esta ocasión, la caravana jugó al factor sorpresa y cruzó en dirección a las afueras de Ciudad Hidalgo, cerca del paso de Suchiate II. Fue el único éxito para los centroamericanos. 

“Vamos hacia Estados Unidos. Nadie nos puede detener, solamente el de arriba”. Wilson, espigado y de gorra calada, avanzaba convencido a través del río. Pasaban unos minutos de las seis de la mañana y, con el agua a media cintura, cientos de centroamericanos pisan por primera vez México. Primero eran unos puntitos de luz, como luciérnagas entre la maleza. Poco a poco, la larga marcha apareció en todo su esplendor. Con el agua cubriéndoles por encima de la rodilla era como vietcongs en el Mekong. En lugar de armas, los desarrapados trataban de mantener seco unas zapatillas, una mochila con cuatro mudas, la carriola de un bebé.

No hay migras en la costa. 

Primer obstáculo superado.

“La crisis económica es horrible, no se puede vivir, no hay empleo. Además está la delincuencia, nos está quitando nuestra juventud. Ya los muchachos no pueden ir al cole a aprender porque les amenazan que si no entran en pandilla”, dice Erika Martínez, de la colonia de Carrizal, en Tegucigalpa, un arrabal pobre con fuerte presencia de la Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18, las dos grandes pandillas que operan en Centroamérica. 

En la cabecera, banderas de Honduras, de Estados Unidos y mensajes a Trump y López Obrador con una súplica: poder llegar al norte. La gente avanza excitada, nerviosa, con algo de miedo. Sonríen. Sonríen mucho. Ni se imaginan cuánto les queda por delante para alcanzar la frontera con Estados Unidos, pero han superado el primer obstáculo. Será el único que superen. En diez horas todos estarán encerrados. Pero eso no lo saben todavía y sonríen, esperanzados.

“Hemos entrado de forma pacífica, nadie va a levantar la mano. Lo que queremos es nos extiendan un permiso, nos apoyen para arreglar el estatus migratorio”, dijo José Luis Morales, un tipo al que llaman “el flaco” y que ejerció de representante ante medios y autoridades. 

Desde el sábado, migrantes y autoridades mexicanas han desarrollado un diálogo de sordos. 

Los centroamericanos alegan que huyen del hambre y la pobreza y que quieren llegar a Estados Unidos. Al menos, dicen muchos, se conformarían con un trabajo en la frontera norte, donde el salario es tres veces mayor que en la empobrecida Chiapas. Por eso quieren que México les extienda una visa de tránsito, que no existe en la legislación mexicana. En la práctica, los centroamericanos están pidiendo permiso pera cometer una irregularidad. Si algo enseñaron las caravanas es que el único modo de avanzar es desobedeciendo las leyes migratorias. Y para desobedecer no se extienden permisos. 

La negociación

Lo que Migración ofrece no ha variado: registro, encierro y una incierta regularización que incluye la petición de asilo.

Esa fue la oferta con la que Alma Delia Cruz, representante de la Comar en Chiapas, llegó para reunirse con la caminata. Pasaban algunos minutos de las 13 horas y la caminata apenas llevaba once kilómetros de recorrido. Ya se había corrido el rumor de que el retén estaba instalado en Metapa, a cinco kilómetros. Así que los migrantes decidieron descansar en una sombra antes de lanzarse hacia las decenas de antimotines que les aguardaban a ambos lados de la carretera.

Entonces llegó Luis Villagrán, abogado y defensor de los derechos humanos. Llegó con unos papeles elaborados por él mismo en los que se dirige a Andrés Ramírez, responsable de la Comar, que se otorgase la constancia como solicitante de asilo, lo que impide que lo deporten. “Con este estatus no pueden ser deportados. Así podrán esperar su trámite de forma legal para evitar un enfrentamiento o represión”, dijo. “El documento nos lo van a sellar”, dijo, comprometiendo la palabra de Ramírez. 

Poco después llegaba Alma Delia Cruz a desmentir al abogado. “Soy la única representante de Comar”, dijo ante José Luis Morales, que hablaba en nombre de los migrantes (“no soy líder ni organizador”, repitió). Ahí, en la carretera, con cientos de migrantes desparramados en los arcenes, la oferta de la Comar no era muy distinta a la del INM: entregarse, ser encerrados en la estación migratoria y pedir refugio.

Dijo la delegada que esa era la única vía. Sin embargo, se da la paradoja de que si un migrante hubiese eludido el cerco y alcanzado Tapachula por su propio pie podía dirigirse a las oficinas de Comar y pedir ahí la protección. Esto garantiza, al menos mientras dura el trámite, que no será deportado.

De este modo, el mensaje era: si vienen en grupo, solo podrán pedir refugio encerrados. Si se abonan al sálvese-quien-pueda y lo intentan por su cuenta y riesgo, tienen una oportunidad.

“De acuerdo con lo que señalan los artículos 5, 6, 7, 11, 21 de la Ley sobre Refugiados, Protección Complementaria y Asilo Político, y los artículos 16 y 24 de su Reglamento, toda persona extranjera que se encuentre en territorio nacional tiene derecho a solicitar el reconocimiento de la condición de refugiado, por sí, por su representante legal o por interpósita persona”, dijo Comar a través de un comunicado.

Si la ley dice esto, ¿por qué la delegada de Alma Delia Cruz dijo a los migrantes que su única alternativa era someterse al mandato del INM y entregarse? ¿Existía la posibilidad de tramitar el refugio en libertad y no se brindó esta oportunidad?

Lee: INM impidió que ONG ingresara a estación donde tienen encerrados a migrantes de la caravana

Sin acuerdo posible, la delegada de Comar se retiró y los migrantes quedaron a la expectativa. Sabían que, si ellos no avanzaban, al final sería la Guardia Nacional la que iría en su busca. 

A las 15 horas llegó el momento decisivo. Una representante del INM acudió con un ultimátum: o se entregan o los encerraremos nosotros. La Guardia Nacional ya había bloqueado los accesos a la carretera y un grupo de centroamericanos rezaba en la carretera. 

A las 15.20 horas exactamente, la barrera de la guardia avanzó sobre el grupo de migrantes. En primera línea, hombres jóvenes asustados que se agarraban unos a otros de los brazos. Mantuvieron la posición durante un minuto. Los escudos y el gas pimienta los dispersó.

A partir de aquí comienza la detención del migrante. 

Una mujer con sus dos hijas de la mano avanza llorando. 

Un joven cae desmayado. 

Un hombre intenta calmar a su hija a la que le falta el aire y llora por la acción de los gases. 

Decenas de personas tratan de escapar a través de los sembradíos.

Un oficial de la Guardia Nacional bromea sobre el gas, según un video recogido por Animal Político.

El resumen: soldados mexicanos detienen y encierran a familias centroamericanas para imponer políticas diseñadas en Estados Unidos. 

Desmantelada la caravana, los centroamericanos se resignaron. Uno a uno, muchos entre lágrimas, aceptaron su suerte y subieron en los autobuses a través de un pasillo de soldados armados con escudos. Los mismos soldados que minutos antes los habían perseguido a través de los sembradíos del sur de Chiapas. 

Donald Trump dijo que México pagaría por el muro. Durante toda esta semana, la Guardia Nacional ha sido el muro. Un muro que puede bloquear el paso en un río o avanzar y encapsular a cientos de migrantes. Así que Trump tenía razón. Andrés Manuel López Obrador mostró una gran eficiencia disolviendo una caminata formada por hombres famélicos en chancletas, madres con tres hijos al cuello, tullidos que se dejaron una pierna en La Bestia y niños con la ropa sucia por el polvo que lloran hasta deshidratarse porque no entienden absolutamente nada. 

El gran éxito de la estrategia de Trump y López Obrador fue mover la frontera de Estados Unidos 4 mil kilómetros al sur. Muchos de los que fueron detenidos volverán a intentarlo. Posiblemente no en caravana, pero volverán a intentarlo. 

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'Fuimos héroes pero ya nos olvidaron': Los médicos italianos que enfrentaron la pandemia

Ahora que Italia ha superado el auge de la pandemia, el personal médico de ese país dice que está sintiendo el trauma tras haber encarado la emergencia.
27 de mayo, 2020
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Los doctores y enfermeras en Italia han sido elogiados como héroes por haber atendido y tratado a pacientes extremadamente enfermos con coronavirus.

Pero ahora ellos están sufriendo.

Lombardía fue la región del mundo más afectada y el personal médico está teniendo dificultades tratando de mantener la cordura.

Paolo Miranda es un enfermero de cuidados intensivos en Cremona. “Estoy más irritable”, confiesa. “Me enojo fácilmente y busco pleitos”.

Hace unas semanas, Paolo decidió documentar la desoladora situación dentro de una unidad de cuidados intensivos tomando fotografías. “Nunca quisiera olvidar lo que nos ocurrió. Pronto estará consignado a la historia”, me cuenta.

Una enfermera con la cara cubierta con una máscara en un entorno oscuro

Paolo Miranda
“Teníamos que combatir un enemigo. Ahora que tengo tiempo para reflexionar, me siento tan perdida, sin dirección”.

En sus fotografías, quiere mostrar cómo sus colegas están lidiando con la “Fase 2”, a medida que la vida regresa a la normalidad en Italia.

“Aunque la emergencia se está calmando, nos sentimos rodeados de oscuridad“, señala. “Es como si estuviéramos llenos de heridas. Cargamos internamente todo lo que hemos visto”.

Pesadillas y sudores nocturnos

Es un sentimiento compartido por Monica Mariotti, también una enfermera de la unidad de cuidados intensivos. “Las cosas son mucho más difíciles ahora que durante la crisis”, afirma.

“Teníamos que combatir un enemigo. Ahora que tengo tiempo para reflexionar, me siento tan perdida, sin dirección”.

Durante la crisis, el personal estaba abrumado y no tenía tiempo para pensar. Pero, a medida que la presión de la pandemia se desvanece, igualmente lo hace la adrenalina.

Todo el estrés acumulado durante las últimas semanas empieza a subir a la superficie.

Un enfermero con la cara cubierta con una máscara en un entorno oscuro

Paolo Miranda
“Es como si estuviéramos llenos de heridas. Cargamos internamente todo lo que hemos visto”.

“Tengo insomnio y pesadillas”, dice Monica. “Me despierto 10 veces todas las noches con el corazón acelerado y sin aliento”.

Su colega Elisa Pizzera recalca que se sintió fuerte durante la emergencia pero que ahora está exhausta.

No tiene energía para cocinar ni encargarse de los quehaceres en la casa y, cuando tiene un día libre, se pasa la mayor parte del tiempo sentada en el sofá.

No es el “nuevo normal”

Martina Benedetti, una enfermera de cuidados intensivos en Toscana, todavía rehúsa ver a la familia y amigos por temor de infectarlos.

“Inclusive mantengo la distancia social con mi esposo”, confiesa. “Dormimos en cuartos separados”.

Una joven enfermera con la cara irritada por el uso de una máscara

BBC
“No estoy segura de que quiera seguir siendo una enfermera”.

Hasta las cosas más sencillas se han vuelto demasiado. “Cada vez que salgo a caminar, me siento ansiosa y tengo que regresar a casa inmediatamente”, reconoce Martina.

Ahora que finalmente tiene tiempo para reflexionar, está llena de inseguridades.

“No estoy segura de que quiera seguir siendo una enfermera”, me cuenta. “He visto más gente morir en los últimos dos meses que durante seis años”.

Alrededor de 70% de trabajadores de la salud que se ocupaban de covid-19 en las regiones peor afectadas de Italia están sufriendo de agotamiento, según un estudio reciente.

“En realidad, este es el momento más difícil para médicos y enfermeras”, explica Serena Barello, autora del estudio.

Cuando enfrentamos una crisis, nuestro cuerpo produce hormonas que nos ayudan a manejar el estrés.

“Pero, cuando finalmente tienes tiempo de reflexionar sobre lo sucedido, y la sociedad sigue hacia adelante, todo se te puede derrumbar y te sientes más cansancio y angustia emocional”, dice la doctora Barello.

Un enfermero con lesiones en su nariz y pómulos causadas por equipo de protección

Paolo Miranda
“De repente nos convertimos en héroes, pero ya nos han olvidado”

Se preocupa que muchos médicos y enfermeras sufrirán síntomas de trastorno por estrés postraumático (TEPT) mucho después de la pandemia.

Esto es cuando el impacto de una experiencia traumática afecta la vida de una persona, meses y hasta años después.

Para los trabajadores de la salud, esto podría dificultar sus habilidades de continuar trabajando con la intensidad y concentración que sus trabajos requieren.

Héroes olvidados

Alrededor del mundo, los médicos y enfermeras en las primeras líneas están siendo elogiados como héroes por arriesgar sus vidas para tratar a los pacientes. Pero en Italia, ese aprecio se está desvaneciendo.

“Cuando estaban temiendo la muerte, de repente todos nos volvimos héroes, pero ya nos han olvidado”, dice Monica.

“Volveremos a ser vistas como personas que limpian culos, perezosas e inútiles”.

Una enfermera con la cara cubierta con una máscara en un entorno oscuro

Paolo Miranda

En Turín, unas enfermeras recientemente se encadenaron y se pusieron bolsas plásticas, en referencia a cómo tuvieron que improvisar en los hospitales por escasez de equipos de protección personal.

Realizaron la manifestación para exigir reconocimiento por su labor.

“En marzo fuimos héroes, ahora ya nos han olvidado“, gritó una enfermera a través de un megáfono.

Les habían prometido un bono por su trabajo pero todavía no se ha materializado.

Sin escape

Por lo menos 163 médicos y 40 enfermeras han muerto de covid-19 en Italia. Cuatro de estas muertes fueron suicidios.

No obstante, muchos trabajadores de la salud ahora sienten como si la pandemia nunca hubiera sucedido. “Me siento abrumada por la ira“, indica Elisa Nanino, una médico que atendió casos de covid-19 en hogares de cuidado

Desde que se levantó el confinamiento, constantemente ve a personas bebiendo y comiendo juntas sin máscaras protectoras y sin mantener el distanciamiento social.

Me gustaría acercarme a ellos y gritarles en la cara, decirles que están poniendo a todos en peligro”, dice. “Es una gran falta de respeto hacia mí y todos mis colegas”.

Pero una cosa en la que todos los trabajadores de la salud coinciden es el apoyo del público les ayudó a sobrellevar la crisis.

Una enfermera con equipo de protección personal

Paolo Miranda

“No soy ningún héroe, pero me hizo sentir importante”, señala Paolo.

El reconocimiento público es la manera más poderosa que tenemos para ayudar a los trabajadores de la salud que enfrentan TEPT, según el estudio de la doctora Barello.

“Todos nosotros tenemos un papel crucial que jugar en este momento”, señala. “Debemos asegurarnos de no olvidar lo que médicos y enfermeras hicieron por nosotros”.

Los soldados pueden abandonar el campo de batalla y lidiar con su trauma en casa. Pero para estos médicos y enfermeras, el próximo turno de 12 horas siempre está a la vuelta de la esquina.

Tienen que lidiar con todo esto en el mismo lugar donde han sufrido tanto.

“Me siento como un soldado que acaba de regresar de la guerra”, explica Paolo. “Obviamente no vi armas ni cadáveres en la calle, pero de muchas maneras, siento como si hubiera estado en las trincheras”.

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BBC

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https://www.youtube.com/watch?v=QZ9JbrioTiw

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