"Venimos por necesidad": las historias de migrantes que hacen todo para llegar a EU
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Alberto Pradilla

"Venimos por necesidad": las historias de migrantes que hacen todo para llegar a EU

Buscaban un futuro mejor en Estados Unidos pero, en su mayoría, serán devueltos al lugar del que querían escapar.
Alberto Pradilla
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Edgar convirtió su pecho en un lienzo. Ahí aparecen dibujados un niño, un reloj y rejas, muchas rejas. 

“Representa los tres años que estuve preso”, dice.

Edgar es un hondureño de Comayagua de 28 años, chaparrito, que el domingo 19 de enero, en la orilla del río Suchiate, limpiaba sus zapatillas con un cepillo de dientes. 

Edgar no es un delincuente. No robó, ni mató, ni estafó a nadie. Pero pagó una pena de prisión que lo convierte en expresidiario. 

La historia de su pecho, de cómo permaneció tres años en la cárcel, es el reflejo de un sistema migratorio perverso.

Cuenta Edgar que cuando tenía 17 años estaba en Dallas, Estados Unidos. Había cruzado tiempo atrás pagando 4 mil 500 dólares a un pollero. Quiso la mala suerte que un día se saltase un stop y la policía le diese el alto cuando se dirigía a trabajar de lavaplatos en un restaurante. 

“Me halló la identificación falsa, que le llaman fake ID. Y me arrestaron por eso”, explica.

Pasó dos meses bajo arresto y le cayeron cinco años de “probation”, libertad condicional con la obligación de firmar semanalmente.

“Como estaba de ilegal me deportaron, así que no pude cumplir”, afirma.

Dos años después volvió a probar suerte. Lo logró, pero luego, en un descuido, fue arrestado nuevamente. Le cayeron tres años de cárcel por no cumplir con unas medidas que el mismo gobierno que se las impuso le impidió obedecer. Si estaba deportado no podía firmar, así que, a ojos de la justicia estadounidense, se convirtió en un prófugo y tuvo que expiar su culpa. 

Las injusticias padecidas en Estados Unidos no le quitaron las ganas de intentar regresar. 

Necesidad gana a orgullo.

“En Honduras no hay trabajo. Lo he intentado todo, pero nos morimos de hambre”, dice.

Edgar es uno de los cientos de centroamericanos que actualmente están encerrados en alguna de las estaciones migratorias del sur de México. Puede estar en Tuxtla Gutiérrez o en Tapachula, Chiapas. O en Acayucan, Veracruz.

Llegó a la frontera entre Guatemala y México junto a cientos de centroamericanos que se sumaron a la caravana que partió el 15 de enero de San Pedro Sula, Honduras. Su sueño era regresar a Estados Unidos, pero chocó con el muro mexicano.

No hay cifras exactas sobre cuántos migrantes fueron detenidos durante la última semana. Tampoco, sobre cuántos fueron devueltos a su país de origen. El cálculo aproximado es unos 4 mil arrestados entre Chiapas y Tabasco y al menos un millar devueltos por tierra y aire a Tegucigalpa y San Pedro Sula. 

México se convirtió, por el momento, en una barrera infranqueable para los centroamericanos que huyen como Edgar. Muchos ya están planeando alternativas para lograr alcanzar el norte. 

Según datos del Banco Mundial, seis de cada diez hondureños son pobres. También seis de cada diez guatemaltecos, y tres de cada diez salvadoreños. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera “pandemia” de violencia una tasa de 10 asesinatos por cada 100 mil habitantes. En Guatemala (33), Honduras (42) y El Salvador (50) superaron con creces esta cifra. Para que estos países no estuviesen enfermos de violencia deberían matarse tres, cuatro y cinco veces menos de lo que hacen ahora.

Morir por 150 pesos

Buscar un trabajo y escapar de la violencia son los dos argumentos que explican el éxodo centroamericano. 

Sergio Bonilla, de 23 años y de Choloma, cerca de San Pedro Sula, une estas dos razones.

En Choloma la violencia está desatada hasta tal punto que las autoridades municipales decretaron un toque de queda en agosto de 2019. 

Bonilla, además, trabajaba como piloto de autobús de la empresa Emtruch. En Centroamérica, manejar transporte público tiene un plus de peligrosidad. Si tu patrón no paga la extorsión el muerto puedes ser tú. Así que son habituales los asesinatos de choferes y ayudantes.

Explica el joven que pagaban 200 lempiras diarias (152 pesos) a la Mara Salvatrucha, una de las dos grandes pandillas que operan en Guatemala, Honduras, El Salvador, sur de México y Estados Unidos. El Barrio 18, sus grandes rivales, decidió entrar en el negocio. Así que los 200 se convirtieron en 400.

“La empresa no pudo pagar y empezaron a matarnos”, dice.

Asegura el joven, a las puertas del paso fronterizo con México, que seis de sus 30 compañeros de trabajo fueron asesinados a tiros. Ante estas perspectivas, la mitad de los trabajadores dejaron la empresa. Y él no volvió a conseguir un empleo.

“Estoy aquí porque ocupamos trabajo, no venimos a hacer daño a nadie, nuestra misión es llegar a Estados Unidos. Ahí de donde venimos la vida está complicada, la extorsión, la luz está cara, la violencia, por eso nos venimos”, dice.

Bonilla tiene 21 años y tres hijos. Con 15 años se casó con una niña de 14 y al año ya eran padres. Luego vinieron otros dos. 

“Lo único que quiero es trabajar. Si me ofrecieran trabajo aquí me quedaría. Nunca había migrado para estos lados porque tenía, la necesidad me hizo perder el miedo”; dice. 

Todavía no sabía Bonilla que a sus compañeros que siguieron las órdenes del gobierno de México les iban a dar la vuelta. Pero ya lo sospechaba.

“Nos dijeron de entrar de 20 en 20 pero lo que están haciendo es agarrarlos y deportarlos”, dijo.

“Venimos por necesidad, no a jugar”, afirma.

La caducidad de la regularización de AMLO

No todos los que se sumaron a la caravana tienen como destino Estados Unidos. Los hay como Jason Martínez, de 22 años, que ya se había establecido en México, pero al que el INM le obligó a sumarse a la caravana.

Relata que llegó al país un año antes, en la primera marcha de 2019. Aquel éxodo se encontró con el único intento de Andrés Manuel López Obrador de hacer una política diferente. Entre el 18 y el 28 de enero se entregaron más de 13 mil tarjetas de visitante por motivos humanitarios que permitían trabajar y entrar y salir del país sin restricciones por el plazo de un año. “Podrán ser renovadas”, dijo entonces el INM.

Martínez decidió aprovechar las circunstancias y se instaló en Monterrey, donde era vendedor ambulante de semillas. Su problema: se venció la tarjeta y el INM no quiso renovarla. Bajó a Chiapas para realizar el trámite, pero le dijeron que no podría regularizar su situación. Así que se volvió a convertir en ilegal. 

Después de un año viviendo legalmente en Monterrey terminó encerrado en la estación migratoria Siglo XXI.  

Regresar a Tijuana para buscar trabajo

“Mi propósito es estar con mi mamá en Tijuana, no necesariamente es Estados Unidos. Ahí hay trabajo”, dice Kevin Josué Rivera Ríos, de Tegucigalpa, de 23 años, y que carga con su hija de ocho meses. Es también domingo y el joven se encuentra en la orilla del río Suchiate junto a su esposa. Tienen todavía esperanza. No saben que, una semana después, no habrá caravana y todos estarán detenidos o deportados. 

“Todo el mundo aspira a ir a Estados Unidos, ahí hay más dinero, pero el dinero no compra la felicidad”, dice el joven. Explica que él ya estuvo en Tijuana y afirma, convencido, que ahí hay trabajo. Asegura que estuvo empleado en maquilas de Baja California pero no explica por qué se regresó a Honduras. Dice que buscó un modo de ganarse la vida en Honduras pero que terminó desesperado.

Por eso huye con una niña en brazos.

Su gran preocupación, dice, es la respuesta de México.

“Me da temor ir con mi hija porque dicen que lanzan bombas de gas, pero pongo la vida de mi hija, mi esposa y todos los que estamos aquí en manos de dios”, afirma.

Un día después de la entrevista, la Guardia Nacional repelerá con gases lacrimógenos a los cientos de centroamericanos que trataron de cruzar el Suchiate. Rivera Ríos estaba entre ellos.

 Algo muy poderoso tiene que ocurrirte para atravesar un río con tu hija de menos de un año en brazos y dirigirte hacia una barrera de antimotines cuya única misión es impedirte el paso. 

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Gentileza familia Cañizare Simone

La familia argentina que quedó varada por el COVID en otro país y decidió no volver

Una pareja argentina con dos hijos viajaron en marzo a Palma, España, para la boda de un pariente. Los sorprendió la pandemia y quedaron varados. Por la cuarentena, los altos costos de los pasajes de avión y la situación económica en Argentina, decidieron quedarse en España a empezar una nueva vida.
Gentileza familia Cañizare Simone
24 de julio, 2020
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Muchas veces pensaron en emigrar, pero nunca se imaginaron que sería así, de una manera “brusca” y por una pandemia.

Esta es la historia de una familia argentina -mis cuñados para ser más precisos- que el pasado marzo viajó a España para la boda de una sobrina y quedó varada por la cuarentena del nuevo coronavirus.

Mientras los días transcurrían con las fronteras cerradas, con cada vez menos dinero en los bolsillos y sin certezas en el corto plazo tanto sobre la evolución del COVID-19 y la situación económica en Argentina, los Cañizare-Simone, un matrimonio de clase media en sus 40 años con dos hijos, decidieron dejar todo atrás y empezar una nueva vida en el país donde quedaron varados.

¿Cómo es abandonar todo de un día para otro y qué esperan en esta nueva etapa?

Un viaje planeado

Juan (43 años), Valeria (41), Agustín (21) y Julián (14) partieron el 3 de marzo de este año hacia Palma, en Mallorca, la más grande de las Islas Baleares, en España.

El motivo del viaje era la boda de la sobrina de Juan, el 14 de ese mes.

“Veníamos ahorrando para el viaje desde hacía un año”, me cuenta Valeria por teléfono.

Cala Mondragó, en el sur de Mallorca.

Gentileza familia Cañizare Simone
Cala Mondragó, una de las playas en el sur de Mallorca.

En Argentina, la familia vivía en Avellaneda, un barrio del sur del Gran Buenos Aires, donde Valeria trabajaba como empleada administrativa, Juan estaba como encargado en una tienda de arreglos de autos y Agustín, el mayor de los hijos, como repositor de supermercados.

En España los esperaba la familia de Juan: sus padres, hermanos y sobrinos, que, a su vez, emigraron de Argentina en 2001 durante la grave crisis político-económica que atravesó el país y que los había dejado sin empleo.

Cuando los Cañizare-Simone llegaron a Mallorca, a principios de marzo, empezaban a aparecer los primeros casos de COVID-19 en España.

Pero para cuando estaba prevista la ceremonia, “los chicos no sabían si se iban a poder casar porque estaban suspendiendo todo”, explican Valeria y Juan.

Map

Ellos cuentan que la policía llegó a salón de fiestas en Puerto Cristo, en el oeste de la isla, dos veces durante la noche del 14 de marzo, pero finalmente pudieron terminar la celebración.

Al día siguiente inició la cuarentena estricta en el país.

La pandemia

El gobierno español decretó el estado de alarma y la cuarentena nacional a partir del 15 de marzo en España. Argentina hizo lo propio el 19 de marzo.

La familia tenía pasaje de vuelta para el 21, pero las fronteras en Argentina se habían cerrado para esa fecha.

“Nos llenamos de dudas. Siempre pensamos que esto iba a ser algo de días y que íbamos a volver”, recuerda Valeria. “Pero ¿si no era así? ¿Qué hacíamos?”, se pregunta.

En ese momento, mientras cumplían la cuarentena en la casa de uno de los parientes en Manacor, un pueblo a unos 50 km al oeste de Palma, en medio de la angustia y la incertidumbre empezaron a pensar en soluciones alternativas.

La familia durante el casamiento.

Gentileza familia Cañizare Simone
La familia viajó a Mallorca para la boda de una sobrina.

“Más que nada por el tema de plata porque ¿cómo nos íbamos a mantener?”, dicen.

Tres miembros de la familia cuentan con doble nacionalidad (argentina-española), entonces, a finales de marzo, iniciaron los trámites para adquirir el DNI español con la idea de poder conseguir trabajo.

Las esperanzas de poder volver a Argentina no las perdían, pero se fueron diluyendo con las cuatro cancelaciones de vuelos que recibieron entre marzo y junio pasado.

Además estaba la cuestión del dinero. No podían hacerle frente a los 575 euros que les costaba cada pasaje para regresar.

“Los vuelos que podían salir eran los de Aerolíneas Argentinas, (ellos habían adquirido los tickets con Air Europa) y había que comprarlos. Era una plata que no teníamos”, cuentan.

Agustín Cañizare

Gentileza familia Cañizare Simone
Agustín espera encontrar pronto trabajo en su nuevo país.

Cuando les cancelaron el último vuelo en junio y les informaron que Argentina no abriría sus fronteras hasta septiembre, llegó el momento de decidir seriamente cómo seguir.

Los miedos

El momento clave llegó cuando Juan se contactó con su empleador en Argentina y se le informó que existía la posibilidad de tramitar el pase a la sucursal que tiene la compañía en Palma.

“A finales de junio, el mismo día que nos llamaron de recursos humanos de acá, nos avisan del consulado argentino que había un vuelo para volver y ahí les dijimos que no lo tomaríamos“, detalla Valeria.

Ella describe que fue una decisión que tomaron los cuatro integrantes de la familia, pero que los miedos siguen estando presentes.

“Tengo miedo de que los chicos no se adapten, a que seamos discriminados, a extrañar”, confiesa.

“Temo que los chicos el día de mañana se quieran volver. No sería grave, pero ya me hice a la idea de vivir acá con una mejor calidad de vida. Si yo me veía acá era por la inseguridad que sentíamos allá“, admite.

Si bien Buenos Aires cuenta con un índice de homicidios bajo con respecto a otras capitales de América Latina (4,7 por 100,000 habitantes) esto no quiere decir que el problema de la inseguridad no exista.

Valeria Simone

Gentileza familia Cañizare Simone
Valeria ansía que puedan alquilar una casa para volver a vivir los cuatro juntos.

“La mayoría de las actividades delictivas que ocurren en Buenos Aires se dan en la periferia de la ciudad. Específicamente en barrios formales e informales del Gran Buenos Aires y albergan a la mayoría de los grupos a cargo del tráfico de drogas al menudeo”, detalla Insight Crime, una organización dedicada al estudio del crimen organizado en América Latina y el Caribe.

“Estar con el corazón en la boca cada vez que los chicos salen no me gustaría volver a vivirlo”, dice Juan.

Otro factor que preocupaba a la familia era la incertidumbre laboral en Argentina.

Si bien ellos habían tomado vacaciones, en medio de la cuarentena el regreso a sus puestos de trabajo era incierto y su futuro laboral también.

Todo esto en medio de un país que registró una tasa de desempleo del 10,4% en el primer trimestre de este año, sin contar el impacto de la pandemia, y con más del 30% de la gente en la pobreza.

La esperanza

En Buenos Aires, los dos adolescentes jugaban al balonmano en el club Arsenal de Sarandí.

familia Cañizare Simone

Gentileza familia Cañizare Simone
Pese a las dificultades y la incertidumbre, la familia nunca pierde el humor.

Ahora en Palma, Julián el más pequeño, pudo retomar el entrenamiento en el club local, Sispal Marratxi, y el próximo mes lo hará Agustín.

“Por suerte pude arrancar y al menos puedo pasarla bien un rato“, me cuenta Julián que está empezando a conocer a los compañeros del club mientras espera ingresar a la escuela cuando se retomen las clases tras la pandemia.

“En este tiempo tengo que aprender catalán”, dice, que junto al castellano son las lenguas oficiales de las Islas Baleares.

“Tengo ganas (de empezar), pero más por tener amistades y a alguien para salir, pero por los estudios, no mucho”, asegura riéndose.

Agustín, por su parte, se está acostumbrando como puede y dice que el cambio le resulta extraño.

“Fue brusco, la adaptación me está costando”, reconoce.

Palma de Mallorca el 16 de julio.

Getty Images
La actividad sigue frenada en Malloca por la pandemia, una isla cuya actividad económica fuerte es el turismo.

Cuenta que está buscando empleo, pero con el DNI aún en proceso y en medio de la pandemia, las cosas no son fáciles.

“Estoy buscando trabajo de lo que sea. No estoy para elegir”, afirma.

Pero está esperanzado y le gusta su nuevo país.

“Acá se está bien, se vive de otra forma. Cuando estaba en la calle en Argentina estaba todo el tiempo pendiente de que no se ponga una moto al lado, que venga alguien con un cuchillo o un arma, y acá vas tranquilo. Claro que hay inseguridad, pero es otra mentalidad”, detalla.

“Si todo sale bien como lo pienso, me veo mucho mejor acá que en Argentina”, resume.

India, perra.

Gentileza familia Cañizare Simone
“India”, la perra beagle de 7 años que los espera en Buenos Aires.

La familia recién se está acomodando. Aún no tienen un lugar para vivir todos juntos, ni ropa de verano que ponerse.

Pero están más tranquilos con la decisión tomada y Juan se está adaptando a su nuevo trabajo. “La gente me recibió bien”, afirma.

En Buenos Aires quedó “India”, su perra beagle de 7 años.

“Si hoy tuviera la posibilidad de traspasar la mano por el teléfono y pudiera agarrar una sola cosa, agarro la perra”, asegura Valeria riéndose.

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BBC

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https://www.youtube.com/watch?v=FkdL3esx7t0

https://www.youtube.com/watch?v=CpXyvmEz-ts

https://www.youtube.com/watch?v=Fq8jbuaUW0M

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