¿Cómo producir alimentos sin terminar con la diversidad de abejas?
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¿Cómo producir alimentos sin terminar con la diversidad de abejas?

Una investigación documentó que en las parcelas en donde se usan sistemas agrícolas tradicionales se mantiene la diversidad de abejas silvestres, mientras que métodos intensivos -monocultivos y uso de agroquímicos- pone en riesgo a muchas variedades.
Cuartoscuro
Por Thelma Gómez Durán / Mongabay Latam
8 de febrero, 2020
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¿Cuántas especies de abejas conoces? Tan solo en la Península de Yucatán, en el sureste de México, es posible encontrar 200 diferentes tipos de abejas. La mayoría son solitarias, otras forman colonias por temporadas. Algunas hacen sus nidos bajo el suelo. Hay otras que no tienen aguijón y también aquellas que no producen miel. Esta diversidad corre el riesgo de perderse si continúa la expansión de la agricultura intensiva.

Un estudio realizado en el municipio de Hopelchén, Campeche, y cuyos resultados se publicaron en agosto pasado en Biological Conservation —una de las revistas científicas con mayor prestigio en temas de conservación de la biodiversidad— aporta más elementos para señalar que los sistemas agrícolas intensivos, aquellos que apuestan por un solo cultivo y que dependen del uso de agroquímicos, son un gran riesgo para los polinizadores y, en especial, para garantizar el futuro de muchas especies de abejas y, por lo tanto, de la biodiversidad del planeta.

Otros estudios realizados en climas templados —Estados Unidos y Europa— ya habían alertado de los impactos de la agricultura intensiva en los polinizadores. La investigación realizada en Hopelchén, Campeche, es una de las primeras que se realiza en el trópico, región que cuenta con una gran diversidad de abejas silvestres. Tan solo en México se calcula que existen más de 2000 especies.

Más agricultura intensiva, menos abejas

La investigación consistió en estudiar el impacto que tienen tres sistemas agrícolas diferentes en la diversidad de las abejas, explica en entrevista Eric Vides Borrell, uno de los autores del estudio y colaborador del Laboratorio de Abejas del Departamento Agricultura, Sociedad y Ambiente del Colegio de la Frontera Sur (Ecosur).

Los tres sistemas agrícolas seleccionados fueron: parcelas donde se practica el cultivo tradicional de baja intensidad, zonas de pastoreo y campos dedicados al monocultivo, en donde hay un uso intensivo de agroquímicos. En cada uno de ellos también se tomaron en cuenta las características del paisaje que había alrededor.

Fue así que se eligieron 18 lugares para el trabajo de campo: siete parcelas donde se cultiva maíz, calabaza y frijol (policultivos), y que están rodeadas de una zona forestal cuidada; cuatro parcelas de potreros y siete campos de monocultivos de soya, sorgo y maíz. Ahí se recolectaron las abejas en tres momentos diferentes del año: septiembre, enero y mayo.

En total se recolectaron 1451 ejemplares de abejas, de 127 especies diferentes, pertenecientes a cinco familias y 44 géneros. Para la mayoría de las especies identificadas (57 %), se tenían menos de cinco especímenes. Solo siete especies estuvieron altamente representadas con más de 50 ejemplares. Los taxónomos Philippe Sagot y Jorge Mérida realizaron la identificación de las especies en el Laboratorio Taxonómico de Abejas del Ecosur.

Los científicos documentaron que en aquellas parcelas donde se practica la agricultura tradicional, y que están rodeadas de árboles de diferentes edades, se recolectaron un total de 125 especies diferentes de abejas.

En las zonas de potreros, los investigadores recolectaron 86 especies. Y en los campos donde se realiza la agricultura intensiva de soya, sorgo o maíz, además de un paisaje con una alta deforestación, solo se hallaron 56 especies de abejas. Los hallazgos de la investigación muestran que “casi la mitad de las abejas se pueden perder si se pasa de una agricultura tradicional a un modelo de alta intensidad”, resalta Vides Borrell.

Los lugares en donde hay una agricultura intensiva no ofrecen “un contexto agroecológico apropiado para la conservación de la diversidad de las abejas, en particular por la falta de sitios de anidación y de recursos para su alimentación, así como la exposición a plaguicidas”.

En cambio, los sistemas que utilizan técnicas de cultivo tradicionales “son la mejor manera de preservar la mayor diversidad de abejas”, se destaca en el estudio, en el que también participaron Luciana Porter (del Instituto de Ecología de Xalapa, Veracruz), Pierre Gasselin (de la Universidad de Montpellier), Raúl Vaca (del Conacyt), Javier Valle-Mora (El Colegio de la Frontera Sur), Rémy Vandame y Bruce G. Ferguson (de Ecosur).

Abejas, riqueza en riesgo

En las últimas décadas, el mundo ha visto cómo se ha registrado un colapso en la población de las abejas. Las luces de alarma se prendieron en la década de los años ochenta cuando, en los países del hemisferio norte, decayeron las poblaciones de la abeja europea (Apis mellifera) y las consecuencias de ello se comenzaron a notar en campos de cultivos que dependen de estos polinizadores para la producción de semillas y frutos.

Estudios realizados en Estados Unidos y Europa han mostrado que la riqueza y abundancia general de las abejas, y de otros polinizadores, ha disminuido a causa de diferentes factores, pero sobre todo por la agricultura intensiva que trae consigo un mayor uso de químicos (fertilizantes y plaguicidas), así como la pérdida de hábitats naturales.

Buena parte de estas investigaciones se concentran en la Apis mellifera, una de las miles de especies de abejas que hay en el planeta. Tan solo en la Península de Yucatán, por ejemplo, se estima que existen alrededor de 200 diferentes tipos. En la investigación realizada en Hopelchén, Campeche, se decidió no recolectar Apis mellifera, ya que el objetivo era conocer el impacto de los sistemas agrícolas en las especies nativas.

Las abejas silvestres además de ser polinizadores de cultivos con importancia comercial —como el jitomate, la calabaza y diferentes tipos de chiles— también permiten la existencia de una gran variedad de plantas silvestres. Es por ello que su existencia es fundamental para la alimentación del ser humano y para conservar la biodiversidad del planeta.

De la mayoría de estas abejas, sobre todo de aquellas que son solitarias, se conoce muy poco, ya que no es fácil estudiarlas. Lo que sí es posible es identificar aquellas acciones que contribuyen a que se pierda su diversidad.

La investigación publicada en Biological Conservation también alerta que algunas especies de abejas silvestres, como la Eulaema polychroma, la Trigona fuscipenni y Ceratina viridicincta están en riesgo de extinguirse en la región si los sistemas agrícolas intensivos y la deforestación se hacen cada vez más cotidianos en el municipio de Hopelchén.

El artículo también advierte que “considerando la contribución fundamental de la diversidad de las abejas a la polinización y productividad de los cultivos, la pérdida… probablemente erosione la productividad agrícola junto con la biodiversidad”.

Conocimiento para conservar

En el municipio de Hopelchén, Campeche, diferentes políticas públicas han impulsado la agricultura intensiva desde la década de los años setenta. Pero ha sido en los últimos 20 años cuando se ha intensificado su uso, sobre todo a partir de que en la zona comenzaron a establecerse productores menonitas que siembran grandes extensiones de monocultivos, en especial soya, sorgo y maíz.

La soya que se cultiva en la Península de Yucatán se utiliza, sobre todo, para la producción de aceite y para alimento en las granjas porcícolas que se han extendido en la región. En la investigación realizada en Hopelchén, dos de los campos de agricultura intensiva que se estudiaron tenían sembrada soya transgénica.

Vides Borrell explica que la soya, un cultivo que ayuda a la fijación de nitrógeno en el suelo, podría cultivarse de otras formas, con sistemas agrícolas sustentables y en menor escala. “Sí es posible cambiar de modelo agrícola, lo que se requiere es un cambio estructural en la política pública y programas que impulsen sistemas agroecológicos. Si eso no se hace, en pocos años, todo este territorio va a hacer un campo desierto”.

La expansión del modelo de producción agroindustrial ha provocado que Hopelchén presente una de las tasas de deforestación más altas de Campeche, estado que alberga una de las áreas naturales más importantes del país: la Reserva de la Biósfera de Calakmul.

Los hallazgos del estudio publicado en Biological Conservation muestran que, si se desea conservar la biodiversidad de abejas, y otras especies en la Península de Yucatán, el camino no es continuar con la expansión de la agricultura intensiva y la deforestación que esta provoca. La apuesta, resalta Vides Borrell, tiene que ser por el impulso a sistemas agrícolas en donde se estimule las interacciones ecológicas, la conectividad del paisaje y dejar el uso de plaguicidas. Si se sigue impulsando la agricultura intensiva, “se corre el riesgo de perder biodiversidad, pero también que estos sistemas dejen de ser productivos”.

Vides Borrell destaca que las estrategias para conservar la biodiversidad no tienen que concentrarse únicamente en decretar áreas naturales protegidas, sobre todo cuando se trata de organismos —como las abejas— que también se encuentran en las áreas de cultivo. “Es necesario conservar las especies que se encuentran en las zonas agrícolas, si esto no se atiende, la producción agrícola se va a colapsar”.

Además, el investigador señala la importancia de estudiar aún más qué sucede con otras especies —como los escarabajos, las lombrices y la microfauna del suelo— que también juegan un papel importante en los campos de cultivo. “Si está pasando lo mismo que con las abejas, estaríamos en una doble o triple alarma”.

Por lo pronto, los hallazgos del estudio realizado en Hopelchén ya permiten contar con elementos que pueden ayudar a formular políticas públicas que apoyen “tanto la producción agrícola como la conservación de la biodiversidad en los trópicos”, sobre todo cuando uno de los principales desafíos que enfrenta la humanidad es garantizar la seguridad alimentaria de una población en crecimiento y, al mismo tiempo, conservar la biodiversidad.

Esta historia se publicó originalmente en Mongabay Latam

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La historia del fascinante descubrimiento del “Tutankamón británico”

El hallazgo de un barco enterrado hace 1.300 años escondía uno de los mayores tesoros de la arqueología británica.
30 de enero, 2021
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Comenzaron con las primeras luces del día. Los más fuertes de la guardia del rey, con los músculos tensos y las ásperas cuerdas rozándoles, arrastraron el pesado barco de roble desde el río hasta la orilla.

Y luego, con el sol naciente quemando lentamente la fría niebla de la mañana, levantaron la embarcación sobre la llanura, hasta el pie de la colina.

La multitud que se encontraba en la ladera observó en silencio cómo se acercaban a la cima y de ahí al cementerio reservado a los descendientes reales del dios tuerto.

Cuando se introdujo el navío en la zanja preparada para tal fin, depositaron el ajuar funerario en la cámara sepulcral.

Luego se alzó un montículo sobre él. Y allí quedó el barco, anclado en la tierra de la Anglia Oriental, pero viajando a través del tiempo hasta que, trece siglos después, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, un hombre llamado Basil Brown lo descubrió.

El increíble hallazgo del apodado “el Tutankamón británico”, es el tema de La excavación, la nueva película de Netflix que adapta la novela homónima de John Preston.

Sus estrellas, Ralph Fiennes y Carey Mulligan, interpretan respectivamente al arqueólogo autodidacta Brown y a Edith Pretty, la terrateniente que lo contrató para excavar los misteriosos túmulos en su finca de Sutton Hoo, con vistas al río Deben, en Suffolk.

Pretty, una viuda interesada en el espiritismo, tenía un presentimiento sobre esos montículos. Se creía que eran de origen vikingo.

Un huésped había visto una vez una figura fantasmal entre ellos, y existían viejas leyendas locales sobre tesoros enterrados.

Sutton Hoo as it is represented in The Dig

LARRY HORRICKS/NETFLIX
Las excavaciones de Sutton Hoo fueron recreadas en Godalming, en Surrey.

Un inconformista de la arqueología

Brown era un hombre de Suffolk que había dejado la escuela a los 12 años. Había sido trabajador agrícola y agente de seguros, pero también había aprendido por su cuenta varios idiomas, astronomía y arqueología.

Ello lo llevó a ser contratado como arqueólogo por el Museo de Ipswich, que a su vez recomendó a Pretty para que lo contratara.

Él comenzó en junio de 1938 a trabajar en algunos de los montículos más pequeños, y encontró pruebas de que habían sido asaltados por ladrones de tumbas, pero también halló un disco de bronce que sugería que podían ser anteriores a la época vikinga.

Cuando empezó a trabajar en el más grande, en el verano de 1939, mientras se acercaban los nubarrones de la guerra, enseguida encontró fragmentos de hierro que identificó como remaches de barco.

Y entonces lo encontró: un asombroso barco de 90 pies (27,4 metros), lo suficientemente grande como para acomodar hasta 20 remeros a cada lado.

La propia madera se había disuelto en el suelo junto con los restos humanos que había, pero quedaba una huella clara: un barco fantasma de más de un milenio de antigüedad.

Se habían hallado otros enterramientos de barcos, pero ninguno de este tamaño.

Antes de este, el barco más grande descubierto era una embarcación vikinga de 78 pies (23,8 m), hallada en Noruega en 1880.

Debido a hallazgos anteriores en otros lugares, Brown sabía que podía haber un cargamento de objetos en honor a los muertos, y el 14 de junio encontró lo que creía que podía ser la cámara funeraria: una estructura de madera parecida a una cabaña, ahora desintegrada, que se había construido en el centro del barco.

Pero los responsables del Museo Británico y de la Universidad de Cambridge ya se habían enterado de su gran hallazgo y, apenas unos días después, se entrometieron.

Antes de que pudiera seguir explorando, fue marginado y relegado a labores básicas.

Los profesionales no podían permitir que un hombre local, un simple aficionado, se dedicara a esa tarea.

¿Por qué habrían de dejarle? ¡El tipo ni siquiera tenía un título!

Trajeron entonces un equipo de arqueólogos y fue uno de ellos, Peggy Piggott, quien, el 21 de julio, apenas dos días después de su llegada, encontró la primera pieza de oro.

Luego encontró otra. Y en poco tiempo habían descubierto un brillante botín de más de 250 objetos para los que la expresión “tesoro escondido” se quedaba corta.

Había vasijas para banquetes y cuernos para beber. Elaboradas joyas. Una lira y un cetro, una espada, piedras originarias de Asia, platería de Bizancio y monedas de Francia (que ayudaron a datar el tesoro).

Había una hebilla de oro grabada con serpientes y bestias entrelazadas, una pieza tan extraordinaria que el conservador de las antigüedades medievales del Museo Británico casi se desmayó al verla.

Había broches y cinturones de joyas, un maravilloso casco ornamentado y con una máscara completa: el inquietante rostro de algún antiguo héroe que parece observar a través de los siglos.

Barco

Getty Images
Una representación de cómo pudo de ser el funeral del rey anglo sajón en el barco que después se enterró.

Lo que significó el descubrimiento

El hallazgo de Brown hizo que se reescribieran, literalmente, los libros de historia.

El barco y su contenido pertenecían a la Edad Media, y el descubrimiento iluminó esos cuatro siglos entre la partida de los romanos y la llegada de los vikingos, un periodo del que se sabía muy poco.

Los anglosajones que gobernaban los distintos reinos de Inglaterra durante esta época habían sido considerados un pueblo rudo y atrasado -casi primitivo-, pero allí había objetos de gran belleza y exquisita factura.

Se trataba de una sociedad que valoraba la pericia, la artesanía y el arte; y que comerciaba con Europa y más allá.

Y estas reliquias de una civilización sofisticada y perdida aparecieron justo cuando la nuestra estaba amenazada de desaparición por los nazis.

El líder de los arqueólogos dio un discurso a los visitantes del lugar, y tuvo que gritar para que se le oyera por encima del rugido de un Spitfire .

Cuando el escritor y periodista John Preston descubrió que Piggott, su tía, había participado en la excavación, investigó la historia y reconoció inmediatamente el valioso filón que suponía para un novelista.

The Dig (La excavación) se publicó con gran éxito en 2007.

Robert Harris la calificó de “verdadero tesoro literario” e Ian McEwan la definió como “muy fina, absorbente, exquisitamente original”.

La productora Ellie Wood afirma que quiso hacer una versión cinematográfica en cuanto leyó el manuscrito de la novela en 2006, antes incluso de que se publicara.

“Era increíblemente cinematográfico”, cuenta Wood a BBC Culture.

A medida que el barco se va revelando, también lo hacen las vidas interiores de las personas involucradas, y eso es lo que me pareció tan poderoso y original”.

“Podía sentir las profundas emociones de los personajes, aunque fueran incapaces de expresarlas. Todos esos sentimientos a fuego lento se mantienen a raya debido a la reserva británica y la estructura de clases sociales”.

Carey Mulligany Ralph Fiennes

LARRY HORRICKS/NETFLIX
Ralph Fiennes y Carey Mulligan, interpretan respectivamente al arqueólogo autodidacta Brown y a Edith Pretty, la terrateniente que lo contrató para excavar los misteriosos túmulos.

Moira Buffini, cocreadora de la exitosa serie televisiva Harlots, escribió el guion.

“Ellie Wood me envió el libro en 2011 y lo leí, e inmediatamente pensé: tengo que escribir esto”, dice Buffini.

“Fue ese instante. Sabes que estás ante algo bueno cuando sientes eso por un proyecto. Y no ocurre tan a menudo”.

El libro me conmovió profundamente. Me sentí descarnada cuando terminé de leerlo. Creo que transmite la sensación de fragilidad de todo, incluidos nosotros.

Mientras escribía el guion llegué a pensar que el acto de abrir la tierra -de cavar para desenterrar a los muertos- abre en cierto modo a todos los que están vivos”.

A lo largo de los años, varios actores han sido vinculados a la película, entre ellos Cate Blanchett y luego Nicole Kidman.

Al parecer, Kidman tuvo que retirarse debido a compromisos laborales y Carey Mulligan se incorporó con poca antelación.

Wood dice que, aunque ha tardado mucho, su determinación nunca decayó.

“Creo que fue por la historia de Basil Brown”, dice. “Debido al clasismo y al esnobismo intelectual, su inestimable trabajo pasó desapercibido durante mucho tiempo, y me pareció realmente importante que más gente conociera lo que logró”.

Montículos

Getty Images
Tras enterrar los restos funerarios formaban estos característicos montículos llamados túmulos.

El misterio continuó

El nombre de Brown no se mencionó en la exposición permanente del Museo Británico sobre los tesoros de Sutton Hoo hasta hace relativamente poco tiempo.

Pero aunque ahora se reconoce su crucial contribución, hay muchas cosas que siguen generando dudas sobre el entierro del barco.

¿A quién honra? El principal candidato es Raedwald, un poderoso líder regional que murió en torno al año 624 y que formaba parte de una dinastía que afirmaba descender del dios nórdico Woden.

Fue el primer rey inglés que se convirtió al cristianismo, aunque al mismo tiempo se cuidaba astutamente de no molestar a los dioses paganos.

¿Y cuál era exactamente la naturaleza del barco? ¿Era un buque de guerra?

Podremos juzgarlo mejor cuando el proyecto de construir una réplica a tamaño real del barco llegue a buen puerto.

Nos dará una idea más precisa, por ejemplo, de cómo se maneja exactamente en el agua.

La compañía Sutton Hoo Ship pretende tener su barco construido y listo para empezar las pruebas en tres años, y espera que la película genere más interés en su proyecto.

La película es discreta, pero poderosamente conmovedora, y cuenta con unas interpretaciones tremendas tanto de Fiennes como de Mulligan.

Durante un reciente rueda de prensa sobre la película, Fiennes explicó que leyó por primera vez el guion en un avión y al final se le “saltaron las lágrimas”.

“No sé muy bien por qué, pero es algo que tiene que ver con la integridad de la gente que desentierra algo que a la vez representa de alguna forma a su nación”.

Y las circunstancias actuales hacen que su descripción de un mundo al borde del desastre resuene de una manera imprevista a cuando se comenzó este proyecto.

“Me pregunto si ahora todos tenemos un sentido más presente de nuestra propia mortalidad, de nuestra insignificancia en el gran esquema de las cosas”, sostiene Buffini.

“Pero creo que hay algo muy esperanzador en la idea de que somos eslabones de una cadena humana ininterrumpida.

Le di a Basil la frase: ‘Desde la primera huella de una mano en la pared de una cueva, formamos parte de algo continuo'”.


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